domingo, 25 de octubre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 14

 



Dos semanas después la mercería era como mi casa. Dominado completamente el arte de atender a los clientes, descubrí que el trato con la gente me gustaba y que era feliz hablando de hilos, camisetas interiores o pijamas. En la escuela de Magisterio las cosas no me fueron peor. Pronto conecté con profesores y compañeros y me lancé a la aventura de aprender a educar a los pequeños monstruos que son los niños. Compaginar ambas cosas no fue complicado. Por las mañanas acudía a las clases y por las tardes atendía la tienda. Como bien me había indicado Enriqueta, me llevaba los libros y aprovechaba los huecos entre cliente y cliente para echarles un vistazo. Como nunca había tenido dificultad para concentrarme en mis tareas, aunque hubiera gente y jaleo a mi alrededor, me resultaba bien sencillo estudiar en los momentos desocupados, que tanto podía ser la tarde entera, como no ser ni un minuto. Los fines de semana los tenía libres, así que aprovechaba para salir por Madrid y conocer la ciudad.

También en la pensión me sentía a gusto, aunque bien es verdad que tenía escasa relación con las demás huéspedes, que eran en general bastante reservadas e iban a lo suyo. Curiosamente, a pesar de la opinión de Enriqueta, que me había dicho que su hijo tenía un carácter especial, fue con él con quien, con el tiempo, hice muy buenas migas.

Tardé en conocerle. Por una cosa o por otra nunca coincidíamos en la casa. Al parecer el lugar en el que el muchacho estudiaba no estaba demasiado cerca y sus horarios eran bastante diferentes a los míos. Como yo estaba a mis cosas, entre la tienda, mis estudios y mis distracciones, pronto me olvidé incluso de que Enriqueta tenía un hijo que vivía en la pensión. Pero una tarde de sábado apareció en mi vida para quedarse.

La pensión estaba vacía. Todas las chicas se habían marchado. No recuerdo bien, pero puede que el fin de semana coincidiera con algún festivo o hubiera algún puente. Así pues estaba yo sola en la salita en la que a veces nos reuníamos para ver la televisión. Era un día lluvioso, Enriqueta había salido y a mí no me quedaba nada mejor que hacer que pasar la tarde delante de la “tele” distrayéndome con alguna película. En ello estaba cuando apareció en la sala un muchacho al que yo recordaba haber visto de refilón en algún momento. Saludó con un hola murmurado entre dientes y se sentó en una butaca individual. Era un tipo de mediana estatura, poco más alto que yo, de pelo castaño oscuro ligeramente rizado y de ojos también oscuros. Lucía además una cuidada barba de cuatro o cinco días. No se parecía en nada a Enriqueta, pero supuse que sería su hijo. Al principio pensé que su madre tenía razón al calificarlo como especial, pues se limitó a mirar la película como un autómata, sin pronunciar palabra, sin hacer comentario alguno sobre cualquier escena, cosa que, a decir verdad, yo tampoco hice, pues no sabría decir el motivo pero el muchacho me intimidaba un poco.

Sin embargo, cuando finalmente la película terminó, se levantó y me invitó a un café.

-Me voy a hacer un café ¿te apetece?

Le dije que sí y al cabo de un rato regresó de la cocina con dos tazas de café aromático y calentito.

-Hoy no está el día para otra cosa que para quedarse en casa tomando café y viendo la tele.- comentó el muchacho.

-Sí, cierto – contesté – yo no pienso moverme.

La conversación nació y murió ahí, lo cual me hizo sentir un poco incómoda. Yo no sabía qué decirle y él había optado por tomar su café en silencio. Al poco rato se escuchó abrir la puerta de entrada. Era su madre, que regresaba de hacer una visita a un familiar. Entró en la sala y nos vio a ambos allí, juntos, callados, tomando nuestro café sin más.

-Buenas tardes, chicos – saludó – aunque lo de buenas es un decir, está un día de perros. De la parada del metro hasta aquí me he puesto pingando. Y hace un frío.... de mil demonios. ¿Qué tal por aquí?

Sin esperar respuesta se dirigió a su cuarto, y al cabo de un rato regresó. Se había cambiado su atuendo de calle por su ropa de andar por casa.

-Bueno, por fin en casa. De aquí ya no me saca ni el tato. Por cierto... ¿os conocíais?

Me revolví inquieta en el sofá.

-Pues... no. Pero me imagino que es Ángel, tu hijo – repuse.

-Ángel, hijo, pero cómo eres. Ni siquiera te presentas.

El muchacho dirigió a su madre una mirada bastante elocuente y yo no supe qué hacer, si intervenir en su defensa, si quedarme calladita. Finalmente opté por lo segundo.

-Me llamo Ángel, efectivamente, y soy el hijo de Enriqueta – dijo finalmente mirándome y dibujando su rostro con un esbozo de sonrisa – Disculpa por no haberme presentado, como dice mi madre, pero es que yo soy muy poco dado a los formalismos.

-Yo soy Irene y no te preocupes, a mí tampoco me gustan demasiado los formalismos.

-Claro mujer, así, tú dale la razón. ¡Ay, esta juventud de hoy! No sé a dónde iremos a parar.

Todos reímos la ocurrencia de Enriqueta. Ángel también, aunque con el tiempo aprendería que no era muy dado a las risas fáciles. Recuerdo aquella tarde de noviembre como muy agradable. Con aquella madre y su hijo me volvió a arropar la sensación de familia y el calor de aquel hogar desconocido me hizo olvidar, por unos instantes, mi drama personal.

Desde entonces mi relación con Ángel fue cordial, aunque no demasiado frecuente. Nos veíamos poco, pues ni él ni yo parábamos mucho en casa, pero cuando coincidíamos se notaba que estábamos a gusto juntos. Su madre me lo dijo un día.

-Hacía tiempo que Ángel no tenía tanta relación con alguien de la pensión como contigo. Se nota que le caes bien.

-Me alegro. Es un buen chico.

-Especial, Irene, Ángel es especial – insistía Enriqueta una y otra vez.

-No sé por qué te empeñas en decir eso siempre. A mí me parece un chico normal, a lo mejor un poco tímido, pero... normal.

-Es muy suyo, muy suyo – decía meneando la cabeza de un lado a otro – no encontrará nunca una chica que lo quiera. Porque tú no lo querrías ¿verdad?

-No estoy yo como para querer a nadie. Pero Ángel es un cielo, cualquiera muchacha podría llegar a quererle, además es muy guapo.

En verdad que Ángel era un muchacho muy guapo y con muy buena planta, como diría mi madre, sin embargo no parecía tener demasiado interés en mantener una relación sería con nadie, a juzgar por sus comentarios. Todavía estaba en edad de divertirse y de capear responsabilidades en la medida de lo posible.

Así, entre libros, tardes de semana en la mercería, o de domingo al calor de un café con mi nueva familia, fueron transcurriendo las semanas, hasta que las navidades llamaron a la puerta y no me quedó más remedio que hacer las maletas para visitar a mi madre de forma obligada. Unos días antes me llamó para comunicarme que estaríamos solas, puesto que Lisardo había decidido viajar a Boston para visitar a su hijo a quién, una vez más, sus obligaciones laborales impedían volver a España. Sabía que algo así había de ocurrir, aunque en el fondo tenía la esperanza de que por fin Miguel apareciera de nuevo en mi vida. Tenía que convencerme de que no sería así, de que lo mejor, al parecer, era que no fuera así. Debía de acostumbrarme a su ausencia definitiva, a volver a casa sabiendo que no me iba a estar esperando, que nunca más me abriría la puerta ni me tomaría en sus brazos como cuando era pequeña y regresaba del colegio.

Así pues, con la frustración y la indolencia como compañeros de viaje, una tarde de invierno en la que el frío y el viento gélido habían tomado la ciudad, me embarqué en el tren con dirección a Valencia para acompañar a mi madre en unas fiestas que no se preveían nada divertidas. Efectivamente aquellas Navidades no fueron nada gratas. Cada momento, cada rincón, me acercaban con descarado atrevimiento a un recuerdo de Miguel del que me quería deshacer sin conseguirlo. Y para más inri, mi madre se empeñaba en echar más leña al fuego de mi desaliento.

Durante la cena de nochebuena recibió una llamada de su marido, desde Boston, para felicitar las fiestas y demás. Estuvieron hablando un buen rato y cuando por fin la conversación terminó, feliz y contenta, se dispuso a contarme las novedades sobre la vida de Miguel mientras el pavo asado no me pasaba de la garganta hacia el estómago.

-Está feliz en Boston, tiene muy buen trabajo y gana mucho dinero. Ya le han nombrado jefe de departamento y eso que lleva poco más de un año allí. Hizo muy bien en marcharse. Aunque la verdad es que se echa de menos. Llenaba la casa de alegría.

Me abstuve de dar mi opinión. Me daba la impresión de que decía todas aquellas cosas para fastidiarme y no quería entrar en una guerra dialéctica, no era el momento. Pero prosiguió mortificándome, no sé si adrede o sin intención.

-Y al parecer sigue con esa chica. Cuando me llama me habla mucho de ella. Estoy segura de que está encantado. Aunque si se casa allí... me temo que no regresará. Bueno, vendrá de vacaciones, y a presentarme a sus niños, cuando los tenga.

Posé mi tenedor sobre el plato con rabia.

-Vale, mamá. Ya está bien ¿no te parece? No es necesario que me mortifiques más. Ya sé que estás encantada con la nueva vida de Miguel. Y sobre todo, encantada de que la mía se haya ido a la mierda.

Mi madre me miró con expresión de asombro, como si no entendiera nada de lo que le acababa de decir.

-Pero bueno, ¿se puede saber por qué te pones así? No te entiendo.

-Claro que me entiendes mamá, me entiendes perfectamente. Sabes que la ausencia de Miguel me ha herido, me está hiriendo profundamente. No te hagas la tonta, no hagas oídos sordos a lo que te he dicho miles de veces. Le quiero, le sigo queriendo, así que si tan contenta estás de su maravillosa vida, te rogaría que te lo guardaras para ti.

-No me lo puedo creer. Irene ya no eres una niña, creí que ya te habías olvidado de todas esas tonterías de adolescente.

No le contesté. Había conseguido alterarme y mi corazón latía como un caballo loco. Mi cabeza me decía que hiciera las maletas y me largara a Madrid. Era el lugar donde mejor me sentía. No lo hice. Simplemente me levanté y me fui a la cama. Fue la nochebuena más gloriosa de mi vida.

sábado, 24 de octubre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 13

 




Comenzar de cero en Madrid no fue demasiado difícil, pues la suerte me acompañó en mi llegada más de lo yo pudiera imaginar. Tenía poco dinero y muchas desilusiones en la maleta. No sólo la que casi se confirmaba como la salida definitiva de Miguel de mi vida, puesto que desde que se había marchado, hacía ya más de un año, no había regresado, sino también la tensión que se había ido tejiendo entre mi madre y yo y que nos estaba llevando hacía la incomunicación y el resentimiento. Ambas circunstancias me minaban el ánimo y sentía que necesitaba escaparme de una materialidad gris que me envolvía cada vez con más fuerza y que amenazaba con destruirme la existencia.

Cuando me bajé del tren, en la estación de Atocha, me pareció que estaba entrando en un mundo diferente. Tanta prisa, tanta gente que iba a lo suyo sin prestar ni la más mínima atención a sus semejantes... lejos de provocarme estrés, me gustó. Era lo que yo necesitaba para dejar de pensar. Sin embargo la realidad me acuciaba y me hacía abrir los ojos para darme cuenta de que estaba en una ciudad desconocida y que no tenía dónde caerme muerta.

Cogí mi maleta y salí de la estación. Tomé un taxi y le pedí que me llevara a la Escuela de Magisterio. Pretendía conocer el que sería mi lugar de estudio y a la vez dar con un sitio en el que vivir lo más cerca posible, para así reducir o eliminar los gastos de trasporte. En cuanto me bajé del taxi me fijé que justo frente al edificio que albergaba la escuela había una pensión, ubicada en un inmueble que a simple vista daba aspecto de limpieza y pulcritud. Me pareció agradable y no lo pensé demasiado. Entré. La pensión se encontraba en el primer piso. Las escaleras eran de madera, probablemente muy antiguas, pero estaban bien conservadas. Las subí despacio. Crujían un poco y no me apetecía anunciar mi llegada a aquellos desconocidos que habitaban las cuatro paredes que se escondían detrás de las puertas. Cuando llegué a la que resguardaba la pensión pulsé el timbre, y casi inmediatamente me abrió la puerta una mujer de mediana edad que me sonrió en cuanto me vio.

-Hola – me dijo - ¿Eres Sonia? María Luisa está esperando tu llegada.

Sin duda se estaba equivocando de persona.

-Me temo que no soy Sonia – le contesté, devolviéndole la sonrisa – me llamo Irene y vengo de un pueblo de Valencia. Dentro de unos días comienzo el curso de magisterio y estoy buscando un lugar en el que quedarme. ¿Tendría una habitación para mí?

-Oh, lo siento. Pensé que eras la amiga que está esperando una de mis huéspedes. Pero pasa, no te quedes en la puerta. La verdad es que has tenido suerte. A estas alturas suelo tener todas las habitaciones ocupadas. Pero esta misma mañana se me ha dado de baja una de las chicas, que además era la que tenía el mejor cuarto. Ahora será para ti, si te gusta, claro.

La mujer parecía afable. Vestía unos pantalones negros y un ligero sweter azul, ambas prendas algo desgastadas, como de andar por casa. Tenía el cabello corto, caoba y con unas graciosas ondas y los ojos más verdes que yo había visto en mi vida. Me condujo a la habitación que, efectivamente, era un rincón de lo más acogedor. Un cabecero de madera pintado de blanco con su mesita de noche, un pequeño armario del mismo color, un escritorio, dos sillas y una pequeña estantería fijada a la pared era todo el mobiliario. Además poseía una puertaventana por la que entraba la luz a raudales y desde la que se podía divisar a escasos metros el edificio en el que yo había de estudiar

-¿Te gusta? - me preguntó la mujer.

-La verdad es que me encanta, pero tenemos que hablar sobre el precio y las demás condiciones. Me gustaría quedarme aquí definitivamente, puesto que nada me queda más cerca de la escuela, pero no dispongo de mucho dinero. Tengo que encontrar un trabajo.

La mujer me miró unos instantes y luego entornó los párpados antes de hablar.

-No te preocupes, creo que tengo la solución para ti. Ponte cómoda. ¿De dónde has dicho que venías?

-De un pueblo de Valencia.

-Bueno, supongo que estarás cansada. Te voy a preparar algo caliente y luego hablamos ¿vale?

Asentí con la cabeza. Luego ella se marchó y yo me senté en la cama. Miré a mi alrededor y por primera vez en mucho tiempo me sentí bien. Sabía que era una sensación momentánea. Arrastraba tras de mí demasiada desdicha como para que mi ánimo cambiara de un día para otro, pero me gustó dejarme arropar por aquella emoción que ya casi tenía olvidada. Tal vez empezar de cero no fuera tan terrible. Cierto era que me sentía sola, sin amor y sin el apoyo de mi madre, a la que no había gustado nada mi decisión de venir a Madrid, pero el comenzar una vida diferente me daba fuerza para luchar y esperanzas para olvidar y renovar mi existencia.

Por fin me decidí a deshacer mi maleta. Metí la ropa en el armario, coloqué unos cuantos libros en la estantería y en la mesita de noche una foto en la que aparecíamos Miguel y yo sonrientes, felices. La miré por unos instantes y sentí que me rodeaba una ligera nostalgia. Sabía que era el amor de mi vida, que nunca querría a nadie como a él, que no quería olvidarme de su rostro y que probablemente no lo volvería a ver, ni siquiera aunque en un futuro tuviera oportunidad para ello. Era lo mejor para los dos, perder todo contacto y olvidarnos el uno al otro. Sería difícil, pero tenía que intentarlo.

Unos golpecillos en la puerta interrumpieron mis divagaciones.

-Adelante

La puerta se abrió y la dueña de la pensión asomó su cabeza.

-Te he preparado un caldito. Anda, ven hasta la cocina y mientras te lo tomas, hablamos.

La seguí hasta la cocina. El piso era grande, antiguo y acogedor. La cocina era amplia y luminosa, decorada con un exquisito gusto en un estilo rústico que recordaba a una casa de campo. Me senté donde la mujer me indicó. Mientras me servía la tacita de humeante caldo, comenzó a hablarme.

-No nos hemos presentado todavía. Yo me llamo Enriqueta, ¿y tú?

-Yo soy Irene, encantada de conocerla.

-No me trates de usted – me dijo mientras se sentaba frente a mí – me hace sentir demasiado mayor. Y aunque tengo cuarenta y cinco años me sigo sintiendo joven.

-Eres joven – le dije – además, la edad es un estado de ánimo. Basta que uno se sienta joven para que lo sea. O al revés, una persona joven puede sentirse vieja, todo depende de las circunstancias

-Eso es cierto – respondió mientras se levantaba de nuevo y sacaba de la alacena un trozo de bizcocho que puso frente a mí – después te comes esto. Lo hice anoche y estaba tan bueno que se lo han comido casi todo en el desayuno. Tiene trazas de naranja por el medio.

-Muchas gracias, pero no tengo mucho apetito. Me he comido un bocadillo en el tren.

-Ya, pero no cenamos hasta las ocho y media y no son más que las cinco. Tienes que comer, que estás un poco flaca.

Nos miramos y ambas soltamos una carcajada. Aquella mujer me hacía sentir bien y deseé poder quedarme allí.

-Me estás haciendo sentir muy a gusto – le dije – Hace tiempo que mi vida es un poco...no sé bien qué palabra usar para definirla. Triste, opaca, gris...Necesitaba un soplo de alegría y tener en frente alguien que me regalara sonrisas. Lo siento, me estoy poniendo muy trascendental y no es esa mi intención. Lo cierto es que me gustaría quedarme aquí. Si me informas de las condiciones....

-Claro. Pero antes me dijiste que tenías poco dinero y que necesitabas un trabajo. Yo te puedo proponer algo que igual te interesa.

-Pues... tú dirás.

-Verás, aparte de esta pensión, tengo un pequeño negocio, una mercería, que está aquí cerquita. La heredé de mis padres y aunque en alguna ocasión pensé en cerrarla... me da un poco de pena, porque me va bien y tengo mucha clientela entre la gente del barrio. Como evidentemente yo no la puedo atender, tengo allí una dependienta desde hace muchos años, Carmencita, pero sus padres están ya muy mayores y necesitan muchas atenciones. El otro día me comentó que a partir del mes próximo sólo va a poder trabajar por las mañanas, por lo que necesito una chica para las tardes. Si quieres... puedes ser tú.

Me quedé un poco anonadada, sin saber qué decir. Aquella mujer me acababa de conocer, no sabía nada de mi vida y me ofrecía un trabajo.

-Pues... no sé qué decirte. Me has dejado un poco sorprendida. Nunca he trabajado en nada y no sé si....

-El trabajo no es difícil y te permitiría estudiar. Te puedes llevar tus libros y mientras no tengas que atender a la gente.... A mí me harías un gran favor y por mi parte, si aceptas, tendrías alojamiento y comida gratis y algún dinero más que ya acordaremos.

No me hizo falta pensarlo demasiado. Mi madre se había comprometido a girarme todos los meses algo de dinero y si el alojamiento y la manutención me salían gratis, aquellos cuartos serían para mis caprichos, que eran pocos, lo que me permitiría ahorrar algo con vistas al futuro. Atender una mercería no me parecía mala cosa, tanto más cuando la idea preconcebida que yo llevaba en la cabeza era la de trabajar poniendo copas en cualquier bar. Así que acepté sin dudarlo.

-Acepto – dije – cuando quieras me llevas a la tienda y me enseñas como funciona.

-Oh, estupendo, Irene.

Tomó mi mano entre las suyas y la estrechó ligeramente.

-Creo que vamos a hacer muy buenas migas. Ahora si quieres descansa un poco. La cena es a las ocho y media. Ya iremos mañana a la tienda.

*

A la mañana siguiente Enriqueta me llevó a su mercería, que distaba apenas unos cuantos metros de la pensión. Era un establecimiento no demasiado grande y, al igual que la pensión, rezumaba un aire antiguo que me subyugaba. Me gustó en cuanto entré, e inmediatamente me imaginé detrás del mostrador, vendiendo hilos y cremalleras. Carmencita, la dependienta, era una mujer entrada en años y en carnes, agradable y habladora, que durante el tiempo que permanecimos allí tanto atendía a los clientes como mantenía la conversación con nosotras, todo a la vez. Se veía una mujer con mucho desparpajo. Me enseñó la tienda, mientras no paraba de darme consejos y multitud de información en desorden que yo sabía que se me olvidaría en cuanto pusiera el pie en la calle. Pero daba igual, me gustaba todo aquello, aquellas mujeres, el ambiente del barrio, mis libros... mi nueva vida en suma.

Como todavía faltaba una semana para que comenzaran mis clases quedamos en que durante ese tiempo acudiría todos los días a la mercería para ponerme al día al lado de Carmencita.

-Aprenderás en seguida, guapa, y ya verás como te gustará el trabajo, la clientela que tenemos es encantadora.

No puse en duda ni una cosa ni la otra y salí de aquel pequeño negocio casi deseando que fuera mío.

-¿Qué? - me preguntó Enriqueta - ¿Te ha gustado?

-Me ha encantado, tanto que casi me parece un sueño.

-Me alegro, yo creo que estarás muy contenta y que no será una tarea difícil de compaginar con tus estudios.

De camino a la pensión Enriqueta me puso al corriente de la gente que vivía en aquélla, pues el día anterior yo me sentía muy cansada y no había acudido a cenar, por lo que no había conocido a nadie.

-Sois todos estudiantes – me dijo – Y la mayoría son clientes de siempre. Están Juana y Carlota, dos hermanas de Alicante, que estudian Derecho; Marta, que es de Benavente y está en quinto de clásicas, María Luísa, mi sobrina, que empieza este año Matemáticas; Juanjo, el más veterano, que es de Aranjuez y estudia quinto de Medicina y Laura, una chica de León que empieza este año Enfermería. Laura todavía no ha llegado. Después hay dos huéspedes un tanto especiales. Uno es Don Mario, un personaje muy peculiar. Don Mario es viajante, representante de una marca de productos de limpieza y viene mucho por Madrid, al menos una vez al mes, y se queda durante cuatro o cinco días. Por expreso deseo de él mismo tiene reservada una habitación. Y finalmente está Ángel, un muchacho un poco especial. Ángel no deja a nadie indiferente y tanto puede despertar odios como pasiones. Todo depende de lo bien o mal que le caigas a él. Tiene un carácter... eso, especial. Se parece a su padre.

-¿Conoces a su padre? ¿Es el hijo de algún amigo quizá? - pregunté con curiosidad.

-Conocí a su padre, sí.. Ángel es mi hijo. Y su padre desapareció del mapa hace ya muchos años. Es una historia muy larga – contestó con un deje de nostalgia en la voz y en la mirada – Ángel es buen chico. Estudia informática y le va muy bien. Tiene veinte años y no conoce a su padre. Jamás me ha preguntado por él. Pero a mí me da la impresión de que le hubiera gustado conocerle y que su ausencia tiene parte de la culpa de que tenga ese carácter tan... suyo. Pero es buen chico. Ya lo conocerás.

Le conocí tiempo después y si bien al principio nuestra relación fue mínima, con el tiempo Ángel se convirtió en una de las personas más importantes de mi vida.


jueves, 22 de octubre de 2020

Quince años y un secreto - Capitulo 12

 




Miguel se fue dos días antes de nuestro cumpleaños. Mis diecisiete años se despidieron de sus treinta y dos con un poso de amargura y de desaliento. No quise acompañarlo al aeropuerto, así que nos dijimos adiós en casa, casi a escondidas. Yo estaba resentida. Durante las últimas semanas había intentado por activa y por pasiva convencerle para que no se marchara tan lejos, pero ninguno de mis argumentos era válido para desbaratar esos planes de futuro profesional que América le ofrecía y le ponía a sus pies como si de una alfombra se tratara, una alfombra que lo habría de llevar hacia un mundo perfecto, en el que él sería el mejor médico reparador de corazones. Que el mío quedara herido parecía no importarle demasiado.

Yo sospechaba que detrás de su marcha había algo más que una maravillosa oferta de trabajo, algo oscuro que no me quería contar, pero no le confesé mis conjeturas, pues sabía que, si efectivamente yo estaba en lo cierto, él me lo negaría.

Los últimos días apenas nos dirigimos la palabra. Yo ya había abandonado definitivamente mi batalla por hacerle cambiar de opinión y él parecía inquieto, nervioso, destilando un desasosiego que no era común en él. Se lo achaqué a la inminencia del viaje, al cambio de vida que se le avecinaba y por qué no, también a la separación que su periplo a ninguna parte traería consigo, pues aunque persistiera en su empeño de alejarse de mí, en el fondo yo quería pensar que una fuerza extraña y ajena a su voluntad lo obligaba a hacerlo, sin que ello quisiera decir que su amor hubiera menguado lo más mínimo.

La tarde de su partida tenía que estar a las siete en el aeropuerto. Mi madre, que había trabajado en turno de mañana, lo llevaría. Yo salí de casa después de comer, necesitaba estar sola, aunque ello no contribuyera demasiado a espantar los fantasmas que en aquellos momentos me amenazaban. No sabía a dónde ir. Deseaba evadirme de Miguel, pero cada rincón del pueblo, cada calle, cada piedra del camino, cada brizna de hierba que crecía en el campo, me conducían a él. Finalmente caminé hasta el extremo más opuesto de la playa, el que quedaba cerca del faro, y allí me senté en la arena, con la vista fija en el mar, observando los destellos que el tímido sol de primavera hacía brotar de la superficie. Pretendía reflexionar sobre lo que sería mi vida en el futuro, y deseaba hacerlo con frialdad y siendo objetiva. Pero tal vez no fuera el momento adecuado para ello, porque mi mente solo veía soledad, la soledad que me envolvería desde el momento en que Miguel desapareciera de mi vida, para lo que faltaban apenas una horas.

Cuando me volví a mi casa, él y mamá estaban metiendo las maletas en el coche. Yo pasé de largo y subí al piso. Me encerré en mi cuarto. Todo aquello me estaba resultando demasiado duro. Al rato escuché unos golpes suaves en la puerta. Sabía que era él. No quería abrirle, pero lo hice. Entró el el cuarto y se apostó frente a mí.

-Adiós princesa – me dijo - ¿no me vas a dar un beso de despedida?

Toda la tensión, toda la inquietud, todo el miedo que había sentido últimamente, estallaron en un llanto incontenible y quejumbroso.

-No te vayas – casi le grité, echándome en sus brazos – no te vayas, por favor, quédate a mi lado. Mi vida ya no será la misma sin ti.

Miguel dejó que diera rienda suelta a mi llanto. Me abrazó y me acarició el pelo, y cuando por fin me calmé, me habló con cariño, pero sin mucho convencimiento.

-Irene, mi vida, sé que nos van a separar muchos kilómetros, pero sólo será eso, distancia, porque te llevaré en mi corazón y siempre estarás conmigo.

-Esas son sólo palabras, palabras ridículas, frases hechas vacías de contenido real. Tú no vas a volver, Miguel, no me preguntes por qué, pero yo sé que no volverás jamás.

-Eso es una estupidez, claro que voy a volver, y te escribiré una carta cada semana, para que no me eches tanto de menos. Venga, dame un beso, princesa, un beso para recordar siempre.

Nos besamos con pasión, con tanta pasión que sólo la voz de mi madre llamándole a gritos, diciendo que se iba a hacer tarde consiguió separar nuestros labios. Nos miramos durante unos segundos, luego acarició mi cara y se fue. No nos volveríamos a ver hasta quince años después, quince años durante los que mi vida tuvo sus luces y sus sombras y durante los que no pasó ni un sólo día en que no me acordase de él.

*

Recibí su primera carta dos semanas después de su partida. En ella me contaba las peripecias de la llegada a un país diferente, los comienzos en el trabajo, cómo era su nuevo hogar... me decía que aquel verano, lógicamente, no se le permitiría disfrutar de vacaciones, así que no podría venir a España, que tal vez por Navidad pudiera hacer una escapada, y terminaba diciendo que me echaba de menos.

Lo cierto es que Miguel no vino ni en verano ni en Navidad, y que sus cartas, poco a poco, se fueron espaciando y haciendo más cortas. En una de ellas comenzó a hablarte de Gwendy, una compañera de trabajo con la que al parecer colaboraba en un proyecto del hospital sobre cardiopatías infantiles. Al principio Gwendy sólo aparecía en las misivas cuando Miguel me hablaba de cuestiones de trabajo, pero poco a poco la fue introduciendo en parcelas más personales de su vida. Iban juntos al cine, o a cenar, y supe que aquella mujer estaba ganando terreno y que de manera inevitable me estaba desplazando a mí hacia el olvido.

Un día dejé de contestar sus cartas. Fue el día en el que supe que tenía que arrancármelo de mi corazón de la manera que fuera, pues en caso contrario no lograría encarrilar mi vida de nuevo. Desde su marcha no era yo misma, me encontraba triste y desmotivada y no lograba mirar al futuro con claridad. Tenía que dar un giro total a mi existencia, empezar de cero, conocer gente nueva, vivir de manera distinta, de una manera que me permitiera transformar mi mundo desmoronado en un universo diferente, flamante, inédito. Tenía que salir de aquel pueblo que me oprimía, de aquella casa que me ataba a Miguel sin remedio. El próximo curso comenzaría mis estudios en la universidad, y tomé la determinación de irme a Madrid.

Cuando le comuniqué mi decisión a mi madre, no puso muy buena cara.

-No me puedo permitir mantenerte en Madrid, Irene. Hay una escuela de magisterio en Valencia. No entiendo por qué tienes que poner tierra por medio.

Tengo que decir que desde la marcha de Miguel la relación entre mi madre y yo no era demasiado fluida. Ella se mostraba encantada de que su “hijo” se hubiera ido a los Estados Unidos y allí se estuviera forjando una prometedora carrera en el mundo de la medicina. Pero yo estaba segura de que lo que realmente le satisfacía había sido que se alejara de mí. En el fondo yo mantenía la sospecha de que ella había tenido algo que ver en la partida de Miguel. No podía demostrarlo, pero mi sexto sentido me decía que era así. Así que me importaban bien poco sus objeciones, la económica menos que ninguna. Yo sabía que, si quería, podía costear mis estudios en Madrid, pero mis intenciones no eran requerir ningún sacrificio financiero. Yo misma sufragaría mis gastos, de la manera que fuera. Tenía algún ahorro. No era demasiado, pero si lo suficiente para poder sobrevivir en Madrid un mes o dos, mientras no encontrara trabajo, y pagarme la matrícula en la escuela de Magisterio. Y así se lo planteé.

-No te preocupes – le dije – trabajaré y estudiaré a la vez. Mucha gente lo hace. No tendrás de pagarme un duro.

-¿Trabajar? Pero, hija, si no sabes hacer nada ¿en qué te vas a emplear? ¿limpiando portales?.

-No soy tonta, mamá, si no sé hacer cosas puedo aprender y sin tengo que fregar portales, los fregaré, pero me voy, de eso puedes estar segura.

Mi madre, que en aquellos momentos estaba cosiendo algo sentada en el sofá del salón, dejó la costura a un lado, se quitó las gafas de cerca y me miró a los ojos.

-Irene, yo no soy tonta. Y sé que detrás de tu marcha se esconde algo más.

-Pues mira, ya que lo sacas a colación... Si, es verdad, hay algo más. Me voy porque ya no soporto estar aquí, porque este pueblo me agobia, me agobia esta casa y esta vida y me agobia la ausencia de Miguel. Porque aunque no te guste, estuve enamorada de él... y aún lo estoy... y no quiero estarlo, porque sé que él no va a volver.

-Pero mira que eres terca, hija. ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que lo tuyo con Miguel nunca podría llegar a buen puerto? Sois familia, os criasteis juntos...

-Por favor mamá, déjalo, no sigas. Tus argumentos son tan endebles que se caen por su propio peso. Además, no tengo ganas de discutir contigo. Miguel me quería y yo a él. Y como no soporto su ausencia me voy yo también.

Mamá reanudó su labor de costura, como si mis palabras no fueran más que jerga barata a la que no había que dar demasiado crédito.

-Pues déjame decirte que bien flaco debía de ser el amor ese que te tenía Miguel, que pronto te sustituyó. Porque tiene una novia americana ¿sabes? Se llama Gwendy, Gwendoline, y según me ha contado la última vez que hablé con él por teléfono son muy felices juntos. Olvídate de Miguel, Irene, y busca un chico de tu edad, te será mucho mejor.

No sé si me dolieron más sus palabras o su indiferencia ante mi tragedia personal. Lo que sí sé es que aquel día la odié, la odié tanto que casi me dolió el resentimiento que salía de mi corazón hacia ella. Las cosas entre las dos ya nunca volvieron a ser como antes. Y llegado septiembre rompí con el mundo de aquel pueblo que me agobiaba.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 11

 




Todo salió a la perfección. El sábado me fui con Violeta a Barcelona. Allí permanecí una semana. Me llevó a los lugares emblemáticos de la ciudad y así, entre actividad y actividad, los días corrieron mucho más rápido de lo que en un principio había pensado. El viernes, después del almuerzo, me despedí de mi amiga y de sus adorables abuelos fingiendo ante éstos que regresaba a mi casa, pero en realidad tomé un taxi y me dirigí al aeropuerto. Miguel ya me esperaba. Cuando le vi me perdí en sus brazos y cubrí su cara de besos. Lo había echado mucho de menos. Pero por fin ya estaba allí, ya estábamos juntos otra vez. Y se presentaba por delante una semana para los dos, solos, sin más obligación por cumplir que disfrutar de nuestra propia compañía, de un amor que se mostraba libre solamente por unos días.

La estancia en Venecia fue idílica. Recorrimos sus calles y sus canales con esmero, deteniéndonos cada poco para empaparnos de la esencia del romanticismo que emanaba de sus piedras. Visitamos sus basílicas, sus puentes y sus palacios, recorrimos el gran canal en el vaporetto, compramos porcelana de Capodimonte y cristal de Murano, pensando en la casa que sería la nuestra dentro del tiempo que fuera... fuimos felices, tanto que hubiéramos dado la mitad de nuestra vida para que el tiempo se detuviera en aquellos días.

La víspera de nuestro regreso una leve tristeza envolvió nuestros corazones enamorados. La vuelta a la rutina, tan necesaria a veces, se mostraba como un lastre difícil de sobrellevar, pero irremediable. Por la noche, ya con las maletas preparadas para la partida, Miguel me llevó a cenar a un pequeño restaurante que habíamos descubierto durante uno de nuestros paseos por la ciudad. La estancia, que guarecía dentro de sí unas cuatro o cinco mesas, se encontraba a aquellas horas de la noche casi vacía. Nos acomodamos en la mesa más apartada y pedimos la cena. La camarera, una italiana bonachona y parlanchina, nos la sirvió con premura y se retiró enseguida, como si supiera que necesitábamos aprovechar al máximo las últimas horas que nos quedaban en soledad. Comimos casi en silencio. Pareciera que tuviéramos algo importante que decirnos y no nos atreviéramos a hacerlo. Pero no era así. Sólo sentíamos que el final de las vacaciones había llegado y que pasaría mucho tiempo hasta que una oportunidad igual se presentara de nuevo en nuestras vidas.

-No estés triste, princesa. Piensa que al fin y al cabo seguiremos viviendo en la misma casa. Si tuviéramos que separarnos sería mucho peor ¿no te parece?

Suspiré, dando cuenta de la última porción de mi helado de turrón y miré a Miguel con resignación.

-No se consuela quien no quiere. Ya lo sé, ya sé que seguiremos viviendo en la misma casa, pero no estoy segura de que eso sea nada maravilloso. No podremos tocarnos, ni decirnos “te quiero”, ni salir a tomar un café juntos con entera libertad, sin las miradas inquisitivas de medio pueblo sobre nuestras espaldas.... Quiero hacerme mayor y marcharme contigo lejos de todo, como hemos estado ahora, esta semana, juntos, viviendo nuestra vida sin nada que nos moleste.

-No es tan fácil, Irene, no es tan fácil.

-Es todo lo fácil que nosotros queramos.

Miguel jugueteaba con unas migas de pan sobre el mantel.

-¿De verdad? Si lo ves tan fácil... ¿qué propones que hagamos?

-Irnos. Marcharnos juntos lejos.

Sonrió, pero no con su sonrisa de siempre, sino con una sonrisa triste, ensombrecida por la preocupación, por la pena, por la impotencia.

-Nada me gustaría más que cumplir tu deseo, que es también el mío, pero no podemos Irene. Tú eres menor de edad, tu madre podría denunciarme, sin contar con que yo tengo mi trabajo estable en el hospital y no puedo dejarlo. Si lo hago ¿de qué viviríamos? Y tú debes estudiar, tienes que labrarte tu futuro. Yo entiendo que ves las cosas con ojos de muchacha enamorada y que por eso te parecen simples, mucho más simples de lo que en realidad son.

-¿Acaso tú no estás enamorado?

-Lo estoy, más de lo que nadie se pueda imaginar y precisamente por eso, porque te quiero, sé que tenemos que hacer las cosas bien. Debemos tener paciencia, pequeña. Y verás como todo acaba saliendo como nosotros queremos.

Suspiré y asentí con la cabeza. En el fondo sabía que tenía razón. Yo me dejaba llevar por mis sentimientos, a veces por mi tristeza, otras veces por mi entusiasmo y así, entre sensación y sensación, entre las huellas de amor que Miguel dejaba marcadas en mi piel y la ternura de sus palabras, despreciaba la realidad y me inventaba una vida a su lado que por fuerza tenía que ser, y tenía que ser ya, no podía esperar a mañana.

Salimos al fresco de la noche y caminamos por la ciudad bordeando los canales surcados por las góndolas, escuchando el suave chapotear del agua. Cuando llegamos al hotel nos fuimos directamente a la cama. Estábamos cansados y al día siguiente nos esperaba un día agotador. Pero yo no podía dormir. Daba vueltas sin cesar, escuchando la respiración acompasada de Miguel, signo inequívoco de que él sí estaba dormido. De pronto una enorme congoja se apoderó de mi corazón adolescente y sin poderlo evitar un llanto lento, suave y callado brotó de mis ojos de niña. Lloraba por el fin de mi viaje, por el amor que me parecía inalcanzable aunque en aquellos momentos durmiera a mi lado, por el tiempo que tendría que esperar, por mis pocos años. Miguel me oyó y se despertó.

-¿Qué te pasa, Irene? ¿Te encuentras mal?- me preguntó alarmado.

-Hazme al amor – le respondí – Hazme el amor como si fuera la última vez, por favor.

Sus besos y sus caricias fueron la respuesta y me amó desesperadamente, con fuerza, con furia, como si presintiera que, tal y como yo le había dicho, era la última vez.

*

Al principio la vida siguió su curso de siempre. Mis penas se fueron disipando y mi corazón enamorado se fue calmando. Volví a mirar la vida desde la ventana de la realidad. No todo era tan malo como yo pensaba. Al fin y al cabo estábamos juntos y aprovechábamos cada momento que teníamos para disfrutar de nuestra intimidad. Hasta que todo cambió.

No sabría decir si fue de un día para otro o si la situación se fue fraguando con el tiempo sin que yo me diera cuenta. Lo cierto es que la relación entre Miguel y yo seguía siendo la de siempre y jamás noté nada que me pudiera advertir de lo que finalmente ocurrió. Fue muy simple, demasiado simple para que mi mente demasiado joven pudiera entenderlo.

Había llegado la primavera. Los días eran largos, el aire era tibio y los campos comenzaban a sembrarse de flores. La primavera siempre había tenido el poder de alborotarme el ánimo. Así me sentía, alegre, feliz, contenta sin tener un motivo especial para ello, cuando una tarde de sábado Miguel me dijo que teníamos que hablar en serio. No sentí miedo. Ni por un instante se me dio por pensar que aquello que tenía que decirme fuera algo que viniera a echar por tierra mis ilusiones, bien al contrario, me sentí emocionada, ilusionada incluso, creyendo que Miguel había encontrado por fin la solución perfecta para una situación que, si no era insoportable, sí que por momentos se convertía en incómoda.

Caminamos por el camino de la ermita. Miguel estaba serio, pero yo no supe interpretar su rostro grave y austero. Sólo cuando nos sentamos en nuestro banco de siempre y vi que no respondía como siempre a mis mimos y carantoñas, sólo entonces supe que algo iba mal.

-Irene, pequeña.... no sé cómo decirte esto.

Sus ojos se paseaban inquietos por todos lados, miraban la hierba, o el cielo, pero no me miraban a mi.

-¿Qué ocurre? Me estás asustando. ¿Está enferma mamá? ¿O tal vez tu padre?

-No, no, ellos están bien. Lo que quiero decirte... tiene que ver conmigo... con nosotros. Verás, hace unas semanas recibí una propuesta de un hospital. Me ofrecían un puesto importante, muy importante, un puesto que lleva consigo un impulso muy importante a mi carrera profesional. Además me da muchas posibilidades de aprender cosas nuevas.... Voy a aceptarlo.

Me pareció que toda aquella parafernalia que se había montado para darme semejante noticia, era absurda. Al fin y al cabo tener que irse a trabajar a Valencia, o tal vez a Barcelona, incluso a Madrid, tampoco era tan grave. Cierto era que tendríamos que estar toda la semana sin vernos, puede que incluso algún fin de semana también, pero habría que buscarle el lado bueno, así los reencuentros serían mucho más apasionados.

-Claro que tienes que aceptarlo – le dije – Además no tiene por qué ser tan malo, al fin y al cabo dentro de dos años empezaré en la universidad e intentaré irme a estudiar a dónde estés tú.

-No Irene, eso no será posible, yo me voy a Boston, al Memorial Hospital de Boston.

Entonces comprendí. Vislumbré el final, aunque desde el principió me empeñé en negarlo, en el fondo sabía que era así.

-Eso.... es muy lejos ¿no?

Por toda respuesta Miguel me abrazó, me estrechó entre sus brazos muy fuerte y lloró con su frente apoyada en mi hombro. Sólo le había visto llorar así el día en que murió su madre y supe que ya nada tenía remedio.

lunes, 19 de octubre de 2020

Quince años y un secreto -Capítulo 10

 




Nuestra celebración, sin embargo fue empañada por una nada agradable sorpresa. Estábamos en un pub cerca del puerto, un pub tranquilo en el que a aquellas horas nocturnas de un sábado cualquiera apenas había unas cuantas parejas que buscaban un lugar reposado para sus conversaciones. Nos encontrábamos acomodados ante la barra, tomándonos unas copas de cava, cuando de pronto vi entrar a Cristina con una muchacha. Su rostro presentaba signos bastante significativos de haber estado llorando. La piel roja, los ojos brillantes e hinchados, el semblante opaco.

-Vaya – dije – tenemos visita. A lo mejor deberíamos marcharnos.

Miguel volvió su mirada hacia la puerta .

-Pues tal vez sí, mejor será que nos vayamos.

Pero ya era tarde. Cristina nos había visto y se dirigía hacia nosotros con cara de pocos amigos.

-¡Vaya, mira quién está aquí! La encantadora parejita: la Lolita y el pederasta.

-Cristina, por favor...

-Ni por favor ni leches. Tengo algo que decirle a esta niñita y me va a oír, sí o sí.

Estaba muy alterada y arrastraba las palabras como si hubiera bebido una copa de más. Pero a mí me daba lo mismo. No quería armar jaleo, desde luego no era mi estilo, aunque no iba a dejar de defenderme. Miguel intentó pararle los pies sin conseguirlo, ella no cesaba de repetir una y otra vez que tenía cosas que decirme. Yo me mantenía callada y al margen, hasta que decidí intervenir para poner fin a aquella situación absurda.

-Déjala, Miguel; déjala que hable. Venga – me dirigí a ella – si tanto tienes que decirme empieza y termina de una vez.

Me miró con desprecio y en su cara se dibujó una sonrisa que estaba muy lejos de sentir. Se acercó un poco más a mí en actitud chulesca y escupió sus palabras.

-Eres una pequeña zorra. Lo supe desde el principio. Supe que estabas celosa y que no pararías hasta quitarme a mi novio. De momento lo has conseguido pero esto no va a terminar así...

Pareció que su verborrea barata había llegado a su fin.

-¿Has terminado ya? - le pregunté - ¿Era eso todo lo que tenías que decirme? Pero si ya lo sabía. No era necesario que me lo dijeras tú. Tienes razón en todo. En mis celos, en lo de que te lo quise quitar, y en que soy una zorra también, soy una puta de un solo hombre al que no le cobro por mis servicios ¿Adivinas quién es?

Levantó la mano dispuesta a propinarme una bofetada pero Miguel la detuvo agarrándole el brazo antes de que su mano alcanzara mi rostro.

-No, Cristina, por ahí no paso. Vámonos, Irene, aquí estamos empezando a dar la nota y no me gustan estas situaciones.

Me cogió de la mano y me sacó del pub casi a rastras. Mientras Cristina, completamente fuera de sí, gritaba y nos despedía con toda clase de improperios.

-Está completamente loca – dijo con semblante preocupado cuando nos hubimos alejado lo suficiente – Tengo miedo de lo que pueda llegar a hacer.

-Nada, no hará nada. Sólo es una mujer despechada. Acabará entrando en razón. Además, olvídala, ahora ya estamos juntos y lo estaremos para siempre ¿verdad?

Habíamos llegado de nuevo al paseo marítimo. Nos sentamos en el mismo banco en el que habíamos estado apenas una hora antes.

-Siempre, Irene, estaremos juntos siempre. Y aunque ahora tengamos que pasar por alguna dificultad, la superaremos seguro. Y al final mi padre y tu madre acabarán entendiendo.

-Tendrán que hacerlo.

-Ahora ¿sabes lo que me gustaría hacer?

-¿El amor conmigo?

Miguel rio, me abrazó y me dio un beso que hizo vibrar todos y cada uno de los poros de mi piel.

-Eso por descontado – dijo por fin – pero en estos momentos me refería a otra cosa. Me gustaría hace un viaje contigo, los dos solos, lejos... a Londres, a París, Nueva York...

-O a Venecia – repuse con entusiasmo - ¿te imaginas? De paseo en las góndolas por los canales, a la luz de la luna... jo, estaría genial. Lástima que no pueda ser.. por lo menos de momento.

-Pues yo lo necesito, necesito escaparme de todo esto, relajarme y olvidarme de los problemas.

-Pero no te irás sin mi ¿verdad? - pregunté preocupada.

Me abrazó y me dio un beso en la frente.

-Claro que no, princesa. Me iría contigo si pudiera, pero solo no, te echaría demasiado de menos.

Algún día nos iremos tú y yo lejos, lejos de todo y de todos. Y esto que estamos viviendo nos parecerá una anécdota para contar a los nietos.

Permanecimos en silencio durante largo rato, mirando las olas que rompían suavemente en la arena, escuchando el murmullo de la espuma que quebraba la quietud del lugar y de aquella noche estrellada y cálida. Yo pensaba sólo en cumplir años de una vez, en hacerme mayor e independiente, en poder querer a mi chico sin limitaciones absurdas. De repente me invadió la melancolía, y como no quería ponerme a llorar como una tonta, me levanté del banco y tiré de Miguel.

-Venga, vámonos a casa, que se está haciendo tarde.

*

Ya en casa y en la cama me puse a pensar en la idea del viaje. Nada me apetecía más que poder disfrutar de unos días lejos, al lado de mi amado, pero ausentarnos de casa los dos sin levantar sospechas se presentaba como un difícil reto. De pronto una lucecita se me encendió en la cabeza. Tenía la solución perfecta para ello. Me levanté de la cama a tientas y a tientas fui hasta la habitación de Miguel, dispuesta a ponerle al corriente de mi fabulosa idea.

-Miguel ¿duermes? - pregunté muy bajito entreabriendo la puerta.

-No – respondió – anda pasa, échate aquí a mi lado, a ver si acurrucado entre tus brazos me entra el sueño, aunque lo dudo, más bien me entrarán ganas de otras cosas.

Me acerqué a su cama y me metí con él entre sus sábanas. Nos abrazamos.

-Oye ¿decías en serio lo de viaje juntos? - le pregunté.

-Completamente.

-Pues creo que tengo la solución- me senté en la cama antes de comenzar a relatarle mi fabulosa idea. - Verás, Violeta se marcha la próxima semana a Barcelona, a pasar una temporada con los abuelos, pues sus padres se van de viaje a México. Me ha invitado a ir con ella. Puedo fingir que me voy con ella.... y en realidad irme contigo.

Me miró desde su posición allí abajo, entre las sábanas y durante unos segundos no dijo nada, parecía estar reflexionando mi propuesta.

-¿Y bien? - lo apremié.

-Es muy arriesgado – dijo finalmente. Aunque yo sabía que había despertado su interés.

-No tiene por qué.

-¿Y si tu madre te llama por teléfono?

-Eso tiene fácil solución, le digo que los abuelos de Violeta no tienen teléfono en casa y que la llamo yo todos los días.

Miguel pensaba de nuevo. Yo continué con mi propuesta.

-Podría levantar sospechas que nos fuésemos los dos juntos, pero no tiene ni por qué ser así. Yo me voy la semana que viene y digo que estaré quince días con mi amiga, pero en realidad pasaré sólo una semana. En ese momento pasarás tú a buscarme y nos iremos juntos.

-¿Y a Violeta qué le dirás?

-La verdad, Miguel. Violeta sabe desde hace tiempo que tú eres el amor de mi vida.

Volví a meterme entre las sábanas, me abracé fuerte a su cuerpo y le bese levemente en los labios.

-¿Qué dices?

-Vale. Creo que merece la pena arriesgarse. Mañana lo planeamos bien, princesa. ¿A dónde te gustaría ir?

-A Venecia. Me gustaría ir a Venecia y hacer el amor contigo escuchando el chapoteo del agua en los canales. Pero ahora me voy a mi cama, porque si me quedo aquí terminaré haciéndolo ahora, y eso sí que es muy arriesgado.- le bese mil veces en la mejilla – Hasta mañana mi vida. Te quiero.

Me fui a mi cama y dormí toda la noche como un lirón. Al día siguiente era domingo, así que fue el lunes cuando pusimos en marcha nuestro plan. Yo se lo conté a Violeta y se mostró dispuesta a ayudarme, por supuesto. El sábado nos iríamos con sus padres en coche hasta Barcelona, luego ellos tomarían el avión hacia Acapulco y nosotras quedaríamos con los abuelos. El viernes siguiente Miguel iría en coche hasta Barcelona y desde allí tomaríamos un avión rumbo a Venecia. En la agencia de viajes le habían confirmado las reservas, tanto del avión como del hotel, para los días señalados sin problema. Tampoco en casa nadie mostró inconveniente alguno cuando contamos los planes ficticios a nuestros padres. Yo me iría quince días a Barcelona con Violeta y Miguel viajaría a Roma con un grupo de compañeros del hospital. La diversión estaba servida.

domingo, 18 de octubre de 2020

Quince años y secreto - Capítulo 9

 



Regresé a casa después de pasar algo más de dos semanas en el hospital. Poco a poco fui recuperándome e intentando hacer mi vida normal. Las clases habían terminado y las vacaciones de verano llamaban a la puerta. No se mostraban demasiado halagüeñas y por primera vez pensé que la posibilidad de marchar unos días a Barcelona con mi amiga Violeta no estaba del todo mal. Pero aún me sentía demasiado débil para afrontar el viaje.

Una tarde, de regreso del trabajo, Miguel llegó a casa muy contento. Yo me había acostado un rato, pues me sentía un poco cansada, y estaba leyendo en la cama. Entró en el cuarto mostrándome dos entradas para el cine.

-Mira que tengo aquí – me dijo mientras las sostenía con la mano en alto.

-Parecen dos entradas para el cine. ¿Alguna película en especial?- pregunté sin demasiado entusiasmo.

-Si, esa película romántica, esa que tiene una música tan bonita.... que el otro día anunciaron por la tele y dijiste que te gustaba mucho ¿no recuerdas?

-¿Ghost?

-¡Exacto!

-Ah, pues nada, ya me contarás qué tal está. Si vale la pena, iré yo con Violeta.

-Entonces ¿no vas a venir conmigo?- preguntó perplejo.

Yo suponía desde el principio que las entradas eran para los dos, pero no quise seguirle el juego.

-¿Contigo? ¿Esas entradas son para los dos? ¿Y Cristina?

-Deja a Cristina en paz. Yo quiero ir a ver esta película contigo.

Cerré el libro que estaba leyendo y lo posé encima de la mesita de noche. Crucé mis manos sobre mi abdomen y le miré con cara de abuelita.

-Voy a ir contigo al cine porque tengo unas ganas locas de ver esa película. Pero no voy a volver a salir contigo mientras sigas con Cristina. Y no, esto no es una amenaza, ni un ultimátum ni ninguna de esas tonterías. Pero a partir de ahora voy a ser consecuente conmigo misma, y o estás conmigo, o estás con ella. Yo no tengo inconveniente en salir a escondidas, aunque te advierto que me importan más bien poco tanto los rumores como las paranoias de nuestros padres, pero si optas por salir conmigo y tiene que ser medio ocultos del mundo lo será. Simplemente tienes que elegir. ¿vale?

Sin mediar respuesta se inclinó sobre mí y me besó levemente en los labios.

-El no salir contigo mientras estés con Cristina incluye también que no me puedes dar besos en la boca – dije sin mucho convencimiento.

Sonrió y antes de abandonar la habitación me dijo:

-Te quiero, princesa.

*

Desde el mismo momento en que me senté en la cómoda butaca de la sala de cine me sentí nerviosa. Mi corazón, que latía demasiado deprisa, me decía que el ambiente romántico de la película podía se el detonante de alguna reacción amorosa entre Miguel y yo que quería evitar a toda cosa. Claro que a veces, una cosa es lo que se piensa y otra lo que se hace. Indiscutiblemente hay ocasiones en que las circunstancias doblegan a la voluntad.

En cuanto comenzó la escena en la que los dos actores moldean una jarra de barro con tanta pasión que acaban haciendo el amor, sentí su mano aferrarse a la mía. Cerré los ojos intentando aplacar mi emoción y cuando los abrí evité mirarle y continué prestando atención a la película, pero por el rabillo del ojo vi que me miraba de vez en cuando, como esperando algo de mí. Yo sabía que si volvía la cabeza hacia él acabaríamos besándonos, lo cual era mucho más emocionante que la película, que si bien estaba genial, no era comparable a todo lo que me provocaba cualquier roce físico con el hombre que en aquellos momentos se sentaba a mi lado. Siempre supe que la templanza no estaba precisamente entre mis cualidades más sobresalientes, y juro que lo intenté, pero al final sucumbí. No ya giré mi cabeza hacia él, sino que la apoyé en su hombro, como hacía con frecuencia, y la frote contra su cuello como si fuera un gatito buscando mimos de su dueño. Miguel captó el mensaje en seguida. Pasó su brazo por encima de mis hombros, me atrajo más hacia él y me beso con una pasión desbordante. El temblor de sus labios denotaban su excitación, lo cual era el estímulo perfecto para mí, que noté como la temperatura corporal me subía unos cuantos grados y la respiración se me agitaba. Intenté mantener la compostura y hacer que aquel beso no pasara de eso, de un beso, muy ardiente, muy erótico, muy volcánico, pero beso al fin y al cabo. Pero mi voluntad se fue al garete cuando sentí que su mano me desabrochaba unos botones de la blusa y se colaba dentro de mi sujetador. Menos mal que estábamos en la última fila del cine y que éste no se encontraba muy concurrido, pues la película se había estrenado semanas atrás. Mi mente se abandonó, dejó de pensar y a partir de entonces fui sólo cuerpo, un cuerpo que gozaba de forma atroz y salvaje con unas simples caricias. Pero es que Miguel era capaz de sacar la parte más bestial de mí misma sexualmente hablando. Cuando las luces se encendieron anunciando el final del filme nos recompusimos muy dignos y salimos del cine buscando un lugar en el que dar rienda suelta a nuestras bajas pasiones. Fue en una fábrica abandonada, muy cerca de la sala, a donde nos dirigimos sin mediar palabra como si nos hubiésemos leído el pensamiento. Miguel me levantó en volandas, arrimando mi espalda a la pared, y me penetró con un golpe seco que hizo que el mundo desapareciera a mi alrededor y no existiera nadie más que él. Me gustaba mirar su cara, desfigurada en un rictus de placer, escuchar sus gemidos de animal en celo, sentir la plenitud de su sexo luchando por alcanzar y hacerme alcanzar el placer supremo. Esa vez estallamos los dos a la vez y cuando nos recuperamos del esfuerzo, sentados en medio de los escombros, intentando relajar nuestros pulsos acelerados, le dije muy seria:

-Hace apenas un mes que me han operado. Ni siquiera has pensado en que....

-¡Oh, lo siento! No te habré hecho daño ¿verdad? - preguntó alarmado.

-Que es broma tonto – le dije muerta de risa – Oh Miguel, ¿por qué soy tan débil? Dije que no iba a estar contigo mientras no dejaras a Cristina y no me he podido resistir.

-Eso es porque me quieres.

-Porque te quiero y porque me gusta disfrutar del sexo contigo.

-Vaya, me encanta escuchar eso. Porque el sentimiento es mutuo.

Me levanté y tiré de él por el brazo para que se levantara también e iniciamos el trayecto de regreso a casa. Justo al salir del inmueble abandonado nos encontramos a la mujer que había levantado murmuraciones sobre nosotros.

-Uy, mañana estaremos de nuevo en boca de todo el pueblo. - dijo Miguel.

-Bueno, pues vale, si dice que nos vio salir de la fábrica abandonada y que seguramente estuvimos cometiendo actos indecentes dentro, estará diciendo la verdad, ¿no crees?

Sonrió y me dio un beso en la mejilla.

-Eres fenomenalmente expresiva y me encanta que pases de la gente, pero nuestros padres...

-Oh por favor, no empieces de nuevo con eso, nuestros padres, Cristina y el idilio de mentira, podría ser el título de una película – repuse airada.

-No te enfades, Irene, pero piensa que...

-No quiero pensar en nada de eso. ¿Y además sabes qué voy a hacer? Voy a cumplir mi propósito, y mientras no te comportes como una persona normal, rompas con Cristina y lo que piensen nuestros padres te importe más bien poco, no me voy a acercar a ti y por supuesto te dirigiré la palabra lo único indispensable.

-¿Serás capaz?

-No sabes tú de lo que soy capaz.

Y fui, claro que fui. Aunque afortunadamente mi castigo de silencio no duró mucho tiempo. Ah, por cierto, la película la vi años más tarde, en la televisión. Muy bonita.

*

Estuve dos semanas sin apenas dirigirle la palabra, aunque debo admitir que en alguna ocasión la situación no dejó de provocarme risa, pues delante de nuestros padres intentaba disimular mi castigo y Miguel aprovechaba para tirarme de la lengua y hacer que la conversación entre los dos fuera fluida y distendida.

Pasadas las dos semanas, una noche de sábado, cuando regresaba a casa después de salir un rato con mi amiga Violeta, al pasar por el paseo marítimo me fijé en un muchacho que, sentado en un banco, parecía mirar al mar fijamente. En cuando me fui acercando me di cuenta de que era él. Tan ensimismado estaba en la contemplación de las olas que no se percató de que yo me acercaba. Cuando me senté a su lado se llevó un susto y pegó un respingo.

-¡Irene! ¡Qué susto me has metido!

-¿Y quién te pensabas que era? - le pregunté muerta de risa - ¿Un ladrón?

-No... pero estaba tan distraído mirando al mar....

-Ya me di cuenta. ¿Y se puede saber a qué se debe esta melancolía?

Apoyó sus codos en sus rodillas, echando su cuerpo cuerpo hacia delante, unió sus manos y después de pensar un rato me miró y me contó el motivo de una nostalgia que no era tal.

-Dejé a Cristina. Esta noche quedé con ella y le dije toda la verdad, toda, de pe a pa, y no le sentó nada bien.

-¿Acaso esperabas que no fuera así?

-Pues supongo que no, pero... no sé, Irene, en el fondo me dio un poco de pena. No se merecía...

-No se merecía nada – dije cortando su discurso – ni siquiera que estuvieras saliendo con ella todos estos meses. La has engañado, la has engañado muchísimo, y en estos momentos se tiene que estar sintiendo como una mierda. Y seguramente odiándote. Pero la vida es así de dura. Y mira, qué quieres que te diga, yo me alegro que la hayas dejado, porque te quiero y te quiero sólo para mí. El amor es así de egoísta, no sé si te has dado cuenta.

Miguel me abrazó muy fuerte y sonrió, con aquella sonrisa que sólo sabía regalarme él.

-Mi princesa... eres tan joven y a la vez tan madura... creo que incluso que eres mucho más juiciosa que yo, o al menos mucho más consecuente con tu forma de pensar. Te quiero tanto....

-Y yo – dije dándole un sonoro beso en la mejilla.

Después me levanté y tiré de él para que me imitara.

-Y ahora vamos a celebrarlo. Nada de estar aquí mirando el mar como dos idiotas. ¿Qué te parece si nos emborrachamos?

-¡Irene!

-Que es broma, tonto. Anda, vamos a tomarnos un copita antes de volver a casa. No hace falta que nos emborrachemos pero sí que podemos hacer un brindis por... por nosotros.