martes, 27 de diciembre de 2011

ESPIRITU NAVIDEÑO

SARA
No puede ser, no puede ser que me esté pasando esto a mi, a la mujer más previsora del mundo, que estemos a unas horas de la cena de nochebuena y todavía no tenga el menú decidido, jamás me ha ocurrido semejante cosa, aunque bien pensado, nunca he organizado yo la susodicha cenita de las narices, y claro, alguna vez me tenía que tocar, pero que me ocurrieran todo este cúmulo de despropósitos.... Y es que menuda semanita que llevo, es que si le cuento a cualquiera mis vicisitudes no se las cree; y encima esta mañana llamo por teléfono a mi hermana para desahogarme un poco y me salta con que yo no tengo espíritu navideño, ¡tócate las narices! Pues que me diga ella cómo se puede tener espíritu navideño cuando los hados, los angelitos o el mismísimo Papá Noel, se te ponen en contra.
Todo comenzó el lunes pasado con la llamada telefónica de mi cuñada, pidiéndome, rogándome encarecidamente, que organizara yo este año la cena de nochebuena, que ella tenía la cocina manga por hombro porque finalmente se habían decidido a cambiarla y les había pillado el tren. Me cogió tan de sorpresa que no supe negarme, tampoco habría estado bien que lo hiciera, las cosas como son, todas las Navidades se encarga ella de la cena y lo hace con gusto, al menos es lo que ella dice y así debe ser, a juzgar por lo bien que resulta todo, desde la decoración (cuida el más mínimo detalle) hasta el menú, que se debe de pasar dos días cocinando la pobre. Pues eso, que no pude decirle que no y claro, aceptar el reto de mi cuñada no es moco de pavo, porque una tiene su orgullo y no quiere quedar por debajo de nadie, y si a ella le queda todo impecable yo no puedo ser menos, no sé si me entienden.
Lo primero que hice, por supuesto, fue recorrer los mercados en busca del menú más apropiado que además, me resultara barato, cosa harto imposible, porque a estas alturas pretender comprar algo de marisco fresco a buen precio es una chifladura más grande que una casa. Así fue que como todo me pareció caro lo he ido dejando y hoy me vi sin saber que comprar, porque quedan cuatro cosas y si el lunes estaban por las nubes hoy han traspasado ya el espacio exterior. Percebes no, bogavante no, cigalas no, almejas no..... he terminado comprando unas cazuelas de gambas al ajillo congeladas y unos cuantos berberechos que he pagado a precio de oro y que no sé ni de qué manera los voy a cocinar.
Con la carne me ha pasado otro tanto. Mi marido me decía que comprara cordero y que me dejara de mirar tanto el precio, que para eso está la paga extra, para gastar en las navidades, pero yo le he dicho que de eso nada, que la paga extra me la voy a guardar para el viaje a Canarias que me voy a regalar a mi misma en el verano, solo faltaría que la fuera a dilapidar comprando comida para un montón de energúmenos (véase hermanos, cuñados, sobrinos y demás) a los que todo les parece poco y que al final terminan sin probar bocado, dejando comida para que los anfitriones la aprovechen durante un mes. El pobre me ha mirado con cara de circunstancia, se ha encogido de hombros y ha seguido a lo suyo, dejándome sola con mis cavilaciones. He pasado la semana con la firme convicción de que un supermercado maravilloso, el que fuera, sacaría la más tentadora de las ofertas y me pondría en bandeja (nunca mejor dicho) una cena de nochebuena a precio de ganga, ilusa de mí. Por el marisco pagué de más, pero por la carne no se me dio ni la oportunidad de pagar. El carnicero de la esquina me ha dicho que en un día como hoy sólo atiende encargos y en el super del señor Ramón no tenían más que filetes de cerdo que he tenido que comprar a regañadientes, porque ya me dirán, con qué cara pongo esta noche filetes de cerdo para cenar.
¿Y la decoración? Esa es otra. Yo, que no tengo ni una mísera figurita de belén, ni una triste guirnalda para el árbol, que me da igual si el mantel es rojo y verde que amarillo limón, que no tengo un plato que case con otro....me he tenido que gastar un dineral en vajilla, manteles, un candelabro muy cuco para la mesa del comedor...y eso que me metí en la primera tienda de chinos que encontré, que si no me arruino completamente y no me hubiera quedado un duro para la cena. A fin de cuentas como yo no tengo gusto para estas cosas, miro y remiro la mesa, puesta desde esta mañana y no me acaba de convencer, desde luego nada que ver con la de mi cuñada, que tentada estuve de llamarla para que me echara una mano, y si no lo hice fue por orgullo, por mi estúpido orgullo.
Lo peor fue que el niño se empeñó en poner un arbolito de navidad, como en casa de la tía, ya que este año Papá Noel nos visitaría en nuestro propio hogar, justo era que el viejo gordinflón tuviera un lugar decente para colocar los regalos. De nuevo quise decir que no, pero me topé de narices con el entusiasmo de su padre, tan grande como el del niño, y de nuevo hube de tragar. Para no resultar aguafiestas me uní a la propuesta y sugerí ir a comprar el arbolito, como no, a la tienda de los chinos, pero mi maravillosa idea cayó en saco roto. Nada de árbol artificial, padre e hijo se irían al monte a hacerse con un precioso pino natural que quedan mucho más monos. Si,claro que se fueron y regresaron a las diez de la noche después de pasarse más de seis horas fuera, que ya me tenían más que preocupada, cargados no sólo con un pino precioso, sino también con una sustanciosa multa que les metió un guardia cuando los cazó en pleno robo del navideño arbolito.
Y de los regalos mejor no hablar. No he podido comprar nada de lo que tenía pensado. A mi marido quise comprarle un chaquetón monísimo, de esos forrados de borreguillo, vamos, lo mejorcito contra el frío, y para él la cuenta, que tiene que salir de casa a las seis de la mañana, hiele, nieve o llueva a mares. Pues todos los días pasando por delante del escaparate de la tienda y el chaquetón allí, esperando por mi y el día que entro en la tienda con intención de comprarlo... que me dice la dependienta que esa mañana se han llevado el último que les quedaba, ya me dirán si no es mala suerte. Al final he tenido que comprarle otro chaquetón, que está bien, pero nada que ver con el del escaparate.
Pero lo peor de todo me ha ocurrido con el niño, y esta vez si que ha sido mala suerte, porque empecé a preguntar por el jueguecito que quiere para la consola hace más de un mes y nada, agotado en todos lados. Unos me dicen que les vendrá en breve, otros que ya no lo van a tener más.... el caso es que esta noche llega Papá Noel, y mi niño está ilusionado con su juego. Le he comprado otro, pero me da la impresión de que no va a colar, y a estas alturas poco me queda ya por hacer.
Así pues ya me dirán, después de tanta vicisitud, como rayos voy a tener espíritu navideño. Sólo me queda esperar que la ciencia infusa me inspire con el lánguido menú que tengo preparado y no me critiquen demasiado, ni por la comida, ni por la decoración, ni por la cara de vinagre que seguro que se me ha quedado después de esta semanita. ¡Y que viva la Navidad!

BERTA
Me encanta la Navidad y no puedo entender por qué la gente la odia tanto. Supongo que será el espíritu navideño, que algunos lo tenemos muy agudizado y otros carecen de él. Ayer por la mañana me llamó mi hermana para contarme un montón de desgracias. Le ha tocado organizar la cena de nochebuena y al parecer nada le salía bien, aunque yo creo que exageraba un poco. Se me ha ocurrido decirle que no tiene espíritu navideño y creo que si no llega a estar el teléfono de por medio me hubiera mordido. Vamos, si hasta me ha colgado. Pero no me he enfadado con ella, todo lo contrario, a la gente que no le gusta la navidad no hay que tomárselo en cuenta, bastante tienen con su falta de gusto. Así que he cogido el toro por los cuernos y me he dispuesto a ayudarla.
Es curioso, todo lo que a ella le ha salido mal, a mi se me ha dado de corrido. Me he hecho con unos kilitos de gambón, congelado eso sí, pero a muy buen precio y en un hipermercado vendían unos jamones asados para chuparse los dedos. He llevado de mi casa la vajilla que me regalaron mis amigas por mi boda, que aún estaba sin estrenar, y he comprado unos manteles de usar y tirar que dan el pego como si fuera el mejor mantel del hilo más fino. Cuando he llegado a su casa y me ha visto cargada con todo, se ha quedado con la boca abierta y apenas se lo podía creer, tanto más cuando le enseñé el juego que quería su niño, que lo encontré en una juguetería de mala muerte de casualidad.
Le he organizado todo el cotarro mientras ella me miraba con cara de boba, como si yo fuera un Dios, y no ha parado de darme las gracias por la bajo para que nadie se enterara de nuestro complot. Al final todo ha salido de maravilla, incluso nuestra cuñada, la que todo hace bien, la ha felicitado por la fantástica cena. Y es que digan lo que digan, el espíritu navideño contribuye en gran manera darnos la felicidad, a que todo salga bien, a que estemos contentos y adoremos unas fechas tan entrañables....ojalá durara todo el año ¿no creen?

lunes, 19 de diciembre de 2011

AQUEL BESO INOLVIDABLE




Se dejaba acariciar la mano derecha, que reposaba lánguida encima del mantel, en aquella cafetería de ambiente mustio y rancio que todos los días albergaba su café de media mañana.
-Ha sido maravilloso encontrarnos de nuevo Rosa. Jamás imaginé que después de tantos años volveríamos a vernos y mucho menos que renacieran en mí todas estas sensaciones que ya tenía casi olvidadas. ¿Recuerdas nuestro beso? Allí, junto al mar, bajo aquel aguacero que de pronto se hizo cómplice de nuestros deseos… Fue un beso inolvidable ¿verdad Rosa?
La mujer bajó la mirada y la posó sobre la mano masculina que con estudiada delicadeza rozaba la suya propia y recordó el momento aludido por el hombre. Ocurrió el verano de sus diecisiete años, en aquel pueblo cerca del mar que olía a naranjos y a sal. Allí le conoció y se enamoró de él como una estúpida, con la estupidez propia de la juventud, de la inocencia, de la confianza ciega y así se dejó envolver por sus palabras, por sus ojos negros que parecían acariciarla en cada mirada, por unas promesas que le ofrecieron alcanzar el cielo sin tener que alargar el brazo para intentar tocarlo. Y después aquel beso, el primer beso, el último beso antes de la despedida, el roce de unos labios que se empeñó en acompañarla en su existir.
Ya nada fue igual el verano siguiente. La vida, siempre cruel y caprichosa, quiso alejarla de aquel amor primero y colocó en el camino del muchacho otra ilusión a la que regaló sus miradas, sus palabras, sus besos. Y Rosa paseó a la orilla del mar del brazo de la amargura, derramando lágrimas que se confundían con las olas en un vaivén que ya nada tenía de hermoso, odiándose a sí misma por haber sido tan imbécil, tan ingenua, por haberse dejado embaucar por un cariño que nunca fue tal.
Levantó la vista del mantel y fijó sus ojos en el rostro del hombre. A pesar de los años transcurridos la vida no le había castigado demasiado, por eso lo reconoció en seguida cuando lo vio entrar en el bar, apenas unos días antes. El corazón le dio un vuelco en cuanto se percató de su presencia y en aquella pirueta inesperada volvieron a su cerebro los recuerdos dormidos de aquella juventud que los años iban alejando inexorablemente, desdibujando las imágenes, distorsionando la realidad.
-Sí, fue un beso muy hermoso – contestó simplemente y se volvió a hundir en los recuerdos que él se empeñaba en relatar como si no hubiese pasado el tiempo.
-Tal vez podamos revivir todo aquello ¿no crees Rosa? Si la vida ha hecho que se crucen nuestros caminos tiene que ser por algún motivo. Todo tiene un porqué, y este encuentro no ha de ser diferente.
Rosa miró hacia la calle. Llovía y la gente caminaba con prisa. Se fijó en una mujer joven que a la que parecía no importar que el aguacero mojara su pelo, su rostro enjuto y triste, y sin saber muy bien el motivo pensó que seguramente aquella chica necesitara lavar su corazón, desnudarlo de desencantos, como ella misma había hecho un día con su propio corazón. Sus lágrimas transparentes y saladas habían sido la lluvia que la había despojado de la angustia de un amor juvenil no correspondido. Y ahora volvía a estar allí, frente a ella, como entonces, como siempre.
-Tienes razón – dijo por fin – todo tiene un motivo, incluso las cosas malas que nos ocurren, ocurren porque así tiene que ser. Pero en este caso no hay nada que revivir. Es cierto, aquel beso fue muy bonito, nunca pude olvidarlo, pero sí te olvidé a ti y tal vez este encuentro inesperado tenga por motivo algo tan simple como poder decirte esto. Me dolió tu abandono, pero el tiempo borró mi desdicha y hoy no eres ni siquiera un recuerdo amargo. Me alegro de verte y gracias por el café. Ahora tengo que irme.
Se levantó y salió del bar sintiendo sobre sí la mirada del hombre. El sol se abría paso entre las nubes grises. Mientras caminaba sentía que el incipiente calor de la primavera iba borrando el recuerdo de aquel beso del que se había despojado hacía unos segundos. Y sonrió feliz.

sábado, 17 de diciembre de 2011

EL REGALO

La verdad es que su mujer, Sara, no mejoraba y que, por el contrario, se hundía más y más en aquella depresión ante la que él se sentía impotente. Por ello, apenas la dejaba sola un momento y procuraba, con su atención, con su ternura, ilusionarla en pequeñas cercanías, en conversaciones esperanzadas.
-Al fin y al cabo no somos tan viejos, ni mucho menos.Tú cumplirás mañana los sesenta y yo te llevo dos solamente, así es que, con un poco de suerte, nos queda mucha vida por delante. Nuestros hijos están situados y nos quieren. Nos rodean de halagos y de mimos como si, poco a poco, fuésemos nosotros convirtiéndonos en hijos suyos y ellos en nuestros padres. Supongo que siempre es así, ¿no te parece, Sara?
Y ella le miraba desde el fondo oscuro de sus ojos, que a veces perdían tanto la expresión que él, Andrés, se asustaba. Sara se levantó de la butaca, junto a la ventana desde la que, durante horas,parecía hundirse también en el paisaje de la calle. Los médicos le decían a Andrés que tuviese paciencia, que estas cosas son siempre largas, que la tristeza, la depresión, la melancolía no son bacterias y que es necesario tener mucho ánimo porque, seguramente pronto, su mujer se restablecería y después ya nadie se acordaría de aquel doloroso episodio que había venido a turbar la sosegada felicidad del matrimonio.
-Por eso, Sara, tú debes de poner todo de tu parte y ayudar a los médicos y a mí ¿comprendes? Porque me duele mucho verte así, sin ganas de nada, sin apenas palabras, tan callada siempre....
Sara se fue acercando lentamente y cuando estuvo a su lado le acarició la cabeza y pasó despacio los dedos por la frente del hombre. Luego sus labios se abrieron en un murmullo
-Andrés yo...te quiero mucho y no quiero que sufras. Lo mejor sería que Dios me llevase, así dejaría de estorbar.
Andrés tomo las manos de Sara entre las suyas y se esforzó para que su voz no fuera un gemido lleno de dolor.
-No vuelvas a decir esa tontería nunca más ¿me oyes? Pronto estarás bien y todo esto te parecerá una pesadilla. Anda, ¿por qué no pones la televisión y te distraes un poco?
Luego,con una sonrisa de picardía añadió:
-Tengo que salir un momento, Sara. Tengo que comprar una cosa. ¡Mañana es tu cumpleaños! ¿no?

Anduvo vacilante por las calles, sin rumbo en su corazón,sin alegría en todos aquellos objetos entre los que no sabía qué elegir.”¿Qué puede interesarte, Sara? Como otras veces sostendrás este bonito collar entre tus manos y me darás las gracias con esa voz que ya en nada se parece a la tuya de siempre.... Bueno, será mejor regresar. No me gusta que te quedes sola tanto tiempo”.
Apresuró el paso y se contrarió cuando le detuvo Teresa, aquella prima lejana con la que apenas mantenían una relación de proximidad, y le preguntó cómo seguía Sara
-¡Hace tanto tiempo que no nos vemos...! Un día de estos iré a verla. A lo mejor le gusta que la visite y se distrae.
Le dijo que si, que fuese cuando quisiera, que ellos no salían casi nunca de casa y menos desde que su mujer se encontraba enferma con aquella depresión que nadie, ni ella misma, o ella menos que nadie, sabía de dónde pudo llegarle.
Aún se detuvo un instante para entrar en el estanco y comprar un paquete de cigarrillos. La estanquera le conocía desde hacía muchos años y también se interesó por el estado de su mujer.
-Dele recuerdos de mi parte ¿quiere? Es tan amable...
“Todos te quieren, Sara”, pensó “todos desearían verte de nuevo alegre y feliz, como antes, como siempre hasta que llegó esta sombra maldita”.
Encendió un cigarrillo y dobló la esquina, muy cerca ya de su casa. Algo, súbitamente, lo hizo alzar la mirada hacia las ventanas del piso, y el corazón se le revolvió en un latido disparado cuando vio en ellas a Sara asomada, terriblemente asomada, basculando su cuerpo hacia la calle. Andrés supo lo que iba a suceder y corrió, corrió desesperadamente, gritando el nombre de su mujer y abriendo los brazos. El cuerpo de Sara cayó exactamente sobre aquellos brazos, sobre aquel otro cuerpo que no pudo resistir el empuje y se venció hacia atrás, en una ridícula y triste pirueta mortal al golpearse la cabeza contra el pavimento. Sara resultó absolutamente ilesa. Allí, en la calle, nadie reparó en el pequeño paquete que contenía el regalo de cumpleaños.


martes, 13 de diciembre de 2011

BESOS DE CHOCOLATE

El sol caía en la tibia tarde de finales de primavera. Un grupo de adolescentes nos entreteníamos limpiando el viejo local de la playa, una cabaña abandonada que hacía años había hecho las veces de bar. Se acercaba el verano, un verano que todavía se nos antojaba largo y ocioso, sin preocupaciones, un verano en el que el tiempo todavía no se empeñaría en emprender su loca carr

era hacia ninguna parte. Aquel sería nuestro cuartel general, nuestro refugio, nuestro lugar de encuentros en los anocheceres calurosos que se avecinaban. No sé en que punto de la tarde apareciste tú, pero de repente mi mirada se cruzó con tu mirada azul, tan azul como ese mar cuyo susurro nos llegaba cercano, preludio de encuentros esperados y ya próximos. Te quedaste allí, junto a mí, hablándome de no sé qué cosas, sólo recuerdo que me hacías reír, que me sentía a gusto a tu lado, que despertaste en mí un sentimiento hasta entonces desconocido.
Me enamoré de ti con la rapidez propia de los quince años, dejándome empapar de tu sonrisa, dejándome atrapar por tus palabras. Y con el verano que llegaba comenzó el cortejo infantil, inocente, cándido, los paseos por el pueblo, las largas conversaciones sin tema aparente, los roces furtivos de manos que agitaban mi cuerpo, provocándome sensaciones nuevas. Fueron momentos que quedaron gravados en mi memoria con fuerza, con tanta fuerza que no podría olvidarlos aunque me empeñara en ello.
Una noche, al son de la música estridente y chabacana de una orquesta cualquiera, vibrante el pueblo de alegría celebrando su fiesta, miraste mis labios vírgenes y quisiste besarlos. Ya no te bastaba cogerme de la mano.
-Tienes un color bonito en los labios – me dijiste.
-Saben a chocolate – te respondí.
Me pediste probarlos y por toda respuesta saqué la barra de labios con sabor a chocolate del bolsillo de mi pantalón. Te la ofrecí y la rechazaste con una sonrisa pícara, una sonrisa que me decía que mas temprano que tarde conseguirías tu propósito, que también era el mío, aunque no quisiera admitirlo. De pronto el cielo se convirtió en cómplice de nuestro amor adolescente y descargó un aguacero que nos obligó a resguardarnos bajo un frondoso árbol. Y allí, mientras la lluvia caía con fuerza me robaste el beso deseado, saboreando mis labios con suavidad e inexperiencia. Sabían a chocolate. Supieron a chocolate todos los besos que unieron nuestras bocas ansiosas en aquel verano ya tan lejano. Pero el tiempo, con impertinencia y descaro sembró el desencanto, la desilusión, y aquel amor repentino y loco se terminó casi con la misma rapidez con la que había comenzado. Emprendimos caminos diferentes, caminos que nos llevaron a otras gentes, a nuevas experiencias, en definitiva a otros besos, que nunca, nunca más, fueron de chocolate.

jueves, 8 de diciembre de 2011

LÁGRIMAS DE CARBON

LÁGRIMAS DE CARBÓN.
Aquella mañana me levanté con una opresión en el pecho que se empeñó en acompañarme hora tras hora. No tenía motivos para estar triste pero lo estaba, no había razón para la angustia pero no era capaz de alejarla de mí. Intentaba pensar en él, en las caricias que dejaba prendidas en mi piel cada vez que estábamos juntos, en los besos que depositaba en cada rincón de mi cuerpo y que yo guardaba en la caja de mi corazón enamorado.
Yo era sólo una niña, y como tal, me dejaba llevar por la inocencia y por un amor peligroso que había tambaleado los cimientos de mi vida desde que se presentó en ella. Aquella noche volveríamos a encontrarnos en la ribera del río y allí daríamos rienda suelta a nuestra pasión prohibida.
Eran las siete cuando escuché el sonido agudo de la sirena. Yo estaba delante del espejo, arreglándome para mi encuentro con él, pero supe que ya no merecía la pena continuar. Mi corazón dio un vuelco anunciándome la desgracia.
Me senté en la mecedora de la galería y me dispuse a esperar no sabía muy bien qué. Cuando la noche cayó me atreví a salir. Me fui hasta la entrada de la mina y me oculté entre los matorrales. Allí estaba ella. Su presencia me confirmó mis negros augurios.
Me senté en el suelo, cerré los ojos y recé, rogué a un dios en el que no creía que la maldita mina me lo devolviera vivo. Pero no hubo suerte. Un grito desgarrador rompió el silencio de la noche. Asomé mi cabeza y la vi, arrodillada al lado del cuerpo inerte de su marido.
-Sabes que no puedo abandonarla – me decía cuando yo me quejaba de nuestro amor clandestino – pero yo te amo a ti.
Me amaba a mí, pero ella era la que disfrutaba de su presencia, la que compartía su vida, la que aquella noche lloraba su muerte como yo jamás la podría llorar.
Tomé de suelo un trozo de carbón y me volví a casa. Delante del espejo que aquella misma tarde me había visto ponerme bella para él, pinté mi cara con aquel trozo de negro carbón y dejé que mis lágrimas prohibidas surcaran mis mejillas arrastrando toda la negrura que tiznaba mi alma. No sé por qué hice aquel gesto, no me lo preguntes, pero alivió mi inquietud y sosegó mi ánimo.
Ocho meses más tarde naciste tú. Han pasado ya tantos años… Mañana empiezas a trabajar en la mina, pero no te preocupes, él te cuidará, no dejará que nada te ocurra, no permitirá jamás que mis lágrimas vuelvan a ser de carbón.


martes, 29 de noviembre de 2011

CANCION DE ADIOS





Las primera luces del alba se cuelan por la ventana entreabierta. Miro el reloj. Pasan unos minutos de las seis de la mañana y el calor ya se está haciendo insoportable, ni siquiera la tenue brisa que se cuela por la rendija logra aliviar un poco la sensación bochornosa. La habitación huele a sudor rancio y a humedad. Tu cuerpo yace en la cama, a mi lado. Tu respiración lenta y acompasada me dice que estás plácidamente dormido. Contemplo tu bello rostro y por un segundo se adueña de mí una infinita ternura. Me gusta tu piel blanca, tu cabello rizado, tus ojos color avellana, tu nariz recta y afilada, tu sonrisa de dientes blanquísimos y perfectos. Me entristezco al pensar que pronto podré verlos tan sólo en mi recuerdo.Me levanto y enciendo un cigarrillo, me acerco a la ventana y me siento en el alféizar. Me entretengo un rato en observar el humo que sale de mi boca, después de haber ensuciado un poco más mis pulmones. Sonrío al recordar que no fumaba hasta que te conocí. ¿Te acuerdas? una noche de verano, casi tan calurosa como ésta, en aquella playa de Ibiza. Era la primera vez que salía de casa sin mis padres y estaba ávida de experimentar emociones desconocidas. Acababa de cumplir dieciocho años, tú tenías veinte. Yo por aquel entonces era una chiquilla ingenua y enamoradiza, por eso puedo decir sin tapujos que me enamoré de ti en cuanto te vi, aunque muchos se empeñen en afirmar que eso no puede ser. Salías del agua vestido con unos pantalones vaqueros empapados. Pesaban tanto que apenas te permitían caminar. Tu torso, atlético y cubierto de bello, desnudo, mojado, atrajo mi mirada y despertó en mí un deseo que jamás había sentido. Al pasar por mi lado me miraste y me premiaste con tu sonrisa, una sonrisa que me encandiló de tal forma que te perseguí de forma inconsciente durante toda aquella noche de fiesta. No sé si fue el azar, la casualidad o la misma vida que hace de las suyas, pero al día siguiente estabas en la playa. Esta vez te acercaste a mí con el descarado propósito de ligar conmigo. Y el "cómo te llamas", "estudias o trabajas", nos fue llevando la conversación hacia otros derroteros mucho más interesantes. Por la noche viniste a buscarme al hotel y me llevaste a otra fiesta. Fue allí donde me ofreciste el primer cigarrillo, que yo acepté por la vergüenza que me daba decirte que no había probado el tabaco nunca en mi vida. Ya ves, con el tiempo se ha ido convirtiendo en mi único vicio, un vicio que no quiero abandonar porque me une a ti, a esas tardes de invierno que tantas veces hemos pasado charlando entre cigarrillos y café. Nos hicimos inseparables, amigos, colegas...pero ambos queríamos más y terminamos por dárnoslo. La última noche de mi estancia en la isla me tomaste de la mano y nos fuimos a pasear por la playa donde nos habíamos visto por primera vez. Yo sabía que eran nuestros últimos momentos juntos, que el amor que sentía por ti tenía las horas contadas por fuerza, no por voluntad propia, y mientras caminábamos descalzos, dejando que las olas que rompían en la orilla acariciaran nuestros pies, pugnaba por no llorar delante de ti, para que no te dieras cuenta de la pena tan grande que sentía al tener que dejarte. Al mismo tiempo mi cuerpo te pedía, insinuante, que le dejaras algún recuerdo, alguna huella que quedara perdurable pegada a mi piel recién salida de la adolescencia. Años después me confesarías que tú sentías lo mismo, que deseabas unirte a mí como un animal en celo. Por eso me llevaste a la esquina más oscura y allí nos amamos con pasión desenfrenada, sabiendo que era la primera y la última vez que nos regalaríamos las caricias y los besos que salían de nuestras manos y de nuestras bocas.
Ya te he contado mil veces las lágrimas que derramé por ti en el avión de vuelta a casa. Ahora lo pienso, después de pasado el tiempo, y hasta me siento estúpida. Estúpida por pensar que lo nuestro tendría que ser como los amores eternos que sólo existen en las películas, en las novelas rosa que devoraba en la soledad de mi habitación en los fríos y grises días del invierno. Y es que cuando se tienen dieciocho años, el amor soñado y no conseguido se convierte en una tragedia que amenaza nuestra existencia haciéndonos creer que ya jamás podremos volver a amar. Metida en aquel avión, encerrada en aquel aparato a muchos kilómetros del suelo, eso era lo que yo pensaba: que a nadie volvería a querer como te había querido a ti, que nadie podría paliar mi sufrimiento.
Pensé que jamás volveríamos a estar juntos, por eso no me llevé de ti recuerdo alguno, ni siquiera un número de teléfono, era mejor perder todo contacto para así hacer más rápido el olvido. No podía imaginarme que sólo unos meses más tarde volverías a mi lado, que estarías esperándome una lluviosa tarde de enero a la salida de la facultad, para decirme que el amor que sentías por mí te había desbordado, que era tan intenso que no podías dejar de pensar en mí, que querías que pasáramos el resto de la vida juntos. Creo que aquel fue el momento más feliz de mi existencia. Volver a estar contigo colmaba todos mis deseos, que sintieras por mí lo mismo que yo por ti significaba la realización de todos mis sueños.
Sí, debo de reconocerlo, tuvimos una vida plena, el camino andado juntos ha tenido más rosas que espinas y los años que hasta hoy han pasado lo han hecho demasiado rápido tal vez, pero ha llegado a su fin, ya no hay lugar hacia dónde ir, ya no hay ruta que tomar, que elegir. No sé en qué momento me envolvió el desencanto, no sé cuál fue el instante preciso en que tu presencia empezó a molestarme, en que la pasión abandonó nuestro lecho. Supongo que la rutina se instaló entre nosotros y poco a poco dejamos de ser diferentes a los demás, empezamos a hacer las mismas cosas, a tener sus mismos problemas, a vivir su misma vida insulsa.
Y un día te miré y me pareciste un extraño. Por más que quise recuperar nuestra historia pasada, no fue posible, no es posible, precisamente por eso, porque ya ha pasado, porque sus protagonistas han cambiado, porque tú y yo ya no somos los mismos de antes. Así es que he decidido irme, antes de que el amor que aun queda entre nosotros se termine y acabemos convertidos en enemigos. Te lo he intentado explicar y no lo entiendes, niegas lo evidente una y otra vez, aunque sabes que tengo razón. Por eso he elegido este momento para irme, mientras duermes, sin que te des cuenta, para que no intentes retenerme, para no tener que enfrentarme a esos ojos que me pedirán con insistencia que me quede. Sé que irme así no es sino un acto de cobardía, pero no me siento con fuerzas para una despedida cara a cara. Me gustaría hacer el amor contigo por última vez, regalarte de nuevo besos y caricias, pero no es posible, no serían sinceros.
Me voy, mi vida, me voy sin rumbo fijo, a algún lugar donde poder refugiarme para olvidarte. Te dejaré esta carta encima de tu mesilla para que la leas cuando despiertes. Por favor, no me guardes rencor.
Cojo mi pequeña maleta y pongo en ella cuatro cosas. Te miro por última vez. Al cerrar la puerta de la habitación me viene a la memoria esa canción que tantas veces he escuchado últimamente pensando en ti: fuiste todo, pero fuiste, yo no sé si me entendiste, que te estoy diciendo adiós.

jueves, 24 de noviembre de 2011

LA LUZ DE ORIENTE




Kin Lei se levantó temprano, como cada día, y en un gesto rutinario se acercó a la ventana de la mísera cabaña que tenía por casa y miró hacia fuera. Todavía no había amanecido y el cielo se mostraba estrellado y limpio, indicio de que el día que estaba por llegar sería claro y caluroso, como la mayoría de los días de aquel verano que parecía no tener fin. Ya estaban a mediados de septiembre y el calor bochornoso que los había acompañado los últimos meses se negaba a desaparecer. A Kin Lei le gustaba el verano, pero reconocía que las altas temperaturas estaban acabando con ella. Demasiado trabajo sobre sus espaldas y aquel vientre que parecía crecer por momentos.... Se acarició la abultada tripa y por un instante se adueñó de ella una infinita ternura. Según sus cálculos, en cualquier momento podría tener entre sus brazos a su pequeño y esta vez estaba segura de que nada iba a salir mal, de que sería un niño, el varón deseado por su marido, la fuerza necesaria para sacar adelante el hogar cuando ellos fueran viejos y no pudieran hacerse cargo.
Le había costado convencer a su marido de que ansiaba tener un hijo, de que su instinto maternal era superior a todos los argumentos en contra que él pudiera darle. Nei Li decía que un hijo era una carga que ellos no se podían permitir, que generaba muchos gastos y mucho trabajo, que sus propios padres eran mayores y pronto habría que cuidarlos.... Cada noche, cuando Kin Lei insistía, él se inventaba una excusa diferente. “¿Y cuando nosotros seamos viejos y decrépitos?” le preguntó un día Kin Lei, “¿quién nos cuidará a nosotros? ¿Quién hará todo el trabajo que ahora hacen nuestros brazos?” Nei Li pensó entonces que tal vez su mujer tuviera razón, que en cuanto el muchacho creciera y se hiciera fuerte, en la casa habría una mano más para trabajar y accedió a los deseos de su esposa, pero bajo una condición: si el hijo fuera una niña, la entregarían en un orfanato de la capital, sólo se quedarían con el pequeño en el caso de que fuera un varón; las niñas no servían para mucho, salvo para dar problemas y con el tiempo irse de casa a la casa de su marido, dejándolos como estaban antes de su llegada, solos y sin ayuda.
Le pareció bien a Kin Lei la condición de su marido, pues estaba segura de que su primer hijo sería un niño, no podía ser de otro modo. Demasiado tiempo le había costado convencer a su esposo para que Dios ahora fuera a castigarles dándoles una hija.
Pero se considerase un castigo o no, aquel primer hijo que dio a luz Kin Lei fue una niña, una niña preciosa, fuerte y sana, cuyo nacimiento fue el mayor contratiempo para Nei Li y la tristeza más grande para su esposa, no por el hecho en si da haber parido una hembra, sino por la horrible condición que le había impuesto su marido y que ella, en su día, se mostró dispuesta a cumplir. No sabía que llegado el momento no iba a ser tan fácil separarse de aquella pequeña que era carne de su carne, continuación de si misma. Mas aun así, no se le ocurrió rogar ni suplicar a Nei Li que le dejase quedar con su hija, no podía faltar a su palabra y tragándose las lágrimas, ocultando su desesperación, acudió con él a un orfanato de la capital, tal y como habían acordado, para dejar allí un pedacito de su alma, un trozo de su corazón que nunca más podría recuperar.
Algún tiempo después Kin Lei volvió a quedar en estado. Su nuevo embarazo, por un lado, le ayudó a mitigar un poco la pena por el abandono de su primera hija y por otro hizo aparecer dentro de sí el temor a un nuevo fracaso. Si gestaba de nuevo una niña tal vez no fuera capaz de soportar su pérdida. Sin embargo conforme los meses iban pasando, la confianza iba ganando terreno al miedo y a aquellas alturas la muchacha estaba plenamente convencida de que el ser que se guarecía en su vientre era un varón, esta vez no iba a fallar de nuevo.
Kin Lei encendió la lumbre y se puso manos a la obra. Su marido ya había salido hacia los campos y a ella le quedaba por delante una dura jornada de trabajo, preparar el desayuno, levantar y asear a su suegra, ordeñar y alimentar a las cabras, recoger los huevos del gallinero.... . Hizo las tortitas de harina de arroz, hirvió agua para el té y se acercó al lecho de la madre de su esposo que dormía plácidamente. Era una mujer muy mayor, que apenas podía moverse y cuya cabeza ya no funcionaba como antes, una dura carga para la muchacha, carga que soportaba estoicamente pues pensaba que era su deber. La tapó con la fina manta y pensó en su propia madre, a la que no había vuelto a ver desde que salió de su casa para casarse con su marido y venirse con él a aquella aldea que estaba lejos de todo, de su propia aldea, de su familia, de los seres queridos que había dejado atrás hacía ya tantos años. Por unos instantes se sintió desfallecer y hubo de sentarse en el catre. Sintió unas desgarradoras ganas de llorar al pensar que tal vez su vida estuviera marcada por los abandonos, de su madre, de sus hijas, de todo lo que amaba.... ¿podía haber en el mundo alguien marcado por semejante destino? Fue entonces cuando sintió correr entre sus piernas el líquido caliente que anunciaba que el momento había llegado por fin. No podía distraerse ahora pensando bobadas, tenía que terminar las tareas principales que nadie podría hacer antes de que los dolores le impidieran continuar con el trabajo. Le dio tiempo a levantar a su suegra y darle el desayuno, pero cuando se disponía a ordeñar las cabras las molestias se hicieron más intensas y no le quedó más remedio que avisar a la vecina para que le ayudara en el inminente parto.

Nei Li regresó de los campos de arroz al atardecer, cuando el sol estaba a punto de ponerse y sus rayos esparcían una luz dorada que parecía acariciar la tierra. La dura jornada había terminado y ahora tocaba descansar. Le gustaba sentarse con su mujer en el patio, en los dulces y largos atardeceres del tórrido verano y juntos contemplar aquella luz, en silencio, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos, pero cómplices, unidos por la belleza que tenían ante sus ojos y que parecía metérseles en el alma.
Le extrañó que Kin Lei no estuviera esperándolo a la puerta de casa, como todos los días, y presintió que el momento había llegado. Apresuró el paso y entró en la casa deseoso de ver a su hijo, seguro de que esa vez Dios los obsequiaría con el varón deseado, por eso no pudo evitar sentirse desolado cuando encontró a su esposa presa del llanto y a la vecina con la niña en brazos, porque....de nuevo había nacido una hembra.
Incapaz de soportar la situación salió de la casa. “Los hombres no lloran”, se dijo a si mismo, y haciendo acopio de unas fuerzas que estaba lejos de sentir entró de nuevo en la humilde vivienda y preparó todo para viajar al día siguiente a la capital. Esta vez no iba a esperar ni un día más de lo necesario. Mientras, Kin Lei miraba a través de la ventana aquella luz dorada que iluminaba el aire y, sin saber muy bien el motivo, pensó que esa misma luz sería la que mañana se llevaría a su hija lejos de ella para siempre.
*
Elena esperaba nerviosa en la habitación del hotel que Manuel, su marido, le diera el aviso de que el taxi los estaba esperando. Apenas una hora y media de viaje la separaba de su sueño, de esa ilusión que la había tenido encandilada cinco años, los que duró el proceso de adopción. Ambos sabían que no sería fácil, pero también estaban seguros de que tanto sinsabor acabaría mereciendo la pena.
Elena se sentó al borde de la cama y recordó el día exacto en que supieron que sería muy difícil tener hijos propios. Llevaban más de un año intentándolo sin éxito cuando decidieron acudir al médico. Tras las pruebas pertinentes el resultado no pudo ser más extraño: ambos estaban perfectamente sanos, simplemente eran incompatibles. El médico les explico que eran fértiles, pero que entre sí era prácticamente imposible que engendraran un hijo, mientras que con otras parejas, lo más probable era que pudieran tener hijos sin mayor problema. Un hombre puede ser subfértil, pero si se une a una mujer sumamente fértil lo más probable es que su problema no se note. Sin embargo si su pareja también es subfértil lo más habitual es que no puedan concebir. Ese era su caso. El doctor les dijo que podían iniciar un tratamiento de fertilidad, o incluso intentar una fecundación in vitro, pero no les daba garantías de éxito.
Fue como si de pronto el mundo de Elena estallara y se hiciera añicos. Veía como el hijo ansiado desaparecía antes de existir y a pesar de los ánimos que le daba su marido, se iba hundiendo poco a poco en un pozo negro que amenazaba con tragarse su apacible existencia. Hasta que un día, de casualidad, cayó en sus manos una revista que contenía un interesante reportaje sobre las adopciones de niñas chinas y, cuando terminó de leerlo, una lucecilla pareció encenderse en su mente. Si todas aquellas parejas que salían en el reportaje lo habían conseguido, ellos no perdían nada por intentarlo. Cierto era que ni ella ni su marido se habían planteado nunca la posibilidad de adoptar, al menos jamás lo habían comentado abiertamente uno al otro, pero desde luego que sería una buena alternativa a su problema. Cuando aquella misma noche se lo comentó a Manuel no le sorprendió obtener el silencio por toda respuesta. Él había estado tan ilusionado como ella con la idea de tener un hijo propio, juntos habían imaginado los nueve meses de embarazo, la primera ecografía, incluso el momento de dar a luz, él a su lado, ayudándola a traer su hijo al mundo. Tal vez pensara que adoptar no era lo mismo, tal vez no se sintiera capaz de dar su amor a un ser que, al fin y al cabo, no iba a llegar al mundo a través de ellos. Pero el silencio de Manuel duró apenas un segundo, el tiempo suficiente para asimilar que su mujer le había planteado la idea que hacía tiempo estaba acariciando sin atreverse a dar el paso de contársela a ella. Si, adoptarían un hijo, daba igual que fuera una niña china, o un niño ruso o de cualquier otra nacionalidad, lo importante era que por fin su casa se viera llena de verdad, que tuvieran con ellos alguien a quien amar incondicionalmente, alguien por quien preocuparse cuando tuviera fiebre, alguien que los desvelara con sus llantos y que les hiciera felices con sus risas, alguien a quien ayudar a caminar por la vida hasta que le llegara el momento de dejarlo volar.
Iniciaron en seguida el proceso de adopción, a sabiendas de que sería largo y seguramente tedioso. En una primera reunión les informaron sobre todos los trámites a seguir, les abrieron los ojos, les dijeron que detrás del final idílico que esperaban se escondían, seguramente, muchos momentos de duda, de tensión, de no saber qué hacer. Les propusieron que se lo pensaran bien y les dieron una semana de plazo para, si finalmente se decidían, presentar los papeles. Por supuesto, lo hicieron. Poco después los visitó un trabajador social en su hogar para asegurarse de que su futuro hijo disfrutaría de un ambiente idóneo para su desarrollo. Inspeccionó la vivienda, les preguntó por sus ingresos, por el futuro que querían para su hijo....También pasaron por la consulta de un psicólogo. Todo ello con la finalidad de obtener un certificado que atestiguara que eran una pareja que podía asumir la adopción sin problemas. Una vez conseguido el mismo, sus papeles fueron enviados a China. En un plazo de más o menos diez meses previsiblemente les asignarían una niña, aunque en último término, eso dependía ya de las autoridades chinas.
Elena y Manuel pensaron que todo había sido más sencillo de lo que al principio creían. Cierto es que no fue agradable tanto papeleo y mucho menos tantas entrevistas en las que a veces tuvieron que contestar preguntas que en cierta manera soliviantaban su intimidad, pero a pesar de ello todo fue relativamente soportable. Si en sólo diez meses les asignaban a su criatura, aquello era mucho más de lo que hubieran esperado. Se tomaron el tiempo de espera como un embarazo un poco más largo de lo normal y desde el primer momento, ilusionados como dos niños con un juguete nuevo, encaminaron su vida hacia la llegada del bebé deseado.
Y pasaron los diez meses....y doce.... y catorce, y la ilusión que empieza desvanecerse, y la preocupación que empieza a hacer acto de presencia, las dudas, los miedos, el pensar que seguramente algo va mal, hasta el día en que suena el teléfono y se confirman las peores sospechas. La agencia china de adopción que llevaba su caso resultó ser un fraude, debían de traspasar su expediente a otra, con lo cual aquellos hipotéticos diez meses era como si no hubieran pasado, había que volver a empezar a contar, desde el principio.
Elena recuerda aquel instante como el peor de todo el proceso. Quiso dejarlo, olvidarse de que un día había deseado tener un hijo, al fin y al cabo tenía a su lado a un hombre que la amaba y que llenaba su corazón, no necesitaba a nadie más. Fue gracias a Manuel que siguieron adelante, él la convenció de que no podían dejarlo ahora, de que si habían llegado hasta allí podían esperar un poco más, que todos los obstáculos serían superables si los afrontaban juntos, después de todo sólo se trataba de esperar, de dejar pasar el tiempo. “Cuando lleguemos al final y la tengamos con nosotros, miraremos hacia atrás y veremos que todo lo pasado ha merecido la pena, no te rindas ahora”. Y no se rindió. Elena se vistió de coraje y de ilusiones renovadas y pensó que si el primer “embarazo” había degenerado en “aborto”, el segundo llegaría a buen término seguro.
El “parto” se inició una tarde de primeros de octubre, cuando el teléfono sonó de nuevo y Elena, temerosa, con el corazón a cien por hora, como siempre que escuchaba aquel sonido familiar, descolgó el aparato y una voz le dijo que una hija la estaba esperando a muchos miles de kilómetros de distancia. Entonces todo se tornó de color de rosa, se esfumaron los negros presagios y comenzó la actividad frenética para prepararlo todo y darle el mejor recibimiento al mejor regalo que hubiera recibido jamás.
Todavía pasaron algunos meses hasta que reclamaron su presencia en Pekín, el lugar donde ahora estaba recordándolo todo y comprobando que su marido tenía razón, había merecido la pena llegar hasta allí, a pesar de los sinsabores, de los miedos, de que su cuenta corriente estuviera prácticamente vacía, qué más daba eso, por su hija hubiera buscado dinero o lo que fuera, hasta debajo de las piedras. Se preguntaba qué misteriosa razón habría llevado a los padres de su pequeña a abandonarla. Le habían explicado que en la China rural y campesina era bastante habitual que las niñas fueran abandonadas, pues las familias sólo quieren hacerse cargo de un hijo varón que con el tiempo pueda ayudarles en las tareas del campo y de la casa, pero aquella razón le parecía tan absurda.... No se puede tener un hijo pensando en lo que deba o no deba hacer cuando sea mayor, y menos con la intención de atarlo a la casa y a la tierra; a un hijo se le tiene para darle cariño, para amarlo, educarlo y enseñarle a elegir su propio camino. De todas maneras, desde el más puro egoísmo, siempre estaría agradecida a esa pareja que repudió a su pequeña para que cayera en sus manos.
La voz de su marido interrumpió sus pensamientos. “Cariño, el taxi espera abajo”. Tomó su bolso y salió de la habitación aparentando una entereza que estaba muy lejos de sentir. La emoción era un manto que envolvía su cuerpo y su alma. En apenas hora y media tendría a su hija en sus brazos.

*

Paula Lin se miraba al espejo, coqueta, mientras su madre intentaba peinarla y hacerle unas coletas con unos bonitos lazos azules. Había cumplido ya nueve años y se estaba convirtiendo en una preciosa jovencita, con aquellos ojos rasgados y aquel pelo increíblemente negro y liso.
-Mamá, cuéntame una vez más como llegué hasta aquí- le pidió a su madre.
-Pero Paula, si ya te lo he contado mil veces, déjate de tonterías y déjame peinarte, que llegaremos tarde al cumpleaños de la abuela.
-Mamá, por favor.....cuéntamelo otra vez. Te prometo que no te lo pediré más.
Elena no pudo hacer más que sonreír. Depósito un suave beso en la frente de su hija y juntas se acercaron al amplio ventanal del salón, desde donde podían divisar el sol que, a aquellas horas de la tarde, parecía jugar al escondite con el mar, tiñendo el atardecer con su luz dorada.
-¿Ves los últimos rayos del sol? ¿ves las luz con la que alumbra la tierra y el mar al atardecer?
La pequeña asentía a las preguntas de su madre, escuchando con desmesurado interés lo que le habían contado miles de veces.
-Un día, hace ya nueve años, un rayito de ese sol se coló por esta ventana. Traía una carta. Cuando papá y yo la leímos comprobamos que era un mensaje muy importante del propio sol. Nos decía que venía de oriente y que pronto nos traería con su luz un pequeño tesoro que allí se guardaba para nosotros. Ese tesoro era una niña preciosa a la que sus papás no podían cuidar, y que por eso se la entregaban a otros papás que si podían hacerse cargo de ella, tú. El sol quería traerte envuelta en su luz, pero papá y yo, por seguridad, pensamos que era mucho mejor ir a buscarte. Y cuando te vimos por primera vez nos pareciste tan, tan bonita, que decidimos que para nosotros serías siempre la luz que el sol nos trajo de oriente. ¿Te gusta la historia?
-Mucho.
-Vale, pues ahora ¿vas a dejar que te peine?
Paula Lin asintió y se quedó muy quieta mientras su mamá terminaba de ponerle las coletas. Miraba de reojo el sol. Dentro de unos años le pediría que, envuelta en su luz, la llevara a conocer ese oriente del que su mamá le hablaba, en la misma luz que todos los atardeceres iluminaba los campos de arroz que Kin Lei y Nei Li seguían contemplando sentados a la puerta de su humilde vivienda, mientras su pequeño hijo varón, correteaba feliz a su alrededor