lunes, 22 de junio de 2015

NADIA



    Nadia se dio la vuelta en la cama, alargó el brazo hasta la mesilla de noche, tomó el paquete de tabaco y encendió un cigarrillo. Aspiró con fuerza la primera calada y echó el humo con parsimonia, deleitándose en las volutas grises que acariciaban el aire. Miró a su izquierda. Román dormía a pierna suelta. Siempre pasaba lo mismo.  Le echaba un polvo insulso y después se ponía a roncar como un animal. Sin embargo, a pesar de lo que pueda pensarse, los momentos transcurridos al lado de Román eran los más felices de su triste existencia.
     Nadia había tenido una vida feliz hasta que conoció a Mark, en su último año de universidad. Mark era un irlandés jovial y simpático que la embaucó con bellas palabras y alguna que otra cena romántica.  Se casaron demasiado pronto y algún tiempo después, cansado ya las novedades que le ofrecía su mujer,  mostró su verdadera faz. Era un vago y un borracho, que se gastaba el escaso dinero que por aquel entonces entraba en casa en juergas, putas y demás dispendios por el estilo. Nadia supo que se había equivocado, y tomando una decisión sin precedentes hizo las maletas y abandonó la casa que había compartido con su esposo durante dos años, tiempo en que soportó humillación tras humillación, mientras sacando fuerzas de flaqueza estudiaba como una posesa para conseguir su cátedra de estadística en la facultad de económicas. Fue al día siguiente de conseguirlo cuando mandó a paseo su esposo. Con lo que no contaba era con llevarse compañía, fruto inevitable de las noches en las que se abría de piernas de forma mecánica por no soportar los ruegos de Mark, o sus insultos, o sus golpes. No contaba con aquel hijo, no sabía ni si quería tenerlo ni si tendría fuerzas para sacarlo adelante sola, por eso cuando una tarde sonó el timbre y Mark estaba al otro lado de la puerta con una solicitud de perdón bajo el brazo, Nadia lo acogió de nuevo en su vida, a pesar de que sabía que las promesas de que iba a cambiar y de que nada sería como antes eran vanas y falsas. Ahí comenzó su declive. Tras aquel hijo vinieron otros dos, que crecieron en medio de las permanentes borracheras de su padre y de los lastimeros lamentos de su madre, haciendo caso omiso a las unas y oídos sordos a las otras, aprovechándose de la debilidad de unos padres que no supieron hacer de ellos hombres de provecho. Hoy son unos adolescentes rebeldes, desvergonzados y gastadores.
     Marido e hijos fueron los directos causantes de que Nadia no hubiera conseguido jamás salir a flote. Siempre triste, siempre angustiada, siempre sin un duro en el bolsillo, a pesar de disfrutar de un sueldo más que decente que despilfarraban todos menos ella misma. Llegó un momento en que llegar a fin de mes se convirtió en un objetivo inalcanzable. Entonces puso su imaginación a trabajar. Tenía las tardes libres, podía trabajar en lo que fuera y así ganarse un sobresueldo que le permitiera vivir con más holgura. Pensó en dar clases de búlgaro, el idioma de su madre, lengua que siempre utilizaba su progenitora cuando se dirigía a ella y que dominaba con soltura, pero enseguida se dio cuenta de que no era un idioma cuyo aprendizaje fuera demandado en demasía. La verdad es que tampoco sabía hacer gran cosa. Su vida había transcurrido entre los estudios y el cuidado de un marido y unos hijos ingratos, no le había quedado tiempo para mucho más. Sólo una opción se abría paso en su horizonte incierto, una opción que la hacía dudar mucho, pero que en los momentos de desesperación tomaba inusitada fuerza: ejercer la prostitución. Cierto es que Nadia no era guapa, nunca lo había sido, tenía la nariz demasiado grande y  los ojos demasiado pequeños y muy juntos, aparte de utilizar dentadura postiza debido a una piorrea que la  había dejado sin la propia, pero compensaba su fealdad con un cuerpo de escándalo. Era alta, delgada pero con curvas, y los hombres se volvían para mirarla... antes de verle el rostro. Nadia no vio en su fealdad ningún obstáculo, ni siquiera pensó en ello. Cuando se miraba al espejo veía la cara de un mujer normal y ni por un segundo se le pasó por la mente que pudiera provocar repugnancia en ningún ser humano. Una noche, tomada definitivamente la decisión, se vistió de orgullo y lentejuelas y esperó al primer cliente, agazapada entre las sábanas amarillentas de una vieja pensión. Era un hombre de mediana edad, calvo y gordo, sin clase, medio borracho, que le pidió a Nadia que saciara sus bajos instintos trabajando con su boca. La mujer cerró los ojos, escondió su asco detrás de sus sueños y se puso manos a la obra, no sin antes deshacerse de su dentadura postiza, que posó encima de la cochambrosa mesita de noche bajo la atónita mirada de su cliente. Aquella felación sería, sin ella saberlo, el final de su vida de miseria. Nunca supo cómo ni de qué manera, pero los clientes comenzaron a lloverle del cielo y siempre le pedían lo mismo: sácate los dientes y chúpamela y ella hacía, sin pensar, sin sentir, de forma mecánica, visualizando sólo su vida sin privaciones.
    Un buen día apareció Román. Román era inspector de policía. Se conocieron durante una redada que hicieron en la pensión de mala muerte  en la que Nadia había montado su carnal y particular negocio. Se la quiso llevar detenida y ella llorando le rogó que no lo hiciera, no podía poner en peligro de aquella tonta manera su otra vida, una vida igual de miserable, pero mucho más respetable que el sórdido mundo de la prostitución en el que se había metido. El inspector, sin embargo, se mostraba inflexible, así que Nadia hizo lo que mejor sabía hacer. Se arrodilló ante él, le abrió la cremallera del pantalón y le hizo llegar al cielo. Román no sólo no la detuvo, sino que se convirtió en su mejor cliente, y no sólo eso, sino que se fue convirtiendo en su mejor amigo, en su único amigo, en la tabla de salvación a la que Nadia se aferraba una noche a la semana en el cuarto impersonal de aquella pensión de mala muerte. No sabía si lo que sentía era amor, al fin y al cabo daba lo mismo, se sentía bien a su lado y punto. A veces se la chupaba, otras le dejaba que le echara un polvo insulso que ella convertía en fantástico con sus gemidos fingidos. Ella era feliz así, él también.
      Nadia apagó el cigarrillo y miró a Román. Se había despertado y miraba con curiosidad el DNI y el pasaporte de la mujer.
     -Están caducados – le dijo – deberías renovarlos.
     -¿Para qué? No me pienso ir a ningún lado, no voy a tener esa suerte.
      Y Román, que conocía todas y cada una de las desdichas de Nadia, tomó su chaqueta de la silla, hurgó en el bolsillo interior de la misma y sacó dos billetes de avión.
     -He decidido mandar todo a la mierda  - dijo – estoy harto de mi mujer, de mi trabajo y de unos hijos que parecen estar viviendo en una pensión y que sólo me miran a la cara para pedirme dinero. Ayer me jubilé y mañana me voy a disfrutar de mi pensión al Brasil. ¿Te vienes conmigo?
    Las neuronas de Nadia hicieron que toda su vida danzara de forma virtual ante sus ojos como si de un fotograma de tratara. No había sido feliz, pero allí estaba su oportunidad y no la iba a dejar escapar. Había sido muy cobarde, pero ya era hora de ser valiente.
     -Entonces tendré que renovar el pasaporte y el DNI.
     -Eso está hecho.
 

2 comentarios:

  1. Qué bueno, Gloria!!!!!!!! precioso relato, narrado con una sencillez impresionante. Me ha gustado mucho. Es muy visual, y la escena de la felación en la que se saca la dentadura no tiene desperdicio. Enhorabuena, nos leemos. Un saludo.

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    1. Gracias Fernando, tú siempre tan amable. Un besazo

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