Érase una vez un mundo, a veces bello y maravilloso, a veces hostil y despiadado, donde siempre ocurrían cosas, cosas que quiero contarte...
jueves, 26 de marzo de 2015
martes, 24 de marzo de 2015
EL ÚLTIMO VUELO
Susana se miraba al
espejo con la indiferencia de la costumbre, sin apenas percatarse de
la cruel imagen que el cristal le devolvía: el pelo estropajoso y
sin brillo, la piel ajada y con evidentes síntomas de descolgamiento
prematuro, las pupilas de un azul desvaído que en nada recordaba ya
al color marino de antaño….. Se sentó al borde de la bañera y se
ajustó los pantis con resignación, terminando de vestirse con la
desgana propia de quién no espera nada nuevo. La jornada que tenía
por delante en nada se iba a diferenciar de la anterior, ni de la que
comenzaría mañana, ni, previsiblemente, de ninguna otra que fuera
llegando a lo largo de su insulsa vida.
Se dirigió a la
cocina y se sirvió una generosa taza de café negro, su gasolina
indispensable para poder afrontar los interminables quehaceres
diarios, limpiar la casa, ir a la compra, preparar la comida para dos
hijos adolescentes que la ignoraban y para un marido al que su sola
presencia molestaba…. Se acercó a la ventaba con la taza humeante
entre las manos y miró hacia fuera. Caía una lluvia fina y
persistente y una espesa niebla gris envolvía la ciudad. “¡Qué
día más triste!” pensó, mas de inmediato se dijo que no, que no
era especialmente triste, era simplemente como todos sus días, daba
igual que lloviera o que luciera un sol radiante, que los relámpagos
iluminaran el cielo o que la nieve cayera extendiendo su manto blanco
de seda. Por vez primera sintió una punzada de dolor en su pecho y
un deseo de llorar que se le antojó nuevo y extraño y por primera
vez, igualmente, se atrevió a cuestionar su pobre vida.
Había conocido a su
marido siendo una niña, con apenas quince años, y la ilusión del
cortejo la cegó llevándola a cambiar los libros del bachillerato
por unas promesas de amor hechas a escondidas en las tibias noches de
un verano de fiesta que quedaba ya muy lejano; promesas que quedaron
tiradas en el cajón del olvido cuando el matrimonio convirtió en
rutina el entusiasmo. De pronto se terminaron los besos, los gestos
de cariño, los regalos de cumpleaños…. Pero Susana pensó que así
debía ser, al fin y al cabo el matrimonio conllevaba unas
obligaciones mucho más serias que todos aquellos detalles sin
importancia.
Pronto llegaron los
hijos, pedacitos de su propia persona en cuyo cuidado se volcó de
manera casi obsesiva, olvidándose hasta de sí misma y de aquel
marido que pronto dejó de prestarle atención. Ni siquiera la
reclamaba ya por las noches, aunque eso era lo que menos le
importaba, pues ella siempre había aceptado los juegos amorosos como
una tediosa obligación que debía afrontar sin remedio. Su cuerpo de
mujer hoy entrada en la cuarentena jamás se había sentido vivo.
Un día, cuando sus
pequeños fueron creciendo y comenzaron a necesitarla menos, Susana
quiso rescatar sus sueños de juventud, las pequeñas cosas, o tal
vez no tan pequeñas, a las que había ido renunciando con gusto y
abandonando por el camino en un gesto de generosidad que jamás nadie
le había agradecido. Tal vez fuera el momento de retomar sus
estudios. O quizá pudiera montar algún negocio que le permitiera
aportar algo de dinero a la maltrecha economía familiar y a la vez
matar el tedio de sus horas vacías. Pero cuando se lo planteó a su
marido éste le dijo que ni hablar, que una mujer casada y respetable
no debía hacer más que ocuparse de la familia y de la casa y que
dinero ganaba él bastante, no iba a pasar por la vergüenza de poner
a trabajar a su mujer. Y Susana transigió de nuevo, y de nuevo pensó
que su marido tenía razón, siempre tenía razón, también el día
en que se enteró de que tenía una amante, una muchacha joven y
guapa con la que compartía únicamente momentos felices y a la cual
no importaban nada sus miserias, al fin y al cabo ella ya hacía
tiempo que había dejado de mostrar el más mínimo interés por el
sexo.
Así fueron pasando
los años, demasiado rápido para unas cosas, demasiado lentos para
otras, pero siempre inexorables y firmes, convirtiendo en rutinarias
desde las más bellas ilusiones hasta los más simples gestos, como
las miradas que Susana echaba en el espejo del baño todas las
mañanas mientras se preparaba para afrontar un día más, un día
cualquiera, un momento cualquiera que pasaría sin pena ni gloria a
engrosar la abultada lista de los momentos perdidos, de los días
perdidos, de una vida perdida.
Aquella mañana
húmeda y gris, después de tomar su taza de café negro, Susana
regresó al cuarto de baño y se miró de nuevo al espejo, pero esta
vez sin rutina, sin indiferencia y lo que vio no fue lo que el espejo
reflejó, sino lo que guardaba dentro de sí sin darse cuenta, una
mujer con ganas de vivir, de recuperar el tiempo perdido.
Empezó a tejer son
sutileza unas alas con las que echar a volar, discretamente y en
silencio. Fraguó la huida sin que nadie se diera cuenta, tan poca
era la atención que le prestaban. En la peluquería arreglaron su
pelo, en el salón de belleza devolvieron la tersura a su piel, en la
tienda de la esquina se compró ropa bonita y su ilusión y su empeño
devolvieron el azul intenso a sus ojos desvaídos. Y el espejo, todas
las mañanas, le devolvía generoso la imagen real en la que se
estaba convirtiendo, la imagen que siempre deseó ver y que siempre
le fue negada.
El día en que se
atrevió a disfrazar su cobardía de coraje se levantó temprano,
metió unas pocas pertenecías en una maleta, se tomó su café de
todas las mañanas y por unos instantes se sentó en el sofá de la
sala y se dedicó a recordar. Por su mente pasaron retazos de su vida
como si de una
sucesión de fotogramas
se tratara. “Dicen que esto es lo que ocurre cuando uno se ve cerca
de la muerte” pensó, y no le faltaba razón, porque si bien ella
no se iba morir, sí que iba a dejar atrás aquello por lo que hasta
entonces había vivido y que tan pocas satisfacciones le había
reportado. El amor de su marido, su odio, su indiferencia; el cariño
de sus hijos, su desapego, su indiferencia; sus propias ilusiones, su
indiferencia…..sus ganas de volar.
Recorrió la estancia
con la mirada antes de levantarse. Cuando lo hizo tomó papel y lápiz
y garabateó unas letras: “Me voy, no intentéis buscarme, no
pienso volver”. Depositó la nota encima de la mesa de la cocina y
sin sentir el más mínimo atisbo de nostalgia ni remordimiento tomó
su maleta y salió de la casa. Cuando escuchó el ruido sordo de la
puerta al cerrarse sonrió y respiró aliviada por primera vez en
mucho tiempo. Había terminado de tejer sus alas y con la seguridad
que le daba la satisfacción de estar a punto de conseguir sus
anhelos hizo lo que siempre había deseado hacer: volar
domingo, 22 de marzo de 2015
HISTORIAS DE UN VECINDARIO
Os dejo aquí un capítulo de una de mis novelas publicadas. Espero que os divierta. Si alguien estuviera interesado en hacerse con ella me puede enviar un privado por facebook.
Alonso Ardavín salió de la tienda de Olvita absolutamente
satisfecho por el trabajo realizado. En el fondo sabía, dados los
antecedentes que obraban en su poder, que no le sería demasiado
difícil desenmascarar a aquella impostora. Tenía pruebas
suficientes para empaquetarla bien empaquetada, pero había querido
comprobar con sus propios ojos hasta dónde llegaba el descaro de
aquella mujer, sobre todo desde la última denuncia que había
presentado en el Colegio de Médicos un tal Arnulfo Pasolini y que él
mismo había recogido. Ahora únicamente se tenía que entrevistar
con dos de las afectadas, elegidas por el director del Colegio
considerando la gravedad de los hechos: Cornelia Argüelles, que era,
a la postre, la dueña del salón de baile, barra americana y única
pensión que había en el pueblo y en la que él mismo se hospedaba,
y una tal Antoñita García, apodada Pasión al parecer por los
muchos varones a los que había calentado la cama a lo largo de su
vida, detalle éste que no le interesaba en absoluto, pero que
alguien se había molestado en incluir en el resumen de las muchas
denuncias interpuestas.
Esa misma noche, cuando bajó a cenar un frugal refrigerio
consistente en un poco de tocino frito, un par de huevos con dos
chorizos y un plato de patatas fritas suficientes para reventar el
estómago de un cavador, Alonso aprovechó para solicitar una
entrevista con la dueña del negocio, a lo que la camarera, una negra
entrada en años y en carnes, le contestó que tenía que consultar
la agenda de su ama para ver si estaba libre de ocupaciones esa noche
y tenía a bien recibirle. Esperó Alonso el regreso de la sirvienta
dando buena cuenta de la suculenta cena y cuando a punto estaba de
tragar el último bocado, apareció de nuevo la negra haciéndole
saber que Doña Cornelia estaría encantada de recibirle en el
saloncito azul, donde compartirían un delicioso café traído
directamente de Colombia.
El saloncito en cuestión no era más que una habitación oscura y
sin ventilación cuyas paredes aparecían forradas de una consistente
tela azul llena de lamparones. Por mobiliario una vieja mesa baja,
dos o tres estanterías medio vacías y dos butacas orejeras a las
que hacía falta un buen tapizado. En una de ellas estaba sentada una
mujer de edad indefinida cuyo rostro evidenciaba todavía la belleza
de la que seguramente gozara si no fuera por el hundimiento de sus
labios. Sonrió al caballero y de esa manera mostró su dentadura
hueca que le daba un aspecto extraño.
-Siéntese por favor – le dijo amablemente – he dado orden a la
mucama para que nos sirva el café en breves instantes. Tengo
entendido que se aloja en mi pensión y que desea hablar conmigo,
pues usted dirá en qué puedo servirle.
Alonso se sentó en el sillón orejero que quedaba justo en frente al
que ocupaba la mujer y no se anduvo con muchos rodeos. Aquel cuarto
azul lo agobiaba y deseaba terminar la conversación que lo había
llevado allí cuanto antes.
-¿Conoce usted a Olivita Torres?
-Si viene de parte de ella ya puede usted largarse. Estoy harta de
sus monsergas – contestó Doña Cornelia con evidentes signos de
inquietud, incluso de ira mal contenida.
-No por Dios, nada de eso. Soy representante del Colegio de Médicos
y estoy investigando las atrocidades de esa mujer. La negligencia que
cometió con usted es una de las más graves y simplemente quería
que me relatara lo que considere conveniente sobre su caso. Me gusta
tener información de primera mano.
En ese preciso instante la criada entró con la bandeja de café y la
depositó en la mesita.
-Gracias Marciana, puedes retirarte, yo misma sirvo el café. A veces
pienso que la culpa la tuve yo por acudir a ella – comenzó a decir
Doña Cornelia mientras derramaba el humeante café en las tacillas
de porcelana china – pero en los momentos de desesperación....ya
sabe usted, podemos llegar a actuar de la manera más ilógica. Hacía
unos días que sufría de dolor de muelas que iba calmando con
aspirinas, pero la noche del viernes al sábado aquel dolor lacerante
se volvió insoportable. Ni si quiera las aspirinas tomadas de dos en
dos conseguían hacerlo desaparecer. Mi dentista estaba de viaje y yo
necesitaba sacarme aquella muela como fuera. No se me ocurrió mejor
cosa que buscar ayuda en Olivita. Debí de volverme a mi casa cuando
me dijo que me quitaba la muela de mil amores, pero que tenía que
pedir instrumental a Luisíñolo pues ella no tenía. Luisíñolo es
el herrero que vive dos casas más abajo y que se dedica
fundamentalmente a herrar burros y caballos. Ella regresó de la
herrería con unas tenazas de considerables dimensiones y se puso
manos a la obra. Ni siquiera me preguntó cuál era la muela
afectada, me hizo abrir la boca y me la arrancó así en vivo, sin
anestesia ni nada. No se imagina usted el dolor que sentí, la sangre
salía a borbotones y en seguida de mi cuenta de mi error. Pero lo
peor fue cuando al llegar a mi casa me percaté de que no me había
quitado la muela que me dolía sino la de al lado. Imagínese. Pasé
el fin de semana más horrible de mi vida. Cuando el lunes acudí a
mi dentista tenía una infección de caballo provocada por las
bacterias que contenían las tenazas con las que aquella desgraciada
me quitó la muela. Como consecuencia de la misma he perdido la
mayoría de mis piezas dentales y he tenido que aumentar el negocio
para poder pagarme una buena dentadura postiza, pues todo lo que
tenía ahorrado se me fue con esta historia. Créame usted que una
mujer de mi posición en la vida hubiera regentado una barra
americana si no fuera por una necesidad grave. En cuanto consiga el
dinero que me hace falta la cierro.
-La entiendo perfectamente. ¿Y no ha pensado en reclamarle daños y
perjuicios?
-Para qué. He interpuesto un montón de denuncias contra ella, pero
la muy ladina tiene buenos contactos en los juzgados y siempre sale
de rositas. Lo único que quiero es volver a ser la de antes y
olvidarme de este horrible episodio para siempre. Me ha trastocado la
vida. ¿Usted se cree que me gusta tener la casa como la tengo? Los
muebles medio desvencijados, las paredes con este papel lleno de
mierda....que va, pero ahora mismo no puedo hacer otra cosa más que
ahorrar para tener mi sonrisa de antes.
-Créame que lo siento. En fin, ya me ha dicho usted suficiente y le
estoy muy agradecido. No debe ser agradable recordar esos horribles
episodios de su vida.
-Claro que no, pero si sirve para darle a esa vieja zorra su
merecido.... en fin, yo también me voy a retirar a mis aposentos.
Por cierto ¿le ha gustado el café?
-Realmente delicioso.
*
Entretanto, Olivita consultaba con afán su enciclopedia médica,
aquella que le había comprado a plazos a un vendedor que había
aparecido un buen día por su tienda y esta vez se sorprendió de lo
pronto que llegó a un diagnóstico. La madre de Don Alonso padecía
candidiasis intertriginosa, una enfermedad cutánea que se
caracterizaba entre otras cosas, a las que por supuesto no dio
importancia, por las pústulas purulentas y el prurito, síntoma este
último que a aquellas alturas nuestra versada en medicina no había
conseguido averiguar lo que era. La dolencia podía ser consecuencia
de falta de higiene, obesidad o diabetes. Se inclinó por eso último,
pues le parecía poco probable que la madre de un señor tan educado
y elegante fuera puerca o gorda. No encontró explicación alguna al
hecho de que las lesiones se agravaran con la niebla o la tormenta,
pues precisamente en la enciclopedia se señalaba que tal
agravamiento iba ligado a la estación seca, pero de nuevo obvió ese
pequeño detalle que a su juicio no llevaba a ninguna parte. Se
concentró entonces en buscar solución a la enfermedad y
efectivamente dio con ella: loción a base de detergente o gel tópico
formulado con sulfuro de selenio. No sabía qué era el sulfuro de
selenio ni falta que le hacía, pero detergente y gel...de eso había
a raudales en su tienda. Echó una cucharadita de detergente barato
de lavadora en un botecillo de cristal y lo mezcló con gel de baño
del peor que vendía en la tienda. Completó la mezcla con unas
gotitas de aceite de ricino y un chorrito de agua. Luego guardó el
frasco en la nevera, convencida de que Don Alonso iba a quedar
gratamente sorprendido de su eficiencia.
*
Alonso Ardavín pospuso la visita que tenía pensado hacerle a
Antoñita Pasión hasta el último día. Había llegado a sus oídos
que la mujer era un poco lela y que a pesar de todo lo ocurrido entre
ambas conservaba una muy buena relación con Olivita Torres. Siendo
así, no quería que Antoñita pusiera sobre aviso a la otra de su
visita ni de sus verdaderas intenciones, por lo que se presentó en
casa de la esposa de Piero el mismo día que había quedado en
regresar a la tienda de Olivita a buscar los resultados del examen
médico a distancia que aquélla se había comprometido a realizar a
su madre.
Llamó a la puerta con tres golpes suaves, pero firmes, y al poco le
abrió la puerta una mujer pequeña, entrada en carnes, pero hermosa,
con los ojos más bellos y dulces que hubiera visto en su vida.
-Buenos días, disculpe ¿vive aquí Antoñita.... eh...Antoñita?
-no recordaba Alonso un apellido tan simple como García, en parte
porque se le venía a la mente el apodo de “Pasión”, en parte
porque la visión de aquella mujer lo dejó un tanto desconcertado.
-¿Antoñita García, más conocida como Antoñita Pasión? Esa soy
yo misma. - respondió la mujer.
El desconcierto inicial del hombre aumentó unos cuantos puntos.
Nunca se hubiera imaginado que la mujer que buscaba fuera poseedora
de semejante belleza.
-Si, esa es la mujer que busco. Eh..... verá, necesitaba hablar con
usted unos minutos.
Antoñita dudó unos segundos. No sabía muy bien el motivo, pero
desde que le había abierto la puerta a aquel hombre sentía un
cosquilleo en salva sea la parte, como cuando estaba soltera y se
dedicaba a dar cariño a los mozos en el pajar de la parte de atrás
del salón de baile. No podía ser, era una mujer casada y le debía
fidelidad a su esposo. Si dejaba entrar en su casa al caballero que
tenía delante era probable que no pudiera hacer otra cosa que dar
rienda suelta a sus instintos.
-¿Hablar de qué? -preguntó – no está mi marido y no sé si será
correcto dejar pasar a un hombre a mi casa.
El
decoro del que hacía gala la buena mujer despertó todavía más el
incipiente interés que Alonso comenzaba a sentir y fue por ello que
no le quedó más remedio que insistir para que lo dejara entrar en
la casa y mantener una conversación con ella que, sin lugar ha
dudas, resultaría muy interesante.
-No se preocupe – le dijo – no traigo malas intenciones, sólo
deseo hablar de Olivita, la tendera. Soy delegado del Colegio de
Médicos, me han encargado una investigación por ciertos hechos nada
agradables y pienso que usted tiene algo que contarme.
Antoñita miró al hombre durante unos segundos, recelosa y tímida,
mas enseguida pensó que aquella era la mejor ocasión para limpiar
la reputación de la buena de Olivita, que siempre se había portado
tan bien con su familia y a la que ahora atacaban por todos los
flancos por culpa del metiche de su cuñado. Franqueó la entrada a
Alonso y lo hizo pasar a la salita, donde sus tres hijos pequeños,
milagrosamente, se entretenían en dibujar unos bellos paisajes en
papeles de periódico pasados de fecha.
-Niños, salid a jugar al patio, que hace muy buen tiempo. Yo tengo
que hablar con este señor.
Obedecieron los pequeños sin rechistar, mas mientras los dos mayores
se dedicaban a dar patadas a un balón, Catarino pegó la oreja a la
puerta de la sala, muerto de la curiosidad por la conversación que
su madre iba a mantener con aquel desconocido.
-Dígame usted, ¿qué quiere que le cuente? Pero siéntese,
siéntese, no se quede de pie, disculpe mi torpeza.
Se
acomodó Alonso en el sofá marrón, al lado de Antoñita, y
comenzaron la conversación.
-Tengo entendido que la tal Olivita le ha prestado servicios médicos
en más de una ocasión.
-Si...bueno....ella sabe mucho de esas cosas, de hecho creo que la
mayoría de los niños del pueblo nacieron gracias a ella. Es partera
¿sabe usted? Y además es muy estudiosa y con el tiempo aprendió no
sólo a traer niños al mundo sino otras cosas relacionadas con la
medicina. No puedo decir nada en contra de ella, a mi familia siempre
la trató muy bien.
-Pues a mí me han dicho lo contrario. Según mis informes cuando
usted dio a luz a su quinto hijo estuvo a punto de morir por la
absurda pasividad de esa mujer, que por cobrar una importante
cantidad de dinero, no fue capaz de admitir que el niño venía mal y
que era necesario llamar al médico. Por otra parte también tengo
conocimiento de que hace bien poco ejerció de psicóloga para su
hijo con nulos resultados, cobrándoles, igualmente, más de la
cuenta.
-¿Quién le ha contado eso? Mi cuñado ¿verdad? Él no la puede
ver, por eso dice esas cosas sobre ella.
-¿Insinúa usted que lo que su cuñado me ha contado es mentira?
-Bueno, lo del parto fue un descuido y lo del niño..... hacía
preguntas muy raras y después de las sesiones con Olivita dejó de
hacerlas.
-Quiero hablar con el niño, si es usted tan amable.
-No creo que sea necesario, el niño....
-Olivita es una vieja puta - manifestó a voz en grito Catarino a la
vez que abría de pronto la puerta de la salita – y a mi hermano
sólo le mandaba dibujar, y le hacía preguntas sobre mis padres, que
dónde guardaban el dinero y cosas así. Mi tío Arnulfo dice que es
una vieja puta.
-Me parece que tengo ya las cosas bastante claras -dijo Alonso
levantándose después de escuchar al pequeño – a esa mujer se le
va a caer el pelo. Buenas tardes, señora, un placer charlar con
usted.
-¡Espere! No se vaya. ¿Qué puedo hacer para evitar todo esto? -
rogó Antoñita.
-¿Qué quiere decir?
-No quiero que perjudiquen a Olivita. Puede que tenga sus fallos
pero....tengo miedo de que tome represalias contra nosotros si le
ocurre algo. Estoy dispuesta a hacer lo que sea a cambio de que no
salga perjudicada de todo este lío.
De
pronto Alonso vio en aquel ofrecimiento la posibilidad de saciar sus
ansias de mujer, de aquella mujer que, sin saber por qué, le
zarandeaba los sentidos.
-¿Qué estaría dispuesta hacer? -preguntó con su voz más
sugerente.
-Le dejo elegir -contestó Antoñita a la vez que obsequiaba al
hombre con una sensual caída de párpados.
Y
eligió, vaya si eligió.
jueves, 19 de marzo de 2015
DÍAS DE ENSUEÑO
Mamá se murió una soleada tarde marzo, cuando la incipiente
primavera comenzaba a hacer brotar de nuevo la vida. Sus últimos
meses habían transcurrido a mi lado, pues cuando la atacó la
enfermedad y no se pudo valer por sí misma, no me quedó más
remedio que llevarla conmigo para poder atenderla como era debido. Y
digo que no me quedó más remedio porque mi madre y yo nunca nos
llevamos bien. Recién cumplidos los veinte años, harta de nuestros
continuos enfrentamientos, hice las maletas y me marché bien lejos,
a la capital, donde el bullicio y las prisas me permitieran olvidar
el pueblo y toda mi existencia anterior, incluida a ella, a mi propia
madre. Siempre fui consciente, sin embargo, de que una de las causas
de mi inquina hacia ella fue el resentimiento que me horadó el
corazón por no permitir que me despidiera de mi padre.
Aquel verano, el verano de mis doce años, fue el último que pasé
con papá. Y fue especial, tan especial que no pasó un día de mi
vida sin que asomara a mi mente el recuerdo de aquellas semanas. Mi
padre nunca fue muy cariñoso. Era un hombre rudo, tosco, un hombre
de campo que llegaba por las noches a casa oliendo a tierra y a
hierba seca, cansado del trabajo y sin muchas ganas de cuentos.
Cenaba lo que mamá le ponía en la mesa y se sentaba un rato a ver
la tele, aunque la mayoría de las veces acababa durmiéndose en el
sofá y cuando despertaba se marchaba a la cama refunfuñando. Así
era su vida un día tras otro.
Un día de aquel verano, papá me preguntó si quería acompañarle a
pescar al río. Él iba con frecuencia, pero jamás me había
invitado, así que, gratamente sorprendida y sin saber a ciencia
cierta si sería muy de mi agrado el tema de la pesca, le dije que
sí. Me enseñó a poner el cebo en el anzuelo, a lanzar el hilo de
seda que surcaba el aire con un silbido tenue que me recordó al
viento, a desprender de la caña las truchas que se agitaban
inútilmente en un vano intento por esquivar la muerte, y cuando
regresamos a casa, al anochecer, juntos cocinamos nuestros tesoros
robados al río. Aquella noche, en la oscuridad de mi cuarto,
observando en el techo las extrañas formas que reflejaba la luz de
la luna, fui consciente por primera vez de que papá, a pesar de su
carácter huraño, me quería. Y yo, a mi vez, le amé mucho más de
lo que ya le había amado hasta entonces.
Aquella sensación de amor paternal se fue haciendo más intensa
durante las semanas siguientes. Mi padre no desaprovechaba instante
alguno para estar conmigo, incluso robando momentos a sus duros
quehaceres en el campo. Juntos cazamos grillos, compramos golosinas
en la tienda de la señora Martina, me llevó a la era montada en la
carretilla e incluso un domingo fuimos al cine, en la ciudad. Fueron
los días más felices de mi vida.
A principios del mes de septiembre, como todos los veranos, me fui a
pasar unos días a casa de mis tíos, que vivían en un pueblo de la
costa, a disfrutar un poco de la playa y de los últimos rayos del
sol. Antes de subir al tren, mi padre me abrazó con fuerza y después
de darme un sonoro beso en la mejilla me dijo:
-Te quiero, lagartija, no lo olvides nunca.
Fue la primera vez y la última que me declaró su cariño. Cuando
regresé de mis vacaciones papá no estaba en casa, ni en el campo,
ni siquiera estaba ya en la vida. Papá se había muerto de un
infarto fulminante. Cuando escuché a mi madre darme la noticia solté
un grito desgarrador y llorando desconsoladamente le reproché el no
haberme avisado. Me dijo que no quería hacerme sufrir, como si no
fuera sufrimiento regresar al hogar y enterarme de que mi padre
estaba bajo tierra y que jamás podría disfrutar de nuevo de su
compañía. La odié por ello y ese odio me acompañó toda mi vida.
Hoy sé que de manera injusta.
Con la muerte de mi madre, el arreglo de papeleos me llevó a
regresar al pueblo a buscar una partida de defunción de mi padre,
mas para mi sorpresa, en el registro civil me comunicaron que allí
no constaba defunción alguna a nombre de Constantino González.
Supuse que tenía que ser un error así que, una vez en nuestra casa
de antaño, me puse a revolver todo papel que encontré a ver si, de
casualidad, mamá había guardado algo relacionado con el deceso, por
lo menos una esquela, pero mi búsqueda no dio fruto alguno. Durante
unos días le di vueltas una y otra vez al problema que se me
presentaba hasta que algo en mi interior me dijo que tal vez mi padre
no se hubiese muerto, al fin y al cabo yo jamás había visto el
cadáver.
Supe que la única que podía disipar mis dudas era mi tía Virtudes,
la que vivía en la costa y a ella acudí dispuesta a descubrir lo
que fuera, incluso una verdad cuya cada vez más tangible posibilidad
me daba miedo. No hizo falta insistir mucho para que mi tía
hablara. Hacía ya tantos años que había ocurrido todo que ya no
tenía sentido guardar el secreto.
-Es verdad, tu padre no murió, se enamoró de otra mujer y os
abandonó a tu madre y a ti. Aquellas semanas que vivió intensamente
a tu lado, de las que tú tanto hablas todavía y mantienes vívidas
en tu memoria, sólo fueron el preludio de su despedida silenciosa.
Él ya le había dicho a tu madre que se iba, que se iba muy lejos
con aquella mujer y que no volvería jamás. Le rogó que le
permitiera pasar contigo aquellos días y ella, haciendo un esfuerzo
sobrehumano, accedió, al fin y al cabo tú también eras su hija,
aunque desde luego él no se merecía tal deferencia. Luego, cuando
finalmente se marchó, tu madre nos hizo prometer a todos que jamás
te contaríamos la verdad. Sabía que le querías ciegamente, y que
seguramente, a la larga, te dolería menos su muerte que sentirte
abandonada. Él vive en Francia y allí tiene otra familia.
Salí de aquella casa con el corazón oprimido por la angustia. En
apenas unos segundos mis ojos se habían abierto a una realidad
cruel. Los días de ensueño al lado de mi padre habían sido sólo
una quimera absurda, una ilusión ciega que me había llevado a
despreciar a quien con mucho esfuerzo había conseguido lanzarme a la
vida. Pero ya era tarde para pedir perdón. Seguirá siendo tarde
para siempre.
martes, 17 de marzo de 2015
SILENCIOSA DESPEDIDA
EL
La
vi hacer las maletas a través de la ventana de su habitación,
escondido yo entre las azaleas que adornan su jardín, como si fuera
un cazador esperando su presa. No lo pude evitar, me sentía, me
siento, demasiado atraído por ella como para estar cerca y no
prestarle atención
La
noche anterior habíamos acudido a una cena familiar y la ignoré
deliberadamente, ni una mirada, ni una sonrisa, apenas dos palabras
cuando nos retiramos. Permaneció sentada en su esquina, mirando con
expresión ausente a aquellos que la rodeaban y se divertían, en
medio de una algarabía que parecía no ir con ella. Ardía yo en
deseos de ir a su lado, de sacarla a bailar, de rodear con mis brazos
su cuerpo para que me trasmitiera aquella calidez que parecía emanar
de su piel canela y llamarme con desesperado frenesí. Tal vez por
ello fue que tuve que ignorarla. Temía que al prestarle la más
mínima atención, mis gestos me delataran y todos se dieran cuenta
del deseo que me consume cuando estamos cerca.
Todo comenzó unos días atrás, o tal vez unos meses atrás, quizás
incluso en el momento exacto en que nos conocimos, el cual se pierde
en mi memoria amontonado entre los recuerdos de la infancia. La vi
apoyada en la columna del porche, al fresco de la noche, sola. Los
niños dormían y el marido se había tenido que marchar por motivos
de trabajo. Me acerqué a ella y cuando me vio me sonrió. Me invitó
a un café o a una cerveza que rechacé. No debía entretenerme
mucho, mi mujer me esperaba en casa, pero aquella oportunidad no
podía perderla.....estaba sola.
En mitad de una conversación trivial, aprovechando un silencio, me
acerqué a ella y rodeando su cintura con mis brazos la atraje hacia
mi y me atreví a besarla. No opuso resistencia, al contrario, sus
labios se entreabrieron y dejaron que mi lengua explorara su boca,
agitando su respiración. Cuando nos separamos me sonrió y me miró
con ojos pícaros. No dijo nada, yo tampoco. Volví a besarla y
deslicé mi mano a través de la fina tela de la camiseta que vestía,
acariciando sus pechos y arrancándole un leve gemido. El sonido de
mi móvil rompió el hechizo. Mi mujer se preocupaba por mi tardanza.
-Vete – me dijo – te está esperando impaciente.
Me hubiera gustado suplicarle, rogarle que me dejara dormir a su lado
esa noche, pero sólo fui capa de sugerirle que me acompañara hasta
el coche. Lo hizo y al lado del portal volvimos a besarnos. Luego me
fui y ella me acompañó ocupando todo mi cerebro, todo mi corazón,
cada centímetro de mi piel que se erizaba con sólo imaginarla.
Esta tarde la dejé marchar sin siquiera despedirme. La vi meter las
maletas en el coche y emprender el viaje al lado de sus hijos, al
encuentro con su marido, con otra vida en la que yo no pinto nada. Sé
que volverá pronto, sé que volveré a besarla y me corresponderá y
también sé que probablemente no ocurrirá nada más entre nosotros.
Somos demasiado cobardes o tal vez demasiado cuerdos y yo no puedo
hacer otra cosa que desearla en silencio, así, de la misma manera
que la he dejado marchar.
ELLA.
Le he visto como me observaba entre las azaleas, pero he fingido no
darme cuenta de su presencia. Tengo la cabeza hecha un lío, sumida
en una lucha encarnizada entre la pasión que me provoca su sola
presencia y la lógica aplastante de nuestras vidas. Me digo una y
otra vez que nada es posible entre nosotros. Lo conozco desde que
era un niño y casi un niño sigue siendo a mis ojos de mujer madura.
No puedo permitir que se derrumben su matrimonio ni el mío, y sin
embargo sacude mis sentidos en una atracción de deseos inconfesables
No sé por qué no me sorprendieron sus besos de aquella noche. No
puedo decir que los esperara, pero tampoco me parecieron extraños.
Me gustó sentir sus labios sobre los míos, su lengua que se abría
paso en mi boca, el batir de las alas de las mariposas en mi
estómago.... Me gustó darme cuenta de que todavía soy capaz de
levantar pasiones, de hacer tejer sueños prohibidos en la mente de
aquél que no debe soñar conmigo. La inconsciencia del momento casi
me lleva a pedirle que ocupara el hueco vacío que aquella noche
habría en mi cama, pero pudo más el miedo a que aceptara que la
ilusión de un encuentro furtivo a la luz de una luna descarada que
se adivinaba cómplice de nuestra locura.
Hace unos días, durante una cena familiar, me ignoró por completo.
Ni una vez sentí sus ojos sobre mí, ni una palabra susurrada a
escondidas... Confieso que me sentí un poco desilusionada, me
hubiera gustado disfrutar de nuevo de un encuentro clandestino, pero
es demasiado peligroso. No quiero imaginar el revuelo que se podría
armar en la familia si se descubriera que hay algo entre nosotros.
Yo, la madre y esposa amantísima y él, el hermano pequeño de mi
marido, recién casado y aparentemente feliz. Acaso la felicidad en
estos casos no deja de ser la apariencia necesaria que esconde el
submundo real en el que casi todos viven pero nadie conoce... qué sé
yo. Creo que, pensándolo bien, lo nuestro es simplemente
consecuencia inevitable de la conjunción de dos factores, la desidia
que acompaña la rutina y la curiosidad que provoca lo nuevo.
Sé
que esta tarde me vio partir sin atreverse a despedirse de mi. No
importa. Dentro de nada volveré y él seguirá estando ahí. Desearé
estar a su lado, provocaré su caricia furtiva, sus besos a
escondidas y no ocurrirá nada más, aunque él lo desee, aunque lo
desee yo, continuaremos siendo demasiado cobardes o demasiado cuerdos
y no nos quedará otra opción que seguir deseándonos en silencio,
así, de la misa manera que hoy me ha dejado marchar.
lunes, 16 de marzo de 2015
VIAJE SIN FINAL
Tengo la seguridad de que
todo va a cambiar, pero con este ruido no consigo oír ni mis
pensamientos. Llevo dos horas parada en esta autopista y tan sólo
consigo pensar en los ojos azules del conductor, al que espero volver
a ver pronto cuando por fin pueda bajarme de este maldito trasto. El
bus comienza a moverse un poco, pero lo hace tan lentamente que me
pone nerviosa, muy nerviosa, aunque no hay motivo para ello, no tengo
prisa en llegar a mi destino, nadie me espera, ni siquiera sé con
seguridad cuál es mi destino, puede que me apee al final del
trayecto, o que decida quedarme en la primera parada. El caso es
escapar del infierno en que se ha convertido mi vida, ya no soporto
más sus golpes, sus desplantes, sus miserias. Necesito cambiar,
olvidar, sentir que valgo mucho más de lo que él me dice y no he
visto más salida que alejarme
El ruido de la
música se me hace insoportable por momentos. Me levanto y le pido al
conductor que baje un poco el volumen, me mira un segundo y me dejo
envolver de nuevo en la absurda ilusión que me provoca el azul de
sus ojos, pero él lo ignora y sin mediar palabra hace lo que le
pido. Es guapo, realmente guapo y su cara me suena, sé que lo he
visto en algún lugar pero no consigo recordar dónde, tampoco
importa demasiado, en realidad nada importa salvo escapar.
El bus sigue
avanzando lentamente, miro el reloj y me doy cuenta de que ya
deberíamos haber llegado al final del viaje y sin embargo todavía
no ha hecho la primera parada. Esto es desesperante. No consigo
apartar de mi mente la posibilidad de que mi marido me persiga y me
de alcance si este trasto continúa parado mucho tiempo más.
Por fin rebasamos el
obstáculo que impedía nuestra marcha, un accidente brutal. Los
bomberos están intentando rescatar a alguien del interior de unos
coches. Vuelvo la cabeza hacia el otro lado, ya me es suficiente con
soportar mi propia tragedia, pero las luces de las ambulancias
parecen decirme que no, que no puedo evadirme de la realidad, que
está ahí fuera, tan cerca que sólo me separa de ella el fino
cristal de la ventanilla. Son muy puñeteras las luces de las
ambulancias, también las sirenas, ambas desgraciadas y asiduas
compañeras en estos últimos meses, compañeras mías y compañeras
también de los golpes que desfiguraban mi rostro y ajaban mi menudo
cuerpo.
Recorremos unos
cuantos kilómetros a velocidad normal. De pronto el autobús se
desvía a la derecha, entramos en una pequeña ciudad y aparca en una
gris y lúgubre estación.
-Haremos una
parada de media hora – dice el conductor a voz en grito –si
quieren pueden aprovechar para comer algo, ir a los baños o estirar
las piernas.
La gente
comienza a levantarse y a bajar del bus. Yo me mantengo acomodada en
mi asiento hasta que queda vacío. Dudo qué hacer pero finalmente
opto por bajarme también e ir a la cafetería a tomar algo caliente.
Es una estancia oscura y sucia que invita más bien poco a permanecer
allí mucho tiempo, pero no hay otra cosa. Me siento en un rincón
apartado, pero de pronto me doy cuenta de que el conductor está
sentado en la barra, revolviendo con parsimonia y un café y me
acerco a él.
-Hola – le digo
–¿Por casualidad no serás de Cuenca? Es que me parece haberte
visto por la ciudad, haciendo fotos, como si fueras reportero o algo
así.
El muchacho me
mira como si fuera estúpida y me responde igualmente como si se
estuviera dirigiendo a una estúpida:
-¿Te crees que
si fuera reportero iba a estar conduciendo un bus?
-Bueno... ya. En
realidad lo de ser reportero ha sido una apreciación mía, bien
podía ser que sólo estuvieras haciendo fotos por afición.
-Pues no, no era
yo, la fotografía no está entre mis hobbies.
Parece que no
tiene muchas ganas de hablar así que me vuelvo a mi esquina, me tomo
mi café mientras observo sus movimientos y cuando termino me vuelvo
al bus.
Es de noche y hace
frío. Me acurruco en mi asiento y me tapo con mi cazadora forrada de
borreguillo. Cierro los ojos e intento dormirme pero no lo consigo.
Entonces entra el conductor y se dirige a mi asiento, se sienta a mi
lado y me habla.
-Oye tía siento
haberte contestado como lo hice en la cafetería. Hoy no es un buen
día.
Me mira mientras me
habla y pienso una vez más que es muy guapo y que no estaría mal
acostarse con él. A lo mejor es tierno, cariñoso y puede incluso
que ponga empeño en que el asunto nos guste a los dos.
-No te preocupes –
le contesto mientras intento apartar de mi cabeza tan perversos
pensamientos- Yo tampoco estoy en mi mejor momento.
-Vivo en
Cuenca, si quieres, cuando vuelvas, podemos quedar un día y tomarnos
un café.
-No voy a
volver a Cuenca nunca más – le digo – mi marido me maltrata y
tengo que escapar lejos, lo más lejos posible, dónde él no pueda
encontrarme nunca. Pero sí que me gustaría verte de nuevo, y me
gustaría también hacer el amor contigo y sentir unas manos que me
acarician... hace tanto tiempo que no las siento....
La puerta de la
habitación se abrió de repente y Celia escondió debajo de la mesa
el papel con la historia que estaba escribiendo, pero cuando vio que
era él, sonrió y se lo tendió.
-Hola Celia ¿cómo
estás? ¿Escribiendo otra vez? Muy bien, así me gusta. Escribes muy
bien, me encantan tus cuentos. ¿Sabes que los tengo todos guardados
en una carpeta?
Celia no
contestaba, nunca lo hacía, simplemente esbozaba una tímida sonrisa
y se ponía a escribir de nuevo, mientras su marido, sabedor de sus
males y de sus secretos, le acariciaba el pelo y con gesto cansino se
sentaba a su lado y leía aquel relato que era siempre el mismo.
Luego lo doblaba con cuidado y lo guardaba en su carpeta azul,
mientras recordaba una vez más el tiempo en el que la vida les
sonreía y Celia y él eran una pareja feliz.
Aquella noche,
hacía ya muchos años, Celia había tomado un autobús para visitar
a una amiga que necesitaba su ayuda, una mujer a la que su marido
maltrataba y estaba en el hospital víctima de una brutal paliza,
pero nunca llegó a su destino, un fatal accidente se cruzó en su
camino y dejó su vida pendiente de un hilo. Cuando volvió en sí
una parte de su mente se había quedado en algún lugar desconocido e
inaccesible y jamás regresó. Desde entonces su limitada existencia
consistía en pasar las horas delante de su escritorio escribiendo
siempre la misma historia, increíblemente lúcida, increíblemente
real, pero fruto de su imaginación enferma.
Jonás se inclinó
y besó a su mujer en la mejilla. Ella cesó por un instante en su
incansable labor escritora y le miró. Se quedó, una vez más,
prendada de aquellos ojos azules y pensó, una vez más, que había
tenido mucha suerte. El conductor del autobús se había quedado a su
lado.
domingo, 15 de marzo de 2015
EL OTRO AMOR
-¿Me alcanzas un vaso de agua, por favor?
Mara abandonó por unos segundos su bordado, se levantó, se dirigió
a la cocina y al poco rato regresó al salón con el vaso de agua que
le había pedido su marido. Se lo acercó con una sonrisa y,
sentándose de nuevo en el mullido sofá de piel marrón, continuó
con su labor, mientras él se entretenía pintando un cuadro que
probablemente no terminaría nunca y la televisión mostraba imágenes
y emitía sonidos a los que ni uno ni otro prestaban atención. No
era más que una forma de paliar los incómodos silencios que se
asentaban entre ambos cuando estaban juntos, pero solos, casi todas
las tardes de casi todos lo días de su vida.
Mara era consciente de que el amor habían abandonado su casa y su
lecho hacía ya mucho tiempo, lo fue desde el instante en que supo
que ya era hora e cambiar de vida y decidió marcharse con la maleta
vacía, sin llevarse ni siquiera los recuerdos de una etapa que, a
pesar de todo, tuvo sus buenos momentos. Pero entonces llegó aquel
accidente inesperado y todo cambió, todo tuvo que cambiar, no hubo
más remedio. Rafa, el amor de su vida, aquél por el que había
renunciado a tanto y por quién lo había dado todo, aquel a quién
quería pero había dejado de amar asediada por la rutina y el
desencanto, aquel al que estaba a punto de decir adiós, se había
quedado, de pronto, atado a una silla de ruedas y a unos dolores que
sólo a veces daban tregua. Ya no podía dejarlo, no podía marcharse
y echarlo de su vida como si tal cosa, no podía. Se resignó a vivir
una vida que no le pertenecía, a sonreír cuando deseaba llorar, a
mirar un futuro que no existía, se resignó a morir un poquito cada
día al lado de un hombre al que no amaba, pero que la necesitaba, y
eso era lo único que importaba. Daba igual si ya no había besos, si
su cuerpo ya no vibraba con unas caricias que antaño lo despertaban
al tiempo que el sol se colaba por la ventana, daba lo mismo si el
mundo de los sentidos había dejado de existir; él precisaba de sus
cuidados y su compañía, y eso estaba por encima de todo.
Mara no puede precisar en qué momento de su ingrata existencia llegó
el otro amor trayendo de nuevo ilusión a su vida. Conocía a Luca
desde hacía tiempo. Era el muchacho que se ocupaba del mantenimiento
del sistema informático de la tienda en la que trabajaba. Pasaba por
allí al menos una vez por semana, y cuando la veía la saludaba, le
sonreía, la miraba con aquellos ojos negros y profundos y le decía
dos o tres cumplidos, “hoy te has cortado el pelo”, “te queda
muy bien ese vestido” “qué guapa estás esta mañana”,
arrastrando las palabras con aquel leve acento italiano que a Mara
tanto le gustaba escuchar. Siempre había pensado que los italianos
hablaban música y Luca no era diferente.
Un día la invitó a tomar un café y Mara aceptó. Fue un encuentro
extraño. La muchacha, tímida de por si, no sabía qué decir, y se
limitaba a escuchar lo que Luca le contaba sobre su Italia natal,
sobre los campos verdes de la Toscana, aquel lugar que se dibujaba
tranquilo y casi enigmático en la imaginación de la mujer. Mara a
veces preguntaba, Luca siempre respondía y sonreía, y aquella
sonrisa de dientes blanquísimos iluminaba sin intención las tristes
horas que la chica pasaba trabajando en aquella tienda gris y
anodina.
Después de aquel café vino otro, y otro, y otro más, y muchos más,
y un día Mara se vio haciendo confidencias ante quien se estaba
convirtiendo en un amigo necesario. Y las confesiones de una vida
insatisfecha se hicieron mutuas. Luca no era feliz con su mujer y
soportaba las cenizas de una unión que agonizaba porque no quería
perderse la infancia de su hija. Mara no era feliz, y soportaba el
abandono de un matrimonio fenecido porque nunca sería capaz de
echar más dolor sobre el dolor de alguien a quien una día había
amado tanto. Ninguno de los dos se cuestionaba si valía la pena el
sacrificio porque no era cuestionable. Su vida tenía que ser así,
no había más. Se conformaban con los minutos que pasaban juntos un
día a la semana, descubriéndose, destapándose y, de regreso a
casa, soñando el uno con el otro en un baile de ilusiones, de
anhelos, de esperanzas.
Mara se enamoró de Luca y Luca se enamoró de Mara. Ninguno de los
dos lo pudo evitar, porque nadie manda en los sentimientos y éstos a
menudo brotan en el momento menos adecuado. Y en el mismo instante en
que ese amor surgió, ambos renunciaron a él y guardaron el secreto
en su corazón cansado.
Todavía siguen reuniéndose una vez a la semana para tomarse un
café. Se hablan, se sonríen y a veces se dicen cosas que les da
miedo decir, “te echo de menos”, “quedemos para cenar un día”,
“¿a dónde me llevarás?” “a un hotel”, y ambos ríen a
carcajadas, como dos chiquillos, sabiendo que aquellas palabras que
se dicen juegan a no ser la verdad que son, el deseo que son, la
realidad que nunca llegarán a ser. O tal vez sí...
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