martes, 17 de marzo de 2015

SILENCIOSA DESPEDIDA


EL
La vi hacer las maletas a través de la ventana de su habitación, escondido yo entre las azaleas que adornan su jardín, como si fuera un cazador esperando su presa. No lo pude evitar, me sentía, me siento, demasiado atraído por ella como para estar cerca y no prestarle atención
La noche anterior habíamos acudido a una cena familiar y la ignoré deliberadamente, ni una mirada, ni una sonrisa, apenas dos palabras cuando nos retiramos. Permaneció sentada en su esquina, mirando con expresión ausente a aquellos que la rodeaban y se divertían, en medio de una algarabía que parecía no ir con ella. Ardía yo en deseos de ir a su lado, de sacarla a bailar, de rodear con mis brazos su cuerpo para que me trasmitiera aquella calidez que parecía emanar de su piel canela y llamarme con desesperado frenesí. Tal vez por ello fue que tuve que ignorarla. Temía que al prestarle la más mínima atención, mis gestos me delataran y todos se dieran cuenta del deseo que me consume cuando estamos cerca.
Todo comenzó unos días atrás, o tal vez unos meses atrás, quizás incluso en el momento exacto en que nos conocimos, el cual se pierde en mi memoria amontonado entre los recuerdos de la infancia. La vi apoyada en la columna del porche, al fresco de la noche, sola. Los niños dormían y el marido se había tenido que marchar por motivos de trabajo. Me acerqué a ella y cuando me vio me sonrió. Me invitó a un café o a una cerveza que rechacé. No debía entretenerme mucho, mi mujer me esperaba en casa, pero aquella oportunidad no podía perderla.....estaba sola.
En mitad de una conversación trivial, aprovechando un silencio, me acerqué a ella y rodeando su cintura con mis brazos la atraje hacia mi y me atreví a besarla. No opuso resistencia, al contrario, sus labios se entreabrieron y dejaron que mi lengua explorara su boca, agitando su respiración. Cuando nos separamos me sonrió y me miró con ojos pícaros. No dijo nada, yo tampoco. Volví a besarla y deslicé mi mano a través de la fina tela de la camiseta que vestía, acariciando sus pechos y arrancándole un leve gemido. El sonido de mi móvil rompió el hechizo. Mi mujer se preocupaba por mi tardanza.
-Vete – me dijo – te está esperando impaciente.
Me hubiera gustado suplicarle, rogarle que me dejara dormir a su lado esa noche, pero sólo fui capa de sugerirle que me acompañara hasta el coche. Lo hizo y al lado del portal volvimos a besarnos. Luego me fui y ella me acompañó ocupando todo mi cerebro, todo mi corazón, cada centímetro de mi piel que se erizaba con sólo imaginarla.
Esta tarde la dejé marchar sin siquiera despedirme. La vi meter las maletas en el coche y emprender el viaje al lado de sus hijos, al encuentro con su marido, con otra vida en la que yo no pinto nada. Sé que volverá pronto, sé que volveré a besarla y me corresponderá y también sé que probablemente no ocurrirá nada más entre nosotros. Somos demasiado cobardes o tal vez demasiado cuerdos y yo no puedo hacer otra cosa que desearla en silencio, así, de la misma manera que la he dejado marchar.

ELLA.
Le he visto como me observaba entre las azaleas, pero he fingido no darme cuenta de su presencia. Tengo la cabeza hecha un lío, sumida en una lucha encarnizada entre la pasión que me provoca su sola presencia y la lógica aplastante de nuestras vidas. Me digo una y otra vez que nada es posible entre nosotros. Lo conozco desde que era un niño y casi un niño sigue siendo a mis ojos de mujer madura. No puedo permitir que se derrumben su matrimonio ni el mío, y sin embargo sacude mis sentidos en una atracción de deseos inconfesables
No sé por qué no me sorprendieron sus besos de aquella noche. No puedo decir que los esperara, pero tampoco me parecieron extraños. Me gustó sentir sus labios sobre los míos, su lengua que se abría paso en mi boca, el batir de las alas de las mariposas en mi estómago.... Me gustó darme cuenta de que todavía soy capaz de levantar pasiones, de hacer tejer sueños prohibidos en la mente de aquél que no debe soñar conmigo. La inconsciencia del momento casi me lleva a pedirle que ocupara el hueco vacío que aquella noche habría en mi cama, pero pudo más el miedo a que aceptara que la ilusión de un encuentro furtivo a la luz de una luna descarada que se adivinaba cómplice de nuestra locura.
Hace unos días, durante una cena familiar, me ignoró por completo. Ni una vez sentí sus ojos sobre mí, ni una palabra susurrada a escondidas... Confieso que me sentí un poco desilusionada, me hubiera gustado disfrutar de nuevo de un encuentro clandestino, pero es demasiado peligroso. No quiero imaginar el revuelo que se podría armar en la familia si se descubriera que hay algo entre nosotros. Yo, la madre y esposa amantísima y él, el hermano pequeño de mi marido, recién casado y aparentemente feliz. Acaso la felicidad en estos casos no deja de ser la apariencia necesaria que esconde el submundo real en el que casi todos viven pero nadie conoce... qué sé yo. Creo que, pensándolo bien, lo nuestro es simplemente consecuencia inevitable de la conjunción de dos factores, la desidia que acompaña la rutina y la curiosidad que provoca lo nuevo.


   Sé que esta tarde me vio partir sin atreverse a despedirse de mi. No importa. Dentro de nada volveré y él seguirá estando ahí. Desearé estar a su lado, provocaré su caricia furtiva, sus besos a escondidas y no ocurrirá nada más, aunque él lo desee, aunque lo desee yo, continuaremos siendo demasiado cobardes o demasiado cuerdos y no nos quedará otra opción que seguir deseándonos en silencio, así, de la misa manera que hoy me ha dejado marchar.

lunes, 16 de marzo de 2015

VIAJE SIN FINAL

    
Tengo la seguridad de que todo va a cambiar, pero con este ruido no consigo oír ni mis pensamientos. Llevo dos horas parada en esta autopista y tan sólo consigo pensar en los ojos azules del conductor, al que espero volver a ver pronto cuando por fin pueda bajarme de este maldito trasto. El bus comienza a moverse un poco, pero lo hace tan lentamente que me pone nerviosa, muy nerviosa, aunque no hay motivo para ello, no tengo prisa en llegar a mi destino, nadie me espera, ni siquiera sé con seguridad cuál es mi destino, puede que me apee al final del trayecto, o que decida quedarme en la primera parada. El caso es escapar del infierno en que se ha convertido mi vida, ya no soporto más sus golpes, sus desplantes, sus miserias. Necesito cambiar, olvidar, sentir que valgo mucho más de lo que él me dice y no he visto más salida que alejarme
El ruido de la música se me hace insoportable por momentos. Me levanto y le pido al conductor que baje un poco el volumen, me mira un segundo y me dejo envolver de nuevo en la absurda ilusión que me provoca el azul de sus ojos, pero él lo ignora y sin mediar palabra hace lo que le pido. Es guapo, realmente guapo y su cara me suena, sé que lo he visto en algún lugar pero no consigo recordar dónde, tampoco importa demasiado, en realidad nada importa salvo escapar.
El bus sigue avanzando lentamente, miro el reloj y me doy cuenta de que ya deberíamos haber llegado al final del viaje y sin embargo todavía no ha hecho la primera parada. Esto es desesperante. No consigo apartar de mi mente la posibilidad de que mi marido me persiga y me de alcance si este trasto continúa parado mucho tiempo más.
Por fin rebasamos el obstáculo que impedía nuestra marcha, un accidente brutal. Los bomberos están intentando rescatar a alguien del interior de unos coches. Vuelvo la cabeza hacia el otro lado, ya me es suficiente con soportar mi propia tragedia, pero las luces de las ambulancias parecen decirme que no, que no puedo evadirme de la realidad, que está ahí fuera, tan cerca que sólo me separa de ella el fino cristal de la ventanilla. Son muy puñeteras las luces de las ambulancias, también las sirenas, ambas desgraciadas y asiduas compañeras en estos últimos meses, compañeras mías y compañeras también de los golpes que desfiguraban mi rostro y ajaban mi menudo cuerpo.
Recorremos unos cuantos kilómetros a velocidad normal. De pronto el autobús se desvía a la derecha, entramos en una pequeña ciudad y aparca en una gris y lúgubre estación.
-Haremos una parada de media hora – dice el conductor a voz en grito –si quieren pueden aprovechar para comer algo, ir a los baños o estirar las piernas.
La gente comienza a levantarse y a bajar del bus. Yo me mantengo acomodada en mi asiento hasta que queda vacío. Dudo qué hacer pero finalmente opto por bajarme también e ir a la cafetería a tomar algo caliente. Es una estancia oscura y sucia que invita más bien poco a permanecer allí mucho tiempo, pero no hay otra cosa. Me siento en un rincón apartado, pero de pronto me doy cuenta de que el conductor está sentado en la barra, revolviendo con parsimonia y un café y me acerco a él.
-Hola – le digo –¿Por casualidad no serás de Cuenca? Es que me parece haberte visto por la ciudad, haciendo fotos, como si fueras reportero o algo así.
El muchacho me mira como si fuera estúpida y me responde igualmente como si se estuviera dirigiendo a una estúpida:
-¿Te crees que si fuera reportero iba a estar conduciendo un bus?
-Bueno... ya. En realidad lo de ser reportero ha sido una apreciación mía, bien podía ser que sólo estuvieras haciendo fotos por afición.
-Pues no, no era yo, la fotografía no está entre mis hobbies.
Parece que no tiene muchas ganas de hablar así que me vuelvo a mi esquina, me tomo mi café mientras observo sus movimientos y cuando termino me vuelvo al bus.
Es de noche y hace frío. Me acurruco en mi asiento y me tapo con mi cazadora forrada de borreguillo. Cierro los ojos e intento dormirme pero no lo consigo. Entonces entra el conductor y se dirige a mi asiento, se sienta a mi lado y me habla.
-Oye tía siento haberte contestado como lo hice en la cafetería. Hoy no es un buen día.
Me mira mientras me habla y pienso una vez más que es muy guapo y que no estaría mal acostarse con él. A lo mejor es tierno, cariñoso y puede incluso que ponga empeño en que el asunto nos guste a los dos.
-No te preocupes – le contesto mientras intento apartar de mi cabeza tan perversos pensamientos- Yo tampoco estoy en mi mejor momento.
-Vivo en Cuenca, si quieres, cuando vuelvas, podemos quedar un día y tomarnos un café.
-No voy a volver a Cuenca nunca más – le digo – mi marido me maltrata y tengo que escapar lejos, lo más lejos posible, dónde él no pueda encontrarme nunca. Pero sí que me gustaría verte de nuevo, y me gustaría también hacer el amor contigo y sentir unas manos que me acarician... hace tanto tiempo que no las siento....
La puerta de la habitación se abrió de repente y Celia escondió debajo de la mesa el papel con la historia que estaba escribiendo, pero cuando vio que era él, sonrió y se lo tendió.
-Hola Celia ¿cómo estás? ¿Escribiendo otra vez? Muy bien, así me gusta. Escribes muy bien, me encantan tus cuentos. ¿Sabes que los tengo todos guardados en una carpeta?
Celia no contestaba, nunca lo hacía, simplemente esbozaba una tímida sonrisa y se ponía a escribir de nuevo, mientras su marido, sabedor de sus males y de sus secretos, le acariciaba el pelo y con gesto cansino se sentaba a su lado y leía aquel relato que era siempre el mismo. Luego lo doblaba con cuidado y lo guardaba en su carpeta azul, mientras recordaba una vez más el tiempo en el que la vida les sonreía y Celia y él eran una pareja feliz.
Aquella noche, hacía ya muchos años, Celia había tomado un autobús para visitar a una amiga que necesitaba su ayuda, una mujer a la que su marido maltrataba y estaba en el hospital víctima de una brutal paliza, pero nunca llegó a su destino, un fatal accidente se cruzó en su camino y dejó su vida pendiente de un hilo. Cuando volvió en sí una parte de su mente se había quedado en algún lugar desconocido e inaccesible y jamás regresó. Desde entonces su limitada existencia consistía en pasar las horas delante de su escritorio escribiendo siempre la misma historia, increíblemente lúcida, increíblemente real, pero fruto de su imaginación enferma.
Jonás se inclinó y besó a su mujer en la mejilla. Ella cesó por un instante en su incansable labor escritora y le miró. Se quedó, una vez más, prendada de aquellos ojos azules y pensó, una vez más, que había tenido mucha suerte. El conductor del autobús se había quedado a su lado.



domingo, 15 de marzo de 2015

EL OTRO AMOR


-¿Me alcanzas un vaso de agua, por favor?
     Mara abandonó por unos segundos su bordado, se levantó, se dirigió a la cocina y al poco rato regresó al salón con el vaso de agua que le había pedido su marido. Se lo acercó con una sonrisa y, sentándose de nuevo en el mullido sofá de piel marrón, continuó con su labor, mientras él se entretenía pintando un cuadro que probablemente no terminaría nunca y la televisión mostraba imágenes y emitía sonidos a los que ni uno ni otro prestaban atención. No era más que una forma de paliar los incómodos silencios que se asentaban entre ambos cuando estaban juntos, pero solos, casi todas las tardes de casi todos lo días de su vida.
Mara era consciente de que el amor habían abandonado su casa y su lecho hacía ya mucho tiempo, lo fue desde el instante en que supo que ya era hora e cambiar de vida y decidió marcharse con la maleta vacía, sin llevarse ni siquiera los recuerdos de una etapa que, a pesar de todo, tuvo sus buenos momentos. Pero entonces llegó aquel accidente inesperado y todo cambió, todo tuvo que cambiar, no hubo más remedio. Rafa, el amor de su vida, aquél por el que había renunciado a tanto y por quién lo había dado todo, aquel a quién quería pero había dejado de amar asediada por la rutina y el desencanto, aquel al que estaba a punto de decir adiós, se había quedado, de pronto, atado a una silla de ruedas y a unos dolores que sólo a veces daban tregua. Ya no podía dejarlo, no podía marcharse y echarlo de su vida como si tal cosa, no podía. Se resignó a vivir una vida que no le pertenecía, a sonreír cuando deseaba llorar, a mirar un futuro que no existía, se resignó a morir un poquito cada día al lado de un hombre al que no amaba, pero que la necesitaba, y eso era lo único que importaba. Daba igual si ya no había besos, si su cuerpo ya no vibraba con unas caricias que antaño lo despertaban al tiempo que el sol se colaba por la ventana, daba lo mismo si el mundo de los sentidos había dejado de existir; él precisaba de sus cuidados y su compañía, y eso estaba por encima de todo.
Mara no puede precisar en qué momento de su ingrata existencia llegó el otro amor trayendo de nuevo ilusión a su vida. Conocía a Luca desde hacía tiempo. Era el muchacho que se ocupaba del mantenimiento del sistema informático de la tienda en la que trabajaba. Pasaba por allí al menos una vez por semana, y cuando la veía la saludaba, le sonreía, la miraba con aquellos ojos negros y profundos y le decía dos o tres cumplidos, “hoy te has cortado el pelo”, “te queda muy bien ese vestido” “qué guapa estás esta mañana”, arrastrando las palabras con aquel leve acento italiano que a Mara tanto le gustaba escuchar. Siempre había pensado que los italianos hablaban música y Luca no era diferente.
Un día la invitó a tomar un café y Mara aceptó. Fue un encuentro extraño. La muchacha, tímida de por si, no sabía qué decir, y se limitaba a escuchar lo que Luca le contaba sobre su Italia natal, sobre los campos verdes de la Toscana, aquel lugar que se dibujaba tranquilo y casi enigmático en la imaginación de la mujer. Mara a veces preguntaba, Luca siempre respondía y sonreía, y aquella sonrisa de dientes blanquísimos iluminaba sin intención las tristes horas que la chica pasaba trabajando en aquella tienda gris y anodina.
Después de aquel café vino otro, y otro, y otro más, y muchos más, y un día Mara se vio haciendo confidencias ante quien se estaba convirtiendo en un amigo necesario. Y las confesiones de una vida insatisfecha se hicieron mutuas. Luca no era feliz con su mujer y soportaba las cenizas de una unión que agonizaba porque no quería perderse la infancia de su hija. Mara no era feliz, y soportaba el abandono de un matrimonio fenecido porque nunca sería capaz de echar más dolor sobre el dolor de alguien a quien una día había amado tanto. Ninguno de los dos se cuestionaba si valía la pena el sacrificio porque no era cuestionable. Su vida tenía que ser así, no había más. Se conformaban con los minutos que pasaban juntos un día a la semana, descubriéndose, destapándose y, de regreso a casa, soñando el uno con el otro en un baile de ilusiones, de anhelos, de esperanzas.
Mara se enamoró de Luca y Luca se enamoró de Mara. Ninguno de los dos lo pudo evitar, porque nadie manda en los sentimientos y éstos a menudo brotan en el momento menos adecuado. Y en el mismo instante en que ese amor surgió, ambos renunciaron a él y guardaron el secreto en su corazón cansado.

Todavía siguen reuniéndose una vez a la semana para tomarse un café. Se hablan, se sonríen y a veces se dicen cosas que les da miedo decir, “te echo de menos”, “quedemos para cenar un día”, “¿a dónde me llevarás?” “a un hotel”, y ambos ríen a carcajadas, como dos chiquillos, sabiendo que aquellas palabras que se dicen juegan a no ser la verdad que son, el deseo que son, la realidad que nunca llegarán a ser. O tal vez sí...

sábado, 14 de marzo de 2015

HOTEL VILLA PARAÍSO


Hacía tiempo que no venía por la ciudad, y sin embargo esta tarde, cuando de nuevo entré en el pequeño hotel, fue como sentirme de nuevo en mi casa. Lo descubrí un día por casualidad. Me gustó su fachada caleada en un blanco inmaculado, sus ventanas perfectamente cuadriculadas arropadas por graciosas cortinas de encaje, su pintoresco nombre grabado discretamente en una placa metálica colocada sobre la puerta de entrada, su ambiente cálido y acogedor... y sobre todo me gusta Sebastián, uno de sus recepcionistas, un morenazo joven, mucho más joven que yo, con unos enormes ojos negros y un cuerpo que se adivina de escándalo debajo del elegante y sobrio traje oscuro que viste como uniforme. Todo un placer para la VISTA.
Me alegró encontrarlo detrás del mostrador de recepción y después de actuar con la mayor discreción del mundo, casi como si nunca nos hubiéramos visto, nos sonreímos imperceptiblemente mientras yo comenzaba a subir las escaleras que me conducirían a mi habitación. Una vez allí no me entretuve ni en deshacer mi pequeña maleta. Estaba cansada y me tiré en la cama con la intención de echar una pequeña siesta antes de bajar a cenar. Pero entonces comenzó la fiesta.
Los sonidos procedían de la habitación de al lado. Se ESCUCHABAN claramente, tanto que casi parecía que la pared que nos separaba era de papel. Aquella mujer se deshacía en suspiros y pedía más con voz casi desgarradora. Mis intenciones de descansar se disiparon por arte de magia. Era mucho más interesante lo que ocurría en aquel cuarto que, junto con mi imaginación calenturienta, estaban despertando mis bajos instintos sin que yo pudiera, ni quisiera, hacer nada por aplacarlos. Me vi retozando en aquella cama con Sebastián, sintiendo el TACTO de sus dedos recorriendo cada centímetro de mi piel, su boca de labios gruesos y lascivos SABOREANDO el fruto jugoso de mi intimidad. Ya una vez había estado a punto de ocurrir, durante mi última estancia en el hotel, cuando el muchacho me subió la cena al cuarto y paseó su mirada por mi cuerpo recién salido de la ducha, envuelto en una suave toalla de algodón blanco. Supe que sólo sería necesario un mínimo gesto por mi parte para que tanto uno como otro nos decidiéramos a dar rienda suelta a la pasión contenida. Pero en el último instante, no sé bien por qué, me contuve y me comporté como una buena chica. Después de arrepentí. Es tan aburrido ser siempre buena....
Así que esta tarde me dije que de buena nada. En esta vida hay que disfrutar los momentos que se presentan de la forma en que se presenten, y si a mí se me ponía en bandeja echar un polvo, disculpen la expresión, con un treintañero guapísimo con un cuerpo más que sugerente... pues qué quieren que les diga, que no me dio la gana de desperdiciar la ocasión.
Tomé el teléfono y llamé a recepción. A pesar de que sólo había escuchado su voz en tres o cuatro ocasiones, la reconocí en seguida. Le pedí que me subiera a la habitación una jarra de agua con mucho hielo y no pasaron ni tres minutos cuando sonaron unos golpecitos suaves en la puerta. Cuando la abrí allí estaba él, sosteniendo la jarra de agua y mirándome con aquellos ojos negros como el carbón. Le hice pasar y no le di tiempo a nada. Le saqué la jarra de las manos y de inmediato le abracé y le besé en el cuello. OLER su perfume con esencia a madera acabó de excitarme y de un empujón lo tiré en la cama. La expresión de sorpresa en su cara le duró apenas unos segundos, luego se relajó y se dejó hacer... como a mí me gusta.
No voy a entrar en detalles, no creo que sea necesario, únicamente decir que nuestra sesión sexual se prolongo hasta bien entrada la noche y fue plenamente satisfactoria, yo diría incluso que agotadora. Convertimos este cuarto de hotel en lo que su nombre indica, un paraíso, sexual, por supuesto. Ahora voy llamar a mi marido para decirle que he llegado bien y desearle buenas noches y después debo descansar. Mañana tengo trabajo.

Por cierto, no me he presentado, me llamo Virtudes González, soy teóloga y mañana doy una conferencia en el Paraninfo de la Universidad sobre la castidad de las santas mujeres durante la Edad Media. Ya sé lo que están pensando pero qué le vamos a hacer. Yo soy así, todo pasión. Y la vida, no lo duden, está plagada de contradicciones.

miércoles, 11 de marzo de 2015

DE VIAJE CON MARÍA


La señora Enedina estaba encantada con sus nuevos vecinos. Era una pareja de jovencitos, recién casados, o eso era lo que ella pensaba, un poco descuidados en el vestir y tal vez en el aseo personal, pues subir detrás de ellos en el ascensor a veces era una verdadera tortura, pero atentos y agradables al trato.
La chica, Marta, según le había contado a la señora Enedina, era una forofa de la repostería. Le gustaba preparar toda clase de dulces y bizcochos, que después vendía por las casas para sacarse una pelillas extra, pues su sueldo como empleada de un supermercado no daba para muchas estridencias.
-Hay que pagar la hipoteca y las facturas – solía decir cuando sacaban a relucir el tema – y si no hay dinero es la HECATOMBE completa, y como la repostería se me da bien... ya verá doña Enedina, un día de estos le voy a hacer un bizcocho de naranja que está para chuparse los dedos.
Así fue que una tarde, la joven cumplió su promesa y se presentó en casa de la buena mujer con el susodicho pastel, que tenía una pinta bárbara.
-Déjelo enfriar – le dijo a la vieja – que lo acabo de sacar del horno y caliente le puede sentar mal.
Pero Enedina era muy golosa y tal y como posó el bizcocho en la mesa de la cocina se comió el primer trozo, y el segundo y el tercero también y así fue cayendo el dulce entero, acompañado de una copita de anís peleón, del que compraba en la tienda de la señora Marcela, que era una usurera de cuidado y donde tenía que vender un litro vendía tres cuartos, pero eso ahora carece de importancia para la historia que nos ocupa. El caso es que la señora Enedina se zampó el bizcocho y se bebió un cuartillo de anís y se sintió muy bien, mejor que lo que se había sentido nunca.
Estaba esperando a su nieto Andrés, que iría a su casa directamente al salir del colegio, y más tarde pasaría a buscarlo su madre, a la postre nuera de Enedina, con la que no se llevaba demasiado bien porque desde que se había casado con su hijo éste había perdido muchos kilos, señal inequívoca de que no lo alimentaba como era debido.
Cuando el pequeño Andrés llamó al timbre su abuela acudió a abrirle la puerta presa de una euforia inexplicable y lo recibió entre risas estúpidas, conminándole a entrar y a ponerse a hacer los deberes en la mesa del salón mientras ella veía el programa de variedades que echaban en la tele. En aquel preciso instante estaban entrevistando a un político acusado de PEDERASTA, palabra que la vieja no entendió pero que le hizo mucha gracia.
-Andresito – preguntó a su nieto muerta de risa - ¿tú sabes lo que significa pederasta?
El niño la miró con ojos asustados y sin contestar se sentó a la mesa de la cocina a hacer sus tareas.
-¿Y ADLÁTERE? ¿sabes lo que significa? La he leído en el periódico esta mañana, hablando de un político y sus secuaces. Yo creo que se refería a que el hombre era un ladrón de cuidado. ¿Tú qué opinas Andresito?
-No sé. Tengo que hacer los deberes.
-Tienes razón, ponte a hacer tus tareas que yo voy a ver un poco la tele y hacer macramé, que últimamente me relaja mucho.
La señora Enedina se sentó delante del aparato de televisión, mas su mente estaba distraída en un serie de pensamientos cada cual más absurdos que a ella le parecían lógica pura y que le producían una sensación de bienestar desconocida.
“Yo creo que mi joven vecina debería tener un hijo pronto. Tengo que decírselo en cuanto la vea, los hijos es mejor tenerlos cuando se es joven. Claro que, bien pensado, la muchacha no tiene apenas tetas, no sé como va a alimentar a la criatura así que voy a tener que actuar yo de NODRIZA, que para eso tengo unos buenos cántaros, como decía mi difunto Eustaquio” Y ante semejante absurdo pensamiento se echó a reír a carcajadas de forma tal que asustó a su nieto, el cual comenzaba a pensar, no sin razón, que a su abuela le faltaba un tornillo.
“Y otra cosa que tengo que hacer sin falta es comentarle a la enfermera del centro de salud este color morado que tengo en el pie izquierdo, supongo que será de las varices, pero no vaya a ser que me entre la GANGRENA y me quede sin pié, que había de dar gusto verme coja, apoyada en una muleta, y lo peor es que no podría bailar la conga el sábado en el centro de mayores. Con las ganas que le tengo a Don Francisco, con ese bailaba yo la conga y alguna otra cosa más.”
-Andresito ¿conoces a Don Francisco, hijo? - preguntó a su nieto sin ton ni son
El niño levantó la cabeza de sus tareas y la sacudió en sentido negativo.
-Pues está muy curioso ¿sabes? Incluso puede que me case con él, así será tu abuelo ¿no te hace ilusión?
Andrés, que era un niño, pero que no tenía un pelo de tonto, comenzó a preocuparse seriamente por la salud mental de su abuela. No era normal que una mujer como ella, siempre seria y comedida, incluso a veces demasiado, se comportara con la ligereza con la que lo estaba haciendo. Andresito se preguntaba que INFAUSTO motivo tendría para hacer lo que hacía, igual hasta había una explicación lógica, pero por si acaso decidió avisar a su madre. Aprovechó el momento en el que su abuela fue a su cuarto, a buscar la foto de Don Francisco que estaba empeñada en enseñarle y llamó a su mamá por teléfono.
-Mamá, por favor, ven pronto que la abuela está muy rara.
Así fue que Laura, la mamá de Andrés, a la postre nuera de la señora Enedina, suspendió la importante reunión de trabajo en la que estaba inmersa y se presentó rauda en casa de su suegra, pudiendo así comprobar con sus propios ojos que la preocupación de su hijo no era sin fundamento. Su suegra la recibió entre besos y abrazos exagerados, como si hubiesen pasado años desde la última vez que se habían visto, aunque habían estado juntas el día anterior.
-¿Enedina está usted bien?
-Siiii, creo que jamás he estado mejor en mi vida. Mira, mira la foto de Don Francisco. Este sábado he quedado con él para echar unos bailes. Es muy guapo ¿verdad? Es posible que acabemos casándonos y todo....
Definitivamente aquella mujer no estaba en sus cabales. Antes de tomar decisión alguna Laura pensó que sería mejor preguntarle a Marta, la nueva vecina, si había notado algo extraño en su suegra. Sabía que ambas mujeres se llevaban muy bien así que tal vez la muchacha pudiera darle alguna pista. Y se la dio, vaya que si. En cuanto abrió la puerta y vio a Laura en el umbral la hizo pasar y ni siquiera hizo falta que abriera la boca.
-Supongo que vienes a preguntarme por tu suegra. Lo siento tía, yo he tenido la culpa de todo. Verás, esta tarde he hecho dos bizcochos y le regalé uno a ella, pero le di el equivocado, en el nuestro había puesto un poco de maría, está noche vienen unos amigos y queríamos sorprenderlos. No somos drogadictos eh, no vayas a pensar cosas raras, pero de vez en cuando... no te imaginas lo bien que se pasa.
-Claro que me lo imagino. Mi suegra está desvariando y riendo como una estúpida, sin contar como los efectos que pueda tener en su salud, es una mujer mayor.
Laura estaba muy enfadada y en aquellos momentos le hubiera gustado estrangular con sus propias manos a la muchachita menuda y de apariencia dulce que tenía en frente.
-No te enfades mujer, si colocarse con un poco de maría de vez en cuando no es perjudicial, al contrario, estoy segura de que a tu suegra se le ha pasado el dolor del reuma. He hecho otro bizcocho ¿quieres probar?
Por un segundo Laura estuvo a punto de materializar su deseo de asesinar a aquella impresentable, pero se lo pensó mejor, mucho mejor. Había tenido un día horrible, habían anulado unos pedidos y su jefe le había echado una bronca monumental culpándola a ella, para colmo le había llegado el borrador de Hacienda y tenía que pagar mil doscientos euros por eso de que había tenido dos pagadores, ni que semejante circunstancia la convirtiera en millonaria. Pensándolo bien, a lo mejor el bizcocho le ayudaba a olvidar.
-Venga, dame la prueba.


domingo, 8 de marzo de 2015

BUSCANDO MI LUGAR


La mayoría de la gente se piensa que los personajes de los cuadros somos seres inertes que no sienten ni padecen. Nada más lejos de la realidad. Desde el mismo momento en que el pincel comienza a embadurnar el lienzo, el pintor no sólo crea una figura, también le insufla un alma, ese ente de origen incomprensible del que el género humano se cree único propietario. Y nosotros, las figuras pictóricas, les dejamos que se lo crean por no armar un escándalo. En realidad no sería muy agradable encontrarse con el toro del Guernica pastando por ahí, con lo feo y deforme que es, o a alguno de los bufones de Velázquez dándose un garbeo por la Puerta del Sol, por poner algún lugar de ejemplo, o al fusilado del dos de mayo con su cara de susto tomándose un café por las Ramblas. Somos conscientes de nuestras limitaciones, así que la mayoría de nosotros optamos por estarnos quietecitos por toda la eternidad en el lugar que la azarosa mano del pintor nos ha asignado
Pero de vez en cuando surge algún alma inquieta, y esa ha sido la mía. Me pintó un muchacho holandés de nombre impronunciable, conocido por todos como El Bosco, y me colocó en un prado verde, de la mano de Dios el creador y al lado de un Adán con cara de bobo, rodeada de animales exóticos, y cerca de un gato comiéndose un ratón cuya visión de daba bastante repelús. Mi propio aspecto nunca me hizo demasiada gracia, pues me pintó una melena larga hasta los pies que en verano me daba un calor exagerado, sin contar con que mi rostro no era precisamente bonito. Para colmo de males estaba desnuda, y la mayoría de los personajes del cuadro también, algunos en actitudes bastante obscenas, incluso había un hombre al que le salía del culo un precioso ramillete de flores, que ya me dirán ustedes a qué viene semejante escenita. Y no digamos ya la última parte del cuadro, que al parecer refleja los infiernos, allí proliferan los objetos introducidos por los traseros de los caballeros que da gusto, y aquella especie de pajarraco tragándose un hombre... en fin, que todo lo que me rodeaba me era bastante desagradable. Lo único que me fascinaba era el magnífico lago en el cual muchos de mis compañeros se refrescaban y se lo pasaban en grande, algo que a mi siempre me fue negado, pues mi sitio, como madre de la humanidad, era estar allí, en el medio del prado, al lado de Dios y de mi Adán con cara de tonto.
Lo cierto es que me armé de paciencia y resignación y así me mantuve muchos años, soportando las miradas de admiración de la gente que pasaba por el museo y hacía ociosos comentarios resaltando la belleza y magnificencia de la obra de arte que tenía ante si, con lo que yo no estaba nada de acuerdo. Además en el fondo siempre creí que aquellas manifestaciones eran falsan, que aquel conjunto de incongruencias no podía gustarle a nadie.
Un día mi paciencia llegó a su fin. Llevaba una temporada acariciando la idea de buscarme otro cuadro en el que habitar, y lo decidí finalmente una tarde en la que un mocoso de no más de cinco años le dijo a su madre: “Mira, mamá, esa señora de la melena larga, qué fea es” Y su madre observándome con detenimiento repuso: “Si, hijo, es horrible”. Me ofendió tanto que, como el pequeño no quitaba los ojos de mi, no pude evitar echarle la lengua, gesto ante el cual abrió mucho los ojos y corrió a los brazos de su madre llorando a lágrima viva porque la señora del cuadro le había echado la lengua. No debía hacerlo, lo sé, pero estaba tan harta que no me pude resistir.
Lo cierto es que aquella misma noche mi alma salió del delicioso jardín en en que había reposado durante varios siglos en busca de alguna otra pintura en la que me sintiera como yo quería, tranquila, sin visiones maquiavélicas ni sobresaltos extraños. Lo primero que se me ocurrió fue hacerme dueña de la Mona Lisa, dentro de ella iba a encontrar el sosiego que buscaba, aunque sospeché que iba a estar ocupada, como así fue. En cuanto me planté en el Louvre, delante de tan magna obra, la muy ladina amplió su enigmática sonrisa y me largó con viento fresco. “De aquí no me echa nadie, monina”, me dijo, “por nada del mundo dejo yo de ser la más admirada”. Así que me tuve que largar con el rabo entre las piernas.
Ya que estaba allí me di una vuelta por el museo pero ninguno de los cuadros que estaban libres me pareció idóneo para pasar el resto de mis días. “La libertad guiando al pueblo” estaba libre, pero no me extraña, tanta guerra, tanta batalla, y encima enseñando las tetas... descartada; también me pasé por “La Virgen de las Rocas”, la primera gran pintura de Leonardo da Vinci y estuve un rato contemplándola, pensando si hacerme con semejante personaje, pero me lo pensé mejor; está rodeada de niños, y los niños acaban siempre dando jaleo, ya lo dice el refrán, quien con niños se acuesta meado se levanta.
Me volví al Museo del Prado, y me di un garbeo rápido por las salas. La Maja vestida, pues la desnuda, ni pensarlo, me parecía muy aburrida. Pasarme el resto de mis días recostada en un sillón no iba conmigo. Las Meninas ni soñarlo. Si estando en el Jardín de las delicias me habían tachado de fea, aquí no quiero ni pensar lo que dirían de mí, fea y encima deforme. Las Tres Gracias de Rubens parecían estar pasándoselo muy bien jugando a la rueda como tres estúpidas, y encima estaban desnudas y les sobraban unos kilos... descartadas.
Decidí marcharme al museo Reina Sofía, pero una vez allí enseguida me di cuenta de que dentro de aquellos extraños cuadros no iba a estar a gusto. Ya casi me iba a dar por vencida y a regresar al Jardín asqueroso del que había salido, cuando escuché un siseo que parecía llamarme. Miré a mi alrededor y no vi a nadie, hasta que escuché la voz alta y clara.
-Soy yo, la que está asomada a la ventana, de espaldas, como comprenderás no me puedo dar la vuelta.
Me fijé entonces en el cuadro que estaba a mi derecha. Era una muchacha asomada a una ventana, mirando el mar, con un trasero sugerente y una melena morena recogida de forma descuidada. Me gustaron los tonos azules del entorno y sobre todo, me encantaron el mar y el cielo que la chica contemplaba. Cuando vio que había conseguido captar mi atención siguió hablando.
-¿No estarás buscando un cuadro en el que meterte, por un casual? - me preguntó.
-Pues si, chica – le contesté, previendo que la conversación se presentaba interesante – llevo cinco siglos en el Jardín de las Delicias y ya estoy un poco harta. Tendrá mucho colorido y mucha variedad de personajes, no digo que no, pero es un antro de perdición subrealista que ya me tiene un poco hastiada. Necesito asentarme en un lugar relajado y tranquilo.
-¡Ay madre! No me digas que vienes del Jardín ese, llevó tanto tiempo soñando con formar parte de toda esa pandilla de personajes depravados... porque entre tantos que sois supongo que de vez en cuando os cambiaréis de personaje.
-Ni lo sé ni me importa, pero supongo que si.
-Oye y ¿qué te parece si me cambias? Tú te quedas en este cuadro y yo me voy al tuyo. Tengo ganas de darle algo de marcha al cuerpo. Ver el mar y el cielo de Cadaqués está muy bien, pero en su justa medida.


      No me lo pensé ni un instante. Le di las instrucciones necesarias para llegar a mi cuadro sin complicaciones y aquí me quedé yo, frente a esta venta, contemplando un paisaje precioso y siendo elogiada por la mayoría de la gente. No les quiero ni contar la de caballeros que se quedan enamorados de mi trasero.

viernes, 6 de marzo de 2015

SÁBADO DE CARNAVAL



SÁBADO DE CARNAVAL
Rosa miraba con nostalgia el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana. Era temprano y el rocío vestía la hierba de las praderas con miles de diamantes a los que el sol arrancaba fulgurantes destellos. Se auguraba un día soleado, el día perfecto para la fiesta, la que ella también iba a disfrutar, aunque hubiera de hacerlo a escondidas.
Era sábado de carnaval. Aquella noche en el pueblo se volvería a celebrar el “antroido” como muchos años atrás, volverían las máscaras, las gentes anónimas que jugaban entre ellas a acertar quién era quién. Rosa recordaba los sábados de carnaval de antes de la guerra, cuando las calles se llenaban de algarabía, de felicidad, de sueños... luego la contienda había terminado con todo, también con la alegría. Decían que habían prohibido el carnaval, que aquello de andar con las caras tapadas era cosa indecente, que sólo a las mentes enfermas de pecado les podría atraer semejante atrocidad... Pero el tiempo había ido transcurriendo y los vetos se habían ido relajando. Algunos incluso decían que el carnaval nunca se había ido del todo, que las gentes se las arreglaban para celebrarlo a escondidas, incluso en los claros del bosque, a la orilla del río, lejos de miradas censuradoras e indiscretas.
Aquel año, el señor alcalde había dado permiso para celebrar una pequeña fiesta de carnaval, con la única condición de que nadie fuera con la cara tapada del todo. Rosa estaba entusiasmada, pues sabía que allí estaría Marcos, el hijo del molinero, aquél que había conocido el día que había acompañado al pueblo a Maruxiña, la hija de los jornaleros que trabajan las tierras del pazo y que ayudaba a su madre en las tareas de la casa. Maruxiña había llevado una saca de maíz a moler y allí estaba Marcos, vaciando los sacos de cereal para que el molino hiciera su tarea, con aquellos ojos verdes y aquella sonrisa de fábula que secuestraron el corazón virgen de Rosa. Desde aquel día no habían dejado de verse a escondidas. Rosa era muy joven, sólo tenía quince años, y además pertenecía a la nobleza del pueblo. Era la hija de los señores del pazo, y ellos nunca permitirían, nunca, que su pequeña se desposara con un simple molinero. Pero no era momento de pensar en dificultades. Ya se solventarían cuando llegara el momento.
Rosa tenía prohibido acudir a la fiesta de carnaval. Su madre le había dicho que por nada del mundo le permitiría mezclarse entre aquellas gentes simples y zafias que jamás podrían estar a su altura, y menos en una fiesta de disfraces, indecente dónde las haya. Ni siquiera sabía cómo el señor alcalde se había atrevido a permitir semejante atrocidad.
Ante tal situación, Rosa acudió a pedir ayuda a Maruxiña, mas para su sorpresa la muchacha no se mostró presta a ayudarla, sino todo lo contrario.
-¿Ir el sábado a los carnavales del pueblo? Ni hablar,conmigo no cuentes Rosiña, y más vale que te vayas sacando esa idea de la cabeza.
Maruxa se persignó después de la negativa e hizo un gesto extraño con los ojos mirando al cielo, como si pidiera disculpas a Dios por pensar siquiera en la posibilidad de disfrutar de las diversiones del antroido. Idéntica reacción tuvo en las tres o cuatro ocasiones en que Rosa intentó convencerla de tal cosa. Entonces la muchacha se decidió a sonsacarla.
-Pero vamos a ver, Maruxiña, ¿cuántas veces me has ayudado para que pudiera encontrarme con Marcos? ¿Por qué ahora no?
-La noche de sábado de carnaval no debes salir de casa. Hazme caso, Rosiña. Yo te ayudo cualquier otro día, pero ese no.
-¿Y por qué?
-Pues porque no.
-Esa no es una razón.
-Pues tendrá que serlo
Se disponía Maruxa a retomar sus quehaceres, pero Rosa la tomó por el brazo con brusquedad y la obligó a encararse con ella.
-De eso nada – le dijo – me vas a explicar cuál es el motivo por el que no quieres acompañarme a la fiesta. Y ahora mismo, si no quieres que le diga a mi madre que no lavas bien las verduras de la comida.
-¡Eso no es verdad! - protestó la otra.
-Lo sé. ¿Pero a quién te piensas que va a creer?
Maruxa no replicó y se rindió a la evidencia. Tomó a su amiga de la manó y la llevó hacia el banco de piedra situado bajo al rosaleda, en el jardín. Luego suspiró, como si quisiera tomar fuerzas antes de hablar.
-Es una noche maldita, la noche del sábado de carnaval es una noche endemoniada, perversa, maligna... ellos salen a la búsqueda de las almas y no dudarán en hacer lo que sea para encontrarlas, hasta matar.
Maruxa hablaba con la mirada nublada por el miedo, mientras Rosa estaba a punto de echarse a reír ante lo que consideraba ingenuidad de su amiga.
-Pero Maruxa, ¿qué tonterías estás diciendo? ¿No ves que esos sólo son cuentos de viejas?
-No, Rosiña, yo tengo unos años más que tú y todavía lo recuerdo. El primer crimen, y el segundo, y el tercero... y como comenzaron a relacionar las muertes con la noche del sábado de antroido. Siempre era gente joven, hombres o mujeres, daba lo mismo, siempre aparecían muertos en el bosque, con un enorme boquete en el pecho a través del que les habían extraído el corazón, y la cruz de Santiago marcada a fuego en el cuello. Así murió Iria, la hija de Raimundo el cartero, Senén, el hijo de la señora María, la que vivía al lado del lavadero, y Pedro, y Jesusa, y no sé cuántos más.
-¿Y no cogieron al asesino? ¿Quién era?
-Ni lo cogieron ni lo han de coger nunca. Es el demonio, Rosiña, es el mismo diablo que viene a este mundo a castigar a los que se atreven a unirse a esta fiesta maldita. Por eso no te voy a ayudar a escapar, y por supuesto ni se te ocurra hacerlo tú sola.
Maruxa volvió a sus tareas dando la conversación por zanjada. Rosa no dio ninguna importancia a las tonterías que le había contado. No eran más que leyendas estúpidas que circulaban por todos los pueblos. Así que decidió que el sábado se las apañaría para bajar sola al pueblo. No iba a quedar sin ver a Marcos por nada del mundo.
Y el día por fin había llegado, pero las horas pasaban lentas, mucho más lentas que los demás días, y Rosa no tenía calma. Andaba por la casa de un lado a otro sin sentido, sin saber qué hacer, sintiendo una desasosiego extraño. Por primera vez pensaba en las tonterías que le había contado Maruxiña con cierta preocupación, aunque suponía que no era más que miedo por tener que cruzar la zona boscosa que separaba su casa del pueblo en plena noche. Así que luchó por apartarlas de su mente y cuando por fin dieron las nueve dijo que se retiraba a su cuarto aduciendo dolor de cabeza, se vistió con ropajes antiguos y medio harapientos que había encontrado en el desván y puso rumbo al pueblo. Cruzó el bosque deprisa y en menos de quince minutos ya estaba en la plaza. Allí reinaba la algarabía. Los muchachos bailaban al son de la música de una banda de segunda, pero daba lo mismo, el caso era divertirse. Rosa buscó con la mirada a Marcos y pronto lo distinguió. Se acercó a él con premura y lo saludó con entusiasmo.
-Hola, Marcos.
Él la miró extrañado, como si hubiera visto un fantasma.
-¿Qué haces tú aquí? ¿Has venido sola? ¡Estás loca! ¿No sabes lo que ocurre en el bosque todas las noches de sábado de carnaval?
-¿Tú también? Igual que Maruxiña... no decís más que tonterías.
-No son tonterías Rosa. Es la verdad. No sé qué te ha contado Maruxiña pero esta noche está maldita y todo aquel que pise el bosque tiene que saber que le ronda la muerte. Es la maldición.
Rosa miró de hito en hito la chico. Jamás había creído en brujas, diablos, meigas y cosas por el estilo, pero al parecer estaba equivocada y las conexiones del pueblo con el inframundo existían y eran peligrosas.
-Pero... no puede ser verdad.
Marcos tomó de la mano a la muchacha y la llevó hacía un lugar apartado. Luego le contó la terrible historia que todo el pueblo guardaba dentro de sí.
-Hace mucho tiempo habitaba en el bosque una meiga llamada Águeda que se jactaba de que con sus pócimas conseguía cumplir los deseos de la gente. A ella acudió una muchacha llamada Iria, que estaba enamorada de Roi, el herrero, el cual no le hacía demasiado caso. Iria deseaba que el joven se fijara en ella, pero por más pócimas y hechizos que le recetaba la meiga, éstos no producían el efecto deseado. Entonces Águeda, temerosa de que su buena fama se fuera al traste por aquel fracaso, decidió dar un paso más y conectar con las fuerzas del mal, las cuales se prestaron a ayudarla pero con un horrible pacto de por medio. Accederían a los deseos de la muchacha y Roi se enamoraría perdidamente de ella, pero el siguiente sábado de carnaval Águeda les tenía que ofrecer como sacrificio el corazón de una joven virgen que no se prestara a los desmadres del antroido. La meiga accedió, pero desgraciadamente murió de unas fiebres antes de poder cumplir el trato. Los demonios estuvieron tranquilos durante unos años, pero de pronto comenzaron a cobrarse lo que se les debía. El hechizo sólo llegará a su fin cuando una joven virgen se entregue voluntariamente a ellos.
Rosa estaba lívida y comenzaba a sentir frío y miedo. Aquella historia desconocida le ponía los pelos de punta.
-Pero... ¿por qué sabéis todo eso? Lo del pacto...atribuir al demonio las muertes...
-Águeda se lo confesó al señor cura unas horas antes de su muerte. Él lo sabe. Y ahora vámonos Rosa, yo te acompañaré a tu casa. Enciérrate allí y no salgas hasta mañana.
Marcos acompañó a Rosa de vuelta a su hogar. Cuando se despidieron, en la puerta de la casa, Rosa lo abrazó con fuerza.
-Ahora tienes que regresar sólo al pueblo y cruzar el bosque. ¿No será mejor que te quedes aquí? Puedes dormir en el cobertizo.
-No te preocupes, no me pasará nada, tengo que regresar al pueblo, he de vigilar a los muchachos para que nadie se acerque al bosque.
Marcos emprendió el viaje de vuelta dejando a Rosa con el corazón encogido. La chica se retiró a su cuarto con negros presagios revoloteando por su mente. Poco antes de la media noche escuchó el grito profundo y horrible que anunciaba la muerte. Supo que Marcos había caído en manos del diablo. Al día siguiente lo encontraron en un claro del bosque, sin corazón y con la marca de rigor en la cuello.
Rosa lloró su muerte con desconsuelo. Se sentía culpable de la misma. Si no se hubiera empeñado en acudir a la fiesta de disfraces aquella noche... Entonces se le ocurrió la mejor forma de expiar su culpa. Un año después, la noche de sábado de carnaval, Rosa salió de su casa, se adentró en el bosque y se sentó en un tronco. Sólo era cuestión de esperar y todo habría terminado.