sábado, 21 de noviembre de 2020

Tu soledad y la mía

 




María se levanta casi siempre sobre las 10 de la mañana. Está despierta desde mucho antes, pero sus dolores de huesos no le dan tregua y donde mejor está es en la cama. A veces, en el invierno, desayuna y se vuelve a acostar, que total para lo que tiene que hacer, bien le llegan las horas.

María tiene 86 años y vive sola desde que hace tres su marido, Raimundo, pasara a mejor vida. Lo echa mucho de menos. No le daba mucha conversación, todo hay que decirlo, su marido siempre fue hombre de pocas palabras, pero le hacía compañía. Por la mañana le iba a por el pan y por las tardes, mientras ella echaba una pequeña siesta, él bajaba al bar a jugar la partida con sus amigos. Luego veían un poco la tele, cenaban, volvían a ver la tele… y al marchar a la cama siempre le llevaba un vasito de leche para tomar la pastilla de la tensión. No sabe bien por qué, pero el recuerdo de ese gesto tan simple le provoca que una lágrima traicionera resbale por su mejilla y le hace ver lo sola que se siente.

María y Raimundo no tuvieron una infancia fácil, como casi toda la gente de su época. Salvo que fueran ricos, criarse en la posguerra tuvo más luces que sombras, entre cartillas de racionamiento y el miedo reflejado en los rostros de muchos. Luego las cosas fueron mejorando. Raimundo trabajó como ferroviario y ella crio a los dos hijos que tuvieron Luis y Carmen. Cuando su marido murió su hija insistió para que se fuera a vivir con ella. Pero María le dijo que no, que todavía se valía por sí misma. Ni por un instante pensó que se iba a sentir tan sola. Además Carmen tiene su vida. Se divorció hace años, no tuvo hijos y está a punto de jubilarse como profesora. Siempre está de aquí para allá, así que ella solo sería una carga y por nada del mundo desea serlo.

Luis, por su parte, le dejó caer que siempre podría ir a vivir a una residencia, que las de ahora no son como las de antes, ahora tienen todas las comodidades, hasta médico. Claro que son más caras, pero entre su pensión y lo que él podría aportar… por eso no habría problema. Podía pensárselo. Pero María no tenía nada que pensar, a pesar de que la soledad caía sobre ella día tras día como una pesada losa, mientras pudiera valerse por ella misma nadie la sacaría de su casa. Además está Lucía, su nieta preferida, la pequeña de Luis. Desde hace cosa de dos meses la visita casi todas las tardes. Y eso la reconforta.

Lucía acaba de cumplir 26 años. Trabaja de recepcionista en un hotel. Un año después de morir su abuelo se independizó. Quería probar lo que era vivir sola. No es que le molestaran sus padres y su hermano, que por cierto no se va de casa ni aunque lo echen el tío, pero creía que ya era hora de lanzarse. Y le gustó. Gozaba de total libertad para entrar y salir cuando le venía en gana, no tenía que dar cuentas a nadie si la casa estaba ordenada o no, si iba a llegar tarde o temprano… que sí, que vivir sola era una gozada. Le gustaba tanto que había fines de semana en los que ni siquiera salir a tomar algo. Era feliz viendo una película, leyendo un libro o escuchando música, no le hacía falta nada más.

Últimamente se le ha dado por visitar a su abuela casi a diario, cuando los turnos de trabajo se lo permiten. Y es que un día se dio cuenta de que estaba un poco triste. Seguramente echaba de menos al abuelo, toda la vida juntos… y ahora se le había borrado la sonrisa y había perdido brillo en sus ojos. Lucía está segura de que necesitaba compañía. Pues por ella no va a quedar. Cuando tiene libre las tardes va a verla y pasa con ella una horita o dos, ven la tele, o simplemente charlan, a veces incluso se queda a cenar. Sin las mañana las que libra siempre salen a dar un paseo, a no ser que el tiempo no acompañe. Algún día hasta se la llevo de compras y le compró…¡unos pantalones! María no quería, pensaba que su nieta estaba loca, pantalones ella, pero al final le dio la razón, anda que no son calentitos para el invierno.

Lucía piensa en lo que es la soledad. Para unos un disfrute, para otros un lastre. Y da por bueno sacrificar la satisfacción que le produce su propia soledad si con ello pone un punto de color en la soledad no buscada de su abuela. La soledad….sentimiento ambiguo donde los haya.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 33

 





No me hundí, no merecía la pena. Tampoco hui, como la otra vez, me limité a seguir mi vida sin más y a tratar de borrar de mi recuerdo aquellos dos días pasados a su lado. No voy a decir que me resultara fácil porque estaría mintiendo. Tuve mis momentos de debilidad, de lágrimas y de resentimiento, pero intenté ocupar mis horas en actividades que me permitieran entretener mi mente en asuntos más interesantes que regocijarme en mi propia desdicha, por ejemplo, preparar mi regreso a la escuela. Después de mucho papeleo y un tiempo de espera conseguí mi puesto en el colegio de un pueblo cercano. Me gustó aquel destino mucho más que si me hubiera correspondido Valencia, pues lo que necesitaba en aquellos momentos era la tranquilidad de los lugares pequeños en lugar del bullicio y las prisas de una gran ciudad.

Antes de comenzar el curso, a finales del verano, hice un viaje a Madrid para visitar a los amigos que allí había dejado. Me apetecía especialmente ver a Ángel, primer responsable de mi desafortunado encuentro con mi amor de adolescente. Al principio me sentí muy enfadada con él. No tenía derecho a meterse en mi vida y sin embargo lo había hecho con la mayor impunidad, alegando conocer mis verdaderos sentimientos. Y ciertamente los conocía, pero eso no le daba derecho a decidir por mí. No obstante, conforme fue pasando el tiempo, mi ira se fue aplacando y me di cuenta de que Ángel lo había hecho todo con la mejor intención y que si la historia con Miguel hubiese llegado a buen puerto, yo le estaría dando las gracias como una posesa.

Fue a buscarme a la estación, como siempre, y cuando me bajé del tren y le vi allí, en el medio del anden, mirándome con aquella media sonrisa en su rostro de sinvergüenza, supe que no se esperaba ni por asomo escuchar lo que yo le iba a contar.

-Qué guapa estás, Irenita. Te sienta bien la vida en el pueblo. ¿O será otra cosa? - me dijo mientras me abrazaba.

-Yo creo que es la vida en el pueblo, la tranquilidad, el sosiego, los paseos por el campo y por la playa... otra cosa no hay.

-¿Ah no? - preguntó asombrado.

-Pues no. ¿Debería de haberla?

Calló de pronto, como si su mente estuviera buscando las palabras necesarias para contestar, así que me decidí a ayudarle.

-Si te refieres a Miguel, no salió bien.

-¿A Miguel? No, no ¿por qué había de referirme a Miguel?

Montamos en su coche antes de contestar, cuando el vehículo se hubo puesto es marcha lo hice.

-Miguel estuvo allí, conmigo; y tú lo sabes, porque tú le...sugeriste que fuera a mi encuentro. Él me lo confesó, así que no intentes negarlo.

Suspiró y me miró de reojo.

_- ¿Y qué pasó? ¿no salió bien?

-No, no salió bien, salió mal, fatal.

Le conté lo ocurrido. Mientras lo hacía meneaba la cabeza de un lado a otro de vez en cuando.

-No me lo puedo creer. ¿Te dijo que estaba con otra mujer y aún así acabó acostándose contigo?

-Sí, pero en eso tuve yo parte de la culpa. Me besó y no fui capaz de resistirme. Ya de niña me pasaba lo mismo. Miguel tenía, y tiene, el poder de revolucionar mis sentidos. El más mínimo roce con su piel me despierta de manera casi escandalosa, y aquel día me entregué a sus besos y a todo lo demás con verdadera pasión. Pero lo que no esperaba fue su reacción del día siguiente. Pensé que había cambiado de opinión, que se había dado cuenta de que lo que había existido entre él y yo estaba todavía vivo y merecía la pena luchar por ello. Pero al parecer sólo le apeteció pasar un rato agradable conmigo, supongo que para recordar viejos tiempo.

-Nunca pensé que.... bueno, qué más da. Creo que metí la pata hasta el fondo. Lo cierto es que cuando conseguí hablar con él me pareció que se ilusionaba con mis palabras, que se alegraba de poder verte de nuevo. Lo siento, Irene. Te juro que yo lo hice con la mejor intención.

Me miró con unos ojillos tan cargados de arrepentimiento que no pude evitar sonreír.

-Lo sé, Ángel, por eso aunque al principio me enfadé mucho, después se me fue calmando la rabia. No te preocupes, saldré de ésta. Me fastidió bastante su actitud y de saber que nuestro encuentro iba a terminar así hubiera preferido no verle. Pero.... si estuve quince años sin él, supongo que podré estar toda la vida.

Ángel me abrazó y me dio un sonoro beso en la mejilla. Después nuestra conversación giró hacia otros temas.

Disfruté unos días felices en la compañía de Enriqueta y su hijo, en los que apenas pensé en Miguel. Su comportamiento tan desacertado me había hecho ver que no valía la pena esperar por quién no se merecía tal aguardo.

*

El comienzo del curso fue tranquilo y sosegado, y con él me sumergí en una agradable rutina en la que según pasaba el tiempo me sentía mejor. No pensaba en otra cosa que no fuera mi trabajo, mi casa, mi afición a la lectura y mis paseos por la playa, que eran casi diarios si el tiempo lo permitía. Mi amiga Violeta me decía que me estaba convirtiendo en un ser asocial, pues por lo general rehusaba sus invitaciones a salir por la noche.

-Tienes treinta y dos años, Irene y ni las viejas de setenta llevan tu vida – me decía con frecuencia.

Pero me daba lo mismo. No me gustaba el bullicio de las noches de sábado, prefería los paseos vespertinos, las cenas en algún restaurante del puerto y una retirada a casa temprano.

Poco imaginaba yo que aquella vida apacible iba a ser alterada por la aparición de alguien a quién no hubiera esperado volver a ver más.

Ocurrió casi como la primera vez. Yo estaba sentada en la cafetería que había frente al colegio preparando una serie de actividades para mis alumnos cuando escuché una voz a mis espaldas.

-El mundo es un pañuelo y tú estás igual de bonita, no has cambiado nada.

Levanté la vista y le vi frente a mí. Era un profesor del colegio que había llegado apenas hacía unos días, pues al parecer había estado de baja laboral. Parecía conocerme y a mí ciertamente me sonaba su cara, pero no sabía ni cuándo ni en qué momento le había visto.

-¿Nos conocemos? - pregunté.

-¿Puedo sentarme? - preguntó él a su vez.

Asentí con un gesto y se sentó a mi mesa. El camarero se acercó y él le pidió un café solo. Luego me miró sonriendo.

-O sea, que no te acuerdas de mí.

-Llegaste al colegio hace dos días y en cuanto te vi me pareciste conocido. Y evidentemente por tu actitud... creo que debiera saber quién eres, pero lo siento, no caigo.

El camarero llegó con el café y lo depositó delante del hombre. Él rasgó el paquetito de azúcar, lo echó en la taza y comenzó a revolverlo con la cucharilla mientras me miraba con expresión pícara.

-¿Y bien? - insistí.

-Hace... no recuerdo bien, unos tres o cuatro años, en Santander, una mujer sola y un hombre solo se encuentran una noche en la terraza de un hotel y...

-No sigas – le dije – ya sé quién eres, Javier, el solitario marido de la mujer de negocios.

-Vaya, veo que te he refrescado bien la memoria.

-Confieso que soy bastante despistada para las caras pero en cuanto has comenzado a hablar.... te recuerdo perfectamente. La verdad es que no esperaba volver a verte y menos aquí, trabajando en el mismo colegio que yo.

-Como te dije antes, el mundo es un pañuelo, y además bien pequeño. Pero sí, es una agradable coincidencia, porque si es extraño que yo haya llegado hasta aquí, no lo es menos que hayas llegado tú. Creo recordar que eras de Madrid.

-Vivía en Madrid, pero soy de aquí, del pueblo de al lado y... bueno, las circunstancias me han empujado a regresar. ¿Y tú?

-A mí las circunstancias me han llevado a escapar de mi vida y buscar una nueva.

-Y seguro que eso tiene algo que ver con la mujer de negocios ¿me equivoco?

-En absoluto. Estamos en un delicado y doloroso proceso de separación. Llegó un momento en que ya no pude soportar sus ausencias, sus silencios y su indiferencia. Si tengo que estar solo prefiero que sea con todas sus consecuencias, solo de verdad. Así que lo mejor para afrontar la soledad es poner tierra de por medio. El venir a parar aquí, a este colegio, fue cosa del azar, podría haber ido a parar a otro cualquiera. Pero estoy contento, encontrarte ha sido una casualidad muy agradable.

-Lo mismo digo. Y ahora si me disculpas, tengo que irme, tengo clase. Nos vemos en cualquier momento.

Evidentemente vernos era lo más fácil e inevitable del mundo. Todos los días debíamos acudir al mismo centro de trabajo, así que todos los días nos encontrábamos. Yo intentaba esquivarle en la medida de lo posible, no por nada especial, el muchacho era agradable y me caía bien, pero sospechaba que quería algo más que una amistad y lo que menos necesitaba yo en aquellos momentos era complicarme la vida con un hombre sumergido en un proceso de separación que no parecía ser muy amigable. Mi dosis de problemas ya estaba completa, de momento necesitaba estar tranquila.

Pero Javier no desaprovechaba ningún momento para acudir a mi lado, yo creo que incluso llegó a controlar mis horas libres para hacerse el encontradizo conmigo, así que no me quedó más remedio que aceptar su compañía que, por otra parte, no me era desagradable. Eso sí, siempre que él intentaba insinuar algún encuentro entre ambos fuera de los muros del colegio, yo lo rechazaba sutilmente, inventándome las excusas más peregrinas. Hasta que ocurrió lo que ocurrió.

Fue un lunes a última hora de la mañana. Mis clases ya habían terminado y estaba recogiendo el material de juegos cuando escuché jaleo en la sala de profesores. Era una voz femenina que chillaba, absolutamente histérica.

-¡Por fin te he encontrado! ¡No sé qué coño haces aquí! ¡Menudo disgusto me has dado!

Acudí con rapidez al lugar del que salían las voces y me encontré a una mujer alta, rubia, elegantemente vestida y pulcramente maquillada, que profería gritos dirigiéndose a Javier.

-¿Te crees que todo puede terminar así porque a ti te de la gana? ¿Cómo has podido tener la desfachatez de presentar una demanda de separación sin decirme absolutamente nada?

Javier contestaba en voz baja, tanto que no pude entender sus palabras, aunque me pareció que lo único que le decía a la muchacha era que se calmara y que aquel no era lugar para discutir aquellas cosas. Pero ella hacía caso omiso.

-¡Con todos los sacrificios que he hecho por nosotros! Ahora me dejas tirada de esta manera. Eres una canalla, un sinvergüenza, un...

De pronto aquella histérica reparó en mi presencia. Yo estaba apoyada en el quicio de la puerta, observando la escena, esperando el momento oportuno para meter baza.

-¿Y usted qué mira? - preguntó dirigiéndose a mí – No creo que sea de su incumbencia nada de lo que estoy diciendo, esto es algo entre mi marido y yo.

-Exactamente – respondí – y precisamente por eso no creo que éste sea el lugar idóneo para armar este escándalo. Si tiene usted algo que hablar con él, lo mejor es que lo haga en la intimidad de su hogar y no aquí, en su lugar de trabajo.

-¿Y quién es usted para decirme lo que tengo que hacer? - preguntó lanzándome una mirada cargada de desprecio.

-Soy la jefa de estudios de este colegio. Y no le permito que se dirija a mí de la forma que lo ha hecho, así que le sugiero que se marche o de lo contrario llamaré a seguridad para que sean ellos los que amablemente la inviten a abandonar este colegio.

Abrió la boca para contestar, pero inmediatamente se arrepintió y aceptó mi sugerencia, no sin antes advertir a su marido:

-Ya hablaremos, pero que sepas que esto no se va a quedar así.

Salió disparada como alma que lleva el diablo. Javier se quedó allí sentado, en su lugar de siempre, con la cabeza apoyada entre las manos, con cara de preocupación. Me acerqué a él y presioné su hombro con mi mano, en señal de apoyo. Sin embargo él se levantó y sin mediar palabra salió de la sala. Su gesto me dejó muy confusa, pero no quise darle mayor importancia. Así que me fui a mi aula y continué con lo que estaba haciendo. Sin embargo al día siguiente su actitud conmigo no fue nada cortés, más bien al contrario, como si yo fuera la culpable de la discusión que había tenido con su mujer.

Cuando llegué al colegio él ya se encontraba en la sala de profesores, como casi siempre. Me acerqué, y después de darle los buenos días me senté a su lado y me interesé por su estado de ánimo. Y me contestó de malos modos.

-¿De verdad de interesa saberlo? Pues estoy bien, gracias.

No comprendí su actitud y así se lo hice saber.

-Claro que me interesa saberlo. Somos amigos ¿no? Y ayer no te vi precisamente bien. No sé por qué me hablas así.

-Porque ayer deberías de haberte estado calladita. No me hace falta que nadie me defienda, ya sé hacerlo yo solito.

Escuchar aquellas palabras pronunciadas con especial crueldad me provocó una extraña sensación de vacío. Yo apreciaba a Javier, me sentía bien en su compañía y pensaba que el sentimiento era mutuo, pero al parecer estaba equivocada.

-No pretendía defenderte ni mucho menos, sólo quise poner fin a una situación que me pareció fuera de lugar.

-Pues no era necesario. Te repito que yo podía controlar perfectamente la situación. No hacía falta que tú te metieras por el medio.

Su enfado sin sentido me hizo pensar que Javier era imbécil, y por supuesto que no merecía la pena disgustarse ante tan exagerada salida de tono.

-¿Sabes lo que te digo? Que te zurzan.

Salí de la sala y me fui a mi aula. Aquel tonto incidente no me iba a quitar el sueño.



jueves, 19 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 32

 




-¿Vamos a cenar y te lo cuento durante la cena? - me preguntó, mirándome como un corderillo degollado

-Es que no sé si me apetece ir a cenar con una persona que me miente. Y encima por algo tan absurdo y carente de importancia como es su presencia en este pueblo. ¿Qué haces aquí Miguel? ¿ Por qué has venido? Dime la verdad, ¿acaso hay algún motivo oculto que yo no deba saber? A lo mejor es que los secretos de esta familia todavía no se han desvelado del todo.

Miguel suspiró.

-Lo siento, Irene, sé que no debí mentirte pero es que.... le prometí a alguien que no lo descubriría.

-¿A quién no tienes que descubrir? No entiendo nada.

-Anda, ven, siéntate a mi lado y te lo explico todo.

Hice lo que mandaba a regañadientes. De pronto había comenzado a desconfiar en él.

-Un día, hace cosa de dos semanas, recibí una llamada en el hospital. Era un muchacho que pedía hablar conmigo con urgencia al parecer sobre una enfermedad coronaria que afectaba a un familiar y para la que no encontraban solución. Me contó que ese familiar estaba en las últimas y que deseaba una consulta conmigo de forma preferente a ser posible. Confieso que me desconcertó un poco su llamada directa, normalmente la gente pide citas a través del servicio destinado para ello en el hospital, pero me pareció que el muchacho estaba tan desesperado que le di consulta para dos días después. Allí se presentó. Si me había descolocado su llamada mucho más lo hizo mi conversación personal con él. Lo primero que me dijo fue que me había engañado, que no tenía ningún familiar enfermo y que estaba allí para hablar de ti.

-¿De mí? - pregunté sorprendida, aunque la sorpresa me duro medio segundo, pues de inmediato me di cuenta de quién era el metomentodo que se había tomado la libertad de hablar de mí – No me digas más, se llamaba Ángel.

-Exacto. Era Ángel, ese muchacho que fue tu...novio. Le dije que no tenía por qué haber ideado aquella treta para entrevistarse conmigo, y me contestó que había sido por temor a que yo le dijera que no cuando supiera que tú serías el tema de conversación. La verdad es que nunca me hubiera negado a hablar de ti, aunque precisamente ya no fuera el mejor momento. Ángel me dijo que te buscara, que me necesitabas, que nunca habías dejado de amarme y que te merecías la oportunidad de recuperar lo perdido. Le contesté que no era posible, que había pasado mucho tiempo y que yo tenía una nueva relación. Entonces repuso que yo era libre de hacer lo que me diera la gana, que simplemente quería que yo supiera que tú... aun me querías. Además me rogó que, en el caso de que decidiera buscarte, no te dijera que había sido por causa de él. Por eso me inventé lo del alquiler de la casa, para que no te pareciera tan extraño que yo también estuviera en el pueblo.

Su relato dio paso a un tiempo de silencio durante el cual yo asimilé sus palabras.

-Entonces ¿Qué haces aquí? ¿por qué has venido? Tienes otra mujer, no deseas hacerte las pruebas de ADN... lo cual quiere decir que retomar lo nuestro es algo... imposible, así que no sé a qué has venido.

-¿Es verdad lo que me dijo Ángel? ¿Es verdad que después de tantos años todavía sigues enamorada de mí?

No iba a darle el gusto de decirle la verdad.

-¿Importa eso? Dadas las circunstancias me parece que no, y sinceramente, creo que no deberías estar aquí. Lo mejor es que dejemos las cosas como están, tú sigue con tu vida, yo seguiré con la mía. No tiene sentido remover el pasado.

-Pero Ángel me dijo...

-Olvídate de lo que te ha dicho Ángel. Es un zoquete, un tozudo que a veces se cree en posesión de la verdad. Se le ha metido en la cabeza que yo sigo enamorada de ti y por mucho que le diga o deje de decir no voy a conseguir hacerle entrar en razón. Así que vuélvete a Sevilla, Miguel, vuelve junto a esa muchacha y sé feliz con ella.

Se levantó con gesto cansino, como si su espalda estuviera soportando el peso de su vida entera y sin mediar palabra se dirigió hacia la puerta de salida. Yo me quedé allí sentada como una estúpida, con las lágrimas a punto de brotar, tragándomelas a trompicones, sabiendo que se me iba de las manos la última oportunidad de recuperarle.

Escuché el golpe de la puerta de la calle al cerrarse y como si ello fuera el final definitivo de una función de teatro me levanté del sofá, me limpié la cara y me dispuse a olvidar y a renacer.

Entonces sonó el timbre. No esperaba a nadie y era domingo por la tarde. Tal vez fuera Violeta. Mejor, así podría llorar un poco en su hombro. Pero para mi sorpresa quién estaba al otro lado de la puerta era Miguel, de nuevo. Se coló en mi casa sin permiso, cerró la puerta tras de sí y me besó, me besó en la boca, a traición, sin darme tiempo a negarme. Me desconcertó aquel beso, pero no quise luchar contra él, no pude, y me dejé llevar por el deseo que había estado guardado en algún lugar recóndito de mi cuerpo durante mucho tiempo.

Los besos de Miguel no habían cambiado, eran suaves y a la vez fuertes, eran húmedos y cálidos, cargados de pasión. Eran los besos que aceleraban mi respiración, que me robaban el aire, que agitaban mi cuerpo en un frenesí incontrolable.

Me arrinconó contra la pared y pegó su cuerpo al mío, para hacerme sentir la plenitud de su deseo creciendo a cada segundo. Dejé escapar un gemido entrecortado cuando sus labios cambiaron los míos por la suave onda de mi cuello, por la redonda esbeltez de mis hombros.

Lo separé de mí y tomándole de la mano lo arrastré a mi dormitorio. De un suave empujón lo tiré en la cama y me recosté a su lado. Comencé yo a llevar la batuta de aquella melodía lujuriosa y paseé mis labios por el lóbulo de su oreja, como hacía años atrás, en un gesto que sabía que le agitaba su deseo. Le escuché emitir un leve gemido y me gustó. Le fui desabotonando la camisa y lo despojé de la misma. Jugué con el suave bello de su pecho. Él quería hacer, pero yo no se lo permitía, quería que se dejara hacer, quería dominarle, inflamarle hasta que no pudiera más.

Me incorporé en la cama y me despojé de mi vestido en un gesto certero y rápido. Lo mismo hice con mi ropa interior, hasta quedarme desnuda, frente a él, sintiéndome la tentación, sabiendo que él quería poseerme, sabiendo que no lo haría hasta que yo le diera permiso.

Me senté a horcajadas sobre su vientre mientras guiaba su mano hacia mis pechos. Sus caricias me hicieron enloquecer de un placer ya casi olvidado. Aquellas manos, aquellos dedos despertaban una piel, mi piel, que había estado sumida en el letargo durante demasiado tiempo.

Desabroché el botón de su pantalón vaquero y cuando mi mano rozó su parte más íntima él quiso cambiar los papeles y yo le dejé. Me aprisionó bajo su cuerpo desnudo y me besó de nuevo. Sabía que me gustaba el contacto de su pecho con el mío, el paseo de sus labios y su lengua que hábilmente recorrían cada rincón de mi cuerpo en un afán inusitado por despertar el goce.

Cuando ya casi no podía más le sentí dentro de mí, llevándome al mundo de los sentidos de modo brutal, casi irreal y una vez más, como hacía muchos años, la habitación estalló en mil colores nuevos y desconocidos.

Aquella noche la pasión desbordó las cuatro paredes que mi dormitorio una y otra vez. Cuando finalmente el sueño se apoderó de nuestro cansancio era ya muy tarde. Como muy tarde era cuando me desperté por la mañana. Me levanté en silencio, para no despertarle a él, presa de sentimientos encontrados, embargada de la felicidad de aquella noche de frenesí desbordante, dudando sobre un futuro que se presentaba incierto.

Me fui a la cocina y preparé una cafetera de café. Mientras se hacía me acerqué a la ventana y miré hacia fuera. El sol lucía ya con fuerza y la luz mediterránea inundaba mi casa y mi vida. De repente sentí unos brazos que me agarraban por la cintura y unos labios que me besaban el cuello. Me di la vuelta, rodeé su cuello con mis brazos y correspondí a su beso.

-Buenos días cariño – le dije – es un placer empezar el día contigo.

-Mmmm que bello escuchar eso, porque el sentimiento es mutuo.

-Te voy a preparar tu desayuno preferido, tostadas con mermelada de grosella.

-Ohhh, no puede ser. Hace siglos que no la como.

Mientras degustábamos el apetitoso desayuno yo pensaba en cómo acabaría todo aquello. No iba a esperar mucho tiempo para saberlo, las cosas debían aclararse ya. Así que cuando terminamos se lo pregunté directamente y sin rodeos.

-Miguel, supongo que ahora sí nos haremos las pruebas de ADN.

Me miró como su hubiera dicho una soberana estupidez, con lo que intuí la respuesta, pero quise escucharla de sus labios.

-No me mires así y contesta.

-Sigo pensando que no merece la pena. Lo de esta noche ha sido...

No le dejé acabar la frase.

-Recoge tus cosas y vete – dije con toda la calma de que fui capaz.

-Pero....

-Te he dicho que te vayas. Y, por favor, no vuelvas por aquí.

No me replicó más. Hizo lo que le mandé. La puerta al cerrarse me indicó que la función había llegado a su fin










martes, 17 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 31

 




-No entendí nada, nunca entendí nada, aunque con el tiempo comprendí que tenía que haber alguna razón para toda la sinrazón. Mi madre parecía contenta de que te hubieras marchado, no le importaba nada mi infelicidad, y yo no me sentía a gusto aquí, por eso me fui a Madrid.

Le relaté mi vida en Madrid, mi extraña relación con Ángel, mis miedos, mis recuerdos...

-Aquel viaje a Barcelona lo hice con él, tenía que hacer unos cursos y yo le acompañé. Y un día te vi en la entrada del hotel. Supongo que debí comunicarme contigo pero tuve miedo, miedo a muchas cosas, incluso a que no me reconocieras, había pasado tanto tiempo que nada era igual. Por eso te dije que no era yo, por miedo. Después de aquello mi relación con Ángel se rompió, sin acritud y sin malos rollos, pero él opinaba que lo que yo tendría que hacer era buscarte, todavía lo opina hoy en día, y evidentemente no quería estar con una mujer enamorada de otro. En realidad es un chico al que le asustan los compromisos, pero bueno, qué más da cómo sea Ángel. El caso es que me enteré de la verdad cuando mi madre enfermó. Una tarde me lo contó todo, y después de contármelo no volvió a ser la misma, su cabeza dejó de regir y se murió al cabo de unas semanas.

-No me lo puedo creer – repuso Miguel – no puedo creer que no te haya dicho nada durante todos estos años.

-Pues no lo hizo. No te puedes imaginar la sensación que sentí cuando me enteré de todo, me sentí manipulada, obligada a vivir una vida que no era la mía y me tiré a la bebida. Por suerte me di cuenta muy pronto de mi adicción y conseguí superarla sin mayor problema. Y ahora que las aguas han vuelto a su cauce y mi vida ha recuperado el sosiego, he decidido volverme al pueblo y empezar de cero. El próximo curso espero retomar mi trabajo en algún colegio cercano. Y nada más, no hay nada más que contar, salvo que acabas de aparecer tú y.... has tambaleado un poco mis cimientos. Dime Miguel ¿tú crees de verdad que somos hermanos?

Se revolvió un poco en el asiento antes de contestar. Parecía como si le costara encontrar las palabras precisas para dar la respuesta adecuada.

-No lo sé, Irene. En realidad las posibilidades de quedar embarazada con una sola relación sexual son muy pocas, pero existen. Y es cierto que tu madre tenía relaciones con otro hombre. Pero si tenemos en cuenta que no lograba quedarse en estado hasta que ocurrió su encuentro con mi padre... la idea tampoco es tan descabellada.

-Y... ¿qué te parece si nos hacemos las pruebas de ADN? Será la mejor manera de salir de dudas.

Miguel se recostó en el sofá, acarició mi mejilla, luego tomó mi mano, la besó y la retuvo entre las suyas.

-A lo mejor ya no merece la pena.

Aquellas palabras me hirieron en lo más profundo de mi alma y sentí una desazón hasta el momento desconocida. La aparición repentina de Miguel había hecho que me ilusionara de nuevo, mas con aquella frase la esperanza de que aquel hermoso amor que parecía indestructible renaciera se murió definitivamente en sus labios.

-Verás, princesa, para mí también fue muy difícil separarme de ti. Y durante muchos años no quise saber nada de mujeres. Lo intenté, pero no era capaz de amar a nadie que no fueras tú, ni siquiera en el sentido más físico del amor. Me acosté alguna vez con alguna muchacha, pero cuando todo terminaba la sensación de vacío que me quedaba era absolutamente desgarradora. Cuando te vi en Barcelona fui capaz de darle un giro a mi vida. Estaba convencido de que eras tú, y tu negativa a identificarte siquiera me hizo ver que el tiempo había terminado con todo, que ya nada era igual y que tenía que retomar vi vida y no cerrarme al amor. Hace unos meses conocí a Gema. Es una chica estupenda. Trabaja en el servicio de lavandería del hospital. Está separada y tiene dos niños pequeños. Estamos.... conociéndonos y nos sentimos bien juntos.

Mi mirada debía destilar la desilusión que sentía. Por unos segundos quise rogarle que dejara a esa mujer, al minuto siguiente quise echarle de mi casa y preguntarle a qué rayos había venido. Y no hice ni una cosa ni la otra.

-Claro – dije por fin, sin sentir en absoluto la realidad de mis palabras – es lógico. Lo que pasa es que... bueno, a mí realmente me gustaría saber si soy tu hermana o no, independientemente de que tú tengas tu vida amorosa y yo tenga la mía.

-¿La tienes? ¿De verdad? - preguntó con un entusiasmo que no entendí.

-¡Oh, no! Claro que no, no tengo intención de... de nada. Estoy... bien así.

Se hizo el silencio. Yo me sentía tan defraudada que no sabía qué decir. Y a él se le había helado la sonrisa en la cara, imagino que sabedor de mi tristeza.

-Ha parado de llover – dijo de pronto mirando hacia la ventana – me apetecería dar un paseo por el camino de la ermita, ¿me acompañas?

No tenía demasiadas ganas, pero no quise negarme. Al fin y al cabo mis estúpidas ilusiones eran sólo eso, ilusiones sin fundamento alguno de las que debía deshacerme cuanto antes, y no huyendo, sino enfrentándome a la realidad, y Miguel era la realidad.

El trayecto hacia la ermita estuvo plagado de recuerdos, remembranzas de nuestro amor fallido que salían del corazón de Miguel con extraordinaria lucidez y que se clavaban en mi alma como puñales. Me lastimaban aquellas reminiscencias que en aquellos momentos, con otra mujer a su lado, no tenían ninguna razón de ser.

-¡Cómo me gustaba recorrer este camino para encontrarme contigo! Caminaba emocionado, nervioso, sabiendo que me estarías esperando y que por fin podría disfrutar de ti después de tenerte a mi lado en casa y no poder tocarte.

Miguel hablaba y yo callaba. Simplemente asentía con la cabeza de vez en cuando e intentaba sonreír, aunque sabía que mis labios se quedaban en una mueca insulsa.

-¿Te pasa algo, Irene? - me preguntó con gesto preocupado cuando llegamos a la ermita y nos sentamos en el muro que la rodeaba -Desde que salimos de casa apenas has pronunciado palabra.

-No me pasa nada... sólo que....la nostalgia supongo. A veces... a veces se me hace duro recordar.

No quise decirle que le amaba, que de pronto su presencia me había devuelto la ilusión del amor perdido, que saber que había otra mujer en su vida me había hecho ver que recuperar nuestro amor no era más que un espejismo.

Le miré y él clavó sus ojos en los míos. No quería llorar, pero las lágrimas brotaban de mis ojos en contra de mi voluntad y resbalaban por mis mejillas de manera obstinada. Miguel las limpió acariciando mi rostro, sin dejar de mirarme, ni yo a él. Nuestras caras se iban acercando despacio, casi sin querer, como si uno fuera el metal y otro el imán. Imaginé sus labios sobre los míos, imaginé volver a saborear la tibieza de sus besos, quise que ocurriera, hasta que la imagen de esa mujer para mi desconocida pero auténtica, se cruzó en mi esperanza.

-Parece que va a llover de nuevo – dije – es mejor que regresemos al pueblo.

Nos levantamos en silencio y en silencio hicimos el camino de regreso. A aquellas alturas yo sabía que Miguel tenía que haberse dado cuenta de mis sentimientos, pero qué importaba ya. De pronto deseé que se marchara, en realidad deseé que no hubiera venido, pero como eso no tenía vuelta de hoja quise que se fuera ya de una vez y me dejara seguir con mi vida.

Se despidió en el portal de mi casa.

-Mañana tengo que ir a Valencia. Voy a visitar a un antiguo profesor de la facultad y almorzaré con él. Regresaré por la tarde ¿Qué te parece si te invito a cenar?

“Mal, me parece mal, no quiero cenar contigo, vete a cenar con Gema y con sus dos encantadores niños en plan familia feliz y a mí déjame en paz” No, no pronuncié esas palabras; las pensé, rondaron por mi cabeza y casi por mi garganta, pero no me atreví.

-Claro – dije, por contra – pásame a buscar cuando quieras.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 30

 






Violeta me esperaba en una terraza cerca de la playa. Cuando llegué a su encuentro me la encontré paseando por la acera, visiblemente inquieta. Se acercó a mí en cuanto me vio y enseguida supe que ocurría algo, pero no me alarmé demasiado, Violeta siempre había sido un poquito exagerada.

-Pensé que no llegabas – me dijo – estaba deseando verte.

Nos sentamos en el lugar que previamente había ocupado ya mi amiga.

-Pues no llego tarde y nos vimos ayer, así que no entiendo esas prisas.

-Es que tengo algo que decirte y la verdad... no sé si lo que he visto es real o una visión. Hace un rato... hace un rato me pareció ver a Miguel pasar por aquí, por delante de mis narices. A lo mejor fue alguien que se le parecía pero si es así... el parecido era espectacular.

Mi amiga me miraba con una expresión extraña en sus ojos, entre el desconcierto y la preocupación, lo cual me provocó una sonrisa.

-No has visto mal. Miguel está aquí. - le dije.

Violeta abrió mucho sus ojos, haciéndolos todavía más grandes de lo que ya eran de por sí.

-Entonces, ¿lo sabías? ¡Lo sabías y no me habías dicho nada!

-No, no, las cosas no son así. Yo tampoco sabía que estaba aquí. Se presentó esta tarde en mi casa. Me dijo que tenía que alquilar la casa de su padre y que por eso había venido al pueblo. Que anoche había pasado por delante de mi ventana y al ver las luces encendidas.... No sé, Violeta. Me parece una extraña coincidencia ¿no crees?

-No sé qué decirte – repuso mi amiga después de dar un sorbo a su limonada – Yo no le llamaría coincidencia, al fin y al cabo tú llevas aquí ya unos meses. Coincidencia sería si hubiera llegado el mismo día que tú. Pero hay algo que no me cuadra. Por lo que yo sé el piso de Lisardo está vendido desde poco después de su muerte, hace ya algunos años.

-¿Estás segura? - le pregunté extrañada.

-Absolutamente no, pero me parece habérselo escuchado comentar a mi padre. De todas maneras no me hagas mucho caso, ya sabes que soy muy despistada. Y dime ¿qué tal el encuentro?

-Pues ahora la que no sabe qué decir soy yo. No sé ni lo qué sentí. Alegría por verle desde luego, pero a la vez...cierto resentimiento por haber pasado de mí de la forma que lo ha hecho. Han sido muchos años, Violeta, y me encantaría recuperar todo lo vivido a su lado. Pero no sé si será posible.

-¿Vas a volver a verle?

-Mañana vendrá a comer. Tanto él como yo somos conscientes de que hay muchas cosas que aclarar.

-Eso es lo importante, que aclaréis las cosas.

La conversación entre Violeta y yo derivó hacia otros temas. Sólo quedaba esperar unas horas y aquellos quince años cobrarían una dimensión diferente y desconocida.

*

El día amaneció lluvioso, cosa ciertamente extraña en la casi siempre agradable primavera mediterránea. Desde la ventana del salón se podían ver las terrazas de los bares recogidas e inusualmente vacías. Salí a comprar los útiles para preparar la comida y después me recluí en casa. Durante la mañana me mantuve ocupada en diversos quehaceres, más cuando se fue acercando la hora del almuerzo los nervios hicieron acto de presencia. Hasta que el timbre sonó.

Miguel estaba al otro lado de la puerta, vestido de manera informal, con una camisa azul y un pantalón vaquero oscuro cubiertos por un chubasquero azul marino completamente empapado. Era increíble lo poco que había cambiado en todo aquel tiempo. Pocos años le faltaban para los cincuenta y todavía parecía el muchacho que un día desapareció de mi vida.

-Buenos días, princesa... buenos, por decir algo.

-Es verdad, anda pasa, que estás pingando. Hacía tiempo que no veía llover de esta manera, me imagino que tú en Boston estarás mucho más acostumbrado a la lluvia, incluso a la nieve.

Miguel me miró durante unos segundos antes de responder, mientras yo sacudía su chubasquero de plástico en la terraza de la cocina y se lo tendía para que acabara de secar.

-Irene, yo nunca he estado en Boston – respondió con tristeza – he estado mucho más cerca de ti de lo que puedas imaginarte.

-Lo sé – respondí – pero bueno, ya hablaremos de eso largo y tendido. ¿Te apetece tomar algo antes de comer? Creo que será mejor quedarnos en casa con la que está cayendo, pero podemos tomarnos...un vermouth o un mosto.

-Un vermouth estará bien. Por cierto, toma – me dijo tendiéndome una botella de vino – para la comida, ponla en la nevera.

Miguel pasó al salón y yo serví las bebidas. Poco a poco me fui relajando, hasta que conseguí sentirme a gusto y dispuesta a escuchar lo que él tuviera que decirme, y a contar lo que tuviera que decir yo.

-Ayer creí ver a Violeta en el paseo, cuando salí de aquí.

-Sí, ella también te vio a ti, me lo dijo en cuanto nos vimos.

-¿Qué ha sido de su vida?

-No lo ha pasado demasiado bien. Se casó poco después de marchar yo del pueblo, embarazada, casi obligada por sus padres, y se marchó a Inglaterra con su marido, que era inglés. Le perdí la pista durante bastantes años. Volví a verla cuando mi madre enfermó y estuve aquí unos días con ella. Me contó que su hijo había nacido muerto y que a los pocos meses se había divorciado de su marido y regresado a España. Ahora da clases de música en el conservatorio en Valencia y por fin las cosas le van mejor. ¿Te acuerdas de cuando íbamos a clase de música y nos ibas a buscar a la escuela municipal?

-Claro que me acuerdo. Y del día aquel que te enfadaste porque os pregunté si teníais novio.

-Es cierto. Yo creí que era tan obvio mi amor por ti.... ¿cómo podías preguntarme aquello? Pero en fin, será mejor que comamos ¿te parece? He preparado una paella, me acordé que te gustaba mucho.

Almorzamos recordando nuestra vida pasada y sólo cuando hubimos terminado y nos acomodamos en el salón al frente de unas humeantes tazas de café, nos atrevimos a abordar aquéllo realmente importante.

-Durante mucho tiempo me pregunté qué te había llevado a alejarte de mí – le dije – y por muchas vueltas que le di no fui capaz de encontrar la respuesta.

Miguel me miró destilando asombro por sus ojos.

-Pero....¿no lo sabes?

-Sí, lo sé, pero me he enterado hace bien poco.

Miró al suelo, sujetando la taza de café entre sus manos, con los codos apoyados en las rodillas. Así permaneció un rato, en silencio, hasta que comenzó a relatar lo que yo deseaba escuchar de una vez.

-Un día mi padre y tu madre me dijeron que tenían que hablar seriamente conmigo. Al principio yo me negué. Sabía que el tema de conversación íbamos a ser nosotros dos, y nada de lo que me pudieran decir o reprochar sobre el asunto me interesaba. Durante unos días me escabullí como pude, hasta que finalmente una tarde, al regresar del hospital, me estaban esperando y no me dejaron escapatoria. Al principio les dije que nada me iba a hacer cambiar de opinión con respecto a ti, que te quería y que las habladurías del pueblo me importaban un pimiento, pero tu madre me contestó que lo que tenían que contarme estaba muy por encima de las tonterías que se pudieran rumorear o no por el pueblo. Y me lo contó todo, su encuentro con mi padre, la posibilidad de que tú y yo fuéramos hermanos...... Yo no quise creerlo, no podía creerlo. Pensé volverme loco y lo peor era que tenía que disimular en tu presencia.

-¿Por qué no me lo dijeron a mí? ¿Por qué no querían que yo lo supiera?

-Eso mismo les pregunté yo. Tu madre me contestó que eras demasiado joven para poder asimilar ciertas cosas. Yo no estaba de acuerdo, pero nada pude hacer para convencerles de que sería mucho más fácil resolver el problema si todos fuéramos conocedores del mismo.

Según fueron pasando los días y me fui calmando, comprendí todo el alcance de la situación. El problema era muy serio y lo peor era que no tenía solución alguna. Pensé en huir contigo, lejos, al extranjero, donde nadie supiera de nosotros, ni si éramos o no hermanos, asentarnos en un lugar donde pudiéramos vivir tranquilos y querernos con libertad. Sólo mi sentido común me impidió cometer semejante locura. Pero evidentemente tampoco podía hacer los que nuestros padres me pedían, renunciar a ti viviendo a tu lado, viéndote todos los días, teniendo la posibilidad de alargar mi mano para acariciarte sin poder hacerlo. Y fue entonces cuando decidí poner tierra de por medio. Se lo planteé a ellos y ambos estuvieron de acuerdo conmigo en que era lo mejor. Yo conseguí el traslado a Sevilla y tu madre fue la que me sugirió que te dijera que me marchaba a Boston. Cuanto más lejos mejor, menos tentaciones, menos posibilidades de que a ti se te metiera en la cabeza ir a buscarme. Y me fui, me fui con tu recuerdo por todo equipaje porque tampoco necesitaba más, dadas las circunstancias. No sabes la angustia que sentí el día de mi partida, no sabes de qué manera se me partió el corazón cuando te estaba contando que me iba sabiendo que probablemente no volvería a verte nunca.

Miguel hizo una pausa en su relato y tomó un sorbo de su café. Luego prosiguió.

-En el hospital de Sevilla hice amistad con un muchacho que trabajaba en el proyecto de investigación biológica de la paternidad. Y le conté lo que nos ocurría. Se ofreció a ayudarme, aunque por aquel entonces todo estaba empezando. Escribí una carta a tu madre y se lo dije, pero ella contestó que no era necesario meterse en esos berenjenales, que además, por supuesto, conllevaría que tendríamos que vernos de nuevo, y era mejor mantener la lejanía para así poder olvidar más pronto. Y no sé tú, pero yo no he podido olvidarte nunca. Ni siquiera quería hacerlo. Cuando llamaba a casa por teléfono tu madre apenas me contaba nada de ti, aunque yo insistía en preguntarle. Sólo supe que te habías marchado a estudiar a Madrid y que no querías volver por el pueblo. Yo sí venía de vez en cuando, incluso después de morir papá, pero jamás pude sonsacarle a tu madre información sobre tu vida.

Hace unos dos años participé en un congreso de cardiología en Barcelona. Cuando estaba dando mi primera conferencia vi a una muchacha sentada en la esquina más apartada de la sala y se me heló la sangre en las venas. Pensé que eras tú. Además ella, cuando se dio cuenta de que la miraba, se levantó y salió de la sala. Al día siguiente la vi de nuevo en el vestíbulo del hotel, me acerqué a ella y le hablé, pero me dijo que me había confundido. Se parecía tanto a ti....

-No se parecía a mí, Miguel, era yo.

Miguel fijó su mirada en la mía.

-Lo sabía, sabía que tenías que ser tú. Pero... ¿por qué lo negaste?

Suspiré.

-Creo que ahora me toca hablar a mí.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 29

 





Una vez en el pueblo me dediqué a ordenar mi vida y a preparar mi reingreso al trabajo. Llevaba una vida tranquila y sosegada, sin sobresaltos. Encontré a antiguos amigos, con algunos de los cuales retomé la amistad, en especial con Violeta. Encontré también, como no, a aquellas mujeres cotillas y metiches a las que siempre les había encantado ocuparse más de la vida de los demás que de la suya propia. Una de ellas, Sabina, que había vivido en el mismo edificio que mamá durante mucho tiempo, me abordó una tarde por la calle, cuando yo regresaba de mi diario paseo por el camino de la ermita.

-¡Vaya! - exclamó con fingido entusiasmo - ¿Pero tú no eres Irenita, la hija de Sara, la del Lisardo? ¿Has vuelto de la ciudad?

La miré durante unos instantes, dudando si darle conversación para no ser descortés, si fingir que no la conocía para zafarme de ella cuanto antes. Finalmente opté por lo primero.

-Hola, Sabina. Sí, he vuelto al pueblo, necesitaba cambiar de aires.

-Claro, claro, me imagino que la vida en la ciudad debe de ser muy estresante, aquí en el pueblo se está muy bien, sobre todo ahora, que ya no tienes una madre a quién cuidar.

Supe que aquella metomentodo estaba dispuesta a soltarme sus pullas sin sentido, pero decidí mantener la calma y contestar de manera suave y sosegada, que era lo que más molestaba a aquella imbécil sin duda alguna.

-La vida en la ciudad tiene sus cosas buenas y malas, lo mismo que la vida en el pueblo y no dudes de que aunque tuviera que cuidar a mi madre, sin duda alguna preferiría cuidarla a que esté muerta.

-Claro, mujer, eso no lo dudo; pero también es cierto que te dejaste ver bien poco por aquí, sin embargo tu primo Miguel venía con mucha frecuencia. Incluso después de morir su padre.

-Pues precisamente por eso, si venía él con tanta frecuencia, para qué iba a venir yo.

-Ya, imagino que no te gustaría encontrarte con él, después de todo lo que os pasó...

-¿De lo que nos pasó? No sé a qué te refieres. - repuse intentando mantener la calma.

-Bueno mujer, conmigo no hace falta que disimules, además, en su día se corrió el rumor por todo el pueblo y ya sabes....cuando el río suena.... No me irás a decir que no te quedaste embarazada de Miguel y que por eso decidisteis marchar los dos del pueblo, para evitar el escándalo, puesto que él se negó a casarse contigo.

No pude evitar echarme a reír a carcajadas, ante la mirada estupefacta de Sabina, que no entendía mi hilaridad.

-Sabina – dije por fin - sí que tenéis imaginación en este pueblo. La verdad es que me importan muy poco los rumores que corran o dejen de correr, tal vez cuando era más niña me hubieran molestado, pero a estas alturas de mi vida, como comprenderás, esas tonterías las he superado con creces. Pero para tu información te diré que nunca estuve embarazada, ni de Miguel, ni de nadie. Y además me voy a permitir la licencia de darte un consejo, ocúpate más de tu vida y menos de la de los demás, creo que serás mucho más feliz.

La mujer me miró con cara de suficiencia.

-¿Y qué sabrás si soy feliz o no? - preguntó.

-No lo sé ni me importa, pero tengo mi propia teoría sobre las mujeres como tú, o no tienen ni idea de lo que es la felicidad, o es que su marido no las folla como es debido... tu verás.

Se puso colorada como la grana y me soltó:

-Sigues tan insolente como siempre. No te dieron tus buenos azotes de pequeña y así saliste.

-Adiós, Sabina. Encantada de volver a verte.

Me quedé sonriendo mientras la veía alejarse. Hasta aquel instante no había tenido ni idea de que por el pueblo se hubiera rumoreado semejante cosa, que además no tenía sentido pues cuando yo me había marchado ya hacía unos meses que lo había hecho Miguel y el supuesto embarazo ya sería visible, pero como le había dicho a ella, tampoco me importaba demasiado. Lo realmente importante en aquellos momentos era disfrutar de la tranquilidad que me había proporcionado mi regreso a aquel lugar. No sospechaba que aquel dulce sosiego no iba a durar mucho.

*

Fue una tarde de junio. El calor apretaba y yo estaba en mi casa, al fresco, leyendo un libro y esperando que dejara de calentar tanto el sol para salir a dar un paseo con Violeta. El timbre de la puerta rompió el silencio con su estridencia. Acudí a abrir y lo hice directamente, sin mirar antes por la mirilla, cosa que hacia normalmente. Sería que el destino deseaba darme una sorpresa. Porque la persona que estaba al otro lado de la puerta era Miguel.

Durante unos segundos no supe reaccionar, incluso dudé de que fuera él, o puede que tal vez estuviera soñando, pero no, todo era real y sin duda alguna el muchacho que estaba allí, frente a mí, era Miguel, el amor de mi vida, el hombre al que no había dejado de amar nunca. No había cambiado casi nada, tal vez algunas canas plateaban sus sienes y alguna arruga traicionera surcaba su frente, pero seguía poseyendo aquella mirada profunda, aquella sonrisa envolvente y embriagadora. Era Miguel, mi Miguel y de nuevo lo tenía allí, frente a mí.

-Miguel – logré decir por fin en un susurro - ¿qué.... qué haces aquí? No... no te esperaba.

Miguel dio un paso al frente y por toda respuesta me abrazo con fuerza. Yo respondí a aquel gesto y rodeé su cuello con mis brazos, embriagándome de aquel aroma tan conocido que en un segundo me hizo retroceder quince años, los mismos años que habíamos estado separados.

Cuando por fin nos despegamos, tomó mi cara entre sus manos y cubrió de besos mis mejillas.

-Princesa, - decía entre susurros - ¡qué alegría verte de nuevo! Han pasado tantos años....

-Muchos, Miguel, muchos.... No me puedo creer que estés aquí... pero pasa, por favor, no te quedes en la puerta. Creo que tenemos muchas cosas que contarnos, aunque.... tendré que recuperarme primero de la emoción.

Pasamos al salón y nos sentamos en el sofá. Mi cuerpo temblaba como una hoja al viento y las palabras se agolpaban en mi cerebro. Necesitaba saber tantas cosas....

-Y dime ¿cuándo has llegado? ¿Y por qué has venido? ¿Sabías que yo estaba aquí?

Miguel soltó una risa ante mi avalancha de preguntas.

-Llegué anoche – dijo tomando mi mano entre las suyas – He venido porque he alquilado el piso que me dejó mi padre y tenía que arreglar todos los papeles del contrato. Ayer salí a dar un paseo y vi las luces encendidas aquí. No te puedes imaginar la emoción que sentí, me dio un vuelco el corazón ante la posibilidad de volver a verte. No pude dormir, incluso pensé en presentarme aquí en mitad de la noche. Irene, pensé tanto en ti durante todos estos años....

Desprendí mis manos de entre las suyas, me levanté del sofá y me dirigí a la ventana. Desde allí había una inmejorable vista de la playa, del paseo marítimo, del camino de la ermita, todos aquellos lugares que habían sido escenarios involuntarios de nuestra juventud perdida. Estaba emocionada, contenta de volver a verle, pero en el fondo de mi alma se alzaba un resentimiento tal vez incomprensible, alimentado por sus propias palabras. Había pensado mucho en mí, puede que fuera así, pero no había movido un dedo para buscarme, para saber de mi vida... y habían sido demasiados años de lejanía.

Regresé al sofá y me senté de nuevo a su lado. Le miré intentando encontrar respuestas a todas aquellas preguntas que aún no le había formulado.

-¿Qué te pasa, Irene? ¿Acaso no te alegras de volver a verme?

-Mucho, no sabes cuánto, pero me temo que entre tú y yo hay muchas lagunas, muchas cosas de qué hablar. Han pasado tantos años.... y han sido tan duros.

-No sólo para ti, para mí también lo han sido. Pero es cierto, tenemos mucho de qué hablar y lo haremos.

-Claro. ¿Qué te parece si... vienes a comer mañana conmigo? Ahora tengo que salir. Me espera Violeta.

-¿Violeta? ¿Tu amiga de siempre? ¿Qué ha sido de su vida?

-Bueno.... ha tenido sus luces y sus sombras. Ya te pondré al corriente.

Se levantó dispuesto a marcharse. No sé por qué, en aquel preciso instante, al verle así, de pie, recordé cuando era una niña y al llegar de la escuela él me recibía la puerta de su casa y me tomaba en sus brazos.

-Nunca pude olvidarte – le dije en un arrebato de sinceridad – nunca...

Me acerqué a él y nos quedamos frente a frente, clavando nuestras miradas en la mirada del otro. De pronto me pareció estar viviendo un momento irreal y le acaricié la mejilla para comprobar que no era así. Miguel cerró los ojos y se dejó acariciar, y con aquel gesto me devolvió a aquellos momentos de intimidad que habían permanecido escondidos en un rincón de mi memoria. Deseé besarle, quise volver a sentir la calidez de sus labios sobre los míos, pero no me atreví. Y él tampoco lo hizo. Se limitó a saborear unos instantes mi caricia, luego tomó mi mano entre las suyas y le besó.

-No quiero entretenerte más, princesa. Mañana disfrutaremos de la tarde y nos pondremos al corriente de todo. Estaré aquí a...

-Ven cuando gustes. Si quieres podemos salir a tomar un vermouth antes de comer. Mañana es sábado y hay mucha animación en el pueblo, como siempre.

-De acuerdo – dijo – vendré pronto. Hasta mañana, mi niña, no sabes lo feliz que me siento al volver a verte.

Se fue y de nuevo me quedé sola en casa. Me sentía nerviosa y me preparé una tila. Mientras le daba vueltas a la cucharilla de forma distraída no dejaba de pensar en su aparición repentina. Miguel estaba aquí, volvía a formar parte de mi vida cuando ya ni siquiera contemplaba la posibilidad de verle de nuevo. Me pregunté qué ocurriría a partir de aquel momento. Qué pasaría cuando habláramos y descubriera los motivos por los que no se había dejado ver durante tantos años y ahora aparecía así. Tal vez no fuera tarde para retomar el amor perdido.




martes, 10 de noviembre de 2020

Quince años y un secreto - Capítulo 28

 






Los primeros días los dediqué a pasear, a visitar los rincones que fueron parte de aquella adolescencia ya tan lejana durante la cual la felicidad era el pan nuestro de cada día, a pesar de los problemas. Visité la ermita, paseé todos los atardeceres por la playa, dejando que las olas del aquel Mediterráneo templado acariciaran mis pies descalzos. Volví a ser la niña de quince años que un día encontró el amor escondido entre la arena de la playa, entre las hierbas del camino de la ermita, entre los adoquines de las calles luminosas que tantas veces había recorrido.

Deseé que nada hubiera ocurrido como lo hizo, que el reloj de la vida diera marcha atrás y las cosas pudieran ser diferentes, e imaginé una existencia que en nada se parecía a la real. Sin embargo no me sentí triste, ni fracasada, más bien al contrario. Fue como si mi regreso fuera el preludio de una nueva vida, allí, en aquel pueblo, del que sentía que nunca me debería haber marchado, aunque en realidad fuera necesario.

Después de arreglar algunos trámites legales que me exigía la muerte de mi madre, me tocó hacer limpieza en el piso. Si bien en un principio tenía pensado venderlo, conforme iba pasando el tiempo iba cambiando de idea, pues la posibilidad de volver a asentarme allí cobraba cada vez más fuerza. No obstante, tomara finalmente una u otra decisión, la limpieza era necesaria a fin de deshacerme de un montón de cosas inútiles, así que una tarde lluviosa y gris que no invitaba a salir, me puse a ello. Entonces las encontré. Tres cartas, cuidadosamente guardadas dentro de una caja de zapatos demasiado grande para tan poco contenido. Estaban sujetas por una goma y venían a nombre de mi madre. El remitente, para mi sorpresa, era Miguel, desde Sevilla. Mi corazón empezó a latir con fuerza mientras mis manos temblorosas abrían uno de aquellos sobres ya rasgados y extraían su contenido, un papel amarilleado por el paso del tiempo y escrito con la letra irregular e inconfundible de Miguel. Decía así.


“Queridos padres:

Ya estoy instalado en Sevilla y mi nueva vida se ha puesto en marcha. En el hospital he sido bien recibido y creo que estaré a gusto entre mis compañeros, pero no puedo dejar de pensar que no hemos tomado la decisión correcta. Irene no se merece esto, ni mi abandono ni el engaño del que está siendo objeto por parte de todos. Deberíais decirle las cosas de forma clara, tal y como habéis hecho conmigo. La excusa de que aún es una niña es algo absurdo, pues ciertamente, aunque tiene sólo dieciséis años, es mucho más madura que toda la gente de su edad, y estoy seguro de que sabría comprender. De esta forma nunca entenderá nada y yo, que la quiero con locura y no dejaré de amarla nunca, seré el blanco de su rencor. No sé si podré vivir lejos de ella, no estoy muy seguro. La tengo en mi mente cada segundo de mi tiempo y la echo terriblemente de menos. Pienso que es demasiado sacrificio a pagar por una simple sospecha. No sé si os dais cuenta de que si realmente no somos hermanos estamos echando nuestras ilusiones y nuestra vida por la borda.

Hace unos días conocí a un muchacho que trabaja en el hospital con una beca de investigación. Cuando me interesé por sus estudios me contó que se dedicaba a la investigación biológica de la paternidad, algo que está tomando fuerza y que tal vez pueda ayudarnos a resolver todo este galimatías en el que estamos sumergidos.

Espero vuestra respuesta. No olvidéis que os quiero, pero tened en cuenta también que aún más la quiero a ella y que aunque sea mi hermana la querré siempre. No obstante intentaré cumplir mi promesa de mantenerme alejado:

Miguel”

Doblé la carta y la volví a meter en el sobre. No pude evitar que las lágrimas mojaran mi rostro. Cogí las otras dos cartas y les di vueltas entre las manos durante un rato. Finalmente decidí no leerlas, ya me había sido suficiente con la primera. Habían pasado ya quince años de todo aquello. Tal vez ya no tuviera mucha importancia el contenido de aquellas misivas, cuando todo había ocurrido de la manera en que lo había hecho. Las eché con el resto de la basura, junto con mis recuerdos, e intenté comenzar de nuevo.

*

A pesar de mis loables intenciones de romper con el pasado durante las semanas siguientes no pude sacarme de la cabeza la carta de Miguel, y me preguntaba si después de quince años aquellos sentimientos que vaciaba en aquellas letras seguirían tan vivos como entonces. Si así fuera, tendría sentido el consejo de Ángel, su insistencia en que lo buscara. Pero lo más probable era que todo hubiera caído en el olvido. No tenía mucho sentido darle vueltas al asunto, lo mejor que podía hacer era preparar mi vuelta a casa, pues finalmente había decidido regresar al pueblo.

A finales del otoño viajé a Madrid. Cuando le comuniqué a Enriqueta mi decisión un velo de inquietud transformó su rostro.

-Pero ¿por qué te vas? ¿No estás bien aquí? Allí estarás tú sola y si te ocurre algo no tendrás a quién acudir.

Sabía que sus inquietudes era sólo fruto de su intento de convencerme para que me quedara en Madrid. Le tomé su mano entre las mías y se la besé. Realmente le tenía un enorme cariño a aquella mujer que se había comportado conmigo como si fuera mi madre.

-Sabes perfectamente que eso es una tontería. Cuando me vine a Madrid también lo hice sola y no ocurrió nada. Os conocí a vosotros, en el pueblo todavía me quedan antiguas amistades. Además pediré traslado para algún colegio de Valencia, y allí de nuevo conoceré otra gente. Y no te preocupes, prometo visitaros todo lo posible y siempre, siempre, vendré a pasar las Navidades con vosotros.

Enriqueta dejó escapar una lagrimilla y me abrazó.

-¡Ay, mi Irene! Eres la hija que siempre quise tener. Y me cuesta dejarte ir. Pero bueno... supongo que no me queda más remedio. ¿Cuándo te vas?

-Dentro de una semana.

A lo largo de aquella semana embalé mis cosas y abandoné mi piso. Más cuando me disponía a marchar, tanto Enriqueta como su hijo insistieron en que me quedara hasta después de las Navidades, pues sólo quedaba una semana para las fiestas y no merecía la pena que me fuera para tener que regresar al poco tiempo. Decidí que tenían razón y me quedé con ellos en la pensión. Aproveché para hacer algunas comprar para mi casa del pueblo, pues tenía pensado remodelarla en la medida de lo posible y darle un estilo un poco más moderno. Así, entre una cosa y otra, fue pasando el tiempo, y finalmente llegó el momento de la partida.

La noche de reyes Ángel me invitó a cenar. Me llevó al mismo restaurante en el que habíamos estado la primera noche que salimos juntos, hacía unos cuantos años. Cenamos y nos divertimos y cuando regresábamos a casa, hablamos.

-Te voy a echar de menos – me dijo – ya son muchos años acostumbrado a ti.

-Yo también os echaré de menos a vosotros, pero he quemado una etapa y necesito un cambio. Cuando estuve en el pueblo sentí la necesidad de volver. Es como si.... como si me llamaran mis raíces.

-¿Buscarás a Miguel?

Detuve bruscamente nuestro paseo en aquella fría y luminosa noche de enero. Tomé a Ángel del brazo y le hice encararse conmigo

-No te lo repetiré más. No. No voy a buscarle.

Ángel reanudó la marcha.

-Te estás equivocando- me dijo mirando al frente.

-Es posible, pero déjame hacerlo. Y no quiero volver a hablar más de Miguel, es un tema que ya me está resultando un poco cargante.

-No te enfades – repuso Ángel mientras rodeaba mis hombros con su brazo y me acercaba a él- Irene, yo te aprecio, y te digo esto porque creo que es lo mejor para ti.

-He dicho que no quiero hablar más del tema. No quiero a nadie a mi lado, al menos de momento. Siento que necesito disfrutar de mi soledad.

-Está bien, como tú digas. No volveré a insistir. Cambiemos de tema. ¿A qué hora sale mañana el tren?

-A las nueve en punto.

-¿Me permitirás acompañarte a la estación?

-No seas tonto, claro que sí.

Llegamos a la pensión. Era tarde y todo estaba en silencio. Ángel me besó en la mejilla y me deseó buenas noches antes de dirigirse a su cuarto, pero yo le retuve.

-Duerme conmigo esta noche – le pedí – estoy un poco nerviosa y me gustaría tener a alguien cerca.

Angel sonrió y se metió conmigo en mi habitación. Cerró la puerta y me arrinconó contra la pared.

-¿Quieres dormir? ¿O tal vez...?

Me zafé de su abrazo y le tomé las manos.

-No, Ángel, hoy sólo necesito un poco de compañía, nada más.

Con gesto resignado se metió en la cama. Yo me acosté a su lado y me acurruqué contra él. La calidez de sus brazos me relajó y apenas tardé unos minutos en quedarme dormida. Era mi última noche en Madrid.