domingo, 11 de abril de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 14

 



Durante aquellas semanas que pasé en Madrid, mi madre no cesó de intentar convencerme, por activa y por pasiva, de que buscara un trabajo y me quedara allí. Decía que tendría muchas más oportunidades que en La Coruña y seguramente tenía razón, pero yo ya me había acostumbrado a la vida en Galicia y me agobiaba la gran ciudad. Así que unos días después de Reyes regresé a casa de mi tía Teresa. Teo ya se había marchado a Santiago a retomar el curso y yo me dispuse a buscar trabajo de nuevo, enviando currículums por doquier. De nuevo tuve suerte y esta vez fue de un hospital de Santiago de donde reclamaron mis servicios con un contrato temporal de un año. Me fui un fin de semana con la intención de encontrar un piso en el que caerme muerta, pero en una ciudad eminentemente universitaria y a aquellas alturas del año, no conseguí encontrar nada acorde con mis posibilidades. Teo, que evidentemente vivía allí y compartía piso con otros dos chicos, me propuso quedarme en su vivienda mientras no encontraba otra cosa y aunque no me gustaba demasiado la idea por razones evidentes, no me quedó más remedio que hacerlo, pues tenía que comenzar a trabajar ya.

La relación que mi primo tenía con sus compañeros de piso era prácticamente nula. No eran amigos, eran simplemente eso, compañeros de piso que se habían encontrado en aquella ciudad por razones de estudio y que por un casual compartían morada, pero nada más. Cada cual iba a sus cosas, se hablaban por cortesía y poco más. Por suerte eran dos muchachos ordenados y pulcros, que respetaban sus turnos para hacer las tareas domésticas y que no pusieron ninguna objeción a que yo me quedara allí durante el tiempo necesario mientras no encontrara un lugar definitivo dónde dejar caer mis huesos.

El piso era pequeño, oscuro y un poco lúgubre. Yo tenía que compartir cuarto con mi primo, una estancia minúscula en la que apenas cabía el mobiliario básico de un dormitorio. Yo dormía en un colchón sobre el suelo, pues a pesar de la insistencia de Teo, no había permitido que me cediera su cama, al fin y al cabo serían sólo unos días.

Comencé mi trabajo en el hospital y en mis ratos libres buscaba piso. Teo me ayudaba cuando podía sin demasiado entusiasmo. Una noche, estando ya en la cama, miraba yo en la prensa anuncios de pisos y mientras lo hacía, le iba comentando detalles de los mismos a mi primo, que me contestaba con monosílabos, como si le molestara mi charla.

–Ay hijo – le solté – no hace falta que demuestres tanto entusiasmo. Ya sé que buscar piso es un fastidio, pero como comprenderás no voy a pasarme la vida aquí.

–¿Por qué? – preguntó asomando la cabeza por encima del colchón.

–¿Cómo que por qué? ¿Acaso piensas que podríamos estar así toda la vida?

–Yo contigo estaría toda la vida de la manera que fuera.

Como casi siempre, no supe si hablaba en serio o en broma. Era típico de él. Soltaba las cosas así, con tal seriedad en su cara que parecía estar hablando de veras siempre, aunque de vez en cuando soltaba una leve risilla, pues no era muy dado a las grandes carcajadas. Esta vez fui yo la que me reí.

–Sí, hijo, sí – repuse – contigo pan y cebolla, dice el dicho ¿no?

De pronto me vino una idea a la cabeza. Una feliz idea para rescatar a Teo de aquel lugar asqueroso y además animarle para que pusiera más entusiasmo en la busca de piso.

–Oye, Teo ¿Por qué no buscamos un piso para los dos? Éste es horrible y si alquilamos uno para los dos compartiríamos gastos y no tendría que andar con tantos remilgos a la hora de mirar el precio del alquiler.

Se lo pensó durante unos segundos.

–No puedo – dijo finalmente – no puedo dejar a los chicos ahora.

A lo mejor tenía razón. Se había comprometido con sus compañeros y abandonarlos a mitad de curso sería una putada.

–Bueno.... a lo mejor puedes hablar con ellos y si encuentran otro compañero... Vamos, ¿no te gustaría que viviéramos los dos solos, a nuestro rollo, en un sitio más grande, más claro, menos húmedo....?

Se recostó contra el cabecero de la cama y puso cara como de estar pensando. Finalmente dijo:

–Bueno.... a lo mejor no es tan mala idea, pero me iré contigo sólo si consigo un sustituto, no quiero dejar a los chicos en la estacada.

Me di por satisfecha con su respuesta. Estaba segura de que encontraría a alguien. Y no me equivoqué. No voy a relatar aquí los detalles de la búsqueda del piso ideal, ése que no existe, sólo diré que dos semanas más tarde Teo y yo compartíamos un confortable apartamento en la Rúa Nueva, pequeño, antiguo, coqueto y muy bien conservado. A partir de ahí comenzó nuestra vida rutinaria y agradable. Teo estudiaba mucho y yo trabajaba mucho, apenas teníamos tiempo para nada más, compartíamos tan pocos instantes que los momentos que coincidíamos casi nos teníamos que poner al corriente de nuestras vidas. Así, entre exámenes y turnos de noche o de día, fue pasando el curso. De pronto llegó Junio y Teo había terminado el primer año de su carrera con unas notas extraordinarias. Ahora tocaba descansar y disfrutar del verano. Él, porque a mí me quedaban por delante todavía dos meses de trabajo antes de los quince días que me habían dicho me correspondían de descanso, y encima me quedaría sola en la casa, lo cual no me gustaba demasiado. Me había acostumbrado a la presencia de Teo, a saber que estaba ahí, que por las noches volvería, aunque cada uno estuviera a sus ocupaciones, y me inquietaba la posibilidad de quedarme sola, a pesar de que en Vigo ya había vivido sola y no me había ido mal. Evidentemente no se lo comenté a él, pero me conocía, me conocía mejor de lo que yo había imaginado y dos días antes de marcharse me dio la sorpresa.

–¿Sabes qué, Dunia? – me preguntó una tarde mientras paseábamos por la ciudad tomando un helado antes de entrar yo a mi turno de noche.

–¿Qué?

–Que no me voy a ir a La Coruña. Me voy a quedar contigo hasta que te den a ti vacaciones, así no estarás sola.

Escuchar aquellas palabras me dejó desconcertada y feliz al mismo tiempo. Me gustaba tener compañía y mucho más si era la de Teo, pero tampoco pretendía que hiciera sacrificios por mí.

–No hace falta, Teo. Yo....

No supe seguir. No sabría decir lo que sentí en aquel instante. Fue algo repentino que me enmudeció, como si de pronto me diera cuenta de que habíamos vivido unos meses juntos y me había acostumbrado tanto a él que me resultaría muy difícil soportar su ausencia.

–¿No te apetece ver... a tu amiga? A Lola. No me has hablado de ella en todo el invierno.

Hizo un gesto elocuente con la cabeza y dijo:

–No sé si recuerdas el día en que te marchaste a Madrid por Navidad. Cuando salías por la puerta de camino a la estación te pregunté si te gustaba y me dijiste que sí, que te gustaba. Aquella misma noche corté con ella. La verdad es que aunque me atraía sentía que no era para mí. Y pensar que tenía alguna posibilidad contigo.... Dunia yo te quiero. A lo mejor piensas que soy un crío, pero te quiero creo que desde el primer día que te vi, allí, en la entrada de casa con tu madre.

El helado se estaba derritiendo en mi mano y las gotas de chocolate resbalaban por el cono de barquillo ensuciando mis dedos. Lo llevé a la boca sin dejar de mirar a Teo. No sabía qué responderle, quería decirle que no, que no me parecía un crío, que me parecía un chico genial, muy maduro para su edad, guapo, bueno, honesto... lo tenía todo. Le sonreí simplemente y él me devolvió la sonrisa.

–¿Por qué te ríes? ¿Eso qué quiere decir?

Me acerqué a él y deposité un suave beso en sus labios.

–Quiere decir que no me he olvidado de lo que te dije estas Navidades, que sigo sintiendo lo mismo, y que estoy encantada de que Lola ya no pinte nada en tu vida.

Sonrió con aquella sonrisa perfecta, me cogió de la mano y reanudamos nuestra caminata.

–¿Lo ves? – dijo – ¿Cómo ve voy a ir? No puedo dejar sola a mi....¿novia?

Me miró interrogante y yo asentí con la cabeza. Echó su brazo por encima de mis hombros y ahora fue él quien me besó en los labios.

–Es que tenías la boca manchada del chocolate del helado.

Aquel fue el comienzo de nuestra aventura.

jueves, 8 de abril de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 13

 



A principios de octubre Teo se fue a Santiago a comenzar su carrera y yo empecé a buscar trabajo. Tuve suerte. Por aquel entonces los que estudiábamos enfermería enseguida nos incorporábamos al mundo laboral. Me contrataron en una clínica de Vigo para cubrir una baja por maternidad y para allí me fui. A parte de inaugurar mi periplo laboral empecé igualmente la aventura de vivir sola, puesto que evidentemente no podría ir y venir a La Coruña todos los días. Y me gustó la experiencia. Me asenté en una rutina agradable. Trabajaba mucho y tenía poco tiempo libre, aunque en ocasiones acumulaba unos cuantos días por horas nocturnas. Cuando era así solía marchar a La Coruña.

Mi trabajo en Vigo duró justo hasta después de Navidad. Durante aquellos meses pensé mucho en Teo y nada en Ginés. El verano al lado de mi primo había sido fantástico, un verano hermoso que me dejó revuelta de sentimientos. El saber que él sentía algo por mí me hizo comenzar a plantearme, aún de forma casi involuntaria, la posibilidad de que llegara a haber algo entre nosotros. Y no me parecía mal, al contrario. Seguramente el amor de Teo haría borrar por completo de mi mente la amarga aventura con Ginés, y las ansias de venganza quedarían relegadas a un rincón de mi cabeza hasta desaparecer del todo. Teo ocupaba cada vez con más frecuencia la parte de mis pensamientos que se dedicaba al amor y su imagen me ayudaba a tejer unos sentimientos que poco a poco iban surgiendo en mi corazón casi sin querer.

Sin embargo las Navidades no vinieron cargadas de la dicha y la felicidad que todos nos deseamos. Una cosa era lo que yo pensaba y otra lo que la vida misma me tenía preparado, y en este caso, enterarme de que mi primo tonteaba con una media novia desmoronó mis ilusiones como se deshace un castillo de naipes al soplar. Y además ocurrió de la forma más tonta y casual, tal pareciera que la ciudad fuera pequeñísima y que me tuviera que tropezar por sus rincones a todo el mundo, igual que en su día había sucedido con Ginés.

Mi madre y su marido habían venido a pasar las Navidades con nosotros. A mamá se la veía feliz por haber recuperado parte de su vida y sobre todo por haber normalizado la relación con su hermana. Ambas por fin habían podido superar unos rencores que a aquellas alturas de la vida no tenían ningún sentido.

La tarde de Nochebuena, mientras mi tía Teresa se quedaba en casa ultimando los detalles de la cena, mamá y yo salimos a comprar los últimos regalos. Cuando por fin los tuvimos todos, nos metimos en una cafetería a tomar un café y a descansar un poco de aquella tarde de compras y locura que yo odiaba. Fue mi madre la que los vio, en una esquina algo apartada, un grupo de chicos y chicas que se divertían charlando y riendo.

–Oye Dunia, ¿No es aquel tu primo Teo? ¿Aquel que esta abrazando a la muchacha rubia de pelo corto? – preguntó mi madre con la taza a medio camino hacia su boca.

Miré hacia dónde ella lo hacía y allí le vi, en medio del grupo. Efectivamente abrazaba por la cintura a una chica menuda a la que de vez en cuando hacía arrumacos y besaba en los labios. Suspiré e intenté disimular mi decepción.

–Pues sí, es Teo, mamá.

–¿Sabías que tenía novia? Como a ti te cuenta todo....

–Pues no, no lo sabía, pero bueno es normal, está en la edad, ya tiene dieciocho años.

–Sí, sí, claro.... lo que pasa es que yo siempre pensé que le gustabas tú.

Miré a mi madre con cara de circunstancia sin saber qué decirle. No le iba a confesar mi atracción por Teo, ni tampoco mi pequeña frustración. Me limité a sonreír y encogerme de hombros.

–Yo también – dije finalmente – Pero supongo que le deslumbré momentáneamente. Además somos primos.

–¿Y eso qué? Oye ¿Crees que le gustará a tu tía lo que le compré?

Mamá cambió radicalmente de conversación e igualmente yo cambié el chip y me sumergí en hablar de regalos y demás, después de echar una última mirada a mi amor frustrado y ver como le daba un piquito a su dulce muñequita rubia.

Aquella noche, durante la cena, mi madre le dijo a Teo que le habíamos visto aquella tarde en la cafetería. Él se puso rojo como un tomate y me miró de reojo.

–Estabas con una chiquita rubia muy mona – soltó mi madre haciendo gala de una completa indiscreción – ¿Es tu novia?

A mi primo se le notaba a las leguas que no sabía dónde meterse. Su madre le miraba divertida y yo bajé la vista hacia mi plato y comencé a juguetear con los restos del pavo asado esperando su contestación.

–Bueno... es una amiga.... especial.

–¿Y dónde la conociste? ¿En la facultad?

Le lancé a mi madre una mirada asesina. Parecía no darse cuenta de que el chico se sentía incómodo ante tanto interrogatorio.

–Mamá, anda, déjalo ya, que estás poniendo nervioso al muchacho – le dije.

Mi madre cesó en sus preguntas y el resto de la cena transcurrió en un ambiente alegre y distendido, aunque Teo de vez en cuando me miraba con una expresión de culpa en la mirada, como si tener novia fuera una afrenta a mi persona. No me dijo nada directamente, pero es cierto que su actitud para conmigo ya no fue la misma de siempre, fundamentalmente porque hasta entonces solíamos salir mucho juntos y aquellas Navidades él se movió a su aire y yo al mío.

Mi madre y su marido regresaron a Madrid al día siguiente a Navidad. En principio no teníamos pensado vernos de nuevo hasta más adelante, pero como el fin de año no pintaba demasiado divertido, puesto que todas mis amigas tenían sus planes y Teo era evidente que ya no contaba conmigo para sus ratos de ocio, decidí marchar yo también a la capital, así visitaría a mis antiguos amigos, me evadiría un poco de mi pequeña decepción y seguramente encontraría algún plan divertido para pasar el fin de año.

El día de mi partida, mientras preparaba mi maleta en silencio, mi primo se apoyó en el quicio de la puerta de mi dormitorio y me dijo:

–¿Por qué te vas? No tenías pensado marchar ¿no?

–No, no tenía pensado marchar, pero como las perspectivas de diversión aquí no son muy halagüeñas, he decidido pasar unos días en Madrid, visitar a mis amigos y... bueno, encontraré un plan para salir.

–Aquí podrías salir conmigo y con mis amigos.

Le miré con cara de circunstancias. Hablaba destilando culpa por los poros de su piel, algo que no tenía razón de ser. Estaba muy claro que era libre de querer a otra que no fuera yo.

–No conozco mucho a tus amigos, nunca he salido con vosotros y no me sentiría cómoda. Además tú tienes a quién atender y yo no sería más que un estorbo.

–Lola no es mi novia, es sólo una amiga. Y estoy segura de que no le importaría que vinieras.

Teo entró en mi cuarto y se sentó en la cama, al lado de la maleta que yo estaba empacando.

–De verdad, Dunia, no es mi novia – insistió.

Coloqué mi jersey de lana rojo en la maleta y me senté al lado de mi primo.

–No me tienes que dar explicaciones – le dije – pero yo vi como la besabas. No tienes por qué ocultarlo tampoco. Es normal que te guste una chica, digo yo.

Se echó en la cama y yo me eché a su lado, como habíamos hecho infinidad de veces a lo largo de aquellos tres años largos que vivíamos juntos. Así, de aquella guisa, nos podíamos pasar horas hablando.

–Es que no sé si me gusta. Bueno sí, me gusta, pero es que también me sigues gustando tú.

Se giró hacia mí y acarició mi cara. Yo me incorporé. No deseaba que pasara nada que no debiera pasar. No quería ser ninguna tentación para mi primo, quizá lo más conveniente fuera que se centrara en aquella chica y se olvidará de mí, porque era posible que yo, aunque el tiempo fuera mitigando el dolor, y la sed de venganza se volviera más liviana, todavía tuviera en la cabeza a Ginés, no en el sentido de amarlo todavía, sino en el de poder encontrar a alguien que me deslumbrara de misma manera que había hecho él. Posiblemente era bastante estúpida, pero a aquellas alturas de mi vida todavía pensaba que podía encontrar un príncipe azul.

–Bah, esa chica es mucho más guapa que yo – dije mientras intentaba cerrar la cremallera de mi maleta sin mucho éxito –.Y seguro que más simpática y además podrás estar mucho más con ella que conmigo. ¿Estudia en Santiago?

–No, es la hermana de un amigo, de Roi, ¿le conoces? – negué con la cabeza.

–Bueno es lo mismo. Hace tiempo que él me había dicho que ella estaba por mí y un día nos besamos y.... surgió todo el rollo. Pero yo no estoy muy seguro.

Vacié un poco mi maleta y me senté de nuevo al lado de mi primo. Tiré de él para que se incorporara de la cama y quedó sentado a mi lado. Le aparté aquel mechón de pelo rebelde que siempre se le ponía delante de la frente, le acaricié la mejilla y le di un suave beso en los labios.

–Eres un cielo, Teo. Creo que uno de los mejores chicos que he conocido. No te machaques mucho la cabeza y deja que las cosas vayan fluyendo. Si estás a gusto con ella, adelante. El tiempo dirá cuál es vuestro camino. Ahora bien, no la engañes, no dejes que piense que sientes por ella algo que en realidad no sientes

–Pero ¿yo te gusto? Aunque sea sólo un poco.

Dudé unos instantes qué responderle, pero al final opté por decirle la verdad.

–Me gustas, me caes bien, me siento bien contigo... pero tú tienes que seguir tu camino sin pensar en lo que yo sienta o no por tí.

Y cogiendo mi maleta salí de la casa, tomé un taxi hasta la estación de autobuses y me fui a Madrid.


lunes, 5 de abril de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 12

 




La confesión de mi tía me dejó estupefacta. Suponía que la enemistad de las dos hermanas se debía a algún problema familiar, pero jamás pensé que tal problema fuera que mamá le robara el novio a Teresa, como me había comentado un día Teo. Comprendía el enfado de ésta pero... ¿hasta qué punto teníamos derecho a juzgar unos sentimientos que habían surgido porque sí? El amor es el sentimiento más caprichoso que existe, nadie puede dominarlo ni puede pararlo cuando ya ha surgido. Mi madre había optado por seguir adelante a costa de la felicidad de su hermana. Si hubiera hecho lo contrario, hubiera sacrificado su propia felicidad.

–Ahora ya sabes el porqué de todo. A veces pienso que estar enojada a estas alturas ya no tiene ningún sentido, incluso en algún momento de mi vida he llegado a creer que lo que hicieron tus padres fue lo normal que haría cualquier pareja que se ama. El amor no se puede dominar – repuso mi tía, haciéndose eco de mis propios pensamientos – pero lo cierto es que yo tampoco soy capaz de dominar mi irritación. Cuando ocurrió lo de tu padre y tu madre me llamó tuve claro que tenía que ayudaros, aunque ello supusiera un sacrificio para mí por tener que aguantar su presencia. Y además me alegré de que tu padre se hubiera muerto. Lo siento, pero es así.

–Te entiendo – dije al cabo de un rato – supongo que son situaciones.... extrañas, difíciles... qué sé yo.

–Pero quiero que sepas una cosa, Dunia. No me arrepiento de haberos acogido en mi casa, porque me alegro mucho de haberte conocido. Eres... eres como la hija que nunca tuve y además, aunque no debería pensar esto, es como si acercándome a ti, me acercara también un poquito a la persona que más quise en el mundo, y a la vez que más odié. Pero en ti sólo veo lo bueno que viví a su lado. Buf, creo que no estoy diciendo más que tonterías.

Teresa se secó con el dorso de la mano una lágrima traicionera que rodaba por su mejilla. Yo me acerqué a ella y la abracé. La verdad es que no sabía muy bien qué decir. Nunca me he considerado muy buena consolando a los demás, así que opté por callarme y sentir la calidez que emanaba de aquella mujer con la que sentía mucha más afinidad que con mi propia madre. Cuando recuperó la calma y volvió a sonreír me atreví a hacerle una pregunta que hacía tiempo rondaba mi cabeza.

–Teresa ¿Y quién es el padre de Teo?

–Algún donante anónimo – respondió ya con una sonrisa iluminando su rostro – Inseminación artificial. Siempre dije que no me quería perder la experiencia de ser madre. Y como no me apetecía estar con ningún hombre más, ni me apetece de momento, recurrí a una clínica de reproducción asistida. Y me ha salido guapo ¿verdad?

–Muy guapo – respondí – y muy buen chico.

–Te voy a contar un secreto – dijo bajando un poco la voz, a pesar de que nadie podía oírnos – si sabe que te lo he dicho me mata pero no me puedo resistir. Lo tienes enamorado.

–¿De verdad? – dije soltando una carcajada – Vaya, pues de aquí a unos años.... quién sabe. Seguramente me haría mucho más feliz que alguien que yo sé.

–Entonces... ¿Aún le quieres?

–No sé. Creo que no. Fue mi primer amor, mi amor de juventud y lo que ocurrió fue horrible. Lo que ahora deseo es darle su merecido. Pero a veces siento que en el fondo....

–Olvídale, Dunia. Olvídale y sé feliz.

Como si fuera tan fácil.

*

Un año después, cuando el verano llamaba de nuevo a la puerta, convencí a Teresa para que tanto ella como Teo se vinieran conmigo a Madrid a pasar unos días con mamá y su flamante esposo.

–Sé que no es la mejor época. En Madrid hace muchísimo calor, pero serán sólo unos días y creo que mi madre estará encantada de verte y... de que podáis recuperar el tiempo perdido, que creo que ya va siendo hora ¿no te parece?

Sí, también a ella le parecía, y empujada por el entusiasmo de su hijo, que veía Madrid como una aventura, una mañana de mediados de julio tomamos el tren rumbo a la capital. Mi madre ignoraba que llevaba compañía, así que cuando en la estación vio aparecer tal retahíla de gente se quedó confusa, con la vista clavada en aquella hermana de la que estaba tan cerca y tan lejos. No sé qué pasó por la mente de ambas en aquellos precisos instantes, pero lo cierto es que como si algún resorte secreto las empujara, se echaron la una en los brazos de la otra poniendo fin a tantos años de incomunicación, no voy a decir que sin sentido, pero sí que tal vez se hubiera convertido en un poco absurda con el paso del tiempo.

Así fue que mi madre y su hermana retomaron la relación que nunca debieron de haber abandonado, prometiéndose no volver a mencionar lo ocurrido, y mientras aquellas dos se dedicaban a reorganizar su vida y sus recuerdos, Teo y yo nos dedicamos a patear Madrid y a pasarlo bien. Yo había terminado mi carrera de enfermera y Teo en septiembre comenzaba sus estudios de ingeniería informática. Así que tanto uno como otro nos merecíamos un tiempo de descanso y de diversión, yo para relajarme del esfuerzo llevado a cabo en aquellos años y mi primo para tomar fuerzas y comenzar con buen ánimo sus estudios universitarios.

Teo se había convertido en un jovencito muy atractivo, aunque él no era muy consciente de ello. No mostraba interés especial por ninguna chica, a pesar de que en algún momento yo me había percatado de las miradas que le dirigían algunas muchachas de su grupo de amigos. Aquel verano, al abrigo del cielo de Madrid, en el que nunca se podían ver las estrellas, Teo me descubrió el motivo de su soledad. Tiempo atrás su madre me había contado en “petit comité” que mi primo decía estar enamorado de mí. Puede que enamorado sea una palabra demasiado fuerte para definir los sentimientos de Teo hacia mí, pero en todo caso sí que sentía algo parecido al amor, o tal vez fuera amor mismo en sus comienzos.

Los iniciales diez días que íbamos a pasar en Madrid se convirtieron en un mes. Mi madre y su hermana parecían querer recuperar el tiempo perdido y se pasaban tardes enteras tumbadas en el jardín, al borde de la piscina, hablando de sus cosas, desenterrando recuerdos y enterrando resentimientos. Mi primo y yo, como ya he dicho, nos dedicábamos a pasarlo bien. Recorrimos la ciudad y los alrededores y por las noches éramos nosotros los que nos apropiábamos del jardín y de las hamacas al borde de la piscina. Otras veces salíamos a dar una vuelta por la ciudad, disfrutando de las terrazas que en aquellas noches cálidas eran templo de los turistas a los que no importaban los calores sofocantes de la capital.

Una de aquellas noches, paseando, terminamos en el Templo de Debod, sentados al borde de uno de los estanques que lo rodeaban. Habíamos estado bebiendo un poco y nuestras mentes se encontraban ligeramente nubladas por el alcohol. Decíamos muchas tonterías y nos reíamos por todo. Yo nunca había visto a mi primo así, pues normalmente era un tipo bastante serio y comedido para su edad, así que debo reconocer que su hilaridad exagerada provocaba la mía de manera igualmente exagerada.

–No sabía que podías llegar a ser tan divertido, Teo – le dije – normalmente eres tan serio....

–¿Te parezco serio? ¿No te gustan los chicos serios?

Le miré fijamente a los ojos. Tenía unos expresivos ojos marrones sobre los que de vez en cuando se posaba un impertinente mechón de pelo liso que él se apartaba con un gesto de la cabeza. Me sentía muy bien a su lado, siempre había sido así.

–Depende. Supongo que me gustan que sean serios cuando lo tienen que ser y divertidos cuando toca. Como tú.

A pesar de la relativa oscuridad me pareció que se ruborizaba. Bajó su mirada hacia el suelo y sin dejar de mirarlo me preguntó.

–¿Ese “como tú” qué quiere decir?

–Pues que.... que me caes muy bien, que me gusta estar contigo, que a lo largo de estos días te estoy conociendo un poco más y me pareces un chico... maravilloso.

Teo tardó unos segundos en mirarme de frente y levantar la vista del suelo. Cuando lo hizo me sonrió levemente y a continuación me dio un suave beso en los labios. Yo me sentí desconcertada. No me esperaba aquel efusivo gesto de cariño y no deseaba que mi primo se hiciera ilusiones conmigo. Me sentía muy a gusto a su lado pero nada más

–Teo yo.....

–Lo siento – se apresuró a contestar sin dejarme terminar mi frase – lo siento de verdad, fue un... un impulso. No te molestes, por favor.

–No, si no me molesto. Sólo que... no quiero que te hagas falsas ilusiones. Que considere que eres un tipo estupendo no quiere decir que esté enamorada de ti.

–Lo sé. Sé que todavía estás enamorada de Ginés ¿verdad?

–¿De Ginés? Claro que no. No estoy enamorada de nadie. Lo que sí puedo asegurarte es que hoy por hoy, ahora mismo, el chico con el que mejor me siento eres tú. Y ahora vámonos a casa, se está haciendo muy tarde.

Mi primo no dijo nada. Se limitó a levantarse y comenzar a caminar casi sin esperarme. Yo apuré los pasos y le alcancé. Cuando llegué a su altura le cogí de la mano y le di un beso fuerte en la mejilla. Él me miró sorprendido.

–Te quiero mucho, Teo. Dejemos que la vida fluya, quién sabe lo que puede ocurrir mañana.

miércoles, 31 de marzo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 11

 




–Me enamoré de él como una estúpida – comencé mi relato – No sabría decirte por qué, bueno, tampoco creo que haya que buscarle un motivo al amor. En el fondo sabía de que no era hombre para mí, que no me convenía, que además tenía su novia.... pero no lo pude evitar. Tenía sólo dieciocho años y.... no sé, supongo que no era muy consciente de dónde me metía. Pero él también contribuyó, me hizo pensar que el sentimiento era mutuo y era mentira.

–Ya, o sea que os enfadasteis – dijo Teresa como si lo que le estaba contando fuera una estupidez, una niñería.

–Hubo algo más, algo mucho más grave. Sucedió la noche anterior a mi espantada – me puse un poco nerviosa, nunca le había contado aquello a nadie y no estaba muy segura de querer hacerlo, pero cogí fuerzas para proseguir – Fue en la piscina. Yo no quería... no me sentía preparada pero.... bueno, él era más fuerte, estaba un poco bebido.

A mi tía se le heló el gesto y el cigarro quedó a medio camino de su boca. Me miró de manera muy elocuente y supe que no iba a ser necesario seguir contando, que ya no hacían falta más palabras.

–¿Me estás queriendo decir que te violó? ¿Ginés te violó? – preguntó levantando un poco la voz.

–Shh, calla, no grites, no vaya a estar Teo en su cuarto y nos escuche.

–Teo se quedará a dormir en casa de un amigo, hoy no vendrá. Pero.... ¿cómo no dijiste nada? Tendrías que haberlo denunciado. ¡Maldito cabrón!

–Eso fue lo primero que pensé, denunciarlo, pero para qué. Cuando lo amenacé con ello me animó a que lo hiciera, total no me iba a creer nadie después de estar viviendo allí solos durante un mes y dejando que la gente nos viera en actitud cariñosa. Tenía razón, nadie me iba a creer, era su palabra contra la mía. Así que opté por callarme. Y eso es todo.

Teresa se quedó con la vista fija en el suelo durante un rato. Estaba sentada en el sillón con las piernas encogidas. Se pasó la mano por el pelo en un gesto parecido a la desesperación.

–No te preocupes, tía – le dije – ya han pasado dos años y aunque no lo he olvidado ya lo tengo superado. Pero de una cosa puedes estar segura. Algún día ese desgraciado recibirá su merecido.

Me miró alarmada, tal vez al notar el deje de ira y de determinación que acompañó a mis palabras.

–No me mires así, Teresa. No le he denunciado pero no voy a dejar que se vaya de rositas. Algún día me vengaré, no sé cómo ni cuándo, pero lo haré.

–¿Ah sí? ¿Y cómo? ¿Asesinándolo? A lo mejor todavía no es tarde para denunciarlo y si no quieres hacerlo entonces olvídalo..

-No, no lo voy a denunciar a estas alturas pero tampoco me voy a olvidar. No sé lo que haré, ni siquiera sé cuándo se me va a presentar la oportunidad, pero en algún momento será, porque yo soy de las que piensan que la vida pone a cada uno en el lugar que se merece.

–¿Cómo pude ser tan estúpida para no darme cuenta?.... Nunca me creí que Ginés fuera tan sinvergüenza a pesar de las habladurías.

Teresa se mostraba excesivamente preocupada, como si todo hubiera ocurrido en aquel momento. Pero los dos años que habían transcurrido habían sido suficientes para mitigar el dolor.

–Ya no importa, tía.

Me acerqué a ella, me senté en el brazo del sillón y apoyé mi mano en su hombro. Ella correspondió a mi gesto de cariño estrechando mi mano entre la suya.

–¿Sabes? – le dije – A pesar de lo ocurrido, de todo lo ocurrido ese año horrible, la muerte de papá, el desengaño con Ginés... creo que vivirlo mereció la pena. Al principio, cuando nos tuvimos que venir de Madrid, no estaba muy segura de que me gustara esto, pero ahora... ahora no lo cambiaría por nada. Y no sólo por la ciudad, que me encanta, sino por haber encontrado una parte de la familia que estaba perdida. Mi vida ha dado un vuelco muy grande, pero estoy bien.

–Debes de haber sufrido mucho – dijo con un deje de nostalgia y pena en su voz.

–Soy fuerte y tengo muy claro que la vida no es un camino de rosas. Todo es superable. Aunque creo que tú no debes de pensar lo mismo.

Teresa levantó su cabeza hacia mí. Yo volví a mi asiento, frente a ella. Era su turno.

–¿Me vas a contar qué es eso tan grave que sucedió entre mamá y tú para que yo nunca recuerde que os hayáis hablado hasta ahora?

Teresa encendió otro cigarro y me dio uno a mí. Lo acepté, aun siendo consciente de que se estaba convirtiendo en un hábito.

–¿Recuerdas el pueblo en el que vivían los abuelos? – me preguntó.

–Por supuesto, íbamos a pasar unos días todos los veranos antes de que se murieran. Tú nunca estabas.

–Yo hacía mis planes para no coincidir con vosotros. Bueno, a lo que iba, tu madre y yo vivíamos allí con los abuelos. Cuando terminé el bachillerato quise estudiar una carrera y me marché a Santiago. Tu madre prefirió hacer un curso de secretariado en una academia del pueblo, pero yo tenía miras más altas. Me matriculé en Económicas y comencé la carrera con mucha ilusión. Me veía en el futuro trabajando en un banco, no sé por qué, ilusiones de niña supongo. Cuando estaba en segundo de carrera le conocí. Él estaba en tercero. Nos presentaron unos amigos comunes en una de aquellas fiestas que se organizaban a principio de curso. A pesar de estudiar en la misma facultad, no nos habíamos visto nunca y eso nos llevó a iniciar una conversación que hizo que pasáramos la noche juntos, charlando sin parar. Yo salí de aquella fiesta con él en la cabeza y creo que le debió de pasar lo mismo porque al día siguiente me buscó por los pasillos de la facultad con cualquier excusa. Comenzamos una amistad que poco a poco fue derivando hacia un sentimiento más fuerte, y al final de curso ya nos habíamos hecho novios. El problema era que él vivía lejos y no nos quedaba más remedio que pasar el verano separados. Antes no era como ahora. Mis padres ni por asomo me hubieran dado permiso para pasar ni una semana en casa de él. Así estuvimos curso a curso. Decidimos que al terminar yo la carrera nos casaríamos y el año en que hice cuarto, aquel verano, lo llevé al pueblo para presentárselo a los abuelos y a tu madre. Mis padres admitieron que se quedara en casa unos días porque ya estábamos formalmente comprometidos. Estuvo... no sé, una o dos semanas y después, el resto del verano, vino de vez en cuando. Comenzó a trabajar en una compañía de seguros, en su ciudad, y yo me dispuse a terminar mi carrera. Entretanto andábamos con los preparativos para la boda, ocupados, nerviosos, por lo menos yo, hasta que me dieron la noticia y todo se vino abajo.

Teresa hizo una pausa. Su cigarrillo se había ido consumiendo entre sus dedos y se había convertido en una frágil columna de ceniza. Con cuidado la echó en el cenicero que sostenía en la otra mano y encendió otro cigarro. Yo estaba expectante.

–Un viernes regresé a casa, casi todos los viernes lo hacía, a pasar el fin de semana en el pueblo y los encontré a todos con cara de pocos amigos, a tus abuelos y a tu madre. Sabía que algo ocurría pero nadie abría la boca. El sábado a media mañana vi aparecer el coche de mi novio y me extrañó. No habíamos quedado en vernos y pensé que algo había ocurrido... y no me equivoqué, aunque ni por la imaginación se me pasó que la noticia que tenían que darme fuera aquella. Se reunieron conmigo en la cocina de la casa, alrededor de la cocina de leña que mi madre había encendido ya por la mañana y mientras ella gimoteaba y mi padre meneaba la cabeza de un lado a otro en un claro gesto de desaprobación, mi novio me dijo sin demasiados rodeos que lo sentía mucho, pero que se había enamorado de mi hermana y que con quién se iba a casar era con ella.

Un escalofrío recorrió mi espalda y una extraña inquietud envolvió todo mi cuerpo. Sentí el corazón encogido al sospechar el final de la historia.

–Todo mi mundo se desmoronó, Dunia, todo. Tu madre y yo siempre nos habíamos llevado muy bien, yo la adoraba, y no era capaz de comprender. Las dos personas que más quería me estaban traicionando y no lo pude soportar. Dejé la carrera y me sumí en una fuerte depresión. Lo único que deseaba era permanecer en mi cuarto, llorando y a oscuras, sin saber nada del mundo. Así pasé mucho tiempo, sin apenas dormir, sin casi comer.... pensando minuto a minuto en la posibilidad de que aquella boda se cancelara al darse cuenta mi novio de que a quién quería era a mí, o tu madre de que no podía ser tan ingrata con su hermana pequeña. Pero nada de eso ocurrió. El día que se casaron, nueve meses después de anunciar su noviazgo, me dije que no podía seguir así, que tenía que continuar viviendo, que tenía derecho a ello, así que hice mis maletas y me largué del pueblo sin despedirme de nadie. Me vine aquí, a La Coruña, me hospedé en una pensión de mala muerte y me puse a buscar trabajo. Tuve suerte, encontré ocupación como cajera en un pequeño supermercado y bueno... a partir de ahí mi vida no tiene mayor interés. Supongo que a estas alturas te habrás dado cuenta de quién era el novio que me robó tu madre.

Sí, lo sabía, lo había intuido desde el comienzo de su historia, y aunque durante aquellos minutos, mientras escuchaba a mi tía, había intentado, tal vez de forma inconsciente, encontrar algún resquicio, algún argumento que desmintiera mis ideas, no fue posible. Más bien al contrario.

–Supongo... que era mi padre – dije finalmente.

–Supones bien. Era tu padre, el amor de mi vida, el único hombre que amé realmente, robado por mi única hermana.


lunes, 29 de marzo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 10

 


El día que regresé a La Coruña me encontré con una novedad nada agradable. Había viajado de noche, era domingo y la tía Teresa me esperaba en la estación de autobuses. En cuanto bajé del bus me fijé en su cara de preocupación.

–¿Ha ocurrido algo, Teresa? – pregunté –- Te noto preocupada.

–Me acaban de dar una mala noticia. Apenas me lo puedo creer. Me ha producido mucha impresión. Ha muerto Cova.

Todo el sueño que traía conmigo se esfumó cuando escuché aquellas palabras. En realidad tampoco es que me llevara un gran disgusto, yo a Cova la apreciaba porque se había portado muy bien conmigo, y su muerte me daba pena como me la podía dar la de cualquier persona conocida con la que hubiera tenido estrecha relación en algún momento de mi vida, así lo que en realidad me ocurrió fue que me puse fue nerviosa, supongo que por el recuerdo de Ginés.

–Oh, lo siento mucho – dije – ¿Estaba enferma? Y... ¿cuándo ocurrió?

–Esta noche. Me ha llamado mi jefa hace apenas una hora. Un infarto fulminante acabó con su vida.

Me puse más nerviosa todavía. Sospechaba que mi tía esperaba que la acompañara a dar el pésame a la familia, cosa a la que no hubiera tenido inconveniente alguno si no fuera por las circunstancias.

–Esta tarde me acercaré al tanatorio para dar el pésame a la familia. Me acompañarás supongo.

Durante unos segundos no supe qué contestarle. Ella sabía que yo estaba agradecida a Cova por el trabajo que me había dado, que le había tenido cariño. Si me negaba, le iba a parecer raro, muy raro, pero decirle que sí significaba verme cara a cara de nuevo con Ginés y no me apetecía en absoluto.

–Me siento bastante cansada – dije a modo de disculpa – no he dormido nada y estoy deseando meterme en la cama.

–No hay prisa – repuso – puedes dormir lo que quieras. El tanatorio no cierra hasta las once de la noche.

Estaba claro que no podría escurrir el bulto. Tendría que acompañarla sí o sí. Por eso cuando llegué a casa y me eché en la cama no conseguí conciliar el sueño. Tenía miedo, miedo a volver a verle, a su reacción, a la mía. Di vueltas en la cama y di vueltas a la cabeza lo que pude y un poco más y poco después de la tres de la tarde, al darme cuenta de que no iba a poder dormir, decidí levantarme. Me di una ducha y entré en la cocina a comer algo. No había nadie en la casa, con lo que supuse que a lo mejor mi tía había decidido no despertarme y marchar sola al tanatorio. Aquel simple pensamiento me produjo cierto alivio, que duró media hora escasa, el tiempo que tardó Teresa en regresar a casa.

–¿Ya te has levantado? – preguntó en cuanto entró y me vio sentada en el salón frente al televisor – Pues anda, vístete y vamos hasta allí, cuanto antes vayamos, antes estaremos de vuelta.

–Oh, pensé que finalmente habías decidido ir tú sola.

Mi tía me miró con cara de asombro.

–¿No quedamos en que me acompañabas? Yo bajé un momento a tomar un café con la madre de un amigo de Teo, que me llamó. Está separándose de su marido y lo está pasando muy mal.

–Vale, vale, claro que te acompaño – dije intentando disimular mi malestar.

Yo sabía que Teresa se daba cuenta de mi estado, pero por discreción no decía nada, de momento. Mi tía no era de las que se callaban las cosas, así que como siguiera en el plan receloso en el que estaba no tardaría en preguntar.

Me vestí y salimos a la calle. La tarde era soleada y agradable, nada que ver con el calor sofocante de Madrid. Mientras caminábamos hacia el tanatorio Teresa se interesaba por aquellas semanas con mi madre y yo le iba contando en un afán por olvidarme de lo que me iba a encontrar en unos minutos. Hablaba rápida y por momentos atropelladamente, señal de mi inquietud extrema.

–¿Te pasa algo, Dunia? – me preguntó – Pareces nerviosa.

–No me pasa nada – mentí – es sólo que estas situaciones no me gustan en absoluto.

–Ya, a mí tampoco, pero no te preocupes, no estaremos mucho tiempo, un ratito para acompañar a la familia. Además, así tú también podrás darle el pésame a Ginés. Hace mucho tiempo que no le ves ¿no?

Tal vez, pero aún así no me apetecía lo más mínimo volver a verle, no hasta que se me ocurriera de qué manera podría hacerle pagar su afrenta. Entonces ya lo buscaría yo aunque fuera debajo de las piedras. Por supuesto a mi tía no le dije nada de eso. Simplemente le contesté con un escueto sí y me sumí en mis negros pensamientos.

En la puerta del tanatorio había bastante gente. Personas que acudían a aquel lúgubre lugar para acompañar a sus seres queridos o a sus familias, que venían a darle el último adiós a los muertos. Ojalá el que estuviera dentro del ataúd fuera Ginés y no su madre, pero no, no estaba dentro del ataúd, estaba allí, ataviado con un pantalón vaquero y una camisa de cuadros rosa, paseando el palmito con cara de pena entre las personas que se habían acercado a acompañarle en tan luctuoso momento. Estaba arrebatadoramente guapo, como siempre, o más, pues el rostro desencajado y cargado de tristeza le hacía parecer más niño, más inocente, más vulnerable... incluso aparentaba buena persona.

Mi corazón latía dentro de mi pecho con una fuerza desmesurada. Quería pasar desapercibida pero supe que no sería posible. Teresa se acercó al marido de Cova mientra yo me iba quedando rezagada a propósito. Se abrazaron y se pusieron a conversar. Yo les miraba desde la puerta a escasa distancia, pero la suficiente como para que el hombre no se fijara en mí. Tampoco mi tía parecía darse cuenta de que yo no estaba a su lado. Al cabo de un rato Ginés se acercó a ellos. Igualmente Teresa lo abrazó durante unos instantes y después intercambiaron unas palabras, entre las cuales debieron de nombrarme porque al instante ella me buscó con la mirada, seguida por la mirada de Ginés. Me encontraron enseguida, por su puesto, ya que apenas estaba dos metros detrás de ellos, y entonces no me quedó más remedio que acercarme.

Saludé primero al esposo de la finada, que me devolvió el saludo como un autónoma. No pareció conocerme y no me extrañó, al fin y al cabo me ignoró completamente durante las semanas que trabajé en su casa. Luego tocaba saludar a su encantador hijo. Nuestras miradas se cruzaron y algo se revolvió dentro de mí. Supe que iba a sentir de nuevo su cercanía, tal vez sus brazos rodeando mi cintura, su mejilla contra la mía, su perfume cálido y suavemente dulce... y no me sentí capaz de resistirlo. Bajé mis ojos al suelo en un vano intento de esquivar la inevitable proximidad, más siendo consciente de que nada podría eludir el encuentro cerré los ojos y murmurando un “lo siento mucho” nada entendible, di dos besos al aire acercando mi cara a la suya y me salí del recinto bajo la excusa de que el calor me estaba poniendo mala. Me acerqué a la puerta y allí permanecí, mirando al infinito, durante todo el tiempo que mi tía estuvo dentro. Cuando oí su voz tras de mí, diciéndole a alguien que se marchaba, me di la vuelta y volví a ver a Ginés a lo lejos, con sus ojos clavados en mí a través de la maraña de gente que se agolpaba en un lugar tan pequeño y agobiante. No sé qué vi en aquellos ojos grises que un día me habían acariciado y que al siguiente me habían despreciado, no sé si vi un atisbo de arrepentimiento, o de duda, o tal vez un resquicio del amor que un día había dicho sentir por mí. Puede que sólo fueran imaginaciones mías, ilusiones fatuas que se revolvían en mi mente en un tonto empeño por recuperar su cariño perdido, pero en aquel momento flaqueé en mis intenciones de venganza y me enfadé un poco conmigo misma. Ginés no me quería, nunca me había querido y debía recibir su merecido por su engaño y por el ultraje que había cometido conmigo.

De vuelta a casa mi tía iba muy callada y la que intentaba iniciar conversación era yo haciendo estúpidas observaciones sobre lo que nos rodeaba. Que si están ampliando el puerto, que si la ciudad está desierta... pero no había manera de hacerla hablar. Así que cuando finalmente llegamos a casa la increpé.

–¿Pasa algo Teresa? Estás muy callada. ¿Es el disgusto?

Me miró con aquellos sus ojos verdes idénticos a los míos, ojos de bruja gallega, como decía mi padre y me dijo:

–No me pasa nada, Dunia, pero vengo cavilando sobre lo que ocurrió y algo extraño hay en todo ello.

Me desconcertaron sus palabras. No sabía de qué estaba hablando y así se lo dije:

–¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿La muerte de Cova? ¿O te ha pasado algo en el tanatorio?

Teresa sacó un cigarro de su bolso y lo encendió. Se sentó en el sillón orejero y yo hice lo propio frente a ella. Echó el humo lentamente, como si estuviera rebuscando en su cerebro las palabras adecuadas para soltar.

–Sí, lo que ha pasado en el tanatorio es que tú no has querido casi ni entrar y apenas has cruzado una palabra con Ginés.

–Bueno.... yo nunca fui amiga de Ginés. No tengo por qué....

–Venga, Dunia, no me cuentes historias. Cuéntame qué es lo que te ocurrió con él. Lo vengo sospechando desde que dejaste el trabajo en su casa de aquella forma tan precipitada. Pero tu reacción de hoy me lo ha confirmado. ¿Qué te pasó con Ginés en la casa de la playa, Dunia?

Suspiré y puse cara de circunstancia. No tenía escapatoria. O tal vez sí, al menos iba a hacer un último intento.

–Te contaré lo que me ocurrió con Ginés cuando tú me cuentes lo que te pasó con mi madre. Confidencia por confidencia.

–Hecho – respondió mi tía después de echar una bocanada de humo – aunque no estoy muy segura de que quieras escucharlo. Empieza tú.

–Pues dame un cigarro – pedí – creo que lo voy a necesitar.

Me dio el cigarro, lo encendí, di una profunda calada sintiendo el veneno calar mis pulmones y confesé.

sábado, 27 de marzo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 9

 



Terminé mi primer curso en la universidad con bastante éxito. Mis notas no fueron maravillosas pero por lo menos había aprobado todo y me quedaba todo el verano libre para trabajar y ayudar un poco a la economía familiar. Todavía vivíamos en casa de la tía Teresa, pues aunque mamá había mostrado su firme intención de buscar un piso para nosotras dos, su sueldo no le daba para hacer muchos dispendios y en un nuevo acto de generosidad, la tía le dijo que no tuviera prisa, que nos podíamos quedar allí todo el tiempo que fuera necesario. La verdad era que yo ya me había acostumbrado a estar allí, a convivir con la tirantez que a veces se palpaba entre las dos y a la agradable compañía de Teo. Además mi tía me caía bien. Era un persona muy decidida, muy sincera, de esas mujeres bandera que no parecen tener miedo a nada ni a nadie, lo que a mí siempre me había gustado ser, lo que yo intentaba ser, supongo que en contraposición con la debilidad de mi propia madre. Con todo ello mi vida se había asentado en una rutina que después de los acontecimientos ocurridos durante el verano anterior, sentía como necesaria.

Aquel verano encontré trabajo como camarera en un bar de copas los fines de semana por las noches. No me pagaban mal y me permitía descansar durante la semana. Confieso sin embargo que acepté el trabajo con ciertas reticencias, puesto que trabajar en la noche aumentaba mis posibilidades de volver a ver a Ginés, de quién afortunadamente me había acordado más bien poco durante el curso después de nuestro encuentro casual en la tienda. Si bien mis ansias de vengarme no habían mermado un ápice, era consciente de que probablemente tuviera que esperar bastante tiempo para poder llevarlas a cabo y no desesperaba. Siempre fui de las personas que creen que el tiempo y la vida ponen a cada uno en su lugar y estaba segura de que no se me iba a negar la oportunidad de darle su merecido a aquella alimaña, de la manera que fuera. Pero era probable que todavía fuera demasiado pronto. Todo estaba aún muy reciente y puede que no estuviera preparada para enfrentarme a quién había sido mi primer amor y tanto me había lastimado. Afortunadamente nada ocurrió y el verano transcurrió con normalidad, sin grandes sobresaltos ni inesperados acontecimientos que desestabilizaran mi existencia.

Fue el otoño el que trajo alguna novedad a mi vida. Teo y yo habíamos comenzado las clases y mi madre y mi tía continuaban con sus respectivas ocupaciones. En casa reinaba la normalidad. Una tarde, cuando regresé de la escuela de enfermería, me encontré a mi tía sentada en la cocina, fumando un cigarro y haciéndose un café. Al verme entrar me invitó a acompañarla y yo acepté gustosa.

–¿Qué tal va todo, Dunia? Hace mucho que no hablamos.

–Bien, como siempre, sin novedades, ya sabes.

El café subió en la cafetera y Teresa sirvió dos tazas. Me ofreció un cigarro y yo negué.

–¿Nunca has fumado? – me preguntó.

–Alguna vez, con las amigas, cuando salimos por ahí. Pero no me gustaría pillar el hábito.

–Tienes razón, haces bien. Bueno, y dime ¿Qué tal te encuentras en esta ciudad? ¿No echas de menos Madrid?

–No, para nada, esta ciudad me encanta, me gusta vivir cerca del mar, me encanta verlo embravecido en el invierno desde los acantilados de la Torre de Hércules. Madrid está muy bien pero yo prefiero vivir aquí.

–¿Y si te tuvieras que marchar de nuevo?

Me extrañó la insistencia de mi tía.

–¿Por qué me preguntas eso? ¿Ocurre algo?

Teresa dio un sorbo a su taza de café y me miró con cara de circunstancias.

–No lo sé. Han llegado algunos rumores hasta mis oídos. No sé si debería decírtelo...

–Pues ahora que has empezado no te va a quedar más remedio. ¿De qué se trata? – pregunté intrigada y temerosa.

–Me he enterado de que el arquitecto para el que trabaja tu madre tiene pensado trasladarse a Madrid. Al parecer está preparando allí la apertura de un estudio de arquitectura en colaboración con no sé quién.

Mi tía hizo una pausa, como si no supiera cómo seguir contándome la historia, pero yo la animé a continuar.

–¿Y? ¿Mi madre se va a quedar sin trabajo? ¿O es que tiene pensado marcharse con él a Madrid?

–No lo sé exactamente, pero.... Bah, déjalo, Dunia, son sólo elucubraciones mías, no debía haberte dicho nada – dijo de pronto pretendiendo dar la conversación por zanjada.

–Sea lo que sea, cuéntamelo ¡No me puedes dejar así ahora!

–Está bien – dijo después de pensarlo durante un rato – Creo que tu madre está liada con el arquitecto. Y si se van a Madrid....

–¿Te lo ha dicho ella? – pregunté extrañada.

–No. Ya sabes que entre ella y yo no hay mucha comunicación. Supongo que si los rumores son ciertos acabara diciéndolo.

–Y.... ¿Tú cómo lo has sabido?

–Me lo dijo una clienta que es hermana del arquitecto. Me comentó de manera casual que su hermano estaba pensando abrir estudio en Madrid y que estaba muy contento porque por fin iba levantando cabeza, pues había conocido a una mujer que estaba trabajando con él y con la que había comenzado una relación. No sé si sabes que su anterior esposa falleció en un accidente de tráfico hace unos años y a cuenta de ello él estuvo mucho tiempo enfermo, con una depresión muy fuerte.

–¿Por qué sabes que esa mujer es mamá?

–Porque ella me dijo el nombre. Por supuesto mi clienta no sabe que tu madre es mi hermana.

Me dejé caer sobre una silla de la cocina. No me importaba que mi madre tuviera una nueva relación, a pesar de que consideraba que la muerte de mi padre estaba bastante reciente también era consciente de que se sentía muy sola y que tenía derecho a volver a ser feliz. Pero no deseaba regresar a Madrid.

–Dame un cigarro – le pedí a mi tía – creo que lo necesito.

Teresa me ofreció un cigarro y fuego. Yo aspiré profundamente la primera calada que me hizo toser.

–Soy mayor de edad y no tengo por qué irme con ella – reflexioné en voz alta – Pero si quiero quedarme aquí tendré que compaginar estudios y trabajo... Mucha gente lo hace, yo seguro que podré también.

Mi tía se sentó frente a mí y sonriendo me dijo:

–Puedes quedarte en esta casa si quieres. Teo está muy contento con tu presencia aquí y yo... yo también.

*

Mi madre nos dio la noticia de su noviazgo y de su futura boda pasadas las Navidades.

–Leandro abrirá en Madrid un nuevo estudio con un socio muy importante así que nos iremos de nuevo a vivir allí – dijo, feliz y exultante – Será como volver a recuperar un poquito la vida de antes. ¿No te parece, Dunia? No tenemos previsto marchar hasta agosto, así que tendrás tiempo de terminar el curso y en septiembre comenzarás allí.

Miré de reojo a mi tía. Estábamos sentadas alrededor de la mesa de la cocina, tomando un café después de terminar de comer. Teo fue el primero en manifestar su contrariedad.

–¿Os marcharéis? ¿Te irás, Dunia? Joooo...

–Claro, cielo, debemos marcharnos. Afortunadamente las cosas empiezan a marchar bien y tenemos que rescatar lo que un día dejamos allá, en Madrid – dijo mi madre.

–Mamá yo no me voy a ir – manifesté dando a mi voz el tono más firme posible – Me alegro mucho de tu boda y de que puedas volver a ser feliz, pero yo estoy bien aquí. No me quiero marchar. Me gustaría terminar aquí la carrera y buscar trabajo en La Coruña.

Mi madre me miró perpleja, como si no se esperara algo así.

–Pero.... ¿cómo vas a hacer? ¿Dónde vas a vivir y de qué? No te puedes quedar hija, en Madrid estarás mucho mejor que aquí.

–Es que yo no quiero volver, estoy bien aquí, me gusta la ciudad, me he acostumbrado a ella y a esta nueva manera de vivir, no deseo volver a Madrid. Mamá, por favor, no me obligues. Soy mayor de edad y no me gustaría enfrentarme contigo.

Mi madre, perpleja, miró de frente a su hermana, sin decir nada.

–Se puede quedar aquí – dijo Teresa – es una chica responsable y tanto Teo como yo estaremos encantadas de que se quede.

Mi primo hizo un gesto de triunfo con el brazo, golpeando el aire y mamá se encogió de hombros y accedió a mi petición.

–Está bien... si es tu deseo.... pero vendrás a verme ¿verdad?

Me acerqué a ella y la abracé.

–Claro mamá, siempre que pueda. Madrid está muy cerca.

*

Mi madre se casó a finales de junio, recién terminado yo el curso, y adelantando sus planes ella y su marido se marcharon enseguida a Madrid. Yo viajé con ellos. Aunque no deseaba vivir en la capital de nuevo, sí que me apetecía visitar a mis antiguos amigos.

En Madrid la esperaba una grata sorpresa. Su marido había conseguido comprar nuestra antigua casa. Mi madre se emocionó cuando se vio delante de la puerta y sobre todo cuando entró y pudo comprobar que todo estaba tal y como lo habíamos dejado dos años antes. Lo único que había sido reformado había sido el garaje, lo cual había sido todo un detalle por parte de Leandro, puesto que allí era dónde mi padre había puesto fin a su vida.

Permanecí en la ciudad hasta agosto, momento en el que la feliz pareja emprendió su viaje de luna de miel a Canadá, lugar en el que Leandro tenía familia. Insistieron en que les acompañara pero yo no quise. No deseaba otra cosa que regresar a La Coruña y aspirar el aroma del mar y de la sal, por los acantilados de la Torre de Hércules.


jueves, 25 de marzo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 8

 



No le conté a nadie mi desafortunada experiencia, no era necesario, yo sabría remontar sola mi vida y la sed de venganza me daba ánimos para seguir sin olvidar... y sobre todo para odiarle. Pero a pesar de mis silencios a todos les pareció extraño que dejara el trabajo de un día para otro. Yo simplemente dije que me había cansado de las ocupaciones caseras y que quería buscar un trabajo mejor ahora que comenzaba el curso, cosa que, por otra parte, no fue necesario, puesto que fue mi madre la que lo encontró como recepcionista en el estudio de un arquitecto. El sueldo no era gran cosa, pero suficiente para las dos, y yo me propuse aplicarme durante el curso y trabajar de nuevo el próximo verano para costearme los estudios.

Cova me llamó al día siguiente de mi regreso a La Coruña, extrañada de que no apareciera por su casa. Le puse la misma excusa que a mi familia y cuando me rogó que pasara por su consulta a buscar el dinero que me debía le dije que no me encontraba bien y que si hacía el favor se lo diera a su hermana para que a su vez se lo diera a mi tía Teresa y ella me lo haría llegar. Estábamos hablando por teléfono y se hizo un pequeño silencio al otro lado de la línea.

–Dunia.... No habrás tenido algún problema con Ginés ¿verdad? – preguntó finalmente.

–Por supuesto que no, de verdad – contesté sin ningún atisbo de duda – Ha sido muy correcto conmigo. Mi marcha no tiene nada que ver con él.

–Entonces... te mandaré el dinero por tu tía, pero por favor, prométeme que me llamarás algún día para tomar un café juntas. Ha sido muy agradable conocerte.

Se lo prometí a sabiendas de que no cumpliría mi promesa. Quería deshacerme de todos los lazos que tuvieran el poder, aunque fuera mínimo, de unirme a Ginés, y además estaba segura de que su invitación no era más que un fórmula para quedar bien. Así que ni yo la llamé, ni ella tampoco lo hizo.

A mi tía Teresa también le pareció muy raro mi repentino regreso a casa y, al igual que Cova, también me preguntó si me había ocurrido algo con el hijo de los jefes.

–Claro que no – contesté – ¿Por qué había de ocurrirme? Ni que Ginés fuera un monstruo.

–Un monstruo no lo es pero... bueno yo no lo conozco demasiado, pero he oído comentarios de que es un poco... libertino, aunque la palabra suene un poco antigua.

–Pues no, no me ha pasado nada con él.

Supe que no me había creído, pero tampoco insistió más. Aunque no habíamos convivido mucho tiempo yo me había dado cuenta de que Teresa era muy perspicaz, no le se escapaba una, al contrario que mi madre, que desde que habíamos llegado a La Coruña parecía estar viviendo en un mundo aparte al de los demás. Entre que se acordaba de mi padre día sí y día también, que no era capaz de encontrar trabajo y que entre mi tía y ella flotaba continuamente una nube de tensión, no se enteraba de nada que no fueran sus propios problemas. No se lo reprocho, no lo he hecho jamás, pero a veces me ponía muy nerviosa su, por lo menos aparente, falta de voluntad. Todo fue cambiando cuando finalmente entró a trabajar en el estudio de arquitectura. Y nuestra vida se asentó en la rutina.

Comenzó el curso y yo intenté centrarme en mis estudios y olvidarme un poco de lo ocurrido, y digo un poco porque estaba segura de que algún día Ginés y yo volveríamos a vernos las caras y entonces podría resarcirme del todo del daño que me había hecho. Tenía que mantener vivo el recuerdo de esa noche en que me había robado la inocencia por la fuerza. No sabía cómo ni cuándo, pero llegaría mi momento. El paso de los meses fue mitigando el dolor, pero la sed de venganza se quedó ahí, intacta dentro de mi mente y de mi corazón lastimado.

Le vi mucho antes de lo que hubiera querido, cuando la herida todavía no se había cerrado y en la memoria todavía dolían unas caricias y unos besos que no habían sido de verdad. Se acercaban las Navidades y yo había salido a hacer algunas compras. La calle Real era un hervidero de gente que entraba y salía de las tiendas en una loca carrera consumista. Me paré delante de un escaparate a mirar no sé qué y le vi dentro de la tienda con Adela, felices, sonrientes, como si nada hubiese pasado, ajenos a lo que yo sentí en aquellos instantes, algo extraño, una mezcla de rabia y pena, de odio y celos. Si el haberme forzado me había dolido en el alma, el verle de nuevo al lado de aquella de quién había renegado me multiplicaba el dolor por mil. Semejante visión de pareja feliz era la confirmación completa de que yo sólo había sido un juguete en sus manos. Por un instante nuestras miradas se cruzaron, mientras su novia se probaba un sombrero y daba vueltas frente a un espejo. Se le heló la sonrisa en el rostro y por una décima de segundo pensé que iba a venir a mi encuentro, pero de pronto Adela se dio la vuelta hacia él y él la tomó por la cintura y le dio un beso en los labios. Sé que lo hizo para mortificarme. Supongo que lo consiguió, porque me batí en retirada y regresé a casa triste y desalentada. Allí sólo estaba Teo jugando con su consola y yo crucé la sala casi sin saludarle y me metí en mi cuarto a llorar. Al poco rato le escuché golpear ligeramente la puerta.

–Dunia, ¿estás bien? Me ha parecido oírte llorar.

–Estoy bien – contesté incorporándome en la cama y limpiando mis lágrimas con el dorso de mi mano.

La puerta se abrió y mi primo asomó medio cuerpo.

–¿Puedo entrar? – preguntó.

No estaba muy segura yo de ser buena compañía para nadie, pero Teo siempre tenía el poder de animarme y espantar mis males, así que le di permiso para entrar. Se sentó a mi lado en la cama y me abrazó. No era un adolescente al uso, al menos eso me parecía a mí, pues era muy cariñoso y siempre dispuesto a ofrecer su mano para ayudar.

–¿Qué te pasa, Dunia? ¿Por qué lloras? ¿Te ha ocurrido algo en la calle?

Tomé su mano y la apreté mucho entre las mías, intentando tragarme las lágrimas que amenazaban con bañar mi rostro de nuevo.

–Nada, Teo, no pasa nada, sólo que.... bueno... se acercan las Navidades, recuerdo a mi padre... esas cosas.

–Desde que volviste de tu trabajo en la casa esa de la playa no has vuelto a ser la misma.

–Pero ¿qué cosas dices? – dije intentando quitarle hierro al asunto, pues a la vista estaba que Teo era tan sagaz como su madre – Si apenas me conocías de antes.

–Puede ser. Pero cuando llegaste a esta casa eras una chica alegre, decidida, fuerte y ahora... ahora parece que parte de tu fuerza se ha muerto y tus ojos ya no tienen el brillo de antes. A ti te pasó algo con Ginés. Te gustaba y te hizo alguna jugarreta ¿verdad?

Por unos instantes dudé si decirle o no la verdad. A veces, y sólo a veces, me daba la impresión de que si le contaba a alguien lo ocurrido me quedaría mucho más aliviada, pero en realidad pensé que era cuestión de tiempo que la pena se fuera mitigando y que sería mucho más fácil planear mi venganza sin que hubiera nadie que supiera mis intenciones o tuviera sospecha de ellas. Así que finalmente le mentí como había mentido a los demás que me habían preguntado.

–Bueno... no te voy a negar que Ginés me llegó a gustar un poquito y que me fastidió que tuviera novia y que estuvieran tan enamorados, pero nada más. Estas cosas pasan Teo, y el mundo sigue girando. Ya te darás cuenta.

Me miró de hito en hito y se pasó una mano por su pelo lacio antes de hablar.

–Lo sé – dijo – pero te entiendo. Los amores no correspondidos son una porquería.

Sonreí ante su respuesta. Al fin y al cabo tanto él como yo éramos casi dos niños que no sabían casi nada del amor y sin embargo hablábamos ya con resentimiento.

–Olvídalo. Esto sólo fue un ataque de nostalgia. Anda, vamos a dar una vuelta, que la ciudad está muy bonita con tanta luz encendida.