domingo, 18 de marzo de 2012

EL CHICO DE LOS OJOS TRISTES




-Venga tía, no seas aguafiestas. Vente a la excursión, que más te da. Si lo pasaremos en grande, eso seguro.
-En grande lo vas a pasar tú, con Carlos al lado, y me vais a tener a mí de cuidadora de un montón de jovencitos con las hormonas revolucionadas. No.
Mi amiga y compañera de trabajo Silvia Borrel, insistía una vez más para que me uniera al paso de ecuador de los de tercero de Hispánicas, mientras recorríamos los pasillos de la facultad cada una hacia su aula.
-Pues te voy a convencer, ya lo verás- me dijo desafiante.
Me paré en la puerta de clase mientras mis alumnos entraban y me volví hacia ella.
-Como no te calles de una vez, yo misma me encargaré de graparte la boca, te lo juro. Búscate a otra o a otro. Porque yo NO VOY.
Cerré la puerta y me subí a la tarima desde donde podía distinguir a todos y cada uno de mis pupilos. En general, eran todos buenos chicos y los resultados en mi asignatura, literatura española, iban por muy buen camino.
- Buenos días, hoy traigo los resultados de la monografía sobre "El Libro de Buen Amor". Son magníficos, salvo los dos o tres de siempre.
Murmullos de satisfacción se dejaron escuchar por el aula. Por encima de ellos la voz grave y engorrosa de Ignacio, que repetía la asignatura por tercera o cuarta vez, ya había perdido la cuenta.
-Carmen ¿vas a venir a la excursión de paso de ecuador? Este año va a ser memorable.
En general solía ser bastante tolerante y "enrollada" con los muchachos, pero los estúpidos comentarios, normalmente fuera de lugar de Ignacio Rodríguez, me molestaban sobremanera.
-Eso es lo único que te preocupa ¿verdad Ignacio? la excursión. Pues te advierto que eres unos de esos tres cuyo trabajo es un verdadero desastre. En realidad mientras lo leía me daba la impresión de estar perdiendo tontamente mi precioso tiempo. Casi hubiera sido mejor que no lo hubieras presentado.
Cogí el montón de trabajos y comencé a devolverlos, haciendo a los alumnos, pequeños comentarios sobre los mismos. Luego volví a mi mesa y continué con la clase.
-A ver chicos, callaos un momento y vamos a continuar. Como sabéis, estamos en la recta final del curso. Estoy bastante contenta con los resultados de la asignatura. No obstante os voy a proponer algo diferente. Quiero que escribáis algo de vuestra propia cosecha - murmullos de nuevo - Silencio, por favor, dejadme terminar.
-¿Va a contar para la evaluación final?- preguntó alguien.
-Eso era lo que os quería comentar. La única influencia que va a tener en la evaluación final es que si está bien, subirá la nota, si está mal, la nota quedará como estaba. Simplemente quiero que hagáis algo diferente y practiquéis redacción, que algunos estáis un poco flojos y en tercero de carrera es algo que no podéis permitiros.
-¿Y podemos escribir lo que queramos?
-Podéis escribir lo que os dé la gana, el tema es libre y la forma también, es decir me vale un relato, poesía, ensayo....me da igual. Lo único que me gustaría es que escaparais un poco de los estereotipos. Por ejemplo, las chicas, que sois, o somos, tan dadas a las novelas de amor, intentad evitar escribir un culebrón venezolano, por favor.
-Pues algunas novelas de amor están muy bien.
-Por supuesto. A ver un ejemplo,¿alguien se ha leído "El amor en los tiempos de cólera" de García Márquez, o "De amor y se sombra" de Isabel Allende?.
Algunas manos se alzaron tímidamente.
-A mi modo de ver esas novelas son dos ejemplos de cómo se pueden escribir historias de amor sin caer en lo empalagoso, evitando la sensiblería que durante mucho tiempo caracterizó a este género literario.
En ese momento el timbre anunciando el final de la hora sonó y todos se apresuraron a recoger sus bártulos.
-¡Un momento, por favor! - grité a través de sus voces- Tenéis un mes de plazo para presentarlo ¿Vale? Y tú, Rubén Pazos, quédate un momento, tengo que hablar contigo.
La marabunta salió en estampida y quedó el tal Rubén sentado al final de la clase. Me acerqué a él.
-Vamos a ver Rubén, ¿se puede saber qué es lo que te está pasando? No me has entregado el trabajo que devolví hoy y tus notas han bajado considerablemente. Y no sólo en mi asignatura, precisamente. Tienes en primero y en segundo una media de sobresaliente, y este curso o te pones las pilas, o acabarás suspendiendo más de una. ¿Me vas a contar qué te pasa, o voy a tener que acabar averiguándolo yo?
Me había escuchado con la cabeza gacha. Luego la levantó y me miró. Siempre me habían llamado la atención los ojos increíblemente verdes de aquel muchacho, y también la expresión terriblemente triste que arrastraba dentro de ellos. Era alumno mío desde principio de curso, nunca le había dado clase antes, pero yo siempre procuraba interesarme por el historial académico de mis chicos y sabía que Rubén no estaba dando todo lo que podía. Eso, junto con la infinita tristeza que me empeñaba en ver en sus ojos, me hacía sospechar que algún problema rondaba su cabecita.
-No me pasa nada-me contestó con desgana.
-Eso no es cierto, y tú lo sabes.
-Bueno y si me pasa ¿a ti qué te importa? No me conoces de nada, no sabes nada de mí.
-A lo mejor eso es lo que pretendo ahora ¿no crees? Saber algo de ti, a lo mejor puedo ayudarte.
-No creo, además yo no necesito tu ayuda. Ya te he dicho que no me pasa nada.
-Bueno, lo creeré cuando me entregues la obra que os pedí. Es la última posibilidad que tienes de salvar mi asignatura, y te advierto que tiene que ser muy, pero que muy buena.
-¿Puedo irme ya?
-Vete.
Lo vi marcharse con la impresión de que lo que le había dicho no le había servido de nada. Di un suspiro, estos alumnos míos me traían de cabeza. Recogí mis cosas y yo también me fui a casa.

Escuché el sonido del teléfono según salí del ascensor. Abrí apresuradamente la puerta y conseguí contestar casi sin recuperar el aliento. Vivía en un quinto, y me gustaba subir las escaleras andando.
-¿Diga?
-Hola, ¡qué pronto has llegado a casa!
-Y tú que pronto has llamado. Nos acabamos de ver en la facultad. Pero no me digas más, ya se el motivo de tu llamada. La maldita excursión.
-Carmen te hablo totalmente en serio. O vienes, o no podremos marchar. El decano no permite que acompañen a los alumnos menos de tres profesores. Este año, Celia, que venía siempre, está de baja. Y nadie quiere venir. Eres nuestra tabla de salvación.
-Pues yo tampoco quiero ir. Vamos a ver, Silvia, imagina la escena. Camping de la Costa Brava, bungalows, o como coño se diga, llenos de jovencitos descerebrados, dispuestos a vivir diez días de desmadre, una pareja de novios, o sea tú y Carlos, en plena luna de miel, son los profesores que van a echarles un ojo, junto a una tipa, ya casi cuarentona, separada y medio amargada, que no hará otra cosa que aguarles la fiesta. A todos.
-Pues ahora imagina tú. La cuarentona tiene todavía treinta y ocho años, hace dos que su marido, un cabrón de mierda, al que había dedicado toda su vida, la dejó por otra y desde entonces para ella la diversión no existe, aunque sus amigos no entienden muy bien por qué. De repente, se le presenta la posibilidad de un viajecito por España que la sacará, por unos días, del estúpido mundo tedioso en el que se ha empeñado en vivir. ¿Qué te parece? Debe aceptar ese viaje ¿verdad?
-Mira Silvia, estoy muy cansada y no tengo ganas de pensar ni de discutir. No voy a cambiar de opinión. Discúlpame. Mañana hablamos ¿vale?
-Está bien. Tendré buscarme a otra persona entonces.
Colgué el teléfono y me tiré literalmente en el sofá. Cerré los ojos y pensé en las palabras de mi amiga. A decir verdad Silvia tenía razón. Desde que Rafa me había dejado me había convertido en una amargada que no pensaba más que en su trabajo. Claro que, después de haberle dedicado más de veinte años de mi vida, tener que afrontar su abandono no fue plato de buen gusto. Le había conocido con quince años cuando él tenía diecisiete, y ya no nos habíamos vuelto a separar, salvo los años en la Universidad. Yo estudié en Santiago, en la misma facultad donde en aquel momento daba clase, y el marchó a Madrid, pues por aquel entonces no se podía estudiar periodismo en Santiago. Durante los años que él pasó en Madrid yo le guardé ausencia como una estúpida. Ni una salida, ni siquiera con mis padres, si él no estaba. Y al final, me mandó a tomar viento por otra. Yo no la conocía, ni tampoco tenía el menor interés. Pero fue duro, muy duro, mirar atrás y ver como había tirado por la borda los mejores años de mi vida al lado de un imbécil que no se lo merecía en absoluto. Lo único que saqué en limpio de toda aquella historia fue la firme convicción de que no debería confiar en la gente ciegamente, como había hecho con él. Y me volví más maliciosa.....y también mucho menos agradable. No me interesaba estar con nadie. No había tenido ni siquiera un rollo de una noche desde mi separación. No había salido con mis amigas (creo que ni las tenía), ni había hecho un viajecito de placer. Nada. De ahí el empeño de Silvia en sacarme de casa al precio que fuese, aunque tuviera que hacer de "cuidadora" de jovencitos.
Fue un instante, una ráfaga de inspiración que me pasó por el cerebro. El caso es que me levanté del sofá, llamé a Silvia y le di el sí a su propuesta, a pesar de que me seguía pareciendo descabellada. Se puso muy contenta. Durante el resto de la tarde, a punto estuve de llamarla cada diez minutos para volverme atrás, pero conseguí aguantarme. Tal vez, aquel viaje, no me viniera del todo mal.
*

Mis nóveles autores escribieron unas obras normalitas, salvo una, la de Rubén Pazos. Me presentó un relato corto titulado "La madre", una exaltación pura y dura de la maternidad. Parecía más bien salido de una mente femenina, por lo que a temática y forma de narrar se refiere. Realizado con una prosa sencilla y directa que no necesitaba segundas lecturas y con un estilo elegante e impecable, Rubén consiguió llevar su nota hasta el aprobado.
-Tu examen fue un autentico fiasco. Te ha salvado este magnífico relato - le dije cuando se lo devolví- , pero me temo que en alguna otra asignatura no tendrás tanta suerte.
Por toda respuesta me miró con cara de poco amigos y de nuevo volvió a su ensimismamiento. Me intrigaba su actitud, pero tampoco era mi intención atosigarle. Si no quería contarme nada, yo debía de respetar su decisión.
-Ignacio, tu relato es tan bueno, que me ha sorprendido. ¿Puedo leerlo ahora mismo? Estoy segura de que todos tus compañeros estarán deseando disfrutar de tus dotes narrativas.
-Si léelo. Se van a divertir mucho.
-Pues atención todos. El relato se titula "No me gusta escribir" y el contenido es el siguiente: "No me gusta escribir, porque se me cansa mucho el brazo" - toda la clase estalló en risas- Prosigo: "Además tengo cosas más importantes que hacer que escribir historias tontas que no me van a servir para nada. Lo malo es que mi profesora doña Carmen, me ha obligado a escribir y yo no quiero". Punto y final.
Los chicos seguían riendo. Cuando se calmaron hablé yo.
-Ignacio, me gustaría saber que coño haces en la universidad estudiando literatura, o mejor dicho, paseando los libros y los apuntes, porque lo que es estudiar está claro que no es lo tuyo.
-Mis padres me obligan a venir. Y tú me obligas a escribir - soltó una estúpida carcajada.
-Te advierto que te queda la convocatoria de gracia única y exclusivamente. Pero bueno, como seguro que no te importa, no voy a perder más el tiempo contigo, haz lo que quieras. Cambiando totalmente de tema, supongo que sabréis que os acompañaré a la excursión de paso de ecuador - una algarabía se formó, a pesar de que casi todos lo sabían- vale chicos, calma por favor. Salimos pasado mañana a las 6 de la mañana de la Plaza de Galicia. Os pido una cosa, ya sois mayorcitos, no me deis mucho la lata ¿vale?
-Venga Carmen, genial que vengas, ya verás que bien lo pasamos.
-Eso espero - dije para mí, mientras los veía marcharse felices- mañana nos vemos.
*
Debo reconocer que la primera jornada de excursión, a pesar de ser únicamente de autobús, se me antojó divertida. Seguramente debido al tiempo que llevaba sin salir de casa. Mis alumnos consiguieron contagiarme la alegría casi exagerada que les salía por los poros de la piel. Cuando llegamos a nuestro destino ya casi era de noche. Se repartieron las estancias, cenamos y todos se retiraron a descansar. Mi amiga Silvia y yo compartíamos bungalow, a pesar de tener al novio allí tuvo el bonito gesto de no dejarme con alguna de mis alumnas, que , por otra parte, no querrían compartir estancia con una profesora por muy "guay" que ésta fuera. Después de acomodar nuestras cosas, mi amiga se acostó. Yo, a pesar del cansancio del viaje, estaba desvelada, así que salí fuera a tomar un poco el aire antes de irme a la cama.
Las pequeñas cabañas, todas iguales y colocadas en tres filas simétricas, estaban rodeadas de un bello pinar. A la izquierda un pequeño sendero que llevaba a la playa y un poco más allá se levantaba la edificación que albergaba baños, bar-restaurante, un pequeño supermercado y hasta una pista de baile al aire libre. Me senté junto a un pino. Al poco rato me pareció que una sombra cruzaba a mi espalda. Volví la cabeza y ví a Rubén que llegaba a su cabaña y se sentaba en el pequeño banco de la entrada. Tenía la misma cara de póker de todos los días. Dudé si acercarme a él o no. Finalmente lo hice, aunque sospechaba que no sería muy bien recibida.
-Hola Rubén, ¿no puedes dormir? yo tampoco, los viajes me excitan demasiado. ¿Puedo sentarme?
Lo hice sin esperar a que me diera permiso. En realidad no me lo dio, ni me dijo nada. Se limitó a mirar el suelo pensativo.
-Hace una noche preciosa ¿verdad? Parece mentira que esta mañana hayamos dejado Galicia lloviendo y con frío y al llegar aquí nos hayamos encontrado este calor tan agradable.
De nuevo no obtuve respuesta. Comencé a arrepentirme de haber ido a molestar al muchacho, y en vista del éxito obtenido, decidí batirme en retirada.
-Bueno, parece que no tienes muchas ganas de hablar. Será mejor que me vaya.
Me retiré a mi cabaña sin haberle conseguido arrancar una palabra. Definitivamente no volvería a insistirle. Ya era mayorcito, y si algo le pasaba y no quería aceptar la ayuda que yo le brindaba, pues que se apañara él solito.

El día siguiente los chicos quisieron pasarlo en el camping. Marcharon a la playa de mañana, volvieron para comer y descansaron. A alguien se le ocurrió hacer una barbacoa por la noche, también en la playa, por supuesto. Compramos todo lo necesario y marchamos de nuevo. La noche era perfecta. Hicimos una hoguera y la cena a base de costillas, chorizos, hambuguesas....Alguien llevó una guitarra y a su compás rompimos el silencio de la noche con nuestras canciones y nuestras palmas. Empecé a darle las gracias mentalmente a mi amiga Silvia por insistir tanto para que hiciera aquel viaje. A pesar de llevar sólo dos días me lo estaba pasando realmente bien y aquello prometía. En un momento dado miré hacia el mar. La marea estaba baja y no se veían romper las olas, únicamente se escuchaba su suave y relajante murmullo. La playa era muy larga, parecía extenderse varios kilómetros tal vez. Me levanté del suelo sin que los demás se dieran cuenta y me eché a andar. Me apetecía pasear. Llevaba un rato caminando cuando oí que alguien me llamaba. Volví la cabeza y pude ver a Rubén corriendo por la arena a mi encuentro. Bueno, parecía que por fin había salido de su coraza protectora.
-Carmen, ¿puedo pasear contigo?
-Tú mismo - le contesté aparentando estar un poco molesta por su actitud del día anterior.
-¿Estás enfadada? - preguntaba las cosas como un niño y no pude menos que sonreír.
-Un poco- le dije - pero se me pasará enseguida.
-Siento haberme comportado como un perfecto maleducado contigo.
-Disculpas aceptadas.
Le miré. Sonreía, pero sus ojos continuaban tristes.
-¿Y tal vez ahora quieras contarme lo que te pasa?
-Bah, es una tontería.
-Tanta tontería no será cuando está afectando tanto a tus estudios. Anda, cuenta si quieres.
-Es mi madre.
-¿Qué le pasa a tu madre? ¿está enferma?
-No, que va, es que se ha liado con un tío.....que es un gilipollas.
-No entiendo nada Rubén, ¿y tu padre?
-Mi padre murió.
-Pues entonces tu madre tiene derecho a rehacer su vida con quien le de la gana ¿no crees?
-¿Nos sentamos y te lo explico mejor?
Nos sentamos en la arena. A lo lejos se veía el grupo alrededor de la fogata.
-Mi padre murió hace seis meses en un accidente de coche - me contó -y para mi fue un palo muy fuerte porque estábamos muy unidos. Aunque nunca me dijeron nada creo que las cosas entre mi madre y él no andaban muy bien. El hecho está en que a los dos meses de la muerte de mi padre ella metió en casa al imbécil ese con el que está. Yo creo que estaban liados desde hacia tiempo.
-Tal vez. De todas maneras, ¿qué es lo que te molesta y te afecta tanto de toda esta historia?
-Por un lado no estoy de acuerdo en que mi madre se haya echado novio tan pronto, y por otro el tipo ese es insoportable y me hace la vida imposible. Pretende ponerse en el lugar de mi padre y me controla todo, incluso el dinero que me da mi madre. Me echa broncas continuamente sin motivo y yo estoy convencido de que le molesto en casa y quiere que me vaya.
-Y tú no estás dispuesto a hacerlo, claro.
-No me da la gana. Esa también es mi casa y si alguien tiene que marcharse es él. Joder Carmen, no sabes cuánto echo de menos a mi pobre padre.
En ese momento se puso a llorar desconsolado y por un momento no supe qué hacer. Me había hablado y había estallado en llanto como un niño, pero era un hombre. Nunca había tenido que consolar a un hombre. Finalmente rodeé sus hombros con mi brazo y le atraje hacia mí. El se dejó hacer y apoyó su cabecita rubia contra mi pecho.
-Venga Rubén, tienes que ser fuerte, ¿cuántos años tienes? ¿veinte?- asintió sin hablar - pues ya eres un jovencito que tiene que aprender a afrontar sus problemas.
-Eso es muy fácil de decir cuando no los estás viviendo desde dentro.
Volvió a sus posición normal y poco a poco fue remitiendo su llanto
-Todos tenemos problemas, y está claro que esta vida no es un camino de rosas, Rubén. Mira sin ir más lejos, a mí hace dos años me dejó mi marido después de diez años de novios y otros tantos de casados. ¿Cómo te crees que me quedé?
-Hecha una mierda, supongo.
-Exacto. Pero no me quedó más remedio que tirar para delante. Y eso es lo que tienes que hacer tú. Pasa del tipo ese e independízate en cuanto puedas.
-Ya me gustaría, pero ¿de qué vivo? Tengo que terminar mi carrera y no tengo dinero para pagármela.
-Hay mucha gente que estudia y trabaja.
-Pero yo no sé hacer nada.
-Pues entonces no te queda otra que aguantar. Mira, yo te prometo ayudarte en todo lo que pueda. Y sobre todo, nos quedan por delante ocho maravillosos días de diversión, prométeme que los vas a disfrutar y olvidarte de lo que has dejado en casa.
Me miró sonriendo.
-Para eso vine, para olvidarme de la mierda que tengo en casa - dijo.
-Pues venga, a disfrutar y a ver si se te quita esa mirada tan triste que tienes, hombre.
*
Por lo menos mientras duró el viaje la tristeza de sus ojos desapareció y a Rubén se le vio feliz. Tuve oportunidad de conocerle bastante bien, pues a partir de aquella conversación en la playa, apenas se separó de mi lado. No me importaba, era un chico cuya compañía resultaba muy agradable y ambos necesitábamos aquellos días de asueto para salir un poco de la rutina que nos acechaba en nuestra vida cotidiana. Recorrimos pueblos de la costa, visitamos Barcelona, descansamos en nuestro confortable camping y en general nos lo pasamos en grande juntos, solos o con el resto del grupo.
Unos días después de regresar a casa, un empleado de una floristería llamó a mi puerta. Traía para mí, de parte de alguien, un enorme ramo de rosas amarillas, mis preferidas. ¿Quién podía haber adivinado mis gustos? no recordaba habérselo dicho a nadie y mi ex marido, desde luego, no se perdería en semejante detalle, pues no lo había hecho nunca ni aún durante los años que había durado nuestro matrimonio. La incógnita se resolvió cuando leí la tarjeta: "Gracias por los maravillosos diez días que me has regalado", firmado Rubén. Apreté aquella tarjetita contra mi pecho y sonreí. Fue en ese preciso instante cuando se me ocurrió que el muchacho podía estar sintiendo por mí algo más una simple amistad. Es cierto que jamás se me había insinuado, ni mucho menos, simplemente habíamos mantenido una relación de camaradería que tal vez fuera un poco más allá de una amistad entre un chico de veinte años y una mujer de casi cuarenta. Y ello simplemente en cuanto a habitualidad se refiere. Es evidente que lo más.....digamos normal, aunque no me gusta demasiado la palabra, sea que un chico de veinte tenga amigas de veinte. Pero a pesar de ello y hasta el momento, no se me ocurrió jamás pensar que Rubén pudiera sentir por mí otra cosa que no fuera una buena amistad. Es más, en ocasiones se me llegó a ocurrir que lo que veía en mí era a esa madre hecha a su imagen y semejanza que tanto añoraba. Si sentía algo más profundo, era necesario sacárselo cuanto antes de la cabeza. Y era yo quien tenía que hacerlo, actuando con suma cautela.
Unos días más tarde, mientras me preparaba para disfrutar de una tarde en la piscina, el timbre de mi puerta volvió a sonar. Esta vez era él. No le había vuelto a ver desde nuestro regreso.
-Hola Carmen - me dijo muy sonriente, mientras me daba una par de besos.
-Hola Rubén, ¡qué sorpresa! Pasa si quieres, aunque estaba a punto de irme a la piscina, hace muy buen tiempo y quiero aprovecharlo.
-¡Estupendo! ¿puedo acompañarte?
Mi cabeza se puso a trabajar a mil por hora. No quería ser descortés y decirle que no, pero tampoco me parecía muy lógico que se viniera a la piscina conmigo en lugar de irse con sus amigos por ahí. Así de lo dije.
-¿Y tus amigos?
-Bah, yo qué se. Prefiero irme contigo, me lo paso mejor que con ellos. Son unos plastas.
-Bueno, pues ven si quieres.
-Paso por casa a ponerme el bañador ¿me esperas?
-Te espero.
Apenas tardó media hora, durante la cual me pregunté una y otra vez por qué no le había dicho que no quería que me acompañara y así le cortaba el rollo antes de darle oportunidad de empezar. Pero en realidad tampoco quería precipitarme, no quería meter la pata. Para pararle los pies debía de tener muy claro que estaba conmigo porque le gustaba. Además había una parte de mí que no paraba de intentar ponerme los pies en la tierra, una vocecita resbalosa que resonaba en mi mente haciéndome ver la realidad de manera objetiva. ¿Cómo se me podía ocurrir que un muchacho joven, guapísimo, con un cuerpo de fábula, sintiera algo por mí, una mujer de casi cuarenta años, con una cara y un cuerpo de lo más normales? Supuse que esa parte de mi conciencia, era la que tenía razón.
La tarde en la piscina fue muy entretenida, y la tarde en el cine, y el día en el centro comercial, y la mañana en el acuario y......muchas otras veces. Fueron momentos divertidos, estupendos, inolvidables, maravillosos, que me hacían volver de nuevo a mis veinte años. También tenían su parte negativa: yo no sabía si le gustaba a él, nunca me había ni siquiera insinuado nada, pero él sí estaba empezando a gustarme a mí. Y eso no podía ser. Intenté sacármelo de la cabeza, juro que lo intenté, pero cuanto más mi mente me decía que no, más mi corazón decía que sí. Para colmo de males mi amiga Silvia descubrió el pastel.
-¿Se puede saber qué rollo te traes con Rubén Pazos? - me preguntó un día entre intrigada y divertida.
-Ninguno, y no entiendo por qué me preguntas semejante cosa.
Silvia soltó una carcajada, no era para menos. Ni yo misma me creía las palabras que había pronunciado.
-Vamos Carmen, que somos amigas. A mí no tienes que ocultarme nada.
-No te estoy ocultando nada, somos amigos, ya está.
-Eso no te lo crees ni tú. Pero si vais juntos a todos lados. El otro día os vi en el cine. Y el otro día más en el centro comercial.
-Sería el mismo día. Te recuerdo que el cine está en el centro comercial.
-Carmen, por favor. Deja de decir tonterías, ¿te gusta?
No tuve más remedio que admitir la verdad.
-Sí, me gusta, pero no quiero que me guste.
-¿Pero por qué? todavía eres joven, tienes derecho a disfrutar de la vida.
-Silvia, no seas patética. Si puedo ser su madre.
-¿Y qué? Si una chica de veinte años sale con un hombre de cuarenta no pasa nada, pero si es al revés todo el mundo pone el grito en el cielo. Eso no es justo. Tienes derecho a ser feliz. Ya bastante mal lo has pasado por culpa de ese cabrón que te tocó por marido. Disfruta de la vida. Hazme caso.
-No es tan fácil, además, ni siquiera sé lo que él siente por mí.
-¿El? venga chica, pero si te mira con unos ojitos de corderito degollado que da pena verle. Está totalmente colgado de ti, si hasta Carlos se ha fijado. Tienes que dar un paso más Carmen.
-¿De qué estás hablando? ¿de llevármelo a la cama? ni lo sueñes. Me haría sentir como....como...como uno de esos que abusan de los niños.
Las dos rompimos a reír mi ocurrencia y la conversación tomó otros derroteros. Unos días más tarde, mi niño me invitó a cenar con el pretexto de ser su cumpleaños. Veintiuno nada menos. No me apetecía salir y así se lo dije.
-Pero si quieres organizamos la cena en mi casa - le dije - tú pones la bebida y el postre y yo te preparo un menú sorpresa.
Accedió de buen gusto. Cociné unas cocochas de merluza con almejas en salsa verde y una ensalada, algo ligero para la noche. Él se presentó con una botella de Albariño y una tarta de trufa. Adivinaba mis gustos a pasos agigantados, tanto el vino como el chocolate eran mi debilidad.
La cena transcurrió sin sobresaltos, entre conversaciones y la diversión que siempre surgía cuando estábamos juntos. Durante la sobremesa descorchamos una botella de champán. Y entre risa y risa, entre copa y copa, con la cabeza flotando por el alcohol y el corazón rebosando de sentimiento, nos besamos. Fue un beso no por esperado, menos sorprendente, pero en todo caso casi necesario para mí, que llevaba mucho tiempo sin saborear una boca. Aquello despertó de nuevo mi pasión dormida y al principio entré en el juego. Sólo cuando sentí su mano acariciar mis pechos, algo convulsionó mi cerebro, supongo que mi estúpida conciencia, y me dije que hasta ahí habíamos llegado, pero más allá no era correcto. Le separé de mí con un gesto casi brusco.
-No Rubén, no sigas. Es......creo que es mejor que te vayas.
El me miró como si tuviera delante a un ser extraño. No se equivocaba mucho, ninguna mujer en su sano juicio hubiera dejado escapar una noche de pasión con aquel bombón, ninguna, salvo yo y mis estúpidos remordimientos.
-Carmen, esto no es sólo un rollo de una coche. Tú me gustas, y creo que.....que te quiero.
-No, no digas tonterías, de verdad es mejor que te marches.
El pobre muchacho no salía de su asombro.
-Pero ¿de verdad después de todo este tiempo juntos me vas a decir que no sientes nada por mí?
-Ya hablaremos de eso en otro momento. Ahora, por favor, vete.
Se levantó del sofá y muy enfadado fue hacia la puerta. Con la mano en el pomo se volvió y me dijo:
-Jamás me imaginé que me harías algo así.
Se fue dando un portazo. Y yo propiné una buena patada al sofá cuando, a los dos segundos de haberlo echado, me dí cuenta de lo estúpida que había sido.
Durante unos días no supe nada de él. Cuando el teléfono volvió a sonar de nuevo contesté feliz, pensando que era él y que por fin se me presentaba la oportunidad para arreglar el desaguisado. Pero no era él, para mi sorpresa era mi ex marido, del que afortunadamente no había vuelto a saber desde que se había marchado de casa.
-¿Carmen?
-¿Rafa? ¿qué quieres?
Soltó una risa estúpida, su risa de siempre.
-Cualquiera diría que no esperabas mi llamada.
-Por supuesto que no la esperaba ¿o debería ser lo contrario? Comprenderás que después de dos años sin saber nada de ti lo que menos me imaginaba es que volvieras a aparecer.
-Sigues siendo la misma de siempre, solo era una broma.
Me irritaba profundamente su forma condescendiente de hablar, como si se estuviera dirigiendo a una perfecta imbécil.
-¿Me vas a decir para qué me llamas?
-Claro, mujer, pero no tengas tanta prisa, hace mucho que no hablamos y pensé que… podíamos recuperar el tiempo perdido.
No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Quién le había dicho a aquel subnormal que yo quería recuperar nada con él?
-Rafa, voy a ir al grano, o soy muy corta de entendederas o me estás pidiendo volver. ¿Es así?
-Bueno, me fui muy precipitadamente y tal vez, pudiéramos....
-Mi respuesta es no, además no sé si sabes que yo tengo novio.
-¿Tienes novio? ¿tú?
Su actitud me estaba haciendo hervir la sangre. Pero ¿qué se había creído aquel tío? ¿que sólo él tenía derecho a rehacer su vida?
-Si, tengo novio, no sé por qué te sorprende tanto.
-Mujer, es que....bueno nada, es igual. Pero mira si tienes novio se me ocurre que podemos salir los cuatro juntos, así podemos conocer a nuestras respectivas parejas.
No tenía el menor interés en conocer a la tipa que estaba con él. Además sabía que esa invitación era sólo una trampa. Si le decía que no, pensaría que lo del novio era un farol (lo era). Por eso no me lo pensé mucho.
-Claro por supuesto, cuando quieras.
-¡Qué bien! Pues voy a reservar mesa en un buen restaurante y ya te llamo.
-Vale, vale, llama cuando quieras.
En valiente fregado me había metido.
*
Mi amiga Silvia reía sin cesar. Acababa de contarle mi conversación con Rafa y la invitación que había aceptado.
-No te rías. A ver dónde encuentro yo ahora un novio para dentro de unos días.
-Ya lo tienes. Llévate a Rubén ¿no? te imaginas la cara de imbécil que se le va a quedar a Rafa cuando te vea llegar del brazo de semejante muñequito.
-No puedo. No sé nada de él desde hace cinco días.
La puse al corriente de la estupenda cena y desastrosa sobremesa que habíamos disfrutado.
-Estás como una cabra. ¿Pero cómo se te ocurre echarlo en el momento álgido de la noche?
-Al minuto me arrepentí. Y no me digas que lo llame, porque si le cuento lo que me pasa, va a pensar precisamente que lo llamo para pasearlo delante de Rafa. Joder, ¿quién me mandará a mí meterme en estos berenjenales?
En ese momento sonó el timbre. No me lo podía creer. Era mi muchachito, que de nuevo con ojos más tristes que alegres, venía a mí suplicando compañía. Lo hice pasar. Se cortó un poco al ver que estaba Silvia.
-Bueno Silvia, ¿ya te ibas, verdad?
-Si claro, se me está haciendo tarde.
Se fue sonriendo y con un pícaro guiño me dijo por lo bajo.
-No la vuelvas a joder.
Nos quedamos solos, uno frente al otro sin saber muy bien qué decirnos.
-Lo siento - le dije - me porté como una estúpida. Yo creo que también te quiero, sólo que me parece que no estoy preparada para una relación así y me cuesta un poco aceptarla.
-¿Así? ¿qué tiene nuestra relación de especial?
-Tienes veintiun años y yo treinta y ocho. Si fuera al revés no pasaría nada, pero siendo como es, nos vamos a tener que enfrentar a mucha gente.
-A mí no me importa la gente. A mí sólo me importas tú.
En ese momento, el timbre del teléfono rompió la magia. Era mi ex, que ya tenía restaurante. Al día siguiente a las nueve, tendría lugar la inolvidable velada.
-¿Quién era? -me preguntó Rubén cuando colgué - No me digas que tienes una cita con otro.
Sonreí. Lo tomé de la mano y me lo llevé al sofá, nos sentamos cómodamente y le comenté de qué iba la "cita".
-Cuenta conmigo -me dijo - mañana a las ocho te recojo.
-Nos lo vamos a pasar "genial".
Poco nos imaginábamos en ese momento lo verdaderamente genial que nos lo íbamos a pasar.
Cuando me vino a recoger y antes de salir de casa nos miramos en el espejo del ascensor, me di cuenta de que la diferencia de edad que había entre los dos apenas se notaba tanto. Y menos tan arregladitos y guapísimos como nos habíamos puesto para la ocasión. En realidad, en aquellos escasos dos meses que llevábamos juntos de aquí para allá, jamás noté en nadie la más mínima expresión ni de desprecio, ni de incomprensión, ni de nada. Sonreí para mis adentros. Eso quería decir que parecía más joven.
Cuando llegamos a La Coruña, lugar de la cita, Rubén me dejó a la entrada del restaurante mientras él iba a aparcar el coche. Entré y vi a mi exmarido sentado en una mesa del fondo. Se levantó galantemente en cuanto me vio. Nos saludamos formalmente con dos besos en la mejilla (más bien en el aire).
-Estás guapísima -me dijo por cumplido - ¿y tú chico?
-Fue a aparcar, viene ahora, ¿y la tuya?
-Fue al baño, también viene ahora.
Sonreí sólo con la boca y entonces la vi. Era igual que la muñeca Barbie. Rubia, de labios carnosos y un cuerpo de muerte, vamos, nada qué ver conmigo. El caso es que su cara se me hacía vagamente conocida.
-Carmen, esta es Loretta, Loretta mi ex mujer Carmen.
Me miró con cierto aire de superioridad, yo diría que casi con desprecio. Seguramente preguntándose como un hombre tan maravilloso como Rafa podría haber compartido su vida con algo tan insignificante como yo. Bah, me importaba un bledo, seguramente su materia gris estaba escasa de neuronas. Nos dimos otros dos besos al aire y nos sentamos. Entonces comenzó la diversión. De pronto escuché la voz de Rubén a mi lado.
-¿Qué coño hacéis vosotros aquí?
Le miré y vi que tenía sus ojos fijos en la glamurosa pareja que nos había invitado.
-¿Os conocéis? - pregunté sorprendida.
-¿Qué si nos conocemos? Es mi madre y su novio.
Me quedé tan perpleja que no sabía si echarme a llorar o a reír. Finalmente opté por lo segundo.
-¿Quieres decir que mi ex es el novio de tu madre?
-¿Ese es tu ex marido?
Ellos dos no acertaban a pronunciar palabra. A mí me había dado tal ataque de risa que no podía parar. Finalmente Rafa pronunció palabra
-Carmen ¿sales con este chico? si solo tiene veinte años.
-Menuda guarra- comenzó Barbie - Rubén te prohibo....
-¿Pero quién eres tú para prohibirme nada?
La gente que estaba a nuestro alrededor comenzó a mirarnos, dándose cuenta de que algo pasaba. Era hora de poner tierra por medio.
-Rubén, vámonos. Creo que esta cena no es una buena idea.
Le cogí del brazo y le hice salir del restaurante. Estaba serio y parecía enfadado.
-¿Qué pasa cariño?
-Jamás podría pensar que...... mi madre y tu marido.
-Ni yo tampoco, y no es mi marido, estamos divorciados. Pero bueno, alguna vez tendríamos que enterarnos y no me niegues que ha sido muy divertido.- yo no podía parar de reír. Él me miró y al instante su semblante cambió.
-Tienes razón, ha sido muy gracioso.
Nos cogimos de la mano y juntos nos adentramos en la noche coruñesa.
*
Se vino a vivir a mi casa después de la magnífica cena. No lo tuvimos fácil. Soportamos críticas, principalmente de su madre y mi ex, pero lo hicimos con humor y dignidad. Yo no volví a darle clase (no estaría bien) y él terminó su carrera brillantemente. Se dedicó a la difícil labor de la escritura profesional, hasta que un golpe de suerte hizo que ganara un importante premio nacional y las cosas cambiaron mucho. Debía de irse a vivir a Madrid, por consejo de su editor y quiso llevarme con él, pero yo tenía mi vida muy estabilizada y no me apetecían cambios a aquellas alturas. Él era el que tenía que labrarse un futuro, tenía que volar y yo sabía que tenía que dejarle ir. Así él se fue y yo me quedé. Nuestro amor fue bonito mientras duró. Y sigue siendo hermoso que cada vez que él viene a Santiago su llave abre la puerta de mi casa, y la pasión renace, aunque sólo sea por unas horas.

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