martes, 5 de mayo de 2015

LA MUJER MANCA





Miró distraidamente hacia el amplio ventanal y pudo ver el hermoso y enorme jardín que rodeaba el edificio. Le hubiera gustado salir a dar un paseo y disfrutar perdiéndose entre la frondosa vegetación, pero sabía que no era posible. Aquellos tres tipos con cara de póker no la dejarían marchar de allí hasta que les hubiera contado todo lo ocurrido con pelos y señales. No le apetecía lo más mínimo hablar con ellos, entre otras cosas porque no la entenderían, nadie la entendía. Todos cuestionaban lo que había hecho, todos la juzgaban porque no sabían de su sentir, y relatar todas sus andanzas a esos hombres que esperaban impasibles que comenzara a hablar....
-Violeta, sólo queremos ayudarla, pero para ello debe contarnos todo lo que pasó. No tenga miedo, no le haremos daño. -dijo uno de ellos, insistente.
Violeta miró al hombre a los ojos, desafiante. ¿Ayudarla? ¿a qué? ¿a sobrevivir el resto de sus días? Nadie podía ayudarla, ni siquiera ellos. No obstante, sabiendo que si no les decía lo que querían no la dejarían en paz, Violeta comenzó su relato, su sorprendente relato.

-La vi por vez primera en el autobús, en una de aquellas ocasiones en que el tedio y el aburrimiento me empujaban a dar una vuelta por la ciudad. Les parecerá una locura pero suelo hacerlo ¿saben? Son muchos, demasiados los momentos en los que me siento muy sola, sin nada qué hacer o en qué distraerme, así que no encuentro mejor diversión que recorrer la ciudad en el bus, primero una línea, luego otra...hasta que me canso y regreso de nuevo a casa. Pero bueno, supongo que esto a ustedes no les importa, lo que realmente quieren saber es otra cosa. Pues a lo que iba. La vi una tarde y me pareció una mujer muy hermosa, con aquella melena tan rubia y brillante que le cubría la mitad de su espalda, aquellos ojos de un azul tan intenso que casi daban miedo...era perfecta, todo lo contrario a mí. Era, en realidad, todo lo que me hubiera gustado ser a mí. Por eso, cuando se levantó de su asiento para apearse y observé que le faltaba un brazo....sentí una sensación extraña, una mezcla de desilusión y de asco. Pensé que una mujer tan bella no merecía tener semejante tara, no podía tenerla, pero así era. Y aunque al principio me impactó su mutilación, con el tiempo llegué a considerarla una señal inequívoca de identidad.
El caso es que mis encuentros con ella en el autobús se repitieron con cierta asiduidad. Ella no sabía de mí, claro está, era yo la que no dejaba de fijarme en su porte, en su perfecto estilo, en su elegancia. Tal era la admiración que sentía que empecé a imitarla. Me dejé el pelo largo y me lo teñí de su color. Hasta me compré unas lentillas azules para que mis ojos marrones y vulgares adquirieran la vida que emanaba de los suyos. Ni que decir tiene que no fue posible. Por mucho que intentara ser como ella jamás lo conseguiría, mas yo no cejaba en mi empeño.
Poco a poco, la admiración por su físico fue dejando paso a la curiosidad por saber de su vida. Un día la seguí. Me bajé del bus en la misma parada que lo hacía ella y me eché a caminar en su pos, a una distancia prudencial. El trayecto duró apenas unos minutos, terminando en el primer chalet de la nueva urbanización que se había construido en las afueras de la ciudad. Ese parecía ser su hogar. Más tarde mi suposición se confirmó. Camuflada entre la gente que acudía todas las tardes al parque que había frente a su casa, comprobé también que tenía marido y dos hijos, un marido guapísimo y dos niños aparentemente encantadores. No voy a entrar en demasiados detalles, pero sí les diré que me enteré de casi toda su vida. Supe sus nombres, sus edades, su lugar de trabajo, el tiempo que llevaban casados, supe que eran felices, supe incluso, aunque les cueste creerlo, cómo perdió su brazo, en un desgraciado accidente de tráfico. Creo que no me hizo bien conocer tantos detalles de su existencia, pues fue cuando nació en mí un sentimiento hasta entonces desconocido: la envidia. Envidié toda aquella existencia idílica que ella tenía y que a mí la vida me había negado injustamente. Quise ser yo la que dormía todas las noches al lado de aquel hombre, la que llevaba todas las mañanas a los niños al colegio, la que trabajaba en aquel instituto, quise, en definitiva, robar su vida. Y se me ocurrió la más genial idea. Tal vez, si yo me cortara mi brazo, si me convirtiera en manca, como ella, las cosas cambiarían y también yo pudiera conseguir algo parecido a lo que ella tenía. Quizá esa pequeña tara era el precio que ella había tenido que pagar por su felicidad y si le había funcionado, ¿por qué no habría de probar yo? Confieso, no obstante, que tomar la decisión no fue nada fácil. No podía pedirle a nadie que me ayudara a realizar tan repugnante tarea, así que no me quedaba más remedio que hacerlo yo misma. Mil veces estuve a punto y mil veces me eché atrás, hasta que una tarde, por fin, lo hice. Lo había planeado muy sutilmente. Todo tenía que parecer un desgraciado accidente o de otro modo me tomarían por loca. Sabía que Juan, el hortelano, salía con su camión todos los días a las cuatro. Aquella tarde me aseguré de que el camión estuviese bien cargado de mercancía y cuando le vi salir de su casa y dirigirse al vehículo, me recosté en la acera colocando mi brazo detrás de la rueda trasera. Dos veces me pasó por encima. El dolor fue tan insoportable que perdí la consciencia. La recuperé en una ambulancia rumbo al hospital. Cuando me preguntaron cómo se había producido el accidente argumenté que se me había caído la cartera debajo del camión y que al intentar recuperarla no me había percatado de que iba a moverse y me pasó por encima. Nadie puso en duda mi versión y yo conseguí mi objetivo. Mi brazo quedó tan destrozado que tuvieron que amputármelo. Con ello esperaba que comenzara la parte afortunada de mi vida.
Fue una pena, pero no dio resultado. Nadie se fijó en mi, ningún hombre me hizo su esposa ni pude tener hijos a quien cuidar. La mujer manca acaparaba la felicidad y ya no quedaba nada para mí, a pesar de estar en su misma situación, a pesar de haber pagado el mismo tributo. Semejante fracaso fue convirtiendo la envidia en resentimiento, el resentimiento en ira, la ira en odio desmesurado y entonces fue cuando entendí que sólo yo podía terminar con tanta injusticia, no castigándome a mí, si no castigándola a ella. Si yo no podía tener una vida como la suya, no me quedaba más remedio que hacerme con su propia vida. Por eso la esperé aquella noche, escondida entre la oscuridad que envolvía el parque, frente a su casa. La abordé por sorpresa cuando sacaba del bolso las llaves para abrir el portal. Apenas tuvo tiempo para reaccionar. Le eché mi mano al cuello, y aunque se defendió, la fortaleza que todavía conservo de cuando fui hombre pudo más que su inservible lucha y en unos segundos su cuerpo cayó sin vida sobre la acera con un golpe sordo. El resto ya lo saben.
Violeta suspiró y esperó inquieta una respuesta por parte de alguno de los tres hombres que la habían estado escuchando sin dejar de tomar notas en sus ridículos cuadernos.
-¿Cómo se le ocurrió pensar que podía sustituir a la mujer manca? ¿Acaso creyó que el marido y los hijos no se iban a dar cuenta de que usted no era su esposa y madre? -preguntó finalmente uno de ellos.
Violeta le miró con un gesto de burla, como si acabara de escuchar la pregunta más absurda del mundo.
-¿Usted conocía a la mujer manca? - preguntó con un deje de ironía en su voz – Éramos idénticas. Nadie, ni siquiera su familia, podría haberse dado cuenta del cambio. Todo se estropeó porque no me dio tiempo a esconder el cadáver. Eso es obvio, así que, por favor, no hagan preguntas tontas.
Los tres hombre murmuraron algo por lo bajo y dieron por concluida la entrevista.
-Muchas gracias, Violeta – dijo el que parecía más idiota de los tres – espere aquí, en seguida vendrán a recogerla.
-Supongo que me dejarán marchar. ¿O tal vez se les ocurrirá ponerme una de esas estúpidas camisas de fuerza? Tendrán que hacerlo si pretenden dejarme aquí. Yo no estoy loca
Los hombres, sin responder, se levantaron y salieron de la estancia.
-Pobre hombre -comentó uno de ellos – un claro caso de desdoblamiento de personalidad, aparte de otras muchas patologías, por supuesto. Está totalmente chiflado.
-Desde luego – añadió otro – le queda por delante una larga temporada en la institución. Pero puesto que no quiere quedarse aquí dentro tendremos que dejarle pasear por el jardín.

Los otros dos le rieron la gracia a la vez que caminaban por el largo y oscuro pasillo. Mientras, al otro lado de la puerta, Violeta contemplaba el jardín pensando que definitivamente tenía que ser un placer pasear entre sus árboles. Aunque seguro que no tendría oportunidad para ello pues en unos minutos saldría de allí a ocupar el puesto que la mujer manca había dejado libre en la ruta hacia la felicidad.

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