jueves, 5 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto -Capítulo 23

 





Levanté la vista y vi a un hombre de unos cuarenta años vestido con un pantalón azul marino y una camiseta de rayas azul y blanca. Lo primero que pensé es que parecía un gondolero y que lo mejor para él sería que me dejara en paz, así que no le contesté. Pero él insistió.

-¿Qué es lo que atormenta a una chica tan guapa?

Suspiré con resignación y posé mi copa en la mesa.

-No creo que te importe, no me conoces de nada y tampoco me parece que pretendas ofrecerme tus servicios psicológicos para librarme de ese supuesto tormento – le contesté sin acritud pero con firmeza.

Él soltó una sonrisilla estúpida y que a mí me pareció condescendiente y me pidió permiso para sentarse a mi lado.

-No creo que sea buena idea – le dije –, me gusta estar sola.

-Pues a mí no y llevo dos días de aburrida soledad, sin casi entablar comunicación con el género humano - repuso poniéndose serio de repente.

Le miré y me fijé bien en su aspecto. No era muy alto, delgado, con el pelo canoso y medio revuelto y barba de dos o tres días. Miraba hacia el mar y creí ver un resquicio de tristeza en sus ojos.

-No sé si esa es una nueva forma de ligar. Si es eso lo que pretendes conmigo no vas a conseguir nada. Pero siéntate si quieres, a lo mejor no es tan mala idea charlar un rato.

Se sentó frente a mí, posó su vaso de cerveza en la mesa y me tendió su mano.

-Me llamo Javier.

-Yo Irene – tendí mi mano hacia la suya y la estrechó de forma suave y cálida.

-¿Cuántos días llevas por aquí, tú sola?

-¿Por qué sabes que estoy sola?

-Llegué a este hotel hace dos días y no he dejado de verte y de fijarme en ti, siempre sola, incluso ayer te vi en la playa. Aunque a decir verdad el que estés sin compañía es solo una suposición mía, al fin y al cabo yo he venido con mi mujer y no le veo el pelo.

-No me digas que ahora vas a soltarme el rollo de marido incomprendido.

-Ni mucho menos. Tampoco quiero ligar, como tú decías antes. Simplemente estoy aburrido y me apetece hablar con alguien. He acompañado a mi mujer a un viaje de empresa y desgraciadamente no le queda tiempo para mí. Incluso esta noche tenía una cena importante en la que debía discutir no sé qué negocios. A veces pienso que vive demasiado pendiente de su trabajo.

-¿Y tú? ¿No estás tú pendiente del tuyo?

-No es lo mismo, yo soy maestro. Y aunque me preocupo por mis alumnos qué duda cabe que no es lo mismo que ser una mujer de negocios. Y en ocasiones no puedo dejar de sentirme un poco abandonado.

-Yo también soy maestra.

-Vaya, hermosa coincidencia. Y no estarás aquí acompañando a un hombre de negocios.

Reí su ocurrencia.

-Yo no tengo marido, a estas alturas creo que ni siquiera tengo novio. Por eso estoy aquí, para pensar en qué hacer con mi vida.

-Yo también pienso a veces en cambiar de vida. ¿Quieres otra copa?

Accedí, me resultaba agradable su conversación y no me apetecía marcharme a la cama.

-Querer cambiar de vida es algo consustancial al ser humano. La rutina a veces se hace muy tediosa – prosiguió.

-Pues qué quieres que te diga, a mí me encantan ciertas rutinas. Y odio que las cosas cambien en contra de mi voluntad. Mi vida amorosa ha sido un continuo fracaso alimentado por cambios involuntarios.

-¿Te apetece contármelo?

Se lo conté, le conté mi vida de pe a pa, a un desconocido, a un hombre que sin saber por qué se había convertido en depositario de mis fantasmas. Javier se había ganado mi confianza sin motivo aparente, por la simple circunstancia de haberse acercado a hablarme y caerme bien. Tal vez lo que ocurría era que necesitaba charlar con alguien, simplemente.

Cuando terminé mi historia se quedó callado y con la cabeza baja, mirando el suelo.

-¿Qué piensas? - le pregunté. Mi mente estaba empezando a embotarse por efectos de un alcohol que no estaba acostumbrada a beber.

-Que tu novio tiene razón.

-Bah, no me jodas.

-En la vida no hay que dejar pasar ni una oportunidad, ni la primera.

-¿Hablas por experiencia?

-Sí, hablo por experiencia.

-Cuéntame pues.

-No me apetece.

De pronto se levantó y se despidió de forma apresurada, como si alguien lo estuviera esperando.

-Tengo que irme, mi mujer llegará de un momento a otro y no quiero que encuentre la habitación vacía. Encantado de conocerte Irene, espero volver a verte.

Me dejó estupefacta, muerta de curiosidad por saber qué le había ocurrido, cuál había sido su experiencia. Aunque a aquellas alturas el alcohol había invadido mi torrente sanguíneo y todo me daba ya igual. Pedí otra copa y me quedé allí sentada, mirando el mar. Cuando finalmente me fui a la cama estaba totalmente borracha.

*

Cuando desperté a la mañana siguiente un dolor lacerante taladraba mi cabeza. La borrachera de la noche anterior estaba pasando factura. Miré el reloj y vi que pasaban de las diez. Normalmente no me levantaba tan tarde, sin embargo aquel día me di la vuelta en la cama e intenté dormir un poco más. La resaca me lo impedía así que finalmente opté por tomarme un analgésico que me permitió continuar con mi descanso un rato más. Cuando me volví a despertar eran casi las dos de la tarde. Había perdido toda la mañana.

Me levanté, me di una ducha y bajé al restaurante del hotel. No tenía demasiado apetito, así que me pedí un sandwich mixto. En cuanto metí el primer bocado en la boca mi estómago se relajó un poco. Cuando terminé mi frugal menú me senté al lado del amplio ventanal que dominaba la playa y le pedí al camarero que me sirviera un café solo. Apenas me lo hubo servido vi entrar a Javier en el comedor. Estaba solo una vez más, tal vez a su mujer la retuvieran de nuevo sus importantes negocios.

Hice como que no le veía. No sabía bien por qué pero me daba un poco de vergüenza encontrarme con él de nuevo. Sin embargo mi maniobra no dio resultado. Enseguida le vi dirigirse hacia mí.

-Buenas tardes Irene – saludó con efusividad - ¿Puedo sentarme?

-Claro,

-¿Ya has comido?

-Un sandwich. No tenía mi estómago para muchos folklores. Ayer tomé demasiado alcohol.

-Hablando de ayer, quiero pedirte disculpas, me porté como un maleducado despidiéndome tan bruscamente, pero la conversación había derivado hacia un tema un poco.... bueno, que yo perdí mi tren y no me gusta hablar de ello.

-No te preocupes. No tienes por qué contarme nada que no quieras, al fin y al cabo no nos conocemos de nada.

-No, de casi nada, pero a lo mejor no estaría mal conocernos un poco.

Le miré con curiosidad. La noche anterior me había dicho que estaba casado y ahora me proponía conocernos mejor. No era mi intención convertirme en la amante de nadie, sería lo único que me faltaba, sin embargo Javier me caía bien, y me resultaba grata su compañía. Además había decidido regresar a Madrid y tenía ya el billete de tren para el día siguiente. Cuando volviera a mi vida de siempre le perdería la pista y lo más probable es que no nos volviéramos a encontrar nunca más.

-Pues a lo mejor no – respondí por fin – pero tenemos un problema. Tú mujer está por aquí ¿no? Y no creo que le haga demasiada gracia.

Se sentó a mi lado.

-Esta tarde tengo que llevarla hasta Comillas. Mañana y pasado hay un congreso en la universidad al que está invitada. Yo le he dicho que prefería esperarla aquí. Así que estaré libre dos días. ¿Te apetece cenar conmigo está noche? Te llevaré a un restaurante precioso cerca de aquí.

De repente sentí una sensación extraña, como de estar haciendo algo prohibido, y me gustó. La simple perspectiva de cenar con Javier era una aventura y ni qué decir tiene que accedí a su invitación.

-Claro – le dije – me encantará.

-Te avisaré cuando regrese.








miércoles, 4 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 22

 





Algo cambió dentro de mí. Volver a ver a Miguel me revolvió las entrañas, el alma, el corazón... la vida. De pronto todos los sentimientos que creía dormidos renacieron de manera casi salvaje y descalabraron los esquemas de una existencia que había comenzado a ser apacible. Al principio no le conté nada a Ángel y él hizo como que no se enteraba de mi malestar, hasta que de manera inevitable mi comportamiento extraño comenzó a molestarle.

-No sé lo qué te pasa – me dijo una noche en la que una vez más, yo había rechazado su invitación a salir a cenar – pero desde que estuvimos en Barcelona ya no eres la misma. Durante todo este tiempo he intentado pasar por alto tus desplantes, pero ya no puedo más. Estoy empezando a pensar que te molesto, no quieres salir, ni compartir nada conmigo, te encierras en tu mundo, un mundo en el que yo ya no tengo cabida y vives tu vida al margen de la mía. Ni siquiera hacemos ya el amor. Si quieres que esta relación termine dímelo, pero, por favor, no me tengas así.

Ángel tenía razón. Me estaba comportando como una estúpida y una desagradecida. Él no se merecía mi trato y mucho menos mi falta de sinceridad. Así que finalmente me decidí a contarle lo ocurrido, pues comprendí que sólo de esa manera podría librarme de mis fantasmas.

Le tomé de la mano y le hice sentar a mi lado, en el sofá. Luego le abracé con todas mi fuerzas y le besé.

-Te quiero Ángel, te quiero muchísimo y tienes razón, algo ocurrió. No he querido contártelo para no hacerte daño, pero seguramente te hago mucho más daño ocultándotelo y sólo tú puedes ayudarme a aclarar mi mente.

Me miró con aquellos ojos tan expresivos enmarcados por sus rizos marrones.

-Sabes que puedes confiar en mí.

Suspiré y no me anduve con muchos rodeos.

-Cuando estuvimos en Barcelona... vi a Miguel.

-¿A Miguel? ¿Dónde? ¿Cuándo?

Le relaté mis encuentros, que en realidad no fueron tales, y le abrí mi alma haciéndole partícipe de todas las dudas que me asaltaron.

-De repente fue como si todo el tiempo transcurrido hubiera dejado de existir, se borrara de un plumazo y me regresara al pasado. Desde entonces siento una angustia que me oprime el pecho. Sé que hice lo correcto, que mi sitio está aquí a tu lado, pero no puedo apartarlo de mi mente.

Ángel se levantó y se dirigió a la ventana. Fuera, el día estaba extrañamente nublado y gris y había comenzado a caer una lluvia fina. Durante unos segundos se mantuvo en silencio. Pensé que se iba a marchar sin decir nada, pero de pronto habló.

-Pues yo no estoy tan seguro de que hayas hecho lo correcto, ni de que tu sitio esté aquí a mi lado. Yo más bien pienso que perdiste una oportunidad maravillosa, no sé si de recuperarle pero desde luego sí de saber qué fue lo que en realidad pasó.

Me dolió que de su boca salieran aquellas palabras que parecían brotar de la más cruel indiferencia. A Ángel parecía darle lo mismo lo que yo hiciera con mi vida, y peor aún, lo que pudiera hacer con la suya.

-Pero... ¿por qué dices eso? No te entiendo... cualquier hombre se sentiría feliz por ser él el elegido y sin embargo a ti parece darte lo mismo.

Se acercó y se sentó a mi lado. Sonreía, lo cual contribuyó a aumentar mi desconcierto.

-¿Y merece la pena ser el elegido a costa del sacrificio de la otra persona? ¿Por qué escoges estar conmigo? ¿Por pena, por lealtad...?

-Porque te quiero – contesté sintiendo que comenzaba a enfadarme – Ángel, Miguel fue una persona muy importante en mi vida, sin embargo soy consciente de que pertenece al pasado, de que ya nada es igual y no podrá serlo nunca más. Pero no puedo evitar sentirme extraña.

-¿Por qué dices que nada es igual y que no podrá serlo nunca más? Dame un argumento válido que me haga creer en tus palabras.

-No somos los mismos, ha pasado mucho tiempo y...

-Irene estas soltando tópico tras tópico. Eso no puedes saberlo si no recuperas la relación, al menos si no lo intentas.

No sabía qué replicarle. Empezaba a pensar que en el fondo Ángel tenía razón, y sin poderlo evitar me eché a llorar como un estúpida. Se acercó a mí, echó su brazo sobre mis hombros y me acunó contra su pecho.

-Eh, venga... no llores, no tienes por qué llorar. El mundo no se acaba porque nos decidamos a afrontar la realidad. Si quieres yo te ayudo a encontrar a Miguel de nuevo.

Levanté la cabeza y le miré.

-Pero ¿qué estás diciendo? No entiendes nada. Te he dicho que te quiero... a ti.

-No te engañes a ti misma Irene. Recupera a Miguel, hazme caso.

Me enfadé, me enfadé mucho y oleadas de ira sacudieron mi cuerpo.

-¡Eso es todo lo que te importo! ¡Dí! ¿Te intereso tan poco que te da lo mismo que lo nuestro termine?

-No es eso, Irene, sólo que...

-Vete de mi casa – le dije furiosa arrojándole un cojín- ¡Vete! Debí imaginarme que una persona como tú no tenía corazón. ¡No quiero volver a verte!

Ángel no me dio réplica. Simplemente salió de la casa. Yo me quedé llorando y maldiciendo, una vez más, mi mala suerte.

*

No me lo pensé demasiado. Al día siguiente hice mis maletas y tomé un tren hacia Santander. Podía haber sido cualquier otra ciudad, pero cuando llegué a la estación del tren el primero que salía iba hacia Santander y a él me subí. No conocía la ciudad y seguro que era muy bonita, y además, para pasarme unos días llorando daba igual un lugar que otro.

El viaje duró unas cuantas horas, cuando llegué a la estación ya se estaba haciendo de noche. Tomé un taxi y le pedí que me llevara a un hotel cerca de la playa y me dejó delante de uno que sin ser demasiado lujoso tenía buena pinta. Tuve suerte, pues sólo les quedaba una habitación libre fruto de una anulación que se había producido aquella misma tarde.

En cuanto me hube acomodado llamé a Enriqueta.

-Pero ¿se puede saber dónde te has metido? Me has tenido todo el día en vilo, sumamente preocupada sin saber nada de ti. - me sermoneó nada más coger el teléfono y escuchar mi voz.

-Estoy en Santander – dije.

-¿En Santander? ¿Y qué haces ahí?

Tomé aire antes de contestar, aunque en realidad no sabía muy bien qué contestar.

-Ni yo misma lo sé. Anoche me enfadé con Ángel.

-Lo sé, me lo contó todo.

La respuesta de Enriqueta me sorprendió. No esperaba que Ángel le hubiera contado nada.

-¿Te lo contó? Y....¿tú qué opinas al respecto?

-Pues no sé qué decirte, Irene. Por un lado creo que tiene razón él, por otro creo que la tienes tú. Pero conociendo a mi hijo me parece que lo que de verdad tienes es la batalla perdida. Y que irte lejos no te va a servir de nada, tarde o temprano tendrás que afrontar la realidad y tomar una decisión.

-¿Decisión? ¿Qué decisión? Estábamos juntos y estábamos bien, yo le quiero y ver a Miguel no ha significado nada...

Al otro lado del teléfono se hizo el silencio.

-Enriqueta ¿estás ahí? ¿ocurre algo?

Escuché un suspiro y me imaginé la cara de mi amiga, sus ojos muy abiertos y las arrugas que se le formaban en la frente cuando algo le preocupaba.

-Si realmente estás segura de ello te va a costar trabajo hacérselo ver a mi hijo, es muy terco. Y si no... Irene, Ángel está bien y...

-Desde luego que está bien – repuse dejando entrever la desazón que sentía – si hasta parece que le ha importado un pito echar por la borda estos años de relación.

-No creo que sea así. Irene.... estás nerviosa y dolida y supongo que es normal. Vuelve, vuelve e intentad arreglarlo. De verdad que nada me gustaría más. Él es mi hijo, pero tú eres también casi una hija para mí y lo que menos me gustaría en el mundo es veros enfrentados.

Pero yo no volví de inmediato, no me apetecía enfrentarme a las bobadas de Ángel, y mucho menos intentar encontrar argumentos para convencerle de que le amaba, no pensaba que tuviera que ser necesario. Así que deshice mis maletas y me dispuse a pasar una semana por lo menos en aquella ciudad desconocida. Jamás había viajado sola y qué mejor ocasión que aquella, en la que no tenía ganas de aguantar a nadie.

Los dos primeros días me dediqué a recorrer la ciudad y conocer sus encantos, a partir del tercer día me pasaba las mañanas descansando y las tardes en la playa, disfrutando del suave calor del norte. Me gustó la soledad, y después de mucho pensar llegué a la conclusión de que estar sola no era malo en absoluto y que si Ángel no deseaba estar a mi lado, yo no debía de hacer nada por intentar retenerlo. A lo mejor él tenía su parte de razón, en todo caso lo que había sentido al ver de nuevo a Miguel no era la reacción normal cuando una persona encuentra a otra que creía olvidada. O sí. Yo qué sé.

Después de llegar a tan sesuda conclusión me sentí mucho más aliviada, pero lejos que querer regresar a Madrid, quise continuar gozando de mi recién estrenada soledad.

Una noche en que la temperatura era especialmente buena y el sueño parecía no querer llamar a mi puerta, bajé a la terraza del hotel y me senté en una mesa, frente a la playa. Pedí un daikiry y me dispuse a degustarlo contemplando el mar, las estrellas, la luna llena y la quietud de aquella perfecta noche de verano.

-Hace una noche perfecta – escuché decir a alguien a mi lado –, es una pena que haya algo que atormente a una mujer tan bonita.


martes, 3 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 21

 






Estar al lado de Ángel resultó muy fácil. Mucho más fácil de lo que su madre o incluso él mismo pensaban. Me gustaba su forma de ser, su ternura, su risa, incluso sus silencios. Todo aquello que ellos creían susceptible de molestarme, me atraía fuertemente. En el fondo teníamos mucho en común, nos gustaban las mismas cosas y nuestros puntos de vista en la mayoría de los temas eran similares. Y sobre todo respetábamos el espacio de cada uno. Así nos asentamos en una agradable rutina que duró dos años, hasta que un casual viaje a Barcelona trastocó nuestra tranquila vida de pareja.

Ocurrió que la empresa en la que trabajaba Ángel le propuso un ascenso, un puesto de mediana responsabilidad que conllevaba una sustanciosa subida de sueldo y la posibilidad de seguir progresando. La aceptación del mismo iba aparejada con la condición de hacer un curso de reciclaje en Barcelona durante dos semanas. Angel aceptó y puesto que estábamos en el mes de julio y yo acababa de estrenar mis vacaciones de verano, me propuso acompañarle a lo que yo, gustosa, accedí. Había estado en la ciudad muchos años atrás, con mi amiga Violeta, y la posibilidad de visitarla de nuevo me atraía fuertemente.

Todo funcionó a la perfección. Por las mañanas Ángel acudía a sus clases y yo, por lo general, me quedaba en el hotel disfrutando del sol y la piscina, o salía a hacer compras, o a la playa. Por las tardes mi novio y yo nos dedicábamos a recorrer la ciudad y sus alrededores. Unos días idílicos, hasta que ocurrió algo inesperado y mi cabeza se desestabilizó.

Faltaba un día para nuestro regreso a Madrid. Aquella mañana, como tantas otras, después de mi frugal desayuno, me dirigí a la piscina dispuesta a disfrutar del agua y del sol. Al pasar por el mostrador de recepción me fijé en unos folletos que anunciaban los espectáculos de aquella noche. Tomé uno y lo leí distraídamente. Entonces oí su voz, aquella voz que hacía tantos años que no escuchaba, pero que llevaba tan dentro de mí que hubiera podido distinguirla en medio de la mayor algarabía del mundo.

-Señorita, por favor, tengo una habitación reservada.

Un escalofrío recorrió mi espalda y un ligero mareo nubló mi mente. No podía ser. Parecía la voz de Miguel. Apoyé mi brazo en el mostrador sin atreverme a volver la cabeza. Fingí que continuaba leyendo y agucé el oído.

-¿Viene usted al congreso de cardiología? - preguntó al muchacha.

-Sí, soy uno de los ponentes. El doctor Miguel Duarte.

¡Era él! Las piernas comenzaron a temblarme y creí que me iba a desmayar. Quería volver mi cabeza para verle pero me había quedado totalmente paralizada.

-Habitación 202, segunda planta. A las cinco es la primera ponencia.

-Gracias, buenos días.

Miguel pasó por mi lado. Pude verle por fin, de espaldas. Iba vestido con un pantalón vaquero y un polo blanco. Aparentemente nada había cambiado en él. Subí a mi cuarto con el corazón desbocado. Me senté en la cama totalmente desorientada, sin saber qué hacer. Por un lado quería ir a su lado, decirle que era yo, que estaba allí, junto a él después de tanto tiempo; por otro sentía que no, que Miguel y yo no éramos los mismos y no tenía sentido querer retomar lo que el tiempo había ido matando sin remedio. Además estaba Ángel. Él me quería, puede que no a la manera convencional, pero me quería, y yo a él.

Sumida en mis cábalas, con el ánimo más calmado, decidí pasar el resto de la mañana en la piscina, así que desanduve el camino andado y bajé de nuevo. Me tumbé en una hamaca y cerré los ojos dejando que el sol acariciara mi piel. Quería dormirme, dormirme y despertarme en mi casa de Madrid y así poder comprobar que la aparición de Miguel sólo era un sueño. Pero no sólo no ocurrió nada de eso, sino que al poco tiempo de estar allí tumbada escuché de nuevo su voz, otra vez detrás de mí, alrededor de las mesas de la cafetería. Debía de estar con otros compañeros y charlaban entre ellos. Mi corazón volvió a acelerarse. Era él, Miguel, mi Miguel, el hombre que me había enamorado, con el que había aprendido todo del amor, el que un día me había abandonado para marcharse lejos... Y aunque no quería, sentía que por momentos mi corazón regresaba a muchos años atrás y me hacía ver que nada había cambiado.

Agucé el oído para escuchar la conversación que mantenía con sus colegas. Hablaban de trabajo, más en un momento el tema giró hacia lo personal. Alguien recomendaba a Miguel salir y divertirse.

-Aquí dónde le veis está hecho un ermitaño – dijo una voz masculina cuyo propietario parecía conocerle bien –, no sale de casa más que para acudir al hospital.

-Tendrás a tu mujer encantada – habló una voz femenina.

-No estoy casado, ni tengo mujer, ni novia, ni nada que se le parezca. No me interesan las relaciones amorosas. - repuso Miguel.

-Miguel no quiere saber nada de mujeres desde que tuvo de abandonar al gran amor de su vida.

-Vaya, qué romántico. Pero un clavo se quita con otro clavo. No puedes cerrarte al amor. Eres joven y... guapo.

Aquella mujer le hablaba con ánimo de coquetear y su actitud me enfureció. Y aquello de que había tenido que abandonar al amor de su vida....

-Puede ser – dijo Miguel – pero no me interesa. Estoy bien así. Mi trabajo llena mi vida, no necesito nada más.

-Tan grande es la huella que te ha dejado esa mujer.

-Lo más grande que puedas imaginarte. Han pasado muchos años y todavía la quiero a pesar de que no la he vuelto a ver.

-Pues búscala. A lo mejor ella siente lo mismo.

-No lo creo, ella era muy joven y seguro que ya habrá encontrado otro amor, además no la dejé por voluntad propia. Nuestra relación era imposible y desgraciadamente lo sigue siendo.

No entendía aquella insistencia en la relación imposible. Estaba claro, o eso me parecía a mí, que la mujer de la que hablaba era yo pero... no entendía nada. Me levanté y me dirigí a mi cuarto. Al pasar por su lado sentí su mirada sobre mi espalda. Todos callaron.

-¿Qué te pasa Miguel? Te has puesto pálido.

-Nada, nada.... imaginaciones mías.

*

Aquel día Ángel me llamó para decirme que el curso se iba a alargar y que no regresaría a casa hasta la noche, y lo primero que pasó por mi mente fue que no se me había podido presentar mejor oportunidad para acercarme a Miguel. Bajé a recepción y le pregunté a la muchacha por el congreso de cardiología.

-Comienza esta tarde. A las cinco en la sala vip imparten la primera conferencia.

-¿Qué doctor la imparte? - pregunté.

-A ver, déjame mirar – sacó una papel de debajo del mostrador y leyó – Miguel Duarte. Habla sobre las enfermedades de la musculatura cardíaca. Pero la entrada no es libre. Se necesita pase. Te veo muy interesada.

-Pues la verdad es que sí. Estudio medicina y me gustaría especializarme en cardiología. Me encantaría escuchar alguna conferencia. -mentí.

La chica me miró durante unos segundos. Luego me sonrió.

-Te voy a dar un pase de prensa. Pero sólo para la conferencia de esta tarde ¿vale?

-Oh muchas gracias, de verdad. No sabes lo importante que es para mí.

Tomé la tarjeta y me retiré a mi cuarto. No bajé a comer. Estaba demasiado nerviosa y sabía que por mi garganta no pasaría ni un gramo de alimento. En lugar de eso me eché en la cama e intenté imaginar mi encuentro con Miguel. Pero no fui capaz. En el fondo tenía miedo a su rechazo, a que el encuentro fuera frío e impersonal, incluso a que no me supiera identificar. Estaba nerviosa e ilusionada, aunque no estaba segura de ser capaz de presentarme ante sus ojos.

A la hora convenida bajé a la sala vip. Estaba casi vacía. Me senté en el rincón más alejado y esperé. Poco a poco la gente fue llegando. Cuando el salón estaba casi lleno entró Miguel seguido de la pareja con la que lo había visto en la piscina. Por primera vez pude observarle con detenimiento y me sorprendió. Por él parecía que no había pasado el tiempo. Estaba igual que cuando dejamos de vernos, demasiado igual, tanto que soñé de nuevo con estar entre sus brazos, con sentir sus besos... incluso escuché aquel “princesa” que salía de sus labios cuando se dirigía a mí. Lo único que me llamó la atención fue la manera de vestir, tan seria y comedida, aunque supongo que serían exigencias del guion. Quién ocupa un cargo importante tiene que rendir algún tributo.

Miguel subió al estrado y comenzó a hablar. Yo me mantuve sentada, encogida, para pasar lo más desapercibida posible, oyendo toda aquella perorata de la que no entendía nada y que sin embargo me descubrió algo que contribuyó a aumentar mis sospechas sobre su supuestamente forzada marcha. Según mi madre y según me había dicho él mismo, Miguel se había marchado a Boston, pero durante la conferencia él hacía alusiones constantes a su trabajo en Sevilla y en ningún momento nombró al Memorial Hospital de Boston. Seguro que el hacerme creer que se había ido al otro lado del océano no había sido otra cosa que una argucia para que yo pensara que estaba más alejado de mí de lo que en realidad estaba. Y todo ello llevaba a la confirmación, después de la conversación escuchada en la piscina, de que nuestra separación no era fruto del capricho taimado de mi madre, sino que obedecía a algún motivo oscuro que se me escapaba al entendimiento.

En medio de mis cábalas aguanté estoicamente la conferencia, escondiéndome detrás de la persona que tenía delante cuando notaba que la mirada de Miguel recorría la esquina en la que yo estaba, dándole vueltas a la posibilidad de presentarme ante él o por el contrario retirarme. Pensaba también en Ángel, en lo bien que me encontraba a su lado, en lo que nos queríamos, aunque el amor que sentía por él no tuviera mucho que ver con el que había sentido por Miguel. Ángel no se merecía que yo le diera un desplante abandonándolo por una quimera. Así que lo mejor, más lógico y más cabal, sería mantenerme en el anonimato y olvidarme del “encuentro” que estaba teniendo lugar. Pero de pronto ocurrió. Los ojos de Miguel fijos en mí. Durante unos segundos se quedó callado y yo supe que había llegado la hora de la retirada. Me levanté y me marché, con su voz resonando a mis espaldas, una voz que tiraba de mí de manera casi insoportable.

*

Ángel regresó al caer la tarde. Me encontró en la habitación, tirada en la cama, haciendo nada.

-¿Qué tal has pasado el día? ¿Te has aburrido mucho? - preguntó.

-Un poco, pero no importa, he descansado.

-¿Te apetece bajar a cenar algo? Estoy agotado y hambriento.

-Claro, bajemos.

Me vestí y nos dirigimos al comedor del hotel. Había más comensales cenando, aunque no demasiados. Me dirigí adrede a una mesa desde la que pudiera divisar la entrada. Si entraba Miguel no podía dejar que me viera.

Durante la cena Ángel me comentaba los pormenores de su jornada. Yo contestaba con monosílabos, sin interesarme demasiado por lo que me contaba, cosas de las que a fin de cuentas yo no entendía nada, y de paso dirigía miradas furtivas a la puerta. Inevitablemente mi novio se dio cuenta.

-¿Esperas a alguien? No dejas de mirar hacia la puerta.

-Eh... no, no espero a nadie, ¿a quién había de esperar? Yo aquí no conozco a nadie.

Ángel no contestó y continuamos cenando. Yo intenté interesarme un poco más por lo que me contaba y no mirar demasiado hacia la entrada del comedor. Afortunadamente Miguel no apareció. Pero sí lo hizo a la mañana siguiente. Aquella misma tarde regresábamos a Madrid. Ángel debía pasar por la empresa por la mañana y cuando regresara emprenderíamos viaje hacia el aeropuerto. Después de desayunar hice las maletas y mientras esperaba a Ángel bajé al vestíbulo del hotel con un libro. Me senté en uno de los cómodos sofás y comencé con mi lectura. Podría haberme quedado a leer en la habitación, pero inconscientemente estaba forzando un encuentro con Miguel. Quería estar frente a frente con él, que supiera de mi existencia, confirmarle que la que había visto sentada en una esquina de la sala de conferencias era yo, no una visión de ultratumba.

No sé cuánto tiempo estuve allí de aquella guisa, sin pasar de la misma página, que leía una y otra vez sin enterarme de nada. Finalmente cerré mi libro, me levanté y me dispuse a subir al cuarto. Ángel tenía que estar a punto de llegar y debíamos marcharnos. Y cuando me di la vuelta estaba allí, a mi lado, mirándome fijamente como si se hubiera encontrado con un fantasma. Por unos instantes me quedé quieta, sin saber qué hacer ni qué decir. Él se fue acercando lentamente.

-Princesa – dijo – princesa ¿de verdad eres tú?

Debí decirle que sí, que era yo, que la casualidad nos había unido de nuevo después de estar esperándole todos aquellos años. Porque veía en un sus ojos amor, el mismo amor que cuando era una adolescente y me estremecía entre sus brazos de hombre.

-Lo siento -murmuré – te estás confundiendo.

Y desaparecí de allí como alma que lleva el diablo. Había desperdiciado la oportunidad, no sólo de recuperar mi amor perdido, sino de averiguar qué extrañas razones lo habían alejado de mí.






lunes, 2 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 20

 



El domingo, dos días después de la visita de Ángel, se confirmaron las sospechas de mi compañero sobre sus supuestos celos. Todos los domingos comía con él y su madre en la pensión. Normalmente salíamos un poco antes del almuerzo a tomar un vermouth. Enriqueta ya había dejado la comida preparada, que degustábamos a nuestro regreso. La primera sorpresa de aquel día fue que Ángel no quiso acompañarnos a nuestro paseo matutino, alegando que tenía que terminar un informe que le habían encargado en el trabajo. A mí me pareció una burda excusa, puesto que jamás se traía trabajo a casa, así que aquello fue el primer indicio de que la idea de los celos no iba desencaminada. Y tengo que confesar que cada vez me gustaba más.

-No sé qué mosca le ha picado a Ángel – me comentaba su madre cuando nos encontrábamos disfrutando de un piscolabis, sentadas en una terraza de la Plaza Mayor – lleva dos días la mar de raro, brusco, esquivo. Y lo de que tenía que acabar unos informes no es verdad.

-A mí también me ha extrañado.... no sé. Estará enamorado.

-Eso mismo pensé yo. Aunque no estoy muy segura de ese zoquete pueda llegar a enamorarse de alguien. No sé qué mujer lo aguantaría.

No dije nada. Cada vez estaba más segura de que yo sí podría aguantarlo, y gustosamente, además. Es verdad que tenía un carácter especial, pero al fin y al cabo todos tenemos nuestras rarezas. Ángel era un buen chico, cariñoso, serio y con sentido del humor cuando era necesario, guapo... no podía pedir más. Cierto es que si me dieran a elegir, elegiría que regresara Miguel y poder retomar lo que un día quedó flotando en el medio de la vida de ambos, pero cada vez estaba más convencida de que jamás le volvería a ver, había demasiado distancia de por medio y nuestros caminos se habían ido separando de forma inexorable. Tenía que aceptar, con resignación, que Miguel no era para mí; tenía que ser consciente de que los años iban pasando y no quería quedarme sola, deseaba tener alguien a quien amar, con quien compartir, con quien formar mi propia familia. Y Ángel era el candidato perfecto.

-Enriqueta ¿tú crees que Ángel se podría enamorar de mí?

A la mujer se le atragantó el sorbo de vermouth que tenía en la boca y comenzó a toser como una loca. Cuando por fin se le pasó me miró fijamente.

-¿Y a qué viene esa pregunta? ¿No te gustará mi hijo? ¿Y Miguel?

-Pues.... estoy un poco confundida, han pasado cosas y....

-¿Cosas? ¿Qué cosas?

Suspiré. Tomé un sorbo de mi vaso y a continuación conté a Enriqueta todo lo ocurrido entre su hijo y yo, desde la noche de fin de año hasta la supuesta escena de celos de dos días atrás. Ella tardó un rato en reaccionar.

-Todo encaja. Tiene razón tu amigo. Ángel está celoso como un tonto... Oh, Irene, me gustaría tanto que llegarais a algo y consiguierais ser felices juntos....

-Pues... puede pasar ¿no?

Enriqueta me miró con suspicacia.

-Poder, puede, pero creo que habría que poner mucha voluntad por ambas partes.

-No te entiendo.

-Verás, Irene, cuando yo digo que mi hijo es especial, lo digo con conocimiento de causa. Ángel es muy suyo y en ocasiones puede llegar a ser muy tozudo y muy intransigente, no es fácil bregar con él. Y por otro lado... yo sé que tú sigues enamorada de ese chico... de Miguel. Yo no quiero que os hagáis daño, sólo quiero que seáis felices.

-Puede que tengas razón. Pero a mí me gustaría intentarlo. El recuerdo de Miguel me ha perseguido todos estos años, pero tengo que despojarme de él. Hace casi diez años que no le veo, y en el hipotético caso de que algún día volviéramos a encontrarnos ¿tú crees que podríamos retomar algo? Ya no somos los mismos, yo ya no soy la adolescente alocada que él abandonó y él ya es un hombre maduro que probablemente haya recapacitado y no le interesen amoríos con muchachas jóvenes que nada pueden aportar a su vida de médico renombrado.

Enriqueta me miró y se echó a reír.

-Admito que tienes toda la razón, pero ahora estás pensando con el corazón frío. No estoy muy segura de que pienses de la misma forma si algún día vuelves a ver a ese chico. En todo caso... sabes que te aprecio muchísimo y nada me gustaría más que verte feliz al lado de mi hijo. En fin, será mejor que regresemos, yo ya tengo algo de hambre, y me ha salido una paella... para chuparse los dedos.

Después de comer, durante el café de la sobremesa, le propuse a Ángel salir a dar un paseo.

-Hace una tarde maravillosa y me imagino que ya habrás terminado el informe – le dije – podemos salir a caminar un rato, o coger el coche y marchar hasta algún pueblo.

-No tengo ganas – contestó casi de malos modos.

-Jo, pues sí que estás raro. ¿Te pasa algo conmigo?

Enriqueta me miró de reojo y me hizo un guiño.

-¿Tendría que pasarme? - me preguntó Ángel con un deje de ironía en su voz.

-Pues... yo creo que no, pero no vaya ser que haya hecho algo sin darme cuenta y me estés castigando por ello.

-No mujer, nada de eso, sólo que no me apetece. En todo caso puedes llamar a ese profesor de inglés con el que tienes tan buena amistad, a lo mejor él se presta a pasar la tarde contigo.

Reí para mis adentros, aunque por fuera intenté mantener una expresión impasible. Miré de soslayo a Enriqueta y me dirigió una sonrisa disimulada y leve.

-Pero Ángel – dijo dirigiéndose a su hijo – vaya comentarios, cualquiera diría que estás celoso.

-Por supuesto que no lo estoy. - respondió muy serio.

-Por supuesto que no – dije yo – además no tendría mucho sentido. No sólo porque tú y yo no somos más que buenos amigos, sino que además, aunque fuéramos algo más, mi compañero es... es gay. Pero no lo comentéis, por favor, que estas cosas ya sabéis que le gustan mucho a los cotillas. En fin, pues creo que me voy a ir a casa, ya que aquí no hay plan...

-Yo me iría contigo por ahí de mil amores – dijo Enriqueta – pero voy hacerle una visita a mi tía Perla, que está un poco griposa.

-No te preocupes, ya me buscaré algo en que entretenerme. Nos vemos ¿vale?

Me levanté, les di a ambos un beso de despedida y me marché, no sin antes advertir la cara de pasmo que se le había quedado a Ángel, seguramente al darse cuenta de su metedura de pata. Estaba segura de que más pronto que tarde volvería a mí con el rabo entre las piernas. Y no me equivoqué.

Aunque mi casa quedaba relativamente cerca de la pensión fui dando un paseo con tranquilidad, parándome en los escaparates, haciendo un poco el tiempo para no malgastar aquella preciosa tarde de domingo muerta de asco metida en casa. Cuando finalmente llegué, me puse ropa cómoda y me senté en el blanco sofá de mi salón a leer un libro. No recuerdo en qué momento me quedé dormida, pero sí sé que me despertó el sonido estridente e insistente del timbre. Eran casi las ocho de la tarde, había dormido cerca de dos horas.

-Ya va, ya va – iba diciendo por el pasillo mientras me dirigía a abrir.

No me sorprendí en absoluto cuando vi a Ángel apoyado en el quicio de la puerta, mirándome fijamente con una expresión extraña. Por supuesto, lo invité a pasar.

-Hola Ángel – saludé mientras le franqueaba la entrada – pensé que no tenías ganas de salir. Además ahora ya no me apetece, es muy tarde.

-No quiero salir, quiero hablar contigo.

-¿Hablar conmigo? - pregunté arqueando las cejas - ¿Sobre qué?

-Sobre nosotros.

-Uf, vaya tema... anda pasa al salón. Voy a preparar unos cafés ¿o prefieres algo de beber?

-Un café está bien.

Hice los cafés y después de colocarlos sobre una bandejita me dirigí al salón. Ángel me esperaba sentado en el sofá, con los codos apoyados en sus rodillas, el cuerpo echado hacia delante y las manos cruzadas. Parecía un hombre preocupado y casi me entra la risa, pues estaba prácticamente segura de que simplemente venía a disculparse por su comportamiento ilógico.

-¿Y bien? - dije animándole a hablar.

Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo del sofá.

-Lo siento Irene, de veras que lo siento, me comporté como un estúpido.

-Ángel...no sé de qué me estás hablando. - dije tratando de parecer despistada.

-Claro que lo sabes... me jodió ver al tipo ese aquí contigo, el otro día. Me sentí... sentí celos y no quiero sentirlos pero...no lo pude evitar.

Suspiré y sonreí. Apoyé mi taza de café en la mesita y me acerqué a él. Giré su cara hacia mí y acaricié sus mejillas. Luego jugué con los rizos de su pelo, mientras sus ojos se cerraban. Entonces me atreví a besarle. Fue un beso leve, tímido, suave, un simple roce en los labios que no obstante levantó en mi cuerpo oleadas de placer y de excitación.

Ángel suspiró.

-Joder – murmuró – no puede estar pasándome esto a mí.

-¿Qué? ¿Qué te pasa?- pregunté yo con voz melosa, mientras mis labios se paseaban por su cuello y por el lóbulo de su oreja.

-Que me gustas mucho Irene. Que por momentos me da la impresión de que me estoy enamorando de ti.

No me dio opción a la réplica. Esta vez fue él quien me besó con pasión. Yo me acomodé a horcajadas sobre él y me dejé besar.

-¿Y tiene eso algo de malo? - le pregunté entre besos.

-No lo sé.

Ante semejante respuesta dejé de besarle y le miré. Parecía preocupado.

-¿Que no lo sabes? Ángel, ¿qué ocurre?

Suspiró y tomó mis manos entre las suyas.

-Nunca me vi en esta situación. Es más, nunca creí que llegaría a verme. A lo mejor es que soy un inmaduro, pero tengo miedo. Miedo a hacerte daño, miedo a no darte lo que te mereces... incluso miedo a pasarlo mal. Mi madre dice que tengo un carácter difícil y tiene su parte de razón. Me gusta mi independencia y los compromisos me asustan. Y descubrir que siento algo fuerte por ti también me está asustando.

Sonreí, pasé mi mano por su pelo rizado y deposité un suave beso sobre su frente.

-Amar siempre implica un riesgo. Pero no creo que se deba pensar en ello. Lo mejor es vivir el presente y tomar las cosas como vengan. Si somos sinceros el uno con el otro no habrá malos rollos. Yo me siento bien a tu lado y me gustaría intentarlo.

-¿Y Miguel?

-Una parte de Miguel está muy lejos, la otra estará guardada dentro de mí para siempre. Es inevitable. Pero ahora quiero estar contigo.

Ángel me abrazó y hundió su cabeza en mi pecho. Nuestra aventura comenzaba.




domingo, 1 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto -Capítulo 19




A la mañana siguiente nos levantamos tarde. Había parado de nevar y la máquina quitanieves había despejado la carretera, por lo que pudimos emprender el viaje de regreso a Madrid sin mayor dificultad. Yo me sentía confundida. No sabía buscarle un significado a lo ocurrido aquella noche, ni por mi parte ni por la suya. No creía estar enamorada de Ángel, pero tenía que admitir que me sentía bien a su lado y que sus caricias y sus besos me habían emocionado. Tampoco pensaba que él lo estuviera de mí. Recordé que un día me había dicho que le gustaba pasar un rato con las chicas que le atraían si ellas se prestaban, sin más compromisos. Respetaba su manera de pensar, pero yo no deseaba ser el juguete de nadie, y menos de él, pues lo consideraba un buen amigo y estaba segura de que entrar en esa dinámica no haría otra cosa que estropear nuestra amistad.

Así pues el viaje de vuelta a la ciudad transcurría en silencio, roto de vez en cuando por algún comentario suyo sin importancia al que yo contestaba con monosílabos. Iba sumida en mis cavilaciones y no tenía demasiadas ganas de hablar.

Paramos a mitad de camino para comer. Fue en aquel restaurante de carretera, sentados a la mesa, cuando nos decidimos a hablar de lo ocurrido.

-¿Qué te pasa, Irene? - me preguntó -Estás muy callada. ¿He hecho algo que te ha molestado?

Tardé un rato en responder, acaso porque no tenía la respuesta demasiado clara.

-Estoy un poco confusa, Ángel. Y no, no has hecho nada que me haya molestado, pero lo ocurrido esta noche... no sé qué pensar, no sé por qué ha pasado ni cuáles son mis sentimientos hacia ti.

Ángel sonrió, con aquella sonrisa suya que me cautivaba.

-A lo mejor tampoco hay que romperse tanto la cabeza ¿no crees? Lo pasamos bien, para mí fue una pasada y me encantaría repetir. ¿A ti no?

Me descolocaban sus palabras. Yo no estaba acostumbrada a tomarme el sexo tan a la ligera. Hasta aquel momento mis encuentros sexuales habían ido unidos siempre al amor que sentía por Miguel y jamás se me había pasado por la mente tomarlo como un juego, sin más. Puede que la actitud de Ángel fuera mucho más abierta, más moderna, incluso puede que fuera la correcta, pero yo no estaba habituada a esa manera de pensar, a esa actitud tan ligera ante una cuestión que yo consideraba importante.

-Pues no lo sé. Me lo pasé muy bien, me encuentro muy bien contigo siempre, y si lo pienso desde el corazón....volvería a repetir, pero....

-¿Pero qué? ¿No estás enamorada de mí? Eso ya lo sabía, pero créeme, ese no es más que un detalle sin importancia que yo estoy dispuesto a pasar por alto.

-¿Y tú de mí?

-Tampoco tiene importancia.

-No has contestado a mi pregunta. Ayer por la noche dijiste que me deseabas.

Ángel volvió a sonreír. Parecía que se tomaba a guasa aquella conversación y eso me molestaba un poco.

-Te deseé desde el primer día que te vi, me gustaste, me gustas, me encanta estar a tu lado, hablar contigo, disfrutar de mis momentos de ocio a tu lado. No puedes imaginarte cuántas veces he soñado contigo despierto, cuántas veces te hice el amor en mis fantasías, cuántas deseé ser ese Miguel del que tanto hablas. Supongo que ayer me atreví a dar un paso más porque estaba un poco ebrio, pero no me arrepiento. No sé si estoy enamorado de ti, Irene, pero lo que sí sé es que eres diferente a las demás chicas con las que he estado y que lo que siento por ti es algo nuevo que no había sentido nunca. Por otra parte soy bastante consciente de una cosa. Tú tienes en mente a ese hombre, a Miguel, y estoy seguro de que yo nunca podría competir con él. Pero hoy por hoy no quiero plantearme más historias, me gustas y también me ha gustado acostarme contigo. Ya está.

Miguel.... mi Miguel, ¿por qué no conseguía olvidarle? Despojarme de su recuerdo sería lo mejor que me podría ocurrir, pero era tan difícil. Sin Miguel yo podría enamorarme de Ángel, sin duda alguna, pero mi corazón se aferraba con uñas y dientes a una quimera que yo no sabía apreciar como tal. Hacía más de diez años que no le veía y la gente cambia. Seguramente ya no sería el mismo Miguel que yo había conocido y del que me había enamorado, pero me empeñaba en conservarlo vívido dentro de mí, en proteger su recuerdo en mi memoria.

-Nunca me gustaron los compromisos, Irene, me parece que son una forma más de limitarte la vida y la libertad, aunque sé que a veces son necesarios. Y sin embargo... alguna vez imaginé como sería mi vida a tu lado, formar una familia, tener hijos... y no me pareció mala idea. No sé si con toda esta perorata que te acabo de echar te he dejado las cosas claras.

-Pues.... supongo que sí.

El camarero se acercó a la mesa y nos ofreció los postres.

-Yo quiero tarta de chocolate – dijo Ángel – y mi novia seguramente también, que le gusta mucho.

Me guiñó un ojo y yo sonreí. Él tomó mi mano por encima del mantel y me la acarició.

-La verdad es que no suena mal eso de llamarte mi novia. Eres un cielo Irene.

-Bueno, a lo mejor ahora debería ser yo la que me sincerara contigo...

-No es necesario. Te conozco bien y creo que sé cuáles son tus sentimientos. Sigues enamorada de ese hombre. Yo no lo entiendo, pero lo respeto. Quizá algún día llegues a sentir algo bonito por mí.

-Ya siento por ti algo bonito. Eres mi mejor amigo.

-Bueno... pues por algo se empieza. Y si quieres que en algún otro momento sigamos disfrutando del sexo como lo hicimos esta noche, yo estaré dispuesto; y si no lo estás.... pues no pasa nada, tan amigos.

El camarero trajo la tarta y Ángel probó un trozo.

-Realmente deliciosa- dijo – como tú.

*

Lo cierto es que aquella noche tardó en repetirse, y lo cierto es igualmente, que cuando se repitió ya fue con mucho más sentimiento de por medio. Después de nuestro glorioso primer encuentro sexual y nuestra conversación para intentar dejar las cosas claras, Ángel y yo actuamos como si nada hubiera ocurrido, es decir, seguimos siendo buenos amigos, sin más. Ninguno volvió a mencionar aquel momento, ni insinuó nada al otro sobre la posibilidad de que ocurriera de nuevo. Cada uno volvió a sus ocupaciones. Ángel venía a verme alguna tarde, al salir de su trabajo, como siempre. Yo iba a comer con él y con su madre todos los domingos. A veces salíamos al cine o a dar un paseo por El Retiro o por el Parque del Oeste, a tomar unas cañas a la Plaza Mayor o a la piscina en el verano. Todo transcurría de forma apaciblemente rutinaria, aunque mi cabeza en ocasiones era un hervidero de ideas, pensamientos y reflexiones y a la conclusión que llegaba era casi siempre la misma: tenía que olvidarme de Miguel. Ángel representaba el futuro, una existencia apacible y a la vez cargada de sorpresas; un hombre bueno, cariñoso, de ideas modernas y abiertas, y sobre todo, un hombre real y no una quimera envuelta en aromas del pasado.

El empujón definitivo que necesitaba nuestra “no relación” vino de la mano de Jon, el nuevo profesor de inglés que llegó a mi colegio con el comienzo del curso. Jon era un muchacho tímido, medio bohemio, de apariencia descuidada y rostro dulce, que trajo a las alumnas de cabeza desde el primer día que pisó el colegio, aun en contra de su voluntad. También desde el primer día conectó conmigo, aunque no sé bien el motivo, puesto que nuestras parcelas eran bastantes diferentes, yo enseñaba a mis pequeñajos, y él era el profesor de inglés de los mayores. Supongo que fue por afinidad de edades. La plantilla de profesores era bastante añeja y nosotros dos éramos jóvenes, tal vez el aire fresco que aquel colegio de barrio necesitaba. Jon me hizo partícipe desde el primer día de sus ideas innovadoras para implicar a los chiquillos, para ofrecerles conocimientos de manera amena y divertida. Una de sus propuestas, acogida con entusiasmo por alumnos y profesores, fue la de editar una revista mensual en la que los chicos pudieran participar con sus obras, dibujos, fotografías, artículos, poemas, relatos y cualquier otra cosa susceptible de ser publicada. A mí me encantó la idea y me ofrecí para coordinar la participación de los más pequeños que, por supuesto sería fundamentalmente en forma de dibujos y trabajos manuales. Así, de esa manera, Jon y yo comenzamos a fomentar una relación profesional que derivó en una agradable amistad, y que, sin yo quererlo, despertó los celillos dormidos de Ángel.

Ocurrió que una tarde a la salida de su trabajo, como tantos otros días, Ángel pasó por mi casa para charlar un rato y tomar un café. Allí se encontró con Jon, con el que me había reunido para ultimar algunos detalles sobre la inminente publicación del primer ejemplar de la revista del colegio. En el preciso instante en el que llegó Ángel, habíamos hecho una pausa en el trabajo y nos encontrábamos, precisamente, tomando un café. Por supuesto invité a Ángel a compartirlo con nosotros. Al principio aceptó, pero pronto me di cuenta de que Jon no era de su gusto. Apenas participaba en la conversación y le miraba de manera casi siniestra. En cuanto terminó el café se levantó para marcharse.

-¿Ya te vas? - le pregunté – Jon y yo terminamos enseguida.

-No os preocupéis, no quiero interrumpiros. Ya nos veremos en otro momento.

-Pero Ángel... no nos interrumpes, estamos a punto de terminar. Además, hoy es viernes ¿no vamos a salir a dar una vuelta?

-No, hoy estoy cansado, ya nos veremos, hasta pronto.

Le dije adiós y mirando a mi compañero de trabajo me encogí de hombros.

-Pero ¿qué mosca la habrá picado? - pregunté casi para mí misma.

-Me temo que no le ha gustado demasiado encontrarme aquí – dijo Jon sonriendo – se le notaba un poco celoso.

-¿Tú crees? - pregunté sintiendo una satisfacción desconocida.

-Estoy casi seguro de ello, pero puedes decirle que se esté tranquilo. Te voy a contar un secreto, soy gay.

Le miré asombrada y creo que abrí mucho los ojos. En aquella época, hace ya unos cuantos años, no se trataban esos temas con la misma naturalidad que hoy en día.

-¿De veras? Pues no se te nota nada.

Nos echamos y reír y finalizamos nuestro trabajo. Mientras yo le daba vueltas a los supuestos celos de ángel. Y descubrí que me gustaba que los sintiera.

jueves, 29 de octubre de 2020

Quince años y un secreto -Capítulo 18

 




Comencé en el colegio con buen pie. Había elegido la especialidad de educación infantil con lo que trabajar con niños pequeños me resultó fácil y gratificante. También los compañeros, la mayoría de ellos veteranos en el mundo de la enseñanza, me acogieron con entusiasmo y me ayudaron con desinterés. De esa manera mi vida siguió su dinámica de apacible rutina. Por las mañanas el colegio, por las tardes en casa preparando la clase del día siguiente. A veces Ángel me visitaba de regreso de su trabajo, otras era yo la que me acercaba por la pensión y compartía un momento de charla y café con él o con su madre, o con ambos. Todo parecía haberse encauzado, hasta que llegaron las vacaciones de Navidad y con ellas un giro inesperado en mi consolidada vida de maestra casi solitaria.

Había pasado la Nochebuena y la Navidad con Enriqueta y Ángel. Para la noche de fin de año Enriqueta y yo habíamos pensado cenar en mi casa y pasar la noche viendo cualquier cosa en la tele, puesto que Ángel tenía proyectado irse con un amigo a esquiar a Sierra Nevada. Pero los planes cambiaron inesperadamente dos días antes de la noche en cuestión. Enriqueta y yo estábamos en el salón de mi casa, disfrutando de unas horas de charla, cuando sonó el timbre. Era Ángel.

-Hola Ángel – le saludé franqueándole la entrada – pasa, tu madre está en el salón. ¿Quieres un café?

-Eh... sí gracias.

Ángel entró en la sala, junto a su madre, y yo fui a la cocina a preparar su café. Cuando regresé con la taza de humeante café en la mano, Enriqueta me miró sonriente y con una expresión pícara que yo no supe interpretar me dijo:

-Me temo que se nos estropearon los planes de la noche de fin de año. Creo que tendrás algo más interesante que hacer que cenar conmigo.

Posé el café en la mesita y me senté al lado de la mujer.

-¿Yo? No, no, si yo no tengo nada que hacer.

-Yo creo que sí, si no pregúntale a Ángel.

Miré al muchacho interrogándole con los ojos. Él sonrió y habló entusiasmado.

-¿Recuerdas que iba a pasar el fin de año esquiando en Sierra Nevada con unos amigos? Pues resulta que se han echado atrás. Uno ha enfermado y el otro se tiene que marchar a su pueblo por un problema familiar.

-Oh vaya, lo siento. Entonces ¿te quieres unir a la cena con tu madre y conmigo? Yo encantada, pero no será muy divertido.

-No, tengo una propuesta mejor. Tengo el hotel reservado, no me apetece perder dinero y tengo muchas ganas de ir. Había pensado que a lo mejor te gustaría venir conmigo. Evidentemente yo solo no voy a ir.

Mi sorpresa fue mayúscula, ni por un instante me había imaginado que Ángel me iba a hacer semejante proposición. No supe qué contestar. No sabía esquiar y la nieve no me gustaba demasiado, pero por otro lado me daba pena que el muchacho no pudiese ir.

-No sé, Ángel, yo no sé esquiar... no creo que sea una buena compañera de viaje.

-Venga, mujer, anímate. Aunque no esquiemos demasiado, al menos saldremos de Madrid, será... una experiencia diferente.

-Claro, Ángel tiene razón, Irene. ¿Cuánto tiempo hace que no viajas a ninguna parte? Desde que estás en Madrid yo no recuerdo que hayas viajado nunca. Yo creo que podéis divertiros un montón, anímate, mujer.

-Pero... ¿y tú? Te quedarás sola.

-No importa. Me iré a casa de Carmencita. Cenaré con ella y con sus padres, de hecho me invitó el otro día. Le dije que no, porque iba a venir aquí, pero si te vas, me iré con ella. No me importa, de verdad.

Parecía que Enriqueta hablaba con sinceridad y que Ángel tenía ganas de ir y de que yo le acompañara. No me quedaba escapatoria.

-Bueno.... pues si es así... iré.

*

Salimos de Madrid el día treinta por la tarde. Cuando llegamos al hotel ya era noche cerrada. Todo estaba rodeado de nieve y bajo la tenue luz del alumbrado exterior el paisaje parecía una postal de navidad. Sacamos las maletas del coche y mientras entrábamos en recepción Ángel me comentó:

-Tenemos una sola habitación. Supongo que no te importará, hay confianza.

-Claro que no me importa, casi lo prefiero. No me gusta dormir sola en lugares extraños.

La habitación en cuestión era una estancia enorme, en la que todo el mobiliario era de madera, incluso el revestimiento de las paredes. El suelo estaba recubierto de mullidas alfombras blancas y en una esquina había una chimenea en la que crepitaba un montoncito de leña que daba calor al cuarto. Unas pequeñas lámparas situadas sobre las mesitas de noche iluminaban la habitación de forma tenue, cálida, suave, dando un toque de intimidad y una sensación acogedora realmente agradable.

-¡Me encanta! - exclamé.

-Y a mí.

-Pero realmente creo que deberías haber venido con otra chica – dije – seguro que disfrutarías mucho más.

-No digas tonterías. Yo estoy encantado de haber venido contigo.

Nuestras miradas se cruzaron y percibí en mi interior una sensación extraña. Por un momento no vi a Ángel como mi amigo de siempre, sino como un hombre con el que iba a pasar una noche a solas en aquella habitación de ambiente protector, casi sensual. Aquellos ojos me taladraban el alma y por primera vez despertaban mis instintos. Deseché aquellos pensamientos estúpidos y me dispuse a deshacer mi pequeña maleta. Ángel hizo lo mismo.

-¿Te apetece que pidamos algo y cenemos aquí, en la habitación? Es un poco tarde y no tengo ganas de bajar al comedor. - me dijo cuando terminamos.

-Oh, claro, a mí tampoco me apetece salir. Aquí dentro se está tan bien...

Mientras Ángel llamaba a recepción yo me eché en la cama y encendí la televisión. Zapeé un rato y comprobé que no echaban nada interesante, aún así dejé cualquier canal, uno en el que estaban emitiendo una película a la que no presté atención. Cuando Ángel colgó el teléfono se echó a mi lado en la cama.

-He pedido unos sandwichs y algo de fruta.

-Está bien.

Se acercó a mí y echó su brazo por encima de mis hombros.

-Mañana por la mañana subiremos a las pistas. Y te confieso una cosa, yo no he esquiado en mi vida.

Le miré, incrédula.

-No puede ser ¿Entonces? ¿Qué hemos venido hacer aquí?

-Bueno... seguro que lo pasaremos bien, contrataremos a un monitor que nos enseñe. Tiene que ser divertido.

-No estoy tan segura.

En ese momento llegó la cena. Cenamos charlando sobre la aventura que nos esperaba al día siguiente y después, cansados como estábamos por el viaje, nos acostamos. Ángel se durmió enseguida. Pero yo no podía dormir. La calidez de aquel cuerpo tan cerca del mío me turbaba. No sabía lo que me estaba pasando. No estaba enamorada de Ángel, pero podía ser que tantos años de abstinencia obligada estuvieran comenzando a pasarme factura, aunque yo no era de ese tipo de mujeres. Me gustaba el sexo, pero también era algo sin lo que podía vivir perfectamente, de hecho el único hombre con el que me había acostado había sido Miguel. Hacía muchos años que ningún caballero calentaba mi cama y no me importaba demasiado. Solo entonces, en aquellos instantes, con Ángel durmiendo apaciblemente a mi lado, volví a sentir la necesidad de unas manos masculinas dispuestas a moldear mi cuerpo, de unos labios cálidos que cubrieran mi cara de besos. Finalmente me dormí sumida en aquellos pensamientos.

Al día siguiente nos levantamos temprano. Subimos a las pistas y contactamos con un monitor que nos enseñó unas primeras nociones de esquí. Fue muy divertido, tanto, que el tiempo se nos pasó volando y cuando regresamos al hotel ya eran las primeras horas de la tarde. Después de comer algo frugal nos retiramos a descansar un poco a la habitación. Cuando despertamos nos encontramos con que el tiempo había empeorado ostensiblemente y nevaba con intensidad. Era la noche de fin de año y el hotel había preparado una cena cotillón a la que, como es natural, acudiríamos, así que en realidad la climatología exterior nos importaba más bien poco. Cuando llegó la hora nos preparamos y acudimos a la cena. Pero resultó que no era demasiado de nuestro agrado. La gente parecía conocerse entre sí y aunque algunos hacían ademanes para que nos uniéramos al grupo nos sentíamos un poco desubicados.

-¿Qué te parece si después de cenar nos retiramos? Podemos tomar las uvas en la habitación, los dos solos.

Ángel me miraba con una media sonrisa que no supe interpretar, acaso no tuviera interpretación alguna, pero la sugerencia de tomar las uvas los dos solos me dio que pensar.

-Me parece bien – respondí por fin – no me encuentro demasiado a gusto aquí.

Así pues en cuanto terminamos la cena pusimos la excusa de que yo no me encontraba bien y nos largamos. Pedimos que nos acercaran a la habitación las uvas y una botella de champán y una vez allí bebimos, conversamos y nos reímos comentando pormenores de la cena. Tirados en la mullida alfombra de lana blanca, con el sonido de la televisión de fondo y la cabeza medio flotando a causa del cava, me sentía feliz y desinhibida. Por fin llegaron las doce y al son de las campanadas dimos la bienvenida al nuevo año. Ángel, cuando por fin el treinta y uno de diciembre había quedado atrás, me felicitó el año nuevo con una efusividad desconocida, levantando en alto su copa de champán.

-Feliz año nuevo, Irene. Ojalá éste sea nuestro año.

-¿Nuestro año? - pregunté riendo - ¿a qué te refieres?

-A esto.

Y sin más, me besó en los labios. No me esperaba aquel beso y al principio no supe qué hacer, si prestarme al arrebato del deseo o hacerme la ofendida, pero la pasión pudo más que la cordura y me entregué a su juego, sin palabras, sin decir nada, me aferré a su boca como si quisiera evitar una caída hacia el infinito, rodeé su cabeza con mis brazos como si necesitara retenerle junto a mí para siempre, dejé que sus manos vagaran por mi cuerpo y revivieran en él sensaciones casi olvidadas, mientras las mías se enredaban en su pelo para que sus labios y los míos no pudieran separarse nunca. Ángel me miró a los ojos de la forma en que siempre me miraba, limpia y directamente, y me habló en un susurro:

-Te deseo, Irene... no sabes cuánto te deseo.

Sus palabras avivaron mi fuego y mi cuerpo se arqueo en descarada invitación que no rechazó. Le sentí dentro de mí con viveza, con fuerza, con empeño hasta que consiguió llevarme al éxtasis, el mismo que sintió él cuando con un gemido sordo se derramó dentro de mí.

No sé cuánto tiempo nos mantuvimos abrazados, besándonos con ternura, dibujando nuestros cuerpos con caricias desconocidas. Tampoco recuerdo cuántas veces hicimos el amor aquella noche. Sólo recuerdo aquel amanecer blanco y frío que me hizo sentir de nuevo, después de tantos años, el calor olvidado del amor.


miércoles, 28 de octubre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 17

 




Ángel y yo nos hicimos muy amigos, los mejores amigos del mundo. Nos contamos nuestros secretos. Yo le hablé de mi historia con Miguel, de mi amor incondicional e incombustible por un hombre que había desaparecido de mi vida sin motivo.

-No ha sido sin motivo – me decía él –, estoy seguro de que hay alguna razón.

-Pues debería habérmela contado. Y yo no debería quererle ya.

-Tú lo que tienes que hacer es guiarte por tu corazón. En los sentimientos no se puede mandar. Si le quieres, le quieres, y ya está.

Ángel no tenía novia, decía que nunca había encontrado ninguna chica que le gustara tanto como para pensar en compartir con ella más que un rato de cama.

-Si alguna me gusta y ella accede... pasamos un momento agradable. Por lo pronto no aspiro a mucho más. Y últimamente ni eso. Estoy demasiado ocupado con mis estudios.

Igualmente yo estaba demasiado ocupada con mis estudios y con mi trabajo como para pensar en chicos. Y así fue pasando el tiempo, sin prisa pero sin pausa desfilaron ante nuestras vidas los meses y luego los años, y un día me vi con la carrera terminada y unas oposiciones aprobadas. Habían pasado ya algunos años desde la ausencia de Miguel y desde mi enfado con mamá. No había vuelto a saber ni de uno ni de otro. De Miguel no me extrañaba. Ya casi ni pensaba en él, aunque mi corazón jamás se había vuelto a volcar en otro hombre. Sin embargo de mi madre... Me dolía su indiferencia. Al fin y al cabo, si bien habíamos tenido una bronca, yo era su hija y pensaba que su amor por mí no debiera haberse terminado así, de un plumazo. Ni una llamada, ni una carta en todos aquellos años... me herían el alma. Pero también era cierto que yo tampoco me había interesado lo más mínimo por ella. Cada una se había limitado a seguir su vida sin más, como si la otra hubiera dejado de existir.

Enriqueta y Ángel se habían convertido en mi familia. El muchacho había terminado su carrera y trabajaba en una empresa importante como programador informático. Yo había aprobado mis oposiciones, comenzaría a trabajar en breve y me había buscado un piso con la intención de abandonar la pensión para vivir independiente. A Enriqueta le daba pena. Durante todos aquellos años juntas nos habíamos llegado a tomar verdadero cariño y sabíamos mucho la una de la otra, pero comprendía mis ansias de volar, de enfrentarme sola al mundo que estaba esperándome fuera.

El piso en cuestión estaba situado muy cerca de la pensión, pues el barrio me gustaba y no quería alejarme demasiado de aquellos que tanto me habían cuidado durante todo aquel tiempo. Tenía dos dormitorios y un salón enorme con amplios ventanales que daban a un balconcillo y dejaban entrar la luz con generosidad. La casera era una mujer mayor que vivía en el inmueble de abajo y que no me cobraba demasiado por el alquiler, puesto que, según me había dicho, lo que quería era tener el piso ocupado para que alguien se lo cuidara y de paso cierta compañía, pues vivía sola y los años no perdonan, en sus propias palabras.

Una tarde, de regreso a la pensión después de haber estado limpiando mi nuevo hogar y colocando muebles y objetos para trasladarme en breve, encontré a Enriqueta con rostro serio y ligeramente nerviosa.

-¿Ha pasado algo? - le pregunté con ánimo de que me explicara lo que le ocurría.

Suspiró y se sentó a la mesa de la cocina.

-Anda, siéntate, tengo algo que decirte. Pero prométeme que no te enfadarás conmigo.

-Algo muy gordo tendrías que haber hecho para que yo me enfadara contigo – dije mientras tomaba asiento frente a ella – a ver, cuéntame qué es eso tan grave que te tiene tan alterada.

-Ha llamado tu madre – soltó.

Mi corazón se lanzó a latir a cien por hora. Y a pesar de llevar tanto tiempo sin saber de ella deseé fervientemente que aquella llamada tuviera algo que ver con Miguel

-¿Y qué quería? ¿No te contó qué le había empujado a llamar después de tanto tiempo sin saber de mí?

Enriqueta suspiró y paseó su mirada por el techo de la cocina.

-Es que... no es así. Las cosas no son como tú crees.

Si la llamada de mi madre me había desconcertado, las palabras de Enriqueta no fueron para menos.

-¿Cómo son entonces?

-Pues verás... hace... mucho tiempo, un día... bueno, después de aquellas navidades que regresaste enfadada de tu casa, ¿te acuerdas?

-Perfectamente.

-Pues un día.... llamé a tu madre. No...no me cabía en la cabeza que estuvierais enfadadas y la llamé....no sé, pensé que podría hacer algo.

-¿Y cómo conseguiste su teléfono?

-Eso fue fácil. Sabía dónde vivíais, sabía sus apellidos, que eran los mismos que los tuyos y alguna vez se te escapó su nombre, así que el servicio de información telefónica hizo el resto. Pues eso, que la llamé, me identifiqué y estuvimos un rato hablando. Yo intenté convencerla para que hiciera las paces contigo, pero me dijo que no, que tú tenías razón cuando le dijiste que erais muy distintas y que era mejor que cada una fuera por su lado. Para nada me mencionó a Miguel, simplemente me dijo que a pesar de que iba a respetar tu marcha le gustaría saber de ti y me pidió permiso para llamarme de vez en cuando. Yo le dije que lo hiciera, que estaría encantada de informarle de tus progresos. Y eso ha hecho. Todos los meses llamaba para preguntar cómo estabas y yo le contaba. Sé que no hice bien, que debería de habértelo dicho, pero me puse en su lugar y.... a mí también me hubiera gustado saber de mi hijo en una situación semejante.

Contrariamente a lo que ella pensaba las palabras de Enriqueta constituyeron un alivio. Al menos mi madre no era tan fría como yo creía.

-No te preocupes, Enriqueta, creo que yo hubiera hecho lo mismo. En todo caso tampoco había mucho que contarle a mamá, mi vida no ha sido demasiado interesante durante estos últimos años.

-Me preguntaba con frecuencia si tenías novio, o si te visitaba algún muchacho en la pensión y cuando le decía que no, notaba cierto cambio en su tono de voz, como si de repente se pusiera triste.

A lo mejor es que piensa que no ha hecho bien alejando a Miguel de tu lado, y al ver que tu no pillas novio ni queriendo...

Solté una carcajada que alivió un poco la preocupación de Enriqueta.

-Es que no tengo el más mínimo interés por los hombres. A veces pienso que si volviera a ver a Miguel el amor que guardo aquí dentro – y me señalé el pecho – volvería a surgir como si nunca hubiera estado dormido. Pero ¿por qué me has contado hoy todo esto?

-Porque esta vez tu madre quiere hablar contigo. Y yo no quiero que le reproches que no se ha interesado por ti todos estos años. Dijo que volvería a llamarte más tarde.

Como si de un resorte se tratara en ese mismo instante sonó el teléfono.

-Cógelo tú, seguro que es ella.

Me acerqué al aparato con paso vacilante. No estaba muy segura de querer hablar con ella, sin embargo mi corazón se alegraba de saber por fin qué había sido de su vida.

-Diga

-¿Irene? Irene, hija ¿eres tú?

Por un momento me sentí como una ingrata, como una perfecta descastada que había dejado pasar el tiempo sin preocuparse ni siquiera de saber el estado de salud de su madre. Escuchar su voz agitó algo dentro mí. Tal vez fuera el momento de la reconciliación.

-Hola mamá ¿cómo estás? Ha pasado tanto tiempo...

Escuché sus sollozos disimulados a través de la línea.

-Mucho, mucho mi niña. ¿Cómo estás? ¿has terminado ya tus estudios?

Sabía que ella sabía la respuesta, pero aún así le seguí la corriente.

-Si mamá, he terminado la carrera y aprobado las oposiciones. He tenido suerte, en solo dos años lo he conseguido. Este curso comienzo a trabajar. ¿Y tú? ¿Cómo vas tú, mamá?

-Bien, bien, bueno... en realidad tengo una noticia que darte, una noticia un poco triste.

Mi madre calló y yo pensé de todo... bueno, en realidad pensé en Miguel. ¿Y si le había pasado algo?

-¿Qué ocurre mamá?

-Es Lisardo. Ha muerto.

-¿Muerto? ¿Cuándo? Oh, mamá no sabes cuánto lo siento. Inmediatamente tomo un avión y voy hasta ahí.

-No, no, no, tranquila. En realidad... hace ya un mes que se ha muerto. Le dio un infarto fulminante y nada se pudo hacer. Fue.... fue horrible.

-¿Un mes? Pero.... ¿por qué no me avisaste en su momento?

Inmediatamente después de hacerle la pregunta supe la respuesta. Era evidente que Miguel había estado presente en tan luctuoso momento. Mi madre no me había avisado para que no nos encontráramos de nuevo.

-No me pareció oportuno, además no quería preocuparte innecesariamente...

-¿Preocuparme innecesariamente? ¿Que no te pareció oportuno? Mamá ¿tú te das cuenta de las tonterías que estás diciendo? Lisardo era como mi padre, yo le quería y me hubiera gustado estar ahí el día de su entierro. Sé sincera. No me avisaste porque, como es evidente, Miguel acudió al funeral de su padre y no querías que nos encontráramos.

-Por favor, Irene, no empieces con lo mismo de siempre. Es increíble que a estas alturas todavía tengas a Miguel en la cabeza. Y de verdad que no tengo ganas de discutir. Estoy demasiado abatida para pensar en todas esas tonterías.

Tal vez tuviera razón. Yo tampoco tenía ganas de discutir sobre un tema que estaba demasiado manido y sobre el que mi madre no iba a cambiar de opinión jamás.

-Tienes razón. ¿Tú estás bien? -pregunté intentando correr un velo sobre la conversación anterior sin conseguirlo demasiado.

-Tengo mis momentos. A veces se me cae la casa encima. Me siento muy sola.

-Vaya, lo siento. Supongo que serán los primeros meses...

-Pensaba jubilarme, pero creo que no lo voy a hacer, el trabajo en el hospital me distrae – el silencio se hizo al otro lado de la línea durante unos segundos – Irene, ¿vendrás por aquí?

La voz de mi madre sonaba suplicante, pero yo me mantuve firme e impasible ante su victimismo.

-No creo mamá. Estoy bien en Madrid, voy a comenzar a trabajar y … no puedo ir mamá, no puedo.

-Está bien, hija, lo entiendo. De todos modos ¿podré llamarte de vez en cuando?

-Claro, mamá, cuando quieras.

-Adiós Irene.

-Adiós, mamá.

Colgué el teléfono presa de una sensación agridulce. No podía dejar de sentir pena y preocupación por mi madre, sin embargo el resentimiento que mi corazón acumulaba hacia ella era superior a cualquier otro sentimiento.

Regresé a la cocina, junto a Enriqueta, que fregaba las tazas del café.

-¿Cómo ha ido? - me preguntó.

Haciendo un gesto negativo con la cabeza me dejé caer en una silla.

-Lo de mi madre y mío no tiene remedio. No estamos hechas la una para la otra.