domingo, 14 de marzo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 2

 



Aquel primer día fue un poco extraño. Era como si las palabras de mi madre y de su hermana estuvieran cuidadas al detalle, como si la conversación entre ambas formara parte de un guión estudiado previamente. Se notaba a las leguas que no estaban cómodas juntas y precisamente por eso yo alababa mentalmente la generosidad de mi tía. Algo gordo debía de haber ocurrido entre ellas, algún día lo averiguaría, seguro.

Por la noche hablamos de temas económicos, que desde luego eran los más peliagudos, sobre todo cuando no se tenía un duro. Mamá expresó su intención de buscar un trabajo y yo también, por supuesto.

–Yo trabajaré en lo que sea – dije – no me importa si tengo que fregar escaleras.

Mi tía me miró con cara de circunstancias. Probablemente estuviera pensando que una niña mimada y consentida como yo no aguantaría más de un día fregando escaleras.

–Pues mira, ya que lo dices. Tengo unos conocidos que están buscando asistenta, pagan bien ¿Te interesaría?

Al principio no dije nada. Me asombró un poco aquella propuesta tan rápida. Parecía tenerla preparada. Puede que durante aquellos días que habíamos tardado en aparecer en su vida ya se hubiera ocupado de buscarme ocupación, y ello me resultó chocante, extraño, y evidentemente nuevo. A pesar de mi silencio, o tal vez precisamente como consecuencia de él, mi madre fue la que dio réplica a mi tía de manera rotunda.

–¿De asistenta? Ni hablar. Dunia no sabe cocinar y... estar todo el día haciendo las tareas de casa.... No, por Dios, eso no es para ella.

–A lo mejor quieres para tu hija el trabajo del siglo – contestó Teresa con un deje de ironía en su voz.

–No hace falta que discutáis – dije yo – los quehaceres de casa no son tan difíciles. Seguro que podré con ello. ¿Dónde tengo que ir?

La firmeza y decisión de mis palabras dieron por concluida la conversación y a pesar de la desaprobación de mi madre, que aquella noche, antes de dormirme, intentó convencerme por activa y por pasiva que esa no era ocupación para mí, al día siguiente mi tía me acompañó a la casa donde buscaban asistenta. Confieso que iba un poco nerviosa, no por el trabajo en sí. Limpiar el polvo, hacer camas y poner la lavadora no era nada del otro mundo. Lo que me temía era encontrarme con una señora de esas estiradas y autoritarias que te regañan si dejas una pequeña arruga en la colcha de la cama.

Hicimos el trayecto casi en silencio. A aquellas alturas ya me había dado cuenta de que mi tía Teresa o bien era mujer de pocas palabras, o no se sentía muy cómoda con nuestra presencia. Puede que incluso fuera un poco de todo. Sin embargo, cuando ya estábamos llegando a la casa, para mi sorpresa, comenzó a hablarme de manera distendida.

–¿Estás nerviosa? – me preguntó con una media sonrisa, que me sorprendió si cabe aun más que sus simples palabras.

–Bueno... un poco.

–No te preocupes. Son gente encantadora. Ella es dentista y el marido es profesor en la Universidad. Tienen un hijo, Ginés, un muchacho muy guapo, guapísimo, y muy estudioso, creo que ha terminado este año Derecho.

–¿De qué los conoces?

–Ella es hermana de mi jefa.

–Y tú.... ¿en qué trabajas?

Mi tía sonrió un poco más antes de responder. Parecía que el hielo se estaba rompiendo entre las dos. A lo mejor se estaba dando cuenta de que de los problemas que mi madre y ella hubieran tenido yo no tenía la culpa.

–Yo trabajo de dependienta en unos grandes almacenes, en la sección de lencería. Mira, es aquí. Ya hemos llegado. Te están esperando ¿Quieres que suba contigo o prefieres que te espere aquí? Me tomaré un café en cualquier cafetería.

–Prefiero ir sola, gracias.

Mientras el ascensor me subía al octavo piso de aquel moderno edificio iba pensando que mi tía Teresa no debía de ser una persona desagradable, al contrario. Estaba demostrando que era generosa y seguramente, con el tiempo, quedaría al descubierto esa personalidad que se empeñaba en esconder.

El ascensor se paró. Salí y sin mirar a mi alrededor caminé directa hacia la puerta y pulsé el timbre. Al rato me abrió una mujer que parecía rondar los cincuenta años. Alta, morena, con el pelo recogido en un moño descuidado y de porte distinguido. Debía de ser la dentista, aunque me pareció tan sofisticada a pesar de su aspecto levemente desaliñado que no fui capaz de imaginármela en la consulta y en plena acción.

–Buenos días – dije – soy Dunia, la sobrina de Teresa.

–Oh claro, pasa, por favor, te estaba esperando.

Ante mi sorpresa me recibió con dos besos y me hizo pasar a un salón enorme decorado de manera minimalista. Un gran cuadro que seguramente sería de algún pintor renombrado y que valdría una pasta, presidía la estancia. Al fondo, una mesa de comedor con sus respectivas sillas, más cerca de la puerta unos elegantes sofás de piel blanca alrededor de lo que parecía una chimenea artificial y una enorme pantalla de televisión adosada a la pared. Un gran ventanal rodeaba la estancia, desde el que se podía contemplar una impresionante vista de la ciudad. Si aquel iba a ser mi lugar de trabajo no me importaba en absoluto tener que pasar las horas limpiando.

La mujer me invitó a sentarme y se presentó.

–Me llamo Covadonga, aunque todos me llaman Cova. ¿Te apetece tomar algo? ¿Un café?

–No, gracias, acabo de desayunar hace un rato.

–Bueno, pues entonces no voy a entretenerte mucho. Verás, necesito una chica que se ocupe de las tareas de la casa, de todo menos de cocinar. La muchacha que tenía está enferma de gravedad y no sé si podrá reincorporarse al trabajo. Tendrás que hacer.... bueno, pues lo normal. Limpiar, planchar, hacer coladas..... El horario... me gustaría que estuvieras aquí de nueve a cinco o seis de la tarde, comerás aquí por supuesto. Te pagaré mil euros ¿qué te parece?

Bien, me parecía tan bien, dadas las circunstancias, que casi no me salían las palabras de la garganta. Finalmente, cuando recuperé el habla, pude decirle que sí, que estaba conforme con las condiciones de la que sería mi ocupación.

–Durante el mes de agosto nos vamos a una casita que tenemos en un pueblo que no está muy lejos de aquí, en la playa. Durante ese mes me gustaría que te vinieras y te quedaras allí, con nosotros. Será mucho más cómodo para ti y además podrás disfrutar de la playa y de la piscina. ¿Te gusta la playa?

–Sí, pero también me conformo con la piscina. No tengo gustos muy refinados, la verdad.

En ese preciso momento pensé si no habría metido la pata. A lo mejor a una mujer de su nivel, acostumbrada a cosas elegantes, no le agradaba mi comentario. Sin embargo, contrariamente a mis divagaciones, Cova sonrió y me dijo:

–Ni yo tampoco. La verdad es que el que tiene gustos más sibaritas es mi marido. Pero yo soy hija de un obrero que con mucho esfuerzo consiguió darle carrera a sus dos hijas. Él es más refinado. Bueno entonces ¿Qué te parece el trabajo? ¿Aceptas?

–Acepto. Pero debo pedirle que no sea usted muy dura conmigo. Es la primera vez que trabajo fuera de casa. Aunque las tareas domésticas tampoco son gran cosa, me refiero a que no son tan difíciles de hacer.

–No te preocupes. Ah, se me olvidaba una cosa. En casa, aparte de mi marido y yo, vive mi hijo Ginés. Es muy buen chico, pero a veces un poco... impertinente. Tiene veintitrés años y acaba de terminar su carrera de derecho. El próximo año entrará de pasante en un despacho muy importante de la ciudad. Vendrá dentro de dos días, ahora está de vacaciones en el Caribe, con su novia. Si en algún momento te inoportuna no dudes en decírmelo.

–Descuide.

–Y no me trates de usted, que me hace sentir muy mayor. Llámame Cova. ¿Empiezas mañana?

Quedamos en que efectivamente comenzaría al día siguiente a las nueve de la mañana y me despedí. Salí de aquel piso con una muy buena impresión y mis miedos se disiparon por completo. Teresa me esperaba en una cafetería frente al portal del inmueble y en cuanto me vio salió a mi encuentro.

–¿Qué tal ha ido todo? – preguntó con interés.

–Pues muy bien, tía. La señora me parece encantadora y me dio muchas facilidades para el trabajo. Y me paga mil euros, que es una pasta, la verdad. Tenemos que ahorrar para poder independizarnos cuanto antes. Ni mamá ni yo queremos ser una carga para ti.

Teresa bajó la cabeza y no dijo nada. A mí me dio la impresión de haber hablado de más otra vez y no era mi intención que se sintiera mal conmigo cuando parecía que comenzaba a relajarse la tensión del principio.

–Me dijo que tenía un hijo – proseguí para intentar alejar la incomodidad que parecía flotar entre ambas – debe de ser el chico del que me hablaste... Ginés.

–Sí, Ginés, claro – respondió mi tía con una sonrisa – Adora a su tía, a mi jefa, y viene con frecuencia a visitarla. Es muy simpático, un poco tarambana, y muy guapo, guapísimo. Alto, atlético, con unos preciosos ojos grises y una sonrisa perfecta.

–Vaya ¡Qué pena que tenga novia! – dije medio en serio medio en broma – No, no quiero novios. Ahora tengo que concentrarme en trabajar y estudiar.

Caminábamos hacia casa. A aquellas horas de la mañana el tráfico era denso. La niebla estaba levantando y un tímido sol comenzaba a calentar las calles de la ciudad. Y a pesar de todo lo ocurrido, por primera vez sentía que mi corazón saltaba de alegría en mi pecho.

–¿Sabes? – dijo mi tía de pronto – eres una chica muy madura para la edad que tienes. Cualquier chica de diecisiete años estaría pensando en divertirse y sin embargo tú.... el trabajo, los estudios. No sé si ni siquiera tu madre estará tan centrada como tú.

Se refirió a mi madre con cierto desprecio y yo me sentí un poco herida. Ciertamente mamá no era una persona fuerte, ni con demasiada iniciativa. Ella estaba acostumbrada a vivir con mi padre, a su lado, que era el que solucionaba todos los problemas, y a no tener demasiadas preocupaciones, así que a la mínima se ahogaba en un vaso de agua. Pero eso no dejaba de ser un defecto como otro cualquiera, y todos teníamos a cientos, yo también y Teresa también, por supuesto.

–Bueno.... mamá lo ha pasado muy mal, tienes que entenderlo – dije.

–Ya.

Aquel “ya” sonó cargado de resentimiento y no pude aguantar más.

–Sé que mamá jamás me contará lo que ocurrió entre vosotras. Pero tú algún día lo harás, a que sí.

Por toda respuesta me miró y esbozó una ligera sonrisa espesa de amargura.






sábado, 13 de marzo de 2021

No sé por qué te quiero - Capítulo 1

 



Aquella tarde, cuando al regresar del instituto vi un enorme revuelo a la puerta de mi casa, supe que algo grave había ocurrido. Era lo lógico, cualquiera lo hubiera intuido si se viera de pronto envuelto en una nube de sirenas de ambulancias y de policía, de luces giratorias, de gente curiosa, que se agolpaba en la acera con ganas de saber. De pronto el papel que agitaba en mi mano y que decía que había aprobado el acceso a la Universidad y que mi nota era lo suficientemente alta como para poder entrar en la Escuela de Enfermería dejó de tener importancia y toda la alegría de mi día se desmoronó acuciada por la desgracia que estaba allí, esperando para recibirme a la puerta de mi hogar. Intenté echar a correr, pero los nervios y mi corazón agitado no me lo permitían, más bien al revés, hacían que mis pies se pegaran al suelo como si un potente imán los atrajera o como si se quedaran atrapados en el alquitrán derretido. Cuando finalmente conseguí llegar a mi destino un policía pretendió impedirme el paso, pero me revolví contra él. Era mi casa y los que estaban allí dentro eran mis padres, y toda la parafernalia que se había armado indicaba que algo les había ocurrido, y seguramente nada bueno. Nadie podría impedir que lo descubriera, así que me escabullí como pude de aquellos brazos firmes que intentaban retenerme y me colé en mi propio hogar como si fuera una visitante furtiva. Al poner el pie en la entrada escuché el llanto de mi madre en la cocina y corrí hacia allí gritando como una posesa. No sé de dónde salió Carmen, la vecina, una mujer ya entrada en años que me quería como si fuera su nieta, pero de pronto la vi frente a mí empujándome de nuevo hacia fuera, sin dejarme alcanzar las lágrimas de mamá.

-Vamos, Dunia, vamos, cariño, aquí no debes estar. Vente conmigo y te cuento lo que ha ocurrido.

La seguí de mala gana, sin dejar de hacerle preguntas que ella parecía no escuchar, pues no las respondía. Sólo me decía que me tranquilizara, que la situación era delicada pero que pronto me pondría al corriente. A su casa llegamos enseguida, pues apenas distaba unos cuantos metros de la mía. Me preparó una tila que yo me negué a tomar y en cuanto nos vimos sentadas en el sofá de su salón comenzó a dar vueltas y vueltas a las palabras para informarme de lo sucedido, que si mi padre estaba mal, que si mi madre no sabía nada, que si había ocurrido a media mañana... No hacía más que divagar.

–¡Carmen, por favor, deja ya de decir tonterías! Quiero saber qué ha pasado – le grité presa de la desesperación.

–Es tu padre – dijo entonces, mirándome con los ojos acuosos – Se ha.... muerto. Bueno en realidad...se ha suicidado. Esta mañana tu madre lo ha encontrado en el garaje. Se ha ahorcado. Lo siento, Dunia, lo siento mucho, pequeña.

No sé lo que pasó por mi mente en aquellos instantes. Una serie de emociones distintas y quizá contradictorias se arremolinaron en mi cabeza y envolvieron mi cuerpo y mi alma. Nunca entendí el suicidio y menos en las personas que, como mi padre, parecían estar mentalmente en sus cabales. Por muchos problemas que acosen a uno siempre hay una salida, aunque en algún momento nos pueda parecer que no. Papá, sin embargo, opinaba que el suicidio no era más que una opción en la vida.

–Todos nacemos condenados a morir – decía – y casi todos decidimos esperar ese momento. El suicida, sin embargo, elige algo tan íntimo como el instante de finalizar su propia vida.

Él había escogido esa opción, morirse antes de tiempo sin importarle nada lo que dejaba atrás. No había pensado en mi madre, ni en mí, en las dos mujeres que él decía querer tanto, y en un principio semejante paradoja me hizo sentir mucha rabia.

–Pero... ¿por qué? ¿qué ha ocurrido? ¿por qué lo hizo? – preguntaba una y otra vez sin obtener respuesta alguna.

Días más tarde, cuando las aguas fueron volviendo poco a poco a su cauce, la realidad se nos mostró sin tapujos. Y fue entonces cuando encontramos respuestas. Papá se dedicaba a negocios bursátiles y económicos que yo no sabría explicar. Nuestra posición era acomodada, sin grandes lujos, pero vivíamos bien. Y de pronto se arruinó. No sé cuáles fueron los motivos concretos, algo escuché de una estafa, pero no quise enterarme de más, el caso es que de la noche a la mañana mamá y yo nos vimos sin nada, sin dinero, sin casa y por supuesto sin sustento, pues el único que mantenía la economía familiar era mi padre. La situación no se presentaba muy halagüeña y mi madre estaba hundida y desesperada.

Aquellos días pasó mucha gente por mi casa. Compañeros de papá, abogados, notarios, albaceas... incluso un juez, y cuando llegó la hora de la verdad lo único que sacamos en limpio fue que teníamos que largarnos de allí prácticamente con lo puesto. Casa y bienes quedaban embargados para afrontar no sé cuántas deudas, y el dinero del banco también. Sólo nos quedaba una mínima cantidad que mi madre secretamente guardaba en un pequeña caja fuerte dentro de su armario. Ella era débil, siempre lo había sido, y ante tales circunstancias no hacía más que llorar y preguntarse una y otra vez qué iba a ser de nosotras. Afortunadamente yo no era así. Todavía no había cumplido dieciocho años pero tenía claro lo que quería en la vida. Y tenía más claro todavía que no sería la propia vida quién me impidiera lograr mis metas.

–Saldremos adelante, mamá. Hoy toca luchar, pues lucharemos – le decía yo.

Y ella meneaba la cabeza de un lado para otro sin contestar, como si yo fuera una chiflada que hablaba por hablar, sin entender el significado de mis propias palabras.

Nos dieron quince días de plazo para dejar la casa y con el escaso dinero del que disponíamos sólo nos quedaba una posibilidad. Mi madre tenía una hermana en La Coruña. La relación entre ambas no era demasiado fluida, de hecho yo apenas la conocía. La había visto una o dos veces en casa de los abuelos, cuando aún vivían, y no se me había escapado que mamá y ella no habían cruzado palabra. Pero ahora era la única tabla de salvación a la que podíamos aferrarnos. Una tarde escuché a mamá hablar por teléfono con alguien y cuando colgó, me llamó a su lado.

–Dunia, hija, ven, tenemos que hablar.

Yo estaba en mi cuarto, metiendo en una caja de cartón los últimos juguetes, resquicios de mi recién abandonada infancia, que tenía pensado llevar a una asociación del barrio para que los repartiera entre los niños necesitados. Cesé en mi labor, le eché un vistazo a las paredes rosa de mi habitación casi vacía y bajé al salón. Mi madre me recibió con una sonrisa triste y con una mirada más triste todavía. Me senté a su lado y esperé sus palabras.

–He estado hablando con la tía Teresa – dijo.

Intenté traer a mi memoria la imagen de la tía Teresa, pero sólo pude dibujar una especie de nebulosa con larga melena negra, pantalones vaqueros y un blusón blanco bordado en azul. Eso era lo poco que yo recordaba de ella.

–¿Y?

–Ha accedido a acogernos en su casa, por lo menos mientras no podamos buscarnos algo para nosotras.

En apenas unos segundos en mi mente se agolparon las consecuencias de ese acogimiento piadoso por parte de mi desconocida tía. Abandonar Madrid, abandonar mis amigos de siempre, mi vida de siempre (que ya no era la de siempre), renunciar tal vez a mis estudios.... No me hacía demasiada gracia.

–Y.... ¿es realmente necesario? Quiero decir... ¿dependemos exclusivamente de ella? – pregunté.

–Dado lo poco que tenemos.... me parece que sí, Dunia. Además, tendremos que ponernos a trabajar y... lo peor es que... no sé si podrás matricularte en la Escuela de Enfermería el próximo curso. Mi hermana nos acogerá pero no podrá mantenernos y mucho menos pagarte los estudios.

–No te preocupes por eso, mamá. Trabajaré en lo que sea, pero yo voy a estudiar, aunque tenga que compaginar ambas cosas, mucha gente lo hace, yo también podré.

–Pero hija.... si no sabes hacer nada – repuso mi madre con su desesperante victimismo.

–Oh venga, mamá. Si no sé, aprenderé. Nadie nace con todos los conocimientos metidos en su cerebro. Saldremos adelante, ya verás.

Mi madre no estaba muy convencida, pero yo sí. Yo tenía claro que buscaría mi sustento como fuera, aunque tuviera que limpiar escaleras de rodillas y se me desollaran las mismas, no me importaba, no me asustaba el trabajo, ni me asustaba tampoco perderlo todo y comenzar de nuevo, a pesar de mis pocos años, a pesar de que mi vida se estaba desmoronando demasiado pronto. Daba igual, no podía desesperarme. Tenía por delante mucho tiempo para levantarla de nuevo.

*

Llegamos a La Coruña una inusualmente fría mañana de julio. Bueno, en realidad ni tan fría ni tan inusual, pero de eso me daría cuenta con los años. Nadie nos esperaba en la estación, así que tomamos un taxi y nos dirigimos a casa de la tía Teresa. Nunca había estado en La Coruña y a pesar de la climatología adversa, aquel primer paseo por unas calles llenas de encanto hizo que pensara que a lo mejor no había sido tan terrible abandonar Madrid.

La casa de la tía Teresa estaba en en el centro de la ciudad, en la calle Juana de Vega, muy cerca de la Plaza de Pontevedra. Cuando llegamos el día parecía querer clarear y las nubes grises se abrían tímidamente para dejar paso al sol. Sacamos del taxi nuestras escasas pertenencias y mamá llamó al timbre del interfono. Se escuchó el sonido de apertura del portal sin que nadie hubiera contestado, señal de que nos estaban esperando. Mientras subíamos en el ascensor hasta el quinto piso mamá respiraba agitada. Estaba nerviosa. Si mis sospechas eran ciertas y ella y su hermana estaban enfadadas, la situación no era plato de buen gusto en absoluto.

Cuando llegamos al rellano vimos que la puerta del piso estaba entreabierta. Solo hizo falta empujarla un poco para entrar. El inmueble parecía estar vacío. Estaba claro que el recibimiento no iba a ser muy caluroso. De pronto surgió de algún lado una mujer que tenía que ser la tía Teresa, vestida con una ligera bata tipo kimono de color rosa y unas pantuflas azul marino. Su aparición supuso una especie de shock. Era como si me estuviera viendo a mí misma. El mismo pelo negro, los mismos ojos verdes, idéntica piel canela, las pecas alrededor de la nariz.... era yo con unos cuantos años más. Detrás de ella apareció un adolescente de unos catorce o quince años, cuya existencia yo ignoraba hasta el momento.

–Mamá ¿quiénes son? – preguntó el muchacho.

–Tu tía Mercedes y tu prima Dunia. Anda, Teo, dales un beso.

Teo nos dio un beso y nos regaló una bonita sonrisa. Parecía un jovencito muy agradable. Sin embargo su madre se limitó a darse media vuelta y conducirnos a nuestras habitaciones. Una nueva vida comenzaba. Y parecía que no iba a ser muy fácil.



lunes, 8 de marzo de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo final

 



Una semana después de su regreso, mientras se encontraban sentadas en el porche trasero de la casa, como tantas otras noches, Soledad se atrevió a preguntarle a su nieta cuándo pensaba decirle a Pedro que estaban esperando un hijo.

–¿No crees que ya va siendo hora? No intento meterme en tu vida pero....

–Tienes razón abuela. Tengo que decírselo y además.... además tengo muchas ganas de verle. A lo mejor es cierto que me porté como una idiota e hice un drama dónde no lo había. Y por momentos me siento tan mal, tan estúpida, que casi me da vergüenza plantarme delante de él.

Soledad miró a su nieta con ternura y por unos minutos se quedó en silencio. Cómo había cambiado aquella muchacha. Ya no era tan terca como antes. Años atrás si le hubiera hecho aquella observación lo más probable era que le hubiera pegado un bufido. Tal vez los golpes de la vida habían tenido el poder de suavizar un poco su mal genio y le habían hecho ver que los demás a veces también tienen razón y que las personas que quieren a uno, nunca pretenden hacer año ni dirigir una vida que no es suya.

–Oye, Lucía, ¿te apetecería acompañarme el próximo fin de semana al balneario de Aranjuez? Iba a ir con mi amiga Antonia, pero en el último momento se ha echado atrás porque ha tenido que marchar con su hija, que la han operado. No quiero perder las reservas. Te relajas y a la vuelta te enfrentas con el problema, que en realidad no es problema.

–Me parece genial, abuela. ¿Cuándo nos vamos? – respondió Lucía con entusiasmo.

–El viernes por la tarde. O sea, pasado mañana.

El viernes después de comer, cuando se disponían a salir, Soledad recibió una llamada inesperada. Su amiga Antonia regresaba y necesitaba que alguien la fuera a recoger al aeropuerto. Le pedía, por favor, si podía ir ella, Soledad. Cuando su abuela le comunicó el inesperado inconveniente Lucía la miró con asombro.

–¿Y por qué tienes que ir tú? – le preguntó – ¿No tiene a su marido?

–Bueno... Andrés está un poco delicado y no le gusta mucho coger el coche, ya sabes.

Lucía estaba comenzando a enfadarse. Había esperado con mucha ilusión aquel día, simplemente porque le apetecía estar en el balneario y disfrutar de las comodidades que le ofrecía al lado de su abuela, y le fastidiaba sobremanera que ésta echara sus planes abajo por ir a esperar a su amiga al aeropuerto.

–Pues yo hace dos o tres días lo vi saliendo de su casa en el coche – repuso dejando entrever la contrariedad que sentía – no me puedo creer que tengamos que suspender nuestros planes por un capricho de Antonia.

–No te pongas así, mujer, que yo no he dicho que fuésemos a suspender nada. Mira, vamos a hacer una cosa. Tú te vas, ahora, como teníamos planeado, y te llevas el coche. Yo voy al aeropuerto en el coche de Antonia y Andrés, al regresar me llevan ellos hasta Aranjuez, que Antonia conduce, y si se me hace muy tarde me voy mañana por la mañana en el autobús. Así tú no pierdes la tarde.

A pesar de su enfado, a Lucía le pareció buena idea. Seguía pensando que su abuela se dejaba convencer con demasiada facilidad, pero allá ella. Metió su pequeña maleta en el maletero y la de su abuela también y partió rumbo al balneario mientras su abuela lo hacía al aeropuerto de Barajas.

*

La habitación era amplia y diáfana. Las camas estaban vestidas con unas hermosas y casi luminosas colchas blancas, presididas por unos cabeceros de piel marrón adosados a la pared. Al fondo un amplio ventanal aportaba luminosidad a la estancia. Lucía posó las maletas, se echó sobre la cama y cerró los ojos. Tenía por delante dos días de relax absoluto. Después buscaría a Pedro y le daría la noticia. Iban a ser padres. Lo demás sería decisión suya, de Pedro, si seguir a su lado o atender al niño que iba a nacer sin más relación con ella que la estrictamente necesaria.

Lucía se incorporó y buscó en la maleta su traje de baño. Se lo puso y se miró al espejo, primero de frente, después de perfil. Una ligera curva de su vientre daba evidencia de su estado. Además las caderas se habían ensanchado y los pechos rebosaban generosos. De pronto sintió una sensación nueva dentro de su barriga. Se dio cuenta de que su hijo comenzaba a hacerse sentir con sus movimientos. Sonrió feliz. Se puso el inmaculado albornoz blanco y bajó a la piscina interior para hacer el circuito de masajes con agua. Apenas había dos o tres personas. Hacía buen tiempo y la mayoría de la gente estaba en la piscina exterior. Se introdujo en el agua con lentitud y se dejó llevar por la sensación de plenitud que le hacía sentir. Poco a poco fue recorriendo la piscina disfrutando de los chorros y de los masajes con los que el agua acariciaba su cuerpo. Al cabo de casi una hora, salió, se secó ligeramente con una toalla y se echó sobre una tumbona debajo de unos focos que daban un tenue calor. Cerró los ojos e intentó no pensar en nada. Se quedó dormida y cuando despertó lo hizo sobresaltada. Estaba sola. Miró el móvil por si la abuela la había llamado y comprobó que no. Eran las ocho de la tarde. Se levantó, se acercó al borde de la piscina y se sentó con las piernas colgando y el agua cubriéndole media pantorrilla. No escuchó ningún ruido, no sintió entrar a nadie, sin embargo de pronto se dio cuenta de que alguien se sentaba a su lado, alguien embutido en un albornoz blanco, como el suyo. Giró la cabeza y le vio, allí a su lado, después de unos cuantos meses sin verse. No pudo reprimir que una oleada de adrenalina recorriera su cuerpo.

–¡Pedro! – exclamó – ¿Qué haces aquí?

–Lo mismo podría preguntarte yo. Pero no lo voy a hacer porque hagas lo que hagas me parece una coincidencia maravillosa. Hola Lucía, tenía muchas ganas de volver a verte. La última vez fue... no fue nada agradable.

Ella le miraba sin poder apartar sus ojos de él. De pronto le pareció que nada de lo ocurrido había pasado de verdad y que sus reticencias desaparecían por completo.

–Me gustaría hablar contigo y que aclaráramos bien las cosas. No creo que lo nuestro merezca terminar de este modo tan tonto – prosiguió él.

–Tienes razón. Me porté como una idiota. Tenemos que hablar, mucho que hablar. Y la verdad es que....

Lucía calló de pronto y se detuvo a pensar unos segundos, al cabo de los cuales prosiguió.

–Iba a decir que era una tremenda coincidencia que estuvieras aquí, pero estoy segura de que no lo es. Apostaría que es cosa de mi abuela, ¿me equivoco?

Pedro dudó si decirle o no la verdad. Lo último que deseaba era que Lucía se enemistara de nuevo con su abuela, pero de todos modos, tarde o temprano, se iba a enterar de cómo habían ocurrido las cosas, así que optó por contárselas él mismo.

–Lo es – contestó – hace unas semanas le pedí ayuda. No me podía creer que todo hubiera terminado. Me dijo que lo intentaría, que algo se le ocurriría y hace unos días me llamó para decirme que había reservado este fin de semana en el balneario de Aranjuez. Me ha cedido su plaza. Ella no va a venir. No te enfades con ella. Sólo pretende que arreglemos las cosas, como yo le pedí.

–No me voy a enfadar con ella. Al fin y al cabo es verdad que tenemos que arreglar muchas cosas.

Lucía se levantó y se dio la vuelta con rapidez para que Pedro no se percatara de la incipiente redondez de su vientre. Quería buscar el momento oportuno para decírselo. Le propondría cenar aquella noche y entonces se lo diría. Se puso el albornoz con rapidez y solo entonces se dejó ver de frente.

–Voy a subir a mi habitación a darme una ducha.... Oh.... mi abuela y yo compartíamos habitación. No sé si...

–No te preocupes. Tengo un dormitorio propio. ¿Te apetece que cenemos juntos esta noche?

–Iba a proponerte lo mismo. ¿A las nueve y media?

–Vale, en el restaurante.

Una vez en su cuarto Lucía se dio una prolongada ducha, se lavó el pelo con mimo y se lo secó y a la hora de vestirse se embutió en el único vestido que había llevado consigo, un vestido negro de corte recto que ya estaba comenzando a quedarle un poco ceñido en las caderas, y eso que era flojito. Estaba segura de que Pedro se daría cuenta de su embarazo en cuanto la viera. Mejor, así antes de decírselo podría observar la reacción en su cara. Se maquilló de forma discreta y cuando dejó el cuarto para bajar al restaurante estaba un poco nerviosa. Sabía que los próximos minutos eran cruciales para encauzar su vida sentimental. Aquella noche, seguramente, quedaría todo dicho y todas las decisiones serían tomadas.

Cuando llegó al comedor ya Pedro la esperaba sentado en una mesa un poco apartada. La vio entrar y no apartó la vista de ella mientras caminaba y se acercaba a él. Le pareció que estaba muy guapa y notó algo diferente en ella, en su modo de caminar tal vez, o en el brillo de su mirada. Parecía que estaba un poco más llenita, pero no importaba, al revés. A Pedro nunca le habían gustado las mujeres excesivamente delgadas, prefería que fueran un poco redonditas a un saco de huesos.

–Estás guapísima – le dijo cuando ella se sentó frente a él.

–Gracias – repuso ella, sabiendo que no se había dado cuenta de su preñez – eres muy generoso, pero estoy horrible, he engordado un poco.

–No importa. A mí me gustas así. ¿Pedimos la cena ya?

Pidieron la cena y mientras degustaban los menús se dijeron lo mucho que se habían echado de menos, lo mucho que se querían, lo idiotas que habían sido ambos. Fue como hacer una recapitulación de su vida y de todas las tonterías cometidas, con el firme propósito de no repetirlas de nuevo. En un momento dado Pedro tomó la mano de Lucía y la apretó con la suya. Ella se estremeció con el roce de la piel. Pedro le hacía sentir así, plenamente, con solo rozarle la piel. Aquello tenía que ser amor, pero amor del bueno, del de verdad, de ese que dura mucho, toda la vida seguramente.

–Lucía me gustaría comenzar de nuevo. Olvidar todo lo ocurrido y no cometer de nuevo los mismos errores.

–Yo estoy dispuesta a ello. Además, tienes que saber que.... que te eché terriblemente de menos durante mi estancia en Londres.

Había estado a punto de decirle que estaban esperando un hijo, pero en el último momento decidió hacerlo de otra manera.

Después de terminada la cena y haberse tomado unas copas subieron a las habitaciones. Cuando se iban a despedir, frente a la puerta de Lucía, ésta retuvo a Pedro.

–No quiero que te vayas a tu cuarto – le dijo – quiero que pases la noche conmigo.

Entraron en el dormitorio y Pedro la besó mientras cerraba la puerta con el pie. Fue un beso largo y profundo que despertó definitivamente los sentidos de Lucía. Arrastró al chico hacia la cama y entre jadeos y besos se despojaron de la ropa. Cuando estuvieron desnudos él recorrió todo el cuerpo de ella con sus labios. Cuando llegó el vientre se detuvo, confuso. Los pechos de Lucía, ya generosos de por sí, estaban rebosantes y su vientre mostraba una elocuente ondulación. Pedro se echó a un lado de la cama, al lado de ella. Apoyó su cabeza en la mano y la miró mientras acariciaba la cueva en la que se guarecía el hijo deseado. No hacían falta palabras. La sonrisa de Lucía era muy elocuente, pero aún así le dijo:

–Estás embarazada ¿verdad?

–Lo estoy – respondió ella – Vamos a ser papás. Lo descubrí en Londres y... al principio me sentí muy confundida, pero ahora...

–Ahora todo está dicho. Te quiero y le quiero. No sé si sabes que me estás haciendo el hombre más feliz del mundo.

Por toda respuesta Lucía lo abrazó. Luego hicieron el amor con delicadeza, con ternura, con sentimiento y cuando se durmieron ambos pensaron, cada uno por su lado y sin que el otro lo supiera, que por fin habían encontrado lo que llevaban toda la vida esperando.

domingo, 7 de marzo de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 32

 



Vio cómo se acercaba a su mesa e intentó mantener la calma en la medida de lo posible. Si se mostraba grosera siempre podría fingir que no la recordaba. Pero Natalia sonreía y eso era buena señal. Cuando llegó junto a ella le saludó de forma jovial.

–Lucía. Eres Lucía ¿verdad? Soy Natalia ¿me recuerdas? No hace tantos años que nos vimos por última vez, aunque las circunstancias no fueran las mejores.

–Hola Natalia – balbuceó Lucía – Cómo no voy a reconocerte. Estás igual que siempre.

–Pues venga, mujer, dame un abrazo.

Se fundieron en un abrazo que a Lucía le pareció surrealista. No entendía bien qué hacía saludando de manera casi efusiva a quien en sus tiempos había considerado su rival.

Natalia, en un parloteo sin precedentes, le contó que estaba por allí pasando el fin de semana y se interesó igualmente por su estancia en aquel rincón del mundo. No dejaba de ser una casualidad que se encontraran a tantos kilómetros de casa. Lucía quiso ser cortés y seguir la conversación y le preguntó por Jorge, del que hacía tiempo no sabía nada. Le contó que se había asentado a vivir definitivamente en Italia, dónde trabajaba en un gran hospital y era muy apreciado. Además había encontrado pareja y se sentía muy feliz, por lo que lo más probable, seguramente, era que no volviera a España más que de visita.

–Me alegro mucho por él – dijo Lucía – es un buen chico y se merece ser feliz

–Todos nos lo merecemos – repuso Natalia – y yo precisamente no perdí ocasión de poner zancadillas a tu felicidad. Me gustaría pedirte perdón por ello.

–Natalia – dijo Lucía ya más calmada, al comprobar que el acercamiento de Natalia era en son de paz – yo creo que si alguien tiene que pedirte perdón... a lo mejor soy yo... no sé.

Natalia le sonrió y le preguntó si podía sentarse. Lucía hizo un gesto de asentimiento. No se esperaba aquel encuentro, pero no sabía por qué le parecía que iba a ser agradable y fructuoso.

–Me porté como una estúpida. – dijo Natalia – Ya sé que perder a alguien que amas no es plato de buen gusto, pero en el fondo yo sabía desde hacía tiempo que mi relación con Pedro nunca llegaría a buen puerto. Intentar retenerlo con una mentira no fue la mejor de las ideas. No se puede obligar a nadie a que te quiera. Supongo que... estáis juntos de nuevo ¿no es así?

–No, no lo estamos – contestó Lucía bajando la cabeza – yo creo que en el fondo todavía te quiere a ti.

–¿A mí? – preguntó Natalia sorprendida – ¿Y de dónde has sacado eso?

Lucía la miró y no contestó. Recordó el último día que habían estado juntos Pedro y ella, en la cama, cuando después de hacer el amor y de haber charlado sobre sus planes, incluso de boda, le había llamado Natalia. No le apetecía contárselo a ella. Al fin y al cabo nunca había habido entra las dos demasiada confianza ni una amistad profunda.

–No sé, yo.....

–Estás totalmente equivocada. Te quiere a ti y créeme, Pedro es un buen muchacho, el mejor, pero no para mí. Mira ¿ves aquel chico que está apoyado en la barra?

Lucía miró hacia donde Natalia le indicaba.

–Es mi marido – prosiguió Natalia – nos hemos casado hace dos meses, después de un noviazgo muy corto. No tiene tiene nada que ver con Pedro, él es realmente el hombre que necesito a mi lado. Bueno, Lucía, me ha encantado volver a verte. Ha sido la ocasión perfecta para poder liberar un poco mi conciencia. Busca a Pedro. Estoy segura de que seréis muy felices juntos.

Lucía vio a Natalia salir del bar con su marido y se quedó pensando en que al parecer todos iban teniendo suerte en el amor menos ella misma, aunque al minuto se dio cuenta de la estupidez de semejante pensamiento. ¿Todos? ¿quiénes eran todos? ¿Pedro? ¿Juan? ¿Lázaro? ¿María?... en realidad a casi nadie le iba bien en el terreno amoroso. Apartó aquellas tonterías de su cabeza y salió del bar. Dentro de dos semanas regresaría a España. Una vez allí ya vería lo que hacía.

*

El mes de junio en Madrid ya comenzaba a ser insoportable. Lucía lo supo cuando al bajarse del avión notó el cambio de temperatura con respecto a Londres, en dónde había embarcado apenas hora y media antes con unos cuantos grados menos. Se quitó la chaqueta y la guardó en el bolso. Al llegar a la terminal del aeropuerto se vio reflejada en los cristales y fue consciente por primera vez de que su vientre comenzaba a crecer. No podría ocultar su embarazo durante mucho tiempo. Tampoco es que lo pretendiera, solo que no deseaba que Pedro se enterara por terceras personas y no estaba muy segura de cómo decírselo.

El lunes tuvo que ir al instituto. Tenía que presentar un memoria sobre el curso realizado, aunque los alumnos ya no estaban y el profesorado ultimaba los detalles para terminar el curso y entregar las notas a los muchachos. Lucía acudió con la esperanza de que Juan no anduviera por allí. No tenía por qué hacerlo. Él era el psicólogo del colegio así que aquellas alturas ya no tenía mucho que trajinar por allí. Pero no tuvo suerte. Al terminar la mañana, cuando ya casi estaba a punto de regresar a casa y abandonar el instituto hasta el mes de septiembre, Juan entró en la sala común y la encontró allí, despidiéndose de una de las profesoras de inglés.

–¡Lucía! – exclamó – ¡Qué sorpresa! No sabía que habías vuelto. Pensé que regresabas la semana próxima.

Juan se acercó a ella y la abrazó. Ella intentó disimular como pudo su incipiente embarazo, pero el inevitable roce de los cuerpos hizo que Juan notara algo fuera de lugar. Al principio pensó simplemente que su amiga había engordado un poco, pero cuando se separaron y la miró con detenimiento se dio cuenta de que la única parte de su cuerpo más voluminosa de lo normal era su vientre. Juan se quedó mirando la barriga de Lucía sin saber muy bien qué decir. Al momento se le pasaron mil ideas por la cabeza, entre ellas preguntarse de quién era aquel niño. Tal vez de Pedro, pero no lo podía asegurar. Como se suponía que había confianza finalmente se atrevió a hablar.

–¿Estas.. embarazada?

Lucía lo miró con cara de circunstancia.

–¿Necesitas que te conteste? – preguntó a su vez – Empieza a ser evidente ¿no? Y para saciar tu curiosidad te voy a dar la información completa. El padre es Pedro y todavía no lo sabe, y te rogaría que no le dijeras nada, quiero hacerlo yo.

*

La mañana en que Lucía había abandonado su casa como alma que lleva el diablo, Pedro se quedó con muy mal cuerpo. No sabía por qué había tenido aquel lapsus y había pronunciado el nombre de Natalia si jamás pensaba en ella ni sentía nostalgia alguna de sus años juntos. Su cerebro le había jugado una mala pasada estúpida que llevaba camino de costarle su relación con la mujer que amaba. Llamó a Lucía durante todo el día y el siguiente, a pesar de que sabía que no le iba a contestar y se presentó en el aeropuerto el día de su marcha aun presintiendo lo que iba a ocurrir. Ella no estaba dispuesta a pasar por alto su despiste.

Durante un tiempo Pedro intentó seguir con su vida de siempre y apartar a Lucía de su mente y de su vida. Había comprendido que su actitud con ella nunca había sido la correcta. Primero ocultar su amor, después escoger al hijo que nunca existió despreciándola.... tal vez fuera lógico su enojo y tal vez ese enojo fuera de tal calibre que echara por la borda la posibilidad de retomar su amor. Sin embargo conforme iban pasando los días, primero y las semanas, después, Pedro sentía que no se podía resignar y una tarde, después de darle muchas vueltas a la cabeza, decidió presentarse en casa de Lucía, de su abuela, a suplicarle una ayuda que en el fondo imaginaba imposible.

Timbró en el portal y la voz de Soledad se dejó oír preguntado quién era. Él dudó un momento qué decir, pero finalmente, suponiendo que la mujer lo recordaría, se dio a conocer. Y el portal se abrió sin que la abuela hiciera más preguntas Pedro enfiló en pequeño sendero de grava que llevaba a la puerta de la casa. Justo cuando llegó la puerta se abrió y apareció Soledad, sonriendo, con sus gafas de pasta marrones y su pelo gris recogido en un moño italiano.

–Hola, Pedro, pasa, pasa. Me alegro de volver a verte – saludó – Vamos al salón. ¿Te apetece un café?

–No se moleste – respondió Pedro con timidez – no pretendo robarle mucho tiempo.

–No te preocupes, yo tengo todo el tiempo del mundo. Anda, siéntate, supongo que vienes a hablar de la tozuda de mi nieta.

La mirada de Pedro mientras se sentaba fue de lo más elocuente.

–A veces no sé cómo puede ser tan idiota. Porque estarás conmigo en que enfadarse de esa manera por una tonta confusión es de idiotas.

–Bueno, yo...

–Tú no quieres llamar a las cosas por su nombre y lo entiendo. La quieres, yo sé que la quieres, y en la medida de lo posible disculpas sus defectos, incluso me atrevería de asegurar que te echas la culpa de lo ocurrido. Bueno, a lo mejor alguna sí que tienes, pero en fin, no creo que estés aquí para hablar de culpabilidades sino para intentar recuperarla.

A Pedro le cayó bien de inmediato aquella mujer directa y sincera que no parecía tener pelos en la lengua. No le había hecho falta decir a qué había acudido a aquella casa, ella lo había acertado y además parecía conocer sus pensamientos de manera casi inquietante.

–Yo la quiero – dijo por fin – la quiero como nunca he querido a nadie y soy consciente de que he tenido mis fallos a lo largo de nuestra relación. Nada me gustaría más que volver a tenerla a mi lado. Pensé que tal vez usted... pudiera ayudarme.

Soledad sonrió y después soltó un suspiro.

–Verás, muchacho – dijo – Lucía es una buena chica, pero tienen un defecto muy gordo, si ella ve algo de color negro, aunque sea blanco, ha de ser negro porque ella lo dice. No sé si sabrás que durante bastante tiempo estuvimos distanciadas. Ella estuvo muchos años con un chico que era un sinvergüenza y le hacía mucho daño. Yo quise advertirla pero ella se enfadó conmigo diciendo que no tenía derecho a meterme en su vida. Dejó de dirigirme la palabra más que lo necesario, aunque al final el tiempo acabó dándome la razón. Te cuento todo esto porque quiero que entiendas que yo no puedo hacer mucho, al menos de manera directa. No puedo arriesgarme a perderla. Lo entiendes ¿verdad?

Pedro asintió dejando entrever en su mirada toda la tristeza que sentía en aquellos instantes. Estaba comenzando a pensar que se había equivocado con la visita, que no iba a sacar nada en limpio. Soledad se dio cuenta de la frustración del muchacho, pero ella era una mujer de recursos.

–Pero no te pongas triste – le dijo – que algo se podrá hacer. Ha estado todos estos años suspirando por ti, no te va a olvidar tan fácil. Deja que regrese y durante estas semanas no intentes ponerte en contacto con ella. Luego ya veré lo que podemos hacer.



sábado, 6 de marzo de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 31

 



En Oxford Lucía comenzó una vida casi monacal. Vivía en una residencia del campus y sus días se limitaban a ir a las clases por las mañanas, y por las tardes, descansar, estudiar mucho y dar algún paseo por la ciudad. Aquella rutina que se obligó a seguir hizo que se olvidara una poco de su fracaso amoroso y Pedro solo volvía a su mente de vez en cuando como un flash, un destello que ella se ocupaba de alejar de sí en cuanto aparecía.

Una mañana, al despertarse, se sintió enferma. Llevaba unos días un poco cansada, pero no le dio demasiada importancia. Hacía un mes que estaba allí, madrugaba mucho y solía acostarse tarde puesto que le gustaba ver películas en inglés para así perfeccionar el idioma. Pero el día en cuestión era mucho más que simple cansancio lo que sentía. Se mareaba y parecía que en el estómago tuviera unos cuantos kilos de piedras. Vomitó la escasa cena que había tomado el día anterior. Solo entonces se encontró un poco mejor y se preparó para acudir a las clases. Pasó el resto del día algo más aliviada, aunque extraña, pero a la mañana siguiente se repitió la historia. Los mareos y el malestar estomacal la acompañaron un día más y al siguiente... y entonces comenzó a sospechar el origen de todo ello. Hacía tres semanas que esperaba la regla y no llegaba. Dados los síntomas, era bastante probable que estuviera embarazada. Lo que le faltaba. Compuesta, sin novio y con un hijo a cuestas. No quiso romperse mucho la cabeza mientras no lo supiera con seguridad. Lo malo es que no quería saberlo con seguridad. Se despertaba todas las mañanas esperando que sus malestares desaparecieran. Se decía a sí misma que pararía en una farmacia a comprar un test de embarazo, pero nunca lo hacía, siempre lo dejaba para mañana. Y se miraba las bragas a todas horas con la esperanza de encontrar alguna mancha liberadora, pero nunca ocurría. Hasta que se dio cuenta de que retrasar el momento de la verdad no iba a solucionar el problema. Una tarde compró el test y a la mañana siguiente se dispuso a hacerlo. El resultado fue el esperado. Estaba embarazada.

Se despertaron entonces dentro de sí sentimientos encontrados. Entrada ya con generosidad en la treintena, aquel niño no venía a destiempo ni mucho menos. Ya cuando estaba con Lázaro le hubiera gustado tener un hijo, pero era él el que siempre ponía inconvenientes, y su deseo de ser madre joven se fue quedando relegado a un segundo plano de su vida. Ahora el bebé un día anhelado se presentaba sin avisar y no precisamente del modo en que Lucía lo había soñado, que era al lado de una pareja estable con que compartirlo todo, incluido el niño. ¿Y qué iba a pasar? Pedro también deseaba ser padre, pero ella no iba a permitir que regresara a su lado sin amarla, sólo por el hecho de que estuviera embarazada. Y desde luego abortar no entraba en sus planes. El problema era gordo, tanto que decidió no compartirlo con nadie e intentar encontrar una solución ella sola, al fin y al cabo no le incumbía a nadie más. No se lo dijo ni siquiera a su abuela.

Días después de enterarse de su preñez acudió al médico. Le hizo las correspondientes pruebas, confirmó el embarazo y le dio algún remedio para mitigar su malestar y para prevenir determinadas carencias propias de su estado. Y la vida siguió su rumbo. Se centraba en los estudios y por las noches, cuando se metía en la cama, le daba vueltas a un asunto para el que no encontraba solución factible. Tal vez lo mejor fuera dejarse llevar por el devenir de los acontecimientos. Al fin y al cabo el padre tenía que enterarse.

Hacia la mitad del cursillo les concedieron dos días libres que agrandaron un fin de semana y aprovechó para viajar a España y hacerle una visita a su abuela. No tenía pensado decirle nada, pero Soledad no tenía un pelo de tonta y además era muy perspicaz. Así que la noche de su llegada, cuando se encontraban sentadas en el porche trasero, como tantas noches, su abuela fue muy directa y para llenar una pausa, en medio de una conversación cualquiera, le dijo:

–Te veo un poco ojerosa y pareces cansada. ¿Estás bien?

Lucía la miró fijamente. Conocía a su abuela casi mejor que ella misma, y sabía que sospechaba algo, aunque las sospechas fueran infundadas o debieran de serlo.

–He tenido tiempo mejores – contestó finalmente – es cierto que estoy un poco cansada. Madrugo mucho, me acuesto tarde y no paro en todo el día. Pero no es nada grave.

–Ya – Soledad hizo una pausa antes de acometer a su nieta de nuevo – ¿No estarás embarazada?

A Lucía no le sorprendió la pregunta, casi se la esperaba y aunque durante una ráfaga de segundo pensó negarlo finalmente se dijo que no merecía la pena. Un embarazo no es algo que se pueda ocultar eternamente.

–Me temo que sí. ¿Tanto se me nota?

–Bueno.... yo también he estado embarazada y tenía, como tú, un color extraño en el rostro. Tienes que decírselo a ese muchacho.

–Lo sé abuela, pero no sé cómo... ni cuándo. No quiero forzarlo a que esté conmigo y este hijo... Es como si la historia se repitiera. Primero Natalia, ahora yo...

–Me sorprende la cantidad de tonterías que estás diciendo – dijo la abuela mirando fijamente a su nieta – Natalia y tú no tenéis nada que ver, y las circunstancias son bien distintas, sobre todo porque en el caso de ella no había niño y en el tuyo sí.

–Pero es que yo no quiero forzar a Pedro a estar conmigo tan solo por el hecho de que vayamos a tener un hijo.

–¿Y quién te dijo a ti que estará contigo a la fuerza? ¿Sólo porque se equivocó al pronunciar tu nombre? ¿Ésa es la prueba fehaciente de que no te quiere? Pensé que estar sola y lejos te haría pensar un poco, pero ya veo que no. Te estás comportando como una idiota. Y no te digo más, no quiero que pienses que me estoy metiendo dónde no me llaman.

Lo cierto es que a pesar de las contundentes palabras de la abuela Soledad, pasados los cuatro días, Lucía regresó a Oxford sin haber dado a Pedro noticias de su embarazo. Ni lo vio, ni siquiera le llamó. Tampoco a Juan. Nadie supo que había estado en Madrid. Necesitaba más tiempo para pensar, aunque tampoco estaba muy segura de que el tiempo le ayudara a tomar una decisión correcta.

Una mañana, cuando apenas faltaban dos semanas para terminar el curso y regresar definitivamente a casa, acudió a Londres a hacer unas compras. Quería llevarle a su abuela algo, lo que fuera, comprado en Harrods. Sabía que era una tontería, pero también estaba segura de que le haría ilusión. Después de mirar algunas tiendas se decidió por un pañuelo de seda para el cuello y un discreto colgante con una piedra de lapislázuli. Después se sentó en una cafetería del centro comercial y pidió un café. Mientras lo tomaba miraba distraídamente a su alrededor sin fijarse en nada especial. Era sábado y parecía que la gente se hubiera puesto de acuerdo para salir a comprar en tropel. De pronto sus ojos se posaron en una pareja apoyada en la barra. La mujer no le quitaba ojo de encima y ella la reconoció enseguida: era Natalia. Casi se sorprendió de no ver a Pedro a su lado, pero no, evidentemente el muchacho que estaba al lado de Natalia no era Pedro ni se le parecía en nada. Era un tipo alto y bien parecido que en un momento dado la tomó de la cintura y la besó levemente en los labios.

Lucía se puso nerviosa y quiso salir de allí de inmediato, pero la impresión la mantenía paralizada y sin saber muy bien qué hacer. Hasta que vio que Natalia se acercaba a su mesa, señal de que ella también la había reconocido. Cerró los ojos unos segundos y suspiró. Lo que menos deseaba en aquellos momentos era una discusión.

jueves, 4 de marzo de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 30

 



Despertó antes que él y durante unos minutos se deleitó en contemplar su rostro. Pedro dormía plácidamente manteniendo en su cara la misma dulzura de siempre, aquella suavidad, la ternura que emanaba de sus ojos cuando la mirada o de sus labios al hablar. Lucía recordó la primera vez que lo vio en casa de Jorge. No le pareció nada guapo pero se sintió fuertemente atraída por él desde el primer día, aunque al principio lo atribuyó a ese poder envolvente que emanaba sin darse cuenta. Con el tiempo se enamoró, se sintió prendida de su sencillez, de su voz suave, de sus dedos cuando rasgaban la guitarra de vez en cuando, de su sonrisa limpia y blanca. Sí, en algún momento se dio cuenta de que era el hombre que deseaba a su lado, el que siempre había esperado y la vida le tenía guardado para ella, aunque hubiera estado a punto de entregárselo a otra.

Regocijada en aquellos bellos recuerdos le besó tenuemente en los labios y él abrió los ojos casi al mismo tiempo.

–Buenos días, amor mío. ¿Qué tal has dormido? – le dijo.

Ella se acercó más a él y apoyó su cabeza en su pecho.

–He dormido bien, pero he despertado mucho mejor, contigo a mi lado. Te quiero.

Volvió a besarle, esta vez mucho más profundo y sensual. Pedro respondió a aquel beso insinuante y la amo de nuevo. Después, cuando descansaban sudorosos y jadeantes, se dio cuenta de que probablemente no la volvería a amar hasta dentro de muchas semanas.

–¿Cuándo te vas? – le preguntó.

–Mañana – respondió ella – ya tengo la maleta preparada.

–Te voy a echar mucho de menos – le dijo él después de un rato.

–Yo también a ti. ¿Sabes? Cuando me invitaste a cenar pensé que si me volvías a besar nada más, te diría que estos meses que íbamos a pasar separados sería lo mejor para darnos cuenta de lo que en realidad sentíamos, y te iba a pedir que no me llamaras, pero creo que sí quiero que me llames, y que me recuerdes.

–Y a lo mejor hasta te gustará que te visite algún fin de semana.

–¿Lo harás? – preguntó ella entusiasmada.

–A lo mejor, por lo menos una vez, mientras no se acerque el final de curso, que estaré más ocupado. Lucía, no quiero volver a hacer de nuevo el imbécil, no quiero separarme de ti más que lo indispensable. Incluso creo que.... que me gustaría casarme contigo.

Ella soltó una sonora carcajada.

–¿De blanco y por la Iglesia? – preguntó.

–De blanco, de azul, de verde, por la Iglesia, por el Juzgado o por el Ayuntamiento, me da igual, pero me gustaría que fueras mi mujer.

–Seguramente, algún día. De blanco y por la Iglesia. No soy muy creyente, pero las bodas por la Iglesia son mucho más bonitas.

–Pues será como tú quieres, Natalia.

Lucía se incorporó y miró a Pedro con gesto serio. De pronto todo el entusiasmo se había esfumado y la cruel realidad llamaba a su puerta de nuevo.

–¿Qué me has llamado? – preguntó

Él se dio cuenta de su error en ese preciso instante y no supo qué decir. Cerró los ojos por unos segundos en los que fue plenamente consciente de las consecuencias de haber pronunciado el nombre equivocado. Lucía no esperó respuesta. Se levantó de la cama y comenzó a vestirse en silencio. Debía haberlo supuesto. Cómo había podido ser tan estúpida. Algo tenían que haber querido decir aquellas ausencias injustificadas. Ahora había obtenido la respuesta. Natalia, siempre Natalia.

–Lucía... no te vayas, por favor. Fue... una equivocación. Yo no quería... a mí Natalia me importa un pimiento. Yo te quiero a ti, te lo juro, sólo a ti.

–Ya se nota. Por eso la tienes a ella en la cabeza. Me voy, Pedro, y lo mejor será que me olvides. No creo que te sea muy difícil.

Terminó de vestirse en medio de las súplicas y de los perdones de Pedro, a los que hizo caso omiso. Salió de la casa dando un portazo y dejándolo a él gritando su nombre y tirado en la cama, sumido en la desesperación.

Cuando llegó a casa su abuela estaba desayunando en la cocina. Lucía entró, pronunció un “buenos días” entre dientes y se sirvió una taza de café. Soledad la había recibido con una sonrisa. Sabía que tenía una cita con Pedro y que no había venido a dormir, eso era señal de que las cosas habían funcionado entre ambos. Sin embargo el mirarla detenidamente se le heló la sonrisa en el rostro. Lucía traía cara de pocos amigos, así que era probable que no todo hubiera ido tan bien como ella pensaba.

–¿Todo bien? – preguntó con cautela.

–No abuela, nada está bien. Los tíos son todos unos cabrones, todos, del primero al último. Y yo soy la incauta que cree en el amor, o que creía, hasta hoy.

–Pero...¿qué ha ocurrido? ¿Tan grave ha sido para que llegues así, hecha una fiera?

–¿Grave? Pasamos la noche más... maravillosa del mundo, nos despertamos uno en brazos del otro... hasta me dijo que quería casarse conmigo. Y de pronto va y me llama Natalia. ¡Natalia, abuela! Así que salí pintado de aquella casa y ahí le dejé, solito, para que siga pensando en su Natalia.

Soledad no dijo nada. Tal y como estaba su nieta era lo que debía de hacer, mantenerse callada. Lucía no entraría en razón hasta que se calmara, que sería unos días más tarde. Sólo entonces tendría la capacidad suficiente para ver las cosas de manera más objetiva. Lo malo era que al día siguiente se marchaba a Oxford, así que tendría que entrar en razón ella sola, sin nadie que le echara una mano. Enfadarse con aquel muchacho por haberle llamado Natalia era una tontería. Una equivocación la tiene cualquiera, pero hacerle comprender eso a una mujer que en su día se sintió despechada por culpa de la ex, era tarea imposible. Por eso Soledad se limitó de aconsejarle a su nieta que se tranquilizara, que dentro de unos días vería las cosas de otra manera. Ella la miró con expresión enfurecida y sin más se marchó a su cuarto.

Aquel día su móvil sonó más que ningún otro. Pedro la llamó mil veces, pero ella no le contestó. Se pasó aquella jornada de domingo tirada en el sofá, envuelta en una manta, en pijama, delante de una televisión que solo echaba tonterías a las que no prestaba demasiada atención. De su cabeza no se podía apartar el maldito nombre de Natalia. Debía haberlo supuesto. Demasiados años juntos como para olvidarla así como así. No había niño, pero si lo hubiera habido seguro que hubieran sido la familia perfecta y feliz. Ante semejantes pensamientos las lágrimas fáciles llamaban a los ojos de Lucía, lágrimas que ella se empeñaba en no dejar salir. A veces lo conseguía, otras, las más, no. Intentaba, no obstante, ser optimista. Al día siguiente marchaba para Oxford así que tenía por delante unos meses que la ayudarían a superar la nueva desilusión.

Lucía durmió mal aquella noche. Entre los nervios del viaje y el recuerdo de Pedro apenas pudo pegar ojo una o dos horas. Se levantó tarde, casi con el tempo justo de darse una ducha, almorzar algo y marcharse el aeropuerto. El avión salía a las cinco y debía estar allí una hora antes. La abuela Soledad quiso acompañarla pero ella le dijo que no, que no merecía la pena, que tomaría un taxi. La mujer insistió, pensando que después de la pequeña frustración del día anterior no quería dejar sola a su nieta, pero Lucía volvió a negarse.

–Abuela estoy bien – le dijo intuyendo los pensamientos de su abuela – No te preocupes, tengo cuatro meses para olvidarme de él.

–Ya. No lo has hecho en dos años y pretendes hacerlo en cuatro meses – repuso la mujer, mirándola con lástima.

–Tendré que hacerlo.

El taxi hizo sonar el claxon. Lucía dio un beso rápido a su abuela, prometiéndole que la llamaría en cuanto el avión aterrizara el Londres. Tomó su maleta y salió rumbo a Inglaterra para hacer su curso de literatura comparada y de paso olvidar, sobre todo olvidar.

Llegó al aeropuerto y se acercó al mostrador de facturación. Facturó una maleta y se llevó consigo una mochila. Escudriñó los paneles luminosos en busca de su sala de embarque y se dirigió allí. Se sentó en un rincón, esperando que por megafonía anunciaran el embarque y la salida del vuelo. Estaba nerviosa, como siempre que tenía que tomar un avión. Y más nerviosa se puso cuando vio acercarse a Pedro por el largo pasillo del aeropuerto sorprendentemente libre de gente a aquellas horas. Puso cara de pocos amigos pero no se levantó de su asiento. Él ya la había visto y no podía escabullirse. Llegó junto a ella y se sentó a su lado. Su cara reflejaba la desesperación que sentía.

–Lucía, menos mal que te encuentro. No quiero que te vayas así. Por favor, escúchame. Te he estado llamando y no me coges el teléfono.

–A lo mejor es porque no quiero escucharte – contestó de malos modos – Lo único que quiero es que me olvides.

–Por favor, Lucía. Que me haya equivocado no quiere decir nada. Natalia tiene su vida y yo la mía y en la mía te quiero a ti, no a ella, a ti.

Una voz impersonal llamó a los pasajeros con destino a Londres para embarcar por la puerta doce. Lucía se levantó y se dispuso a marchar, pero antes de irse quiso dejar las cosas claras con Pedro.

–No es solo que la hayas nombrado, Pedro, eso simplemente ha sido la gota que colmó el vaso. Un día le elegiste a ella y creo que lo hiciste porque en el fondo es a quién amas, aunque ni siquiera tú seas muy consciente de ello.

–Eso es una tontería.

Lucía le miró con lástima. Luego tomó su mochila y se despidió.

–Adiós Pedro, sé muy feliz.



martes, 2 de marzo de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 29

 



Se encontraron en el portal de la casa de Pedro, que en ese momento regresaba del trabajo. Le pareció un poco extraño que Juan se presentara en su casa a aquellas horas.

–¿Te ocurre algo? – le preguntó – Nunca te habías presentado así tan de repente.

–¿Tomamos unas cañitas? No es nada urgente y a lo mejor me estoy metiendo dónde no me llaman, pero me gustaría hablar un rato contigo.

Ya sentados en un bar cercano, antes sus cañas de cerveza, Juan no se anduvo con muchos rodeos y fue directo al grano.

–¿Qué te pasa con Lucía?

–¿Por qué me preguntas eso ? – preguntó a su vez Pedro, con gesto extraño – ¿Te ha dicho ella algo?

–¿Tendría que decírmelo?

–Por favor, Juan, déjate de jueguecitos tontos. Si me haces esa pregunta es por algo.

Juan miró un momento la mesa. No sabía bien cómo empezar, no quería que su amigo pensara que pretendía aconsejarle sobre cómo manejar su vida, nada más lejos de su intención.

–He estado hablando con ella ahora, a la salida del instituto. Se va a Londres a hacer un curso de literatura comparada. No volverá hasta finales de junio. Me extrañó que se marchara ahora que os habéis vuelto a encontrar y así se lo dije. Me contestó que entre ella y tú no había nada y que no podía perder el tiempo en tonterías, que habías quedado en llamarla y sin embargo hacía quince días que no sabía nada de ti. Ya sé que no es de mi incumbencia, pero después de todo lo que me contaste, pensé que ahora que habías vuelto a encontrarla no la dejarías escapar. Parece que me equivoqué.

Pedro comenzó a juguetear con su vaso de cerveza, dándole vueltas. Sabía que su amigo tenía razón porque lo mismo que le acababa de decir se lo había dicho a sí mismo miles de veces. Y en el fondo no sabía bien qué le empujaba a hacer lo que estaba haciendo.

–Tengo miedo. – dijo finalmente – miedo a que todo salga mal, miedo a que aparezca de nuevo Natalia y nos joda la vida otra vez. Ya sé que es una tontería, pero no lo puedo evitar. No quiero hacerla sufrir. La amo, la amo profundamente. Y por eso tengo miedo.

Juan sonrió y meneó la cabeza de un lado a otro.

–No me puedo creer lo que estás diciendo. – repuso – El amor es riesgo, Pedro, y tú lo sabes tan bien como yo. Y también sabes que eso del amor para toda la vida es cuestión de suerte. Lo importante es disfrutar del momento, da igual que ese momento sea un mes o sea toda la vida. No la dejes escapar por miedo. Va a estar casi cinco meses fuera.

–¿Sabes cuándo se marcha?

–Creo que dentro de una semana. Hazme caso, no la dejes ir así, sin más. Haz que se vaya sabiendo lo que sientes.

Cuando se despidieron Pedro se sintió mucho mejor de lo que se había sentido aquellos días. Hablar con su amigo le hacía bien y además casi siempre tenía razón. No tenía sentido dejar de disfrutar de aquello que le hacía feliz. Así que aquella misma semana se iba a poner en contacto con Lucía y dejar las cosas claras entre los dos.

Sin embargo sus intenciones no se cumplieron de la manera que él pensaba. Lucía no contestaba a sus llamadas. La llamó todos y cada uno de los días de aquella semana. Puede que en alguna ocasión no escuchara el teléfono, pero no conseguir comunicar ni siquiera un día era bastante sospechoso. Así pues no le quedó más remedio que presentarse en el instituto. Sabía que el viernes ella salía una hora antes, así que se inventó una excusa para ausentarse de su propio instituto y fue a esperarla. Aparcó el coche y permaneció en su interior vigilando la entrada del edificio. En cuando la vio aparecer fue a su encuentro. Ella lo vio por el rabillo del ojo, pero continuó su camino.

–Lucía – llamó él – Lucía, espera.

Lucía caminaba por la acera sin volver la vista atrás. Él pronunció su nombre dos veces más con idénticos resultados. Finalmente apuró el paso y la alcanzó.

–Lucía, por favor, quiero hablar contigo – dijo tomándola suavemente del brazo.

–¡Déjame en paz! – exclamó ella, mientras se soltaba bruscamente – No creo que después de estar un montón de días perdido tengas nada que decirme.

–Te he estado llamando toda la semana y no me has cogido el teléfono.

–¿Qué esperabas? – preguntó ella de manera altiva – No pienso estar a tus pies toda la vida Pedro, no me gusta que jueguen conmigo. Quedaste en llamarme después de aquel sábado y has tardado quince días en hacerlo. No me interesa una relación así. Yo pensé que podíamos recuperar lo perdido, pero esto que tú me das no es lo perdido. Me equivoqué.

Mientras hablaba Lucía caminaba con prisa y Pedro la seguía. Pero llegado ese momento la tomó del brazo de nuevo, la estrechó por la cintura y la besó casi con furia. A ella el beso la tomó de improviso y se dejó hacer. Cuando Pedro se separó y la miró, quiso soltarse del abrazo y seguir su camino, pero él la retuvo y forzó un beso de nuevo, un beso mucho más profundo, mucho más sensual, al que Lucía se entregó sin obstáculos. Rodeó con sus brazos el cuello de Pedro y le correspondió. Después se miraron durante unos segundos.

–Y ahora ¿Tendré que esperar otros quince días para volver a verte? – preguntó finalmente.

–Claro que no. Mañana te invito a cenar y hablamos ¿vale? Me he portado como un estúpido y creo que te debo una explicación. A las nueve paso a buscarte a casa.

Lucía sonrió levemente. Él le acarició la mejilla y antes de despedirse le dijo:

–Te quiero.

*

Pasó el sábado presa de una inquietud desconocida. Era un nerviosismo provocado por muchas cosas a la vez: el inminente viaje a Inglaterra, la emoción de volver a estar con Pedro y a la vez el miedo de que aquella tarde no se presentara a recogerla. Una hora antes de la cita ya estaba vestida y arreglada. Se había puesto un vestido rojo de cuerpo ajustado y falda acampanada, con las mangas un poco cortas, que había sido de su madre y que conservaba como oro en paño y se ponía sólo en contadas ocasiones. Aquella se lo merecía.

Su abuela había salido con sus amigas, por lo que se encontraba sola en la casa. Se sentó en el salón, en el sofá cerca de la ventana, desde donde podía atisbar el exterior y ver desde lejos si se acercaba el coche de Pedro. Cuando lo vio aparecer faltaban todavía cinco minutos para la hora acordada. Sonrió para sí misma y parte de sus miedos se disiparon. Esperó diez minutos antes de salir. No quería parecer impaciente.

Cuando se introdujo en el coche Pedro la recibió con un beso y una mirada que denotaba la admiración que le hacía sentir.

–Estás impresionante – le dijo.

Hicieron casi en silencio el corto viaje, silencio roto de vez en cuando por comentarios intrascendentes. La casa de Pedro estaba cerca del parque del Retiro. Era un piso antiguo, de techos altos y amplio ventanales. El blanco era el color que reinaba en casi todo, paredes y muebles. En una esquina del salón una mesa redonda pulcramente puesta para la ocasión parecía estar esperándoles.

–Qué casa más bonita – dijo Lucía.

–¿Te gusta? Si te gusta a lo mejor podemos comprarla, para los dos. De momento vivo de alquiler.

Lucía no dijo nada, pero se sintió halagada de que Pedro pensara en los dos, de que la incluyera en su vida, en sus proyectos.

–Te advierto que la cena me la ha preparado mi madre. Quería algo especial y lo intenté pero no salió bien.

–No importa quién la haya hecho – dijo Lucía – lo que realmente importa es que la vamos a cenar juntos ¿no?

Pedro la cogió de la mano y la atrajo hacia él. Rodeó su cintura y le apartó el pelo de la cara. Luego la besó. Él temblaba de emoción y el corazón de ella se agitó zarandeado por la misma emoción. Una vez más recordó aquella noche en Oporto, cuando hicieron el amor por primera vez tirados sobre la alfombra. Cuando sintió que las manos de Pedro abrían la cremallera que cerraba el vestido por la espalda intuyó que volvería a ocurrir, quizá no sobre la alfombra, puede que sobre aquel sofá de blanco inmaculado, o tal vez en un dormitorio que ella no conocía todavía.

No tuvo que esperar demasiado. Pedro la tomó en brazos sin dejar de besarla y la llevó a la habitación. La depositó suavemente sobre la cama y después de desnudarla la envolvió con caricias y besos y le regaló todo el amor que había mantenido guardado en un rincón de algún lugar de sí mismo en previsión de volver a encontrarla algún día. Por fin había ocurrido. Mientras, la cena se enfriaba sobre la mesa del salón, pero a ninguno de los dos le importaba.