martes, 30 de abril de 2013

SEMÁFORO EN ROJO




El día había amanecido lluvioso y triste, gris, opaco, haciendo juego con mi corazón roto y con mi alma despojada de casi todo sentir. Al mando de mi viejo coche me dirigía al Juzgado, donde entregaría las llaves de mi casa, que pasaría a ser propiedad del banco por impago de las cuotas hipotecarias. No quería pasar por la vergüenza de un desahucio, no tenía ganas ni fuerzas para luchar. Admiraba a aquellas personas que habiendo pasado por mi misma situación se aferraban a su casa hasta el último instante. Yo no podía, total para qué, había perdido ya demasiadas cosas, una más tampoco importaba tanto. Así que lo mejor era entregar las malditas llaves por propia voluntad y con ellas dejar escapar un trocito más de mi vida.
El semáforo se puso en rojo y paré el coche bruscamente. La voz de Georges Moustaki cantando canciones en francés de las que yo no entendía apenas alguna frase suelta, me trajo a la memoria, una vez más, a Carlo. Me gustaba la voz suave de Moustaki, aquellas melodías que parecían todas tan iguales y sin embargo eran tan diferentes que podía asociar cada una de ellas a algún momento especial con el hombre que un día me había amado y que otro día me había abandonado a mi suerte. Carlo... parecía ya tan lejana su ausencia....
Carlo había sido mi marido durante más de diez años. En todo ese tiempo jamás imaginé que llegaría el momento en que me dijera adiós, pero llegó. Un buen día me dijo que ya no me amaba, que se había enamorado de otra mujer y que no podía dejar de vivir lo que ella le ofrecía. Nunca tuve oportunidad de preguntarle qué era eso tan especial que ella le daba y yo no había podido o no había sabido regalarle, porque aquella misma noche murió en un desgraciado accidente de tráfico. Cuando me dieron la noticia no supe llorar, sólo sentí rabia. Hubiera sido diferente si nunca me hubiera dicho que no me amaba. Mis lágrimas hubieran sido última consecuencia de una pena verdadera y mi mente se hubiera quedado con la idea de que aquel horrible accidente había truncado una vida feliz. Pero Carlo se fue dejándome hundida en el desencanto y en la miseria más absoluta. Me vi sola, sin trabajo y sin dinero. Mi vida tranquila y despreocupada tocó a su fin y de repente comenzaron los problemas. Descubrí que mi amado Carlo me había dejado por toda herencia, aparte del innegable desencanto, un montón de deudas, fruto de un negocio que hacía tiempo no marchaba todo lo bien que yo pensaba y que, desaparecido Carlo, terminó por hundirse del todo. A partir de ahí las cosas fueron de mal en peor, y la culminación de mi caída a los infiernos tenía lugar aquel día con la pérdida definitiva de mi casa.
Allí, parada frente a aquel semáforo en rojo, mientras recordaba los acontecimientos de los últimos dos años, no pude evitar que de mis ojos brotara una estúpida lágrima que ya no tenía mucho sentido ante lo inevitable, ante lo evidente, ante lo irremediable. Me limpié la mejilla con el dorso de mi mano y miré hacia el vehículo que estaba parado al lado del mío. El conductor, un hombre de mediana edad de aspecto agradable, tenía sus ojos puestos sobre mí, supongo que sorprendido ante mi llanto repentino. Me sonrió imperceptiblemente apenas unos segundos antes de que el color verde del semáforo nos indicara que teníamos que continuar nuestro camino.
Cuando llegué al juzgado vestí mi vergüenza de dignidad y mi pena de indiferencia. Mientras subía las escaleras que conducían a la oficina y las llaves de mi casa tintineaban en el bolsillo de mi abrigo, sentía que aquel era el último acto de una función que ya había durado demasiado tiempo. Puede que hubiera perdido casi todo, pero también era cierto que por fin me iba a liberar de unas ataduras que me habían hecho ya excesivo daño y por primera vez en muchos meses pensé que comenzar de cero seguramente no sería tan terrible como había pensado.
Me acerqué a la mesa que estaba más cerca de la puerta. Un muchacho trabajaba concentrado entre un montón de papeles. Dije mi nombre y el motivo de mi visita. Cuando por fin levantó la cabeza reconocí en él al hombre que me miraba desde su coche cuando el semáforo se puso en rojo. Supe que el también me había reconocido y me dio vergüenza que aquel desconocido me hubiera visto llorar.
Escribió algo en un papel que después me dio a firmar. Lo firmé sin leerlo, al fin y al cabo me daban lo mismo aquellos tecnicismos judiciales de los que no iba a entender nada, como las canciones en francés de Moustaki. Luego saqué las llaves de mi casa del bolsillo de mi abrigo y se las di al muchacho.
-¿Sabes? - me dijo – a veces pensamos que la vida nos dice que no cuando lo que nos pide es simplemente que esperemos. El semáforo siempre termina poniéndose verde. ¿Te apetece un café?
No sabía por qué me decía aquello. Tampoco encontré explicación a su invitación, imaginé que tal vez mis lágrimas le habían conmovido. Pero acepté. Tal vez el semáforo de mi vida estuviera a punto de ponerse en verde de nuevo


sábado, 27 de abril de 2013

En Venecia

                              

     Ven, siéntate a mi lado, que al hilo de lo que me acabas de decir quiero contarte algo. Yo ya estuve allí hace muchos años, cuando apenas era una niña, recién estrenada la adolescencia, esa época de rebeldía inhóspita que a veces nos lleva a cometer los mayores despropósitos.
     Aquel viaje comenzó con una mentira. Yo sabía que mis padres nunca me darían permiso para irme tan lejos con cuatro chicas más mayores que yo, amigas de mi hermano, que aceptaron llevarme con ellas cansadas de mi insistencia y con la intercesión de aquél, el cual veía en el viaje la posibilidad de librarse de mí durante unos días. El plan de viaje era mochila al hombro y como medio de transporte el que cuadrara, a veces un bus, otras la caridad de cualquier conductor. Así que dije en casa que  mi mejor amiga me había invitado a pasar una pequeña temporada en el chalet que sus abuelos tenían en  Benidorm y se lo tragaron. Por suerte en aquella época no había móviles, y por ende, el control al que me podían someter era mucho menor que si toda aquella locura la hubiera cometido hoy.
     Partimos casi a escondidas una calurosa mañana de agosto, en un bus viejo y maloliente, cuyos conductos de aire acondicionado no eran otra cosa que las minúsculas ventanillas superiores que habíamos de mantener abiertas si no queríamos fallecer de un golpe de calor. No sé cuántas horas tardamos en llegar a Barcelona, primera etapa de nuestro alocado viaje, lo que sí recuerdo es que estábamos tan cansadas que paramos a dormir en la primera pensión de mala muerte que nos encontramos, un lugar lúgubre y sucio por cuyas habitaciones campaban a sus anchas las cucarachas que, amparadas por el calor, salían a buscar su ración diaria de comida. No nos importó demasiado, entre otras cosas porque no nos percatamos de ello hasta que los primeros rayos de sol nos despertaron conminándonos a reanudar nuestro periplo.
       Tal vez se hayan borrado de mi memoria algunos detalles, incluso algunas etapas del trayecto que nos llevó a la ciudad de los canales, porque el siguiente lugar en que recuerdo recalar fue en Niza, en plena Costa Azul francesa. Allí armamos nuestras tiendas de campaña en un camping contiguo a la playa… la playa, es tan grande que va de punta a punta de la ciudad y nos gustó tanto que allí decidimos quedarnos dos días antes de continuar.
     Mi recuerdo de aquella ciudad es especialmente tierno, pues allí conocí a Angelo, un italiano descarado y pendenciero que me enamoró con la premura propia y característica de los pocos años. Ni siquiera sé cómo llegamos a entendernos, pues ni él hablaba una palabra de español, ni yo el más elemental italiano, aunque supongo que, como alguna vez oí decir no sé a quién ni en qué lugar, el único idioma universal que existe es el del amor, y así debió de ocurrir entre nosotros, porque los besos que nos dimos fueron suficientes para comprendernos.
      Le conocí una mañana a la orilla del mar, cuando yo paseaba con descaro mi cuerpo insinuante y  medio desnudo en un acto de libertad hasta entonces prohibido. No pudo apartar los ojos de mí cuando pasé por su lado y al escucharle decir aquello de “bella ragazza” le regalé una sonrisa y seguí mi camino sin atreverme a volver la vista atrás. Después de darme un baño en aquellas aguas de cristal deshice el camino andado con la esperanza de volver a ver a aquel muchacho de cabellos rizados y ojos de azabache que en apenas unos minutos había pasado a ocupar una parte importante de mi cerebro. Mas no hubo suerte y volví a mi toalla pensando en que entre tanta gente sería demasiada casualidad volver a encontrarlo.
        Pero las casualidades existen ¿no crees? No en vano tú y yo nos hemos encontrado así, de casualidad, y ese mismo azar que a veces se empeña en jugar a su capricho con nuestras vidas volvió a poner en mi camino al chico que me había hecho jugar al escondite con un amor incipiente  y precipitado con el que me había pasado el día fantaseando.
      Aquella misma noche, después de prepararme para dormir, al salir de los baños del camping, llegaron a mis oídos las mismas palabras de aquella mañana: “Bella ragazza”. Mi corazón dio un vuelco y mis ojos dirigieron la mirada hacia el chico que, apoyado en un árbol, parecía estar esperando mi llegada desde siempre. De nuevo le sonreí, pero esa vez no seguí mi camino, sino que me acerqué a él y le saludé con un simple “hola”, pues la tensión impedía que de mi garganta pudieran salir más vocablos. “¿Española?” me preguntó, y yo asentí con la cabeza separándome el pelo de la cara en un gesto nervioso. Me dijo cosas que no entendía, pero me daba lo mismo, me conformaba con verle, con empaparme de su presencia y cuando me invitó a pasear accedí con la esperanza de que aquella pequeña ronda trajera consigo alguna insinuación de amor por su parte. Ya sé que es una bobada, claro que lo sé, pero sólo tenía quince años y si aún hoy, que soy una mujer madura, a veces no puedo dejar de comportarme como una adolescente, imagínate por aquel entonces.
      Angelo me besó aquella noche, en un gesto de atrevimiento que a mí me pareció una demostración perfecta de amor, sembrando la huella de la ilusión y la pena por la próxima despedida. Porque únicamente podríamos disfrutar juntos del día siguiente, que se adivinaba transcurrir entre la esperanza de un romántico idilio que nacía y el desencanto de un adiós inevitable y seguramente definitivo. Las cosas buenas siempre duran poco o al menos esa es la impresión que deja en nuestra mente el rápido transcurrir de los momentos felices.
       Apenas debían ser las nueve de la mañana cuando iniciamos la jornada. Yo me despedí de mis compañeras de viaje advirtiéndoles que no contaran conmigo hasta bien entrada la noche y así fue.
     Angelo y yo callejeamos por la ciudad antigua, que encierra en sus callejuelas inmensos pequeños tesoros, diminutas tiendas de artesanía ubicadas bajo los arcos medievales, pequeños bares y restaurantes coquetos salpican esa atrayente parte de la urbe dotándola de un encanto especial que se graba para siempre en la retina del visitante. Cualquier rincón era bueno para un beso, para una caricia, para palabras incompresibles susurradas a media voz que por sólo ese hecho ya conseguían excitar mi alma de niña.
     De tarde subimos a la Colina del Castillo, desde donde se puede apreciar una panorámica incomparable de la ciudad. Y allí, entre el sol del atardecer y las primeras estrellas que comenzaban a espolvorear el cielo de luces plateadas, Angelo me prometió un amor eterno que yo me creí. Huelga decir que nunca más supe de él. Mis cartas jamás fueron contestadas y mi corazón se volvió un poquito más duro a golpes de indiferencia, pero como comprenderás, eso vendría mucho más tarde.
      Aquella noche, de regreso al camping, mi conquista y yo apuramos las últimas horas juntos entregándonos a juegos amorosos no carentes de inocencia. No llegamos al final, yo todavía era muy niña y no me atreví a dar el paso, pero no creas que no soñé con el momento  posible una y mil veces, recordando sus besos, poniendo en sus manos caricias nunca regaladas.
      Cuando llegó el momento de la partida lloré, lloré como una tonta por dejarle allí, lloré porque me iba a la ciudad romántica por excelencia sin la compañía adecuada. Es por eso que Venecia, a mi ojos de adolescente enamorada, apareció diferente a como yo había esperado. Es cierto que es una ciudad idealizada por sueños tiernos, apasionados, me atrevería a decir incluso que cargados de exagerada sensibilidad, mas cuando me surgió la posibilidad de visitarla apenas pensé en nada de eso. En aquellos momentos ir a Venecia era como ir a cualquier otro lugar, el caso era salir de casa y escapar durante unos días del dominio paterno, y no esperaba otra cosa que unos días de diversión y un toque de aventura con unas amigas, pero después de haber conocido por vez primera las mieles del amor y de haberlo tenido que dejar medio “abandonado”, mi percepción de los canales y los puentes cambió por completo. Ya no formaban parte de una ciudad sin más, eran rincones que nunca debieran ser disfrutados en soledad.
       Llegamos a Venecia después de tomar unos cuantos autobuses y haber hecho autostop alguna que otra vez, bajo una tormenta y un aguacero que tuvieron el poder de ensombrecer nuestra presencia. Por fortuna la climatología adversa no duró demasiado y aquel mismo día por la tarde el cielo se abrió de nuevo permitiéndonos instalar las tiendas de campaña y asentarnos en el camping a las afueras de la ciudad. A lo lejos, cuando las nubes se disiparon, se perfilaba la Torre de la Plaza de San Marcos y un poco más allá se podía divisar la Isla de Murano, en la que se fabrica el famoso y bello cristal.
Mis compañeras de viaje estaban impacientes  por iniciar su aventura veneciana, sin embargo a mí la perspectiva de pisar sus calles sin Angelo a mi lado me hacía sentir un tanto melancólica. Por unos instantes me sentí también un poco estúpida. Yo nunca había sido una muchacha demasiado sensible, al revés, mi carácter díscolo y rebelde era ciertamente incompatible con la sensiblería. Yo era una chica “progre”, libre, decidida, dura…. Hasta entonces. No obstante, quise alejar de mí el fantasma de la nostalgia y a la mañana siguiente me uní a las demás intentando aparentar una falsa alegría que no sentía, pero a la que sabía debía abrir la puerta de mi alma y dejar entrar.
     El primer contratiempo que me impidió sentirme contenta fue el mareo que se apoderó de mí en el pequeño muelle flotante por el que había que pasar necesariamente para tomar el vaporetto, el barco que cruzaba el Gran Canal y que nos conduciría a la Plaza de San Marcos. Curiosamente y por fortuna, el viaje en el barco no me mareaba, pero los escasos minutos previos al embarque eran para mí una especie de tortura y eso se repitió un día tras otro durante las tres jornadas que dedicamos a visitar la ciudad. Créeme si te digo que me pongo mala sólo de pensar que esa experiencia ha de volver a repetirse en breve.
     El pequeño trayecto  a través del Gran Canal era tan hermoso que por unos instantes inundó mi mente y tuvo el poder de hacerme olvidar cualquier cosa que no fuera la belleza que se me mostraba ante mis ojos. De pronto me pareció haber penetrado en una ciudad irreal, en un cuento de hadas, en una historia salida de la antigüedad. Los palacios que se erigían a un lado y a otro daban majestuosidad a la situación, mostrando con descaro su hermosura.
     Al llegar a  la Plaza de San Marcos la ciudad se abrió ante nuestros ojos. Por unos instantes nos quedamos mudas; luego, una de nosotras, tal vez yo misma, se atrevió a pronunciar sólo dos palabras “Vaya pasada”. Con esa expresión de andar por casa dábamos a entender el asombro que sentíamos ante un paisaje nunca visto. ¡Qué bello es aquel rincón! La catedral, el campanile, el palacio Ducal, los soportales que rodean la plaza guareciendo dentro de si pequeñas tiendas de regalos o encantadoras cafeterías que reciben al visitante con las melodiosas notas de un violín o un acordeón.
       Recuerdo especialmente una tarde en la que nos dedicamos a comprar regalos para los nuestros. Entramos en una de esas tiendas que acabo de describirte en la que una de las chicas quiso comprar un jarroncito de Capo di Monte, una porcelana fina muy cotizada en la ciudad. El dependiente, un hombre elegante, serio y extremadamente correcto, intentaba convencerla de manera sutil de que el precio de la pieza era más que adecuado a su valor, más a mi amiga, por supuesto absolutamente lega en la materia, no acababan de convencerle los argumentos del buen hombre. Yo andaba por la tienda, echando una mirada a la ingente cantidad de objetos que se agolpaban en las estanterías, sin hacer demasiado caso al regateo inútil que aquellos dos se traían entre manos, cuando me fijé en un cenicero de cristal de Murano amarillo decididamente horroroso, el regalo ideal para mi padre, fumador empedernido y muy especial en sus gustos. Estaba seguro de que aquel cenicero le encantaría, así que lo cogí, me acerqué a mi amiga y, mostrándoselo, le dije por lo bajo: “Dile que te llevas el jarrón si te regala este cenicero. Si lo consigues yo te doy la diferencia del regateo”, aun cuando era bastante evidente que el muchacho no aceptaría la propuesta, pues el valor del cenicero era bastante superior al de la rebaja que mi amiga le proponía. Efectivamente la negativa fue la respuesta y ya casi estábamos a punto de tirar la toalla en nuestros inútiles intentos por convencer al dependiente cuando de pronto salió de la trastienda un hombre entrado en años que resultó ser el dueño del negocio y que cuando se dio cuenta del toma y daca en el que estábamos sumergidos, mirando a mi amiga con ojos de cordero degollado, tomó el cenicero entre sus manos, se lo entregó a su empleado y le ordenó que lo empaquetara para regalárselo a la bella española. Mi amiga  le sonrió agradecida mientras el dependiente obedecía sin replicar y con su mejor sonrisa forzada nos entregaba nuestros preciados objetos. 
      Yo le pagué a la chica un precio irrisorio por el cenicero, se lo regalé a mi padre, mintiéndole sobre su procedencia por supuesto, y todos tan contentos.
       Es curioso, pero creo que las mujeres españolas, a pesar de no ser sustancialmente distintas a las italianas, por lo menos en su aspecto, despertamos en los hombres de aquel país un interés especial que se escapa a mi entendimiento. No hubo ni un día en que algún caballero no se acercara a nosotras con un piropo en los labios, aunque a mi me importaba un pito, pues en mi pensamiento y mi corazón no tenía cabida más que el Angelo que había dejado en Niza.
      Tal era la fijación que tenía en mi mente que un día, estando parada ante una tienda de souvenirs miando unos collares, me fijé en un chico que se alejaba  caminando a buen paso entre la multitud. La misma altura, el mismo cabello negro ensortijado…tenía que ser él. Tal vez, sabiendo que yo estaba allí, hubiera venido en mi busca, incapaz de soportar mi ausencia. Cegada por la ilusión y la emoción le seguí. Las calles estaban atestadas de gente, el muchacho no caminaba despacio precisamente y a mí me era difícil no perder su rastro. Choqué en más de una ocasión con los viandantes, que me miraban algunos extrañados, otros divertidos y los más con cara de pocos amigos. Yo murmurada disculpas ininteligibles con la vista fija en el que yo creía mi amor perdido. Le di alcancé frente al Puente de los Suspiros, aquél en el que los prisioneros lanzaban sus suspiros al aire cuando veían por última vez el cielo y el mar. Yo también suspiré aquel día, pero de desilusión, cuando finalmente pude comprobar que el chico perseguido nada tenía que ver con quién yo buscaba.
     Cabizbaja y triste emprendí el regreso al embarcadero de la plaza de San Marcos, dónde había quedado con las chicas para regresar al camping. Anochecía y el sol, convertido en una bola incandescente en el horizonte, teñía el cielo de tonalidades rojizas. Nos subimos al vaporetto y en nuestro viaje de regreso pudimos ver las góndolas que, estratégicamente colocadas, daban cobijo a las parejas enamoradas mientras un tenor las deleitaba con su voz y un músico lo acompañaba con un violín. Aquella imagen que parecía sacada de una escena de película empalagosamente romántica me hizo llorar. Yo también quería estar allí, en una góndola, al lado de alguien que me arropara a su lado y me susurrara al oído lo mucho que me quería. ¡Ay, los quince años! Decididamente la adolescencia es una época que no nos deja disfrutar de las cosas simples de la vida. Todo, hasta lo más sencillo, es convertible y de hecho la mayoría de las veces se convierte, en toda una tragedia. Y en aquellos instantes para mí era una tragedia no poder surcar los canales en góndola con mi amor del alma
      Sin embargo poco me imaginaba yo el último día de estancia en la ciudad iba a ver cumplido parte de mi sueño. Mis amigas y yo tomábamos un delicioso helado italiano sentadas en una terraza cerca de la basílica de San Marcos. A nuestro lado unos chicos miraban unas fotos y hacían comentarios entre ellos. De pronto uno  se giró hacia mí y enseñándome una foto en la que se veía a él mismo con otro muchacho, me comentó algo que yo no comprendía.
     -¿Entiendes algo? – me preguntó una de las chicas.
     -Nada de nada – le respondí.
     Entonces el chico se me quedó mirando y afirmó más que preguntó: “Española” . Asentí con la cabeza y él me explicó que nos había oído hablar entre nosotras  y que pensó que hablábamos un dialecto propio del norte de Italia. El muchacho, que resultó llamarse Piero, manejaba algo de español y a cuenta de ello y de que debimos de caerles bien, él y sus amigos se unieron al grupo.
     Pasamos el resto de la tarde juntos. Piero mostró desde el principio cierto interés por mí y hacia el final del día, cuando se acercaba la hora de dejar definitivamente la ciudad, me sugirió que pidiera un deseo.
     -¿Por qué? – pregunté curiosa.
      -Porque te vas a marchar. Y yo quiero concederte un deseo para que no te olvides de Venecia.
      -¡Anda! Como si fueras el genio de la lámpara. – me burlé yo –pero puestos a pedir…. ¿me llevas a dar un paseo en góndola?
      Piero me tomó de la mano, ante la atónita mirada del resto del grupo, me llevó hacia el embarcadero y allí mantuvo una corta conversación con el gondolero, finalizada la cual me ayudó a subir a la coqueta embarcación, haciéndolo él a continuación.  Comenzamos nuestro viaje, que nos llevó a recorrer buena parte de la ciudad por sus canales. Piero me hablaba, me contaba historias que tenían mitad de realidad, mitad de leyenda, sobre los palacios que íbamos dejando atrás y yo vi la ciudad con ojos nuevos. Porque has de creerme si te digo que la sensación que sentí al contemplarla desde los canales nada tuvo que ver con la que sentí al recorrerla andando. Era como si entonces, sentada en la góndola, acompañada de un completo desconocido, me encontrara inmersa en su medio natural, en su esencia.
     El recorrido duró bastante tiempo y cuando llegamos de nuevo al embarcadero ya casi el último vaporetto estaba a punto de salir. Me despedí del muchacho y de sus amigos y embarqué para emprender el regreso. Mientras recorría el Gran Canal, casi de vuelta a casa, me despedí también de la ciudad y al mismo tiempo me hice una promesa: volver, pero volver con alguien a mi lado, con alguien que mereciera la pena, con una persona con la que pudiera compartir todo el encanto de aquel lugar.
    Nunca pude cumplir mi promesa, porque nunca encontré a nadie que me hiciera sentir la necesidad de regresar. Sólo cuando escuché tus palabras: te voy a llevar a Venecia, en ese preciso instante, un resorte se activó en mi mente y supe que eras tú la persona que estaba esperando. Sí, por supuesto que me quiero ir contigo, a pesar de mi miedo al avión, a pesar del mareo que me produce subirme al vaporetto, a pesar de todos los inconvenientes que pudieran surgir, quiero irme contigo. ¿Y sabes cuál es mi mayor deseo? Te lo voy a contar. Subir a una góndola a tu lado, acurrucarme contra tu pecho sintiendo tu brazo rodear mis hombros y surcar los canales en silencio, escuchando únicamente el leve chapoteo del agua y el latido de nuestros corazones. Así se cumplirá el sueño de mis quince años, no con Angelo, no con Piero, contigo, porque tú eres con quien quiero compartir aquella ilusión de adolescente.
     
    
      
      

jueves, 14 de febrero de 2013

PARA VOLVER A VIVIR


PARA VOLVER  A VIVIR

     El otoño invitaba a salir en loca procesión de hojas caídas, y Lucía, aquella fatídica tarde de noviembre, aceptó su invitación y salió tras ellas con el entusiasmo propio de sus pocos años. No, no la retuve, no había motivo alguno para hacerlo, salía siempre a la misma hora y ni por la cabeza  se me pasó que aquella vez tuviera que ser diferente a las demás.

     Le gustaba el otoño a mi pequeña. Solía decirme que no entendía por qué la gente se mostraba alicaída cuando llegaba esta estación, si los colores ocres y rojos que la naturaleza nos regalaba eran lo más precioso del mundo. Supongo que era una observación infantil, pero yo le daba la razón, porque me sentía feliz viendo su entusiasmo, su alegría de vivir, esa alegría que aquella tarde quedó relegada al olvido para siempre.

     Lucía se puso su chandal rosa, aquel que le había regalado su padre por su último cumpleaños, se recogió su melena negra en un moño descuidado, me dio un beso en la mejilla y salió de la casa pidiéndome que le hiciera de cena huevos con patatas fritas.

      -Volveré a la hora de siempre – me dijo – si por cualquier causa tengo que retrasarme te avisaré.

     Cuando escuché cerrar la puerta de entrada me senté en el sofá del salón y encendí la televisión. Después de comprobar que no daban nada interesante, estiré los pies encima de la mesa, me recosté hacia atrás y cerré los ojos. Había tenido un día horrible en el hospital, no había cesado de llegar gente al servicio de urgencias  y me sentía realmente cansada, tanto, que me dormí casi sin darme cuenta. Cuando desperté habían transcurrido más de dos horas y Lucía no había llegado todavía. Miré la pantalla de mi móvil por si tenía alguna llamada perdida pero no era así. Me extrañó tanto que me levanté y revisé toda la casa por si se encontraba allí, aunque sabía que, de ser  así, me hubiera despertado al llegar.  Cuando comprobé que efectivamente no estaba comencé a inquietarme. Ella era una chica diligente y responsable, de hecho me había advertido que si llegaba tarde me avisaría, así que no me fue difícil llegar a la conclusión de que algo tenía que haberle ocurrido. Inicié un loco paseo por la casa muy nerviosa, sin saber qué hacer, hasta que al transcurrir una hora más y ver que mi hija no terminaba de aparecer, tomé el teléfono y llamé a su padre, del que me había separado apenas unos años después de nacer ella pero con el que siempre mantuve una excelente relación. Le conté lo ocurrido y trató de tranquilizarme diciendo que probablemente Lucía se hubiera encontrado con alguna amiga y se había olvidado de llamar. Pero yo sabía que no era así, sabía que a mi pequeña le había pasado algo y cansada de esperar salí a buscarla.

      Me dirigí al parque que se encontraba a apenas dos manzanas de casa, por dónde sabía que ella solía correr, mas temerosa por lo que mi mente me decía que podía encontrar, di media vuelta y me fui a la comisaría de policía más cercana. Allí apenas me hicieron caso, me trataron poco menos que  como a una histérica, salvo un muchacho joven que, supongo que al ver el estado de nerviosismo en el que estaba inmersa, se ofreció a acompañarme al parque para comprobar, según sus palabras, que allí no le había ocurrido nada malo a mi hija.  Mas en apenas unos minutos pudimos confirmar que el joven se había equivocado y que mis sospechas eran ciertas. En una esquina, medio tapada por las hojas secas que el viento de otoño había arremolinado a su alrededor, Lucía yacía tirada en el suelo, desnuda de la cintura para abajo, con el resto de la ropa hecha jirones, la cara desfigurada por los golpes y un reguero de sangre corriendo entre sus muslos.
*

        Es cierto, las heridas del cuerpo se curan pronto, son las del alma las que quedan ahí, gravadas a fuego, sin dejarnos volver a vivir. A mi niña la trasladaron al hospital y en apenas una semana su rostro recuperó su natural belleza, pero jamás volvió a ser la misma. Un desgraciado la había mancillado y había sesgado su vida para siempre. Al principio su obsesión era haberse quedado embarazada o haber contraído el sida, pero yo creo que aquel miedo era sólo un escudo, una tapadera para intentar ocultar todo el horror que había quedado aprisionado en su interior. De pronto se convirtió en una chica introvertida, triste, temerosa de todo, de salir de casa sola, de ir al instituto, de relacionarse con la gente, de cualquier contacto físico.... Yo intentaba animarla, pero su  respuesta era siempre la misma.

        -¿Cómo quieres que me anime sabiendo que el tipo ese anda por ahí fuera y puede volver a acercarse a mí en cualquier momento?

           En el fondo tenía razón. Porque a pesar de la denuncia interpuesta y de las investigaciones policiales, no fueron capaces de dar con el desalmado que había violado a una niña de apenas dieciséis años. Lucía lo describió con toda claridad. Dijo que no era la primera vez que lo veía, que en alguna ocasión se habían cruzado cuando ambos corrían por el parque y que se había fijado en él porque vestía un chandal igual a uno que tenía su padre. Era un hombre de mediana edad, alto, de complexión atlética, con pelo negro ligeramente largo, nariz aguileña y ojos negros.

         -Increíblemente negros – le dijo mi hija a la policía que la interrogó – tan negros que daban miedo.

         Pero de nada sirvieron sus descripciones, y con el tiempo el caso fue cayendo en el olvido de todos, menos en el suyo, en el mío y en el de toda la gente que la quería.

         Hubiera dado lo que fuera porque nada de aquello hubiera ocurrido, porque mi hija no tuviera que pasar el sufrimiento que estaba pasando, por encontrar a aquel hombre y hacerlo añicos con mis propias manos. Por eso el día que mi hija lo reconoció por la calle, parte de mi angustia se convirtió en sed de venganza, de una venganza real y posible que de pronto parecía ponérseme al alcance de la mano. Lucía paseaba conmigo por la calle cuando lo vio salir de un edificio de oficinas.

        -Mamá, aquel hombre -me dijo mirándole fijamente y haciendo que mi propia mirada se desviara hacia él – es el hombre que me violó.

        -¿Estas segura? - le pregunté, pues no me cuadraba el aspecto impecable y respetable de aquel individuo con el perfil de un violador.

        -Completamente – me respondió mi hija con una calma que me estremeció – no olvidaría su rostro ni aunque me empeñara en ello con todas mis fuerzas.

        Todo lo que vino después fue una auténtica locura. Interpusimos la pertinente denuncia, lo detuvieron, lo interrogaron, interrogaron de nuevo a mi hija.....pero de nada sirvió. El era un hombre importante, íntegro, decente, conocido en ciertos círculos sociales que no estaban a nuestro alcance y sobre todo, después de pasado tanto tiempo ya no había pruebas concluyentes lo suficientemente sólidas para acusarle. Mi hija se derrumbó al tener que revivir de nuevo su  infierno particular sin que valiera para nada y yo me juré darle el escarmiento que se merecía el día en que aquel hombre se cruzó conmigo en los pasillos del juzgado y mirándome con una media sonrisa en el rostro me dijo lleno de cinismo “tu hija tiene unas bonitas tetas”. Si me quedaba alguna duda  sobre su culpabilidad aquella asquerosa frase me la disipó por completo. No sabía cómo, ni cuándo, pero aquel ser abominable caería en mis manos.

       Siete años tuve que esperar, siete años en los que fui muda testigo del padecimiento de Lucía, de como iba creciendo y haciéndose una mujer sin que aquella pena que se había asentado en su alma la abandonara nunca del todo, siete años en los que mi único deseo fue que mi hija volviera a vivir la vida plena que un día había gozado... y por fin me llegó la oportunidad ansiada.

        Supongo que a más de uno le parecerá mentira, y no es para menos. Casualidades como esta ocurren muy pocas veces en la vida. Porque ya me dirán si no es casualidad que el violador de mi hija, el hombre que le había destrozado la vida, viniese a parar un buen día al hospital donde yo ejerzo como enfermera. Apenas me lo podía creer cuando le vi, tirado en una camilla en el servicio de urgencias, afectado de una dolencia simple que, para su desgracia, le llevaría a la muerte de forma irremediable. No lo dudé un instante. El azar lo había dejado en mis manos y yo tenía que aprovechar la ocasión. Ni siquiera me puse nerviosa cuando entré en el box en el que se encontraba e inyecté una jeringuilla de aire en el tubo de su suero. . En pocos segundos un infarto o una embolia  acabarían con su vida. El hombre dormía y yo esperé pacientemente a que los efectos del aire en su sangre se hicieran visibles. De pronto abrió los ojos como platos y se encontró con mi rostro. Yo le sonreí y sin más salí de allí. Continué mi trabajo sin dejar de prestar atención a los acontecimientos. Unos minutos más tarde a alguien oí decir que el hombre del box número tres había muerto de repente, probablemente de un infarto fulminante. Entonces respiré aliviada. A Lucía le había llegado el momento de volver a vivir.

jueves, 12 de julio de 2012

MAS ALLÁ DE LA MUERTE


DORITA
Desde luego Eloy, ya puedes estar contento, menuda putada que me has hecho, putada sí, has oído bien, a pesar de que a mí no me guste en absoluto utilizar palabras malsonantes, pero es que hijo, yo que pensaba que la época de los malos momentos estaba ya superada, que era sólo un recuerdo. Pues parece que no, en el momento más inoportuno, cuando estábamos disfrutando de la mejor etapa de nuestra vida juntos, tú vas y te mueres, como si yo te importara una mierda. Me dejas sola, como tantas otras veces habías hecho, pero esta vez definitivamente, no me lo puedo creer, con la de penurias que he pasado a tu lado, ahora que ya estaban superadas... Fíjate, me has dejado tan confundida que en estos momentos no sé si echarme a llorar o a reír como una estúpida, depende de lo que se me venga a la mente. Y es que claro, morirte así, tan de repente, por sorpresa, cuando estábamos a punto de emprender ese viaje de ensueño, culminación de nuestros deseos, o tal vez debiera decir de mis deseos, en todo caso, la ocasión perfecta para volver a ser la pareja ideal que siempre deseé que fuéramos.  
         Cuarenta años juntos, Eloy, cuarenta años, que se dice pronto, pero a ver qué otra mujer hubiera aguantado tanto tiempo a tu lado; ninguna, te lo digo yo, porque tienes que reconocer que nuestro matrimonio no fue precisamente un camino de rosas y que me lo hiciste pasar muy mal, pero que muy mal eh, que lo sepas, aunque siempre me mantuve calladita y no osé protestar por nada. Gracias a las enseñanzas de mi pobre madre, a sus consejos sabios, me mantuve al pié del cañón, gracias a ella, chico, de eso puedes estar seguro, si no a la primera de cambio te hubieras quedado solo, que más de una vez fue lo que te merecías. Porque dime tú, esa manía de ir al fútbol todos los domingos con los amigotes, mientras a mí me dejabas en casa sola, aburrida como una ostra, las tardes de domingo Eloy, los momentos que debíamos aprovechar para salir a dar un paseo juntos, pero que va, tú con los amigos y yo sola en casa y con la pata quebrada. Me invitabas a acompañarte, como no, siempre fuiste el rey de la diplomacia, pero es que yo odio el fútbol y tú lo sabes, siempre lo supiste, por eso tus invitaciones casi me parecían más humillantes que el hecho de dejarme en la casa medio abandonada.
      Y esas reuniones con tus colegas del Ateneo, tan falsamente eruditos, que os creíais que con las bobadas que hablabais allí ibais a arreglar el mundo. Pero sobre todo, Eloy, sobre todo, lo que más me molestaba de ti, esa manía de corregirme en público, aunque fuera de buenos modos y con esa sonrisa de bobalicón que te caracterizaba, pero es que nada de lo que yo decía estaba bien, y eso me dolía Eloy, vaya que si me dolía, porque aunque no tuviera estudios como tú, tienes que reconocer que la vida también enseña, cariño, y mucho, y yo vida la que quieras corazón, de verdad, que tuve un infancia muy dura y luché mucho por salir a flote, que hasta hambre pasé cuando mi pobre padre se murió, de repente también, como tú, que parece que os gusta fastidiar dejando a las mujeres en este mundo, así, sin despedirse, sin avisar ni nada. ¿Que éramos diferentes? Pues claro que lo éramos, pero al fin y al cabo tú me elegiste como esposa, nadie te obligó a casarte conmigo y chico, qué quieres que te diga, las mujeres no venimos con derecho a devolución, por lo menos antes, ahora ya no sabría qué decirte, con tanta separación y tanta relajación de costumbres, que se ha perdido la decencia y las formas, todo, y a mi a decente, no hay quien me gane.
      ¡Ay Eloy! ¡Qué triste me siento! Y no sólo porque te has ido, sino por todo lo que no vamos a vivir juntos, por ese tiempo precioso que no hemos sabido aprovechar, o mejor dicho, que tú no has sabido aprovechar, conmigo por lo menos, aunque estoy segura que con otras sí que has disfrutado lo tuyo, que no soy tonta ¿o te crees que no sé lo del viajecito aquel a Canarias, con la excusa del congreso sobre no sé qué sostenible, que ahora se habla mucho de ello, pero entonces nadie sabía lo que era? Bien sé yo que te fuiste con Melania, aquella compañera tuya del Instituto profesora de Biología, tan moderna ella, tan “progre”, tan pelandusca, diría yo. Y es que no hay quien me quite de la cabeza que entre vosotros hubo algo, segurísima estoy aunque mis ojos no lo hayan visto, pero mi sexto sentido no me engaña. Siempre hablando de ella, que si Melania por aquí, que si Melania por allá...y luego, ale, juntos a Canarias, no me digas que no es sospechoso, tanto más cuando tampoco en esa ocasión quisiste llevarme contigo, con lo mucho que me hubiera gustado a mí conocer Canarias; pero que va, según tú iba a aburrirme porque  tenías que trabajar y no te iba a quedar tiempo para nada. ¿Aburrirme yo? De eso nada, corazón, si tú ibas a trabajar yo ya me las apañaría, pero me quedé en casita sin rechistar, como siempre, que ahora me arrepiento de lo tonta que siempre fui y todo por ser una señora como Dios manda.
         Y es que encima seguro que la Melania de las narices no fue la única, porque ¿qué me dices de Isabelita Montoto, aquella que me presentaste cuando la fiesta del veinticinco aniversario del Ateneo? Muy culta, escritora de poemas, que un día me leíste uno y resultó ser una verdadera birria, sin rima ni nada, pero a ti se te llenaba la boca cuando hablabas de ella. Bien me fijé que aquella noche la mirabas con ojitos de cordero degollado, en lugar de mirarme a mí, a mí, Eloy, a tu mujer, que puede que no fuera tan culta como Isabelita, ni supiera escribir poemas, líbreme Dios de intentarlo, pero era tu mujer, y bien guapa, que siempre llamé la atención a los hombres, eso tú bien lo sabes, aunque sin intención, eso por supuesto, pero no había muchacho en el pueblo que no me hubiera tirado los tejos y no me extraña, que mis ojos negros y mis largas piernas llamaban la atención a cualquiera, que no esta bien que yo lo diga pero es que era así, que los traía locos a todos, hasta que apareciste tú y me enamoré de ti como una tonta y partir de ese momento los demás hombres dejaron de existir para mí. Y oportunidades no me faltaron, que lo sepas, que a más de uno tuve que pararle los pies y a quien menos te imaginas, que si lo supieras volverías a morirte, te lo digo yo. Pero tú nada, tú a lo tuyo a mirar a otras, mas cultas, más poetas, mientras tu mujer sufría calladamente, sin decirte nada, para no preocuparte, para no armar follón. “Ya se dará cuenta”, pensaba yo, y sí, por fin te diste cuenta, tarde, pero más vale tarde que nunca. Aunque ya ves, poco me duró la dicha, cinco años jubilado, sólo cinco años en los que te comportaste como un marido de verdad y me dedicaste la atención que me merecía, cinco míseros años, cariño, y vas y te mueres, justo dos días antes de emprender ese crucero por el Mediterráneo que me tenía tan ilusionada. Fíjate que a esta hora deberíamos estar en la cubierta del barco, mirando al mar, en lugar de metidos en este coche fúnebre, tú ahí detrás, en tu ataúd, con destino a tu última morada y yo aquí delante, al lado de un chófer con cara de imbécil y sin poder sacarme de la cabeza todas estas tonterías. ¡Ay Eloy! ¡Qué desconsiderado has sido! ¡Qué pena tan grande me oprime el pecho!

ELOY
Ya lo sé, Dorita, ya lo sé, ya sé que no me he comportado contigo como tú hubieras deseado, o según tú piensas, como te hubieras merecido, pero tampoco fue para tanto. Que sepas que todas esas cosas que se te están pasando por la cabeza, no son más que bobadas, no son ciertas y eso me hace sentir peor, porque me doy cuenta de lo engañada que has vivido y de lo poco que confiabas en mí. Mira tú, una de las cosas buenas que tiene el morirse es el conocimiento que estoy teniendo sobre lo que piensan y sienten los
demás, en este caso tú, mi vida, que aunque te cueste creerlo, siempre has sido lo que más me ha importado en la vida. La pena es que tú no podrás saber lo que pienso yo, así que me tengo que conformar con ser mudo testigo de todas esas tonterías que pueblan tu mente sin poder rebatirlas, sin poder demostrarte que tú has sido lo mejor que me ha pasado en la vida.
      Yo jamás te fui infiel, mi querida Dorita, ni con Melania, ni con Isabelita Montoto ni con nadie. ¡Pero si yo sólo tenía ojos para ti! Cierto es que pasaba muchas horas en el Instituto, con ellas y con otras, con mis compañeras, era mi trabajo, no me quedaba más remedio ¿qué querías que hiciera? ¿que no fuera a trabajar para no tener roce con ellas? Bien que te gustaba que llevara dinerito a casa para poder darte todos los caprichos y no tener que pasar privaciones, como muchas de tus conocidas, que eran tiempos difíciles Dorita, muy difíciles, que un sueldo como el mío pocos hombres lo ganaban y si para ello tenía que trabajar muchas horas pues no me quedaba más remedio que hacerlo. ¿Y que estaba con mujeres? Pues si, y con hombres, porque la mayoría de mis compañeros eran hombres, bien lo sabes y con ellas jamás pensé en tener nada de nada, puedes estar segura.
      ¿Que no estabas a su altura culturalmente hablando? Pues es verdad, tú misma tienes que reconocerlo, de hecho alguna vez que te llevé conmigo al Ateneo saliste enfadada y aburrida, diciendo que no habías entendido nada de lo que allí se contaba y que no deseabas volver. Yo lo único que hice fue respetar tu decisión, tu voluntad y trabajar, Dorita, siempre trabajar, para que no te faltara de nada. Y si alguna vez te corregía, era por tu bien cariño, y bien sabes que siempre lo hice con delicadeza, jamás te puse en ridículo delante de nadie, es más, me atrevo a decirte que eso ya lo hacías tu solita, cuando soltabas un “haiga” en vez de un “haya” por ejemplo y otras lindezas por el estilo.
       En el fondo siempre supe que desconfiabas de mí, fundamentalmente por esa manía que tenías de revisar los bolsillos de toda mi ropa con la excusa de que no se metieran objetos extraños en la lavadora, esa manía de olerlo todo, como si buscaras un perfume femenino que no fuera el tuyo....pero Dorita, si yo hacía honor a tu lindo nombre y te adoraba, porque ¿a guapa? A guapa no te ganaba nadie, en eso te doy la razón. Todavía recuerdo cuando te vi por primera vez, en el Baile de la Flor que organizaban en tu pueblo para celebrar la llegada de la primavera. Me fijé en ti nada más entrar en el recinto, tan alta, tan guapa, tan elegante, tan... señora, porque siempre fuiste una señora con todas las de la ley, y haciendo gala de ello te resististe a mi conquista, para mi desilusión, pero yo insistí, no cejé en mi empeño de conquistarte y un día, por fin, accediste a salir conmigo y con orgullo te paseé cogida de mi brazo, sabiendo que era la envidia de todos los hombres que nos veían pasar. Ya sé, Dorita, ya sé que muchos de ellos te tiraron los tejos con descaro, incluso estando ya casada conmigo, pero yo, que siempre fui muy discreto, observaba y callaba, no merecía la pena armarla por tan poca cosa, pues si bien fui testigo de sus intentos de cortejo, de igual manera lo fui de tus sutiles rechazos. ¿Te crees acaso que no sabía que Ramón Sotelo, el director del Instituto, estaba loco por ti? Si hasta un día, sin querer, lo escuché invitarte a una cena, aprovechando que yo iba a estar de viaje, pero tú te lo sacaste de encima como pudiste, amablemente, eso sí, pero le dejaste bien claro que eras una mujer casada y decente, que me querías, lo mismo que yo a ti. Te ruego pues, que no me vengas ahora con reproches, lo único que me puedes reprochar es que me haya muerto de esta manera pero ¿qué quieres? No pude hacer nada por evitarlo. Me dio ese dolor fortísimo en el pecho y allí me quedé, tirado en el sofá, como un pajarito, solo, cariño, muy solo, que de veras que no hay cosa más triste que irse de este mundo solo, sin la compañía de tus seres queridos, de ti, mi Dorita, que siempre había imaginado mi muerte contigo a la cabecera de mi cama, tomándome tiernamente de la mano, reconfortándome en ese duro momento; pero qué va, no se me ocurre otra cosa que morirme cuando estabas en la peluquería y encima te chafo el crucero...¡qué mala suerte! Tienes razón, pero bueno, lo que sí me gustaría decirte es que aquí no se está nada mal y que morir no es malo, ni duele, ni nada de esas bobadas que piensa la gente, simplemente pasas de un lado a otro, porque también en eso estabas tú en lo cierto: hay otra vida, es extraña, pero vida debe de ser desde el momento en que puedo pensar todo esto que estoy pensando, aunque no me vea, porque soy incorpóreo, y no vea tampoco dónde estoy, pues la sensación que tengo es la de flotar en el aire. Ya ves, yo que siempre fui ateo convencido y defendí la idea de que con la muerte nos enterraban y punto, pues no, me equivoqué, es cierto que hay otra vida, aunque a Dios todavía no le he visto por ningún lado, pero seguro que aparecerá de un momento a otro.
       ¡Ay Dorita! ¡Qué pena me da haberte dejado tan sola! ¿Podrás perdonarme algún día?



     Y Dios, que observaba aquel absurdo diálogo entre apenado y divertido, decidió que no podía separar a tan singular pareja y que tenía que hacer algo para remediar el desaguisado, tanto más cuando Eloy se había muerto unos años antes de lo previsto por culpa de los donuts con que Dorita le obsequiaba al desayuno, que habían elevado sus índices de colesterol hasta límites insospechados, provocándole el infarto fulminante que le llevó a la tumba. Y puesto que la mujer había sido la causante silenciosa e inocente de la muerte del marido, Dios decidió que era de ley hacer que el marido fuera justo causante de la muerte de la esposa. Un oportuno obstáculo en el camino del coche fúnebre, un perrito cruzando la calle, hizo que el chófer tuviese que dar un brusco frenazo que provocó que el ataúd se desprendiera de su sujeción y se deslizara hacia delante, directamente hacia el cogote de Dorita, causándole una rotura de nuca y por ende, la muerte en el acto. La mujer pasó a la otra vida bruscamente, sin darse casi ni cuenta y fue feliz al encontrarse con su Eloy, incorpóreos ambos, pero seguros de estar juntos, incluso después de la muerte y olvidando viejos rencores y resentimientos absurdos se dedicaron a planear su tan deseado y nunca realizado viaje, pero esta vez, por las nubes.


lunes, 11 de junio de 2012

ENTRE LA NIEVE Y EL FUEGO


       Se miró al espejo y una vez más el reflejo que le devolvió no tuvo nada que ver con la realidad de su vida. Manuel sólo veía en aquel viejo cristal descascarillado por el paso del tiempo lo que su mente perdida quería ver, el muchacho joven y apuesto que un día fue, el hombre que por intentar ser feliz se había perdido entre la nieve y el fuego muchos años atrás.

       Manuel había aprendido a vivir de recuerdos, de aquellos recuerdos que a veces le atormentaban hasta hacerle gritar y otras le reconfortaban hasta provocarle una sonrisa, pero aquel día algo dentro de sí le dijo que había llegado el momento de regresar, que ya no tenía sentido su vida oscura, su existencia casi anónima, de espaldas al mundo. Quiso disfrazar su cobardía de valor, pero no fue capaz, por eso rebuscó en el desván hasta encontrar lo que deseaba, aquellas ropas oscuras que le daban un aspecto casi terrorífico, pero que tenían la virtud de ocultar su cuerpo, su esencia, su corazón herido y hasta sus entrañas. Sólo así pudo emprender el difícil camino que le conduciría a su pasado.
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           Manuel era el hijo  mayor de Don Esteban Romero, el hombre más rico del pueblo, un terrateniente despiadado y tirano que había conseguido su fortuna a base de negocios no del todo limpios. Don Esteban no gozaba de demasiadas simpatías en la comarca, sólo Don Laureano Menéndez, el alcalde, y Don Ramiro Fontela, el cura, dos hombres tan corruptos y enviciados como él, le mostraban su más exagerado servilismo, sólo porque sabían que de esa manera conseguirían el dinero necesario para sus propósitos, el uno para engordar las arcas del Ayuntamiento; el otro, las de la Iglesia y ambos las suyas propias, que sisar a los ricos no es mala cosa, o al menos eso era lo que se decían a sí mismos para aliviar su mala conciencia. Así era que los tres hombres eran amigos y enemigos a la vez, aunque ello parezca un contrasentido. Cuando se podían aliar para fastidiar al prójimo en provecho propio no dudaban en hacerlo, mas si se presentaba la ocasión de hostigarse entre sí lo hacían con el disimulo propio de los hipócritas, cuidándose que los otros no se enteraran de las triquiñuelas propias, no fuera a ser que se terminara la amistad y con ello volara el lucro que su falsa alianza les proporcionaba.

      A Manuel no le hacía demasiada gracia la actitud de su padre y sus secuaces,  pero en aquellos años un padre era una persona a la que había que respetar por encima de todo sin cuestionar ni un ápice sus decisiones y así lo hacía el muchacho, que era un buen chico, obediente, estudioso y trabajador, y que a pesar de la deferencia obligada a su progenitor también sabía tomar sus propias decisiones entra las cuales, muchas veces, figuraban las de deshacer a escondidas los entuertos que su propio padre llevaba a cabo. En más de una ocasión se había brindado a ayudar a alguna familia a la que su progenitor había sangrado más de la cuenta simplemente porque no gozaba de su simpatía, ofreciéndoles dinero que casi siempre sumaba más cantidad de la que Don Esteban les había obligado a pagar con cualquier excusa.

     La bondad de Manuel era conocida entre las gentes más humildes del pueblo, como también era sabido el hecho de que el muchacho actuaba a escondidas de su padre y así era que entre los habitantes del lugar se había establecido un pacto de silencio con el propósito de que el tirano no se enterara jamás de lo que hacía su hijo a sus espaldas.

      Cierto día Manuel conoció a Salomé. Salomé era hija de Ramón, uno de aquellos pueblerinos a los que Don Esteban odiaba sin motivo aparente. Por el pueblo circulaban muchos rumores, desde los que decían que aquel odio exacerbado venía de muchos años atrás por un lío de faldas en el que se habían visto embarcados los padres de ambos hombres, hasta los que afirmaban que la causa del enfrentamiento era por sus diferentes y antagónicas ideas políticas. Lo cierto era que nadie sabía con seguridad el motivo de aquella inquina, pero ésta  permanecía ahí, latente, y  Don Esteban no dudaba en descargarla de vez en cuando contra aquel pobre hombre que lo único que pretendía era vivir de su trabajo y mantener mal que bien a su familia. El día que la cosecha de patatas de Ramón apareció echada a perder nadie puso en duda quién había sido el autor de la fechoría, pero de la misma manera nadie movió un dedo para arreglar el desaguisado, sólo Manuel, como siempre, se atrevió a acercarse a la casa de Ramón y ofrecerle su ayuda. Y fue entonces cuando conoció a Salomé, y fue entonces también cuando se enamoró de ella como un colegial. Aquella muchachita menuda y tímida se apoderó sin quererlo de su corazón y de su alma y a pesar de que sabía que aquel amor tendría que superar muchas dificultades, no quiso ponerle freno, al revés, no tuvo más remedio que alimentar aquel sentimiento puro que había nacido dentro de sí y que pugnaba por crecer cada día más.

         Comenzó entonces el cortejo sutil y discreto, los encuentros a escondidas del mundo, los miedos a que pronto llegara el final de aquella ilusión que les hubiera gustado fuera eterna. Pero el tiempo iba pasando y nada ocurría. Parecía como si los hados se hubieran aliado a su favor y no tuvieran otra ocupación que protegerlos con mimo, y tal vez por eso su ánimo se relajó y poco a poco se olvidaron del peligro. Aquellos temores de pronto les parecieron lejanos e infundados y se dijeron a sí mismos que nada ni nadie podría romper aquellos lazos de amor que los unirían para siempre.

      Nunca supo Manuel cómo ocurrió, si era que su padre le había visto alguna de aquellas tardes paseando a la vera del río con su amada, si había sido alguno de sus amigotes el que le había ido con el cuento, pero lo cierto es que Don Esteban terminó enterándose de los amores que su primogénito mantenía con la hija de su peor enemigo y no tardó en tomar cartas en el asunto. Lo llamó al orden en seguida, conminándole a que terminada con aquel galanteo absurdo de una vez por todas, y como  Manuel, por primera vez en su vida, se negara a obedecer los estúpidos deseos de su padre  éste no tuvo el más mínimo inconveniente en amenazarle.

       -Si no dejas a esa muchacha te desheredaré y toda la fortuna pasará a  manos de tus hermanos. No serás más que un paria, un desahuciado de la vida, un mendigo, así que tú verás lo que haces.

     -No me importa su dinero padre. Prefiero ser un mendigo a vivir sin el amor de Salomé.

     -Entonces la mataré. Jamás permitiré que te cases con ella, ¿me oyes? ¡Nunca!

     Sabía Manuel que las crueles palabras de su padre podían convertirse en hechos en el momento menos pensado y por amor a Salomé, por permitirle seguir viviendo, renunció a ella sin ni siquiera decírselo.

     No le hizo falta a la muchacha que nadie le contara lo ocurrido. Ella estaba segura del amor de Manuel y sabía que su silencio y su indiferencia se debían a la presión de su padre. Así pues sabedores ambos de que el fin había llegado sin remedio, optaron por resignarse y continuar con su vida de siempre, sin dejar de recordarse, sin permitir que su corazón herido albergara otro sentimiento que no fuera la mutua adoración que a partir de entonces se habían de profesar en silencio. Pero era difícil, tan difícil, que nada podía evitar que el muchacho paseara cabizbajo por las calles pedregosas, acercándose como alma en pena a la casa de su amada por si alcanzaba a verla por la rendija de alguna ventana abierta, o por entre las hortensias y las azaleas que brotaban juguetonas y traviesas tapando la entrada del huerto. A veces lo conseguía y marchaba a su hogar con la sonrisa de Salomé clavada en su pecho, aquella preciosa sonrisa que iluminaba su mirada. Otras veces, las más, no podía hacer otra cosa que retirarse en silencio sin poder llevar consigo el recuerdo fresco y reciente  de su amor perdido.

       No pasaron desapercibidos para Don Esteban los paseos de su hijo y encendida su rabia por no haber podido borrar con sus amenazas el amor de los jóvenes, planeó el fin del mismo de la manera más cruel, implacable, como siempre había sido su alma, atormentada por una ira tan ilógica como injusta.

     La noche de su venganza había comenzado a nevar. Los copos blancos y gruesos caían con fuerza, casi con furia, extendiendo su manto blanco por encima de la tierra fangosa. Las campanas del reloj de la iglesia daban las diez cuando Don Esteban llegó a casa de Ramón. Todo era quietud y silencio, lo cual indicaba que los habitantes de la casa debían de haberse retirado a descansar. Mejor así. De esa manera era mucho más fácil de conseguir el propósito que había llevado al hombre hasta allí. Don Esteban vertió la gasolina alrededor del humilde edificio y le prendió fuego. Después salió de allí como alma que lleva el diablo. El fuego se extendió con rapidez y ni siquiera la fuerza blanca y fría  de la nieve fue capaz de dominar su cólera.

       Algo en su interior le llevó a mirar a través de los cristales de su ventana y viendo el resplandor que producían las llamaradas, salió en loca carrera presintiendo lo peor. Cuando Manuel llegó a la casa de Salomé las lenguas de fuego la rodeaban en un abrazo atroz y sanguinario. Él no lo dudó un instante. Entró en la casa y dejándose golpear por las brasas fue sacando uno a uno a todos sus habitantes. Cuando los hubo puesto a salvo echó a correr, alejándose de aquel lugar maldito, hasta que las fuerzas lo abandonaron y cayó en la nieve, cuya frialdad tuvo el poder de aliviar las quemaduras de su cuerpo, mas no el calor insufrible de su alma.

             Nunca supo el tiempo que pasó tirado en la nieve a la intemperie, abandonado al frío de la noche, pero no debió de ser mucho, de lo contrario no hubiera conseguido sobrevivir. Cuando volvió en si  estaba en una impersonal cama de hospital, en una enorme sala donde otros enfermos, postrados igualmente en sus camas miraban la vida pasar sin demasiada esperanza. Se miró y descubrió su cuerpo prisionero de los vendajes. Cuando quiso moverse un dolor lacerante lo envolvió y de nuevo se sumió en las tinieblas.

        Así permaneció durante días, quizá durante semanas, sin saber el lugar exacto en el que se encontraba, sin conocer cuál sería su futuro, apenas recordando su pasado más que por aquel nombre de mujer que tenía clavado en su mente: Salomé. No recordaba su rostro, ni siquiera sabía si en realidad aquella mujer había existido o era sólo una quimera que su maltrecha inteligencia  se empeñaba en retener en algún rincón de si mismo.

         La monja encargada de su cuidado le preguntaba por su vida y él no sabía qué contestar. No sabía dónde vivía ni si tenía familia, sólo podía pronunciar aquel nombre: Salomé, que para nadie parecía tener sentido, tampoco para él, a pesar de que de su boca no salieran apenas más palabras. Sor María se preocupaba mucho por aquella ausencia que su alma.

       -Y cuando salgas de aquí ¿A dónde irás? ¿Qué harás con tu vida? Tienes que recordar, debes esforzarte en recordar.- le decía con cariño.

      Pero por más que lo intentaba no era capaz de rememorar ni un segundo de su pasado. Era como si algo o alguien hubiera borrado su ayer para no dejarle afrontar ese mañana incierto que cada vez estaba más cerca.

       La tarde en que todo reapareció había vuelto a nevar después de varias semanas sin hacerlo. Por fin le habían sacado los vendajes y había podido contemplar su rostro desfigurado ante el espejo que la monjita le había acercado. Aquella piel engrosada y costrosa en que se había convertido su cara no le producía demasiada impresión, pues no sabía de la tersura y belleza de antaño, y lo único que vio fue un ser monstruoso y horripilante, diferente a todas las personas que conocía, un hombre que debía comenzar a subsistir, a respirar, sin saber muy bien cómo hacerlo. Por eso no le resultó del todo extraña la inquietud, la agitación si sentido aparente que sintió aquella tarde cuando se acercó a la ventana y vio caer con fuerza los copos de nieve. Lejos de relacionar su congoja con la nevada supuso que aquella inquietud era normal por tener que marchar del que consideraba su único hogar. Aquel hospital solitario y frío se había convertido en su morada, en la única  que había conocido; pero ya se había repuesto, las heridas de su cuerpo, que no las de su alma, se habían curado ya, y por eso debía irse, afrontar la realidad que le esperaba tras los muros del jardín que tantas veces había contemplado desde su ventana.

       Entonces lo vio, el hombre que con tranquilidad intentaba encender su cigarrillo, la llama que era ahogada de manera implacable por un inocente copo de nieve.... la nieve, el fuego y de pronto toda su existencia anterior, todo lo añejo que se escondía en el rincón más recóndito de su cerebro volvió vívido a su mente para relatarle con todo lujo de detalles un pasado que hubiera preferido ignorar. Su padre, la maldad, el pueblo, el incendio, su amor perdido.....Salomé. En menos de un segundo comprendió que todo estaba perdido, que no podía buscarla, que nunca podría recuperar su querer, que ella jamás querría depositar un beso en sus labios casi inexistentes, en sus mejillas rotas y preso del dolor y el desencanto decidió que se iría lejos, muy lejos, a un lugar desconocido, casi incierto, en el que se convertiría en inalcanzable para su pasado, por mucho que éste se empeñara en perseguirlo.

         Caminó sin rumbo durante mucho tiempo, durmiendo donde podía y alimentándose de lo que encontraba, hasta que se cansó y al llegar a un lugar para él ignorado y lejano decidió quedarse sin saber muy bien el motivo. Sus habitantes lo miraron con recelo al principio, más cuando comprobaron que era un ser inofensivo dejaron de mostrarse preocupados antes su presencia.

     Manuel se dedicó a vivir de la mendicidad y de la caridad de aquellas gentes. Hizo suya una vieja casa abandonada que fue reparando con los materiales que iba encontrando entre la basura y allí se instaló. A veces alguien le encargaba hacer algún trabajo sencillo y él accedía gustoso; otras veces, cuando el dinero escaseaba y el estómago reclamaba su ración de comida diaria, se sentaba en cualquier esquina y pedía limosna. En aquellos instantes recordaba las palabras que un día le había dicho a su padre: “Prefiero ser un mendigo a vivir sin el amor de Salomé”. Y la vida, que a veces es injusta y cruel, no le había dado opción y lo había castigado a existir siendo un mendigo sin el amor de Salomé. “Pero me queda su recuerdo”, pensaba entonces puerilmente, “y eso nadie me lo podrá arrebatar jamás”.

           Y así fueron pasando los días, los meses y hasta los años, hasta que su mente enferma y obsesionada con el recuerdo de la única mujer a la que había amado, lo empujó a volver.
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          No había sido mucho más próspera la historia de Salomé. Única superviviente del devastador incendio, pese al empeño que había puesto Manuel en intentar salvar a toda su familia, de pronto se vio sola en el mundo y presa de la desesperación, sabedora de la identidad del inmediato culpable de aquella lamentable situación, no tuvo otra idea en la cabeza más que la de terminar con la vida de aquel maldito. Él la había apartado de Manuel, al que todos dieron por muerto, y él también la había alejado de su familia para siempre. No se merecía otra cosa que la muerte y ella estaba dispuesta a regalársela de sus propias manos.

        La recogieron unos parientes lejanos de su difunta madre, más por obligación moral que por otra cosa y allí, entre aquella gente hostil que se mostraba indiferente a sus sentimientos, fue tejiendo su venganza. Tampoco hacía demasiados planes, simplemente se dedicaba a vagar por los caminos y por los campos por los que sabía que Don Esteban pasaría tarde o temprano. En algún momento se le presentaría la oportunidad adecuada para terminar con su vida. No sabía cuándo, tampoco sabía cómo lo haría, pues una mujer menuda y sin demasiada fuerza física no tendría demasiadas opciones al enfrentarse a un hombre corpulento y vigoroso como era aquel ser pérfido y desalmado. “Más vale maña que fuerza” se decía entonces con una media sonrisa dibujando su rostro, sabedora de que el destino se aliaría con ella para dejarla conseguir su propósito.

      No se equivocó. Quiso la casualidad, el azar, o esa fuerza misteriosa que rige la existencia humana, que una tarde, en medio de los campos de trigo, se encontrara Salomé con su enemigo, que supervisaba la siega cual amo controlando a sus esclavos. La muchacha no se lo pensó demasiado. Tomó una hoz que estaba a su alcance y de un tajo certero degolló al hombre, que cayó al suelo y allí murió desangrado como un cerdo.

        Medio pueblo fue testigo del crimen, y medio pueblo fue cómplice silencioso del mismo. Nadie descubrió a la culpable, nadie pronunció una palabra, nadie dijo saber nada. Pero Salomé, impresionada por lo que había tenido el valor de hacer, que no arrepentida, fue poco a poco perdiendo la razón y la familia que la había acogido por obligación, cansada de soportar sus desvaríos, la internó en una manicomio.

         En aquel sanatorio transcurrieron muchos años de su vida, sumida en la sinrazón, divagando en ocasiones sobre las llamas de un incendio que le habían arrebatado  la vida siendo casi una niña, dispersándose otras veces en hilos de palabras que hablaban de la sangre que había visto correr sobre el trigo y que se había apoderado de su cordura.  Pero teniendo siempre presente a Manuel, el muchacho cuyo rostro se dibujaba nítido entre la niebla que poblaba su mente, Manuel, el amor perdido que un día había de recuperar, no sabía cómo, ni sabía cuando, pero que había de volver con toda seguridad.

      Aquella idea absurda fue tomando forma en su cabeza al tiempo que  crecía una preocupación igualmente disparatada pero no carente de lógica. Cuando Manuel volviera al pueblo no  podría  encontrarla, puesto que ya no vivía en la casa de siempre, en la que él conocía, aquella rodeada por un huerto cuya entrada tapaban juguetonas las hortensias. Y como si se le fuera la vida en ello a partir de entonces no pensó en otra cosa que en salir de allí, de aquel lugar extraño a dónde un día había ido a parar en contra de su voluntad, o tal vez con su aquiescencia, no era capaz de recordarlo; en todo caso había llegado el momento de regresar al pasado, ya no pintaba nada allí, ahora tenía que  volver a su hogar y esperar a Manuel.

       A pesar de haber perdido parcialmente la razón, Salomé conservaba momentos de lucidez en los que todavía era capaz de discernir, de entender e incluso de reflexionar, por eso supo que los médicos que la atendían y que a veces la sometían a tratamientos atroces que la dejaban aturdida, nunca se avendrían a dejarla marchar porque sí. La única posibilidad que tenía de salir de aquel lugar era escapando y eso fue lo que hizo. Una noche de niebla y de lluvia fina y persistente, salió de aquel lugar llevando consigo únicamente la ilusión de reencontrarse con su amor perdido del que, a aquellas alturas, apenas recordaba más que su nombre.

      Anduvo por lo caminos polvorientos sin tener noción del tiempo, sin apenas percibir el paisaje árido que la rodeaba, asentada en su cabeza la intención casi obsesiva de llegar pronto a su casa. Y cuando lo consiguió y traspasó lo que quedaba de la puerta de madera azul sólo pudo ver lo que su mente se empeñaba en ver, su hogar de siempre, la mesita de madera de pino pulcramente barnizada, el antiguo armarito blanco en el que su madre guardaba los útiles de la cocina, las bajas sillas de madera y paja..... aunque nada de eso existía más que en su enferma imaginación, aunque a su alrededor sólo hubiera cenizas y destrucción.

       Con el ánimo inusualmente feliz se acercó a la entrada del huerto donde antaño habían crecido las hortensias, arrancó con sumo cuidado un puñado de margaritas silvestres y entrando de nuevo en la ruinosa casa, se sentó en el suelo apoyando la espalda en la renegrida pared y se dedicó a deshojar las flores, en un intento absurdo por saber si todavía subsistía su amor perdido. Y así pasó horas, puede incluso que días, hasta que Manuel llegó a buscarla.
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         Envuelto en sus ropajes oscuros se acercó al pueblo que una vez había sido escenario involuntario de su amor imposible. Durante unas horas se quedó allí, a una distancia prudencial, de pie sobre el suelo rocoso, mirando las casas que a lo lejos se levantaban orgullosas, con la completa seguridad de que en una de ellas Salomé lo estaría esperando con ansia.

        El reloj de la torre de la iglesia marcaba las horas lentas e inexorables. Cuando los último rayos del sol extendían su luz difuminada sobre la campiña, reanudó su camino con pasos lentos e inseguros. Al llegar al pueblo buscó la casa de sus recuerdos, aquella que flanqueaban las hortensias y las azaleas, y allí dónde se había levantado la humilde edificación sólo encontró cuatro paredes en ruinas  renegridas por las llamas. La puerta de madera medio podrida estaba entornada, no tuvo más que darle un leve empujón para poder entrar. Y  allí estaba ella, deshojando una margarita en un gesto sin sentido y mirando al vacío con la indiferencia de los que han perdido la ilusión y la voluntad. Volvió la cabeza hacia él cuando escuchó abrirse la puerta y aunque al principio se asustó de ver aquel hombre envuelto en los ropajes negros que le daban tan terrorífico aspecto, pronto se repuso de la sorpresa inicial y levántandose, sin apartar los ojos de él, se le acercó con la curiosidad de los que esperan encontrar lo que tanto tiempo llevan aguardando. Cuando pudo alargar su mano y tocar aquel rostro del que sólo podía ver los ojos, no dudo un instante al pronunciar su nombre.

        -Manuel, has vuelto.

       Manuel se despojó de la tela liviana que cubría su rostro y se atrevió a mostrar su piel quemada, su cara monstruosa, desfigurada por las llamas de las que un día había conseguido arrebatar a aquella mujer que le miraba con inexplicable admiración. Salomé hizo caso omiso a las terribles cicatrices y acariciando aquella piel rugosa sonrió por vez primera en mucho tiempo.

       -Ahora ya podemos ser felices.

       Manuel la tomó de la mano y juntos salieron de la casa y emprendieron el camino hacía cualquier parte. La nieve empezaba a caer con fuerza, pero su frío glacial no podría apagar jamás el fuego que todavía conservaban sus viejos corazones que por fin se habían encontrado de nuevo gracias a una incomprensible pirueta del destino.