domingo, 25 de marzo de 2012

SI ME DEJARAN QUERERTE



Cuando conocí a Dame, una lluviosa y fría tarde de otoño, no se me ocurrió que nuestra historia fuera a terminar de la manera que lo hizo. En realizar tampoco se me ocurrió que entre él y yo pudiese haber jamás historia alguna.
Hacía apenas una mes que había obtenido el divorcio de mi marido, y cuando tuve la sentencia en la mano no pude evitar pensar, por enésima vez, si habría hecho bien al tomar la drástica decisión de terminar con catorce años de matrimonio. Germán era un hombre bueno, el mejor del mundo, pero la rutina había ganado terreno al amor y yo no quería vivir de aquel modo. Necesitaba algo más que un beso de despedida y de llegada, necesitaba ahuyentar los silencios que se asentaban entre los dos cuando estábamos a solas. No era feliz, y aunque siempre fui una cobarde, en aquella ocasión me armé de valor y terminé con la farsa en la que se había convertido nuestra unión. Nadie lo entendió, ni Germán, ni mi familia, ni la mayoría de mis amigos. Mis padres llegaron a negarme la palabra durante una larga temporada, mis hermanos, salvo el pequeño, me hicieron un montón de reproches y mis amigos se fueron alejando de mi poco a poco, poniéndose de parte del bueno de la historia. No fue fácil, debo admitirlo; que me dieran la espalda personas que hasta entonces había considerado parte esencial de mi vida no hizo sino incrementar mis dudas sobre la conveniencia de lo que había hecho, pero el tiempo todo lo cura y poco a poco las aguas fueron volviendo a su cauce, incluso para el marido despechado, que pronto encontró consuelo en otra mujer. Me alegré por él, por supuesto que sí, y yo, aunque no cerré mi corazón al amor, tampoco tuve prisa por encontrar a nadie, por el momento me bastaba con encontrarme a mi misma y disfrutar un poco de mi recién estrenada soledad.
Vendimos el piso que compartimos durante nuestro matrimonio y con el dinero obtenido me compré un pequeño apartamento y monté una tienda de ropa y bisutería, haciendo realidad una idea acariciada desde años atrás y nunca llevada a cabo. Por primera vez en mucho tiempo me sentí a gusto conmigo misma y con la vida que llevaba.
Una tarde, mientras esperaba que llegara la hora de abrir mi tienda tomando un café y leyendo la prensa en el bar de la esquina, un muchacho se acercó a mi mesa ofreciéndome su cargamento de discos, bolsos, cinturones y no sé cuántos cachivaches más. Negué con gesto leve de cabeza y él, después de ofrecer su mercancía a los tres o cuatro clientes que a aquellas horas había en el bar, se marchó. Durante unas cuantas tardes más se presentó a la misma hora y de la misma guisa, hasta que un día, para mi sorpresa, se atrevió a hablarme.
-Nunca compras – me dijo – y yo vendo barato.
Levanté la vista y le vi sonriéndome. No pude evitar devolverle la sonrisa e invitarle a compartir mi mesa.
-¿Realmente quieres saber por qué no te compro? Te invito a un café y te lo explico ¿te parece?
Aceptó de buen grado. Posó en el suelo su mercancía y se sentó frente a mí.
-¿Ves aquella tienda, la que está al otro lado de la plazoleta? - le pregunté señalando mi propio negocio. - Pues es mi tienda, en la que también vendo cinturones y bolsos, como tú. Por eso no te compro. Incluso diría que me estás haciendo la competencia.
-No, competencia no, tus bolsos mejores que los míos – me dijo entre risas – Pero también tengo discos ¿compras?
-Me parece que no te vendes tú porque no puedes. Anda trae, a ver qué tienes por ahí.
Le compré un disco, no recuerdo de quién, lo que si recuerdo es que aquella fue nuestra primera conversación, el primer encuentro vespertino ante un café que con el paso de los días se hizo rutinario. Entraba en la cafetería todos los días a la misma hora y compartía conmigo una parte de su tiempo, a veces cinco minutos, otras veces media hora, a la vez que me contaba retazos de su vida. Un buen día abandonó su Senegal natal a bordo de una patera rumbo a esa Europa de la que tanto había oído hablar, camino a un futuro sin miseria. Sólo deseaba cumplir sus sueños y a pesar de lo poco que había conseguido, se daba por satisfecho, aunque no tuviera papeles, aunque gozara de un trabajo precario por el que cobraba una miseria y compartiera un piso de sesenta metros cuadrados hacinado con veinte personas más. Todo lo malo que pudiera conseguir aquí era mil veces mejor que lo que había dejado atrás.
Poco a poco fui conociendo a una persona honesta, vital, alegre por naturaleza, una persona que tenía el don de trasmitir felicidad y optimismo a aquel que estaba a su lado. Supongo que fue por eso que un día me vi deseando que llegara la hora del café, echándole de menos cuando no estaba conmigo y confieso que me asusté un poco. ¿Qué era aquello que me reconcomía el alma cuando no estaba a su lado? ¿Qué era lo que me agitaba el corazón cuando tarde tras tarde le escuchaba hablar y le veía sonreír? ¿Sería que el amor llamaba a mi puerta de nuevo? Negué la evidencia, intenté convencerme a mí misma de que lo que sentía por aquel chico no era más que cierta atracción provocada tal vez por el exotismo que emanaba. Pamplinas, lo que realmente me ocurría era que tenía miedo a embarcarme en una relación amorosa que seguramente me acarrearía un montón de problemas con mi entorno. No habían entendido que me separara de un hombre bueno y decente, de un caballero con todas las letras, menos iban a entender que me uniera a un inmigrante subsahariano sin papeles que no tenía dónde caerse muerto.
Creo que por eso fue que continuamos así, sin más relación que nuestras charlas, algún paseo las tardes de domingo por la vera del río, como dos amigos que se aprecian y a los que les gusta compartir los buenos momentos.
Una noche, de regreso a mi casa después de cerrar la tienda, me lo encontré sentado en un banco de la plazoleta bajo la lluvia torrencial que caía en aquellos instantes. Estaba empapado y temblaba de frío.
-¿Qué haces ahí? -le pregunté – Esta lloviendo a mares ¿no será mejor que te vayas a casa?
-No puedo – me respondió – comparto habitación con otro hombre. El trabaja de noche y ocupa el cuarto durante el día, yo de noche, después de las nueve.
-No me lo puedo creer – repuse indignada – ¿me estás diciendo que el desgraciado de tu casero alquila tu habitación por horas?
-Claro, a mí horas de noche y al otro hombre horas de día. Así gana más dinero ¿comprendes?
-Sí, hijo, sí, por supuesto que comprendo. ¿Y sabes lo que te digo? Que ahora mismo te vienes conmigo a mi casa.
-No, Blanca, a tu casa no, yo no quiero molestar.
-Lo que menos haces tú es molestar. Mi casa no es muy grande pero suficiente para los dos. Así que ya te puedes despedir del impresentable que tienes por casero porque no vas a volver allí. Y no es una sugerencia, es una orden.
De esa manera empezó a vivir conmigo y aunque durante mucho tiempo no fuimos otra cosa que compañeros de piso, el roce diario hizo que me rindiera a lo evidente, y es que estaba ilusionada con él como una niña de quince años, a pesar de que, por su parte, nada demostraba que sintiera por mi lo mismo que yo por él.
Los meses fueron transcurriendo y aquellas Navidades, como todos los años, tocaba cena familiar con mis padres, hermanos, sobrinos y demás. No me gustaban demasiado ese tipo de reuniones, sobre todo desde mi divorcio, pues parecía que todos aprovechaban la situación para lanzarme los reproches que todavía guardaban contra mi, sobre todo mi madre, a la que más le había desagradado mi decisión de terminar con mi matrimonio, así que me presenté a la cena con cierto recelo y sin Dame, por supuesto, al que dejé solo en casa a mi pesar. Aquella noche sin embargo, las cosas transcurrieron con calma y todos se mostraron bastante cordiales, hasta el momento de recoger la mesa, cuando mi madre aprovechó, a solas conmigo en la cocina, para desatar su lengua viperina.
-Y dime, Blanca ¿quién es él?
Me sorprendió su capacidad intuitiva. No sabía que se me notara tanto que estaba enamorada de nuevo.
-¿Él? Lo siento, mamá, pero no sé de qué me hablas.
-Vamos, no disimules, te conozco perfectamente y sé que detrás de ese brillo en la mirada hay alguien.
-Bueno.... tal vez. Pero es sólo...una ilusión
-Ya, o sea, que la quimera que perseguías cuando dejaste a tu marido está a la vuelta de la esquina. Jamás encontrarás a un hombre como él, de eso puedes estar segura. ¿Sabes que me lo encontré el otro día en la calle? Iba con su mujer, una chica muy mona, y está embarazada, de cinco o seis meses por lo menos.
-Me alegro por ellos. Conmigo no quiso tener hijos y con esta ya ves, le faltó tiempo. A ver si eso te convence de que separarnos fue lo mejor para ambos.
Ignorando mi última frase mi madre continuó tirándome sus puyas.
-Bueno mujer, no te quejes, todavía eres joven. Aún estás a tiempo de tener hijos con tu ilusión.
Tomé una bandeja de dulces y me dirigí al comedor. No tenía ganas de escuchar más sandeces.
-Pues sí – le dije mientras me iba – y estoy segura de que estarías encantada de tener un nieto.... eso, de tener otro nieto.
A punto estuve de darle el calificativo de “negro” al hipotético nieto, pero en el último instante decidí que era mejor que la fiesta continuara en paz, como así fue.

Días después de las fiestas ocurrió algo que marcó el inicio de nuestra relación como pareja. Una mañana, al llegar a mi tienda, me la encontré desvalijada. Habían forzado la cerradura y se habían llevado parte de la mercancía, ropa, bolsos y alguna bisutería. Afortunadamente no habían causado grandes destrozos. No sé por qué, en el preciso instante en que vi todo aquel desaguisado pensé en Dame. Aquella mañana se había marchado un poco antes de lo normal. Bien podría haber sido él el autor del robo. Quise desechar aquella idea de mi cabeza, pero no fui capaz. Por un lado quería mantener mi confianza en él, pues jamás me había dado motivo para lo contrario; por otro, los propios prejuicios sociales me estaban jugando una mala pasada. Por eso, cuando a media mañana lo vi aparecer por allí, como si supiera lo que había ocurrido, no pude evitar mostrarme bastante hostil.
-¿Qué ha pasado, Blanca? ¿Por qué está todo revuelto? - preguntó mientras posaba algo encima del mostrador.
-Me han robado – le respondí fríamente.
-¿Robado? ¿quién te ha robado?
Me detuve unos instantes en mi tarea de intentar poner un poco de orden en todo aquel caos y me encaré con él.
-No lo sé, no sé quién me ha robado. Pero a lo mejor me lo puedes decir tú.
Mirándole a los ojos vi como pasaban de la alegría al desencanto en un instante. Había captado perfectamente el sentido hiriente de mis palabras y sin decir nada, dio media vuelta y salió de la tienda. De inmediato me di cuenta de mi error y le seguí.
-¡Dame! ¡Dame, no te vayas! Lo siento de verdad, es que estoy muy nerviosa y....
Le tomé del brazo y él se apartó con brusquedad.
-¡Déjame! Yo no he robado tu tienda y no quiero estar contigo si piensas eso.
Se alejó y yo me quedé mirándole como una estúpida. Cuando regresé a la tienda pude ver que encima del mostrador había depositado una rosa y un sobre, dentro del cual, una nota escrita con letra vacilante y desigual decía: “Te quiero”. Pero yo lo había estropeado todo.
Lloré mi error durante una semana entera, pasada la cual me di cuenta de que Dame no iba a volver y de que yo no podía continuar lamentándome toda la vida sin hacer nada, así que tomé la decisión de buscarle y pedirle que regresara, pero ¿por dónde empezar? Ignoraba dónde había vivido y tal y como estaban las cosas seguramente andaría vendiendo por otra zona de la ciudad. Cuando me disponía a recorrerla entera hasta dar con él, apareció por casa una noche. Sonó el timbre y al abrir la puerta allí estaba, sonriendo como siempre, como si no hubiera pasado nada.
-Te echaba de menos – me dijo.
-Ya somos dos ¿podrás perdonarme?
Y por toda respuesta me besó en los labios.


A partir de entonces comenzaron a preocuparme dos cosas; por un lado comunicárselo a mi familia, por otro legalizar la situación de Dame, aunque a decir verdad lo segundo me quitaba más el sueño que lo primero. Pensé en contratarlo para mi propio negocio, pero la tienda, aunque no iba mal, me daba lo justo para vivir sin sobresaltos y echando cuentas me resultó evidente que no podía asumir los gastos que generaría un trabajador a mi cargo. Así que un buen día pasé por la oficina de extranjería con el fin de solicitar asesoramiento, tal vez ellos pudiera darme alguna solución a mi problema. No fue exactamente así, aunque la funcionaria que me atendió, una muchacha muy atenta, me hizo una sugerencia.
-Me has dicho que es tu novio ¿no?
-Sí.
-Pues la mejor solución es que os caséis. De esa manera obtendrá automáticamente la residencia legal en España y al cabo de un año incluso podrá solicitar la nacionalidad.
-¿Y qué tengo que hacer? ¿cuáles son los trámites a seguir?
-No lo sé exactamente. Pero pásate por el Registro Civil, allí te darán toda la información que necesitas.
Así lo hice. En la oficina del Registro me dieron una hoja informativa en la que me indicaban los documentos que debíamos presentar, nada del otro mundo, certificados de nacimiento, empadronamiento y fotocopias de los carnets, en caso de Dame, del pasaporte. El día de la presentación de documentos habían de acompañarnos tres testigos, uno de los cuales tenía que ser de la familia.
-No obstante en su caso, como él no tiene residencia legal en España, tienen que pasar una entrevista con el juez, previa a la celebración del matrimonio. -me dijo el funcionario de turno.
-¿Una entrevista? ¿para qué? - pregunté.
-Para comprobar que el matrimonio no es de conveniencia, ya sabe, el extranjero paga y el español se casa para que consiga los papeles.
Pues no, no sabía, no tenía ni idea. Para mí hablar de un matrimonio de conveniencia me sonaba a la famosa película de Gerard Depardieu y Andy Mcdowell, pero jamás hubiera pensado que esas cosas existían en la realidad. Ilusa de mí. Al llegar a mi casa, acuciada por la curiosidad, me puse ante el ordenador y en un buscador tecleé la frase en cuestión, “matrimonio de conveniencia” y apenas pude dar crédito a lo que vieron mis ojos: cientos de páginas web en las que la gente se ofrecía o buscaba personas para celebrar un matrimonio de este tipo. Me parecía como si yo hubiese estado viviendo de espaldas al mundo, a una realidad que estaba ahí y que ahora, de repente, me tocaba vivir muy de cerca. Finalmente di con un artículo que me aclaró un poco las cosas. En resumidas cuentas pude enterarme que se trata de matrimonios que esconden intenciones diferentes a la finalidad intrínseca del matrimonio: formar una familia, principalmente obtener residencia legal y posteriormente nacionalidad para el cónyuge extranjero. Por ello llegaban a pagarse cantidades que rondaban entre los tres mil y los seis mil euros, incluso existían redes organizadas que se dedicaban exclusivamente a concertar este tipo de uniones. La entrevista a la que debíamos enfrentarnos perseguía precisamente evitar ese tipo de fraude. Como en nuestro caso no había fraude, no me preocupó lo más mínimo.

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Hablé con mi hermano Jorge, el pequeño, y después de contarle mi historia reciente, de la que no tenía ni idea (nadie la tenía), le pedí que fuera el testigo familiar que necesitaba. No lo dudó ni un instante y además se alegró mucho de mi relación con Dame.
-¿Cuándo se lo vas a decir a mamá y a los demás? - me preguntó.
-Uf, no lo sé. Supongo que antes de la boda tendré que decírselo, pero se me hace tan difícil.
-Mira, el domingo es el cumpleaños de papá y va a organizar una comida. Dijo que te iba a llamar, ¿por qué no aprovechas el momento?
Mi hermano tenía razón. No tenía sentido esperar más y era la ocasión perfecta para dar la noticia a toda la familia, aunque me costara.
Es difícil de explicar la cara de incredulidad que se les quedó a todos, mis padres, mis hermanos y cuñadas, cuando me vieron aparecer con Dame. Difícil es de precisar también el nivel de tensión que se respiró durante toda la comida, sobre todo en el preciso instante que anuncié nuestro próximo matrimonio. Me parece que a más de uno a punto estuvo de atragantársele el exquisito cordero que mamá había preparado para la ocasión. Me sentí tan incómoda que apenas terminar los postres salimos de allí. Posteriormente Jorge me contó que se despacharon a gusto opinando sobre mi irresponsabilidad y mil cosas más. No me importó en absoluto.

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A la salida de la entrevista pedí a la funcionaria que me expidiera copia de la misma, por lo que pudiera pasar. Transcribo literalmente su resultado:
AUDIENCIA RESERVADA A DAME NIENG:
“Que conoció a Blanca Sandoval en el mes de octubre del pasado año, en una cafetería llamada “La esquina” situada en la Plaza de Los Limoneros de esta ciudad. Que ella tiene una tienda en esa plaza y él vende por las calles. Preguntado manifiesta que lo que vende son bolsos, cinturones y demás objetos de cuero. Que no cotiza a la Seguridad Social, que no sabe el nombre de la persona que le facilita la mercancía.
Que llegó a España en el verano del dos mil tres, que vino en patera, que primero estuvo en Tenerife, donde tiene un hermano llamado Ibra. Preguntado manifiesta que en Senegal tiene otros seis hermanos, todos hombres; que sus padres murieron hace años.
Que conoció a la familia de Blanca hace unos días, a sus padres y a sus tres hermanos,en una comida; que no recuerda el nombre de los padres, que sabe que el hermano pequeño se llama Jorge, pero tampoco recuerda el nombre de los demás, que cree que los hermanos de Blanca están casados menos el pequeño, pues en la comida estaban sus mujeres, aunque a lo mejor eran sus novias, no está seguro.
Que Blanca y él viven juntos en el piso de Blanca desde poco antes de la navidad, que cuando empezaron a vivir juntos no eran novios, que son novios desde hace unos tres meses. Preguntado si no considera es muy pronto para casarse, manifiesta que no.
Que los fines de semana, ambos trabajan los sábados por la mañana, Blanca en su tienda, él vende por el mercadillo. Que los domingos a veces van al cine o a pasear. Que el pasado sábado por la tarde, fueron a hacer compras para la casa, que el domingo fue la comida con los padres de Blanca, que después de la comida fueron a pasear por el río.”

AUDIENCIA RESERVADA BLANCA SANDOVAL.
“Que conoció a Dame en octubre del año pasado en la cafetería “La Esquina” situada en la Plaza de Los Limoneros, cuando él entró allí vendiendo bolsos. Que al cabo de unos días lo invitó a un café y así comenzaron a hablar y a conocerse.
Que no sabe con exactitud cuando Dame llegó a España, cree que hace cuatro o cinco años, que sabe que estuvo viviendo en Tenerife, donde tiene un hermano llamado Ibra; que no sabe si Dame tiene más hermanos, aunque sí sabe que los padres murieron.
Que Dame conoció a su familia hace unos días, durante una comida. Que ella tiene tres hermanos, que uno de ellos es menor que ella y los otros mayores. Preguntada manifiesta que no se lleva demasiado bien con su familia por problemas que no vienen al caso y por eso no les presentó antes a su novio, que sí se lleva bien con su hermano pequeño llamado Jorge.
Que vive con Dame desde diciembre del año pasado, que cuando Dame comenzó a vivir en su casa no eran novios, sólo eran amigos, que son novios desde hace unos tres meses. Preguntada manifiesta que es posible que el matrimonio que pretende sea un poco precipitado, pero que los dos se quieren y no desean esperar más.
Que los fines de semana no suelen salir mucho, si acaso al cine o dar un paseo. Que el pasado domingo fueron a comer a casa de sus padres y por la tarde dieron una vuelta por el paseo del río”

Cuando días después nos denegaron la autorización para casarnos, mi primera reacción fue de rabia y de frustración. Pero rápidamente me recompuse y pedí hablar con el Juez, aquello tenía que arreglarlo como fuera. Al principio el funcionario se mostró reticente a presentarme ante la autoridad, pero le dije que o me llevaba ante su jefe, o no salía de allí en toda la mañana y, a regañadientes, me condujo al despacho correspondiente.
Me recibió,evidentemente, el mismo hombre que me había realizado la entrevista y sin muchos rodeos me preguntó que deseaba.
-Me gustaría que me explicara lo que significa esto.- le dije a la vez que le tendía la resolución que me acababan de notificar.
Hizo caso omiso de la misma.
-Está todo perfectamente explicado. A mi modo de ver la finalidad de matrimonio es conseguir los papeles para ese muchacho senegalés. Si usted lee el papel que tiene en la mano se enterará de todo perfectamente.
-Ya lo he leído y según usted no nos podemos casar por el desconocimiento que tenemos el uno del otro. Lo que no entiendo es en qué se basa para realizar semejante afirmación.
-Pues está muy claro, ninguno sabe nada de la familia del otro. Y si sigue leyendo usted, verá que, además, baso mi resolución en otra cosas, como por ejemplo el poco tiempo que hace que se conocen.
-Pero todo esto es absurdo...
-Señorita, ¿pretende usted decirme cómo tengo que realizar mi trabajo?
-Dios me libre, pero tenga en cuenta que usted tampoco puede pretender decirme a quién puedo o no querer
-Tienes usted quince días para presentar un recurso si no está conforme con mi resolución. Y ahora, si me disculpa, tengo mucho que hacer.
Salí de aquel despacho dolida y desencantada, pensando que, como siempre, pagaban justos por pecadores y esa vez, me había tocado a mi.

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Presentamos recurso, por supuesto, pero ello no representaba solución alguna al problema, al menos de momento. La justicia es lenta y nos informaron de que tardaría al menos un año en resolverse. Un año durante el cual Dame tendría que seguir como ilegal, un año bajo la espada de Damocles, con el miedo a que cualquier día la policía lo detuviera y lo deportara a su país, como así ocurrió.
Una mañana me llamó desde comisaría. La policía le había pedido identificación, por la calle, así, sin más y él sólo pudo mostrar su pasaporte. Les expliqué a los agentes que era mi prometido y que estábamos preparando los papeles para casarnos. Lo comprobaron, pero cuando del juzgado les informaron que el matrimonio había sido denegado y que estaba pendiente de recurso nos dijeron que no había nada que hacer. Dame sería internado en un centro de inmigración y deportado para su país en el primer contingente que se organizara.
Aquella misma noche lo trasladaron a Sevilla. Cuando nos despedimos me prometió volver.
-No llores, Blanca, volveré, no sé cuándo ni cómo, pero volveré.

Estuvo dos meses en Sevilla, durante los cuales intenté por todos los medios, encontrar la solución que le permitiera quedarse. Sabía que mis padres tenían amigos empresarios que podían contratar a Dame, aunque fuera sólo por unos meses, el tiempo suficiente para que se resolviera el recurso que habíamos interpuesto, así que disfracé mi orgullo de humildad y les pedí ayuda. Mi madre se negó en rotundo.
-Tienes una tienda, contrátalo tú si tanto te preocupa.
-Sabes que no puedo, si lo contrato apenas me quedará dinero para vivir.
-Pues lo siento, pero no voy a interceder ante mis amigos por alguien que me puede dejar quedar mal.
Llamé a la puerta de algún amigo, pero sólo me ofrecieron excusas sin sentido. Cuando ya me había decidido a contratarlo yo misma, se lo llevaron a su país. Poco después se resolvió el recurso. Se revocaba la primera resolución y autorizaban el matrimonio, tarde, otra vez tarde.
Hace ya tres años que se fue y no he vuelto a saber de él. Supongo que las cosas allá seguirán difíciles y que no tiene demasiadas oportunidades para comunicarse conmigo. Yo lo sigo esperando,me prometió volver y sé que cumplirá su promesa. Mientras, busco su rostro en cada hombre de color que se cruza en mi camino y me conformo con imaginar cómo hubiera sido mi vida a su lado, si me dejaran quererle.

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