miércoles, 21 de octubre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 11

 




Todo salió a la perfección. El sábado me fui con Violeta a Barcelona. Allí permanecí una semana. Me llevó a los lugares emblemáticos de la ciudad y así, entre actividad y actividad, los días corrieron mucho más rápido de lo que en un principio había pensado. El viernes, después del almuerzo, me despedí de mi amiga y de sus adorables abuelos fingiendo ante éstos que regresaba a mi casa, pero en realidad tomé un taxi y me dirigí al aeropuerto. Miguel ya me esperaba. Cuando le vi me perdí en sus brazos y cubrí su cara de besos. Lo había echado mucho de menos. Pero por fin ya estaba allí, ya estábamos juntos otra vez. Y se presentaba por delante una semana para los dos, solos, sin más obligación por cumplir que disfrutar de nuestra propia compañía, de un amor que se mostraba libre solamente por unos días.

La estancia en Venecia fue idílica. Recorrimos sus calles y sus canales con esmero, deteniéndonos cada poco para empaparnos de la esencia del romanticismo que emanaba de sus piedras. Visitamos sus basílicas, sus puentes y sus palacios, recorrimos el gran canal en el vaporetto, compramos porcelana de Capodimonte y cristal de Murano, pensando en la casa que sería la nuestra dentro del tiempo que fuera... fuimos felices, tanto que hubiéramos dado la mitad de nuestra vida para que el tiempo se detuviera en aquellos días.

La víspera de nuestro regreso una leve tristeza envolvió nuestros corazones enamorados. La vuelta a la rutina, tan necesaria a veces, se mostraba como un lastre difícil de sobrellevar, pero irremediable. Por la noche, ya con las maletas preparadas para la partida, Miguel me llevó a cenar a un pequeño restaurante que habíamos descubierto durante uno de nuestros paseos por la ciudad. La estancia, que guarecía dentro de sí unas cuatro o cinco mesas, se encontraba a aquellas horas de la noche casi vacía. Nos acomodamos en la mesa más apartada y pedimos la cena. La camarera, una italiana bonachona y parlanchina, nos la sirvió con premura y se retiró enseguida, como si supiera que necesitábamos aprovechar al máximo las últimas horas que nos quedaban en soledad. Comimos casi en silencio. Pareciera que tuviéramos algo importante que decirnos y no nos atreviéramos a hacerlo. Pero no era así. Sólo sentíamos que el final de las vacaciones había llegado y que pasaría mucho tiempo hasta que una oportunidad igual se presentara de nuevo en nuestras vidas.

-No estés triste, princesa. Piensa que al fin y al cabo seguiremos viviendo en la misma casa. Si tuviéramos que separarnos sería mucho peor ¿no te parece?

Suspiré, dando cuenta de la última porción de mi helado de turrón y miré a Miguel con resignación.

-No se consuela quien no quiere. Ya lo sé, ya sé que seguiremos viviendo en la misma casa, pero no estoy segura de que eso sea nada maravilloso. No podremos tocarnos, ni decirnos “te quiero”, ni salir a tomar un café juntos con entera libertad, sin las miradas inquisitivas de medio pueblo sobre nuestras espaldas.... Quiero hacerme mayor y marcharme contigo lejos de todo, como hemos estado ahora, esta semana, juntos, viviendo nuestra vida sin nada que nos moleste.

-No es tan fácil, Irene, no es tan fácil.

-Es todo lo fácil que nosotros queramos.

Miguel jugueteaba con unas migas de pan sobre el mantel.

-¿De verdad? Si lo ves tan fácil... ¿qué propones que hagamos?

-Irnos. Marcharnos juntos lejos.

Sonrió, pero no con su sonrisa de siempre, sino con una sonrisa triste, ensombrecida por la preocupación, por la pena, por la impotencia.

-Nada me gustaría más que cumplir tu deseo, que es también el mío, pero no podemos Irene. Tú eres menor de edad, tu madre podría denunciarme, sin contar con que yo tengo mi trabajo estable en el hospital y no puedo dejarlo. Si lo hago ¿de qué viviríamos? Y tú debes estudiar, tienes que labrarte tu futuro. Yo entiendo que ves las cosas con ojos de muchacha enamorada y que por eso te parecen simples, mucho más simples de lo que en realidad son.

-¿Acaso tú no estás enamorado?

-Lo estoy, más de lo que nadie se pueda imaginar y precisamente por eso, porque te quiero, sé que tenemos que hacer las cosas bien. Debemos tener paciencia, pequeña. Y verás como todo acaba saliendo como nosotros queremos.

Suspiré y asentí con la cabeza. En el fondo sabía que tenía razón. Yo me dejaba llevar por mis sentimientos, a veces por mi tristeza, otras veces por mi entusiasmo y así, entre sensación y sensación, entre las huellas de amor que Miguel dejaba marcadas en mi piel y la ternura de sus palabras, despreciaba la realidad y me inventaba una vida a su lado que por fuerza tenía que ser, y tenía que ser ya, no podía esperar a mañana.

Salimos al fresco de la noche y caminamos por la ciudad bordeando los canales surcados por las góndolas, escuchando el suave chapotear del agua. Cuando llegamos al hotel nos fuimos directamente a la cama. Estábamos cansados y al día siguiente nos esperaba un día agotador. Pero yo no podía dormir. Daba vueltas sin cesar, escuchando la respiración acompasada de Miguel, signo inequívoco de que él sí estaba dormido. De pronto una enorme congoja se apoderó de mi corazón adolescente y sin poderlo evitar un llanto lento, suave y callado brotó de mis ojos de niña. Lloraba por el fin de mi viaje, por el amor que me parecía inalcanzable aunque en aquellos momentos durmiera a mi lado, por el tiempo que tendría que esperar, por mis pocos años. Miguel me oyó y se despertó.

-¿Qué te pasa, Irene? ¿Te encuentras mal?- me preguntó alarmado.

-Hazme al amor – le respondí – Hazme el amor como si fuera la última vez, por favor.

Sus besos y sus caricias fueron la respuesta y me amó desesperadamente, con fuerza, con furia, como si presintiera que, tal y como yo le había dicho, era la última vez.

*

Al principio la vida siguió su curso de siempre. Mis penas se fueron disipando y mi corazón enamorado se fue calmando. Volví a mirar la vida desde la ventana de la realidad. No todo era tan malo como yo pensaba. Al fin y al cabo estábamos juntos y aprovechábamos cada momento que teníamos para disfrutar de nuestra intimidad. Hasta que todo cambió.

No sabría decir si fue de un día para otro o si la situación se fue fraguando con el tiempo sin que yo me diera cuenta. Lo cierto es que la relación entre Miguel y yo seguía siendo la de siempre y jamás noté nada que me pudiera advertir de lo que finalmente ocurrió. Fue muy simple, demasiado simple para que mi mente demasiado joven pudiera entenderlo.

Había llegado la primavera. Los días eran largos, el aire era tibio y los campos comenzaban a sembrarse de flores. La primavera siempre había tenido el poder de alborotarme el ánimo. Así me sentía, alegre, feliz, contenta sin tener un motivo especial para ello, cuando una tarde de sábado Miguel me dijo que teníamos que hablar en serio. No sentí miedo. Ni por un instante se me dio por pensar que aquello que tenía que decirme fuera algo que viniera a echar por tierra mis ilusiones, bien al contrario, me sentí emocionada, ilusionada incluso, creyendo que Miguel había encontrado por fin la solución perfecta para una situación que, si no era insoportable, sí que por momentos se convertía en incómoda.

Caminamos por el camino de la ermita. Miguel estaba serio, pero yo no supe interpretar su rostro grave y austero. Sólo cuando nos sentamos en nuestro banco de siempre y vi que no respondía como siempre a mis mimos y carantoñas, sólo entonces supe que algo iba mal.

-Irene, pequeña.... no sé cómo decirte esto.

Sus ojos se paseaban inquietos por todos lados, miraban la hierba, o el cielo, pero no me miraban a mi.

-¿Qué ocurre? Me estás asustando. ¿Está enferma mamá? ¿O tal vez tu padre?

-No, no, ellos están bien. Lo que quiero decirte... tiene que ver conmigo... con nosotros. Verás, hace unas semanas recibí una propuesta de un hospital. Me ofrecían un puesto importante, muy importante, un puesto que lleva consigo un impulso muy importante a mi carrera profesional. Además me da muchas posibilidades de aprender cosas nuevas.... Voy a aceptarlo.

Me pareció que toda aquella parafernalia que se había montado para darme semejante noticia, era absurda. Al fin y al cabo tener que irse a trabajar a Valencia, o tal vez a Barcelona, incluso a Madrid, tampoco era tan grave. Cierto era que tendríamos que estar toda la semana sin vernos, puede que incluso algún fin de semana también, pero habría que buscarle el lado bueno, así los reencuentros serían mucho más apasionados.

-Claro que tienes que aceptarlo – le dije – Además no tiene por qué ser tan malo, al fin y al cabo dentro de dos años empezaré en la universidad e intentaré irme a estudiar a dónde estés tú.

-No Irene, eso no será posible, yo me voy a Boston, al Memorial Hospital de Boston.

Entonces comprendí. Vislumbré el final, aunque desde el principió me empeñé en negarlo, en el fondo sabía que era así.

-Eso.... es muy lejos ¿no?

Por toda respuesta Miguel me abrazó, me estrechó entre sus brazos muy fuerte y lloró con su frente apoyada en mi hombro. Sólo le había visto llorar así el día en que murió su madre y supe que ya nada tenía remedio.

lunes, 19 de octubre de 2020

Quince años y un secreto -Capítulo 10

 




Nuestra celebración, sin embargo fue empañada por una nada agradable sorpresa. Estábamos en un pub cerca del puerto, un pub tranquilo en el que a aquellas horas nocturnas de un sábado cualquiera apenas había unas cuantas parejas que buscaban un lugar reposado para sus conversaciones. Nos encontrábamos acomodados ante la barra, tomándonos unas copas de cava, cuando de pronto vi entrar a Cristina con una muchacha. Su rostro presentaba signos bastante significativos de haber estado llorando. La piel roja, los ojos brillantes e hinchados, el semblante opaco.

-Vaya – dije – tenemos visita. A lo mejor deberíamos marcharnos.

Miguel volvió su mirada hacia la puerta .

-Pues tal vez sí, mejor será que nos vayamos.

Pero ya era tarde. Cristina nos había visto y se dirigía hacia nosotros con cara de pocos amigos.

-¡Vaya, mira quién está aquí! La encantadora parejita: la Lolita y el pederasta.

-Cristina, por favor...

-Ni por favor ni leches. Tengo algo que decirle a esta niñita y me va a oír, sí o sí.

Estaba muy alterada y arrastraba las palabras como si hubiera bebido una copa de más. Pero a mí me daba lo mismo. No quería armar jaleo, desde luego no era mi estilo, aunque no iba a dejar de defenderme. Miguel intentó pararle los pies sin conseguirlo, ella no cesaba de repetir una y otra vez que tenía cosas que decirme. Yo me mantenía callada y al margen, hasta que decidí intervenir para poner fin a aquella situación absurda.

-Déjala, Miguel; déjala que hable. Venga – me dirigí a ella – si tanto tienes que decirme empieza y termina de una vez.

Me miró con desprecio y en su cara se dibujó una sonrisa que estaba muy lejos de sentir. Se acercó un poco más a mí en actitud chulesca y escupió sus palabras.

-Eres una pequeña zorra. Lo supe desde el principio. Supe que estabas celosa y que no pararías hasta quitarme a mi novio. De momento lo has conseguido pero esto no va a terminar así...

Pareció que su verborrea barata había llegado a su fin.

-¿Has terminado ya? - le pregunté - ¿Era eso todo lo que tenías que decirme? Pero si ya lo sabía. No era necesario que me lo dijeras tú. Tienes razón en todo. En mis celos, en lo de que te lo quise quitar, y en que soy una zorra también, soy una puta de un solo hombre al que no le cobro por mis servicios ¿Adivinas quién es?

Levantó la mano dispuesta a propinarme una bofetada pero Miguel la detuvo agarrándole el brazo antes de que su mano alcanzara mi rostro.

-No, Cristina, por ahí no paso. Vámonos, Irene, aquí estamos empezando a dar la nota y no me gustan estas situaciones.

Me cogió de la mano y me sacó del pub casi a rastras. Mientras Cristina, completamente fuera de sí, gritaba y nos despedía con toda clase de improperios.

-Está completamente loca – dijo con semblante preocupado cuando nos hubimos alejado lo suficiente – Tengo miedo de lo que pueda llegar a hacer.

-Nada, no hará nada. Sólo es una mujer despechada. Acabará entrando en razón. Además, olvídala, ahora ya estamos juntos y lo estaremos para siempre ¿verdad?

Habíamos llegado de nuevo al paseo marítimo. Nos sentamos en el mismo banco en el que habíamos estado apenas una hora antes.

-Siempre, Irene, estaremos juntos siempre. Y aunque ahora tengamos que pasar por alguna dificultad, la superaremos seguro. Y al final mi padre y tu madre acabarán entendiendo.

-Tendrán que hacerlo.

-Ahora ¿sabes lo que me gustaría hacer?

-¿El amor conmigo?

Miguel rio, me abrazó y me dio un beso que hizo vibrar todos y cada uno de los poros de mi piel.

-Eso por descontado – dijo por fin – pero en estos momentos me refería a otra cosa. Me gustaría hace un viaje contigo, los dos solos, lejos... a Londres, a París, Nueva York...

-O a Venecia – repuse con entusiasmo - ¿te imaginas? De paseo en las góndolas por los canales, a la luz de la luna... jo, estaría genial. Lástima que no pueda ser.. por lo menos de momento.

-Pues yo lo necesito, necesito escaparme de todo esto, relajarme y olvidarme de los problemas.

-Pero no te irás sin mi ¿verdad? - pregunté preocupada.

Me abrazó y me dio un beso en la frente.

-Claro que no, princesa. Me iría contigo si pudiera, pero solo no, te echaría demasiado de menos.

Algún día nos iremos tú y yo lejos, lejos de todo y de todos. Y esto que estamos viviendo nos parecerá una anécdota para contar a los nietos.

Permanecimos en silencio durante largo rato, mirando las olas que rompían suavemente en la arena, escuchando el murmullo de la espuma que quebraba la quietud del lugar y de aquella noche estrellada y cálida. Yo pensaba sólo en cumplir años de una vez, en hacerme mayor e independiente, en poder querer a mi chico sin limitaciones absurdas. De repente me invadió la melancolía, y como no quería ponerme a llorar como una tonta, me levanté del banco y tiré de Miguel.

-Venga, vámonos a casa, que se está haciendo tarde.

*

Ya en casa y en la cama me puse a pensar en la idea del viaje. Nada me apetecía más que poder disfrutar de unos días lejos, al lado de mi amado, pero ausentarnos de casa los dos sin levantar sospechas se presentaba como un difícil reto. De pronto una lucecita se me encendió en la cabeza. Tenía la solución perfecta para ello. Me levanté de la cama a tientas y a tientas fui hasta la habitación de Miguel, dispuesta a ponerle al corriente de mi fabulosa idea.

-Miguel ¿duermes? - pregunté muy bajito entreabriendo la puerta.

-No – respondió – anda pasa, échate aquí a mi lado, a ver si acurrucado entre tus brazos me entra el sueño, aunque lo dudo, más bien me entrarán ganas de otras cosas.

Me acerqué a su cama y me metí con él entre sus sábanas. Nos abrazamos.

-Oye ¿decías en serio lo de viaje juntos? - le pregunté.

-Completamente.

-Pues creo que tengo la solución- me senté en la cama antes de comenzar a relatarle mi fabulosa idea. - Verás, Violeta se marcha la próxima semana a Barcelona, a pasar una temporada con los abuelos, pues sus padres se van de viaje a México. Me ha invitado a ir con ella. Puedo fingir que me voy con ella.... y en realidad irme contigo.

Me miró desde su posición allí abajo, entre las sábanas y durante unos segundos no dijo nada, parecía estar reflexionando mi propuesta.

-¿Y bien? - lo apremié.

-Es muy arriesgado – dijo finalmente. Aunque yo sabía que había despertado su interés.

-No tiene por qué.

-¿Y si tu madre te llama por teléfono?

-Eso tiene fácil solución, le digo que los abuelos de Violeta no tienen teléfono en casa y que la llamo yo todos los días.

Miguel pensaba de nuevo. Yo continué con mi propuesta.

-Podría levantar sospechas que nos fuésemos los dos juntos, pero no tiene ni por qué ser así. Yo me voy la semana que viene y digo que estaré quince días con mi amiga, pero en realidad pasaré sólo una semana. En ese momento pasarás tú a buscarme y nos iremos juntos.

-¿Y a Violeta qué le dirás?

-La verdad, Miguel. Violeta sabe desde hace tiempo que tú eres el amor de mi vida.

Volví a meterme entre las sábanas, me abracé fuerte a su cuerpo y le bese levemente en los labios.

-¿Qué dices?

-Vale. Creo que merece la pena arriesgarse. Mañana lo planeamos bien, princesa. ¿A dónde te gustaría ir?

-A Venecia. Me gustaría ir a Venecia y hacer el amor contigo escuchando el chapoteo del agua en los canales. Pero ahora me voy a mi cama, porque si me quedo aquí terminaré haciéndolo ahora, y eso sí que es muy arriesgado.- le bese mil veces en la mejilla – Hasta mañana mi vida. Te quiero.

Me fui a mi cama y dormí toda la noche como un lirón. Al día siguiente era domingo, así que fue el lunes cuando pusimos en marcha nuestro plan. Yo se lo conté a Violeta y se mostró dispuesta a ayudarme, por supuesto. El sábado nos iríamos con sus padres en coche hasta Barcelona, luego ellos tomarían el avión hacia Acapulco y nosotras quedaríamos con los abuelos. El viernes siguiente Miguel iría en coche hasta Barcelona y desde allí tomaríamos un avión rumbo a Venecia. En la agencia de viajes le habían confirmado las reservas, tanto del avión como del hotel, para los días señalados sin problema. Tampoco en casa nadie mostró inconveniente alguno cuando contamos los planes ficticios a nuestros padres. Yo me iría quince días a Barcelona con Violeta y Miguel viajaría a Roma con un grupo de compañeros del hospital. La diversión estaba servida.

domingo, 18 de octubre de 2020

Quince años y secreto - Capítulo 9

 



Regresé a casa después de pasar algo más de dos semanas en el hospital. Poco a poco fui recuperándome e intentando hacer mi vida normal. Las clases habían terminado y las vacaciones de verano llamaban a la puerta. No se mostraban demasiado halagüeñas y por primera vez pensé que la posibilidad de marchar unos días a Barcelona con mi amiga Violeta no estaba del todo mal. Pero aún me sentía demasiado débil para afrontar el viaje.

Una tarde, de regreso del trabajo, Miguel llegó a casa muy contento. Yo me había acostado un rato, pues me sentía un poco cansada, y estaba leyendo en la cama. Entró en el cuarto mostrándome dos entradas para el cine.

-Mira que tengo aquí – me dijo mientras las sostenía con la mano en alto.

-Parecen dos entradas para el cine. ¿Alguna película en especial?- pregunté sin demasiado entusiasmo.

-Si, esa película romántica, esa que tiene una música tan bonita.... que el otro día anunciaron por la tele y dijiste que te gustaba mucho ¿no recuerdas?

-¿Ghost?

-¡Exacto!

-Ah, pues nada, ya me contarás qué tal está. Si vale la pena, iré yo con Violeta.

-Entonces ¿no vas a venir conmigo?- preguntó perplejo.

Yo suponía desde el principio que las entradas eran para los dos, pero no quise seguirle el juego.

-¿Contigo? ¿Esas entradas son para los dos? ¿Y Cristina?

-Deja a Cristina en paz. Yo quiero ir a ver esta película contigo.

Cerré el libro que estaba leyendo y lo posé encima de la mesita de noche. Crucé mis manos sobre mi abdomen y le miré con cara de abuelita.

-Voy a ir contigo al cine porque tengo unas ganas locas de ver esa película. Pero no voy a volver a salir contigo mientras sigas con Cristina. Y no, esto no es una amenaza, ni un ultimátum ni ninguna de esas tonterías. Pero a partir de ahora voy a ser consecuente conmigo misma, y o estás conmigo, o estás con ella. Yo no tengo inconveniente en salir a escondidas, aunque te advierto que me importan más bien poco tanto los rumores como las paranoias de nuestros padres, pero si optas por salir conmigo y tiene que ser medio ocultos del mundo lo será. Simplemente tienes que elegir. ¿vale?

Sin mediar respuesta se inclinó sobre mí y me besó levemente en los labios.

-El no salir contigo mientras estés con Cristina incluye también que no me puedes dar besos en la boca – dije sin mucho convencimiento.

Sonrió y antes de abandonar la habitación me dijo:

-Te quiero, princesa.

*

Desde el mismo momento en que me senté en la cómoda butaca de la sala de cine me sentí nerviosa. Mi corazón, que latía demasiado deprisa, me decía que el ambiente romántico de la película podía se el detonante de alguna reacción amorosa entre Miguel y yo que quería evitar a toda cosa. Claro que a veces, una cosa es lo que se piensa y otra lo que se hace. Indiscutiblemente hay ocasiones en que las circunstancias doblegan a la voluntad.

En cuanto comenzó la escena en la que los dos actores moldean una jarra de barro con tanta pasión que acaban haciendo el amor, sentí su mano aferrarse a la mía. Cerré los ojos intentando aplacar mi emoción y cuando los abrí evité mirarle y continué prestando atención a la película, pero por el rabillo del ojo vi que me miraba de vez en cuando, como esperando algo de mí. Yo sabía que si volvía la cabeza hacia él acabaríamos besándonos, lo cual era mucho más emocionante que la película, que si bien estaba genial, no era comparable a todo lo que me provocaba cualquier roce físico con el hombre que en aquellos momentos se sentaba a mi lado. Siempre supe que la templanza no estaba precisamente entre mis cualidades más sobresalientes, y juro que lo intenté, pero al final sucumbí. No ya giré mi cabeza hacia él, sino que la apoyé en su hombro, como hacía con frecuencia, y la frote contra su cuello como si fuera un gatito buscando mimos de su dueño. Miguel captó el mensaje en seguida. Pasó su brazo por encima de mis hombros, me atrajo más hacia él y me beso con una pasión desbordante. El temblor de sus labios denotaban su excitación, lo cual era el estímulo perfecto para mí, que noté como la temperatura corporal me subía unos cuantos grados y la respiración se me agitaba. Intenté mantener la compostura y hacer que aquel beso no pasara de eso, de un beso, muy ardiente, muy erótico, muy volcánico, pero beso al fin y al cabo. Pero mi voluntad se fue al garete cuando sentí que su mano me desabrochaba unos botones de la blusa y se colaba dentro de mi sujetador. Menos mal que estábamos en la última fila del cine y que éste no se encontraba muy concurrido, pues la película se había estrenado semanas atrás. Mi mente se abandonó, dejó de pensar y a partir de entonces fui sólo cuerpo, un cuerpo que gozaba de forma atroz y salvaje con unas simples caricias. Pero es que Miguel era capaz de sacar la parte más bestial de mí misma sexualmente hablando. Cuando las luces se encendieron anunciando el final del filme nos recompusimos muy dignos y salimos del cine buscando un lugar en el que dar rienda suelta a nuestras bajas pasiones. Fue en una fábrica abandonada, muy cerca de la sala, a donde nos dirigimos sin mediar palabra como si nos hubiésemos leído el pensamiento. Miguel me levantó en volandas, arrimando mi espalda a la pared, y me penetró con un golpe seco que hizo que el mundo desapareciera a mi alrededor y no existiera nadie más que él. Me gustaba mirar su cara, desfigurada en un rictus de placer, escuchar sus gemidos de animal en celo, sentir la plenitud de su sexo luchando por alcanzar y hacerme alcanzar el placer supremo. Esa vez estallamos los dos a la vez y cuando nos recuperamos del esfuerzo, sentados en medio de los escombros, intentando relajar nuestros pulsos acelerados, le dije muy seria:

-Hace apenas un mes que me han operado. Ni siquiera has pensado en que....

-¡Oh, lo siento! No te habré hecho daño ¿verdad? - preguntó alarmado.

-Que es broma tonto – le dije muerta de risa – Oh Miguel, ¿por qué soy tan débil? Dije que no iba a estar contigo mientras no dejaras a Cristina y no me he podido resistir.

-Eso es porque me quieres.

-Porque te quiero y porque me gusta disfrutar del sexo contigo.

-Vaya, me encanta escuchar eso. Porque el sentimiento es mutuo.

Me levanté y tiré de él por el brazo para que se levantara también e iniciamos el trayecto de regreso a casa. Justo al salir del inmueble abandonado nos encontramos a la mujer que había levantado murmuraciones sobre nosotros.

-Uy, mañana estaremos de nuevo en boca de todo el pueblo. - dijo Miguel.

-Bueno, pues vale, si dice que nos vio salir de la fábrica abandonada y que seguramente estuvimos cometiendo actos indecentes dentro, estará diciendo la verdad, ¿no crees?

Sonrió y me dio un beso en la mejilla.

-Eres fenomenalmente expresiva y me encanta que pases de la gente, pero nuestros padres...

-Oh por favor, no empieces de nuevo con eso, nuestros padres, Cristina y el idilio de mentira, podría ser el título de una película – repuse airada.

-No te enfades, Irene, pero piensa que...

-No quiero pensar en nada de eso. ¿Y además sabes qué voy a hacer? Voy a cumplir mi propósito, y mientras no te comportes como una persona normal, rompas con Cristina y lo que piensen nuestros padres te importe más bien poco, no me voy a acercar a ti y por supuesto te dirigiré la palabra lo único indispensable.

-¿Serás capaz?

-No sabes tú de lo que soy capaz.

Y fui, claro que fui. Aunque afortunadamente mi castigo de silencio no duró mucho tiempo. Ah, por cierto, la película la vi años más tarde, en la televisión. Muy bonita.

*

Estuve dos semanas sin apenas dirigirle la palabra, aunque debo admitir que en alguna ocasión la situación no dejó de provocarme risa, pues delante de nuestros padres intentaba disimular mi castigo y Miguel aprovechaba para tirarme de la lengua y hacer que la conversación entre los dos fuera fluida y distendida.

Pasadas las dos semanas, una noche de sábado, cuando regresaba a casa después de salir un rato con mi amiga Violeta, al pasar por el paseo marítimo me fijé en un muchacho que, sentado en un banco, parecía mirar al mar fijamente. En cuando me fui acercando me di cuenta de que era él. Tan ensimismado estaba en la contemplación de las olas que no se percató de que yo me acercaba. Cuando me senté a su lado se llevó un susto y pegó un respingo.

-¡Irene! ¡Qué susto me has metido!

-¿Y quién te pensabas que era? - le pregunté muerta de risa - ¿Un ladrón?

-No... pero estaba tan distraído mirando al mar....

-Ya me di cuenta. ¿Y se puede saber a qué se debe esta melancolía?

Apoyó sus codos en sus rodillas, echando su cuerpo cuerpo hacia delante, unió sus manos y después de pensar un rato me miró y me contó el motivo de una nostalgia que no era tal.

-Dejé a Cristina. Esta noche quedé con ella y le dije toda la verdad, toda, de pe a pa, y no le sentó nada bien.

-¿Acaso esperabas que no fuera así?

-Pues supongo que no, pero... no sé, Irene, en el fondo me dio un poco de pena. No se merecía...

-No se merecía nada – dije cortando su discurso – ni siquiera que estuvieras saliendo con ella todos estos meses. La has engañado, la has engañado muchísimo, y en estos momentos se tiene que estar sintiendo como una mierda. Y seguramente odiándote. Pero la vida es así de dura. Y mira, qué quieres que te diga, yo me alegro que la hayas dejado, porque te quiero y te quiero sólo para mí. El amor es así de egoísta, no sé si te has dado cuenta.

Miguel me abrazó muy fuerte y sonrió, con aquella sonrisa que sólo sabía regalarme él.

-Mi princesa... eres tan joven y a la vez tan madura... creo que incluso que eres mucho más juiciosa que yo, o al menos mucho más consecuente con tu forma de pensar. Te quiero tanto....

-Y yo – dije dándole un sonoro beso en la mejilla.

Después me levanté y tiré de él para que me imitara.

-Y ahora vamos a celebrarlo. Nada de estar aquí mirando el mar como dos idiotas. ¿Qué te parece si nos emborrachamos?

-¡Irene!

-Que es broma, tonto. Anda, vamos a tomarnos un copita antes de volver a casa. No hace falta que nos emborrachemos pero sí que podemos hacer un brindis por... por nosotros.