jueves, 8 de marzo de 2012

EL CAMINO EQUIVOCADO

EL CAMINO EQUIVOCADO
Otra vez aquí. El regreso me hace sentir bien. Ya todo me resulta familiar y no puedo evitar la sensación de que vuelvo a mi hogar. Silvia, la profesora, ha torcido el gesto al verme y ha querido hablar conmigo al final de la clase. Sé que le fastidia mi presencia porque yo no soy como las demás, yo protesto más de la cuenta y no me conformo ni obedezco cuando las cosas no me parecen justas. Ella me dice que tengo muchas posibilidades y que debo cambiar de actitud, pero yo me río de sus afirmaciones. Posibilidades dice, ¿qué sabrá ella? Tuve oportunidades, es cierto, antes de venir a parar aquí, cuando mi vida era normal, como la de cualquier persona, antes de que me robaran la inocencia, antes de que me destrozaran por dentro y me redujeran a cenizas, porque ahora soy sólo eso, las cenizas, las sombras, el recuerdo de la mujer que una vez quise ser y que ahora ya queda muy lejos de mi alcance.

Me llamo Isabel y una vez, hace ya tanto tiempo que ni me acuerdo ni lo pretendo, viví de cara al mundo en lugar de hacerlo a sus espaldas.
No tuve una niñez especialmente feliz. Mi padre era un borracho y mi madre, mis hermanos y yo el blanco fácil de su ira. El alcohol era la gasolina que necesitaba para descargar sobre nosotros los golpes con los que intentaba aliviar sus frustraciones.
Un día, cansada ya mi pobre madre de aguantar tanto castigo sin sentido, se tomó un frasco de aquellas pastillas que la ayudaban a dormir y no volvió a despertar. Confieso que en aquel momento la odié, la odié por no haber tenido el valor de continuar, la odié por habernos olvidado antes de tiempo, por no haber pensado en unos niños que dejaba a merced de un monstruo y cuyo futuro era un lienzo pintado en blanco y negro en lugar de la acuarela de colores que hubiera debido ser.
Acababa yo de cumplir los dieciocho y no me lo pensé demasiado. Una tarde me marché de casa sin decírselo a nadie. No tenía dinero ni sabía hacer otra cosa que las tareas de la casa, así que busqué un trabajo de asistenta que no tardé en encontrar, de interna en una casa de ricos. Aquello era más de lo que podía desear. Me pagaban bien y se ocupaban de mi manutención, lo cual me permitía ahorrar lo suficiente para afrontar los proyectos que me había propuesto realizar.
Los señores tenían un hijo, Armando, un muchacho guapo, correcto y educado que me trataba con deferencia y respeto, cosa que yo agradecía, ayudaba lo que podía y nunca daba trabajo de más, aunque se hubiera pasado la tarde encerrado en su cuarto a sus cosas o montara una fiesta con sus amigos en el caso de que sus padres se ausentaran del hogar.
Ignoro en qué momento comencé a verle con ojos de mujer y no de sirvienta. No sé si mi interés por él fue provocado por él mismo, o por mi empeño, o si tal vez fue el azar en una caprichosa pirueta del destino, lo cierto es que un día me di cuenta de que pensaba en él más de lo que debiera. Tal vez aquello fuera un indicio de que un amor incipiente estaba brotando en mi corazón, un amor a todas luces imposible y que de seguir adelante no traería más que sufrimiento a mi vida y me propuse a mí misma no alimentar aquel sentimiento que, en otras circunstancias, me hubiera regalado ilusiones renovadas. Mas con lo que no contaba era con que aquella adoración resultara ser correspondida, o más bien pareciera serlo. Armando me cameló, me embaucó a su lado en un cariño que yo sentía y el fingía. Me envolvió con sus palabras, con sus gestos, con sus promesas y sin darme cuenta me dejé robar la inocencia. Y cuando nuestros encuentros ocultos dieron su fruto se olvidó de mí con la misma rapidez con la que dijo haberse enamorado.
No esperé a que me echaran, con el corazón encogido y la bandera de la esperanza en alto, enarbolada por aquel ser que se gestaba en mi vientre, me retiré de su vida y empecé de nuevo. Otro trabajo, una nueva existencia que se oteaba en el horizonte.
Pero el destino me tenía preparada una jugarreta inesperada. El día en que la policía se presentó en mi casa no me imaginé que sería el principio de mi declive como ser humano. Armando había aparecido muerto en su casa, asesinado, vilmente degollado y al parecer yo era la principal sospechosa, la única que tenía un motivo para acabar con su vida: el abandono, el despecho. De nada sirvieron mis negativas y a pesar de que no se encontraron pruebas concluyentes me condenaron por un asesinato que no había cometido y fui a dar con mis huesos en la cárcel.
Y lo que son las cosas, en aquel lugar impersonal y triste, descubrí la razón que me había conducido a él. Alguien que conocía bien a Armando lo destapó ante mí y me confirmó lo vil que puede llegar a ser el ser humano. El muchacho andaba metido en líos de drogas y de juego y tuvo mala suerte, tan mala que uno de sus “amigos” al que comenzó a molestar su presencia en las timbas de póker y al que debía mucho dinero no vio mejor solución que terminar con él cargándome a mi el muerto. Sabía de mi relación con él, de mi embarazo y de su desinterés, y preparó todo concienzudamente para que todos los indicios llevaran hasta mí y me señalaran como la culpable de un crimen del que únicamente era víctima inocente.
Quince años pasé en prisión, quince años en los que mi vida fue girando poco a poco hasta hacerme caer en una espiral que me absorbió por completo. Cuando nació mi pequeño lo di en adopción, a sabiendas de que se merecía una existencia mejor que la que presumiblemente tendría a mi lado y mi corazón se volvió duro como las piedras. Me convencí de que el mundo es de los malos, pues a la vista estaba que de nada me había servido la ilusión y el empeño que había puesto en cada paso, en cada gesto, en cada momento de mi infancia y juventud y yo también me volví mala y me coroné a mi misma como la reina del trullo.
Silvia, la profesora que daba clase a las que querían aprender, me decía que tenía que tener paciencia, que algún día mi verdad saldría a la luz y que, entretanto, debía intentar seguir la senda correcta. Palabras nada más. Ella no sabía que yo ya había elegido mi camino y que nadie me podría hacer cambiar de opinión jamás, por mucho que me intentaran convencer de que ese camino era el equivocado.
Aquellos quince años los pasé planeando mi venganza, soñando con el momento en que se me permitiera salir de allí. Entonces habría llegado la hora de darle su merecido al verdadero culpable de la muerte de Armando y de la mía propia. Y cuando por fin me vi en la calle, sin casa, sin familia, rodeada de la nada más absoluta, acudí a su encuentro y le maté. Le maté por venganza y por convicción y sobre todo, le maté para poder volver aquí con motivo, ahora si, ahora vuelvo a mi hogar por haber elegido el camino equivocado.



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