martes, 13 de marzo de 2012

LA FIESTA DEL TIRO




Hablaban de aquello con un entusiasmo fuera de lo corriente, como si se les fuera la vida en ello, entre sonrisas de júbilo y apuestas sobre quién sería el que más trofeos conseguiría ese año, mientras yo les escuchaba atónito, sin saber muy bien de qué iba todo aquel revuelo.
Apenas unos meses antes, Ana y yo habíamos aterrizado en aquel pueblo buscando la tranquilidad que no encontrábamos en la ciudad. A decir verdad, nos sentíamos un tanto desubicados desde que, por cuestiones de mi trabajo en una multinacional de alimentación, habíamos tenido que trasladarnos a un país extraño cuya forma de vida nada tenía que ver con la nuestra. Pero el sueldo que me pagaban era más que sustancioso y puesto que la permanencia en el extranjero no se prolongaría más de dos o tres años, intentamos compensar las incomodidades que nos provocaba la situación con la estancia lo más confortable posible en un pueblo pequeño, lejos de la gran ciudad que tanto nos agobiaba.
Aquel verano, el primero que pasábamos allí, no pudimos hacer menos que contagiarnos de la alegría que mostraban todos por las fiestas que se avecinaban y sobre todo no dejamos de asombrarnos por el entusiasmo desmesurado que provocaba en la mayoría de los vecinos la competición de tiro con pistola que, al parecer, era la atracción principal de aquellos días de jolgorio.
Christian Burt, un joven compañero de trabajo con el que había trabado cierta amistad, parecía llevar el peso de la organización del evento o al menos eso era lo que me parecía a mí al escuchar sus conversaciones con los demás jóvenes del pueblo, mientras tomábamos unas cañas de cerveza aquella calurosa tarde de domingo.
-Este año será especial – decía- me ocuparé personalmente de que estén presentes Jhony el tuerto, Mathew el chotacabras y Mikel el escarabajo, por supuesto.
-Si, si Mikel el escarabajo dará mucho juego – decía uno de los muchachos mientras los demás se mostraban de acuerdo riendo a carcajada limpia.
-Rodrigo tú serás este año nuestro invitado de honor – me dijo Christian.
-Muchas gracias pero jamás he tirado. No voy a estar a la altura de ese Mikel, por muy escarabajo que sea.
Las risas volvieron a resonar en el pequeño bar.
-No te preocupes aunque no hayas tirado nunca, no importa, alguna vez tiene que ser la primera, así que no puedes negarte a ser nuestro invitado de honor.
No les quise hacer el feo y acepté a regañadientes, a pesar de que no sentía ni el más mínimo interés por ese tipo de actividades, pero ellos eran amables y hospitalarios y en ese momento pensé que no tenía mejor manera de agradecérselo que aceptando participar con ellos en el campeonato. Además Christian se ofreció gentilmente para entrenarme en nuestros ratos libres durante la semana que faltaba para la competición. Era evidente que no podía negarme de ninguna manera.
De vuelta a casa me encontré con Serena, una mujer mayor que se dedicaba a deambular por el pueblo sin más ocupación que ver la vida pasar. Su presencia no me pasó desapercibida en el bar, observando muestra charla con sumo interés, ni tampoco dejé de darme cuenta que se levantó de su mesa tan pronto como el grupo de jóvenes nos disolvimos para regresar a nuestras casas. Al toparme de narices con ella me dio la impresión de que me estaba siguiendo, y no lo dudé cuando la escuché hablarme con expresión entre aterrorizada y preocupada, mientras su menuda mano sujetaba mi brazo con fuerza
-¡No vaya a la competición! -me dijo - ¡Ni se le ocurra! Créame, si lo hace se arrepentirá toda su vida, o tal vez toda su muerte.
Me zafé de ella como pude y continué mi camino, sin dar más importancia a sus palabras que la que podría darle a las salidas de la boca de cualquier loco.
Aquella semana, al salir del trabajo, acudía con Christian al campo de tiro, donde practicaba un poco, intentando acertar en unas siluetas humanas situadas a cierta distancia. No daba ni una, aquello no estaba hecho para mi, estaba claro. Con absoluta seguridad yo sería el perdedor de su estimada competición , cosa que, desde luego, no me importaba lo más mínimo.
El día del evento, un domingo soleado y caluroso, nos presentamos los diez concursantes en el campo a la hora convenida. Poco a poco se fue llenando de gente, de público que acudía contento a disfrutar del evento deportivo que tanto entusiasmo les provocaba.
Media hora antes de la señalada para el comienzo, el furgón de la cárcel apareció por el campo, provocando el fervor del público, que se levantó de sus asientos y comenzó a aplaudir y a jalear. Yo no entendía nada, pero no me hizo falta esperar mucho para comprender. Del furgón se fueron bajando unos cuantos presos, algunos de los cuales se colocaban en el punto de tiro. La gente señalaba a Mikel el escarabajo, un hombre menudo y enclenque que temblaba de miedo y se revolvía intentando desprenderse de las manos firmes de los agentes carcelarios que lo sujetaban con firmeza. Una oleada de adrenalina recorrió mi cuerpo, no podía ser, no podía ocurrir lo que yo estaba pensando. Pero por desgracia no me equivocaba.
Los presos eran los flancos a los que debíamos dirigir nuestras balas y el ganador sería el que reventara más cabezas. Los muchachos comenzaron a disparar. El jolgorio del público era total cuando los sesos y la sangre salían volando por los aires. Cuando me tocó el turno me negué a disparar.
-Te recomiendo que lo hagas – me dijo Christian con la mayor sangre fría – Mikel el escarabajo fue el perdedor del año pasado, la misma suerte correrás tú si quedas de último.
No merece la pena contar la escabechina que se formó, es demasiado macabro, ni la manera de aplaudir de aquellos tarados. Cuanto más horrenda era la muerte, más contentos se ponían. Jamás he visto cosa igual. Por supuesto quedé de último, pues me negué a apretar el gatillo ni una sola vez. Me trajeron para la prisión provincial, dónde llevo meses rumiando mi maldita suerte, esperando el trágico momento en que, como un monigote, me pongan delante de la pandilla de degenerados que luchen por volarme la tapa de los sesos.
No sé que ha sido de Ana, seguramente nada bueno, no he vuelto a saber de ella y estoy seguro de que si hubiera podido me hubiera sacado de aquí. Sólo Serena, la vieja loca, me visita todos los días para recordarme, con voz severa, que ya me lo había advertido.

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