lunes, 8 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 20

 



Conocía al ginecólogo de Natalia de haberla acompañado en alguna ocasión a sus revisiones rutinarias. Era un tipo serio, pero a la vez afable, y transmitía mucha confianza. Se presentó en la clínica a media tarde. La sala de espera estaba repleta de mujeres, la mayoría de ellas portando generosos vientres que daban fe inequívoca de su estado. También había algún caballero con cara de aburrimiento. Pedro pasó de largo y se dirigió directamente al mostrador de recepción. Detrás del mismo estaba la muchacha de siempre, una jovencita rubia y menuda con cara sonriente. Pedro la saludó con un escueto buenas tardes y comenzó su teatro.

–Creo que hace unos días mi mujer vino a hacerse unas pruebas. La verdad es que no estoy seguro de que fuera en esta clínica. ¿Me lo podrías confirmar?

–Buf... es que.... ¿Yo cómo sé que eres su marido? – le dijo con gesto de contrariedad – La información que tenemos sobre los pacientes es confidencial y entregar los resultados de las pruebas a cualquiera es algo que no podemos hacer. Va contra la ley de protección de datos.

–Ya... entiendo. Lo que pasa es que... bueno, el doctor nos conoce de sobras. De hecho ella suele venir a hacer sus revisiones aquí. Simplemente eran unas pruebas más complicadas y no recuerdo en qué lugar me dijo que las iba a hacer. De todas maneras, no te preocupes. Entiendo lo que me dices....

Pedro hablaba con aquella voz suave y envolvente poniendo gesto de resignación. Casi siempre daba resultado y esa vez no fue distinto. A la muchacha le dio pena y cuando vio que él se disponía a retirarse lo llamó.

–¡Espera!

Él volvió sobre sus pasos y se acercó a ella de nuevo.

–Está bien. No es muy ortodoxo pero.... te los voy a dar, si es que están aquí. Pero que no se vuelva a repetir ¿vale?

Pedro así se lo prometió con la mejor de sus sonrisas. Luego la muchacha le preguntó el nombre de su esposa y después de comprobar que efectivamente había unos resultados de pruebas pendientes de entregar desde aquella misma tarde, se los dio.

–La íbamos a llamar mañana para que pasara a recogerlos. Suerte.

Pedro tomó el sobre que la chica le tendía con manos temblorosas. Saber que estaba a un paso de la verdad le producía cierto nerviosismo. No lo abrió de inmediato. Necesitaba sentarse en algún lado y calmarse un poco. Se dirigió a una cafetería cercana y se sentó en una mesa alejada de la puerta, donde pudiera leer tranquilo lo que guardaba aquel sobre amarillo. Pidió un café y después de que lo tuvo servido, se atrevió a sacar del interior del sobre los papeles que iban a tener el poder de sentenciar su vida.

Comenzó a leer términos médicos de los que no entendía prácticamente nada, hasta que dio con lo que le interesaba, una frase que parecía el resumen de todas aquella palabrería técnica: infertilidad por adherencias en las trompas de falopio. Natalia no estaba embarazada, y seguramente no podría estarlo nunca de manera natural. Continuó leyendo un poco más. Al final de la hoja el informe médico decía que la única manera de conseguir un embarazo sería una fecundación in vitro. Pedro suspiró profundamente, se terminó el café y salió del bar mientras guardaba el sobre en el bolsillo de atrás de su pantalón vaquero. Se sentía extraño y no sabía muy bien cómo iba a arreglar aquel asunto con Natalia. No quería montar un número, no era su estilo. En todos aquellos años que llevaban juntos jamás habían tenido una discusión fuera de tono. Ella tampoco era mujer de dar gritos ni hacer escenas. Pero aquello era demasiado fuerte para mantener la calma. Y luego estaba su futuro próximo. Finalmente había conseguido arreglarlo todo para poder quedarse en el Instituto y anular su traslado a Madrid gracias al padre de un amigo que tenía mano en el Ministerio de Educación. Y resulta que ahora era lo que menos le convenía, pasar un año allí, en el mismo pueblo que Natalia, en el que se la encontraría por la calle un día sí y otro también. Tendría que capear la situación como buenamente pudiera, pues no podía pedir ayuda de nuevo al padre de su amigo, eso lo tenía claro, como tenía claro igualmente que lo suyo con Natalia se había terminado de manera definitiva.

Llegó a casa. Aparcó el coche en la calle y subió al piso. Natalia no llegaría hasta la noche. Miró el reloj y vio que no eran más que las siete de la tarde, le quedaban por delante al menos dos horas de soledad. Se sirvió una copa de vino y se sentó en el sofá del salón. No tenía ganas de ver la tele ni de leer, no sería capaz de concentrarse. Así que decidió no hacer nada. Le dio tiempo a tomarse otras dos copas de vino más, antes de que su novia apareciera en casa. Para entonces él, que no estaba acostumbrado a beber, tenía la mente un poco embotada por el alcohol y el ánimo envalentonado para afrontar el desagradable momento que se avecinaba.

Natalia llegó a casa feliz y contenta, como siempre, y entró en el salón sonriendo y parloteando sobre la tarde pasada con sus amigas. Venía cargada de bolsas que posó encima de una silla y se dirigió a Pedro, lo abrazó y lo besó en los labios.

–Estoy cansadísima – dijo mientras se dirigía a su dormitorio con la intención de cambiarse la ropa por otra más cómoda – ¿Y tú qué has hecho toda la tarde?

Pedro no contestó a la voz de Natalia que le había llegado apagada, desde la habitación. Se limitó a sacar el sobre del bolsillo de su pantalón y a dejarlo sobre la mesita. Su novia apareció de nuevo, vestida con el pijama y unas zapatillas.

–No me has contestado – dijo cambiando su tono alegre y festivo por otro mucho más serio y comedido – ¿Ocurre algo, Pedro?

Pedro la miró con lástima y luego dirigió sus ojos al sobre que estaba encima de la mesa. Los ojos de Natalia también los acompañaron en aquel corto viaje. Cuando vio el membrete de la clínica se puso visiblemente nerviosa.

–¿Qué.... qué es eso? – preguntó.

–Eso mismo me pregunté yo cuando esta mañana vi que te había venido la regla – contestó Pedro con calma – Nunca he desconfiado de ti pero esta vez fue inevitable. Una corazonada me llevó hasta tu ginecólogo.

Natalia cogió el sobre y con gesto sombrío leyó el informe médico que contenía. Mientras lo hacía su tez se volvió pálida y de pronto pareció envejecer unos cuantos años. Se dejó caer en una silla, totalmente derrotada.

–Te lo puedo explicar – dijo con un hilo de voz.

–Me encantaría que lo hicieras. Porque no entiendo nada. No estás embarazada ni vas a estarlo nunca, por lo menos de mí.

–Era la única forma de retenerte conmigo.

–No sé a qué te refieres.

–Claro que lo sabes – repuso Natalia en tono airado – Ibas a dejarme para irte con ella. Jorge lo descubrió, descubrió que había algo entre vosotros y me lo dijo. Ibas a dejarme, Pedro, y no vi otra manera de retenerte a mi lado.

Pedro se mantuvo pensativo durante unos instantes. No le gustaban las escenitas de celos. Además creía que había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa y desvelar sus sentimientos, algo que seguramente debería haber hecho hacía tiempo.

–La quería, Natalia. La quiero. Me enamoré de ella... no sé... creo que casi sin darme cuenta. Poco a poco, un día me vi echándola de menos, deseando estar a su lado. Y en Oporto sucedió todo. Sí, debí decírtelo entonces, pero... tenía miedo a hacerte daño. Luego me di cuenta de que el daño te lo iba a hacer de todas maneras. Pero eso no justifica este engaño. Cuando el amor se va, un hijo no es la solución para que regrese.

–Puede que no, pero tú estabas dispuesto a quedarte conmigo.

–Sí, lo estaba, equivocadamente, pero lo estaba. Pero ahora me voy, Natalia. Esto ya no tiene ningún sentido.



sábado, 6 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 19

 



El taxi se detuvo frente a la puerta de la terminal cuatro del aeropuerto de Madrid-Barajas. El taxista se bajó, abrió el maletero y sacó del mismo una maleta de tamaño mediano que entregó al viajero. Éste, después de pagar la carrera, entró en el edificio y se dirigió al mostrador de facturación. Mientras esto ocurría, Lucía y su abuela tomaban café antes de tomar el avión hacia San Francisco. Poco después, cuando las dos mujeres entraban en la sala de embarque, el hombre se dirigió a la cafetería para tomar un refrigerio mientras esperaba su vuelo y fue a ocupar la misma mesa que Lucía y Soledad habían ocupado un rato antes cuando el camarero todavía la estaba limpiando. Pidió un zumo de naranja y mientras esperaba que se lo sirvieran echó una ojeada al periódico que estaba sobre la mesa, el mismo que Lucía había estado leyendo hacía apenas unos minutos. Permaneció en aquel lugar frío e impersonal hasta que por megafonía reclamaron la presencia de los pasajeros del vuelo a Londres en la sala de embarque. Entonces se levantó y se dirigió a tomar su vuelo. Pedro sentía una ligera turbación cuyo origen ignoraba. De repente Lucía llenaba toda su mente. Era como si la presencia de la muchacha flotara en el aeropuerto. Sabía que era una estupidez, pero las sensaciones, irracionales o no, no se pueden evitar. Le hubiera gustado volver a encontrarla, en cualquier lugar, aunque fuera en aquel aeropuerto, aunque quizá después de todo lo ocurrido necesitara una tiempo de descanso, de reposo, de silencio. Por eso se marchaba a Londres a visitar a un amigo, a disfrutar de unas semanas de vacaciones y así pensar qué iba a hacer con su vida ahora que no tenía hijo, que había roto con Natalia y que echaba terriblemente de menos a Lucía.

*

Lucía lo llamó y él y no la dejó hablar. No estaba seguro de lo que hacía, pero lo hizo, en aras a ese hijo que Natalia llevaba en su vientre. Después de colgar el teléfono sintió una desazón que le reconcomía las entrañas. Tal vez no la volvería a ver más, ni escucharía su voz de terciopelo, ni disfrutaría de sus caricias, ni de su sonrisa un poco infantil, ni de la suavidad de aquellos besos que amorosamente depositaba en su cuello después de disfrutar de un momento de intimidad. Pedro vio como sus sueños de una vida diferente se desplomaban como un edificio en ruinas. La única esperanza de disfrutar de un trozo de felicidad era ese hijo que venía en camino. Por él había renunciado a todo lo demás.

Jorge se fue a Bolonia una semana más tarde de que Lucía regresara a Madrid. Despedirse de él fue como dejar atrás de manera definitiva una etapa de su vida. Ya no habría más cenas de fin de semana, ni mas cañas tomadas a la calidez de un bar cualquiera. Además significaba quedarse solo con Natalia y dadas las circunstancias no le agradaba demasiado. No podía evitar pensar que Natalia era la persona que había desbaratado sus planes de futuro, pero también era cierto que era la madre del niño que estaba en camino, y que él había decidido quedarse a su lado de manera voluntaria. Por eso quería que las cosas fueran bien, que la relación, a pesar de lo ocurrido, siguiera fluyendo como siempre. En ningún momento se planteó que Natalia pudiese saber algo de su relación con Lucía, ni por supuesto que su embarazo fuese ficticio.

Ella se mostraba feliz, como si su preñez fuera buscada y deseada, y además parecía que se habían despertado sus apetitos sexuales, pues casi todas las noches le buscaba y él cumplía, a veces a regañadientes, pero lo hacía, pensando casi siempre en la chica inalcanzable que había dejado escapar como el globo que sube hacia el cielo y que jamás va a volver.

Fue al final del verano cuando estalló la tormenta. Natalia no se daba quedado en estado y por ende su vientre no crecía. Por suerte, cuando fingía ir al médico, Pedro nunca insistía en acompañarla, pero no podía permanecer así eternamente. A finales de agosto él viajó a Madrid para pasar unos días con su familia, momento que aprovechó Natalia para plantear al doctor su problema. Le dijo que hacía más de dos años que intentaba quedarse embarazada, pues sabía que si le contaba la verdad y le decía que apenas hacía tres meses que buscaba un embarazo, no le harían las pruebas necesarias para detectar cualquier posible problema. El médico, después de hacerle unas cuantas preguntas, la citó dos días más tarde para comenzar con el estudio que permitiría averiguar si existía algún problema.

Natalia pasó aquellos dos días muy intranquila. Le daba vueltas a la cabeza pensando en cómo salir de semejante atolladero. Si no se daba quedado embarazada sus planes se complicarían en extremo. Pensó que siempre podría fingir un aborto, pero lo más seguro era que en ese caso Pedro acabara marchándose de su lado. También existía la posibilidad de intentarlo por otro lado, siempre habría algún tipo medio salido dispuesto a calentar su cama.

Por fin llegó el momento de las pruebas médicas. Le efectuaron todo tipo de análisis y le revolvieron las entrañas una y otra vez. Cuando por fin terminaron le dijeron que en unas dos semanas la llamarían para comunicarle los resultados. Se marchó de la clínica rogando a los hados para que todo saliera correctamente y su cuerpo estuviera en perfectas condiciones para engendrar ese hijo que le permitiría conservar el amor de Pedro. Claro que.... siempre podía ser él quien tuviera dificultades para ser padre. Prefirió no darle demasiadas vueltas a la cabeza. Tres días después su novio llegaba de Madrid y deseaba disfrutar a tope lo que quedaba de vacaciones antes de comenzar el curso de nuevo.

Durante su estancia en la capital Pedro no cesó de pensar en Lucía. Sabía que estaba muy cerca de ella físicamente, que entre tantas miles de almas que se movían por la ciudad un día y otro día, una era la de ella. Y sin embargo estaban tan lejos...

Una tarde se atrevió a acercarse a la casa de la abuela, aquélla en la que un día la había recogido para regresar al pueblo. Aparcó el coche en un lado de la calle, medio escondido entre los contenedores de la basura y se dispuso a esperar no sabían muy bien qué. La vivienda presentaba evidentes signos de estar habitada. Las persianas estaban subidas y el césped que la rodeaba cuidadosamente cortado, así que en cualquier momento se podría ver a cualquier persona merodeando por allí. Y sí, al cabo de un rato, de la casa salió una mujer que Pedro reconoció como la abuela de Lucía y detrás de ella... allí estaba, evidentemente no había cambiado nada, pues hacía apenas dos meses que se había vuelto a Madrid. Tenía la misma melena recogida en un moño revuelto y descuidado, como hacía casi siempre, el mismo cuerpo ancho y generoso, y desde lejos se adivinaba la misma sonrisa. Hablaba animadamente con la abuela. Parecía que se estaban despidiendo. Lucía besó a su abuela en la mejilla y la mujer le correspondió con una cariñosa caricia en el rostro. Después se fue caminando calle abajo y la chica entró de nuevo en la casa. Pedro la vio cerrar la verja y luego la puerta de entrada a la casa y le dio la impresión de que allí, en aquella vivienda, quedaba encerrado un futuro de felicidad que había dejado escapar.

*

Notó a Natalia un poco extraña, un poco nerviosa, tal vez preocupada, pero no le dio demasiada importancia y lo achacó a su embarazo. Le preguntó si había ido al médico y ella le contestó escuetamente que sí y que todo parecía ir bien, que le habían hecho unas pruebas y le darían los resultados en unos días. Pero lo cierto es que una mañana, cuando se levantaron, Pedro se dio cuenta de que la sábana estaba ligeramente manchada de sangre. Al principio no pensó que tuviera nada que ver con el embarazo de Natalia, pero después de revisarse todo el cuerpo y comprobar que no tenía ninguna lesión visible, se alarmó ante la posibilidad de que su novia estuviera sufriendo un amago de aborto. Natalia dormía de frente a él. Él rodeó la cama y suavemente apartó las sábanas. El pijama de su novia estaba también manchado de sangre. Su primera reacción fue despertarla y avisarla de que algo no marchaba bien, pero de pronto una luz iluminó su cerebro. ¿Y si aquello fuera una señal de que no existía tal embarazo? Volvió a tapar su novia y se dirigió a la cocina a preparar el café.

Era lunes, el último lunes antes de que comenzara el curso de nuevo y hacía un sol resplandeciente. Tal vez aprovechara para pasar una tarde de tranquilidad y relax en la playa... o tal vez tuviera que pasar el día en urgencias del hospital. Cuando la cafetera terminaba su cometido Natalia apareció en la cocina con las sábanas enrolladas entre sus manos.

–Buenos días, cariño – dijo besándolo ligeramente en los labios.

Luego metió las sábanas apresuradamente dentro de la lavadora.

–¿Por qué lavas las sábanas hoy? – preguntó Pedro – Normalmente las cambiamos los sábados.

–Cierto. Pero este sábado se me ha olvidado. Oye ¿tienes algún plan para esta tarde? Yo había quedado con mi amiga Pilar para ir hasta La Coruña y mirar las últimas rebajas ¿Te importa?

Pedro negó con la cabeza. Las incipientes sospechas que habían sacudido su cerebro apenas unos minutos antes cobraban visos de convertirse en realidad. Natalia había descubierto las sábanas manchadas y no le había dado importancia alguna. Aquello no era una amenaza de aborto, aquello era una menstruación en toda regla, nunca mejor dicho. Y esa misma tarde iba a averiguarlo.



miércoles, 3 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 18

 


Cuando le comentó a su abuela su proyecto de hacer un pequeño viaje sola la mujer se mostró un poco reticente. A pesar de que Lucía tenía ya treinta y cinco años ella la veía todavía como una niña. Le parecía mucho más vulnerable de lo que en realidad era y siempre había desarrollado un enorme instinto de protección hacia la muchacha, sobre todo desde la muerte de sus padres, aunque cuando había ocurrido la desgracia ya era mayor. Era consciente, sin embargo, de que ese mismo instinto de protección le había llevado en su día a enemistarse con su nieta, pues Lucía, independiente como era, lo había confundido con un afán desmesurado por meterse en su vida. No la culpaba, al fin y al cabo los jóvenes a veces no entendían ciertas actitudes de sus mayores hasta que ellos mismo lo eran, pero había llevado ciertamente mal aquellos años de hostilidad y ahora que la había recuperado no deseaba perderla de nuevo. Por eso fue muy prudente a la hora de mostrarle su recelo a ese proyectado viaje que deseaba hacer sin más compañía que ella misma. A la abuela Soledad no le parecía que ese deseo fuera real. La verdad era que Lucía estaba sola, pues sus amigas de antaño tenían sus vidas, unas vidas en las que su nieta ya no encajaba porque las circunstancias de unas y de otras eran bien distintas. Las amigas de Lucía estaba casadas o vivían en pareja, algunas de ellas tenían hijos, y todo eso a ella se le había quedado por el camino, pegado a la piel de un hombre que la había abandonado.

Por todo ello, unos días después de que le comunicara sus descabelladas intenciones, se le ocurrió una idea que, seguramente, la haría desistir de las mismas. Tenían unos parientes en San Francisco, unos primos lejanos a los que no veía desde hacía muchos años, aunque mantenían contacto frecuente por diversos medios. Desde hacía tiempo insistían en que tenía que ir a hacerles una visita y a ella no le parecía mal del todo, simplemente le echaba para atrás le idea, precisamente, de viajar sola y tener que hacer transbordo de aviones en enormes aeropuertos desconocidos. Si le proponía a Lucía que la acompañara y ella aceptaba habría matado dos pájaros de un tiro, por un lado evitaría su viaje solitario y por otro habría encontrado la ocasión ideal para hacer aquella visita tantas veces pospuesta.

Así pues una noche de aquellas en las que tomaban el fresco sentadas en el porche trasero de la casa, le propuso la idea de manera sutil, para no despertar reticencias.

–Lucía, hija ¿sigues con la idea de tu viaje? – le preguntó.

–Supongo que sí, abuela. El verano pasado me agobió quedarme todo el tiempo aquí, en Madrid, así que este verano me gustaría ir a algún lado.

–Y.... ¿a dónde irás? Supongo que deberías ir preparando, mirando destinos.... ¿no?

–Es que no sé todavía a dónde quiero ir, tal vez a Atenas... o a Londres.... no sé.

Aquellas dudas eran perfectas. Estaba segura de que Lucía no vacilaría un instante en acompañarla a su aventura californiana.

–Lucía ¿recuerdas a Francisca y a Mateo?

–¿Tus primos de San Francisco? Claro que los recuerdo. Hace tiempo que no vienen por España. Tienen una nieta que debe ser de mi edad ¿verdad abuela?

–Exactamente. Marion se llama. Oye, Lucía, estoy pensando en ir a visitarlos. Me han invitado muchas veces y aunque nunca les he dicho que no, la verdad es que no me decido a hacer el viaje yo sola. No quiero estropear tus planes ni forzarte pero ¿te gustaría acompañarme este verano?

Lucía abrió los ojos como platos y miró a su abuela atónita. Nunca hubiera esperado semejante proposición, no tenía ni idea de que su moderna abuela pensara hacer un viaje a los Estados Unidos, pero desde luego estaba encantada de acompañarla.

–¿De verdad crees que necesitas preguntármelo? A la mierda mi viaje sola. ¿Cuándo nos vamos?

*

El tres de agosto Lucía y su abuela tomaban el avión rumbo a San Francisco con escala en Londres. Eran catorce horas de vuelo que a la chica no le hacían ninguna gracia. La abuela, sin embargo, se sentía entusiasmada ante aquel viaje tantas veces proyectado y soñado que nunca se había materializado hasta entonces, y era tal la emoción que la embargaba, que no pensaba ni le importaba lo más mínimo el hecho de tener que pasarse un montón de horas encerradas en aquel pájaro de hierro.

Llegaron al aeropuerto a las doce de la mañana y facturaron el equipaje. El vuelo salía a la una y media de la tarde. Mientras esperaban dieron una vuelta por el aeropuerto, tomaron un café y compraron unas revistas para entretenerse un poco durante el vuelo. Finalmente se subieron al aparato y pusieron rumbo a Londres y después a San Francisco.

Cuando ya estaban cruzando el Atlántico la abuela se quedó dormida. Lucía cerró los ojos e intentó hacer lo mismo, pero no lo conseguía. Entonces se puso a pensar en Pedro. No lo había olvidado, pensaba en él de manera puntual durante el día y casi todas las noches cuando se acostaba. A pesar de la decisión que él había tomado, no le guardaba rencor y nada le gustaría más que un día apareciese por sorpresa y le dijera que se había equivocado, que había comprendido que un hijo no es motivo suficiente para mantener unida a una pareja que ya no se ama, que no había podido olvidarla y que le perdonase. Sería hermoso que sus sueños se convirtiera en realidad y que pudieran emprender una vida juntos, esa vida tranquila y sencilla que ella había imaginado tantas veces. Una casa, unos hijos, un perro tal vez, algún viaje de vez en cuando, cenas y reuniones con los amigos, sus trabajos... no pedía más... ni menos. Con Lázaro le había faltado poco para conseguirlo, pero ese poco indefinido se había convertido en un escollo insalvable. Y luego todo se fue al garete. Con Pedro había pensado conseguirlo. Había tenido la sensación de que él era el hombre que esperaba desde siempre, ese ser a medida, esa otra mitad que existe en algún lugar del mundo y que a veces es imposible de encontrar. Ella había tenido la inmensa suerte de encontrarle, pero se le había escurrido entre las manos, como cuando de pequeña iba a pescar con su padre y los peces le resbalaban entre los dedos al intentar quitarlos del anzuelo.

A aquellas alturas ya tenía que haber sido padre y estaría inmensamente feliz con su hijo, tanto, que aquella felicidad ciega y rebosante le haría olvidar que Natalia no era la mujer de su vida y que ella, la mujer de su vida, había volado lejos de su lado y lo añoraba con insistencia

Miró por la ventanilla y vio el mar azul e inmenso allí abajo y sin saber muy bien por qué la invadió una incomprensible melancolía que hizo brotar de sus ojos una lágrima traicionera. Pedro... cómo lo echaba de menos, cuánto había llegado a amarlo pese al poco tiempo que pudieron disfrutar de su amor prohibido.

Cuando volvió la cabeza hacia su abuela, ésta había despertado y la miraba. Lucía se limpió apresuradamente las lágrimas con el dorso de su mano y le sonrió intentando disimular su congoja.

–¿Qué tal abuela? ¿Cómo te ha sentado esa cabezadita?

La abuela, en lugar de responderle, la siguió mirando con aquellos ojos grises normalmente tan vitales y que en aquellos momentos destilaban preocupación, inquietud.

–¿Qué ocurre, Lucía? ¿Por qué lloras? Pensé que estarías feliz de hacer este viaje conmigo y que se te olvidarían las preocupaciones.

Lucía tomó la mano de su abuela y la apretó entre las suyas. Le dedicó una sonrisa con la que intento borrar su pesadumbre y le dijo:

–Y estoy feliz, muy feliz de viajar contigo, abuela. Pero a veces, aunque no quiera, los recuerdos me abruman. Echo mucho de menos a Pedro. A lo mejor es una tontería lo que voy a decir, pero añoro la vida que nunca tuve junto a él, la vida que yo me imaginaba junto a él. Y... bueno, miraba el mar y me entró un poco la nostalgia. Pero estoy bien, de verdad.

Soledad se sintió aliviada y también sonrió levemente. Luego pensó en el número de teléfono de Pedro que guardaba en su propio teléfono. Tal vez algún día fuera necesario utilizarlo.

lunes, 1 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 17

 


María estuvo algunas semanas más en el hospital. Durante aquel tiempo Lucía acudía muchas tardes a visitarla. Casi siempre coincidía con la madre de María o alguna hermana. Todo el mundo parecía alegrarse del acercamiento que se había producido entre ambas y nadie, ni siquiera la propia María, nombraron en ningún momento a Lázaro ni a aquel bebé que había nacido pocos meses antes. Lucía sabía que cuando su amiga se repusiera del todo y saliera del hospital, en algún momento en que estuvieran solas hablarían de lo ocurrido. En el fondo era necesario para entender razones, para comprender actitudes, para perdonar y liberar el corazón de aquel resquicio de malestar que todavía lo agitaba cuando la mente volaba al pasado.

Ocurrió una tarde de principios de verano, ya terminado el curso, cuando se encontraron de casualidad paseando por las calles de una ciudad cuyo asfalto comenzaba ya a hervir con el sol de junio. María empujaba una sillita en la que iba sentado un bebé de unos meses que Lucía no dudo en identificar como el hijo de Lázaro, dado lo mucho que se parecía a él. Era la primera vez que veía al niño y la primera vez que se encontraba con su amiga fuera del hospital y del instituto, pues si bien es cierto que se habían acercado, todavía faltaba mucho para recuperar la complicidad de antaño, si es que fuera posible, y desde que María había salido del hospital apenas sí se habían vuelto a ver más que algún día en el instituto. Sin embargo aquella bochornosa tarde el destino se empeñó en que pasaran por el mismo lugar a la misma hora, parecía como si quisiera forzar un encuentro que aunque ambas sabían necesario, ni la una ni la otra se habían atrevido a plantear en su momento.

Después de saludarse con afecto, María le propuso tomar un refresco juntas en alguna terraza a la sombra, a lo que Lucía accedió a pesar de que estaba deseando llegar a casa, cansada como se sentía después de unas horas de compras.

No bien se hubieron sentado el niño se durmió y ante unas cañas bien frías mantuvieron una conversación no por necesaria menos temida. Comenzó de casualidad, al comentar Lucía lo pronto que se había dormido el niño y preguntar a su madre si era tan bueno como parecía, pues durante el tiempo que habían estado juntas no se había quejado para nada.

–Es bueno – respondió la madre – de bebé lloraba bastante debido a los gases, pero ahora es bueno, claro que antes su padre lo cuidaba mucho, ahora se lo lleva los fines de semana que le toca y ya está.

Lucía se revolvió incómoda en el asiento sin saber qué decir, o qué no decir. Finalmente optó por mantenerse callada esperando que María se lanzara a hablar.

–Nos hemos separado – dijo – las cosas no resultaron entre los dos. Lucía.... no sé cómo comenzar a decirte.... quiero pedirte perdón por lo que te hice, por haberte quitado a Lázaro... me.... me enamoré y no vi más allá.

Lucía suspiró, como siempre que se enfrentaba con una situación desagradable. Miró a su amiga de frente y le dijo:

–Me hiciste daño, ciertamente. Aunque con el tiempo me di cuenta de que separarme de Lázaro no fue tan malo. Conocí al amor de mi vida, María. Aunque ya no estoy con él, duró poco por circunstancias que no vienen al caso. Pero fui tan feliz a su lado... Me hizo olvidar a Lázaro.

María la miró interrogante, pues apenas entendía las palabras de su amiga. ¿Cómo era posible que después de permanecer tantos años al lado de un hombre, amando a un hombre, lo hubiera olvidado tan pronto?

–Lázaro no era la persona que yo pensaba – prosiguió Lucía – o mejor dicho, la persona que yo me empeñaba en dibujar para mí. Mi abuela, ya hace unos años, me dijo que lo había visto por la calle en actitud comprometida con otra mujer y yo no quise creerla. El amor hace que a veces vivamos ciegos ante lo que no queremos ver.

–Tienes razón. Yo fui una ilusa. No sé por qué creí que yo era especial y que podía hacerle cambiar.

Lucía miró asombrada a su amiga. Sus palabras cargadas de amargura le hacían suponer que María sabía cómo era Lázaro y aún así se había rendido ante sus pies. No dijo nada, la dejó continuar hablando y escuchó con atención.

–Estaba enamorada de él desde que éramos niñas, cuando apareció en el instituto y arrasó todo con su encanto. Pero él te prefirió a ti y yo supe que no podía hacer nada. Eras mi amiga y tenía que resignarme. Ya sabes lo que fue mi vida amorosa. Hoy uno, mañana otro... tuve oportunidades de una relación estable, pero fíjate tú qué tontería, a todos comparaba con Lázaro, con un amor adolescente que ni siquiera había llegado a probar. El tiempo borró la inocencia, mi inocencia, y cuando me di cuenta de que despertaba cierta atracción en él me lancé de cabeza sin importarme el daño que pudiera hacerte. Fui su amante durante unos años, aunque sabía que no era la única. Él me contaba que te quería, pero que la vida se había hecho algo aburrida a tu lado, que la rutina había ido ganando terreno y que sentía que necesitaba vivir nuevas experiencias. Nuevas experiencias.... ja, como si no las estuviera viviendo ya desde siempre. Un día me dijo que ya no aguantaba más y que quería probar a vivir a mi lado. El resto ya lo sabes. Luego me quedé embarazada.... pero Lázaro no está hecho para tener hijos. El niño fue el detonante de nuestra separación. Era buen padre, creo que lo sigue siendo, pero tenía que hacer grandes esfuerzos para soportar el llanto de Cristian cuando le daban los ataques de gases, incluso para cambiarle los pañales, y no fue capaz. Se fue de casa poco antes de mi accidente y ¿sabes qué excusa me puso?

Lucía negó con la cabeza mirando a aquella mujer que le hablaba con la misma amargura que había sentido ella dentro de sí tiempo atrás.

–Que se había dado cuenta de que todavía te quería y que estaba pensando en reconquistarte.

Lucía no pudo evitar echar su cabeza hacia atrás y estallar en una sonora carcajada. No entraba en sus planes volver con Lázaro ni por asomo, no volvería a tropezar en la misma piedra. Había conocido lo que era el amor de verdad, ese sentimiento puro, profundo, que hace que veas a la persona amada no solo como amante sino también como amigo y confidente. No, con Lázaro jamás había sentido eso a pesar de haber pasado tantos años a su lado. Eso sólo lo había sentido con Pedro. Era probable que no pudiera recuperarlo jamás. Era posible que a lo largo de su vida fuera encontrando otros amores, y aunque en aquellos precisos momentos no le apetecía iniciar una nueva relación, sí deseaba en un futuro volver a encontrar el amor, disfrutar de las caricias y los besos de alguien que la amara, perderse en una noche de fiesta o pasar una tarde de domingo en casa viendo alguna película mientras fuera la lluvia golpeaba con fuerza los cristales. Pero nada de eso iba a suceder con Lázaro, eso lo tenía más que claro.

–¡Valiente tontería! – dijo cuando por fin paró de reír – Pero ¿qué se cree ese tío? ¿Que yo estoy tan desesperada como para volver a su lado después de mentirme y engañarme como lo hizo? Por mí puede esperar sentado.

–¿No se ha puesto en contacto contigo? – preguntó María.

–Por supuesto que no, y espero que no lo haga. Lo que menos deseo es tener que enfrentarme a él.

El pequeño Cristian despertó y su madre lo tomó en brazos.

–No sé, Lucía. Ya sabes que Lazaro es muy convincente, muy insistente. Y yo siempre os vi como la pareja ideal. Bueno, siempre no, hasta que me enteré de sus correrías.

A Lucía le estaba molestando un poco aquella conversación. Tal parecía que María estuviera empeñada en volver a emparejarla con su antiguo novio. Admitía su perdón y a pesar de lo ocurrido deseaba volver a recuperar la profunda amistad que había existido entre ambas, pero le gustaría también relegar a Lázaro a un rincón de sus recuerdos.

–No lo éramos ni lo vamos a volver a ser – dijo dando por zanjada la conversación.

Miró el reloj y se dio cuenta de que habían estado allí sentadas más de una hora. Tenía que volver a casa o de lo contrario su abuela comenzaría a preocuparse.

–Tengo que marchar María, se me está haciendo muy tarde. ¿Te quedarás todo el verano en Madrid? – preguntó levantándose de la silla y recogiendo las bolsas que había posado en el suelo.

–Supongo que iré unas semanas al pueblo, a ver a mis abuelos ¿Y tú?

–No lo sé. Igual me hago algún viaje sola, me apetece probar eso de viajar en soledad. A ver cómo se me da.

Se despidieron con el propósito de verse pronto y cada una siguió su camino.



miércoles, 27 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 16

 


Volver a madrugar, a recorrer Madrid en metro mientras escuchaba música o leía un libro, volver a tratar con los chicos... todas esas cosas que daban sentido a su vida volvieron a estar presentes en septiembre, cuando el curso comenzó. La verdad era que ya estaba un poco harta de aquel verano ocioso que parecía no tener final. Necesitaba volver al trabajo para tener otra vez ocupada la cabeza.

El nuevo instituto estaba a dos paradas de metro, situado en un buen barrio, con modernas y amplias instalaciones. Pintaba bien. Si el alumnado era estudioso, con interés y tranquilo, ya sería el colmo de la felicidad. Y puede que lo fuera si no la estuviera esperando una desagradable sorpresa: la otra profesora de literatura era su ex amiga María. Cuando la directora las presentó apenas podía creer que el momento fuera real. Le parecía estar viviendo dentro de una pesadilla. Con lo grande que era Madrid que se la fuera a encontrar en el mismo centro de trabajo era una posibilidad que jamás se le había pasado por la mente. Pero allí estaba, delante de sus narices, con la misma cara de asombro que seguramente tendría ella misma, manteniendo el tipo como podía y saludándola con unas palabras ininteligibles antes de dar media vuelta y desaparecer de forma artificialmente apresurada. Marta, la directora, una mujer entrada en años, a punto de jubilarse, que había visto de todo entre los elencos de profesores con los que había tenido que bregar, se la quedó mirando con gesto de asombro y le preguntó si la conocía. Lucía asintió lentamente.

–Y me da la impresión de que no es precisamente amistad lo que hay entre vosotros – afirmó más que preguntó Marta.

–No precisamente – respondió Lucía.

–Pues siento decirte que compartís curso. Tendréis que poneros de acuerdo de vez en cuando para algún tema que os incumba. Es mi último año, te ruego que no me pongáis las cosas muy difíciles.

Lucía no pudo menos que sonreír ante el tono de súplica de la pobre mujer.

–No te preocupes – le contestó – Sé separar mi vida personal de la profesional. No será plato de buen gusto, pero me llevaré bien con ella. En aras a los viejos tiempos.

No estaba, sin embargo, muy segura de poder cumplir aquella promesa. Tener a María cerca significaba regresar a un pasado que necesitaba olvidar. No deseaba saber nada de su vida y mucho menos de la de Lázaro. Así se lo contaba a su abuela de regreso de su primera jornada de trabajo, mientras la mujer la escuchaba totalmente asombrada ante la absurda coincidencia que traería de nuevo infelicidad a su nieta.

–¿Y no se puede hacer algo? No sé... a lo mejor puedes pedir el traslado a otro instituto – propuso.

–Que va, lo único que puedo hacer es pillar una baja si veo que no puedo con la situación. Pero intentaré no hacerlo. No te preocupes abuela – dijo Lucía posando su mano sobre el hombro de la mujer – al parecer mi signo es luchar contra el pasado, pero ya sabes cómo soy. Tendré paciencia.

Así pues comenzó su andadura en el nuevo instituto. Le asignaron dos grupos de primero de bachiller y uno de segundo. Los otros dos grupos de primero eran para María. Afortunadamente el itinerario de las clases estaba señalado, tanto el temario como los libros que los chicos habían de leer, así que las cosas sobre las que, como había dicho la directora, debían de ponerse de acuerdo, eran mínimas. Se veían todos los días en la sala común de profesores. Allí era el lugar en el que Lucía se enteraba de detalles de la vida de su ex amiga y su ex novio que no le importaban en absoluto, pero es que María no había cambiado y siempre había sido de las que aireaba detalles de su vida sin importarle lo más mínimo que se convirtieran en temas de dominio público. Contaba a grito pelado la mala noche que les había dado el niño porque le estaban saliendo los dientes, o el maravilloso viaje que había hecho aquel verano con Lázaro a Isla Mauricio. Así Lucía supo que todo les iba muy bien y que eran muy felices. No paraban de hacer cosas, de salir los fines de semana aquí y allá, de viajar, aunque fuera al pueblo de al lado, en resumen, de disfrutar de una existencia de la que ella y Lázaro no habían disfrutado jamás porque al señorito no le apetecía. Aquello no era otra cosa que una muestra más de que su cariño llevaba tiempo fuera de combate. María había sido la guinda del postre, el empujón que necesitaba para abandonarla, nada más. Asumirlo no era plato de buen gusto, aunque en el fondo sentía que debía darle igual. Después de conocer a Pedro ¿qué coño le importaba Lázaro? Por ella podían irse de viaje al infierno. A veces pensaba que incluso estaría bien intentar un acercamiento a María y proponerle retomar la amistad perdida, a lo mejor así ella se daba cuenta de que la ruptura con Lázaro estaba más que superada y que le importaba un pimiento que fueran tan felices, es más, les deseaba que fueran mucho más felices todavía. Lo malo es que no le salía. Para que pudiera acercarse a María le faltaba un puntito de hipocresía y le sobraba demasiada sinceridad. Lucía no era buena actriz, nunca lo había sido sobre el escenario y mucho menos en la vida diaria.

Durante aquel tiempo se dirigieron la palabra en tres o cuatro ocasiones y de manera escueta, para comentar la lectura de algún libro o sincronizar el contenido de sus clases, y fuera de las historias que María contaba en la sala de profesores Lucía no sabía más sobre ella ni necesitaba saberlo.

A mediados de curso, pasadas las Navidades, Lucía se dio cuenta de que María no era la misma. Estaba pálida y ojerosa y ya no era la alegría de la sala común. Caminaba con paso cansado y en alguna ocasión Lucía creyó ver en su cara señales de haber estado llorando. Otros profesores también se dieron cuenta de aquel extraño y repentino cambio. Un día alguien le preguntó si estaba enferma y respondió que no, que tenía algunos problemas personales pero que estaba perfectamente sana. La directora le dijo que si lo consideraba necesario se podía coger una baja o al menos unos días de descanso, pero ella respondió que no, que necesitaba acudir al trabajo porque estar entretenida era la mejor forma de no pensar. Lucía intuyó que su ex amiga había descubierto la cara real de Lázaro. Pronto lo había hecho, no como ella que había perdido veinte años de su vida al lado de aquel impresentable.

Un poco antes de las vacaciones de Semana Santa el departamento de Lengua y Literatura organizó una salida al teatro con los chicos. María, la otra profesora de literatura y Lucía eran las encargadas de los alumnos, que se mostraron entusiasmados ante aquella pequeña fiesta que venía a poner un poco de luz en la rutina de las clases.

La función resultó interesante y entretenida. Nadie imaginaba lo que iba a ocurrir a la salida. María parecía más animada que de costumbre, tal vez un poco nerviosa y distraída, quizá fuera esa distracción lo que no le permitió ver el coche que venía a demasiada velocidad y que se la llevó por delante mientras los chicos estaban subiéndose al bus que los llevaría de vuelta a casa. El cuerpo de la mujer dio una voltereta en el aire y quedó tendido en el suelo en una postura imposible.

Lucía sintió una sensación extraña al ver a su antigua amiga en el suelo. De pronto desfilaron por su mente imágenes como fotogramas de los momentos felices que habían pasado juntas, y con un grito desgarrador corrió hacia ella olvidando todos los rencores que en aquellos momentos no tenían cabida en su corazón ablandado por la tragedia. Lucía se arrodilló al lado del cuerpo de María y posó su cabeza en el pecho de ella en un intento desesperado por escuchar los latidos de su corazón. Latía, sí, latía con fuerza, lo que quería decir que estaba viva. La gente comenzó a arremolinarse en torno a la accidentada, algunos de los alumnos gritaban y otros lloraban. Ruth, la otra profesora, intentaba calmarlos inútilmente. Lucía tomó las riendas de la situación. Llamó una ambulancia y le aconsejó a su compañera que llevara a los alumnos hasta el instituto y que allí diera la noticia del accidente.

–Yo iré con ella al hospital y os llamaré en cuanto sepa algo de su estado.

Así lo hizo. La ambulancia llegó pronto y se llevaron a María al hospital, donde tras un detallado examen, quedó ingresada con un par de costillas y un brazo rotos y un traumatismo craneoencefálico leve. Según los médicos había tenido mucha suerte, el golpe en la cabeza había sido amortiguado por su propio brazo.

Eran más de las doce de la noche cuando Lucía salió del hospital y dejó atrás a María. No sabía si habían avisado a sus familiares, suponía que sí, ella había llamado al instituto y la directora se había presentado poco después. Afortunadamente todo había quedado en un buen susto.

Los días siguientes fueron extraños. Lucía no sabía qué hacer. Tenía noticias de María por boca de los demás profesores, pero dudaba si debía ir a visitarla o no. Se acordaba de aquella sensación que la había envuelto cuando vio su cuerpo tirado sobre el asfalto, sin saber si estaba viva o muerta. En aquellos momentos poco había importado el enfado por el agravio cometido. En aquellos momentos María había vuelto a ser su amiga, la amiga de siempre con la que había compartido lo que jamás volvería a compartir con nadie. A lo mejor había llegado el momento de olvidar y comenzar de nuevo. Tal vez el accidente hubiera sido una señal para indicar que ya estaba bien de perder el tiempo en disgustos antiguos.

Así pues, una tarde Lucía se dirigió al hospital. Sólo esperaba no tener que encontrarse con Lázaro, en realidad no deseaba encontrarse con nadie. Quería que el momento del reencuentro fuera únicamente para ellas dos.

Cuando llegó, la puerta de la habitación estaba entornada. Los nervios hacían que su corazón latiera con fuerza. Dio unos golpes suaves y escuchó la voz de María que le indicaba que podía entrar. Lo hizo y la vio allí, frente a ella, postrada en la cama, llena de vendajes por todas partes. Se acercó lentamente sintiendo sobre sí la mirada escrutadora y asombrada de su amiga, viendo como sus ojos se volvían acuosos y una lágrima revoltosa e inquieta surcaba su mejilla erosionada por las heridas.

–Lucía – dijo con labios temblorosos.

Lucía se sentó en la cama, a su lado, y se fundieron en un abrazo que terminó con aquellos años de enojo.

lunes, 25 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 15

 



–Fue todo tan corto y la despedida tan dolorosa....Creo que lo que más me ha dolido es que con él sentía que por fin había encontrado al amor de mi vida y sin embargo...se me escapó.

Hacía dos días que Lucía había regresado a Madrid. Vivía en casa de su abuela y no sabía si se buscaría algo para ella o si se quedaría allí definitivamente. Ahora se daba cuenta de que se había precipitado un poco vendiendo su piso. A veces las cosas no salen como uno piensa y se tiene que regresar al punto de partida.

Aquella noche se encontraban ambas sentadas en el porche trasero de la casa, frente a la piscina, hablando de Pedro, de su próxima paternidad falsa y de su amor fallido.

–Te acuerdas abuela? Hace unos meses, por Navidad, una noche en la que también estábamos aquí sentadas y tú me animabas a luchar por el amor de Pedro. Luché...y perdí.

La abuela Soledad miró a su nieta con lástima. Realmente era una buena chica que no se merecía lo que le estaba ocurriendo. Pero a veces la vida es así de injusta y te da una de cal y otra de arena. Y parecía que en el terreno afectivo a Lucía le daba cal, mucha cal. Primero el impresentable de Lázaro y ahora este muchacho. Pero la abuela Soledad presentía que la historia que acababa de contar su nieta acabaría bien, que Pedro volvería a su lado cuando supiera que Natalia no estaba esperando un hijo, pues el egoísmo de esa chica no permitiría que se embarazara de verdad. No le dijo nada a Lucía para no darle falsas esperanzas. Tampoco le dijo que hacía apenas dos semanas que había visto a su antiguo novio por la calle, paseando feliz al lado de la que había sido su mejor amiga y con un bebé en un cochecito. En lugar de eso decidió contarle su propia historia, algo que jamás había confesado a nadie.

–Conocí a tu abuelo cuando yo apenas tenía diecisiete años. Había llegado al pueblo con sus padres, que regresaban de Cuba. Venían con dinero y aunque el muchacho no era muy guapo, sí era simpático, resultón y todas las mozas se lo rifaban. No sé lo que vería en mí, pero enseguida comenzamos a salir juntos, bueno salir.... hablar de vez en cuando a la salida de misa y dar un paseo los domingos. Unos meses después él conoció a otra chica y me dejó. Ella era muy diferente a mí, al menos físicamente y supongo que en su comportamiento también, yo era una chica acomodada, tranquila... y ella era mucho más extrovertida que yo. El caso es que al cabo de un año se dejaron y tu abuelo regresó a mí. Nunca quise saber por qué habían roto y durante un tiempo salí con él con ánimos de tomarme la revancha, aunque finalmente pudo más el amor que le tenía. Lo que quiero decirte con esto es que si el amor es de verdad siempre triunfa, Lucía, y Pedro seguro que regresará a tu lado.

–Pero en tu caso no había un hijo por el medio abuela – respondió Lucía con tristeza.

–En el tuyo tampoco.

Lucía suspiró y miró el reflejo de la luna en la piscina. Recordó aquella vez en Oporto, meses atrás, cuando una noche de luna llena, como aquella, Pedro le había hecho el amor sobre la alfombra blanca y mullida de aquel salón impersonal, comenzando un torbellino de sentimientos que había durado más bien poco.

–No sé por qué le quiero tanto – dijo – pero le quiero. Y me hubiera gustado estar a su lado el resto de mi vida. En fin, no voy a vivir de recuerdos, toca olvidar de nuevo. Me voy a la cama, estoy cansada.

La abuela Soledad se quedó un rato más. A ella también le gustaba mirar la luna reflejada en el agua de la piscina mientras pensaba. Se dio cuenta de que a su nieta le había quedado el móvil encima de la mesa y al cabo de un rato lo cogió. Sabía que no debía hacerlo y que si Lucía se enteraba volverían a estar a la greña, pero rebuscó entre sus contactos hasta dar con Pedro. Durante unos segundos no apartó la vista del número. La tentación de llamarlo estaba allí presente y la empujaba con insistencia. Miró el reloj. Era demasiado tarde. Anotó el número en su propio móvil y después ella también se fue a la cama.

*

Aquel fue un verano inusual para Lucía, marcado por su regreso, por la melancolía, por el recuerdo del amor fallido de Pedro y de la ingratitud de Jorge, por los calores extremos que inundaron Madrid durante aquellas semanas. Su abuela le decía que contactara con sus antiguas amigas y que se apuntara con ellas a algún viaje, aunque fuera corto, al menos le serviría para alejarse de una ciudad desierta y distraerse de sus nostálgicos pensamientos. Pero las amigas que Lucía había tenido en el pasado se encontraban desperdigadas por el mundo. Casi ninguna vivía en Madrid, salvo María, a la que desde luego no pensaba acudir.

Un atardecer de agosto, sentada en una terraza de la Gran Vía, la vio de lejos. Iba empujando el cochecito de un bebé. Lucía supuso que sería hijo suyo y de Lázaro. Seguramente formaban una familia feliz, igual a la que en un futuro próximo formarían Pedro y Natalia con su retoño. Recordó sus años de adolescencia y juventud al lado de María y sintió una punzada de añoranza. Se habían conocido en el colegio, cuando los padres de su amiga habían llegado a Madrid para trabajar, procedentes de un pueblo de Andalucía. Ella era una chica simpática y y habladora, con un carácter extrovertido pero a la vez tranquilo, muy parecido al de Lucía. Tal vez por eso se hicieron amigas tan pronto, por eso y porque descubrieron que tenían muchas cosas en común. Se podían pasar horas hablando de libros, de música, de cine o de chicos sin que se cansaran de estar juntas. El segundo verano María la invitó a conocer su pueblo andaluz y allí pasó Lucía unos días de vacaciones junto a la familia de su amiga, que casi se convirtió en su propia familia, antes de marchar con la propia al pueblo de Galicia. Luego, cuando Lucía se hizo novia de Lázaro, María comenzó a salir con un chico llamado Ernesto con el que llegó a estar casi dos años. Pero era demasiado inquieta como para aguantar mucho al lado de un hombre. Decía que le asustaban los compromisos y que con el tiempo los hombres acababan convirtiéndose en unos personajes aburridos que sólo se interesaban por el sexo, por beber cerveza y por ver fútbol en la tele. Lucía pensaba que lo único que le ocurría era que no había encontrado el hombre adecuado. Y mientras que no lo encontró fueron felices con esa amistad tan plena y cómplice que mantenían. Hasta que ocurrió lo que ocurrió. Jamás pensó que entre su novio y su mejor amiga pudiera haber algo más que una simple amistad. Es más, siempre había pensado que a Lázaro no le caía demasiado bien María. Al principio se quejaba de que siempre iba con ellos a todos lados y no les dejaba momentos de intimidad. Con el tiempo llegó a tratarla con una casual indiferencia que al parecer no era tal. Tal vez fuese una pose estudiada para esconder la verdadera relación que mantenían.

Lucía tomó un sorbo de su cerveza y pensó que poco tiempo después ella había pasado a ocupar con respecto a Natalia el mismo lugar que María había ocupado con respecto a ella y se sintió mal. Siempre se sentía mal cuando aquellas reflexiones le venían a la mente, porque llegaba a la conclusión de que ella no era mejor que su antigua amiga. Claro que en su caso había llevado las de perder. Apartó de su cerebro aquellas cavilaciones que, afortunadamente, ocupaban cada vez menos su cabeza, y pensó que dentro de apenas un mes, cuando el curso comenzara, la vida le daría la oportunidad de conocer a gente nueva que le ayudaría a pasar página y comenzar de cero de verdad y de una vez. No sabía que una sorpresa especial le esperaba en aquel instituto de barrio.

*

Una semana antes de comenzar el curso recibió una inesperada llamada. Cuando el móvil sonó y vio el nombre de Jorge reflejado en la pantalla dudó si contestar. Finalmente lo hizo cuando la comunicación estaba a punto de cortarse.

–Hola Jorge – dijo sin atisbo alguno de entusiasmo.

–Hola Lucía.... ¿Qué tal? ¿Cómo estás? Hace tiempo que no sé de ti y me dije.... voy a llamarla.

No sabía a qué le sonaban aquellas palabras, tal vez a arrepentimiento. Lucía nunca había sido especialmente rencorosa y estaba dispuesta a perdonar la afrenta de Jorge, aunque estaba segura de que le costaría retomar la complicidad de antaño. El el fondo daba un poco igual. Ahora él estaba a muchos kilómetros y seguramente el tiempo y la distancia acabarían haciendo que su amistad quedara de nuevo latente, como había permanecido todos aquellos años.

–Bueno, estoy todo lo bien que se puede estar dadas las circunstancias. Dos fracasos sentimentales en tan poco tiempo no son plato de buen gusto. Pero resistiré, para seguir viviendo, como dice la canción.

Se escuchó una leve risa al otro lado.

–Y tú por Bolonia ¿Qué tal?

Jorge le contó su nueva vida en Italia, lo feliz que se sentía con su nueva ocupación, lo maravillosa que era la ciudad y la gente nueva que había conocido. Al despedirse le habló de la pareja que ambos habían dejado atrás.

–Pedro no sabe que Natalia no está embarazada. Bueno al menos no lo sabía. Aunque al parecer ella está empeñada en quedarse...

–Jorge, déjalo. Ya me sé la historia, no hace falta que me cuentes más ni quiero saber nada de la vida de esos dos. Pedro ya hizo su elección y de nada me vale pensar en él ni saber de su vida.

–Es que me siento un poco culpable de todo lo que está ocurriendo.

–Pues no te sientas. Olvida todo y tan amigos Jorge. De verdad que no merece la pena.

Se despidieron con mucho más afecto del que sintieron cuando comenzaron aquella corta conversación. Lucía se sintió un tanto aliviada. No sabía que aquella mejoría en su ánimo sería sólo momentánea.



sábado, 23 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 14

 


El lunes Lucía acudió al instituto arrastrando la tristeza de todo el fin de semana, sabedora de que se iba a encontrar con Pedro y temerosa de lo que él pudiera decirle. Esta vez fue ella la que intentó esquivarlo durante la mañana, y a la hora del recreo sacó un café de la máquina y se fue al banco del paseo. Hacía una preciosa mañana de primavera. Faltaban solo dos semanas para terminar el curso y tenía que reconocer que le daba pena dejar aquello y regresar de nuevo a Madrid. Había llegado con tantas ilusiones, con tantas esperanzas... pero nada había salido como había pensado. En realidad no había pensado nada, no tenía ningún proyecto salvo dar clase y olvidar su anterior vida con Lázaro. En sus planes no entraba la posibilidad de encontrar el amor de nuevo y sin embargo.... lo había encontrado y ahora amenazaba con írsele de las manos y dejarla sumida en el desencanto.

Escuchó unos pasos que se acercaban a su espalda y supo que era él. Su corazón comenzó a latir de manera acelerada y sintió que no podía respirar. Cerró los ojos y con esfuerzo llenó de aire sus pulmones. Pedro se sentó a su lado y ella abrió los ojos y le miró con infinita tristeza.

–Lo siento – dijo él – Lo siento Lucía, te juro que yo no sabía nada.

No, claro que no lo sabía, de eso estaba ella absolutamente segura.

–Me... me hace sentir mal pensar que.... que a ella también te la follabas – dijo con rabia.

–Por favor, no seas soez, no es tu estilo.

–Vaya, ahora resulta que soy soez porque le llamo a las cosas por su nombre. Pues lo siento Pedro, pero me fastidia enormemente pensar que la has dejado preñada mientras te acostabas conmigo, a pesar de que no tengo derecho, el derecho lo tenía y lo tiene ella. Pero bueno, supongo que la situación es... inevitable.

Quedaron en silencio durante unos segundos. Lucía miraba el mar como queriendo despedirse de él y Pedro miraba la hierba y jugueteaba con la punta del zapato en la tierra.

–¿Qué va a pasar con nosotros, Pedro? – se atrevió a preguntar Lucía.

–No lo sé – contestó él al cabo de unos segundos – Yo te quiero, mi amor por ti no ha cambiado nada pero.... ese niño...

Lucía se levantó del banco con pena, con la misma pena que la había llevado hasta allí. Decidió que hablaría con la dirección del Instituto para poder adelantar su regreso a Madrid, estaba claro que allí no pintaba nada.

–No me hace falta más respuesta – dijo – en el amor no puede haber ningún “pero”. Quédate con Natalia y con tu niño y sé muy feliz.

*

Tres días después Lucía hacía las maletas para regresar a Madrid. Había pedido permiso en el instituto y el director no le había puesto problema siempre que dejara la evaluación final lista. Había dedicado aquellas tres jornadas a ultimar los detalles de su trabajo y ahora sólo le quedaba recoger sus cosas y regresar al lugar del que no debió haber salido nunca.... o sí. Se sentó en la cama con una sensación de derrota que se difuminó casi al instante al pensar en Pedro. Y es que contrariamente a lo que le había ocurrido con Lázaro, la ruptura con Pedro no le provocaba odio, sí dolor, pero no odio, más bien al contrario. Se marchaba a Madrid con el corazón lleno de amor, de ese amor con el que siempre había soñado y que había encontrado en aquel muchacho tierno, tímido, cariñoso. A pesar de los años transcurridos al lado de Lázaro, Pedro era el amor que había estado esperando desde siempre, pero apenas le había dado tiempo a disfrutarlo. Se le escurría de las manos por una causa mayor y ella debía de retirarse en silencio, sin escándalos.

A pesar de la calma que sentía no pudo evitar que las lágrimas llamaran a la puerta de sus ojos y pasaran sin llamar. Para distraerse un poco decidió salir a dar un paseo. Se puso su chandal rosa y bajó las escaleras despacio. Escuchó voces en el garaje. Era Jorge, que acababa de llegar de trabajar. Hablaba demasiado alto y a Lucía le dio la impresión de que regañaba con alguien. Se acercó a la puerta que daba a las escaleras del garaje y escuchó.

–No voy a ser tu cómplice, Natalia, no lo voy a hacer. Tu plan me parece una locura.

Al oír nombrar a Natalia, Lucía escuchó con más atención. Cómplice de una plan, decía Jorge, ¿de qué plan?

–Que no, Natalia, que no, que esas no son maneras. Si no estás embarazada tarde o temprano se va a descubrir y después será mucho peor. ¿Acaso te crees que Pedro se va a quedar a tu lado cuando descubra tu mentira? No se puede obligar a nadie a amar y lo único que conseguirás es hacerle infeliz, a él y a unas cuantas personas más.

Lucía no quiso seguir escuchando. Se alejó de la puerta y se apoyó en la pared. Un ligero mareo nublo su mente y tuvo que reprimir un vómito. Natalia estaba fingiendo su embarazo y Jorge lo sabía. Pero ¿con qué clase de gente estaba? Ni siquiera Jorge era un hombre cabal, era un miserable que se prestaba a un juego atroz.

La puerta se abrió de repente y apareció Jorge. Al ver a Lucía allí, frente a él, apoyada en la pared, se paró en seco y se la quedó mirando. Enseguida supo que lo había oído y no se le ocurrió nada que decir.

–Eres un miserable – le dijo ella – ¿Cómo has podido?

–No es lo que parece. Yo no quería... tú me has escuchado hablar con ella.

Ella no le respondió. Salió de la casa y enfiló camino abajo. Caminó con prisa y con ansia, hasta que llegó a la playa y se sentó en la arena. Su corazón latía con fuerza y se tomó un tiempo para calmarse. Estaba sola y oscurecía. Cuando se sintió más tranquila sacó su móvil del bolsillo y marcó el teléfono de Pedro. No había vuelto a hablar con él desde su “despedida” en el banco del paseo, a pesar de que se habían visto alguna vez más en el instituto. Puesto que él había tomado la decisión de permanecer el lado de Natalia, y ella la de regresar a Madrid, Lucía creyó que tener el mínimo contacto sería lo mejor. Por eso no lo había llamado ni se había acercado a él. Él tampoco lo había hecho. Sin embargo ahora tenía que contarle la conversación que había escuchado, aunque tal vez no sirviera para nada.

El teléfono sonó cinco veces antes de escuchar la voz de Pedro al otro lado de la linea.

–Hola, Lucía, ¿cómo estás?

–Ha tenido tiempos mejores – respondió ella, sintiendo un escalofrío al volver a oír aquella voz que tanto la seducía – Pedro, tengo algo que decirte.

–Lucía... es mejor no dar más vueltas al asunto, de veras. Ya no hay remedio.

–Es que me he enterado de algo que tienes que saber....

–Por favor, Lucía. No lo hagas más difícil. Te quiero, no te puedes imaginar cuánto. Jamás serás capaz de comprender todo el amor que guardo para ti en mi corazón, pero no puedo dejarla ahora. Ese niño necesita un padre y yo también lo necesito a él.

–Pero...

–Adiós Lucía. Sé feliz. Ojalá algún día volvamos a vernos y puedas perdonarme todo el daño que te estoy haciendo. Te juro que yo no quería.

La línea se cortó sin más y Lucía comprendió que todo estaba perdido. Él no deseaba escucharla y era probable que si se decidiera a hacerlo no la creyera. Se levantó de la arena y se sacudió la ropa. Había perdido la guerra y no le quedaba más opción que la retirada.

Regreso a la casa arrastrando su fracaso, ya sin fuerzas para llorar. Allí la esperaba Jorge que, suplicante, le pidió perdón nada más verla entrar, como si la estuviera esperando exclusivamente para ello.

–Por favor, Lucía, tienes que creerme. Cuando Natalia me contó su plan no pensé que lo fuera a poner en práctica. A mí tampoco me gusta lo que está haciendo.

–Déjalo, Jorge, no te esfuerces. No me interesa nada de lo que puedas decirme. Está claro que entre su amistad y la mía prefieras la de ella, y no te lo reprocho. Al fin y al cabo yo regresé de la infancia y tal vez forcé una complicidad que había dejado de existir. Espero que te vaya muy bien en Italia. Yo mañana me regreso a Madrid, de donde nunca debí haber salido.