miércoles, 7 de junio de 2017

LA APUESTA - CAPÍTULO VIII


 

GALA

Permanecí en Ibiza, cuidando a mi abuela, durante casi tres meses. En realidad ella estaba bien, afortunadamente no necesitaba demasiados cuidados, pero lo cierto es que ya tenía una edad, mi madre seguía siendo la misma persona despreocupada y algo inconsciente de siempre y yo me sentía un poco responsable. Sabía que convencerla para que se viniera conmigo a La Coruña era harto imposible, así que decidí ser yo la que me quedara a su lado por un tiempo, hasta que se restableciera por completo. Además, por qué no reconocerlo, yo también echaba un poco de menos mi isla, su clima agradable y suave, y decidí darme unas merecidas vacaciones.

Cuando mi abuela pudo regresar a casa me sentí muy a gusto y feliz a su lado. Era como regresar a mi infancia y adolescencia, cuando era ella la que miraba por mí y se ocupaba de que no me faltara de nada, cuando al comenzar la primavera bajaba conmigo a la playa y se sentaba a la sombra de un árbol mientras observaba mis solitarios juegos infantiles. En aquella ocasión tomamos la sana costumbre de bajar de nuevo a la playa, pero esta vez éramos ambas las que nos sentábamos a la sombra del mismo árbol y conversábamos, recordábamos, indagábamos en nuestras almas y en nuestras vidas.

Una de aquellas tardes, cuando ya ella se sentía plena de fuerzas y de salud y parecía un poco ansiosa por recuperar su soledad, comenzó a apremiarme para que regresara a La Coruña, con mi esposo.

-Tu obligación es estar con él, no conmigo.

-No hay obligación de estar con nadie. Me iré cuando te vea recuperada del todo.

-¿No será que tienes problemas con él y por eso no te quieres marchar?

-Claro que no, abuela. Manuel y yo estamos muy bien juntos, somos muy felices.

-¿Y el muchacho aquel, su amigo? No recuerdo cómo se llamaba.

Me revolví un poco sobre la arena, inquieta. No me gustaba que Alfredo fuera el tema de conversación, no tenía por qué serlo.

-Alfredo – dije finalmente –. Esta bien, muy ocupado con sus viajes de empresa. Ahora viene más por casa desde que Manuel tuvo el accidente, pero estuvo mucho tiempo por ahí, a sus cosas.

-Mejor ¿verdad? Mejor que no vaya por casa.

Miré a mi abuela. Ella también tenía puestos en mí sus ojos azules, que antaño eran de un azul intenso y ahora se presentaban desvaídos por el tiempo y los sinsabores. A pesar de todo eran unos ojos sabios e indagadores.

-Supongo que sí. No sé.... no sé qué despierta en mí. Es como... como una pasión... descontrolada.

-¿Tienes miedo? Me refiero a si temes que ocurra algo entre vosotros.

Dudé unos instantes antes de contestar. En realidad ni yo misma sabía qué decir.

-No creo que ocurra nada entre nosotros. No creo que me atreviera a dar semejante paso en el el caso de que se presentara la ocasión. Además, que él despierte cosas extrañas en mí, no quiere decir que las despierte yo en él.

Mi abuela guardó silencio durante unos instantes.

-Lo supe desde el primer momento que os vi juntos – dijo finalmente –. Cuando aquel muchacho puso el pie en nuestra casa y te vio se le iluminó la mirada. Y a ti te pasó lo mismo. Él estaba enamorado de ti. Puede que todavía lo esté.

-Bah ¿qué importa eso? Anda, vamos a casa, que es hora de hacer la cena – dije dando por zanjada la conversación, a la vez que me levantaba y ayudaba a mi abuela a que lo hiciera ella también.

Lo cierto es que aquella noche, en la soledad de mi cama, no podía dormir pensando en lo que mi viejita me había dicho. Cuando era pequeña yo pensaba que mi abuela era un mujer sabia, que siempre tenía razón y que nunca se equivocaba. A lo largo de nuestra vida me lo había demostrado en muchas ocasiones, aunque evidentemente tuviera sus errores, como todo el mundo. ¿Y si esta vez tenía razón de nuevo? Me comí la cabeza buscando indicios, gestos, palabras que delataran el amor de Alfredo hacia mí, hasta que finalmente me convencí a mí misma de lo absurdo de todo aquello. Entre Alfredo y yo nunca podría existir nada que no fuera la amistad que ya existía. Hasta ahí.

Cuando regresé a La Coruña pude comprobar que la amistad entre mi marido y Alfredo se había reforzado, cosa lógica, por otra parte, puesto que con mi ausencia habían pasado mucho tiempo juntos. Tomaron por costumbre salir juntos un sábado al mes, lo cual no me pareció mal, es más, me parecía genial que tanto Manuel como yo tuviéramos un resquicio de libertad, un reducto de diversión propia. Así que el último sábado de cada mes se marchaba con Alfredo por ahí, ni él me contaba qué hacían, ni yo preguntaba. Tenía plena confianza en él.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que comencé a notar algo raro en la actitud de Manuel. Estaba nervioso y un poco arisco, a veces ansioso, sobre todo cuando regresaba de sus correrías con Alfredo. Se lo comenté y me dijo que se encontraba un poco agobiado por el trabajo, que había que gestionar muchos pedidos y se veía un poco desbordado. Lo único que necesitaba eran unas vacaciones que no tardarían en llegar. Le creí, no había motivos para no hacerlo.

Por otro lado, hacía casi un año que estábamos intentando ser padres y yo no me quedaba embarazada. Puede que mi impaciencia no tuviera mucho fundamento todavía, pero lo cierto es que comencé a insistir a mi marido para que nos hiciéramos un reconocimiento médico y ver si todo estaba normal. Manuel intentó calmar mi inquietud, pero al ver que no lo conseguía accedió a mis deseos. Me informé de cuál era la mejor clínica de la ciudad en esas cuestiones, por si acaso había que iniciar algún tratamiento de fertilidad o cosa semejante. No me importaba el dinero, afortunadamente, aunque yo todavía no trabajaba, Manuel tenía un buen sueldo que nos permitía ahorrar y vivir holgadamente. O al menos eso pensaba yo. Hasta el día en que pude comprobar que no era así. Manuel siempre se había ocupado de la economía familiar. Era él quién traía dinero a casa y quién pagaba las facturas. Jamás había hecho comentario alguno ni se había quejado por esas cuestiones. Por eso él día que acudí al banco para retirar una suma relativamente importante de dinero y comprobé lo poco que quedaba en la cuenta, pensé que había alguna equivocación. Desde luego si todo lo que teníamos era aquella miseria ya podía ir olvidándome de ir a la clínica a consultar lo de mi no embarazo.

Salí del banco muy nerviosa, sin atreverme a hacer preguntas ni a mirar más los extractos por miedo a lo que podría encontrarme. Tampoco me atrevía a confesarle a mi marido lo que había descubierto. Decidí fijarme en él, espiar sus movimientos por si acaso hacía algo extraño, pues estaba claro que algo raro ocurría y que él tenía que saberlo. Durante una semana lo vi entrar y salir de casa como siempre, y el sábado por la tarde se ausentó para salir con Alfredo, como muchas veces. Nada raro. Entonces se me ocurrió hablar con él, con Alfredo, puede que él supiera algo de mi marido que yo ignoraba.

Lo llamé por teléfono un día por semana y me cité con él en una cafetería de un centro comercial donde sabía que Manuel no podría encontrarnos. Insistió un poco en preguntarme si pasaba algo, si me encontraba bien y todo eso. Le dije que sí, pero que tenía que hablar con él de algo serio. Cuando llegué él ya me esperaba. Confieso que se me agitó un poco el corazón, no solo por la cuestión que me llevaba hasta allí, sino por estar a su lado sin la presencia de mi esposo. Me senté frente a él, pedí un café y fui directamente al grano.

-A lo mejor esto que voy a preguntarte no tiene mucho sentido pero... ¿sabes si le ocurre algo a Manuel?

Me miró desconcertado y ese desconcierto me puso sobreaviso. Alfredo no era de los que se inquietaban fácilmente, siempre mantenía el tipo.

-¿A qué te refieres? – preguntó.

-Creo que me falta dinero en la cuenta del banco, una cantidad importante además. Pensé que a lo mejor tú... sabrías algo.

-¡Ah, es eso! – repuso soltando una pequeña risa –. No me digas que no te ha dicho nada. Este Manuel....

Su aparente despreocupación me tranquilizó un poco. Al parecer estaba a punto de escuchar una explicación lógica a lo que me estaba ocurriendo.

-Hemos creado en la empresa una cartera de acciones. El dinero está ahí, en la cartera de acciones, en lugar de en el banco.

-¿Cartera de acciones? ¿Eso qué es? – pregunté.

-Es un entramado un poco complicado. Quédate con que el dinero está en la empresa y crecerá mucho más que en el banco. Pero puedes acceder a él siempre que lo necesites eh. Es más, si quieres yo te doy ahora mismo lo que... – dijo llevando la mano a su cartera.

-No, no es necesario, por favor. Si es así... ya me dejas tranquila. Pero... no sé por qué Manuel no me ha dicho nada. Y de eso... ¿hace mucho?

-Pues unos.... tres o cuatro meses, no recuerdo. No te preocupes, no pasa nada, de verdad. Esta misma tarde se lo comentaré a Manuel con disimulo para que te ponga al corriente ¿vale? Y ahora si me disculpas, tengo un poco de prisa. He de reunirme con un cliente en media hora.

Nos despedimos y yo me quedé allí durante un rato. Apuré mi café y respiré aliviada. Por fin se había aclarado el asunto.... aunque no sabía por qué, pero seguía sintiendo cierta inquietud dentro de mí.