martes, 20 de marzo de 2012

LA MADRE




Cuando era pequeña vivía con mis abuelos. Me gustaba la existencia tranquila y apacible que disfrutaba a su lado. Vivíamos en una casa enorme cerca de la playa, una casa que mi abuela había heredado de una tía lejana a la que había cuidado en sus últimos años, la tía Jacinta, una mujer cuyo retrato presidía el salón comedor de la casa, mirándonos con aquellos ojos oscuros y duros, penetrantes, como si con aquella mirada quisiera paliar su ausencia e intentara decirnos que a pesar de estar muerta su presencia siempre había de flotar en la vivienda. La foto de la tía Jacinta me daba miedo, como miedo de daba también pasear por el piso superior de la mansión, aquel que sólo se utilizaba en el verano, cuando venía la familia que vivía lejos y era necesario hacer uso de todas las habitaciones. Durante el invierno la abuela tapaba los muebles con sábanas blancas, cerraba las contraventanas para que no penetrara ni un ápice de claridad y de nuevo la vida se limitaba al piso de abajo, más que suficiente para albergar a las tres personas que habitábamos el inmueble durante todo el año.
Pero si miedo me daba el piso de arriba más miedo me daba todavía subir al desván, un lugar oscuro, polvoriento y atestado de trastos, algunos tan extraños que su aspecto era suficiente para provocar temor de por sí, aunque no hubieran estado allí, en el desván. Sin embargo, a pesar del susto que me provocaban tanto el lugar como todo lo que albergaba dentro de sí, mis visitas a aquella parte de la casa eran bastante frecuentes. En el fondo me gustaba aquella sensación indescriptible que me agitaba el cuerpo en un temblor sin sentido. Me pasaba las horas buscando no sabía bien qué, revolviendo, descubriendo, soñando…. Con el corazón agitado y el alma en alerta.
Un día encontré una caja con fotos viejas, tan viejas que a algunas les faltaban trozos, como si a un puzzle se le hubiera perdido una de sus piezas, pensé, y todas, absolutamente todas, presentaban el color amarillento que deja tras de sí el paso de los años sobre el papel. Les eché una ojeada, pero no despertaron especialmente mi interés pues nadie de los que en ellas aparecían formaba parte de mi entorno, hasta que di con una que me sorprendió grandemente. Aparecía yo en brazos de una mujer cuyos rasgos me recordaban vagamente a mi abuela. A nuestro lado un hombre joven y sonriente que echaba su brazo derecho sobre los hombros de la mujer. Tomé la foto para mí y en cuando tuve ocasión se le enseñé a la abuela.
-¿Quién es esa mujer que me tiene en brazos? – le pregunté - ¿Y por qué se parece tanto a ti?
La abuela tomó la foto y la miró un rato. Luego, sonriendo, me la devolvió.
-¿De dónde la has sacado? – me preguntó.
-Estaba en una caja vieja en el desván. Hay muchas más. ¿Quiénes son? – insistí.
-Somos tu abuelo y yo, y la niña que tenemos en brazos no eres tú, es tu madre. Anda, guárdala, que la vas a perder.
Yo tenía ocho años y era la primera vez que escuchaba mentar a mi madre. En aquellos pocos años de vida jamás me había planteado por qué los demás niños tenían un padre y una madre y yo no. Nunca mostré curiosidad por ello. Si mis compañeros de colegio vivían con sus padres yo lo hacía con mis abuelos y para mí era lo normal, lo natural, así que fue todo un acontecimiento descubrir que yo también había tenido una madre.
No hice preguntas, no me atrevía. Además prefería fantasear y crearme yo misma mis propias respuestas, aunque nada tuvieran qué ver con la realidad.
Una mañana no fui a la escuela. Era viernes y la abuela me dijo que el abuelo y ella iban a hacer un viaje y que yo debía acompañarles. Me vistió con la ropa de los domingos, incluso el abrigo blanco de punto y el gorro de terciopelo negro, lo cual quería decir que aquel viaje tenía que ser realmente importante. Luego tomamos el coche de línea.
Llegamos a un lugar extraño, lleno de gente extraña cuyos comportamientos eran, igualmente, nada convencionales. Me pareció como si de pronto estuviera de nuevo en el desván de la casa, sólo que los objetos variopintos habían sido sustituidos por seres humanos. La abuela preguntó por sor Balbina y al poco acudió a recibirnos una monja que saludó a los abuelos con mucha familiaridad, conduciéndonos a través de anchos pasillos hasta un salón decorado con oscuros muebles y enormes tapices cubriendo las paredes.
-Carmen, ya ha llegado la visita.
Y Carmen, una mujer alta y gruesa que parecía estar esperando nuestra llegada sentada en la esquina de uno de los sofás que había en la estancia, se levantó casi de un salto y saludó a los abuelos con una efusividad desmesurada. Hubo de pasar un rato para que se percatara de mi presencia. Cuando lo hizo, me miró con aquellos ojos oscuros que me recordaron a los de la tía Jacinta y preguntó en voz baja:
-¿Quién es?
-Es Laura – dijo el abuelo – ¿No recuerdas a Laura?
La mujer no dijo nada. Yo me sentía observada y los abuelos se cruzaban miradas cargadas de interrogantes, como si temieran la reacción de la mujer.
-Laura …. –dijo ella por fin- claro, Laura, mi hija. Hacía mucho tiempo que no la veía. Nunca me la habíais traído. Hola Laura, ¿has venido con los abuelos?
Yo no supe qué contestar. Era obvio que había ido con ellos. Además estaba totalmente confusa. Mi madre. Aquella mujer tan extraña, que vivía en aquel lugar tan raro, rodeada de gente igualmente singular, era la madre que de pronto surgía de la nada y venía a alterar mi tranquila y placentera existencia al lado de mis abuelos. Aun así no pedí aclaración alguna, como era común en mí. Aguanté la visita como pude e hice el camino de vuelta preguntándome una y mil veces cómo una mujer tan….. curiosa, por decirlo de alguna manera, podía ser mi madre.
Después de aquella primera vez las visitas a mamá se hicieron frecuentes y rutinarias. Un viernes al mes dejaba de acudir a la escuela, tomaba el coche de línea con los abuelos y asistíamos puntuales al encuentro con mi madre. Un día me fijé en el letrero que presidía el majestuoso portón de madera que nos conducía a aquel mundo tan extraño. “Sanatorio Psiquiátrico de Conjo”. Mis pocos años y mi ignorancia no me dejaron comprender el significado de aquella frase, más en cuanto llegué a casa busqué la expresión psiquiátrico en el diccionario y pude aclarar mis dudas. Mi madre estaba encerrada en un manicomio. Estaba loca. Tal vez por eso hasta entonces yo no había sabido de su existencia. Estar loca no era nada bueno, y como tal era una circunstancia que debía ocultarse. Mantener a los demás en la ignorancia de que alguien existía era, desde luego, una buena forma de ocultación.
Poco a poco me fui a acostumbrando a su carácter, a sus preguntas y expresiones sin sentido, a sus risas sin motivo, a sus razonamientos consigo misma….A veces se mostraba cariñosa y comunicativa, y nos contaba cómo había sido su vida durante las semanas que habían transcurrido desde la última visita. Otras, sin embargo, se mostraba huraña, incluso ligeramente agresiva. Apenas mantenía conversación alguna con nosotros, pero hablada consigo misma o tal vez se dirigiera a alguien imaginario. Utilizaba palabras malsonantes y balanceaba su cuerpo de atrás hacia delante. En aquellos momentos yo quería huir de allí, quería que aquella mujer no existiera y por supuesto, quería que no fuera mi madre.
Según me iba haciendo más mayor surgían dentro de mí interrogantes a los que no sabía cómo dar respuesta. ¿Quién era mi padre? ¿Qué relación había tenido con mi madre? ¿Por qué y cuándo ella había perdido la razón? ¿Acaso había sido el abandono de mi padre el detonante de su locura? A veces, mientras la abuela trajinaba por la cocina y yo hacía lo deberes del colegio sentada a la mesa, se me venían a la mente todas aquellas cuestiones y a punto estaba de pedirle que me aclarara el lío que se formaba por momentos en mi cabeza, pero finalmente optaba por callarme. Lo lógico y normal hubiera sido que mis preguntas no fueran necesarias, que ella misma se hubiera ocupado de explicármelo todo, pero ni yo me atrevía a preguntar, ni ella, en ningún momento, tuvo intención de contarme nada, así que no me quedó más remedio que continuar imaginando cosas, inventándome mil situaciones distintas alguna de las cuales, a la fuerza, había de tener cierta semejanza con la realidad, incluso ser la misma realidad en su esencia.
Una mañana mi madre apareció por casa acompañada de una mujer joven. Acababa de terminar el curso y yo estrenaba vacaciones jugando en el patio cuando ellas hicieron su entrada sorpresivamente. La abuela también las vio desde la ventana de la cocina y salió al patio de inmediato. Hacía unos días que se la veía preocupada, sin embargo en aquel momento, al ver a su hija, la expresión de su rostro cambió y una sonrisa de felicidad dibujó su cara. El abuelo también salió y se unió al grupo. Mamá sonreía, parecía estar de buen humor, y la otra mujer les explicaba que a partir de entonces mamá se quedaría a vivir en la casa y que ella vendría de vez en cuando para ver cómo se adaptaba a su nueva vida. Poco después supe que el manicomio en el que había estado internada mi madre había sido pasto de las llamas, así que los enfermos que estaban un poco mejor los habían devuelto con sus familias. Con la llegada de mamá a casa se terminaron los viajes de los viernes.
Convivir con ella no fue demasiado difícil. Los momentos en los que estaba de mal humor eran escasos y por lo general duraban apenas unas horas, durante las cuales solía encerrarse en su cuarto. Desde allí nos llegaba su voz nítida y clara discutiendo o regañando de malas maneras a aquel ser imaginario que aparecía a su lado cada vez que el cerebro se le oscurecía.
Del mismo modo que un día me había acostumbrado a hacerle la consabida visita mensual y a sus cambios de carácter, ahora me acostumbré a su presencia, de tal manera que hasta sus frases carentes de sentido, que al principio me desconcertaban, incluso llegaban a asustarme, ahora eran capaces de provocar mi hilaridad. Creo que a los abuelos les pasaba lo mismo. Descubrí, además, que aquella mujer que a veces parecía estar perdida en un mar de ausencias, era capaz de llevar una conversación con cierta lógica, aunque a veces en medio soltara alguna frase incoherente. Así fue que de vez en cuando me contaba retazos de su vida que recordaba con una claridad sorprendente y me hablada de esta o aquella persona como si yo las conociera de siempre, como si debiera conocerlas de siempre. En algún momento me habló de Ramón, aludiendo a él como su novio de toda la vida. Se me ocurrió que ese tal Ramón pudiera ser mi padre y esa vez, no sé por qué, sí me atreví a preguntarle. Pero se puso muy nerviosa y me contestó con evasivas. No volví a insistir.
El día que cumplí dieciséis años mamá estaba de mal humor, así que se encerró en su cuarto, como hacía siempre que se le iba la cabeza. Aquel contratiempo ensombreció un poco el día, que sin embargo acabó teniendo su lado bueno. Después de que la fiesta hubo terminado y todos mis amigos se retiraron a sus casas, mi tía Inés, la hermana mayor de mi madre, creo que al verme triste, se acercó a mí y se sentó a mi lado, en el patio que a aquellas alturas del verano olía a romero y a azahar.
- Supongo que a veces se hace difícil de sobrellevar –me dijo mientras echaba un brazo sobre mis hombros.
-No tanto – le contesté – aunque en momentos como este…. ¿Sabes tía Inés? creo que lo más difícil de todo es no saber nada de ella. Surgió casi de la nada y…. sigue estando en la nada a pesar de los años. Nadie me ha contado detalles importantes de su vida, de mi propia vida y a veces eso…. me atormenta.
Mi tía suspiró y miró el reloj.
-Tienes razón. Supongo que todos hemos tenido la culpa. Los abuelos nunca estuvieron por la labor, aunque tampoco era suya toda la responsabilidad. Y los demás… por una cosa o por otra lo fuimos dejando. Crecías feliz y tal vez nadie pensó que necesitaras saber.
-Yo tampoco me atreví a preguntar.
-Es lógico, eras una niña. No sé si es el momento o no, pero tal vez yo pueda aclararte….
-A veces habla de Ramón –dije ansiosa por saber quién era aquel hombre - ¿quién era Ramón, tía Inés? ¿Era mi padre?
Mi tía suspiró de nuevo, como si con ello pretendiera coger fuerzas para comenzar su relato.
-No, no era tu padre. Ramón era su novio, el novio de toda la vida. Era un chico apuesto, guapo y elegante, como ella. Me atrevería a decir que formaban una pareja admirada y envidiada a la vez, y digo envidiada porque muchas muchachas hubieran dado lo que fuera por tener como novio a Ramón y ellos, de igual manera, estarían orgullosos de pasear del brazo de tu madre. Jamás he conocido un hombre tan enamorado de una mujer como lo estaba Ramón de Carmen, la adoraba y el sentimiento era mutuo, así que después de un par de años como novios decidieron casarse. Estaban preparando la boda cuando a tu madre se le presentó la enfermedad. Fue de improviso, sin avisar, sin que previamente se le hubiera notado el más mínimo síntoma de nada.
Una noche de domingo Ramón la trajo a casa antes de la hora acostumbrada. Al parecer ella le había dicho que tenía que regresar a casa a cierta hora porque venía un tío de América que sería el padrino de la boda. Al principio Ramón pensó que era una broma puesto que, evidentemente, quién iba a ser el padrino de la boda era tu abuelo, el padre de la novia; sin embargo al ver que Carmen insistía tanto decidió hacerle caso y llevarla de vuelta a casa, no fuera a ser que todo respondiera a un cambio de planes de última hora del que él no se hubiera enterado. Sin embargo cuando llegó pudo comprobar que nadie esperaba a aquel supuesto tío de América que, por lo demás, hacía muchos años que había muerto. Tu abuela, sin embargo, no se alarmó ante las afirmaciones de tu madre, puesto que aquella misma tarde había estado haciendo dulces de anís, y Carmen, al parecer se había pasado un poco con el licor, lo cual dio pie a la abuela a pensar que tal vez se le hubiera ido la cabeza a causa del alcohol. Todavía me parecer estar escuchándola. “No te preocupes Ramón, esto se arregla con una noche de sueño reparador” Pero no fue así y los desvaríos de tu madre se hicieron frecuentes, insistentes e incluso alarmantes, pues llegó a decir que escuchaba voces en su interior que le advertían de la presencia en este mundo del demonio a través de la persona de alguien de su familia. Se volvió una persona retraída y su comportamiento en ocasiones era más agitado de lo normal. Cuando la llevaron al médico el diagnóstico fue claro: Esquizofrenia. Supongo que hoy en día las cosas habrían sido muy diferentes, pero por aquel entonces la esquizofrenia era sinónimo de locura, y la locura significaba que la mente enferma era irrecuperable. Aún así, internaron a tu madre en un manicomio del que salió unos meses después aparentemente sana, aunque la mayoría de la gente que la rodeaba no creía demasiado en tal recuperación. Sólo Ramón no la puso en duda. Estaba tan enamorado que no se daba cuenta de que tu madre no era ya la misma de antes.
Continuaron con los preparativos de la boda, que se había suspendido y cuando apenas faltaba un mes para el enlace Carmen recayó en su enfermedad, que esta vez se presentó si cabe con más crudeza que antes. Una noche cogió un cuchillo y quiso matar a nuestra hermana Mercedes, que por aquel entonces no era más que una niña. Tu abuelo pudo evitarlo a duras penas, pues la fuerza de aquella mujer durante sus brotes era realmente espantosa.
A partir de ahí comenzó su declive. El doctor que la trataba dijo que no había remedio, que lo único que se podía hacer era internarla de nuevo en un manicomio, el único lugar en el que podrían tratarla correctamente de su enfermedad. Los abuelos no podían permitirse el desembolso económico que significaba la estancia indefinida de tu madre en el sanatorio, así que hubieron de arreglar un montón de papeles y tramitar un buen número de solicitudes antes de poder meterla en la institución. Durante aquellos meses Carmen permaneció en la casa, cada vez peor, prácticamente encerrada en un cuarto que tu abuelo acondicionó para ella. A veces era ella quién no quería salir, otras, las más, no podía hacerlo bajo ningún concepto, pues se mostraba muy mordaz. Cuando eso ocurría se pasaba el día dando voces y pateando la puerta. Llegamos a un punto en que se le había de pasar la comida a través de un hueco hecho en la puerta, comida que la mayoría de las ocasiones iba a parar al suelo o a las paredes. Un día, por fin, unos médicos del psiquiátrico vinieron a buscarla. Le inyectaron alguna sustancia que la adormiló y se la llevaron. Allí permaneció hasta ahora.
No sé qué le hicieron allí. Mi marido dice que por aquel entonces a los enfermos de la cabeza, a los locos, como se les llamaba, les aplicaban técnicas muy agresivas para intentar que volvieran a sus cabales, como tratamientos de electro choque que los dejaban medio idiotas. No sé si es verdad o es una leyenda urbana, en todo caso, sea lo que sea, tampoco sé si a tu madre se lo aplicaron o no. Lo único cierto es que nunca más volvió a ser la misma.
-¿Y Ramón? – pregunté, ante la pausa que hizo mi tía, que parecía indicar el fin del relato.
-Ramón sufrió muchísimo. Al principio venía mucho por casa, incluso iba a visitar a Carmen al sanatorio. En su cabeza no entraba la idea de que su novia ya no se recuperaría nunca y mantenía los planes de casarse con ella en cuanto saliera del manicomio. Fue tu abuelo el que tuvo que ponerle las cosas claras y con gran dolor de su corazón le dijo que no volviera más por casa, que se olvidara de Carmen e hiciera su vida, una vida que nunca podría compartir con ella. Todavía tengo grabado en mi cerebro el llanto de aquel hombre cuando por fin comprendió todo. ¡Cuánto la amaba! Con el tiempo se casó y formó una familia, pero según se comentaba en todos los círculos, jamás pudo olvidarse de Carmen. Murió hace unos años.
- Es una historia…. Dramática – conseguí decir después de un rato de silencio.
-Lo es. Pero la vida, muchas veces, es así de injusta.
-¿Y yo? ¿De dónde salí yo, tía? Si Ramón no es mi padre y mi madre estuvo durante todos estos años encerrada en el sanatorio….
-Bueno… tú conociste el lugar. Allí los enfermos que estaban mejor gozaban de cierta libertad y un buen día Carmen apareció en estado. Ni siquiera ella supo decir quién era el padre. Nadie sabía de su promiscuidad, pero al parecer ella y otras enfermas… en fin, que tenían relaciones con muchachos sin que las monjas se percataran de ello. Al principio la madre superiora propuso a los abuelos la posibilidad de dar aquel hijo en adopción, pues era evidente que tu madre no podía ocuparse de ti, pero ellos se negaron en rotundo y dijeron que se harían cargo de tu crianza sin ningún problema. La abuela incluso llegó a decir que Dios le había quitado una hija pero que le había dado otra, en referencia al encierro de tu madre y a tu nacimiento. Laura… siento no poder aclararte quién es tu padre.
Yo también lo sentía, pero sólo por curiosidad. Al fin y al cabo yo siempre había considerado que mis padres eran mis abuelos y que mis orígenes fueran un tanto oscuros no me iba a quitar el sueño.
Saber la historia de mi madre hizo que me asomara a su vida con ojos diferentes. Dejó de ser un ser prácticamente anónimo para convertirse en una persona con un triste bagaje a sus espaldas y no sé si fue la compasión o qué otro sentimiento, que hizo nacer en mi un extraño cariño hacia aquella mujer que me había dado la vida de manera casual.
Cuando mis abuelos se hicieron mayores y no pudieron ocuparse de ella, teniendo yo mi propia familia y viviendo de manera independiente, volvimos a internar a mamá en una residencia. Yo iba a visitarla una vez al mes, como cuando era una niña y los abuelos me llevaban a verla en el coche de línea. Curiosamente, durante aquella visita semanal de los sábados, mamá siempre estaba de buen humor, como si quisiera regalarme su sonrisa ese escaso tiempo que pasábamos juntas. Un día, no sé si en un ramalazo de cordura o tal vez de locura completa, me miró muy seria, con aquella mirada profunda que tanto me recordaba a la tía Jacinta y me habló.
-Pedrito de Roque era un sinvergüenza. Menos mal que se marchó de allí –me dijo.
-¿Quién era Pedrito de Roque, mamá? ¿Y de dónde se marchó?
-¿Quién había de ser? Tu padre, el único novio que tuve cuando estuve allí. Las otras se iban con todos, les daba igual uno que otro, pero yo sólo quería a Pedrito. Y mira tú, cuando nos íbamos a casar, va y se larga. Era un sinvergüenza, no era hombre para mí. En el fondo lo mejor que pudo pasar fue que desapareciera. Yo me quedé más tranquila. Y tú también ¿verdad?
Asentí en un gesto casi imperceptible y le sonreí.
-Claro que sí mamá, mucho más tranquila. Ese Pedrito era un cantamañanas.
-Era tu padre, pero nunca supo que habías nacido. Si algún día le ves no se lo tengas en cuenta. Seguro que si te hubiera conocido te hubiera querido mucho. Era muy guapo Pedrito, fue el único novio que tuve allí, hasta que se fue. No sé a dónde habrá ido a parar.
Cuando llegó la hora de marcharme me despedí de ella con un beso, como siempre, sin haberle dado la menor importancia a la noticia que me había dado.
-No lo busques – me advirtió antes de marchar – no lo vas a encontrar.
No le contesté. Evidentemente no tenía intención de buscar ni a Pedrito ni a ningún otro supuesto padre. A aquellas alturas de mi vida me daba lo mismo quién fuera mi padre. La tenía ella, a mi madre, una madre diferente, pero a la que había llegado a querer como si la niebla de su mente no la hubiera convertido en la mujer especial que siempre había sido.

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