martes, 24 de marzo de 2015

EL ÚLTIMO VUELO





Susana se miraba al espejo con la indiferencia de la costumbre, sin apenas percatarse de la cruel imagen que el cristal le devolvía: el pelo estropajoso y sin brillo, la piel ajada y con evidentes síntomas de descolgamiento prematuro, las pupilas de un azul desvaído que en nada recordaba ya al color marino de antaño….. Se sentó al borde de la bañera y se ajustó los pantis con resignación, terminando de vestirse con la desgana propia de quién no espera nada nuevo. La jornada que tenía por delante en nada se iba a diferenciar de la anterior, ni de la que comenzaría mañana, ni, previsiblemente, de ninguna otra que fuera llegando a lo largo de su insulsa vida.
Se dirigió a la cocina y se sirvió una generosa taza de café negro, su gasolina indispensable para poder afrontar los interminables quehaceres diarios, limpiar la casa, ir a la compra, preparar la comida para dos hijos adolescentes que la ignoraban y para un marido al que su sola presencia molestaba…. Se acercó a la ventaba con la taza humeante entre las manos y miró hacia fuera. Caía una lluvia fina y persistente y una espesa niebla gris envolvía la ciudad. “¡Qué día más triste!” pensó, mas de inmediato se dijo que no, que no era especialmente triste, era simplemente como todos sus días, daba igual que lloviera o que luciera un sol radiante, que los relámpagos iluminaran el cielo o que la nieve cayera extendiendo su manto blanco de seda. Por vez primera sintió una punzada de dolor en su pecho y un deseo de llorar que se le antojó nuevo y extraño y por primera vez, igualmente, se atrevió a cuestionar su pobre vida.
Había conocido a su marido siendo una niña, con apenas quince años, y la ilusión del cortejo la cegó llevándola a cambiar los libros del bachillerato por unas promesas de amor hechas a escondidas en las tibias noches de un verano de fiesta que quedaba ya muy lejano; promesas que quedaron tiradas en el cajón del olvido cuando el matrimonio convirtió en rutina el entusiasmo. De pronto se terminaron los besos, los gestos de cariño, los regalos de cumpleaños…. Pero Susana pensó que así debía ser, al fin y al cabo el matrimonio conllevaba unas obligaciones mucho más serias que todos aquellos detalles sin importancia.
Pronto llegaron los hijos, pedacitos de su propia persona en cuyo cuidado se volcó de manera casi obsesiva, olvidándose hasta de sí misma y de aquel marido que pronto dejó de prestarle atención. Ni siquiera la reclamaba ya por las noches, aunque eso era lo que menos le importaba, pues ella siempre había aceptado los juegos amorosos como una tediosa obligación que debía afrontar sin remedio. Su cuerpo de mujer hoy entrada en la cuarentena jamás se había sentido vivo.
Un día, cuando sus pequeños fueron creciendo y comenzaron a necesitarla menos, Susana quiso rescatar sus sueños de juventud, las pequeñas cosas, o tal vez no tan pequeñas, a las que había ido renunciando con gusto y abandonando por el camino en un gesto de generosidad que jamás nadie le había agradecido. Tal vez fuera el momento de retomar sus estudios. O quizá pudiera montar algún negocio que le permitiera aportar algo de dinero a la maltrecha economía familiar y a la vez matar el tedio de sus horas vacías. Pero cuando se lo planteó a su marido éste le dijo que ni hablar, que una mujer casada y respetable no debía hacer más que ocuparse de la familia y de la casa y que dinero ganaba él bastante, no iba a pasar por la vergüenza de poner a trabajar a su mujer. Y Susana transigió de nuevo, y de nuevo pensó que su marido tenía razón, siempre tenía razón, también el día en que se enteró de que tenía una amante, una muchacha joven y guapa con la que compartía únicamente momentos felices y a la cual no importaban nada sus miserias, al fin y al cabo ella ya hacía tiempo que había dejado de mostrar el más mínimo interés por el sexo.
Así fueron pasando los años, demasiado rápido para unas cosas, demasiado lentos para otras, pero siempre inexorables y firmes, convirtiendo en rutinarias desde las más bellas ilusiones hasta los más simples gestos, como las miradas que Susana echaba en el espejo del baño todas las mañanas mientras se preparaba para afrontar un día más, un día cualquiera, un momento cualquiera que pasaría sin pena ni gloria a engrosar la abultada lista de los momentos perdidos, de los días perdidos, de una vida perdida.
Aquella mañana húmeda y gris, después de tomar su taza de café negro, Susana regresó al cuarto de baño y se miró de nuevo al espejo, pero esta vez sin rutina, sin indiferencia y lo que vio no fue lo que el espejo reflejó, sino lo que guardaba dentro de sí sin darse cuenta, una mujer con ganas de vivir, de recuperar el tiempo perdido.
Empezó a tejer son sutileza unas alas con las que echar a volar, discretamente y en silencio. Fraguó la huida sin que nadie se diera cuenta, tan poca era la atención que le prestaban. En la peluquería arreglaron su pelo, en el salón de belleza devolvieron la tersura a su piel, en la tienda de la esquina se compró ropa bonita y su ilusión y su empeño devolvieron el azul intenso a sus ojos desvaídos. Y el espejo, todas las mañanas, le devolvía generoso la imagen real en la que se estaba convirtiendo, la imagen que siempre deseó ver y que siempre le fue negada.
El día en que se atrevió a disfrazar su cobardía de coraje se levantó temprano, metió unas pocas pertenecías en una maleta, se tomó su café de todas las mañanas y por unos instantes se sentó en el sofá de la sala y se dedicó a recordar. Por su mente pasaron retazos de su vida como si de una
sucesión de fotogramas se tratara. “Dicen que esto es lo que ocurre cuando uno se ve cerca de la muerte” pensó, y no le faltaba razón, porque si bien ella no se iba morir, sí que iba a dejar atrás aquello por lo que hasta entonces había vivido y que tan pocas satisfacciones le había reportado. El amor de su marido, su odio, su indiferencia; el cariño de sus hijos, su desapego, su indiferencia; sus propias ilusiones, su indiferencia…..sus ganas de volar.

Recorrió la estancia con la mirada antes de levantarse. Cuando lo hizo tomó papel y lápiz y garabateó unas letras: “Me voy, no intentéis buscarme, no pienso volver”. Depositó la nota encima de la mesa de la cocina y sin sentir el más mínimo atisbo de nostalgia ni remordimiento tomó su maleta y salió de la casa. Cuando escuchó el ruido sordo de la puerta al cerrarse sonrió y respiró aliviada por primera vez en mucho tiempo. Había terminado de tejer sus alas y con la seguridad que le daba la satisfacción de estar a punto de conseguir sus anhelos hizo lo que siempre había deseado hacer: volar

domingo, 22 de marzo de 2015

HISTORIAS DE UN VECINDARIO



       Os dejo aquí un capítulo  de una de mis novelas publicadas. Espero que os divierta. Si alguien estuviera interesado en hacerse con ella me puede enviar un privado por facebook.

Alonso Ardavín salió de la tienda de Olvita absolutamente satisfecho por el trabajo realizado. En el fondo sabía, dados los antecedentes que obraban en su poder, que no le sería demasiado difícil desenmascarar a aquella impostora. Tenía pruebas suficientes para empaquetarla bien empaquetada, pero había querido comprobar con sus propios ojos hasta dónde llegaba el descaro de aquella mujer, sobre todo desde la última denuncia que había presentado en el Colegio de Médicos un tal Arnulfo Pasolini y que él mismo había recogido. Ahora únicamente se tenía que entrevistar con dos de las afectadas, elegidas por el director del Colegio considerando la gravedad de los hechos: Cornelia Argüelles, que era, a la postre, la dueña del salón de baile, barra americana y única pensión que había en el pueblo y en la que él mismo se hospedaba, y una tal Antoñita García, apodada Pasión al parecer por los muchos varones a los que había calentado la cama a lo largo de su vida, detalle éste que no le interesaba en absoluto, pero que alguien se había molestado en incluir en el resumen de las muchas denuncias interpuestas.
Esa misma noche, cuando bajó a cenar un frugal refrigerio consistente en un poco de tocino frito, un par de huevos con dos chorizos y un plato de patatas fritas suficientes para reventar el estómago de un cavador, Alonso aprovechó para solicitar una entrevista con la dueña del negocio, a lo que la camarera, una negra entrada en años y en carnes, le contestó que tenía que consultar la agenda de su ama para ver si estaba libre de ocupaciones esa noche y tenía a bien recibirle. Esperó Alonso el regreso de la sirvienta dando buena cuenta de la suculenta cena y cuando a punto estaba de tragar el último bocado, apareció de nuevo la negra haciéndole saber que Doña Cornelia estaría encantada de recibirle en el saloncito azul, donde compartirían un delicioso café traído directamente de Colombia.
El saloncito en cuestión no era más que una habitación oscura y sin ventilación cuyas paredes aparecían forradas de una consistente tela azul llena de lamparones. Por mobiliario una vieja mesa baja, dos o tres estanterías medio vacías y dos butacas orejeras a las que hacía falta un buen tapizado. En una de ellas estaba sentada una mujer de edad indefinida cuyo rostro evidenciaba todavía la belleza de la que seguramente gozara si no fuera por el hundimiento de sus labios. Sonrió al caballero y de esa manera mostró su dentadura hueca que le daba un aspecto extraño.
-Siéntese por favor – le dijo amablemente – he dado orden a la mucama para que nos sirva el café en breves instantes. Tengo entendido que se aloja en mi pensión y que desea hablar conmigo, pues usted dirá en qué puedo servirle.
Alonso se sentó en el sillón orejero que quedaba justo en frente al que ocupaba la mujer y no se anduvo con muchos rodeos. Aquel cuarto azul lo agobiaba y deseaba terminar la conversación que lo había llevado allí cuanto antes.
-¿Conoce usted a Olivita Torres?
-Si viene de parte de ella ya puede usted largarse. Estoy harta de sus monsergas – contestó Doña Cornelia con evidentes signos de inquietud, incluso de ira mal contenida.
-No por Dios, nada de eso. Soy representante del Colegio de Médicos y estoy investigando las atrocidades de esa mujer. La negligencia que cometió con usted es una de las más graves y simplemente quería que me relatara lo que considere conveniente sobre su caso. Me gusta tener información de primera mano.
En ese preciso instante la criada entró con la bandeja de café y la depositó en la mesita.
-Gracias Marciana, puedes retirarte, yo misma sirvo el café. A veces pienso que la culpa la tuve yo por acudir a ella – comenzó a decir Doña Cornelia mientras derramaba el humeante café en las tacillas de porcelana china – pero en los momentos de desesperación....ya sabe usted, podemos llegar a actuar de la manera más ilógica. Hacía unos días que sufría de dolor de muelas que iba calmando con aspirinas, pero la noche del viernes al sábado aquel dolor lacerante se volvió insoportable. Ni si quiera las aspirinas tomadas de dos en dos conseguían hacerlo desaparecer. Mi dentista estaba de viaje y yo necesitaba sacarme aquella muela como fuera. No se me ocurrió mejor cosa que buscar ayuda en Olivita. Debí de volverme a mi casa cuando me dijo que me quitaba la muela de mil amores, pero que tenía que pedir instrumental a Luisíñolo pues ella no tenía. Luisíñolo es el herrero que vive dos casas más abajo y que se dedica fundamentalmente a herrar burros y caballos. Ella regresó de la herrería con unas tenazas de considerables dimensiones y se puso manos a la obra. Ni siquiera me preguntó cuál era la muela afectada, me hizo abrir la boca y me la arrancó así en vivo, sin anestesia ni nada. No se imagina usted el dolor que sentí, la sangre salía a borbotones y en seguida de mi cuenta de mi error. Pero lo peor fue cuando al llegar a mi casa me percaté de que no me había quitado la muela que me dolía sino la de al lado. Imagínese. Pasé el fin de semana más horrible de mi vida. Cuando el lunes acudí a mi dentista tenía una infección de caballo provocada por las bacterias que contenían las tenazas con las que aquella desgraciada me quitó la muela. Como consecuencia de la misma he perdido la mayoría de mis piezas dentales y he tenido que aumentar el negocio para poder pagarme una buena dentadura postiza, pues todo lo que tenía ahorrado se me fue con esta historia. Créame usted que una mujer de mi posición en la vida hubiera regentado una barra americana si no fuera por una necesidad grave. En cuanto consiga el dinero que me hace falta la cierro.
-La entiendo perfectamente. ¿Y no ha pensado en reclamarle daños y perjuicios?
-Para qué. He interpuesto un montón de denuncias contra ella, pero la muy ladina tiene buenos contactos en los juzgados y siempre sale de rositas. Lo único que quiero es volver a ser la de antes y olvidarme de este horrible episodio para siempre. Me ha trastocado la vida. ¿Usted se cree que me gusta tener la casa como la tengo? Los muebles medio desvencijados, las paredes con este papel lleno de mierda....que va, pero ahora mismo no puedo hacer otra cosa más que ahorrar para tener mi sonrisa de antes.
-Créame que lo siento. En fin, ya me ha dicho usted suficiente y le estoy muy agradecido. No debe ser agradable recordar esos horribles episodios de su vida.
-Claro que no, pero si sirve para darle a esa vieja zorra su merecido.... en fin, yo también me voy a retirar a mis aposentos. Por cierto ¿le ha gustado el café?
-Realmente delicioso.
*
Entretanto, Olivita consultaba con afán su enciclopedia médica, aquella que le había comprado a plazos a un vendedor que había aparecido un buen día por su tienda y esta vez se sorprendió de lo pronto que llegó a un diagnóstico. La madre de Don Alonso padecía candidiasis intertriginosa, una enfermedad cutánea que se caracterizaba entre otras cosas, a las que por supuesto no dio importancia, por las pústulas purulentas y el prurito, síntoma este último que a aquellas alturas nuestra versada en medicina no había conseguido averiguar lo que era. La dolencia podía ser consecuencia de falta de higiene, obesidad o diabetes. Se inclinó por eso último, pues le parecía poco probable que la madre de un señor tan educado y elegante fuera puerca o gorda. No encontró explicación alguna al hecho de que las lesiones se agravaran con la niebla o la tormenta, pues precisamente en la enciclopedia se señalaba que tal agravamiento iba ligado a la estación seca, pero de nuevo obvió ese pequeño detalle que a su juicio no llevaba a ninguna parte. Se concentró entonces en buscar solución a la enfermedad y efectivamente dio con ella: loción a base de detergente o gel tópico formulado con sulfuro de selenio. No sabía qué era el sulfuro de selenio ni falta que le hacía, pero detergente y gel...de eso había a raudales en su tienda. Echó una cucharadita de detergente barato de lavadora en un botecillo de cristal y lo mezcló con gel de baño del peor que vendía en la tienda. Completó la mezcla con unas gotitas de aceite de ricino y un chorrito de agua. Luego guardó el frasco en la nevera, convencida de que Don Alonso iba a quedar gratamente sorprendido de su eficiencia.
*
Alonso Ardavín pospuso la visita que tenía pensado hacerle a Antoñita Pasión hasta el último día. Había llegado a sus oídos que la mujer era un poco lela y que a pesar de todo lo ocurrido entre ambas conservaba una muy buena relación con Olivita Torres. Siendo así, no quería que Antoñita pusiera sobre aviso a la otra de su visita ni de sus verdaderas intenciones, por lo que se presentó en casa de la esposa de Piero el mismo día que había quedado en regresar a la tienda de Olivita a buscar los resultados del examen médico a distancia que aquélla se había comprometido a realizar a su madre.
Llamó a la puerta con tres golpes suaves, pero firmes, y al poco le abrió la puerta una mujer pequeña, entrada en carnes, pero hermosa, con los ojos más bellos y dulces que hubiera visto en su vida.
-Buenos días, disculpe ¿vive aquí Antoñita.... eh...Antoñita? -no recordaba Alonso un apellido tan simple como García, en parte porque se le venía a la mente el apodo de “Pasión”, en parte porque la visión de aquella mujer lo dejó un tanto desconcertado.
-¿Antoñita García, más conocida como Antoñita Pasión? Esa soy yo misma. - respondió la mujer.
El desconcierto inicial del hombre aumentó unos cuantos puntos. Nunca se hubiera imaginado que la mujer que buscaba fuera poseedora de semejante belleza.
-Si, esa es la mujer que busco. Eh..... verá, necesitaba hablar con usted unos minutos.
Antoñita dudó unos segundos. No sabía muy bien el motivo, pero desde que le había abierto la puerta a aquel hombre sentía un cosquilleo en salva sea la parte, como cuando estaba soltera y se dedicaba a dar cariño a los mozos en el pajar de la parte de atrás del salón de baile. No podía ser, era una mujer casada y le debía fidelidad a su esposo. Si dejaba entrar en su casa al caballero que tenía delante era probable que no pudiera hacer otra cosa que dar rienda suelta a sus instintos.
-¿Hablar de qué? -preguntó – no está mi marido y no sé si será correcto dejar pasar a un hombre a mi casa.
El decoro del que hacía gala la buena mujer despertó todavía más el incipiente interés que Alonso comenzaba a sentir y fue por ello que no le quedó más remedio que insistir para que lo dejara entrar en la casa y mantener una conversación con ella que, sin lugar ha dudas, resultaría muy interesante.
-No se preocupe – le dijo – no traigo malas intenciones, sólo deseo hablar de Olivita, la tendera. Soy delegado del Colegio de Médicos, me han encargado una investigación por ciertos hechos nada agradables y pienso que usted tiene algo que contarme.
Antoñita miró al hombre durante unos segundos, recelosa y tímida, mas enseguida pensó que aquella era la mejor ocasión para limpiar la reputación de la buena de Olivita, que siempre se había portado tan bien con su familia y a la que ahora atacaban por todos los flancos por culpa del metiche de su cuñado. Franqueó la entrada a Alonso y lo hizo pasar a la salita, donde sus tres hijos pequeños, milagrosamente, se entretenían en dibujar unos bellos paisajes en papeles de periódico pasados de fecha.
-Niños, salid a jugar al patio, que hace muy buen tiempo. Yo tengo que hablar con este señor.
Obedecieron los pequeños sin rechistar, mas mientras los dos mayores se dedicaban a dar patadas a un balón, Catarino pegó la oreja a la puerta de la sala, muerto de la curiosidad por la conversación que su madre iba a mantener con aquel desconocido.
-Dígame usted, ¿qué quiere que le cuente? Pero siéntese, siéntese, no se quede de pie, disculpe mi torpeza.
Se acomodó Alonso en el sofá marrón, al lado de Antoñita, y comenzaron la conversación.
-Tengo entendido que la tal Olivita le ha prestado servicios médicos en más de una ocasión.
-Si...bueno....ella sabe mucho de esas cosas, de hecho creo que la mayoría de los niños del pueblo nacieron gracias a ella. Es partera ¿sabe usted? Y además es muy estudiosa y con el tiempo aprendió no sólo a traer niños al mundo sino otras cosas relacionadas con la medicina. No puedo decir nada en contra de ella, a mi familia siempre la trató muy bien.
-Pues a mí me han dicho lo contrario. Según mis informes cuando usted dio a luz a su quinto hijo estuvo a punto de morir por la absurda pasividad de esa mujer, que por cobrar una importante cantidad de dinero, no fue capaz de admitir que el niño venía mal y que era necesario llamar al médico. Por otra parte también tengo conocimiento de que hace bien poco ejerció de psicóloga para su hijo con nulos resultados, cobrándoles, igualmente, más de la cuenta.
-¿Quién le ha contado eso? Mi cuñado ¿verdad? Él no la puede ver, por eso dice esas cosas sobre ella.
-¿Insinúa usted que lo que su cuñado me ha contado es mentira?
-Bueno, lo del parto fue un descuido y lo del niño..... hacía preguntas muy raras y después de las sesiones con Olivita dejó de hacerlas.
-Quiero hablar con el niño, si es usted tan amable.
-No creo que sea necesario, el niño....
-Olivita es una vieja puta - manifestó a voz en grito Catarino a la vez que abría de pronto la puerta de la salita – y a mi hermano sólo le mandaba dibujar, y le hacía preguntas sobre mis padres, que dónde guardaban el dinero y cosas así. Mi tío Arnulfo dice que es una vieja puta.
-Me parece que tengo ya las cosas bastante claras -dijo Alonso levantándose después de escuchar al pequeño – a esa mujer se le va a caer el pelo. Buenas tardes, señora, un placer charlar con usted.
-¡Espere! No se vaya. ¿Qué puedo hacer para evitar todo esto? - rogó Antoñita.
-¿Qué quiere decir?
-No quiero que perjudiquen a Olivita. Puede que tenga sus fallos pero....tengo miedo de que tome represalias contra nosotros si le ocurre algo. Estoy dispuesta a hacer lo que sea a cambio de que no salga perjudicada de todo este lío.
De pronto Alonso vio en aquel ofrecimiento la posibilidad de saciar sus ansias de mujer, de aquella mujer que, sin saber por qué, le zarandeaba los sentidos.
-¿Qué estaría dispuesta hacer? -preguntó con su voz más sugerente.
-Le dejo elegir -contestó Antoñita a la vez que obsequiaba al hombre con una sensual caída de párpados.
Y eligió, vaya si eligió.




jueves, 19 de marzo de 2015

DÍAS DE ENSUEÑO


Mamá se murió una soleada tarde marzo, cuando la incipiente primavera comenzaba a hacer brotar de nuevo la vida. Sus últimos meses habían transcurrido a mi lado, pues cuando la atacó la enfermedad y no se pudo valer por sí misma, no me quedó más remedio que llevarla conmigo para poder atenderla como era debido. Y digo que no me quedó más remedio porque mi madre y yo nunca nos llevamos bien. Recién cumplidos los veinte años, harta de nuestros continuos enfrentamientos, hice las maletas y me marché bien lejos, a la capital, donde el bullicio y las prisas me permitieran olvidar el pueblo y toda mi existencia anterior, incluida a ella, a mi propia madre. Siempre fui consciente, sin embargo, de que una de las causas de mi inquina hacia ella fue el resentimiento que me horadó el corazón por no permitir que me despidiera de mi padre.
Aquel verano, el verano de mis doce años, fue el último que pasé con papá. Y fue especial, tan especial que no pasó un día de mi vida sin que asomara a mi mente el recuerdo de aquellas semanas. Mi padre nunca fue muy cariñoso. Era un hombre rudo, tosco, un hombre de campo que llegaba por las noches a casa oliendo a tierra y a hierba seca, cansado del trabajo y sin muchas ganas de cuentos. Cenaba lo que mamá le ponía en la mesa y se sentaba un rato a ver la tele, aunque la mayoría de las veces acababa durmiéndose en el sofá y cuando despertaba se marchaba a la cama refunfuñando. Así era su vida un día tras otro.
Un día de aquel verano, papá me preguntó si quería acompañarle a pescar al río. Él iba con frecuencia, pero jamás me había invitado, así que, gratamente sorprendida y sin saber a ciencia cierta si sería muy de mi agrado el tema de la pesca, le dije que sí. Me enseñó a poner el cebo en el anzuelo, a lanzar el hilo de seda que surcaba el aire con un silbido tenue que me recordó al viento, a desprender de la caña las truchas que se agitaban inútilmente en un vano intento por esquivar la muerte, y cuando regresamos a casa, al anochecer, juntos cocinamos nuestros tesoros robados al río. Aquella noche, en la oscuridad de mi cuarto, observando en el techo las extrañas formas que reflejaba la luz de la luna, fui consciente por primera vez de que papá, a pesar de su carácter huraño, me quería. Y yo, a mi vez, le amé mucho más de lo que ya le había amado hasta entonces.
Aquella sensación de amor paternal se fue haciendo más intensa durante las semanas siguientes. Mi padre no desaprovechaba instante alguno para estar conmigo, incluso robando momentos a sus duros quehaceres en el campo. Juntos cazamos grillos, compramos golosinas en la tienda de la señora Martina, me llevó a la era montada en la carretilla e incluso un domingo fuimos al cine, en la ciudad. Fueron los días más felices de mi vida.
A principios del mes de septiembre, como todos los veranos, me fui a pasar unos días a casa de mis tíos, que vivían en un pueblo de la costa, a disfrutar un poco de la playa y de los últimos rayos del sol. Antes de subir al tren, mi padre me abrazó con fuerza y después de darme un sonoro beso en la mejilla me dijo:
-Te quiero, lagartija, no lo olvides nunca.
Fue la primera vez y la última que me declaró su cariño. Cuando regresé de mis vacaciones papá no estaba en casa, ni en el campo, ni siquiera estaba ya en la vida. Papá se había muerto de un infarto fulminante. Cuando escuché a mi madre darme la noticia solté un grito desgarrador y llorando desconsoladamente le reproché el no haberme avisado. Me dijo que no quería hacerme sufrir, como si no fuera sufrimiento regresar al hogar y enterarme de que mi padre estaba bajo tierra y que jamás podría disfrutar de nuevo de su compañía. La odié por ello y ese odio me acompañó toda mi vida. Hoy sé que de manera injusta.
Con la muerte de mi madre, el arreglo de papeleos me llevó a regresar al pueblo a buscar una partida de defunción de mi padre, mas para mi sorpresa, en el registro civil me comunicaron que allí no constaba defunción alguna a nombre de Constantino González. Supuse que tenía que ser un error así que, una vez en nuestra casa de antaño, me puse a revolver todo papel que encontré a ver si, de casualidad, mamá había guardado algo relacionado con el deceso, por lo menos una esquela, pero mi búsqueda no dio fruto alguno. Durante unos días le di vueltas una y otra vez al problema que se me presentaba hasta que algo en mi interior me dijo que tal vez mi padre no se hubiese muerto, al fin y al cabo yo jamás había visto el cadáver.
Supe que la única que podía disipar mis dudas era mi tía Virtudes, la que vivía en la costa y a ella acudí dispuesta a descubrir lo que fuera, incluso una verdad cuya cada vez más tangible posibilidad me daba miedo. No hizo falta insistir mucho para que mi tía hablara. Hacía ya tantos años que había ocurrido todo que ya no tenía sentido guardar el secreto.
-Es verdad, tu padre no murió, se enamoró de otra mujer y os abandonó a tu madre y a ti. Aquellas semanas que vivió intensamente a tu lado, de las que tú tanto hablas todavía y mantienes vívidas en tu memoria, sólo fueron el preludio de su despedida silenciosa. Él ya le había dicho a tu madre que se iba, que se iba muy lejos con aquella mujer y que no volvería jamás. Le rogó que le permitiera pasar contigo aquellos días y ella, haciendo un esfuerzo sobrehumano, accedió, al fin y al cabo tú también eras su hija, aunque desde luego él no se merecía tal deferencia. Luego, cuando finalmente se marchó, tu madre nos hizo prometer a todos que jamás te contaríamos la verdad. Sabía que le querías ciegamente, y que seguramente, a la larga, te dolería menos su muerte que sentirte abandonada. Él vive en Francia y allí tiene otra familia.
Salí de aquella casa con el corazón oprimido por la angustia. En apenas unos segundos mis ojos se habían abierto a una realidad cruel. Los días de ensueño al lado de mi padre habían sido sólo una quimera absurda, una ilusión ciega que me había llevado a despreciar a quien con mucho esfuerzo había conseguido lanzarme a la vida. Pero ya era tarde para pedir perdón. Seguirá siendo tarde para siempre.


martes, 17 de marzo de 2015

SILENCIOSA DESPEDIDA


EL
La vi hacer las maletas a través de la ventana de su habitación, escondido yo entre las azaleas que adornan su jardín, como si fuera un cazador esperando su presa. No lo pude evitar, me sentía, me siento, demasiado atraído por ella como para estar cerca y no prestarle atención
La noche anterior habíamos acudido a una cena familiar y la ignoré deliberadamente, ni una mirada, ni una sonrisa, apenas dos palabras cuando nos retiramos. Permaneció sentada en su esquina, mirando con expresión ausente a aquellos que la rodeaban y se divertían, en medio de una algarabía que parecía no ir con ella. Ardía yo en deseos de ir a su lado, de sacarla a bailar, de rodear con mis brazos su cuerpo para que me trasmitiera aquella calidez que parecía emanar de su piel canela y llamarme con desesperado frenesí. Tal vez por ello fue que tuve que ignorarla. Temía que al prestarle la más mínima atención, mis gestos me delataran y todos se dieran cuenta del deseo que me consume cuando estamos cerca.
Todo comenzó unos días atrás, o tal vez unos meses atrás, quizás incluso en el momento exacto en que nos conocimos, el cual se pierde en mi memoria amontonado entre los recuerdos de la infancia. La vi apoyada en la columna del porche, al fresco de la noche, sola. Los niños dormían y el marido se había tenido que marchar por motivos de trabajo. Me acerqué a ella y cuando me vio me sonrió. Me invitó a un café o a una cerveza que rechacé. No debía entretenerme mucho, mi mujer me esperaba en casa, pero aquella oportunidad no podía perderla.....estaba sola.
En mitad de una conversación trivial, aprovechando un silencio, me acerqué a ella y rodeando su cintura con mis brazos la atraje hacia mi y me atreví a besarla. No opuso resistencia, al contrario, sus labios se entreabrieron y dejaron que mi lengua explorara su boca, agitando su respiración. Cuando nos separamos me sonrió y me miró con ojos pícaros. No dijo nada, yo tampoco. Volví a besarla y deslicé mi mano a través de la fina tela de la camiseta que vestía, acariciando sus pechos y arrancándole un leve gemido. El sonido de mi móvil rompió el hechizo. Mi mujer se preocupaba por mi tardanza.
-Vete – me dijo – te está esperando impaciente.
Me hubiera gustado suplicarle, rogarle que me dejara dormir a su lado esa noche, pero sólo fui capa de sugerirle que me acompañara hasta el coche. Lo hizo y al lado del portal volvimos a besarnos. Luego me fui y ella me acompañó ocupando todo mi cerebro, todo mi corazón, cada centímetro de mi piel que se erizaba con sólo imaginarla.
Esta tarde la dejé marchar sin siquiera despedirme. La vi meter las maletas en el coche y emprender el viaje al lado de sus hijos, al encuentro con su marido, con otra vida en la que yo no pinto nada. Sé que volverá pronto, sé que volveré a besarla y me corresponderá y también sé que probablemente no ocurrirá nada más entre nosotros. Somos demasiado cobardes o tal vez demasiado cuerdos y yo no puedo hacer otra cosa que desearla en silencio, así, de la misma manera que la he dejado marchar.

ELLA.
Le he visto como me observaba entre las azaleas, pero he fingido no darme cuenta de su presencia. Tengo la cabeza hecha un lío, sumida en una lucha encarnizada entre la pasión que me provoca su sola presencia y la lógica aplastante de nuestras vidas. Me digo una y otra vez que nada es posible entre nosotros. Lo conozco desde que era un niño y casi un niño sigue siendo a mis ojos de mujer madura. No puedo permitir que se derrumben su matrimonio ni el mío, y sin embargo sacude mis sentidos en una atracción de deseos inconfesables
No sé por qué no me sorprendieron sus besos de aquella noche. No puedo decir que los esperara, pero tampoco me parecieron extraños. Me gustó sentir sus labios sobre los míos, su lengua que se abría paso en mi boca, el batir de las alas de las mariposas en mi estómago.... Me gustó darme cuenta de que todavía soy capaz de levantar pasiones, de hacer tejer sueños prohibidos en la mente de aquél que no debe soñar conmigo. La inconsciencia del momento casi me lleva a pedirle que ocupara el hueco vacío que aquella noche habría en mi cama, pero pudo más el miedo a que aceptara que la ilusión de un encuentro furtivo a la luz de una luna descarada que se adivinaba cómplice de nuestra locura.
Hace unos días, durante una cena familiar, me ignoró por completo. Ni una vez sentí sus ojos sobre mí, ni una palabra susurrada a escondidas... Confieso que me sentí un poco desilusionada, me hubiera gustado disfrutar de nuevo de un encuentro clandestino, pero es demasiado peligroso. No quiero imaginar el revuelo que se podría armar en la familia si se descubriera que hay algo entre nosotros. Yo, la madre y esposa amantísima y él, el hermano pequeño de mi marido, recién casado y aparentemente feliz. Acaso la felicidad en estos casos no deja de ser la apariencia necesaria que esconde el submundo real en el que casi todos viven pero nadie conoce... qué sé yo. Creo que, pensándolo bien, lo nuestro es simplemente consecuencia inevitable de la conjunción de dos factores, la desidia que acompaña la rutina y la curiosidad que provoca lo nuevo.


   Sé que esta tarde me vio partir sin atreverse a despedirse de mi. No importa. Dentro de nada volveré y él seguirá estando ahí. Desearé estar a su lado, provocaré su caricia furtiva, sus besos a escondidas y no ocurrirá nada más, aunque él lo desee, aunque lo desee yo, continuaremos siendo demasiado cobardes o demasiado cuerdos y no nos quedará otra opción que seguir deseándonos en silencio, así, de la misa manera que hoy me ha dejado marchar.