sábado, 5 de junio de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 31

 


En Lisboa me alquilé un apartamento en la parte norte de la ciudad, cerca del hospital, y desde el principio me sentí bien, tal vez un poco sola. Me gustaba la ciudad, mi pequeña casita, el enorme hospital y los buenos compañeros con los que me encontré, entre ellos algún español. Me centré en mi trabajo, en mis clases de portugués y en olvidarme de Ginés. No lo conseguí del todo. Ginés era el amor de mi vida y cuanto antes lo asumiera mejor. También tenía que asumir que a pesar de ello, nunca volveríamos a estar juntos. Cerré las puertas de mi corazón al amor. Dejé de interesarme por los hombres y me volví un poco eremita, siempre metida en casa, con mis cosas, sin importarme nada más.

Aquello duro año y medio. Al cabo de ese tiempo por el hospital comenzaron a circular rumores de reducción de plantilla. Eran los primeros años de la crisis y Portugal no lo llevaba nada bien. Por eso, antes de que me rescindieran el contrato, me fui yo misma. Había solicitado una excedencia en al hospital en que trabaja en La Coruña, así que pedí la reincorporación y así me despedí de mi aventura lisboeta.

Regresar a La Coruña no me hacía demasiada gracia, pero las cosas no estaban para abandonar trabajos porque sí y no me quedó más remedio que retomar mi antiguo empleo. En principio me asenté en casa de mi tía Teresa de nuevo. Pensaba estar poco tiempo, el imprescindible hasta que me encontrara un piso de alquiler, a pesar de que ella se empeñó en que podía quedarme a vivir allí, que había suficiente espacio para las dos y así le hacía compañía, pero yo sabía que Teresa era una persona muy independiente y yo también lo era, así que lo mejor era que cada una tuviera su casa y que nos juntáramos cuando nos diera la gana.

Una semana después me asenté en mi nuevo hogar, un pequeño y acogedor apartamento cerca del piso de mi tía. Ella y yo retomamos la relación de nuestros primeros tiempos, momentos de confidencias, tardes de conversaciones entre cafés y humo de cigarrillos. Durante el tiempo que yo había estado en Portugal no tuvimos demasiado contacto, por voluntad propia mía, que deseaba romper con todo y olvidar. Ahora me volvió a hablar de Teo, de su hijo, que definitivamente se había asentado en Noruega y allí había conocido a una chica con la que al parecer tenía una hermosa relación, vamos, que se habían hecho novios y eran muy felices, de lo cual me alegraba profundamente. Yo no me había portado bien con Teo, le había utilizado como un paño de lágrimas, como una tabla de salvación a la que me aferré no sé bien por qué. Así que ahora se merecía ser feliz.

Sin embargo Teresa no me habló nada de Ginés. Yo no sabía si deseaba que lo hiciera o no. La mayoría del tiempo pensaba que era lo mejor, no saber nada de él era la medicina adecuada para olvidar. Pero en momentos puntuales la nostalgia me envolvía y me apetecía saber qué había sido de su vida y en este caso, contrariamente a lo que me pasaba con Teo, no deseaba que fuera especialmente feliz, sino que me echara de menos, que me recordara y que el destino volviera a cruzarnos.

Una tarde lluviosa de octubre, mientras mi tía y yo charlábamos en mi casa sentadas en el sofá, el nombre de Ginés salió a colación en medio de una conversación trivial. Ella lo pronunció y al escucharlo ambas nos quedamos calladas. Algo se revolvió dentro de mí y no pude evitar preguntarle si sabía algo de él. Al principio no me contestó. Dio una larga calada a su cigarrillo y echó el humo lentamente.

–¿Sigues sintiendo algo por él? – preguntó finalmente.

Pensé durante unos segundos antes de responder. No tenía sentido mentir.

–No sé por qué le quiero, pero le quiero. Soy consciente de que lo he perdido y espero no volver a encontrarme con él jamás. Y si un día la vida vuelve a cruzar nuestros caminos, que sea porque nuestros destino vayan unidos.

–No sé mucho de él. Lo único que sé es que desde hace más o menos un año sale con una chica. Me lo contó una compañera de trabajo.

Conocer tal circunstancia me hizo sentir un pellizco en el corazón. En el fondo conservaba la esperanza de que algún día volviera conmigo, pero aquella noticia me cerraba definitivamente las puertas a semejante posibilidad.

Aquella noche, cuando me metí en la cama y mi último pensamiento fue para Ginés, no pude evitar llorar, una vez más, por lo que pudo ser y no fue, por ese amor incomprensible que se empeñaba en aferrarse a mi corazón a pesar de los pesares.

*

La vida, mi vida, fue pasando sin pena ni gloria. Los días transcurrían uno detrás de otro de manera tranquila y apacible. Aquellas Navidades Teo regresó a la ciudad. Hacía mucho que no nos veíamos y nuestro último encuentro no había sido precisamente cordial. Sin embargo la felicidad que en aquellos momentos le embargaba hizo que olvidara de todas las rencillas del pasado y Teo volvió a ser conmigo el muchacho que antaño había sido, atento y agradable. Me contó que se había enamorado, que Ingrid era una chica muy tranquila, cabal, seria... en definitiva, lo que él esperaba de una mujer. Vivían juntos desde hacía unos meses y estaban pensando en casarse pronto. Las cuestiones laborales le iban tan bien como las sentimentales, por lo que de momento no pensaba regresar a España, su vida se había asentado en Noruega. Le dije que me alegraba mucho por él y una vez más, a pesar de que seguramente ya no era necesario, le pedí disculpas por mi comportamiento con él.

–Olvídalo, Dunia. Yo ya lo he olvidado. Fueron las circunstancias, la propia vida, mi ingenuidad y a lo mejor tu soledad y tu rencor hacia Ginés. No te preocupes. Y cuéntame cómo te va a ti.

Estábamos en un cafetería en el centro de la ciudad. Eran las últimas horas de la tarde y la calle estaba abarrotada de gente comprando regalos Navideños. Teo me había invitado a tomar algo mientras su madre y la mía, que había venido desde Madrid a pasar la Navidad con nosotros, se ponían al corriente de sus cosas. Mientras escuchaba lo bien que le iba todo a mi primo pensaba en cuánto me hubiera gustado que en medio de todo aquel bullicio apareciera Ginés y tuviera el poder de hacer que mi vida también fuera de color de rosa.

–Me va... – respondí finalmente – simplemente me va. No hay grandes novedades, ni sobresaltos... nada. A lo mejor debería de haber algo más de movimiento... no sé. He cometido tantos errores en mi vida...

Teo me tomó la mano y depositó sobre ella un leve beso.

–Errores los cometemos todos. No te atormentes por ello. Ya verás como tarde o temprano encuentras lo que andas buscando.

–El problema es que ya lo encontré. Y no es para mí.

No, Ginés no era para mí. Desde siempre había tenido todo en contra y desde siempre lo había querido sin motivo. Probablemente tuviera que acostumbrarme a vivir con su recuerdo, a que la nostalgia me acompañara día tras día, a añorarle de manera casi absurda. Lo mío con Ginés no tenía remedio. Pero la vida continuaba y yo con ella, y a pesar de amarle y de echarle de menos, era consciente de que tenía que dejar de mirar al pasado y dirigir mis ojos al futuro. No sabía lo que me esperaba a la vuelta de la esquina, pero tenía que caminar hacia delante de manera inexorable.

Nunca había sido yo chica de tener muchas amigas, salvo de adolescente, las que había dejado en Madrid; en La Coruña apenas había hecho amistad con dos a tres chicas compañeras de trabajo que finalmente acabaron marchando a otras ciudades y cayendo en el olvido. Lo que más se parecía a una amiga era mi tía Teresa, pero aunque con ella me sentía bien, necesitaba a alguien de mi edad para poder salir de vez en cuando y compartir historias propias de mi edad. Yo todavía no había cumplido los treinta y hasta entonces mi vida había sido casi monacal. Tenía que darle un giro de un vez por todas.

Conocí a Lidia a principios de primavera, cuando comenzó las prácticas en el hospital. Era algo más joven que yo pero se había decidido a estudiar un poco tarde. Parecía un poco tímida y físicamente era una chica del montón. Tenía una media melena rubia y lisa y unos bonitos ojos azules, no era ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, no había nada especial que destacase en ella. Pero llamó mi atención una mañana, cuando la encontré llorando en la sala de enfermeras. Estaba sola y cuando yo entré se limpió las lágrimas e intentó disimular su zozobra sin conseguirlo. Al verla de aquella guisa me pareció tan frágil que casi sin pensarlo me acerqué a ella y pasé mi brazo por sus hombros, a pesar de que apenas habíamos cruzado unas palabras durante las dos semanas escasas que llevaba allí.

–¿Estás llorando? – le pregunté retóricamente – ¿Qué ocurre? ¿Puedo ayudarte?

Mi solidaridad arreció su llanto y entre hipidos intentó explicarme el motivo de su congoja sin que yo lograra entender nada de lo que me decía. Intenté calmarla, le fui a buscar una tila a la cafetería y cuando se la tomó y se tranquilizó un poco me contó la causa de su desdicha.

–Hoy el doctor Siñeriz me ha echado una bronca muy injusta. Me ha acusado de haber cogido unos historiales médicos de encima de su mesa y yo no sé nada de ellos. ¿Para qué querría yo esos historiales? Y a pesar de que le dije por activa y por pasiva que no era culpa mía me dijo que no había podido ser nadie más, que era la única que había entrado en su despacho a lo largo de la tarde de ayer y que cuando terminó la mañana los historiales estaban encima de su mesa.

Me senté frente a ella y le sonreí. Alfredo Siñeriz era un gilopollas, sobre todo con las nuevas y ya no digamos con las que estaban en prácticas. Nunca había descubierto el porqué, tal vez intentara impresionarlas mostrando una autoridad que estaba muy lejos de ejercer. Para colmo de males era bastante inepto y conservaba su puesto de traumatólogo adjunto debido al parentesco que le unía con no sé qué jefazo de sanidad. Pero a mí sus estupideces no me impresionaban, nunca lo habían hecho, y me había enfrentado a él más de una vez. A aquellas alturas yo creía que casi me tenía miedo.

–Mira.... no recuerdo tu nombre...

–Lidia.

–Eso. Mira, Lidia, en este hospital y supongo que en cualquiera que llegues a trabajar, te vas a encontrar de todo, pero seguro que nadie será tan imbécil como Siñeriz. No te dejes amilanar por sus monsergas. No eres la primera a la que regaña sin razón y lo hará más veces si ve que te retraes ante sus salidas de tono.

–Pero es que... yo no he cogido esos historiales y estoy preocupada. Está empeñado en que he sido yo y tengo miedo de que informe a la escuela de enfermería de algo que yo no he hecho.

–Claro que no lo has hecho. Ahora mismo vamos a ir juntas a su consulta.

Al principio se negó, estaba muerta de miedo, pero finalmente la convencí para que me acompañara. Era necesario que fuera testigo de las palabras que iba a tener yo con aquel idiota.

Di dos golpes en la puerta de su consulta y entre sin llamar con Lidia siguiendo mis pasos. Alfredo Siñeriz levantó la vista de sus papeles y al principio pareció querer protestar pero enseguida cerró la boca y me miró sumiso.

–Oh, hola Dunia. ¿Qué te trae por aquí?

Me senté frente a él.

–Verás Alfredo, ¿recuerdas que ayer a media mañana una de las chicas de administración te trajo unos historiales médicos?

–Efectivamente – dijo mientras se recostaba en su asiento y echaba una mirada furtiva a Lidia, de pie detrás de mí – historiales que han desparecido de mi mesa, por cierto.

–Historiales que antes de marcharte me dijiste que guardara de mi mano hasta mañana, que es el día en que tienes las consultas programadas con los pacientes en cuestión. ¿En qué estabas pensando cuando me lo dijiste? ¿En el próximo coche que vas a comprar o en tu proyectado viaje a la Conchinchina? Los historiales los tengo yo guardados en un fichero en la sala de enfermeras. Así que ¿te importaría pedirle disculpas a esta muchacha? Aunque seas médico no eres infalible y siempre está bien tener un poco de educación.

A aquellas alturas de la conversación el doctor Alfredo Siñeriz estaba rojo como la grana, mitad de rabia, mitad de vergüenza, y tartamudeando como el estúpido que era le pidió unas disculpas casi ininteligibles a la nueva enfermera en prácticas.

–Así me gusta, Alfredo – le dije saliendo de su despacho –. No hagas que estas chicas nuevas tengan un concepto de ti que no te mereces.

Mientras caminábamos de vuelta al control de enfermeras Lidia me miraba con desmesurada admiración, como si yo fuera una diosa que la hubiera salvado de una tempestad o algo así.

–Me has dejado alucinada – dijo –. No sabía que las enfermeras se pudieran enfrentar así a los médicos.

–Bueno, no es así exactamente. Pero a Siñeriz lo tengo cogido de los huevos. Hace tiempo casi mata a un paciente por una negligencia y yo le cubrí las espaldas y le salvé al paciente. Hasta aquel momento me tenía un poco puteada, pero ahora soy yo la que lleva la voz cantante. Lo tengo en mis manos. Si se porta conmigo como un gilipollas ya sabe lo que hay, descubro el pastel. Pero no te preocupes. En general los demás médicos son gente normal.

–Buf, menos mal. Te estaré agradecida para siempre. Es más, te invitó a un café cuando terminemos el turno ¿Qué te parece?

–Hecho.


miércoles, 2 de junio de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 30

 


El fiscal me miró con cara de asombro, como si no entendiera bien mis palabras, mientras el presidente del Tribunal golpeaba la mesa con su mazo y ordenaba silencio. Cuando por fin cesaron los murmullos habló dirigiéndose a mí.

–Señorita, no sé si se da cuenta de las implicaciones que pueden tener sus palabras. Esto no es un juego. Esto es un Tribunal de justicia y usted tiene obligación de decir la verdad. Y si está aquí es porque desde hace meses interpuso una denuncia alegando que el acusado la forzó sexualmente.

–Lo sé, pero no es verdad, lo hice por venganza y asumo las consecuencias de mi mentira. Si tengo que ser juzgada yo... pues lo seré.

Nuevos murmullos se escucharon en la sala. Mi abogada me miraba con cara de espanto. Ginés lo hacía con una expresión de desprecio en sus ojos que me entristeció. En ese momento supe que el que yo me retractara no iba a arreglar lo nuestro.

–¿Retira usted entonces la denuncia que interpuso en su día? – me preguntó de nuevo el magistrado.

–Sí, la retiro.

–Está bien, se levanta la sesión. Se dictará sentencia acorde con lo ocurrido hoy en esta sala y permítame advertirle de una cosa, señorita. La justicia es algo muy serio, no es un juguete que pueda manejar a su antojo.

Tenía razón el buen hombre, así que me abstuve de decir nada y me quedé un rato en mi silla, mientras esperaba que la sala se despejara de gente. Mi abogada se acercó a mí y me preguntó si estaba loca, que cómo se me había ocurrido hacer aquello, que si es que Ginés me había amenazado o qué había pasado. Le dije que me dejara en paz, que la verdad era la que había dicho hacía unos instantes y que no se preocupara, que en breve me pasaría por su despacho a abonarle sus honorarios. Se fue murmurando que nunca le había ocurrido cosa semejante.

Cuando la sala quedó vacía yo también salí. En el pasillo estaban Ginés y su abogado, tal parecía que me estuvieran esperando porque en cuanto me vieron se acercaron a mí. El hombre tenía el rostro enfurecido y me habló amenazante.

–Esto no se va a quedar así – me dijo –. Pagará las consecuencias legales de lo que hizo. Le denunciaremos por injurias.

–Haga lo que tenga que hacer – contesté lánguidamente –, ya dije que estoy dispuesta a asumir mi responsabilidad.

Me disponía a marchar cuando Ginés me tomó del brazo y me dijo:

–Nunca te lo perdonaré. Pero no te preocupes, por mucho que te haya dicho mi abogado no te va a pasar nada, prefiero olvidarme de ti de una vez.

Cómo me dolieron sus palabras. Nadie se puede imaginar las lágrimas que derramé encerrada en mi habitación, a oscuras, mientras rumiaba mi desgracia y me arrepentía una y otra vez de haber cometido semejante estupidez. Siempre pensé que todo lo que nos pasa en la vida, bueno o malo, nos hace aprender, nos ayuda a caminar y a seguir adelante. Pero en aquellos momentos no conseguía extraer nada bueno de mi comportamiento. Me había llevado al sufrimiento y había provocado sufrimiento en alguien a quién amaba. En realidad me di cuenta de que eso era lo que había hecho yo durante toda mi vida con la gente que me quería, darles la espalda en un momento dado y provocar dolor. A Teo, a Teresa, de quien me había distanciado simplemente porque no aprobaba mi actitud, y ahora a Ginés. Pero yo nunca fui mujer de hundirse en la aflicción. Tenía que reponerme y lo iba a hacer. Recordé el suicidio de mi padre, cuando mamá y yo nos habíamos quedado sin nada y habíamos tenido que comenzar de cero en otro lugar y con la ayuda de quién menos esperábamos. Aquella fue una situación muy dura y conseguí superarla. Esta vez no iba a ser distinto. Por aquel entonces me había hecho bien abandonar Madrid y comenzar en una ciudad nueva y diferente. A lo mejor esta vez podía hacer algo parecido.

Cuando decidí dejar de llorar y salir de nuevo a la vida lo primero que hice fue visitar a mi tía Teresa. Me presenté una tarde de sábado en su casa, sin avisar. Cuando llamé al timbre y me abrió la puerta me recibió con cara de circunstancias. Si algo había descubierto de su personalidad durante aquellos años eran dos cosas: una, su perspicacia y otra, su resentimiento contra las personas que la traicionaban, al menos mientras no le pedían perdón. Yo me encontraba entre ese grupo. Así que el recibimiento que me hizo no fue a bombo y platillo precisamente. Me invitó a entrar y me ofreció un café más por educación que por otra cosa, pero se notaba a las leguas que no era bien recibida. Yo preferí ir al grano y terminar de una vez por todas con aquella tensión que se cortaba en el ambiente.

–Teresa vengo a pedirte disculpas por mi actitud contigo. No me gusta que estemos distanciadas y no quiero que pase como con mi madre. Sé que me comporte como una intolerante y además tenías razón.

–¿En qué tenía razón? – preguntó mientras encendía un cigarrillo y me ofrecía otro a mí.

–En que me estaba comportando como una estúpida, en que lo que hacía no conducía a nada. Al final decidí retirar la denuncia contra Ginés. El mismo día del juicio lo hice. Ya deben de haber dictado sentencia.

Mi tía suspiró, sonrió un poco y me abrazó. En ese momento supe que había olvidado mi afrenta.

–Ay Dunia – me dijo –. Dios sabe que hice todo lo posible por evitar llegar a esto. Y cuando digo a esto me refiero a lo que me acabas de contar. Retirar la denuncia contra Ginés no ha solucionado nada. El mal ya está hecho. Ha estado en boca de todo el mundo. Muchos han montado un juicio paralelo, como se hace siempre que ocurren estas cosas y más en una ciudad pequeña como ésta, y Ginés llevará para siempre el estigma de la sospecha.

–A lo mejor estás exagerando un poco ¿no?

–¿Tú crees? ¿Cuál fue la reacción de Ginés cuando dijiste la verdad?

–Pues.... me odia... y supongo que tiene razón.

–Claro, le has hecho daño. Es verdad que él te lo hizo a ti en su día. Pero la gente cambia, puede arrepentirse y merecer segundas oportunidades. Si te digo la verdad nunca di un duro por él, pero en los últimos meses he indagado un poco sobre su vida y no es el mismo de antes.

–A lo mejor también me la puedo merecer yo, la segunda oportunidad, digo.

–A lo mejor. No digo que no, pero por lo pronto... en fin, creo que lo mejor será que te olvides de él y de todo lo ocurrido. Al menos durante un tiempo.

Eso era lo que quería. Olvidarme de todo y retomar la normalidad de mi vida.

–He echado una solicitud para trabajar en Lisboa. Allí las enfermeras españolas están muy bien vistas. Si me admiten me iré para allá y si no, es probable que regrese a Madrid.

–Te echaré de menos, pero haces bien en alejarte de él. Bueno... ¿Quieres quedarte a cenar? Podemos... ver una peli después.

Recuperar la complicidad con mi tía fue fácil. Más fácil de lo que yo pensaba. Recuperar una vida tranquila y sosegada fue un poco más complicado. Dos semanas después recibía una carta del hospital de Santa María, en Lisboa. Me admitían como enfermera. Si aceptaba debía incorporarme en el plazo de un mes. Por supuesto acepté. Pero antes tenía que hacer algo.

*

No puedo decir que me lo pensara demasiado. Desde el momento en que salí de aquella sala de vistas del Juzgado supe que tenía que hacerlo. También supe que no me iba a resultar nada fácil, así que esperé al último momento. Me presenté en su casa una tarde de viernes. El sábado me iba a Lisboa y necesitaba despedirme. Dejé mi coche en la calle y abrí el portal con la llave que todavía conservaba. Cuando pulsé el timbre de la puerta de entrada el corazón me latía como loco. Intuía que no iba a ser bien recibida y mi intuición se confirmó cuando Ginés abrió la puerta y me miró con una expresión en sus ojos entre extrañado y furioso.

–¿Qué coño haces aquí? – me preguntó de malos modos haciendo ademán de cerrar la puerta.

–Necesito hablar contigo – le dije notando yo misma un temblor latente en mi voz.

–Tú y yo no tenemos nada que hablar. Nada de lo que puedas decirme me interesa – me espetó escupiendo las palabras con desprecio.

–Por favor, Ginés, sólo te pido que me escuches por última vez. Te juro que no volveré de molestarte.

Con gesto cansado me dejó pasar. Cerró la puerta de un golpe y yo me dirigí al salón. Estaba desordenado y olía a cerrado. Supe que no lo estaba pasando precisamente bien. Me quedé de pie en el medio de la estancia y él se puso frente a mí.

–Dí lo que tengas que decir y lárgate

Yo no sabía bien por dónde empezar. Quería despedirme y pedirle perdón, explicarle mis razones, y tal vez también la sinrazón que me había empujado a hacer lo que hice, pero mi mente y mi garganta parecían haberse bloqueado.

–Si vas a quedarte ahí mucho tiempo, callada como una estúpida, ya puedes largarte. No tengo tiempo para tus monsergas – me dijo malhumorado.

–Vengo a despedirme – le dije por fin – me voy a trabajar a Lisboa.

–Por mí te puedes ir al infierno.

Me pareció que sus palabras no eran el reflejo de lo que sentía. Quise creer que hablaba por boca del resentimiento y noté en sus ojos un destello de melancolía, de tristeza, de pena. Aún así me sentí dolida por su desprecio, a pesar de que no podía esperar otra cosa.

–También quiero pedirte perdón.

–¡Pedirme perdón! – dijo soltando una carcajada que sonaba a amargura – ¿Tú sabes lo que he tenido que pasar? El desencanto que sentí cuando fui consciente no sólo de lo que me estaba ocurriendo, de lo que estabas haciendo, sino de tu engaño, de la forma en que me habías manipulado aprovechándote de mi ceguera.... Yo te quería Dunía, nunca quise a nadie como a ti. A tu lado sentí que por fin había encontrado la persona idónea para encauzar mi vida, y resultó que no. Tuve que soportar la desconfianza de todos, de mis amigos, de mi familia... al principio nadie me creía, muchos no me creyeron hasta el día del juicio. La gente no acudía al despacho porque se corrió la voz de que uno de los abogados que trabajada allí era un violador. Y ahora te atreves a pedirme perdón... Eres patética.

Aquellos reproches me dieron fuerza para seguir hablando, para poner las cosas en su sitio. Puede que tuviera razón, pero ahora me tocaba a mí.

–¿Y lo que sufrí yo, Ginés? Claro, ya te has olvidado, es muy fácil olvidarse de lo ocurrido hace años cuando se es el verdugo, pero no es tan sencillo cuando se es la víctima. Yo tenía dieciocho años, era apenas una niña, y también te quería, te quería con la fuerza del primer amor, de manera incondicional y ciega y tú también me manipulaste, y además aquella vez sí, aquella vez me violaste. Supongo que debería haber olvidado mis pretensiones de venganza, de hecho hubo momentos en mi vida en que lo hice. No sé por qué renacieron cuando te vi bien, sano, cuando no vi ya al Ginés desvalido que necesitaba de mí, sino al de siempre, al que un día me había ultrajado para después dejarme tirada. Tienes razón, es cierto que todo esto que hice no tenía ya lugar, pero te recuerdo que yo también sufrí, más de lo que puedas imaginarte.

Se quedó donde estaba sin moverse ni un milímetro, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, en un gesto que parecía de derrota. No quise esperar a nada más, no quise darle oportunidad de réplica. Di media vuelta y salí que aquella casa. Había cerrado para siempre una etapa de mi vida que ahora tocaba olvidar.

domingo, 30 de mayo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 29

 



No sólo no paré aquella locura, sino que poco después tomé un avión rumbo a Oslo dispuesta a hacer a Teo cómplice de mi trama. No lo había avisado, así que le sorprendió mi presencia. Y me recibió fríamente. Después de nuestra última conversación se suponía que lo nuestro ya no tenía arreglo.

–¿A qué has venido, Dunia? – me preguntó con voz cansada.

–A arreglar lo nuestro, Teo.

–¿Y Ginés?

Le conté lo ocurrido, y al igual que su madre también mostró su contrariedad por mis chifladuras.

–Estás loca. Olvídate de una vez de esa maldita venganza que ha rondado tu cabeza desde siempre. Vive y déjale vivir. ¿No te parece que ya bastante castigo ha tenido con su accidente?

–Es posible – repuse – pero de pronto sentí que tenía que hacerlo. Es como...como...si necesitara hacer justicia.

–Oh vamos, no digas tonterías. ¿Me estás contando que te presentaste en su casa, os acostasteis y después le fuiste a denunciar por violación porque se te ocurrió en ese momento u tod ello para hacer justicia?

–Pues sí, fue más o menos así.

–¿Pero a quién pretendes engañar? A parte de a ti misma, por supuesto. Dunia, lo quieres. Lo sé desde siempre. Todos estos años has estado amándole y yo he sido un estúpido por pensar que podía sustituirle. Lo nuestro no tiene arreglo. Vete con él, retira la denuncia y vuelve a su lado.

Regresé a casa con el alma encogida. Era posible que todos estuvieran en lo cierto y la equivocada fuera yo, al fin y al cabo castigando a Ginés me castigaba a mí misma. Pero contrariamente a lo que se pudiera pensar, no paré mi locura, seguí con ella, inventando, mintiendo.

Ginés estaba en libertad provisional en espera de celebración de juicio. Por supuesto en el juzgado lo había negado todo. Era mi palabra contra la suya, pero yo llevaba todas las de ganar. Había contratado un buen abogado y además me habían hecho pruebas de ADN para comprobar que me había defendido y que en mis uñas había restos de la piel de Ginés. El juicio no sería inminente, ya se sabe lo lenta que es la justicia en ocasiones, pero en este caso no me importaba, lo que yo deseaba es que se dictara el veredicto que a mí me interesaba, que lo declararan culpable de algo que no había ocurrido exactamente como yo había hecho creer, pero que en todo caso había ocurrido.

Un día me estaba esperando a la salida del hospital. Me sorprendió verle y me puse un poco nerviosa. Se acercó a mí a pesar de que sabía que no podía hacerlo.

–Tenemos que hablar, Dunia. No trates de ignorarme más – me dijo.

–No tenemos nada que hablar – le dije continuando mi camino –. Entre tú y yo ya está todo dicho.

–No, no lo está. ¿Por qué me estás haciendo esto? Yo te quería... y pensé que tú a mi también.

–¿Y también pensaste que te ibas a ir de rositas por lo que me hiciste hace años? Un día te dije que acabarías pagando por ello. Pues ya ves, ha llegado el momento. Hace años no te denuncié porque no tenía pruebas, pero ahora tengo más experiencia y me las he fabricado.

Mientras hablaba me temblaban las piernas y el corazón. No me quería dar cuenta de que estaba tirando mi vida por la borda, de que no podría vivir sin él por mucho que me empeñara, de que tarde o temprano acabaría echándole de menos y deseando sentir de nuevo sus caricias, sus besos, sus palabras susurradas a media voz junto a mi oído cuando me hacía el amor.

Ginés negó con la cabeza mientras se iba alejando de mí. Sus ojos grises brillaban y me pareció ver que alguna lágrima pugnaba por rodar por su mejilla.

–Es posible que me lo merezca, tienes razón. Pero yo te quería, Dunia, te amaba y ahora.... ahora ya todo está perdido.

Se alejó caminando apresuradamente y yo me quedé allí, en medio de la acera, mirando cómo se marchaba. De repente me sentí muy sola y quise llamarle, quise decirle que tenía razón, que nada de lo que estaba haciendo tenía sentido, pero los demonios que manejaban mi cerebro me impidieron hacerlo y le dejé ir. Iba a seguir adelante, pasara lo que pasara, ya no había remedio.

*

El juicio se señaló para seis meses más tarde. Cuando se acercaba la fecha me llamó mi abogada para preparar el interrogatorio. Me aleccionó sobre las cosas que debía de decir, las preguntas que ella me iba a hacer e incluso la actitud que debería de tomar. Pero ya aquellas alturas me encontraba arrepentida de lo que había hecho.

Durante aquellos meses no había vuelto a ver a Ginés. Tampoco a Teo, que había salido definitivamente de mi vida y se había quedado a vivir en Oslo, donde al parecer le iban muy bien las cosas. Teresa era la única persona que me quedaba en La Coruña y tampoco con ella la relación era demasiado fluida. No estaba de acuerdo con mis actuaciones y me lo hacía ver con demasiada frecuencia; tanto, que para no soportarla me fui alejando de ella poco a poco. Me estaba quedando sola.

De Ginés supe a través de comentarios casuales de algún conocido. Había vuelto a su trabajo como abogado laboralista y no se conocían escándalos en su vida, salvo mi agresión sexual. Supe también que mucha gente se la cuestionaba. A pesar de la vida desordenada que había llevado cuando era un jovencito alocado, a aquellas alturas Ginés despertaba en sus conocidos y amigos la suficiente confianza como para creer en sus negativas. Sin embargo yo tenía suerte y la parte jurídica estaba de mi lado, o al menos eso decía mi abogada. Pero ya eso no me satisfacía. Un día me paré a pensar en lo que podía ocurrir. Si Ginés salía declarado culpable podía pasarse de seis a doce años en la cárcel. Tal vez debiera haberlos pasado ya, pero a aquellas alturas....

Finalmente el juicio se señaló para el nueve de septiembre. Aquel verano hice mis maletas y me fui a Madrid, a casa de mi madre. Ella no sabía nada del tema y yo no tenía pensado contárselo. Se extrañó de que malgastara mi mes de vacaciones ahogada entre los calores de Madrid, pero después de saber que había roto con Teo y que no me encontraba demasiado bien anímicamente, acabó comprendiendo mi locura. Preocupada por mí, cada poco me preguntaba si estaba bien. Y no, no estaba bien, aunque no por mi ruptura con Teo, sino por el juicio y por enfrentarme de nuevo a Ginés.

No sé por qué un día mamá me preguntó por él. Fue como si intuyera que él era el causante de mi melancolía, aunque yo jamás le había contado lo ocurrido entre nosotros. Le contesté que se había recuperado bien del accidente y que sabía que trabajaba como abogado en su prestigioso despacho.

–¿Sabes? Durante mucho tiempo, cuando tuvimos que irnos a vivir a La Coruña, pensé que era el chico idóneo para ti.

Me sorprendieron aquellas palabras, jamás se me pasó por la mente la posibilidad de que mi madre quisiera emparejarme con Ginés.

–Estuve enamorada de él como una estúpida – le confesé –. A veces creo que nunca he dejado de estarlo.

–¿De veras? – me preguntó sorprendida – Pues a lo mejor ahora....

–Estoy cansada, mamá, cansada de relaciones fallidas.

–¡Ay hija! Hablas como si hubieras salido con cientos de hombres. Pero bueno, entiendo que si acabas de romper con Teo, no estés de humor para pensar en esas cosas.

Mi madre no volvió a hablar sobre el tema y yo se lo agradecí. A aquellas alturas me encontraba no sólo cansada, sino también confundida y harta de la película que me había montado yo misma. Me dediqué a reflexionar. Me pasé las vacaciones tirada sobre una hamaca al borde de la piscina recapitulando sobre mi vida. A veces pensaba que estaba haciendo bien. Otras creía que con mi venganza lo único que estaba consiguiendo era tirar por la borda mis propias posibilidades de ser feliz. Ginés no era el mismo de antes y yo estaba siendo injusta con él. Me estaba comportando como el tribunal de justicia que manda a la cárcel a quién cometió un delito tiempo atrás, cuando su vida no era la misma, y en la actualidad ya está rehabilitado. Me dejé llevar por un impulso estúpido, por una idea que cruzó mi mente en el momento más inoportuno. Y lo peor de todo es que no sabía si podría arreglarlo.

Regresé a La Coruña cuando faltaba apenas unas semana para el juicio. Me incorporé al trabajo e intenté abstraerme en los quehaceres cotidianos. La noche anterior apenas pude dormir. Los nervios me lo impedían, la inquietud de saber que estaba cometiendo una injusticia me soliviantaba la conciencia. Por eso cuando llegó la hora de levantarme de la cama no había pegado ojo. Me levanté con desgana y me tomé un tranquilizante que le había robado a mi madre durante mi estancia en Madrid. Poco a poco me fui calmando. Pasada la inquietud comencé a ver las cosas mucho más claras. Me tomé una ducha larga y relajante. Me vestí de manera discreta y me encaminé al juzgado. Anuncié mi llegada a una muchacha joven que parecía estar esperando a los actores de aquel teatro. Me preguntó si deseaba declarar de manera protegida y le dije que no. Me señaló un banco en el medio de un pasillo, cerca de la puerta de la sala de vistas y me indicó que podía esperar allí sentada. Así lo hice. Al poco rato llegó Ginés. Lo acompañaba un hombre mayor que identifiqué como su abogado. Vestía un impecable traje gris oscuro. La camisa azul claro, sin corbata. Estaba realmente guapo, aunque parecía unos años más mayor de lo que en realidad era. Pasaron a mi lado y se sentaron en el banco que estaba más allá. Ginés ni me miró, pero su acompañante sí lo hizo, me dirigió una mirada de lo más elocuente; estoy segura de que si sus ojos hablasen me hubieran dicho de todo menos bonita. Al poco rato apareció mi abogada. Se sentó a mi lado y comenzó a hablar y a decirme cosas que yo no escuchaba, mientras lanzaba a Ginés miradas cargadas de odio y resentimiento, como si fuera ella la ofendida. Desde luego parecía una buena abogada, al menos se metía muy bien en su papel.

Al poco rato los jueces entraron en la sala y luego la misma muchacha que me había atendido al principio llamó a Ginés y a su abogado. Al cabo de un rato me llamaron a mí. Entré, mi abogada ya estaba en la sala, y me senté dónde me indicó la muchacha, en una silla frente al Tribunal. El más viejo de ellos me preguntó si juraba o prometía decir la verdad a lo que se me preguntara y yo dije que sí, que prometía. A continuación el señor Fiscal comenzó su interrogatorio.

–¿Podría contar usted lo que ocurrió en la tarde del día veinte de enero?

Antes de comenzar a hablar suspiré, carraspeé un poco y empecé a hablar.

–Aquella tarde acudí a visitar a Ginés, a su casa. Él acaba de llegar de Nueva York, donde se había sometido a una intervención quirúrgica para recuperar la vista perdida en un accidente de tráfico.

–¿Desde cuándo se conocían? – me preguntó de nuevo sin darme tiempo a que yo terminara mi relato.

–Le conocí cuando yo tenía diecisiete años. Me vine a vivir a La Coruña con mi madre y entré a trabajar con asistenta en casa de su madre.

–¿Mantenían una relación de amistad?

Me quedé callada durante unos segundos sin saber qué contestar a la pregunta. Porque en realidad ¿qué habíamos sido Ginés y yo? Además, ¿qué sentido tenía continuar con aquel estúpido interrogatorio?

–Ginés no me violó.

Y un murmullo se dejó oír en la sala.



miércoles, 26 de mayo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 28

 


Durante el tiempo que estuvo en Nueva York, Ginés me enviaba algún mensaje de vez en cuando. En casi todos me decía que estaba deseando recuperar la vista, que contaba los días para regresar a España y poder verme y que estaba un poco nervioso esperando la intervención. Por fin ésta llegó. El día que lo operaban supe que ahí comenzaba el final de toda aquella historia en que se había convertido mi vida. Ya no había vuelta atrás, lo cual, si por un lado me inquietaba, por el otro me regalaba el alivio de saber que mi mente y mi corazón alcanzarían pronto el sosiego y la paz que necesitaban desde hacía tiempo.

Diez días después de la intervención me llamó por teléfono. Cuando escuché su voz y sentí a través del aparato el entusiasmo que emanaba, supe que todo había salido como era debido. Me contó que cuando le quitaron el vendaje su corazón latía como un caballo desbocado, que pensaba en mí y le hubiera gustado que fuera yo la primera persona que viera al recobrar la vista, que esperaba con ansia el momento de regresar a España y poder reunirse conmigo. No tardó demasiado. Pronto le dieron el alta y un día gélido de principios de febrero el avión que traía al amor de mi vida aterrizaba en el aeropuerto de La Coruña. Yo no le fui a esperar. Prefería que el encuentro tuviera lugar en un sitio tranquilo y en soledad. Por eso quedamos en su casa aquella misma tarde.

Recuerdo que el corto viaje en coche se me hizo interminable. Intuía que el encuentro tendría sus luces y sus sombras y estaba deseando que tuviera lugar para desterrar de una vez por todas la incertidumbre que me reconcomía por dentro. Pero el tráfico denso y lento se empeñaba en poner trabas a mis intenciones. Llegué a su casa casi con media hora de retraso y cuando por fin pulsé el timbre mi corazón latía de manera desordenada. Los escasos segundos que pasaron hasta que la puerta se abrió se me hicieron eternos y cuando por fin lo hizo y tuve a Ginés frente a mí, me quedé paralizada, tal vez esperando que fuera él el que diera el primer paso. Tenía puestas unas gafas oscuras, por lo que no pude verle los ojos, aunque estaba segura de que me miraba fijamente y sin ningún pudor. Por fin abrió la boca.

–¿Qué.... qué haces tú aquí?

Ya estaba, ya se había despejado mi incógnita. Me había reconocido, sabía quién era realmente, y por el tono de su voz deduje que no le hacía mucha gracia mi presencia.

–Habíamos quedado a las cinco ¿recuerdas? Ya sé que son las cinco y media pero no te imaginas el tráfico que había para salir de la ciudad.

–Entonces.... eres tú, Dunia.

–Lo soy. ¿Me vas a dejar pasar? Aquí en la puerta está empezando a hacer un poco de frío.

Me franqueó la entrada. Pasé a su lado como si fuera una extraña, cualquier vendedora de seguros o de enciclopedias que se cuela en las casas dispuesta a dar la turra sabiendo que no va a conseguir nada. Yo casi tenía la seguridad de que aquella tarde saldría de allí con la desilusión como único equipaje, pero me equivoqué.

Nos quedamos frente a frente, sin hablar. Yo tenía ganas de abrazarle, de besarle, de sentir el contacto de su piel, pero él no se decidía a mostrar cariño alguno.

–Me gustaría.... darte un abrazo – le dije casi con timidez.

Entonces no se hizo de rogar. Se acercó a mí y me estrechó entre sus brazos con calidez. Luego de retenerme un rato contra sí, hundió sus manos en mi pelo y me besó larga y profundamente en la boca. Después me tomó de la mano y me llevó al sofá. Me hizo sentar a su lado y me miró con sus preciosos ojos grises, ya desprovistos de las gafas, que de nuevo emanaban luz y vida. Y fue entonces, cuando me di cuenta de que me miraba, de que podía verme, de que sus ojos estaban vivos de nuevo, cuando un destello se cruzó en mi mente y tomé la decisión que seguramente nunca debiera haber tomado. Le besé con fuerza y pasión y él correspondió a mi beso.

–Oh Dunia, mi vida, en el fondo sabía que eras tú, tenías que ser tú. Dime que me has perdonado lo que un día te hice, dímelo.

Por toda respuesta le sonreí mientras le acariciaba el rostro. Luego comencé a desabrocharle la camisa y me senté a horcajadas sobre él sin dejar de besarle. Hicimos el amor de manera casi salvaje, en el sofá del salón, en su cama, en la alfombra, era como si se nos fuera la vida en ello, como si aquellos ratos de pasión fueran los últimos que viviríamos juntos. Él me miraba mientras me acariciaba. Parecía como si necesitara asegurarse de que era yo, y aquellos ojos grises fijos en los míos despertaban en mí una ira inexplicable que ya pensaba muerta. Durante aquellos meses lo había tenido en mis manos, lo había manejado a mi antojo, a sabiendas de que su vida no era precisamente ninguna maravilla y que me necesitaba cada día un poco más, pero ahora se había terminado el castigo, y algo en mi interior me decía que no podía ser.

Salí de su casa de madrugada. Él dormía plácidamente y no se enteró de mi huida. Antes de abandonarle me entretuve mirándole durante un buen rato. Hubiéramos podido ser tan felices si no hubiera ocurrido lo ocurrido. Pensé que lo había superado, pero no, no lo había hecho y no iba a demorar ni un segundo más aquello por lo que había vivido todos esos años. Le besé levemente en la frente siendo consciente de que era la última vez que lo hacía, de que cuando le volviera a ver él sentiría por mí un odio visceral, pero tenía que ser así. Era la única manera de poder recuperar mi vida. Teo era el hombre que yo necesitaba a mi lado y sólo podía permanecer conmigo si yo era capaz de espantar todos mis fantasmas. Aquella noche estaba camino de hacerlo.

Me vestí despacio y en silencio, para no despertarle, y salí a la calle. Hacía frío y una densa niebla lo envolvía todo. Me metí en el coche y puse rumbo al hospital. Estaba segura y decidida a hacer lo que tenía que hacer. El tráfico era prácticamente inexistente y llegué pronto a mi destino. Rogué para que no hubiera demasiada gente en urgencias. Antes de bajarme del coche rasgué mi blusa e hice saltar algunos botones. Luego me dirigí con decisión al interior del hospital y con mi rostro desencajado y aparentando un nerviosismo que estaba lejos de sentir dije que había sido violada. De inmediato se desplegó todo un teatro a mi alrededor. Los médicos me examinaron, confirmaron que había habido relación sexual y posteriormente me trasladaron a comisaria para cursar la correspondiente denuncia. Así empezó mi mentira. Así empezó mi venganza.

No sé por qué lo hice. Ni yo misma entiendo el motivo por el cual aquella tarde mi amor por Ginés dio paso a la revancha que tantas veces había estado machacándome la cabeza. Y lo más extraño de todo es que no dejé de quererle. Le seguía amando pero sentía que tenía que hacer aquello.

En comisaría conté con todo lujo de detalles mi encuentro sexual forzado con Ginés. Les dije que éramos amigos, que le había conocido hacía años y que me había reencontrado con él a raíz de su accidente, les conté lo de su operación en los ojos, que le había ido hacer una visita aquella tarde y que, seguramente confundido por unos sentimientos que no eran tales, me había besado. Yo le rechacé y entonces él me forzó. No me tembló la voz al mentir. Me interrogaron varias veces y fui muy cuidadosa contando la misma versión. Al final casi me la creía yo misma. Finalmente me dejaron marchar a mi casa no sin antes decirme que procederían a su detención e interrogatorio a la mayor brevedad posible.

*

Durante unos días no dudé ni un segundo en que había hecho lo correcto. No contesté a las llamadas de Ginés y desde el juzgado me comunicaron que habían dictado una orden de alejamiento contra él, por lo que no se podía acercar a mí. Una semana después de todo aquello me decidí a contárselo a mi tía Teresa. Lo hice sin vacilar y con frialdad, y sólo cuando vi que no producía en ella la reacción esperada las dudas hicieron acto de presencia.

–No puedo creer que tú hayas hecho eso. Pero ¿por qué? ¿no te das cuenta de que le estás destrozando la vida?

–Vaya, ahora resulta que le estoy destrozando la vida. Te recuerdo que él también me la destrozó a mí – repuse enfurecida.

Mi tía levantó las cejas en un gesto de asombro, mirándome como si me estuviera viendo por primera vez.

–Realmente no te conozco, Dunia – me dijo – ¿Qué pretendes conseguir con todo esto? Hace apenas una semana le querías, creí que estabas dispuesta a romper con Teo por él y ahora.... ¿Teo lo sabe?

–No, no se lo he dicho. Pero lo haré en seguida. Hablaremos y en cuanto este asunto esté zanjado todo volverá a su cauce entre Teo y yo.

–No sabes lo que dices. Nada volverá a ser como antes. No soy quién para decirte lo que tienes que hacer pero te recomiendo que frenes toda esta locura. De lo contrario harás sufrir a mucha gente... y sufrirás tú también.


viernes, 21 de mayo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 27

 


Llegué a Oslo el día anterior a la nochebuena. Teo me estaba esperando en el aeropuerto. Cuando lo vi a través de la puerta de la sala de equipaje la angustia encogió mi corazón. Le saludé con un gesto de mi mano y él correspondió con una sonrisa. Cuando recogí mi maleta corrí a su encuentro y nos fundimos en un abrazo. Me reconfortó sentirme entre sus brazos, a pesar de que era consciente de que no eran en los que yo quería perderme. Aún así me había propuesto no amargarle las fiestas. Quería hacerle feliz, se lo debía.

–Estaba deseando verte – me susurró al oído mientras me retenía junto a él –. No te imaginas cuánto te he echado de menos.

Nos besamos fugazmente en los labios y salimos de la terminal del aeropuerto rumbo a su coche. Mientras viajábamos hacia la ciudad me puso al corriente de su trabajo, de los proyectos que habían de llevar a cabo y de sus planes para la semana que íbamos a pasar juntos.

–Mañana y pasado serán sólo para nosotros. A partir del sábado tendré que trabajar pero intentaré robar algún tiempo para ti.

Aquella noche no fuimos a la ciudad. Me llevó a una cabaña perdida en el medio de un bosque de abetos y de nieve, cerca de un pequeño pueblo próximo a un fiordo de nombre impronunciable. Tengo que afirmar que durante los días que permanecimos en aquel lugar idílico me olvidé de mi drama personal y de todas las preocupaciones que atormentaban mi conciencia. Me entregué a Teo y a su amor como seguramente no debiera haberme entregado, con pasión, con frenesí, con el abandono de quien siente que la ternura llena toda su existencia.

Tenía que hablarle de Ginés. Tal vez no era el momento de confesarle que estaba enamorada de él, pero sí debía poner los cimientos de una confesión que no se presentaba nada fácil. Pero no me atrevía. Nunca me consideré una persona cobarde, sin embargo enfrentarme a aquella situación no me resultaba sencillo y no encontraba ni el momento ni las palabras adecuadas para intentar ir poniendo fin a todo aquello. Además, cada noche, cuando Teo y yo compartíamos cama y él me regalaba sus caricias y sus besos como nunca lo había hecho, yo no podía evitar abandonarme a aquel cariño que me entregaba y por unos momentos me empeñaba en revivir nuestra historia como si no tuviera su fecha de caducidad escrita.

La última noche, antes de mi regreso, Teo me puso las cosas fáciles. Ni él ni yo habíamos hecho alusión a Ginés durante aquellos días. Supongo que tanto él como yo no deseábamos invitarlo a nuestra fiesta. Pero ahora que la fiesta tocaba a su fin....

–¿Has continuado viendo a Ginés? – preguntó de pronto, mientras estábamos echados en la cama, después de hacer el amor como locos.

No quise mentirle, ni podía, ni él se merecía una mentira.

–Sí – contesté de manera escueta y cortante.

–¿Y? – insistió.

–Lo van a operar. Volverá a ver en unos días.

–Me alegro, pero no me refiero a su salud. Me refiero a ti y a él. Ya sabes..... pretendías enamorarlo... luego dejarlo...

Me revolví en la cama incómoda. Había llegado el momento de poner los cimientos de una verdad incómoda, de una verdad que iba a lastimar.

–Me he equivocado con él, Teo. Creo que nada va a salir como esperaba.

–A lo mejor me podrías explicar con más claridad lo que ha ocurrido... o está ocurriendo.

–Ginés está... enamorado de mí. O por lo menos eso dice. Pero a la vez me parece que sospecha que yo soy yo y seguramente no le va a gustar nada descubrirlo.

–Bueno... pues a lo mejor eso no está tan mal. Descubre quién eres, descubre que le has engañado, se lleva una tremenda decepción y se acabó la historia. Ya te has vengado. Salvo que....

–¿Qué? – pregunté casi a sabiendas de la respuesta que me iba a dar.

–Que tú no quieras que la historia termine así.

Teo jugueteaba con mis dedos, con la vista fija en mi mano. Supongo que no tenía el valor de mirarme a los ojos.

–Yo no sé cómo quiero que termine la historia, Teo.

Me dio la callada por respuesta, cosa que casi agradecí. No me sentía con fuerzas para nada más.

–Vamos a dormir – dijo –, mañana el avión sale muy temprano.

*

Las Navidades se terminaron y yo retomé mi trabajo. Había quedado con Ginés en que a la vuelta de Noruega sería yo lo la que me pusiera en contacto con él, y que si veía que no lo hacía, que no se preocupara, sería que necesitaba tiempo. En realidad no sabía ya ni lo que necesitaba. O sí, lo que precisaba era terminar de una vez con toda aquella historia en la que se había convertido mi vida. Y lo iba a hacer, pero primero necesitaba que Ginés recobrara la vista y mostrarme ante él.

El día anterior a su partida para Nueva York me presenté en su casa. Estaba solo, preparando las maletas.

–Te eché de menos – me dijo –. He pasado las Navidades más aburridas y tristes de mi vida. Aunque me han servido para recuperar un poco la relación con mi padre. He estado en su casa y hemos hablado mucho sobre... sobre mi vida pasada y mis proyectos de futuro, bueno en realidad no hay proyectos, solo... esperanzas.

Cerró la maleta y la posó en el suelo. Me admiraba ver como hacía las cosas a tientas. Luego se sentó en la cama, a mi lado.

–Va acompañarme a Nueva York. Y yo no se lo pedí. En cuanto supo que me iba a operar dio por hecho que tenía que venir conmigo y además quiere hacerse cargo de los gastos de la intervención.

–Supongo que estarás.... contento – le dije cogiendo su mano y depositando sobre ella un suave beso.

–Bueno.... supongo que sí. Creo que he sido muy injusto con mi padre. En realidad yo nunca fui un hijo modélico y mi madre tapaba todas mis fechorías. Pero además estoy nervioso, no por la operación en sí, sino por lo que vendrá después y me hará bien disfrutar de su compañía.

–¿Después? Después será todo maravilloso, Ginés. Volverás a ver y volverás a hacer tu vida. Recuperarás tu trabajo, tu mundo.

–Es cierto. Y además podré verte por fin.

–¿Y si soy muy fea y no te gusto?

–No eres muy fea – respondió sonriendo – y además no me importaría que lo fueras. Para mi seguirías siendo la más bonita del mundo. Te quiero, Dunia.

–¿Dunia? ¿Me has llamado Dunia? – pregunté temerosa de que por algún motivo hubiera descubierto mi verdadera identidad.

–Perdona, me he equivocado. Son los nervios. ¿Me perdonas?

Lo abracé con fuerza. Le perdonaba, claro que le perdonaba, si al fin y al cabo no se había equivocado.

Estuvimos charlando durante casi toda la tarde y al caer la noche nos despedimos. Cuando nos volviéramos a ver sería de verdad. En la puerta de su casa me abrazó con fuerza y me besó largo y profundo. Parecía como si en aquel beso quisiera atrapar esa parte de mí que quedaría atrás después de su operación, cuando yo volviera a ser la Dunia que nunca debiera haber dejado de ser.

–Te quiero, Ginés. No lo olvides nunca. Te estaré acompañando durante todo el tiempo que estés allí.

–Yo también te quiero. No voy a preguntarte cómo te ha ido en Noruega con tu novio. Cuando regrese hablaremos de ello.

–Claro, claro.

Me metí en el coche pensando que a su vuelta habíamos de hablar de muchas cosas, reorganizar unas cuantas vidas, olvidarnos de un pasado turbulento y encarar el futuro con esperanza, con las mismas esperanzas que decía tener él.

No estaba yo muy segura de que tales esperanzas, todavía difusas, llegaran a cumplirse. Me sentía triste, decepcionada, incompleta, vacía... como siempre hacía en mis momentos malos puse mi coche rumbo a la torre, aparqué y me dirigí caminando al emblemático edificio. Ya era noche cerrada y las luces del faro refulgían con rítmica cadencia. Me senté en el murete mirando hacia el mar, que aquel día estaba bastante calmado, a pesar de lo cual, si se aguzaba el oído, se podía escuchar el sonido de las olas al romper. El timbre de mi móvil rompió la quietud del momento. Vi reflejado en la pantalla el nombre de Teo. No habíamos hablado desde mi regreso a La Coruña, hacía unos quince días. Él no me había llamado y el par de veces que lo había hecho yo, no me había cogido el teléfono. Respeté su silencio y no insistí. Sabía que necesitaba tiempo para meditar él solo, sabía que estaba pensando qué decisión tomar para hacerme las cosas más sencillas.

–Hola Teo – saludé al descolgar.

–Hola.... ¿cómo estás?

–No sabría que decirte. Supongo que... bien... o mal.... no sé. Todo esto me está resultando muy difícil.

–Para mí tampoco está siendo fácil. He estado pensando mucho y he llegado a la conclusión de que yo no quiero ser una carga para ti. Puede que sea mejor que lo dejemos, al menos por un tiempo. Creo que tú debes...

–Espera, Teo, no sigas, por favor. Las cosas no son tan sencillas. Yo te debo una explicación y te la voy a dar. Y después podemos hablar y...

–No es necesario, Dunia. Yo sé que...

–Sí, sí es necesario. Y lo es porque yo quiero. Dame un poco de tiempo. Te llamaré.

–Está bien. Espero entonces tu llamada – contestó Teo finalmente, después de rato

Colgué y me eché a llorar. Lloré mucho y con fuerza, total nadie podía verme. Lloré por todo en lo que se había convertido mi vida, por el camino que había tomado por culpa de una violación que me dejó una enorme herida en el alma porque el hombre que amaba fue el autor. Es inexplicable por qué no podemos dejar de amar a la persona de la que nos hemos enamorado perdidamente y sin motivo aparente, a pesar de que nos haya humillado y ultrajado como él hizo conmigo. En algún lugar escuché decir que el odio es otra forma de amor. Si es así, yo nunca había dejado de amarle. Pero al esconder mi cariño bajo la forma del rencor no había conseguido otra cosa que hacer daño a la gente que me había querido, a Teo, que se había desvivido por mí desde el momento en que me conoció, incluso al propio Ginés, que se había convertido en alguien capaz de emanar amor de su corazón y me lo había regalado a mí, a su enfermera, a una chica simple y sencilla que encontró de casualidad por culpa de un desgraciado accidente.

Me levanté del murete y emprendí el camino de regreso hacia mi coche. Tendría que esperar tres o cuatro semanas para poder fin a todo aquello. Y dependiendo de la reacción de Ginés al verme escogería una final u otro, como en algunas películas.

martes, 18 de mayo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 26

 



Nos alojaron en el hotel del propio hospital, todo un lujo propiciado por el doctor Jefferson. La tarde de nuestra llegada hacía frío y la ciudad estaba envuelta en una espesa capa de nubes negras que presagiaban nieve. Apenas cenamos en los comedores del hotel, nos metimos en la cama y nos dormimos. El viaje había sido largo y el día siguiente se presentaba cargado de emociones. A las nueve teníamos que presentarnos en la consulta del médico

El galeno en cuestión era una hombre alto y enjuto, de rostro afable, surcado por infinidad de pequeñas arrugas y con unos profundos ojos oscuros. Nos estaba esperando, a pesar de que no comenzaba a pasar consulta hasta más entrada la mañana, había optado por comenzar con Ginés cuanto antes.

Después de hacerle las preguntas pertinentes para su historial médico comenzaron a practicarle las pruebas necesarias para confirmar el diagnóstico inicial, pruebas que duraron casi toda la mañana. El doctor nos citó nuevamente a las seis de la tarde para conversar sobre los resultados y decidir lo que se había de hacer.

Durante el almuerzo pude comprobar que Ginés estaba intranquilo. Apenas probaba bocado y se dedicaba a juguetear con la comida.

–Todo va a ir bien – le dije colocando mi mano sobre la suya –. No te preocupes. Dentro de poco recuperarás la vista y todo volverá a ser como antes.

Asintió con la cabeza y apretó mi mano sobre el mantel. Terminamos de comer y le propuse dar un paseo por Central Park, pues quedaba muy cerca del hospital. Accedió. Nos abrigamos bien y salimos. El día había amanecido frío pero soleado, así que por el parque se veían algunas personas haciendo deporte y otras sentadas en los bancos aprovechando los tímidos rayos de sol de la tarde. Nosotros también nos sentamos. Ginés continuaba inusualmente excitado. Yo intentaba distraerlo con conversaciones triviales que al final acababan muriendo por el poco interés que él ponía en mis palabras.

–Pero a ver – le dije finalmente – ¿me vas a contar lo qué te pasa?

Antes de contestar se recostó en el banco y apoyó su cabeza sobre mis piernas. Me gustó aquel gesto espontáneo que me permitía acariciarle la cara y el pelo y me hacía sentir que yo era necesaria para él.

–Tengo miedo – dijo finalmente.

–¿A qué?

–A muchas cosas. Antes, durante la comida, dijiste que pronto todo volvería a ser como antes. Yo no quiero que vuelva a ser como antes. Quiero que mi vida sea diferente. Me gusta como está empezando a ser, y me da miedo que al recuperar la vista... pueda perder cosas.

–¿Cómo qué?

–Como tú. A veces pienso que estás ahí porque yo estoy ciego y que en el momento en que recupere la vista desaparecerás. Ahora es como... como si vivieras en mis sueños y tengo miedo de que al despertar te disipes, como se disipan las imágenes de los sueños.

El corazón se me llenó de un sentimiento tierno que me empujaba a quererle, a quererle sin derechos, sin miedo, sin mentiras, sin tiempo. Tenía que actuar con sinceridad y terminar con las dudas, con las venganzas, con las tonterías que rondaban por mi cabeza desde que me había vuelto a encontrar con él. Sus palabras me hacían sospechar que intuía mi identidad y que tal vez, de igual manera, intuyera mis intenciones. No me iba a descubrir de momento. Quería que me descubriera por sí mismo, que fueran sus ojos los que me vieran.

–Yo no me voy a ir de tu lado si tú no quieres que me vaya – contesté.

Cerró los ojos, aquellos ojos vacíos que luchaban por volver a la vida. Le acaricié la mejilla y besé su frente.

–Se acerca la hora. Es mejor que vayamos hacia el hospital.

Allí las noticias fueron las mejores. Las pruebas habían confirmado el diagnóstico del doctor y las posibilidades de que Ginés recuperara la vista eran del noventa por cien.

–Mario me ha hablado mucho de tu caso y me ha contado la amistad que os une, así que si estás de acuerdo te voy a operar en un mes. He reservado quirófano para ti el día diez de enero. Tendrás que pasar aquí una semana y si todo va bien regresarás a España con tus ojos sanos. Durante un tiempo deberás preservarte de la luz y tomar algunas precauciones, pero podrás volver a ver..

Ginés salió de la consulta exultante. Parecían haber desaparecido todos los miedos y las reticencias que apenas unas horas antes atormentaban su mente. Dimos un paseo por las calles de Nueva York y regresamos al hotel del hospital. Pedimos que nos subieran la cena a la habitación y cuando terminamos él quiso tomarse una ducha. Le ayudé un poco (se desenvolvía bastante bien solo) y mientras se duchaba lo esperé pegada a la ventana. La ciudad era un manto de luces. El cielo se había vuelto a nublar y caían unas gruesas gotas de lluvia que golpeaban el cristal con fuerza. El suelo se iba cubriendo de agua y se presentía el frío que debía de hacer en el exterior. Casi por instinto froté mis brazos, como si lo sintiera de verdad, sin embargo lo que sentí fueron los brazos de Ginés rodeando mi cintura.

–Me parece que estás al lado de la ventana contemplando el paisaje – me dijo al oído.

Recosté mi cabeza sobre su hombro y mis manos se posaron sobre sus brazos.

–Eres un atrevido. Podías haber tropezado – le regañé.

–Pero no lo hice. No he tropezado con nada, bueno, sí, contigo, pero esa era mi intención.

Sus labios, pegados a mi oído, hablaban en un susurro. La cercanía de su cuerpo hizo que perdiera el sentido y la noción de la realidad. Me di la vuelta, abracé su cuello y le besé en la boca con suavidad. Él correspondió a mi beso y nuestras lenguas surcaron la boca del otro, ávidas de un deseo que había permanecido dormido demasiado tiempo ya. A trompicones, sin dejar de besarnos, llegamos a la cama y nos tiramos en ella, entre risas.

–Te recuerdo que tienes novio – me dijo mientras me quitaba la parte de arriba del pijama –. Te lo digo por si te entran remordimientos y piensas que esto no está bien.

No esperó mi reacción a sus palabras, hundió su cabeza entre mis pechos y sus manos comenzaron a juguetear revoltosas despertando mi piel. Mi respiración se agitó y la suya también. Con torpeza y prisa nos fuimos despojando del resto de la ropa que molestaba. Cuando estuvimos desnudos, Ginés recorrió mi cuerpo no sé cuantas veces, con sus manos, con su boca, depositando besos en cada rincón de una piel que despertaba a un placer desconocido. Luego se introdujo en mi cuerpo con cuidado, lentamente, como si quisiera deshacer el agravio de años atrás, cuando me había penetrado de manera brutal rompiéndome las entrañas. Antes de comenzar su baile de amor se quedó muy quieto, muy dentro de mí, y me dijo al oído.

–No puedo verte, no sé cómo eres, no sé cómo terminará todo esto, pero hay algo que tengo muy claro: que te quiero.

Después me llevó a su mundo de placer y me hizo perder la conciencia de mí misma. Aquella noche hicimos el amor dos veces más. Casi no existían las palabras entre los dos. Sólo nos ocupamos de darnos placer y descansar un rato para comenzar de nuevo. Cuando finalmente nos quedamos dormidos ya el amanecer estaba en ciernes.

Al avión salía por la tarde, así que no teníamos prisa por levantarnos. Cuando lo hicimos era casi mediodía. Mientras nos preparábamos para dirigirnos al aeropuerto Ginés estaba muy callado. Sabía que algo raro estaba pasando por su cabeza. Antes de salir de la habitación, cuando iba a cruzar la puerta, me detuvo y me preguntó:

–Y ahora ¿qué?

No hizo falta que dijera más. En ese momento supe qué era lo que le preocupaba. Acaricié su mejilla y besé ligeramente sus labios.

–Me voy a ir a Oslo por Navidad. Después será tu operación. Te pido que me des ese tiempo para decidir qué hacer con mi vida.

Asintió levemente con la cabeza

Durante las horas que duró el viaje de regreso no soltó mi mano de entre la suya, como si quisiera apropiarse de mí para siempre. Y no sé cuántas veces me dijo “te quiero”.

*

Pasé unos días con él en su casa, los dos solos. Y confieso que deseé poder borrar mi vida anterior y partir de cero desde allí, desde aquel lugar y aquel momento. A aquellas alturas ya sabía que estaba completamente enamorada de él, pero también sabía que tenía que hacer las cosas bien y con cautela. Por un lado debía romper con Teo, por otro mostrar mi verdadera identidad a Ginés. Ni una cosa ni la otra iban a ser fáciles.

Ya de regreso a mi hogar, una tarde en la que me sentía especialmente triste, salí a caminar sin rumbo. Llegué hasta la Torre de Hércules. Hacía frío y viento. Se estaba haciendo de noche y apenas había gente en los alrededores. Mejor, pensé para mí. Era justamente lo que necesitaba, soledad, tiempo para meditar, para enfocar mi vida con objetividad y encarar la realidad con el coraje necesario para poder romper con todo. Sin embargo mis planes se fueron al traste cuando escuché una voz a mis espaldas.

–Vaya. No tenía pensado encontrarte aquí.

Yo estaba sentada en el muro que rodea la torre, mirando el mar embravecido que rompía contra la costa mucho más abajo. Miré hacia atrás y vi que era mi tía Teresa. Yo sabía que ella solía salir a caminar por la zona. Le sonreí ligeramente y la saludé.

–Hola tía. ¿Cómo estás?

Se sentó a mi lado sin contestar mi pregunta retórica. A las leguas se veía que estaba bien.

–¿Cuándo has llegado de Nueva York? – preguntó.

–Hace unos días – le dije.

–¿Y qué tal? ¿Cómo ha ido todo?

–Bien

Durante unos segundos nos mantuvimos en silencio. Yo no apartaba la vista del mar embravecido que convertía el agua en espuma a cada envite con las rocas.

–¿Y qué más? – preguntó finalmente Teresa.

–Que no sé qué hacer con mi vida, que estoy confundida y me siento mal, que tengo la vida y los sentimientos de dos personas en mis manos. A veces pienso que lo mejor que podría hacer es quitarme de en medio.

Mi tía me miró con una expresión de alarma en su rostro.

– No, no te preocupes – me apresuré a decirle – no pienso en marcharme de este mundo ni mucho menos. Pero algunas de mis compañeras están aceptando una oferta de trabajo que nos llegó de Portugal y... estoy pensando en hacerlo yo también. Aquí me parece que lo único que voy a conseguir es hacer infelices a los que más me quieren.

Teresa rodeó mis hombros con su brazo mientras unas lágrimas rebeldes que yo quería evitar se escapaban de mis ojos y rodaban impertinentes por mis mejillas.

–Me estoy convirtiendo en una mentira, tía. En una mentira absurda para dos hombres que me quieren. Y hasta ahora no me he dado cuenta de que esto no es un juego, es la vida... mi vida y la suya.

–Haz lo que tengas que hacer – me dijo – pero hazlo con sutileza, con sinceridad y con cuidado. No vas a poder evitar todo el dolor de los que te quieren, pero si eres sincera seguramente provocarás mucho menos que si sigues jugando.

La abracé y me dejé abrazar por la persona que mejores consejos me había dado. Estaba decidida a poner fin a la farsa que había montado casi sin querer.


sábado, 15 de mayo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 25

 


El teléfono sonó cuando ya me había metido en la cama. Había decidido leer un rato antes de dormirme pero apenas podía concentrarme. La pantalla se iluminó con el nombre de Teo. Me puse ligeramente nerviosa no sé bien por qué, al fin y al cabo no llevaba ningún cartel que hablara de mi culpabilidad pegado en la frente y aunque así fuera Teo no podría verme.

–Hola cariño – dije al descolgar –. Me llamas muy tarde. ¿Has trabajado mucho?

–Acabo de llegar al apartamento – me respondió con voz cansada –. Estamos trabajando a destajo, esto tiene que comenzar a funcionar después de las Navidades y aún queda mucho por hacer. Estoy deseando meterme en la cama.

–Vaya, pues descansa. Además mañana es sábado, supongo que no tendrás que trabajar.

–Me temo que por la mañana sí.... Además, tengo una mala noticia que darte. No vamos a poder ir por ahí en Navidad. Pero he estado pensando y.... ¿qué te parece si vienes tú? Esto es precioso y aunque yo esté ocupado... por lo menos la Nochebuena y la Navidad. Estoy deseando verte.

Su voz me sonó triste, cargada de melancolía y de sinceridad y por unos segundos me sentí mezquina. En el fondo yo también deseaba verle, estar a su lado, sentir sus caricias. Necesitaba que la piel de Teo consiguiera borrar de mí la piel de Ginés. A lo mejor era buena idea poner tierra por medio unos días y disfrutar de un descanso en un país diferente y lejos de todo lo que me hablara de Ginés.

–Pues... claro, es una idea excelente. Mañana mismo iré a la agencia y miraré los billetes de avión.

–No es necesario. La empresa te paga el viaje y te prepararán todo desde aquí. Tú sólo tienes que decirme las fechas de ida y vuelta.

–Vale pues... debo consultar los días que tengo libres en el trabajo y ya te lo comunico lo más pronto posible. Me encanta la idea Teo. Estoy deseando verte.

–Yo también cariño. Ahora voy a acostarme, estoy muy cansado. Te quiero. Un beso.

–Yo también te quiero.

Corté la comunicación ilusionada por el viaje. Por unas horas Teo volvió a tomar el papel principal en mi vida. Antes de dormirme imaginé volver a estar con él, imaginé los pueblos noruegos, helados, nevados, como postales de Navidad y me sentí contenta. Sin embargo al dormirme, el protagonista de mi vida volvió a ser Ginés. Ganaba terrero a Teo, y yo no sé si no me daba cuenta, si no quería dármela.

Al día siguiente planifiqué las fechas de mi viaje. Debido a los turnos de noche que había hecho tenía bastantes días de descanso acumulados. Como Nochebuena y Navidad caían en jueves y viernes y por lógica, después venía el fin de semana, me cogí tres días y con ello podía marchar de viaje una semana. Aún así todavía me quedaban días de vacaciones. Aquella noche llamaría a mi novio para comunicarle mis intenciones.

Una semana más tarde, a principios del mes de diciembre, el médico amigo de mi padrastro me llamó a su consulta. Tenía buenas noticias. El día nueve había conseguido cita para Ginés en el hospital Monte Sinaí.

–La cita es inamovible. El doctor me ha hecho un favor muy grande, así que espero que tu amigo no me falle. Supongo que podrá estar allí en esa fecha ¿no?

–Por supuesto – contesté – está deseando recuperar la vista. ¿Sabes, en el caso de que su dolencia sea operable, cuánto tardarían en intervenirlo?

–Le he preguntado al doctor Jefferson y me dijo que podía operarlo dentro de un mes más o menos. Os deseo suerte, Dunia. Estáis en las mejores manos.

Aquella misma tarde me presenté en casa de Ginés. No sé por qué lo hice sin avisar. No sé si quería darle una sorpresa o fastidiarle. El caso era que desde que había planeado el vieja a Noruega sentía que mis antiguos pensamientos de venganza revoloteaban de nuevo por mi cabeza. Supongo que semejante sinsentido no era más que el fruto de mis inseguridades.

Ginés me abrió la puerta de su casa después de preguntar quién era y su sonrisa iluminó mi día cuando me franqueó la entrada.

–Me alegra que hayas venido – dijo – estaba pensando en ti.

–¿Ah si? ¿Y qué pensabas? – pregunté mientras entraba en la casa y me dirigía al acogedor salón.

–Que cada vez te echo más de menos y que no me atrevo a llamarte por miedo a molestar.

Nos sentamos en el sofá. Antes yo me quité mi chaquetón de paño negro y lo coloqué en el respaldo de una silla cercana. Mientras lo hacía una flash cruzó mi cabeza. Tenía ganas de jugar. Ahora que se acercaba el momento en que Ginés recuperaría la vista casi con seguridad, le iba a dejar pistas que me señalaran a mí misma como la Dunia que recordaba.

–¿Por qué me vas a molestar? Teo está en Noruega y tardará semanas o meses en volver. No te preocupes por ello.

–¿Teo? ¿Quién es Teo? – preguntó con curiosidad.

–Mi novio – respondí con despreocupación.

Durante unos segundos no dijo nada. Yo lo miraba fijamente mientras le comentaba mi proyectado viaje a Oslo y pude observar que parecía no escucharme.

–No pueden ser tantas coincidencias – dijo finalmente – Dunia tenía un primo que se llamaba así. ¿No será tu novio?

–No creo, no le conozco ninguna prima. Él vivía con su madre. Además, olvídate de eso, tengo una buena noticia que darte. El día nueve de diciembre tienes consulta con el doctor Jefferson. Vete sacando los pasajes.

Se recostó contra el respaldo del sofá y suspiró.

–Oh, Dios, por fin. Gracias por tu ayuda. Vendrás conmigo ¿verdad?

No me esperaba su proposición y en principio no supe qué decir. No creía ser yo la persona más adecuada para acompañarle. Pensé que el que debería hacerlo sería su padre y así se lo dije. Pero insistió.

–¿Mi padre? Desde que salí del hospital mi padre ha estado aquí tres o cuatro veces. Está demasiado ocupado con su trabajo. Por favor, ven tú conmigo. Yo correré con todos los gastos.

–No es por eso Ginés. Pero.... a Teo no creo que le haga mucha gracia.

–No tiene por qué enterarse. Dile que te vas a Nueva York con unas amigas. Al fin y al cabo él no está....

Salí de aquella casa confundida y con una sensación de desasosiego extrema. Me estaba comportando de una manera que no era normal en mí. Estaba engañando a dos hombres, llevando una doble vida que ni yo misma entendía. Mientras conducía de regreso a la ciudad mi cerebro parecía estar procesando toda la información sobre mi vida reciente y haciendo balance de la misma. Me producía inquietud, no me gustaba lo que mi conciencia trataba de decirme y le di más volumen a la música, como si con ello pudiera borrar mis pensamientos. Pero ni cantando a grito pelado aquella canción en francés de Moustaki, de la que apenas entendía dos o tres palabras, logré espantar mi desasosiego. Necesitaba desahogarme con alguien, y aunque a lo mejor no fuera la persona adecuada por la implicación que tenía en el problema, lo quisiera o no, puse rumbo a casa de mi tía Teresa.

Me la encontré en el portal, llegando de trabajar, e inmediatamente que me vio supo que algo no andaba bien, pura intuición, como siempre. Subimos a casa, preparó unos cafés y cuando estuvimos cómodamente sentadas encendimos unos cigarrillos y me conminó a contarle lo que ocurría.

–No sé bien ni por dónde comenzar – dije suspirando –. Tengo la cabeza hecha un lío.

–¿Ginés? – me preguntó mientras echaba el humo de su cigarrillo.

–Siempre me ha sorprendido tu sagacidad, pero ahora me estás dejando anonadada. Ni que llevara en la frente un letrero de culpabilidad.

–Bueno.... no lo llevas, pero esos ojillos brillantes.... no sé de qué modo interpretarlos. Anda cuenta, y dime la verdad sin miedo. Aunque sea la madre de Teo, no me ocultes nada, por favor.

Le conté todo, incluso mucho más de lo que yo misma sabía, incluso lo que me empeñaba en negarme a mí misma.

–No sé a quién quiero. Mis deseos de venganza ya no son deseos de venganza ni nada. Se han convertido en un juego. Tengo ganas de ir a Oslo y estar con Teo, pero también me siento a gusto cuando estoy con Ginés. Quiere que lo acompañe a Nueva York, a la consulta con el oftalmólogo y creo que voy a ir. Después me iré unos días a Noruega y... cuando regrese tomaré una decisión.

–¿Estás segura de que yéndote a Nueva York con él haces lo correcto? – preguntó mi tía con rostro serio.

–Claro que no estoy segura. Sé que corro un riesgo importante. Soy consciente de que esta atracción que siento por él puede que se convierta en algo más fuerte, pero necesito probar.

–¿Te has acostado con él?

–No, no lo he hecho. Pero a veces... he sentido ganas de hacerlo.

Teresa aplastó su segundo cigarrillo contra el cenicero y me miró. En sus ojos pude leer una expresión de reprobación que aún así se guardó para ella.

–Verás, Dunia, me es muy difícil decirte algo...productivo. Soy la madre de Teo y lo que menos deseo es que le hagas daño, pero creo que tampoco debes hacértelo a ti misma. Tienes que buscar tu camino y no atarte a una relación que si es forzada no llegará a buen término. Creo que te estás metiendo en un juego peligroso y que cualquiera puede salir muy mal parado, así que lo único que voy a pedirte es que andes con tiento y que ante todo seas sincera, contigo misma y con ellos dos. Tomes la decisión que tomes. Prométeme que será así.

–Prometido.

Cinco días más tarde volaba con Ginés rumbo a Nueva York. A Teo le había dicho que me iba con unas compañeras del hospital.