miércoles, 11 de marzo de 2015

DE VIAJE CON MARÍA


La señora Enedina estaba encantada con sus nuevos vecinos. Era una pareja de jovencitos, recién casados, o eso era lo que ella pensaba, un poco descuidados en el vestir y tal vez en el aseo personal, pues subir detrás de ellos en el ascensor a veces era una verdadera tortura, pero atentos y agradables al trato.
La chica, Marta, según le había contado a la señora Enedina, era una forofa de la repostería. Le gustaba preparar toda clase de dulces y bizcochos, que después vendía por las casas para sacarse una pelillas extra, pues su sueldo como empleada de un supermercado no daba para muchas estridencias.
-Hay que pagar la hipoteca y las facturas – solía decir cuando sacaban a relucir el tema – y si no hay dinero es la HECATOMBE completa, y como la repostería se me da bien... ya verá doña Enedina, un día de estos le voy a hacer un bizcocho de naranja que está para chuparse los dedos.
Así fue que una tarde, la joven cumplió su promesa y se presentó en casa de la buena mujer con el susodicho pastel, que tenía una pinta bárbara.
-Déjelo enfriar – le dijo a la vieja – que lo acabo de sacar del horno y caliente le puede sentar mal.
Pero Enedina era muy golosa y tal y como posó el bizcocho en la mesa de la cocina se comió el primer trozo, y el segundo y el tercero también y así fue cayendo el dulce entero, acompañado de una copita de anís peleón, del que compraba en la tienda de la señora Marcela, que era una usurera de cuidado y donde tenía que vender un litro vendía tres cuartos, pero eso ahora carece de importancia para la historia que nos ocupa. El caso es que la señora Enedina se zampó el bizcocho y se bebió un cuartillo de anís y se sintió muy bien, mejor que lo que se había sentido nunca.
Estaba esperando a su nieto Andrés, que iría a su casa directamente al salir del colegio, y más tarde pasaría a buscarlo su madre, a la postre nuera de Enedina, con la que no se llevaba demasiado bien porque desde que se había casado con su hijo éste había perdido muchos kilos, señal inequívoca de que no lo alimentaba como era debido.
Cuando el pequeño Andrés llamó al timbre su abuela acudió a abrirle la puerta presa de una euforia inexplicable y lo recibió entre risas estúpidas, conminándole a entrar y a ponerse a hacer los deberes en la mesa del salón mientras ella veía el programa de variedades que echaban en la tele. En aquel preciso instante estaban entrevistando a un político acusado de PEDERASTA, palabra que la vieja no entendió pero que le hizo mucha gracia.
-Andresito – preguntó a su nieto muerta de risa - ¿tú sabes lo que significa pederasta?
El niño la miró con ojos asustados y sin contestar se sentó a la mesa de la cocina a hacer sus tareas.
-¿Y ADLÁTERE? ¿sabes lo que significa? La he leído en el periódico esta mañana, hablando de un político y sus secuaces. Yo creo que se refería a que el hombre era un ladrón de cuidado. ¿Tú qué opinas Andresito?
-No sé. Tengo que hacer los deberes.
-Tienes razón, ponte a hacer tus tareas que yo voy a ver un poco la tele y hacer macramé, que últimamente me relaja mucho.
La señora Enedina se sentó delante del aparato de televisión, mas su mente estaba distraída en un serie de pensamientos cada cual más absurdos que a ella le parecían lógica pura y que le producían una sensación de bienestar desconocida.
“Yo creo que mi joven vecina debería tener un hijo pronto. Tengo que decírselo en cuanto la vea, los hijos es mejor tenerlos cuando se es joven. Claro que, bien pensado, la muchacha no tiene apenas tetas, no sé como va a alimentar a la criatura así que voy a tener que actuar yo de NODRIZA, que para eso tengo unos buenos cántaros, como decía mi difunto Eustaquio” Y ante semejante absurdo pensamiento se echó a reír a carcajadas de forma tal que asustó a su nieto, el cual comenzaba a pensar, no sin razón, que a su abuela le faltaba un tornillo.
“Y otra cosa que tengo que hacer sin falta es comentarle a la enfermera del centro de salud este color morado que tengo en el pie izquierdo, supongo que será de las varices, pero no vaya a ser que me entre la GANGRENA y me quede sin pié, que había de dar gusto verme coja, apoyada en una muleta, y lo peor es que no podría bailar la conga el sábado en el centro de mayores. Con las ganas que le tengo a Don Francisco, con ese bailaba yo la conga y alguna otra cosa más.”
-Andresito ¿conoces a Don Francisco, hijo? - preguntó a su nieto sin ton ni son
El niño levantó la cabeza de sus tareas y la sacudió en sentido negativo.
-Pues está muy curioso ¿sabes? Incluso puede que me case con él, así será tu abuelo ¿no te hace ilusión?
Andrés, que era un niño, pero que no tenía un pelo de tonto, comenzó a preocuparse seriamente por la salud mental de su abuela. No era normal que una mujer como ella, siempre seria y comedida, incluso a veces demasiado, se comportara con la ligereza con la que lo estaba haciendo. Andresito se preguntaba que INFAUSTO motivo tendría para hacer lo que hacía, igual hasta había una explicación lógica, pero por si acaso decidió avisar a su madre. Aprovechó el momento en el que su abuela fue a su cuarto, a buscar la foto de Don Francisco que estaba empeñada en enseñarle y llamó a su mamá por teléfono.
-Mamá, por favor, ven pronto que la abuela está muy rara.
Así fue que Laura, la mamá de Andrés, a la postre nuera de la señora Enedina, suspendió la importante reunión de trabajo en la que estaba inmersa y se presentó rauda en casa de su suegra, pudiendo así comprobar con sus propios ojos que la preocupación de su hijo no era sin fundamento. Su suegra la recibió entre besos y abrazos exagerados, como si hubiesen pasado años desde la última vez que se habían visto, aunque habían estado juntas el día anterior.
-¿Enedina está usted bien?
-Siiii, creo que jamás he estado mejor en mi vida. Mira, mira la foto de Don Francisco. Este sábado he quedado con él para echar unos bailes. Es muy guapo ¿verdad? Es posible que acabemos casándonos y todo....
Definitivamente aquella mujer no estaba en sus cabales. Antes de tomar decisión alguna Laura pensó que sería mejor preguntarle a Marta, la nueva vecina, si había notado algo extraño en su suegra. Sabía que ambas mujeres se llevaban muy bien así que tal vez la muchacha pudiera darle alguna pista. Y se la dio, vaya que si. En cuanto abrió la puerta y vio a Laura en el umbral la hizo pasar y ni siquiera hizo falta que abriera la boca.
-Supongo que vienes a preguntarme por tu suegra. Lo siento tía, yo he tenido la culpa de todo. Verás, esta tarde he hecho dos bizcochos y le regalé uno a ella, pero le di el equivocado, en el nuestro había puesto un poco de maría, está noche vienen unos amigos y queríamos sorprenderlos. No somos drogadictos eh, no vayas a pensar cosas raras, pero de vez en cuando... no te imaginas lo bien que se pasa.
-Claro que me lo imagino. Mi suegra está desvariando y riendo como una estúpida, sin contar como los efectos que pueda tener en su salud, es una mujer mayor.
Laura estaba muy enfadada y en aquellos momentos le hubiera gustado estrangular con sus propias manos a la muchachita menuda y de apariencia dulce que tenía en frente.
-No te enfades mujer, si colocarse con un poco de maría de vez en cuando no es perjudicial, al contrario, estoy segura de que a tu suegra se le ha pasado el dolor del reuma. He hecho otro bizcocho ¿quieres probar?
Por un segundo Laura estuvo a punto de materializar su deseo de asesinar a aquella impresentable, pero se lo pensó mejor, mucho mejor. Había tenido un día horrible, habían anulado unos pedidos y su jefe le había echado una bronca monumental culpándola a ella, para colmo le había llegado el borrador de Hacienda y tenía que pagar mil doscientos euros por eso de que había tenido dos pagadores, ni que semejante circunstancia la convirtiera en millonaria. Pensándolo bien, a lo mejor el bizcocho le ayudaba a olvidar.
-Venga, dame la prueba.


domingo, 8 de marzo de 2015

BUSCANDO MI LUGAR


La mayoría de la gente se piensa que los personajes de los cuadros somos seres inertes que no sienten ni padecen. Nada más lejos de la realidad. Desde el mismo momento en que el pincel comienza a embadurnar el lienzo, el pintor no sólo crea una figura, también le insufla un alma, ese ente de origen incomprensible del que el género humano se cree único propietario. Y nosotros, las figuras pictóricas, les dejamos que se lo crean por no armar un escándalo. En realidad no sería muy agradable encontrarse con el toro del Guernica pastando por ahí, con lo feo y deforme que es, o a alguno de los bufones de Velázquez dándose un garbeo por la Puerta del Sol, por poner algún lugar de ejemplo, o al fusilado del dos de mayo con su cara de susto tomándose un café por las Ramblas. Somos conscientes de nuestras limitaciones, así que la mayoría de nosotros optamos por estarnos quietecitos por toda la eternidad en el lugar que la azarosa mano del pintor nos ha asignado
Pero de vez en cuando surge algún alma inquieta, y esa ha sido la mía. Me pintó un muchacho holandés de nombre impronunciable, conocido por todos como El Bosco, y me colocó en un prado verde, de la mano de Dios el creador y al lado de un Adán con cara de bobo, rodeada de animales exóticos, y cerca de un gato comiéndose un ratón cuya visión de daba bastante repelús. Mi propio aspecto nunca me hizo demasiada gracia, pues me pintó una melena larga hasta los pies que en verano me daba un calor exagerado, sin contar con que mi rostro no era precisamente bonito. Para colmo de males estaba desnuda, y la mayoría de los personajes del cuadro también, algunos en actitudes bastante obscenas, incluso había un hombre al que le salía del culo un precioso ramillete de flores, que ya me dirán ustedes a qué viene semejante escenita. Y no digamos ya la última parte del cuadro, que al parecer refleja los infiernos, allí proliferan los objetos introducidos por los traseros de los caballeros que da gusto, y aquella especie de pajarraco tragándose un hombre... en fin, que todo lo que me rodeaba me era bastante desagradable. Lo único que me fascinaba era el magnífico lago en el cual muchos de mis compañeros se refrescaban y se lo pasaban en grande, algo que a mi siempre me fue negado, pues mi sitio, como madre de la humanidad, era estar allí, en el medio del prado, al lado de Dios y de mi Adán con cara de tonto.
Lo cierto es que me armé de paciencia y resignación y así me mantuve muchos años, soportando las miradas de admiración de la gente que pasaba por el museo y hacía ociosos comentarios resaltando la belleza y magnificencia de la obra de arte que tenía ante si, con lo que yo no estaba nada de acuerdo. Además en el fondo siempre creí que aquellas manifestaciones eran falsan, que aquel conjunto de incongruencias no podía gustarle a nadie.
Un día mi paciencia llegó a su fin. Llevaba una temporada acariciando la idea de buscarme otro cuadro en el que habitar, y lo decidí finalmente una tarde en la que un mocoso de no más de cinco años le dijo a su madre: “Mira, mamá, esa señora de la melena larga, qué fea es” Y su madre observándome con detenimiento repuso: “Si, hijo, es horrible”. Me ofendió tanto que, como el pequeño no quitaba los ojos de mi, no pude evitar echarle la lengua, gesto ante el cual abrió mucho los ojos y corrió a los brazos de su madre llorando a lágrima viva porque la señora del cuadro le había echado la lengua. No debía hacerlo, lo sé, pero estaba tan harta que no me pude resistir.
Lo cierto es que aquella misma noche mi alma salió del delicioso jardín en en que había reposado durante varios siglos en busca de alguna otra pintura en la que me sintiera como yo quería, tranquila, sin visiones maquiavélicas ni sobresaltos extraños. Lo primero que se me ocurrió fue hacerme dueña de la Mona Lisa, dentro de ella iba a encontrar el sosiego que buscaba, aunque sospeché que iba a estar ocupada, como así fue. En cuanto me planté en el Louvre, delante de tan magna obra, la muy ladina amplió su enigmática sonrisa y me largó con viento fresco. “De aquí no me echa nadie, monina”, me dijo, “por nada del mundo dejo yo de ser la más admirada”. Así que me tuve que largar con el rabo entre las piernas.
Ya que estaba allí me di una vuelta por el museo pero ninguno de los cuadros que estaban libres me pareció idóneo para pasar el resto de mis días. “La libertad guiando al pueblo” estaba libre, pero no me extraña, tanta guerra, tanta batalla, y encima enseñando las tetas... descartada; también me pasé por “La Virgen de las Rocas”, la primera gran pintura de Leonardo da Vinci y estuve un rato contemplándola, pensando si hacerme con semejante personaje, pero me lo pensé mejor; está rodeada de niños, y los niños acaban siempre dando jaleo, ya lo dice el refrán, quien con niños se acuesta meado se levanta.
Me volví al Museo del Prado, y me di un garbeo rápido por las salas. La Maja vestida, pues la desnuda, ni pensarlo, me parecía muy aburrida. Pasarme el resto de mis días recostada en un sillón no iba conmigo. Las Meninas ni soñarlo. Si estando en el Jardín de las delicias me habían tachado de fea, aquí no quiero ni pensar lo que dirían de mí, fea y encima deforme. Las Tres Gracias de Rubens parecían estar pasándoselo muy bien jugando a la rueda como tres estúpidas, y encima estaban desnudas y les sobraban unos kilos... descartadas.
Decidí marcharme al museo Reina Sofía, pero una vez allí enseguida me di cuenta de que dentro de aquellos extraños cuadros no iba a estar a gusto. Ya casi me iba a dar por vencida y a regresar al Jardín asqueroso del que había salido, cuando escuché un siseo que parecía llamarme. Miré a mi alrededor y no vi a nadie, hasta que escuché la voz alta y clara.
-Soy yo, la que está asomada a la ventana, de espaldas, como comprenderás no me puedo dar la vuelta.
Me fijé entonces en el cuadro que estaba a mi derecha. Era una muchacha asomada a una ventana, mirando el mar, con un trasero sugerente y una melena morena recogida de forma descuidada. Me gustaron los tonos azules del entorno y sobre todo, me encantaron el mar y el cielo que la chica contemplaba. Cuando vio que había conseguido captar mi atención siguió hablando.
-¿No estarás buscando un cuadro en el que meterte, por un casual? - me preguntó.
-Pues si, chica – le contesté, previendo que la conversación se presentaba interesante – llevo cinco siglos en el Jardín de las Delicias y ya estoy un poco harta. Tendrá mucho colorido y mucha variedad de personajes, no digo que no, pero es un antro de perdición subrealista que ya me tiene un poco hastiada. Necesito asentarme en un lugar relajado y tranquilo.
-¡Ay madre! No me digas que vienes del Jardín ese, llevó tanto tiempo soñando con formar parte de toda esa pandilla de personajes depravados... porque entre tantos que sois supongo que de vez en cuando os cambiaréis de personaje.
-Ni lo sé ni me importa, pero supongo que si.
-Oye y ¿qué te parece si me cambias? Tú te quedas en este cuadro y yo me voy al tuyo. Tengo ganas de darle algo de marcha al cuerpo. Ver el mar y el cielo de Cadaqués está muy bien, pero en su justa medida.


      No me lo pensé ni un instante. Le di las instrucciones necesarias para llegar a mi cuadro sin complicaciones y aquí me quedé yo, frente a esta venta, contemplando un paisaje precioso y siendo elogiada por la mayoría de la gente. No les quiero ni contar la de caballeros que se quedan enamorados de mi trasero.

viernes, 6 de marzo de 2015

SÁBADO DE CARNAVAL



SÁBADO DE CARNAVAL
Rosa miraba con nostalgia el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana. Era temprano y el rocío vestía la hierba de las praderas con miles de diamantes a los que el sol arrancaba fulgurantes destellos. Se auguraba un día soleado, el día perfecto para la fiesta, la que ella también iba a disfrutar, aunque hubiera de hacerlo a escondidas.
Era sábado de carnaval. Aquella noche en el pueblo se volvería a celebrar el “antroido” como muchos años atrás, volverían las máscaras, las gentes anónimas que jugaban entre ellas a acertar quién era quién. Rosa recordaba los sábados de carnaval de antes de la guerra, cuando las calles se llenaban de algarabía, de felicidad, de sueños... luego la contienda había terminado con todo, también con la alegría. Decían que habían prohibido el carnaval, que aquello de andar con las caras tapadas era cosa indecente, que sólo a las mentes enfermas de pecado les podría atraer semejante atrocidad... Pero el tiempo había ido transcurriendo y los vetos se habían ido relajando. Algunos incluso decían que el carnaval nunca se había ido del todo, que las gentes se las arreglaban para celebrarlo a escondidas, incluso en los claros del bosque, a la orilla del río, lejos de miradas censuradoras e indiscretas.
Aquel año, el señor alcalde había dado permiso para celebrar una pequeña fiesta de carnaval, con la única condición de que nadie fuera con la cara tapada del todo. Rosa estaba entusiasmada, pues sabía que allí estaría Marcos, el hijo del molinero, aquél que había conocido el día que había acompañado al pueblo a Maruxiña, la hija de los jornaleros que trabajan las tierras del pazo y que ayudaba a su madre en las tareas de la casa. Maruxiña había llevado una saca de maíz a moler y allí estaba Marcos, vaciando los sacos de cereal para que el molino hiciera su tarea, con aquellos ojos verdes y aquella sonrisa de fábula que secuestraron el corazón virgen de Rosa. Desde aquel día no habían dejado de verse a escondidas. Rosa era muy joven, sólo tenía quince años, y además pertenecía a la nobleza del pueblo. Era la hija de los señores del pazo, y ellos nunca permitirían, nunca, que su pequeña se desposara con un simple molinero. Pero no era momento de pensar en dificultades. Ya se solventarían cuando llegara el momento.
Rosa tenía prohibido acudir a la fiesta de carnaval. Su madre le había dicho que por nada del mundo le permitiría mezclarse entre aquellas gentes simples y zafias que jamás podrían estar a su altura, y menos en una fiesta de disfraces, indecente dónde las haya. Ni siquiera sabía cómo el señor alcalde se había atrevido a permitir semejante atrocidad.
Ante tal situación, Rosa acudió a pedir ayuda a Maruxiña, mas para su sorpresa la muchacha no se mostró presta a ayudarla, sino todo lo contrario.
-¿Ir el sábado a los carnavales del pueblo? Ni hablar,conmigo no cuentes Rosiña, y más vale que te vayas sacando esa idea de la cabeza.
Maruxa se persignó después de la negativa e hizo un gesto extraño con los ojos mirando al cielo, como si pidiera disculpas a Dios por pensar siquiera en la posibilidad de disfrutar de las diversiones del antroido. Idéntica reacción tuvo en las tres o cuatro ocasiones en que Rosa intentó convencerla de tal cosa. Entonces la muchacha se decidió a sonsacarla.
-Pero vamos a ver, Maruxiña, ¿cuántas veces me has ayudado para que pudiera encontrarme con Marcos? ¿Por qué ahora no?
-La noche de sábado de carnaval no debes salir de casa. Hazme caso, Rosiña. Yo te ayudo cualquier otro día, pero ese no.
-¿Y por qué?
-Pues porque no.
-Esa no es una razón.
-Pues tendrá que serlo
Se disponía Maruxa a retomar sus quehaceres, pero Rosa la tomó por el brazo con brusquedad y la obligó a encararse con ella.
-De eso nada – le dijo – me vas a explicar cuál es el motivo por el que no quieres acompañarme a la fiesta. Y ahora mismo, si no quieres que le diga a mi madre que no lavas bien las verduras de la comida.
-¡Eso no es verdad! - protestó la otra.
-Lo sé. ¿Pero a quién te piensas que va a creer?
Maruxa no replicó y se rindió a la evidencia. Tomó a su amiga de la manó y la llevó hacia el banco de piedra situado bajo al rosaleda, en el jardín. Luego suspiró, como si quisiera tomar fuerzas antes de hablar.
-Es una noche maldita, la noche del sábado de carnaval es una noche endemoniada, perversa, maligna... ellos salen a la búsqueda de las almas y no dudarán en hacer lo que sea para encontrarlas, hasta matar.
Maruxa hablaba con la mirada nublada por el miedo, mientras Rosa estaba a punto de echarse a reír ante lo que consideraba ingenuidad de su amiga.
-Pero Maruxa, ¿qué tonterías estás diciendo? ¿No ves que esos sólo son cuentos de viejas?
-No, Rosiña, yo tengo unos años más que tú y todavía lo recuerdo. El primer crimen, y el segundo, y el tercero... y como comenzaron a relacionar las muertes con la noche del sábado de antroido. Siempre era gente joven, hombres o mujeres, daba lo mismo, siempre aparecían muertos en el bosque, con un enorme boquete en el pecho a través del que les habían extraído el corazón, y la cruz de Santiago marcada a fuego en el cuello. Así murió Iria, la hija de Raimundo el cartero, Senén, el hijo de la señora María, la que vivía al lado del lavadero, y Pedro, y Jesusa, y no sé cuántos más.
-¿Y no cogieron al asesino? ¿Quién era?
-Ni lo cogieron ni lo han de coger nunca. Es el demonio, Rosiña, es el mismo diablo que viene a este mundo a castigar a los que se atreven a unirse a esta fiesta maldita. Por eso no te voy a ayudar a escapar, y por supuesto ni se te ocurra hacerlo tú sola.
Maruxa volvió a sus tareas dando la conversación por zanjada. Rosa no dio ninguna importancia a las tonterías que le había contado. No eran más que leyendas estúpidas que circulaban por todos los pueblos. Así que decidió que el sábado se las apañaría para bajar sola al pueblo. No iba a quedar sin ver a Marcos por nada del mundo.
Y el día por fin había llegado, pero las horas pasaban lentas, mucho más lentas que los demás días, y Rosa no tenía calma. Andaba por la casa de un lado a otro sin sentido, sin saber qué hacer, sintiendo una desasosiego extraño. Por primera vez pensaba en las tonterías que le había contado Maruxiña con cierta preocupación, aunque suponía que no era más que miedo por tener que cruzar la zona boscosa que separaba su casa del pueblo en plena noche. Así que luchó por apartarlas de su mente y cuando por fin dieron las nueve dijo que se retiraba a su cuarto aduciendo dolor de cabeza, se vistió con ropajes antiguos y medio harapientos que había encontrado en el desván y puso rumbo al pueblo. Cruzó el bosque deprisa y en menos de quince minutos ya estaba en la plaza. Allí reinaba la algarabía. Los muchachos bailaban al son de la música de una banda de segunda, pero daba lo mismo, el caso era divertirse. Rosa buscó con la mirada a Marcos y pronto lo distinguió. Se acercó a él con premura y lo saludó con entusiasmo.
-Hola, Marcos.
Él la miró extrañado, como si hubiera visto un fantasma.
-¿Qué haces tú aquí? ¿Has venido sola? ¡Estás loca! ¿No sabes lo que ocurre en el bosque todas las noches de sábado de carnaval?
-¿Tú también? Igual que Maruxiña... no decís más que tonterías.
-No son tonterías Rosa. Es la verdad. No sé qué te ha contado Maruxiña pero esta noche está maldita y todo aquel que pise el bosque tiene que saber que le ronda la muerte. Es la maldición.
Rosa miró de hito en hito la chico. Jamás había creído en brujas, diablos, meigas y cosas por el estilo, pero al parecer estaba equivocada y las conexiones del pueblo con el inframundo existían y eran peligrosas.
-Pero... no puede ser verdad.
Marcos tomó de la mano a la muchacha y la llevó hacía un lugar apartado. Luego le contó la terrible historia que todo el pueblo guardaba dentro de sí.
-Hace mucho tiempo habitaba en el bosque una meiga llamada Águeda que se jactaba de que con sus pócimas conseguía cumplir los deseos de la gente. A ella acudió una muchacha llamada Iria, que estaba enamorada de Roi, el herrero, el cual no le hacía demasiado caso. Iria deseaba que el joven se fijara en ella, pero por más pócimas y hechizos que le recetaba la meiga, éstos no producían el efecto deseado. Entonces Águeda, temerosa de que su buena fama se fuera al traste por aquel fracaso, decidió dar un paso más y conectar con las fuerzas del mal, las cuales se prestaron a ayudarla pero con un horrible pacto de por medio. Accederían a los deseos de la muchacha y Roi se enamoraría perdidamente de ella, pero el siguiente sábado de carnaval Águeda les tenía que ofrecer como sacrificio el corazón de una joven virgen que no se prestara a los desmadres del antroido. La meiga accedió, pero desgraciadamente murió de unas fiebres antes de poder cumplir el trato. Los demonios estuvieron tranquilos durante unos años, pero de pronto comenzaron a cobrarse lo que se les debía. El hechizo sólo llegará a su fin cuando una joven virgen se entregue voluntariamente a ellos.
Rosa estaba lívida y comenzaba a sentir frío y miedo. Aquella historia desconocida le ponía los pelos de punta.
-Pero... ¿por qué sabéis todo eso? Lo del pacto...atribuir al demonio las muertes...
-Águeda se lo confesó al señor cura unas horas antes de su muerte. Él lo sabe. Y ahora vámonos Rosa, yo te acompañaré a tu casa. Enciérrate allí y no salgas hasta mañana.
Marcos acompañó a Rosa de vuelta a su hogar. Cuando se despidieron, en la puerta de la casa, Rosa lo abrazó con fuerza.
-Ahora tienes que regresar sólo al pueblo y cruzar el bosque. ¿No será mejor que te quedes aquí? Puedes dormir en el cobertizo.
-No te preocupes, no me pasará nada, tengo que regresar al pueblo, he de vigilar a los muchachos para que nadie se acerque al bosque.
Marcos emprendió el viaje de vuelta dejando a Rosa con el corazón encogido. La chica se retiró a su cuarto con negros presagios revoloteando por su mente. Poco antes de la media noche escuchó el grito profundo y horrible que anunciaba la muerte. Supo que Marcos había caído en manos del diablo. Al día siguiente lo encontraron en un claro del bosque, sin corazón y con la marca de rigor en la cuello.
Rosa lloró su muerte con desconsuelo. Se sentía culpable de la misma. Si no se hubiera empeñado en acudir a la fiesta de disfraces aquella noche... Entonces se le ocurrió la mejor forma de expiar su culpa. Un año después, la noche de sábado de carnaval, Rosa salió de su casa, se adentró en el bosque y se sentó en un tronco. Sólo era cuestión de esperar y todo habría terminado.



jueves, 5 de marzo de 2015

DOROTHY LA TUERTA


Ayer Dorothy la tuerta pasó a mejor vida. Al parecer Julián el tabernero se la encontró muerta cuando se acercó a llevarle su ración de comida diaria. Hoy el periódico local se hacía eco de tan luctuoso suceso, cosa que no es de extrañar. Dorothy la tuerta había sido toda una institución en el vecindario, y no precisamente porque hubiera sido una glamurosa DAMA de la alta sociedad.
Apareció por el pueblo muchos años atrás, una calurosa y húmeda tarde de verano, cuando el sol calentaba las piedras y el polvo del camino se arremolinaba al pie de las casas y de los TRONCOS de los escasos árboles que arropaban las calles. Llamaban la atención sus vestimentas de colores llamativos y el parche que ocultaba su ojo derecho cual si fuera un pirata. Parecía, efectivamente, que fuera la corsaria que abanderara la mayor FLOTA de barcos de filibusteros, tal era el desparpajo del que hacía gala con sus andares. Arrastraba tras de sí una vieja maleta en la que parecía acarrear su vida entera y de semejante guisa recaló en la tasca de Julián, atestada a aquellas horas de parroquianos que mataban sus horas muertas jugando al dominó o a las cartas y emborrachándose hasta casi perder el sentido. El silencio se hizo cuando Dorothy penetró en el local, pues no estaba bien visto que las mujeres visitaran lugares tan inoportunos como prohibidos para el sexo femenino, mas ella obvió aquel detalle sin importancia y con el descaro que la caracterizó a lo largo de su vida se dirigió al tabernero.
-Ponme una ginebra que estoy muerta de sed.
Julián,una vez recuperado del asombro inicial, le sirvió la ginebra y miró cómo ella se la tomaba de un trago sin apenas inmutarse. Después aquella extraña fémina le hizo una pregunta que a todos les pareció sin mucho sentido.
-Y dime tabernero ¿hay muchos jóvenes casaderos en el pueblo?
Don Servando, el cura-párroco, sintiendo que aquel momento era perfecto para recuperar un alma descarriada, como sin duda era la de aquella desvergonzada, pretendió tomar las riendas de las conversación.
-No creo que eso sea de su incumbencia – le contestó - ¿Acaso quiere convertirse en la AMANTE de todos ellos?
Dorothy se acercó al hombre sonriendo. Cuando le tuvo en frente apoyó su mano en la cadera y ladeó la cabeza antes de replicarle.
-Usted ocúpese de sus santos y de sus oraciones, que el PLACER que tengo guardado aquí – dijo señalándose la entrepierna – le está a usted vedado.
Días después por todo el pueblo se había corrido la voz de su llegada. Nadie sabía quién era, pero todos tenían una ligera sospecha de lo que pretendía llevar a cabo en aquel recóndito lugar del mundo. Efectivamente, Dorothy ocupó la casa de la cañada, un viejo caserón abandonado cerca del cauce seco del río y poco a poco lo fue adecentando ayudada por otras mujeres desconocidas que fueron apareciendo tal y como había hecho ella, de forma repentina y sorpresiva.
Una noche las luces de neón se encendieron y el club “El gato negro” comenzó su actividad. Era una casa de alterne peculiar, pues sólo admitía a caballeros solteros con el loable fin de prepararlos para que supieran hacer felices a sus futuras esposas. Al menos esa fue la explicación que dio Dorothy el día que la acorralaron en la plaza del pueblo, asediada por los que estaban en contra de su indecente trabajo.
-Y que sepáis que me da absolutamente lo mismo que os guste o no lo que mis chicas y yo practicamos. No me pienso marchar de este pueblo. Quien desee entrar en mi burdel que lo haga y quien no, que no lo haga, yo no obligo a nadie. Y vosotros, viejas beatas – dijo dirigiéndose a un grupo de mujeres que parecían llevar las riendas de aquel juicio popular – podéis estar tranquilas. Vuestros maridos jamás pondrán pié en mi local y vuestras hijas y nueras me darán las gracias por lo felices que las harán sus propios esposos cuando los tengan.
Escandalizadas, aquellas señoras decentes la dejaron por imposible y se fueron olvidando de ella poco a poco, mientras que las jóvenes recién desposadas le agradecían en silencio las enseñanzas impartidas a aquellos que se convertían en sus maridos, los cuales, sin excepción, las transportaban noche tras noche hasta unos mundos de goce cuya existencia jamás llegaron a sospechar.
Un mal día un grupo de fanáticos religiosos se hizo con el poder. Cambiaron leyes y costumbres y sumieron al pueblo en el aburrimiento y en la desidia. Cerraron todos los burdeles del país, pues prohibieron el sexo libre bajo pena de muerte. Las chicas del prostíbulo de Dorothy huyeron antes de que le tocara el turno a su antro, dejando a la pobre mujer desamparada y sola, viviendo de la caridad de Julián y de unos pocos que se apiadaron de su desgracia.


      Ayer el tabernero la encontró muerta. Dicen que le destapó el ojo y que no era tuerta. Su parche no había sido más que otro signo de rebeldía, o tal vez de coquetería, vayan ustedes a saber.

miércoles, 4 de marzo de 2015

CAPERUCITA AZUL




CAPERUCITA AZUL
Los martes y los jueves, al salir del gimnasio donde daba clases de defensa personal, hacía una visita a su abuela, que vivía a las afueras de la ciudad. Debía atravesar un bosque frondoso y húmedo, así que se ponía su abrigo azul con capucha para ir bien pertrechada contra el frío. Atravesar el bosque en cuestión no le llevaba mucho más de cinco minutos. No tenía miedo, a pesar de sentir sobre sí aquellos ojos escondidos que la seguían con malévolas intenciones. Sabía que un día pasaría a la acción y aún así, seguía sin temerle. Lobos a ella. Ese tipo no sabía con quien se estaba metiendo.
Un noche se encontró a su abuela en la cama. Al parecer estaba un poco resfriada, a juzgar por aquella voz de ultratumba con la que le hablaba desde debajo de las mantas.
-Tengo frío, mucho frío – le dijo la buena mujer.
-Abuela, pues enciende la calefacción – contestó ella.
-Es que prefiero que me des calor tú ¿Por qué no te metes un ratito conmigo en la cama?
La chica sonrió para si.
-Claro, abuelita, ahora mismo.
Levantó la ropa de la cama y no le dejó ni moverse. Con un gesto certero le hizo al lobo una llave que le impidió realizar movimiento alguno.
-Suéltame, que me haces daño – le dijo el lobo – yo solo quería pasar un rato agradable contigo. Estás tan buena....
-Como te vuelva a ver merodeando por el bosque en busca de niñas inocentes como yo te corto salva sea la parte ¿Me has oído? Y ahora dime dónde está mi abuela.

La abuela estaba dentro del un armario y enseguida fue liberada por su nieta. Por su parte el lobo cambió de bosque y por si acaso, decidió que en vez de intentar tener sexo con las chicas guapas, se comería a las niñas tontas. Pero eso forma parte ya de otra historia.

jueves, 25 de julio de 2013

CAMPO DE ESTRELLAS


CAMPO DE ESTRELLAS.

A los que ayer se durmieron para siempre.

A los que hoy han podido ver la luz de un nuevo día.

A los que prestaron su ayuda desinteresada.

A los que colapsaron los hospitales por donar su sangre.

A mi pueblo... que hoy sufre.



Siempre había recordado sus años en Santiago con especial cariño. Y quién no lo haría. La ciudad iba ligada a su juventud, a los años de estudiante, a la vida libre de las ataduras de la familia por vez primera... Hacía tiempo que estaba pensando en regresar, aunque fuera por unos días, después de lo mal que le habían ido las cosas sentía que necesitaba reencontrarse con una pasado que, para ella, desde luego, había sido mejor que el presente.

En algún momento se le ocurrió que podía hacer el Camino, en soledad, sin nada ni nadie que entretuviera su mente, teniendo todo el tiempo del mundo para meditar, para renovar su alma. Jamás había sido muy religiosa, el creer o no en un ser superior era algo a lo que no daba demasiada importancia, pero la verdad era que, de un tiempo a esta parte, necesitaba sentir, palpar, esa espiritualidad de la que hablaban todos los que habían hecho el camino.

Así pues una mañana, cargada con una mochila llena de algo de ropa y muchos desengaños, emprendió la marcha hacia su ciudad mágica, hacía ese pasado siempre latente, hacia su lejana juventud. Y así, teniendo como compañeros, al sol, a la lluvia, al viento del nordeste y al polvo del camino, se fue sintiendo mejor y fue creciendo de ella la ilusión por vivir de nuevo, por creer, por recuperar todo aquello que había ido perdiendo.

Un día se acordó de Fran, aquel amigo que había conocido en la universidad, con el que había compartido tardes de café, de apuntes y de cigarrillos y del que, sin él saberlo, había estado perdidamente enamorada, y pensó que no estaría mal volver a verle y tener alguien con quién recordar. Cierto es que habían pasado muchos años y tal vez ya sus vidas no tuvieran nada qué ver, pero al fin y al cabo para tomar unas cañas y charlar un rato tampoco hacía falta mucho más que una agradable compañía. Cuando le llamó él se alegró de escucharla y le hizo prometer que estaría en la ciudad en el día del Apostol para pasar juntos la jornada de fiesta. Ella así se lo prometió y fue por eso que el día anterior, sabiendo que no le daría tiempo a llegar a la ciudad caminando, tomó aquel tren para poder estar con su amigo el día convenido.

Fueron unos pocos kilómetros, apenas media hora de viaje, durante la cual se sintió nerviosa y expectante, exultante su ánimo ante la perspectiva de volver a vivir la algarabía de un día de celebración. La noche, los fuegos artificiales iluminando la fachada de la catedral, la música en las calles, la gente.... y aquella luna llena que comenzaba a adivinarse por un rincón del cielo...y las estrellas esparcidas en el campo celeste del universo...

Entonces ocurrió. Fueron unos minutos, unos segundos tal vez. Se escuchó el estruendo, los bandazos del vagón de un lado a otro, los gritos aterrorizados de la gente y la total oscuridad que se apoderó de ella en un intento firme de arrebatarle la vida...

Despertó al día siguiente en una cama de hospital y fue entonces cuando se enteró de la tragedia, de los muertos, de la solidaridad de la gente.. Y supo que alguien o algo había decidido darle una segunda oportunidad. Tal vez el apóstol, tal vez simplemente su propio destino.

. Todavía no lo sabe, pero dentro de un año volverá a hacer el camino y una noche cálida de verano, desde el Monte do Gozo, apoyada en una vara de avellano y contemplado las torres iluminadas de la catedral, mirará hacia el manto de estrellas que iluminará el cielo y recordando el día de hoy, dará las gracias, al apóstol, o tal vez a su propio destino, por algo muy simple: por vivir.

domingo, 30 de junio de 2013

EL MALETÍN










Juan y Nacho esperaban cómodamente sentados en un banco del parque a que llegara por fin la hora de tomar el autobús que los había de llevar de vuelta a casa después de la dura jornada de instituto. Charlaban cansadamente sobre el difícil trabajo de literatura que tenían que entregar en unos días y sobre lo buena que estaba la nueva profesora de inglés. Eran casi las seis de la tarde y los hermosos jardines eran un hervidero de gente deseosa de tomar los primeros rayos de sol del verano. Una chica rubia, de cuerpo menudo y cara angelical, apareció como de la nada cargada con una enorme mochila, un maletín negro y la funda de lo que parecía un instrumento musical. Parecía cansada. Se sentó en un banco y suspiró. Posó los objetos que traía en sus manos, se sacó la mochila de la espalda y se entretuvo un rato revolviendo en su interior. Levantó la vista pensativa durante unos segundos, al cabo de los cuales cargó de nuevo la mochila a su espalda, tomó en sus manos el chelo que casi era más grande que ella y se fue, olvidándose el maletín negro....¿o no se lo había olvidado?

     Juan dio un codazo a Nacho.

    -¿Has visto eso, amigo?

    -¿El qué?

    -La rubia esa que se sentó en el banco de en frente.

    -Ya, estaba buena ¿eh?

    -No jolín, no me refiero a si estaba buena o no. ¿No has visto lo que se ha dejado ahí, junto al banco?

    Nacho miró hacia donde su amigo le indicaba y vio el maletín negro.

   -Vaya, se le ha olvidado el maletín. Es mejor que lo llevemos a la oficina del guarda, seguro que viene a por él.

   -¡Ni hablar! ¿Estás loco? ¿Tú cómo sabes que se lo ha olvidado? A lo mejor lo dejó ahí adrede. Dios sabe lo qué contiene.

   -Bueno y a nosotros qué nos importa lo que contenga. Lo devolvemos y punto.

   -Nacho, a veces pareces tonto. ¿No te das cuenta de que puede ser un maletín explosivo? A lo mejor forma parte de un atentado. Debemos actuar con suma cautela.

   Nacho miró a su amigo y sonrió.

   -Juan, decididamente, estás como una  cabra. Creo que deberías de ver menos la televisión.

   -Pero vamos a ver tío, ¿no te fijaste que llevaba también una funda de un chelo? Es el escondite perfecto para un arma.

   -Por favor....

    En esa discusión se encontraban cuando un hombre bajito y barrigudo, medio calvo y con cara de mala leche, se acercó a ellos.

    -Eh, chicos - llamó su atención - ¿es vuestro este maletín negro?

    -No, no lo es - respondió Juan levantándose en seguida -una mujer rubia estuvo sentada en ese banco y lo ha dejado ahí.

    -Se le habrá olvidado.

    -Yo creo más bien que lo ha dejado a propósito - siguió diciendo el chico sumergido en su propia fantasía - debemos andar con ojo. Puede ser cualquier cosa.

    El viejo lo miró sorprendido.

    -Anda, pues tienes razón. No os mováis de aquí. Voy a buscar a algún responsable al que podáis contar lo que habéis visto.

   El hombre marchó murmurando a saber qué.

   -Ya la has liado, Juan -regañó Nacho.

   -De liarla nada, estamos haciendo lo correcto.

   Esperaron en silencio durante unos minutos, tras los que vieron acercarse a ellos al viejo gordo con un empleado del parque, de esos que se dedican a limpiar los jardines.

   -Ese maletín - decía el viejo - apareció ahí hace un rato, abandonado por una muchacha rubia. Estos chicos lo vieron todo.

     El empleado, vestido con un mono azul y con cara de tonto, se dirigió a los muchachos.

   - ¿Es eso cierto? ¿Qué habéis visto?

   -En realidad nada, sólo.....

    Juan no dejó proseguir a su compañero, él era el que realmente se había fijado en la jugada de la rubia.

   -Una muchacha rubia apareció por aquí, se sentó un rato en el banco y luego se fue dejando el maletín. Además llevaba una mochila cargada a la espalda y una funda de un chelo.

   -En esa funda escondía un arma, seguro - replicó el viejo.

   El empleado puso cara de preocupación

   -Es posible. Tendré que avisar a mis superiores. ¿Os fijasteis de dónde venía la muchacha?

   -La verdad es que no, señor. Pudo entrar por cualquiera de las entradas, pero yo juraría, a juzgar por la dirección que traían sus pasos, que hizo su entrada por la de arriba.

   El hombre se retiró sin decir nada, caminando muy aprisa. Alrededor del maletín se había arremolinado un pequeño grupo de curiosos.

   -¡No se acerquen! -ordenó el viejo - es probable que el maletín sea peligroso.

   -¿Peligroso? - preguntó una mujer con la cara muy pintada y vestida con abrigo de pieles - ¿No será un atentado? Seguro que es un atentado y no nos quieren decir nada.

    El grupo de gente comenzó a murmurar. A pesar del supuesto peligro el maletín, era tal su curiosidad que a ninguno se le ocurrió escapar de allí. Apareció entonces el guarda del parque. Venía muy excitado y hacia aspavientos con los brazos.

   -¡Apártense, apártense! ¿No se dan ustedes cuenta del peligro que pueden estar corriendo? A ver ¿qué ha pasado aquí?

    Juan contó por enésima vez lo que había visto. Esta vez lo adornó un poco. La rubia tenía cara siniestra, miraba constantemente hacia los lados, como si temiese que la vigilaran y todo lo hizo muy rápido. Su amigo lo miraba sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

   -¿Podrías reconocerla si la vieras? -le preguntó el guarda.

   -Por supuesto que sí.

   -Venid conmigo.

   Llevó a los chicos a su oficina y les enseñó la foto de una peligrosa terrorista.

   -¿Puede ser esta?

   Juan la miró, se rascó la barbilla pensativo y finalmente dio su opinión.

   -No lo puedo afirmar con rotundidad, pero juraría que es ella con un noventa por cierto de posibilidades de acertar.

   -¿Y tú que dices muchacho? - preguntó de nuevo el guarda, esta vez a Nacho.

   El chico miró bien a foto y la conclusión a la que llegó fue  que estaba seguro al cien por cien de que aquella no era la chica que buscaban, pero se abstuvo de decir nada.

   -Yo es que en realidad...no pude apreciar con claridad sus facciones.

  -Bueno, si tu compañero dice que es esta yo debo creerle. Estamos ante un problema muy grave. Voy a llamar a la policía.

   Así lo hizo de inmediato.

   -Oiga ¿policía? Le llamo del parque Central, soy el guarda. Verán, ejem, es que hemos detectado un maletín al lado de uno de los bancos de la zona norte que puede ser peligroso.....Si,si, completamente abandonado........Un muchacho se fijó en que una mujer lo dejaba allí,  abandonado junto a un banco......Por supuesto, ya lo hice y uno de los muchachos la ha identificado como ella.......Por supuesto , lo haré.

    Colgó el teléfono con solemnidad, como si sintiera auténtico orgullo al estar viviendo una situación extraordinaria que tenía intención de manejar con tino.

   -Estarán aquí en unos minutos. Hay que acordonar la zona y cerrar las entradas del recinto para que nadie pueda entrar ni salir.

   A partir de aquel momento Juan y Nacho fueron totalmente ignorados. Ya no importaba lo que hubieran visto o no. Salieron de nuevo al exterior y se limitaron a observar.

    -¡Atención, señoras y señores! - vociferó el guarda  cual si estuviera presentando un programa de televisión - No quiero asustarlos, pero una terrorista muy peligrosa anda suelta y ha dejado en este parque un maletín de explosivos con la malévola intención de provocar un atentado. Van acordonar la zona, pero ustedes, de momento, no pueden abandonar el recinto. Tranquilidad, y tengan paciencia. La policía llegará en breves momentos.

    Ante las voces emitidas por el hombre el gentío era cada vez mayor. Se acercaban curiosos a saber qué estaba pasando.

   -¿Qué pasa aquí? - preguntó una muchacha con muy mala pinta.

   -Una terrorista anda suelta y un maletín está a punto de estallar- le informó una mujer con aspecto de muy cotilla que la miró de mala manera - ¿No será usted, verdad?

   -Anda y que te jodan - le contestó la chica alejándose del lugar.

    De repente las sirenas de la policía se dejaron oír en el exterior. Segundos después los idílicos jardines estaban tomados por una decena de hombres uniformados y armados hasta los dientes. Uno de ellos se acercó al maletín. Lo tomó con cuidado entre sus manos y lo acercó a su oreja, como si fuera una radio.

    -Sin duda alguna esto es peligroso. Tendremos que llamar a los artificieros para que desactiven los explosivos que hay aquí dentro, que seguro son muchos y muy destructivos. ¿Quién ha visto a la mujer que lo dejó aquí?

   Juan hizo ademán de contestar, pero se quedó en eso, en un ademán, porque la mujer con pinta de cotilla, que se sabía la historia sólo de oídas, pero que se sentía absoluta protagonista de la misma, se le adelantó.

    -Es esa terrorista tan buscada señor policía, yo misma la vi salir corriendo por la salida sur mirando a un lado y a otro, seguro que hasta ella misma se sabía sospechosa. Y llevaba una funda de un violín, donde, sin duda alguna, escondía una pistola. ¡Ay, Señor, qué cosas nos toca vivir!

     -Yo también la vi -manifestó un hombre de abrigo negro y sombrero de ala ancha- es más, yo juraría que en la mochila que cargaba a su espalda, se dibujaba la silueta de una ametralladora.

   Ante semejantes manifestaciones, el señor policía ordenó la presentación urgente de tres artificieros. Había que retirar el maletín de allí cuanto antes, pues no se sabía el momento preciso en que podía estallar. Asimismo dio la orden de buscar por los alrededores a una mujer rubia con las características que ya eran de sobras conocidas por todos. En cuanto llegaron los tres hombres, equipados con trajes especiales y con unas escafandras que les protegían de posibles detonaciones, se acercaron raudos al maletín. Lo tomaron con sumo cuidado, lo estudiaron, le aplicaron una serie de sofisticados aparatos y llegaron a la conclusión de que era peligrosísimo. Era preciso actuar con la máxima urgencia, pues la explosión se podía producir de un instante a otro. Justo cuando iban a proceder a su apertura, otro policía se acercó a ellos. Hablaron durante un rato. Los curiosos eran ahora bastantes más que al principio, todos con cierto afán de protagonismo que les hacía desafiar al peligro. Entonces ocurrió lo inesperado. La "terrible terrorista rubia" que todos esperaban apareció acompañada del inspector. Todas las miradas se concentraron en ella. Su cara asustada y sus ojos asombrados hablaban por sí solos.

   -Yo solo venía....a recoger mi maletín de partituras. Tengo examen en el conservatorio y sin ellas no me dejan presentarme.

    Ante el asombro de todos los presentes, la chica cogió su maletín, lo abrió para enseñar su contenido, lo volvió a cerrar y se fue por donde había llegado en medio del silencio sepulcral que se había adueñado del lugar. Al momento los curiosos comenzaron a dispersarse.

    -Desde luego la gente, se monta unas historias.....- exclamó Juan.

    -Y que lo digas, tío.

    -Y encima ahora en casa me regañarán por llegar tarde.

    -Pues no les cuentes nada de esto, porque no te creerán.

    -¿Qué les podemos decir?

    Los dos amigos salieron del parque rumbo a la estación de autobuses, mientras se inventaban otra historia para contar en casa, una historia en la que, por supuesto, el protagonista no fuera ningún maletín.