sábado, 8 de abril de 2017

LA ESPOSA -. NOVELA CORTA (Capítulo VI)




    Una noche de principios de mayo despertó con un fuerte dolor en el vientre. Miró el reloj, apenas hacía dos horas que se había dormido. Hacía calor. Se destapó un poco y se sintió algo aliviada, pero de vez en cuando aquel dolor lacerante volvía. Seguramente su hijo estaba a punto de nacer y debía  pedir ayuda. Se levantó y se dirigió a la habitación de su marido. Estaba vacía, así que la otra opción era acudir a Esperanza, tal vez fuera mejor. Golpeó la puerta con insistencia mientras soportaba un nuevo latigazo de dolor que nacía en la parte baja de su espalda y le abrazaba el vientre.

   -Ya va, ya va – oyó decir a la mujer al otro lado de la pared.

   Se abrió la puerta y apareció la criada, despeinada y soñolienta.

   -¿Qué te pasa?

   -Mi marido no está y creo que me he puesto de parto, ayúdame por favor.

   -Vuelve a la cama, ya te atiendo yo.

   -¿Tú? Pero.... tal vez sea mejor llamar a un médico – repuso Celia con timidez.

   -Nada de médicos. Eres joven y fuerte, parirás sola, y me tendrás a mí aquí para echarte una mano si lo necesitas, aunque a ti no te lo parezca he traído más de un niño al mundo. Vuelve a la cama te he dicho.

-Me sentiría mucho más segura si pudiera dar a luz en un hospital – insistió ante la tozudez de la criada.

-Puede que tengas razón, pero tengo que seguir las indicaciones de tu marido. Me dijo que cuando te pusieras de parto nada de hospitales, que si era necesario llamara al médico de siempre.

    Obedeció la muchacha y regresó a su lecho. Tan poco interés era el que su esposo tenía por ella que hasta le negaba poder parir con un poco de seguridad. Celia se echó en la cama y cerró los ojos. Se sintió débil y sola y por primera vez pensó en huir. Tal vez cuando su hijo creciera un poco y ella recuperara las fuerzas, podría intentarlo.

  Las horas pasaban lentas, el parto no avanzaba y Don Justo no aparecía. Esperanza sabía que algo no marchaba como debía. Cada vez que exploraba con sus toscos dedos la entrepierna de la chiquilla se daba cuenta de que no dilataba, ni siquiera había roto aguas, y sus gritos la estaban sacando de quicio. Jamás había deseado tan desesperadamente que apareciera su amo y se hiciera cargo de la situación. Pero esperar su presencia era cosa vana, pues seguro que estaría pasando la noche con alguna fulana, sin prisa por regresar al hogar y sin tener evidentemente, la menor idea de lo que allí estaba ocurriendo.

Miró el reloj, eran casi las siete de la mañana y todo había empezado sobre las doce. El parto de Celia requería con urgencia la atención de un médico. Sabía que la única persona a la que podía acudir, dada la situación, era Elena, la tendera. Ella traería a su amigo el médico para que atendiera a la chiquilla en forma. También sabía que don Justo no aprobaría tal situación, pero dadas las circunstancias no estaba dispuesta a cargar sobre su conciencia con el peso de dejar morir a la muchacha, ya le había bastado con sentirse culpable de la paliza que le había propinado el muy bruto cuando le contó lo de sus salidas. No se lo pensó más. Bajó a la calle y golpeó con fuerza la puerta del ultramarinos mientras llamaba a voces a Elena. Al poco, ésta abrió asustada.

   -¿Qué pasa?

   -Por favor, señora, ayúdeme. La niña se ha puesto de parto, su marido no está y algo no marcha bien. Necesitamos un médico.

   No hizo falta que dijera más. Elena se echó un chal sobre los hombros y salió deprisa en busca de Alberto. Apenas tardaron unos minutos en regresar. La vieja criada los condujo a la habitación de Celia. La muchachita se retorcía del dolor, pero su gesto se calmó cuando vio que Alberto y Elena estaban a su lado. El médico la examinó y fue rotundo.

   -Está ocurriendo lo que siempre sospeché. El parto no progresa, su pelvis es demasiado estrecha para dejar pasar a la criatura, hay que hacerle una cesárea o morirá. Tenemos que llevarla al hospital ahora mismo.

    -Por supuesto llévensela – dijo la criada – ya me encargaré yo de decírselo al marido cuando regrese.

    De inmediato Alberto tomó a la muchacha en brazos y la bajó a la calle. Elena, antes de salir corriendo detrás de él, le habló a Esperanza.

    -Gracias por lo que ha hecho Esperanza, sé perfectamente que se juega usted mucho.

    -No podía dejar que se muriera. Sé que mi amo probablemente me eche, o tal vez algo peor, pero no podía dejarla irse. Cuídela, yo no le he dado mucho cariño, así que hágame el favor de dárselo usted, es una buena chica,.

    -Lo haré, no se preocupe.

*

     A las ocho de la mañana del diez de mayo de 1943, Celia dio a luz un niño, sano y rollizo, a través de una cesárea que salvó su vida. Cuando despertó de la anestesia Alberto estaba a su lado.

-¿Cómo te encuentras? – le preguntó.

-He tenido tiempos mejores. ¿Y mi pequeño?

-Está bien, en el nido, las enfermeras le están cuidando, pero no te preocupes, podrás verle en unas horas, ahora debes descansar. Has sido muy valiente.

-¿Es un niño?

-Si, es un varón. Ahora descansa.

Celia obedeció al doctor, cerró los ojos y casi al instante se durmió.

Su marido se presentó en el hospital a media tarde, todavía bajo los efectos de la monumental resaca que le había dejado como recuerdo la borrachera de la noche anterior. Ni siquiera miró a su mujer, a su entender no merecía la pena. Se acercó a la cuna y observó orgulloso a su hijo.

  -Por fin tengo un heredero – exclamó.

    Luego miró a Elena, que no se había separado de la cama de Celia, y de malos modos quiso echarla de la habitación.

-¿Qué haces aquí? ¿No te ha quedado claro que no quiero que te acerques a mi mujer? ¡Lárgate de una vez!

    -No me iré – le contestó ella con firmeza – no me iré de aquí en toda la noche. Sé perfectamente que a usted le importa bien poco lo que le ocurra a su mujer, si está bien o esta mal, pero a mí sí me importa y me voy a quedar aquí a su lado, cuidándola.

    -Sigues desafiándome, ¿verdad? Ya te dije la última vez que hablé contigo que no te acercaras a ella o lo pasarías muy mal. No quiero que le llenes la cabeza con tus estúpidas ideas, así que te repito que te largues.

   -Por supuesto que no se irá – dijo Celia con voz decidida, después de haber contemplado la escena totalmente asombrada.

    Ambos la miraron, sorprendidos ante la valiente reacción de la muchacha.

    -Ella no se irá. El que se va a ir de esta habitación ahora mismo eres tú – dijo con seguridad dirigiéndose a su marido.

    -¿Cómo te atreves a echarme?

    Don Justo avanzó hacia la cama de su mujer con el brazo levantado, dispuesto para descargar en ella toda su fuerza, pero Elena, más rápida y vivaz, se lo impidió.

   -Ni se atreva – le dijo haciendo acopio de sus fuerzas y parando el brazo castigador –. Sabía que era un ser mezquino, pero ni me imaginaba que llegara a tanto. Pegarle a una mujer que acaba de dar  luz... por encima de mi cadáver.

     La furia rezumaba por cada poro de su piel. El hombre furibundo parecía querer echarse sobre las dos mujeres y acabar con ellas, pero se contuvo y marchó, no sin antes dejar caer de nuevo sus amenazas.

   -Esto no va a quedar así Elena, ya lo creo que no. Y contigo, ya hablaré en casa.

Salió del cuarto dando un traspiés y se alejó por el pasillo con paso vacilante.

    -Celia, ¿cómo te has atrevido? Cuando vuelvas a casa te dará una paliza – advirtió Elena cuando quedaron solas.

   -Lo sé Elena, pero ya me cansé de ser una tonta,  una muchacha débil y sin carácter, eso se acabó. Tengo un hijo y voy a luchar por él. Si tengo que hacerle frente se lo haré. Y buscaré la ocasión para marcharme, puedes estar segura.

   -¿Y a dónde vas a ir? En este país las mujeres ya no tenemos ningún derecho. Lo que la república había conseguido, este maldito régimen lo echó por tierra. Ahora la mujer está supeditada al marido. Si te vas, te puede denunciar por abandono de hogar, y es probable que termines con tus huesos en la cárcel.

   -Elena, yo no entiendo de leyes ni de derechos. Sólo soy una pobre chica de pueblo que ha venido a parar aquí por una desgraciada circunstancia, no sé si me puede denunciar, ni si me pueden detener, sólo sé que tarde o temprano me iré. Y no te preocupes, cuando lo haga, me marcharé lejos, bien lejos, donde él nunca pueda encontrarme.

    -Eso sólo son sueños.

    -No lo son, esas son mis intenciones que algún día, tarde o temprano, llevaré a cabo. Soportaré sus humillaciones y sus palizas el tiempo necesario para planear mi fuga. No sé cuándo será ni de qué manera, pero no me voy a pasar la vida a su lado.

    Elena le acarició dulcemente el pelo.

   -Ojalá, niña, ojalá.

 



1 comentario:




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