martes, 16 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 23

 



Aquel curso llegó al colegio de Lucía un nuevo psicólogo. Se llamaba Juan y parecía un chico agradable. También era bastante guapo y alguna profesora del colegio, jovencita, soltera y cotilla, se ocupó de indagar en la existencia previa del muchacho. Pronto su vida fue de dominio público. Se supo que había estado casado, que su mujer le había dejado para irse con su jefe y que tenían una niña que vivía con la madre y con su nuevo amor. Lucía no le dio importancia ni a Juan ni a lo que se comentaba de él. Era un compañero más y como tal se trataban. Las vidas privadas de sus compañeros de trabajo nunca le habían interesado lo más mínimo. Además no se sentía con ánimo para nada. Había días en que incluso le costaba levantarse de la cama para acudir al trabajo. La llegada del otoño la había sumido en una extraña melancolía. Nunca había sido Lucía mujer de tristezas ni de nostalgias. Tal vez de rabia y de desesperación, pero de tristezas no. Pero aquel otoño, entre las apariciones furtivas e intempestivas de Lázaro, que le provocaban una incómoda y lacerante ansiedad, y la insistencia de su corazón en echar de menos a Pedro, su ánimo se estaba viendo sacudido por una tempestad de emociones contradictorias que amenazaban con desequilibrar su mente.

Una tarde Lázaro la esperaba a la salida del Instituto. No era la primera vez que aparecía de improviso después del encuentro en el Retiro. Parecía que la espiaba, y a pesar de sus desplantes, él insistía en que tenían que hablar y retomar su amor fallido. Cuando lo vio al pie de las escaleras Lucía pensó que tal vez viniera a esperar a María. Al fin y al cabo los dos tenían un hijo y por ende muchos más motivos para hablar con ella, pero no. Lázaro sonrió de oreja a oreja cuando la vio, a pesar del gesto de desesperación que se dibujó en el rostro de la muchacha.

–Hola, Lucía. Te estaba esperando – le dijo – ¿Por qué no vamos a tomar algo y hablamos?

Era el cuento de siempre. Pero aquella tarde Lucía sentía una opresión en el pecho que se le acentuó en cuanto vio a su ex novio y no pudo evitar lo que ocurrió a continuación. Le gritó a Lázaro que la dejara tranquila, y casi al mismo tiempo sintió como su corazón comenzaba a latir desesperadamente y el aire se negaba a entrar en sus pulmones. Se llevó una mano al pecho y con la otra se agarró al pasamanos de la escalera. Apenas pudo pedir ayuda. Comenzó a marearse y se desmayó.

Cuando volvió en sí se encontraba en el despacho del psicólogo. Juan estaba a su lado y le sonreía. Le acarició el pelo y la ayudó a incorporarse un poco en el sofá.

–¿Te encuentras mejor? – le preguntó.

Lucía se llevó la mano al pecho de nuevo y comprobó que su corazón seguía latiendo a ritmo un poco acelerado.

–El corazón – dijo – va demasiado deprisa. Y antes no podía respirar. ¿No me estará dando un infarto?

Juan sonrió y se sentó a su lado.

–Creo que no. – le dijo – Lo que te ha dado es una ataque de ansiedad, me parece a mí. Aunque no estaría mal que pasaras por el médico y le contaras lo que ha ocurrido. ¿Hay algo que te preocupe especialmente?

Inmediatamente Lucía pensó en Lázaro. Al principio le dio un poco igual verlo de vez en cuando, pero ahora la situación se estaba convirtiendo en agobiante. No sólo se lo encontraba en los lugares más intempestivos, sino que además él insistía en que tenían que hablar y hacía caso omiso a las negativas de ella. Ya no sabía cómo decirle que no, que no tenían nada que hablar, que lo que había existido entre los dos se había esfumado y que no iba a volver entre otras cosas porque ella no lo deseaba. Aquellos encuentros la ponían cada vez más nerviosa, y finalmente aquella tarde su mente o tal vez su corazón no pudieron soportar tanta presión.

–Sí – contesto finalmente – hay algo que me preocupa especialmente y que me está agobiando.

–¿Te apetece contármelo? A lo mejor te alivia un poco hablar conmigo.

Lucía miró a aquel muchacho durante unos instantes. Juan parecía buena persona y según lo que había oído sobre él, era un buen psicólogo. Tenía una mirada franca y limpia. A lo mejor podía ayudarle. En realidad no le podía contar a nadie lo que le estaba ocurriendo. A su abuela había dejado de hablarle de Lázaro porque sabía cómo era y podían pasar muchas cosas, entre ellas que se disgustara mucho y que se presentara delante de Lázaro a soltarle unos cuantos improperios, algo que Lucía quería evitar a toda costa. Aquel era un problema suyo y tenía que resolverlo ella solita. Así que la ocasión de poder derramar sus miedos y sus preocupaciones delante de un psicólogo no la iba a desperdiciar.

Mientras pensaba todo eso Juan había ido hasta su mesa y había sacado de un cajón unas pastillas. Llenó un vaso de agua y ofreció una de aquellas pastillas a Lucía.

– Es un tranquilizante – le dijo – te sentirás mejor.

Lucía tomó la píldora y poco a poco fue sintiendo que toda la tensión que oprimía su cuerpo se liberaba y su corazón recuperaba al ritmo normal. Cerró los ojos durante unos instantes y cuando los abrió le dijo a Juan que sí, que le gustaría contarle todo lo que le ocurría. Y sin esperar más le relató toda su aventura con Lázaro y lo que la estaban agobiando sus apariciones repentinas.

–No sé cómo solucionar el problema. No quiero verle, no quiero hablarle, no me interesa nada de lo que pueda decirme. Pero él está siempre ahí insistiendo.... no sé qué hacer.

Juan escuchó a Lucía en silencio. En cierto modo la historia de la muchacha le recordaba a la suya propia. Su mujer y él eran felices, o al menos eso parecía, hasta que un buen día le dijo que se había terminado, que no le amaba, que se había enamorado de otro y que se iba con él y que, además, se llevaba a su hija. No fue fácil superarlo pero al final lo había conseguido. Y si hoy apareciera en su vida como estaba haciendo Lázaro en la vida de Lucía, no sabía lo qué haría. Ni siquiera sabía lo que sentía por ella, prefería no pensarlo, lo único que tenía claro era que ya no sentía dolor cuando se la nombraban ni cuando la tenía que ver por causa de su hija común, único nexo que los unía.

–Te entiendo, Lucía – le dijo – pero a lo mejor deberías darle una oportunidad. No me refiero al amor por supuesto, sino una oportunidad para hablar. Si tan importante es eso que quiere decirte escúchale. ¿O acaso tienes miedo de que hablando con él puedas volver a enamorarte?

–Claro que no, Lázaro ya no significa nada para mí. Después de estar con él conocí a otro hombre del que me enamoré perdidamente. Él es el hombre de mi vida, aunque no podamos estar juntos. Yo no volveré con Lázaro jamás. Si hay algo que tengo claro en mi vida es eso.

–Entonces yo te aconsejo que no seas tan intransigente y le escuches. Una conversación puede ser la menor solución para dejar las cosas zanjadas.

Lucía dio vueltas al consejo de Juan durante unos días. Tal vez tuviera razón, así que la próxima vez que Lázaro se acercara a ella con la cantinela de siempre le diría que sí, que iban a hablar, pero una vez, una sola vez y después no querría saber nada más de él.

Mientras tanto, consultó lo que le había ocurrido a su médico de siempre. Le hicieron algunas pruebas y confirmaron el diagnóstico de Juan. Físicamente se encontraba perfectamente, pero tenía que tomarse las cosas con más calma, pues si no lo hacía los ataques de ansiedad podrían repetirse en cualquier momento. Le recetó unos tranquilizantes para tomar sólo en el caso de ser absolutamente necesario y la despidió recomendándole unos días de vacaciones.

No tardó en aparecer su ex novio de nuevo, esta vez un sábado cualquiera, mientras Lucía hacía unas compras en un centro comercial. No podía ser que aquel encuentro fuera casual, estaba claro que la controlaba y eso le daba un poco de miedo. Pero había decidido hacer caso a Juan y no abandonó su determinación.

Lázaro fingió tropezarse con ella mientras miraban ropa en una tienda.

–¡Lucía! ¡Qué casualidad! Últimamente nos encontramos en todos lados – le dijo.

Ella quiso contestarle que no, que no era ninguna casualidad, pero se prometió a sí misma comportarse de manera natural y así hizo.

–Sí, todas son casualidades. Como cuando apareciste hace dos semanas en el instituto – no pudo evitar hablar con un deje de irritación en la voz.

–Oh, por cierto ¿cómo estás? Me alarmé cuando vi que te desmayabas.

Lucía suspiró y se mordió la lengua. Mucha alarma pero en quince días no había aparecido, claro que mucho mejor, cuando menos lo viera delante más tranquila estaría. Durante aquellas dos semanas no había necesitado para nada las pastillas, y sin embargo estaba segura de que aquella noche tendría que tomar una.

–Estoy bien, gracias, solo fue un poco de agotamiento.

–¿Te apetece un café? Perdona que insista pero....

–Déjalo Lázaro, no hace falta que digas más. No sé de qué coño quieres hablar conmigo, pero lo cierto es que estoy un poco harta de tu insistencia y de tus apariciones casuales. El sábado que viene me invitas a cenar y vamos a hablar ¿de acuerdo?

Él abrió mucho los ojos, incapaz de creer su suerte, por fin iba a poder pedirle perdón y decirle lo mucho que la amaba. Estaba seguro de que en unos meses Lucía y él serían de nuevo la pareja feliz que un día habían sido.

–Oh, gracias, gracias, Lucía, yo sé que no te arrepentirás.

–Sólo te pido dos cosas, que no aparezcas ante mi vista antes del sábado y que si después de hablar mi conclusión es que no quiero volver contigo, aceptes con dignidad tu derrota y me dejes en paz.

Asintió y prometió con entusiasmo. Se despidieron. Ella no estaba muy segura de que las promesas de Lázaro se hicieran realidad, pero daba lo mismo, de momento no iba a pensar en ello. Le quedaba por delante una semana de tranquilidad.

Estaba cansada. Se sentó en un banco, cogió su móvil y llamó a Juan. Tenía que contárselo.

sábado, 13 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 22

 



El curso comenzó de nuevo y con él la vida tranquila y rutinaria que Lucía tanto amaba. Ella y María se encontraron de nuevo y continuaron con su amistad retomada meses antes, aunque ya no hubiera ni la confianza ni la complicidad de antaño. En realidad Lucía era consciente de que quién se empeñaba en mantener cierta distancia era ella misma, y lo hacía porque no deseaba ninguna cercanía a Lázaro. Irremediablemente la amistad con María, madre de su hijo, conllevaba cierta implicación con el hombre que un día le había destrozado el corazón, y eso era lo último que deseaba.

Pero el único lugar en que nuestros deseos se cumplen es en nuestra imaginación, en la vida real y tangible las cosas casi nunca ocurren como nos empeñamos en idear. Y Lázaro apareció de nuevo en la vida de Lucía a través, como no, de su amiga.

Una tarde de viernes se encontraron en casa de María. Lucía había tenido que ir a llevarle unos libros y él había ido a recoger a su hijo. La casualidad quiso que coincidieran durante los escasos minutos que Lucía pasó en la casa, pues se limitó a dejar los libros y poco más. Pero estando allí sonó el timbre y Lucía sospechó que podía ser él, como así fue. María abrió la puerta de la casa y Lázaro entró casi sin saludar, más cuando vio a su ex novia, allí parada en el medio del pasillo, una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.

–¡Lucía! ¡Pero qué sorpresa!

Él hizo ademán de acercarse a ella con intención de saludarla con un beso, pero ella reaccionó rápidamente y se despidió.

–Yo ya me iba. María, puedes quedarte los libros el tiempo que quieras, no me hacen falta. Nos vemos el lunes. Adiós.

Salió hacia el ascensor aliviada de poder dejar atrás a Lázaro, pero no lo consiguió. Él cogió a su hijo y la bolsa que le tenía preparada María y se apresuró para tomar el ascensor con Lucía y así intentar una conversación con ella.

Durante un segundo Lucía pensó en la posibilidad de bajar por las escaleras, pero en último término desistió. Tenía que demostrar a su ex amor que ni sentía nada por él, ni le molestaba encontrárselo frente a frente.

–¿Qué tal Lucía? – le preguntó él con una sonrisa.

–Bien, gracias – respondió ella escuetamente.

–Hace tanto tiempo que no nos vemos..... Estás muy guapa.

–Ya.

Se hizo un silencio un poco tenso, al menos para ella, pues él continuaba mirándola y sonriendo como un idiota. Lucía deseaba que el recorrido del ascensor terminara de una puñetera vez.

–He pensado tantas veces en volver a verte....

Aquella frase pronunciada por parte de quién la había despreciado vilmente le sacudió la rabia que guardaba dentro.

–¿Para qué? ¿Para volver a darme por saco? Mira Lázaro, he vivido muy tranquila sin ti, y sin ti quiero seguir viviendo, espero que lo entiendas y que te quede claro desde ya mismo.

El ascensor llegó abajo y Lucía empujó la puerta con fuerza. No tuvo la deferencia de sujetarla para que Lázaro saliera con el niño, no deseaba darle la más mínima posibilidad de conversación. Salió del edificio disparada y se perdió en la bulliciosa calle madrileña.

No le inquietó demasiado encontrarse con su ex. Estaba segura de que había sido algo puntual y casual. Pero Lucía ya no recordaba bien la personalidad de Lázaro. Él era, siempre lo había sido, tozudo e insistente, y volver a verla le revolvió el ánimo. Desde hacía tiempo sentía que el arrepentimiento rondaba su cabeza y su corazón. Se había cansado de andar de flor en flor y al lado de María no había encontrado la estabilidad que deseaba, aquélla que Lucía le proporcionaba sin que él se diera cuenta y sin que por ello la apreciara. Ahora, después de haber hecho lo que no debía, era cuando se percataba de que lo que había gozado al lado de Lucía era el amor de verdad. Y no deseaba quedarse solo. Necesitaba que alguien lo quisiera, lo aceptara con sus defectos y sus virtudes, como había hecho ella desde siempre. Sabía que Lucía lo había amado de manera incondicional y estaba seguro de que ahora, a pesar de lo ocurrido, si le suplicaba perdón y le demostraba que de verdad había cambiado, ella volvería a caer en sus brazos y disfrutarían de nuevo la felicidad perdida.

Mientras caminaba hacia el coche con su hijo en brazos y veía a la que fuera su amor alejarse caminando a paso ligero, pensaba que tenía que intentarlo de nuevo y una ligera sonrisa iluminó su rostro.

*

Los fines de semana de Lucía eran esencialmente tranquilos. Ahora que había descubierto a su maravillosa y activa abuela, le gustaba pasar las horas a su lado conversando, o paseando, o metidas en la cocina. Cualquier actividad era buena para disfrutar del tiempo juntas. Los domingos por la tarde la abuela Soledad tenía reunión de amigas, momento que aprovechaba Lucía para gozar de su soledad, cosa que también le satisfacía. Leía, navegaba por internet, iba al cine o quedaba con alguna amiga o compañera del colegio. No se aburría, no quedaba tiempo para ello.

En ocasiones le gustaba pasear, caminar sin rumbo por la ciudad recorriendo aquellas calles conocidas en las que siempre descubría algo nuevo. Madrid es una ciudad llena de encanto y sus edificios antiguos y señoriales envuelven al viandante con el poder de la historia, aunque se hayan recorrido mil veces.

Con frecuencia tales paseos desembocaban en el parque de El Retiro, lugar por el que Lucía sentía una predilección especial, porque le recordaba los domingos de su infancia, cuando sus padres las llevaban a ella y a su hermana a pasar las tardes en el estanque y les compraban aquellos deliciosos barquillos que vendía el señor Ramiro, el viejo que siempre se ponía en la misma esquina, en una de la entradas.

Una de aquellas tardes Lucía también compró unos barquillos, aunque ya no era el señor Ramiro el que los vendía, y se sentó en un banco frente al estanque. Hacía sol y la gente se había animado a salir a pasear. Le gustaba el ambiente festivo y bullicioso que se respiraba, como si en lugar del otoño lo que estuviera a punto de comenzar fuera el caluroso verano.

–Por lo que veo no has variado tus costumbres. Te siguen gustando los mismos sitios.

Lucía dio un respingo al oír la voz de Lázaro y en su rostro se dibujó un gesto de contrariedad. Lo que menos le apetecía en aquellos plácidos momentos era aguantar su conversación insulsa que no le interesaba en absoluto. Así que no contestó. Se limitó a seguir con la vista fija en el estanque y a continuar mordisqueando su barquillo.

–Lucía me gustaría hablar contigo – dijo él sentándose a su lado.

–Pues a mí no. Entre tú y yo está todo dicho. Y te rogaría que me dejaras en paz. Parece que me estás siguiendo.

–Por supuesto que no lo hago. Pero confieso que he salido a pasear por aquí con la esperanza de encontrarte. Todavía recuerdo lo mucho que te gustaba hacerlo.

–Lázaro ¿de qué vas, tío? – preguntó Lucía, profundamente irritada por aquellas palabras – ¿Qué es lo que pretendes después dejarme tirada para irte con mi mejor amiga sin importarte ni una mierda cómo me quedaba? ¡Déjame en paz!

–Sólo quiero que me escuches, por favor. Sé que me porté mal contigo, pero...

–Que no quiero escucharte. No me interesa nada de lo que puedas decirme. Que me dejes tranquila de una puñetera vez.

Se levantó y dejó a su ex novio allí, con la palabra en la boca, sumamente enfada por no poder disfrutar de aquel espacio de soledad.

Cuando llegó a casa su abuela aún no había regresado. Se sentó en el sofá y encendió la televisión, pero apenas conseguía prestarle atención. No quería, pero la irrupción de Lázaro en su vida la estaba alterando y la súbita aparición de esa tarde había tenido el poder de ponerla nerviosa. Ojalá fuera Pedro el que un día apareciera de nuevo y no aquel idiota al lado del cual había perdido veinte años de su vida.

Cuando Soledad por fin llegó y encontró a su nieta sentada ante la televisión con gesto distraído tuvo la sospecha de que algo le había ocurrido. Lucía casi nunca se sentaba delante de la televisión sin más, salvo cuando las noches de los fines de semana veían juntas alguna película interesante. La encendía con frecuencia porque decía que le gustaba escuchar las voces de fondo, pero mientras se dedicaba a otras cosas, como leer o trabajar en su ordenador. Además, cuando su abuela llegaba, siempre la saludaba con una sonrisa y un cariñoso beso en la mejilla, y aquella tarde se limitó a decir un “hola abuela” sin mucho entusiasmo.

Soledad no le dio demasiada importancia y después de cambiarse de ropa se metió en la cocina para hacer la cena. Preparó unos espagueti con salsa de pesto, que tanto le gustaban a Lucía, y cuando los tuvo listos colocó los platos en unas bandejas y se dirigió al salón. Mientras cenaban Lucía permanecía en silencio, cosa extraña, y fue entonces cuando su abuela, con mucho tacto,le preguntó qué le ocurría.

–Lucía ¿estás bien, hija? Te noto un poco rara. Tan callada...

Lucía posó el tenedor encima del plato y miró a su abuela. Necesitaba contarle a alguien el encuentro con Lázaro.

–He visto a Lázaro – dijo, y contó a Soledad con todo detalle los dos encuentros que había tenido con él.

–Pensé que no iba a ser así, pero verlo de nuevo me está trastocando, abuela.

–¿No estarás pensando en volver con él? – preguntó la mujer alarmada.

–Por supuesto que no, estás loca. Simplemente no quiero verle. Me hace daño recordar todo lo ocurrido.

La abuela tomó la mano de su nieta y la acarició con fuerza.

–No le des tanta importancia, Lucía. Él forma parte de tu pasado y eso no lo puedes cambiar. Aprende a convivir con ello sin que te afecte. Al fin y al cabo, él nunca fue el amor de tu vida ¿no?

–Al amor de mi vida también lo perdí – respondió la muchacha con gesto pensativo y melancólico – Me voy a la cama, abuela. Me siento cansada.

Mientras su nieta subía las escaleras hacia su dormitorio, Soledad tomó su móvil de dentro de su bolso y buscó el número de Pedro. Tal vez pronto tuviera que usarlo. Su nieta merecía ser feliz.



jueves, 11 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 21

 



Natalia intentó que Pedro se quedara a su lado. Se inventó argumentos tan peregrinos que caían por su propio peso. Lloró e hizo reproches, algunos de los cuales Pedro admitió. Reconoció haberla engañado, haberse estado acostando con Lucía a sus espaldas, haberle mentido... pero ¿qué importaba ya todo eso? Se sentía defraudado y enfadado consigo mismo por no haber hecho las cosas bien, por haber engañado y por haberse dejado engañar. Seguramente ambas cosas irían unidas. Ahora ya nada tenía remedio, nada, ni siquiera la marcha de Lucía y su evidente pérdida, ni, por supuesto, el fin de su relación con Natalia, aunque a ella le costase admitirlo.

Pedro se alquiló una pequeña casa cerca del Instituto y se dispuso a afrontar un curso que no se preveía demasiado halagüeño, al menos en el terreno personal. Al principio tuvo que soportar la insistencia de Natalia, sus visitas a deshoras, sus intentos de seducción e incluso, en algún momento, sus rabietas cuando se daba cuenta de que no podía conseguir nada. Un día, hacia mitad de curso, dejó de aparecer por su casa. Sabía que estaba bien porque la veía todos los días de camino a su trabajo. Poco después se enteró, por terceras personas, que había iniciado una relación con un muchacho del pueblo. A lo mejor eso era lo que necesitaba, encontrar a alguien que le hiciera olvidar. También a él le hubiera gustado, no encontrar a nadie, sino reencontrar a quién nunca debería haber dejado escapar. Lucía ocupaba su mente y su corazón de hombre enamorado, ocupaba esos espacios preñándolos de nostalgia y de derrota. Porque Pedro estaba seguro de que Lucía nunca aceptaría volver a su lado, y por eso ni siquiera se planteaba la posibilidad de un acercamiento, acercamiento que, por otro lado, dada la distancia a la que vivían, no sería sencillo. Así pues Pedro se sumió en una especie de letargo, en una rutina que llenaba sus días convirtiéndolo casi en un autómata. De la casa al trabajo y del trabajo a casa, muchos fines de semana a Madrid, a pasarlos con la familia que había tenido un poco olvidada durante los últimos años. Preparó el regreso definitivo a su ciudad para el próximo curso, se buscó un piso de alquiler pequeño y céntrico y fue llevando en cada viaje sus cosas hasta que la casa de pueblo se quedó medio desnuda y vacía. Entonces, cuando apenas quedaban tres semanas de curso y el regreso era inminente, Natalia volvió a hacer acto de presencia.

La casita en la que vivía Pedro tenía un pequeño patio en la parte de delante, con un enorme naranjo en una esquina debajo del cual había un coqueto banco de madera. A veces, por las noches, él salía y se sentaba en aquel acogedor rincón a leer, a fumar un cigarrillo o simplemente a pensar un poco. Aquella noche fumaba y se entretenía mirando el humo que exhalaba de sus pulmones, mientras pensaba que dentro de poco su vida daría un giro considerable que le llevaría casi a comenzar de cero. Había cumplido ya los cuarenta y por momentos tenía la sensación de que el tiempo pasaba demasiado rápido, y de que había cosas que se le estaban quedando por el camino.

–Buenas noches, Pedro.

Se asustó y dio un respingo al escuchar la voz que había tenido el poder de rescatarlo de sus pensamientos. Miró hacia el desgastado portal de madera y vio la silueta de Natalia que se apoyaba en el mismo, colgando ligeramente la mitad superior de su cuerpo hacia el interior del patio.

–Buenas noches – le devolvió el saludo sin mucho entusiasmo.

Ella pareció no haber notado el tono de fastidio y continuó hablando como si nada.

–Hace una buena noche, efectivamente. Hemos tenido una estupenda primavera este año.... ¿Cómo estás? Hace tiempo que no hablamos.

Pedro tiró al suelo la colilla de su cigarro y la pisó. Luego miró a Natalia.

–Estoy bien, gracias, preparando mi regreso a Madrid. – contestó de forma un poco cortante.

–Entonces..... te vas definitivamente. Vaya.... todavía tenía la esperanza de que recapacitaras y decidieras....

–Natalia no sigas, por favor. Pensé que esto ya estaba superado. Creí que tu nuevo amor te había ayudado a olvidar y que eras feliz con él. Así que te ruego que me dejes en paz. No deseo volver a guerrear contigo.

–¿Estás celoso? – preguntó ella sonriendo feliz.

–¿Celoso? Estás loca. Mis sentimientos no han cambiado, Natalia, nada ha cambiado. Así que vete con ese muchacho, rehaz tu vida a su lado y olvídate de mí. Por favor.

A ella se le heló la sonrisa en el rostro. Comprendió que de nada habían servido aquellos meses al lado de un hombre insulso al que no amaba. No había conseguido despertar el interés de Pedro de nuevo.

–Te estás equivocando – le dijo – con nadie serás más feliz de lo que fuiste conmigo.

–Pues si me equivoco, estoy en mi derecho de hacerlo. Ahora vete, anda, déjame en paz. Y sé muy feliz.

Antes de regresar a Madrid se la encontró varias veces más. Siempre le decía lo mismo. No cejó en su empeño de recuperarle. Pero Pedro no la amaba y nada pudo hacer.

*

En Londres estaba Juan, su amigo de siempre. Había pasado aquel último año en Inglaterra por motivos laborales y a finales de verano regresaba a Madrid. Pedro le había contado sus desdichas y él le había propuesto que le visitara y luego regresarían juntos. Aceptó sin dudarlo, viendo en la situación una manera de evadir su mente de sus oscuros pensamientos.

En Londres hicieron turismo y hablaron mucho sobre las situaciones personales de cada uno. A Juan tampoco le iban las cosas demasiado bien. Antes de venirse a Londres se había separado de su mujer, Rebeca, con la que llevaba casado seis años y con la que tenía a Lía, una hija de dos años que se había quedado con su madre

–Y entonces ¿qué piensas hacer? ¿ir a buscar a esa chica? – le preguntó Juan una tarde lluviosa y gris mientras tomaban unas pintas de cerveza en un pub, después de que Pedro le hubiera contado a grandes rasgos, todo lo que había ocurrido.

–¿Para qué? ¿Qué crees? ¿Que me va a recibir con los brazos abiertos después de que yo hubiera elegido quedarme con Natalia?

–Pues entonces olvídala. El mundo está lleno de mujeres, Pedro. Yo sé que ahora estás dolido por lo que te ha ocurrido, pero la vida sigue y en cualquier momento puede surgir un nuevo amor a la vuelta de la esquina. Deja que todo fluya. Al principio se pasa mal, pero el tiempo todo lo cura y yo soy de los que piensan que las cosas ocurren porque tienen que ocurrir.

Tal vez tuviera razón. Lo mejor sería dejar que la vida fluyera poco a poco y que trajera consigo lo que tuviera que traer. Puede que incluso, en uno de sus caprichosos giros, le devolviera a Lucía.

*

En San Francisco, Lucía consiguió olvidarse por unas semanas de su drama personal. Era una ciudad fantástica, diferente, llena de luz, de diversión, del color dorado que acompañaba las tardes de aquel verano incandescente. Conectó bien desde el primer momento con Marion, la nieta de los primos de su abuela, tanto que incluso marcharon juntas y con algunos amigos de la misma, a pasar unos días a Santa Mónica, donde Lucía se sintió como si estuviera dentro de la serie Los Vigilantes de la Playa.

Una de aquellas tardes, paseando por las calles de la ciudad de regreso de la playa, Lucía se fijó en un hombre que, con un bebé de unos meses en un cochecito, compraba unos refrescos en un puesto callejero. Iba conversando con Marion y ante semejante visión se quebraron las palabras en su boca. El hombre estaba de espaldas pero ella no dudó ni un instante en identificarlo con Pedro. La misma altura, la misma espalda, la misma cabeza afeitada casi al cero... Lucía echó a correr en pos de él, dejando a su amiga estupefacta ante su estampida.

–Lucía.... ¿Qué ocurre? ¿A dónde vas?

Lucía no le respondió. En su mente sólo estaba alcanzar al muchacho que había comenzado a caminar empujando el carrito con el niño. Cuando ya estaba bien cerca de él pronunció su nombre, pero el chico no se giró. Ella apuró un poco más el paso y le adelantó. Sólo al verlo por delante se percató de que se había equivocado. El chico, al darse cuenta de que era observado, le sonrió ligeramente y la miró con asombro, mas al ver que ella giraba sobre sus pasos, él también siguió su camino sin dar más importancia al asunto.

Lucía volvió al lado de Marion, que la esperaba intrigada después de haber observado la reacción de su nueva amiga.

–¿Qué ha pasado Lucía? – le preguntó sonriendo – ¿Conocías a ese hombre?

–Me dio un vuelvo el corazón cuando le vi – respondió Lucía mientras continuaban su camino – Creí que era... un amigo.

–¿De España? Demasiada casualidad tendría que ser ¿no?

–Tienes razón. No me lo encuentro en Madrid y creo haberlo encontrado en Santa Mónica. Qué bobada.

Marion no preguntó más, cosa que Lucía agradeció. No le apetecía contar a nadie sus peripecias con Pedro. Intentó apartarlo de su mente, como lo había estado todos aquellos días, pero no lo consiguió del todo. Ver a aquel muchacho le había revuelto el cuerpo y sentía que los recuerdos golpeaban su mente con insistencia. Cuando se acostó dio muchas vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño. A su cabeza volvían una y otra vez los días pasados en Oporto. Habían sido los más felices de su vida. Los meses posteriores, escondiendo su amor en hoteles discretos, ocultando ante todos sus verdaderos sentimientos. No, no lo habían hecho bien y seguramente lo ocurrido finalmente había sido la consecuencia lógica. Si desde el principio hubieran puesto las cosas en claro no les habría dado tiempo ni a Jorge ni a Natalia a sospechar y a conjurar en su contra. Pero eso era algo para lo que ya no había remedio. Seguramente Natalia había conseguido quedarse embarazada y a aquellas alturas ya tendrían a ese hijo que ella no quería y por el que él había renunciado a ser feliz.

Lucía se levantó de la cama y se asomó a la ventana. Sacó el tabaco del bolsillo de su pantalón vaquero, que estaba sobre una butaca, y encendió un cigarrillo. Lo fumó con lentitud mientras miraba el cielo plagado de estrellas. Pensaba que a lo mejor Pedro, en aquellos momentos, puede que estuviera también mirando las estrellas. Solían hacerlos juntos cuando las circunstancias se lo permitían. Miraban las estrellas y soñaban despiertos, imaginaban su vida y pedían deseos. Aquella noche del tórrido verano californiano Lucía cerró los ojos un instante y pidió que la vida volviera a unirles.

A muchos kilómetros de allí, en la noche de Londres, unas horas antes, Pedro también fumaba un cigarrillo asomado a la ventana. El cielo estaba gris y caía una lluvia fina que impedía ver las estrellas. Recordó sus noches con Lucía, mirando el cielo, y quiso pedir un deseo, quizás a la lluvia, que un día, cuando fuera, volviera a encontrarse con ella.



lunes, 8 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 20

 



Conocía al ginecólogo de Natalia de haberla acompañado en alguna ocasión a sus revisiones rutinarias. Era un tipo serio, pero a la vez afable, y transmitía mucha confianza. Se presentó en la clínica a media tarde. La sala de espera estaba repleta de mujeres, la mayoría de ellas portando generosos vientres que daban fe inequívoca de su estado. También había algún caballero con cara de aburrimiento. Pedro pasó de largo y se dirigió directamente al mostrador de recepción. Detrás del mismo estaba la muchacha de siempre, una jovencita rubia y menuda con cara sonriente. Pedro la saludó con un escueto buenas tardes y comenzó su teatro.

–Creo que hace unos días mi mujer vino a hacerse unas pruebas. La verdad es que no estoy seguro de que fuera en esta clínica. ¿Me lo podrías confirmar?

–Buf... es que.... ¿Yo cómo sé que eres su marido? – le dijo con gesto de contrariedad – La información que tenemos sobre los pacientes es confidencial y entregar los resultados de las pruebas a cualquiera es algo que no podemos hacer. Va contra la ley de protección de datos.

–Ya... entiendo. Lo que pasa es que... bueno, el doctor nos conoce de sobras. De hecho ella suele venir a hacer sus revisiones aquí. Simplemente eran unas pruebas más complicadas y no recuerdo en qué lugar me dijo que las iba a hacer. De todas maneras, no te preocupes. Entiendo lo que me dices....

Pedro hablaba con aquella voz suave y envolvente poniendo gesto de resignación. Casi siempre daba resultado y esa vez no fue distinto. A la muchacha le dio pena y cuando vio que él se disponía a retirarse lo llamó.

–¡Espera!

Él volvió sobre sus pasos y se acercó a ella de nuevo.

–Está bien. No es muy ortodoxo pero.... te los voy a dar, si es que están aquí. Pero que no se vuelva a repetir ¿vale?

Pedro así se lo prometió con la mejor de sus sonrisas. Luego la muchacha le preguntó el nombre de su esposa y después de comprobar que efectivamente había unos resultados de pruebas pendientes de entregar desde aquella misma tarde, se los dio.

–La íbamos a llamar mañana para que pasara a recogerlos. Suerte.

Pedro tomó el sobre que la chica le tendía con manos temblorosas. Saber que estaba a un paso de la verdad le producía cierto nerviosismo. No lo abrió de inmediato. Necesitaba sentarse en algún lado y calmarse un poco. Se dirigió a una cafetería cercana y se sentó en una mesa alejada de la puerta, donde pudiera leer tranquilo lo que guardaba aquel sobre amarillo. Pidió un café y después de que lo tuvo servido, se atrevió a sacar del interior del sobre los papeles que iban a tener el poder de sentenciar su vida.

Comenzó a leer términos médicos de los que no entendía prácticamente nada, hasta que dio con lo que le interesaba, una frase que parecía el resumen de todas aquella palabrería técnica: infertilidad por adherencias en las trompas de falopio. Natalia no estaba embarazada, y seguramente no podría estarlo nunca de manera natural. Continuó leyendo un poco más. Al final de la hoja el informe médico decía que la única manera de conseguir un embarazo sería una fecundación in vitro. Pedro suspiró profundamente, se terminó el café y salió del bar mientras guardaba el sobre en el bolsillo de atrás de su pantalón vaquero. Se sentía extraño y no sabía muy bien cómo iba a arreglar aquel asunto con Natalia. No quería montar un número, no era su estilo. En todos aquellos años que llevaban juntos jamás habían tenido una discusión fuera de tono. Ella tampoco era mujer de dar gritos ni hacer escenas. Pero aquello era demasiado fuerte para mantener la calma. Y luego estaba su futuro próximo. Finalmente había conseguido arreglarlo todo para poder quedarse en el Instituto y anular su traslado a Madrid gracias al padre de un amigo que tenía mano en el Ministerio de Educación. Y resulta que ahora era lo que menos le convenía, pasar un año allí, en el mismo pueblo que Natalia, en el que se la encontraría por la calle un día sí y otro también. Tendría que capear la situación como buenamente pudiera, pues no podía pedir ayuda de nuevo al padre de su amigo, eso lo tenía claro, como tenía claro igualmente que lo suyo con Natalia se había terminado de manera definitiva.

Llegó a casa. Aparcó el coche en la calle y subió al piso. Natalia no llegaría hasta la noche. Miró el reloj y vio que no eran más que las siete de la tarde, le quedaban por delante al menos dos horas de soledad. Se sirvió una copa de vino y se sentó en el sofá del salón. No tenía ganas de ver la tele ni de leer, no sería capaz de concentrarse. Así que decidió no hacer nada. Le dio tiempo a tomarse otras dos copas de vino más, antes de que su novia apareciera en casa. Para entonces él, que no estaba acostumbrado a beber, tenía la mente un poco embotada por el alcohol y el ánimo envalentonado para afrontar el desagradable momento que se avecinaba.

Natalia llegó a casa feliz y contenta, como siempre, y entró en el salón sonriendo y parloteando sobre la tarde pasada con sus amigas. Venía cargada de bolsas que posó encima de una silla y se dirigió a Pedro, lo abrazó y lo besó en los labios.

–Estoy cansadísima – dijo mientras se dirigía a su dormitorio con la intención de cambiarse la ropa por otra más cómoda – ¿Y tú qué has hecho toda la tarde?

Pedro no contestó a la voz de Natalia que le había llegado apagada, desde la habitación. Se limitó a sacar el sobre del bolsillo de su pantalón y a dejarlo sobre la mesita. Su novia apareció de nuevo, vestida con el pijama y unas zapatillas.

–No me has contestado – dijo cambiando su tono alegre y festivo por otro mucho más serio y comedido – ¿Ocurre algo, Pedro?

Pedro la miró con lástima y luego dirigió sus ojos al sobre que estaba encima de la mesa. Los ojos de Natalia también los acompañaron en aquel corto viaje. Cuando vio el membrete de la clínica se puso visiblemente nerviosa.

–¿Qué.... qué es eso? – preguntó.

–Eso mismo me pregunté yo cuando esta mañana vi que te había venido la regla – contestó Pedro con calma – Nunca he desconfiado de ti pero esta vez fue inevitable. Una corazonada me llevó hasta tu ginecólogo.

Natalia cogió el sobre y con gesto sombrío leyó el informe médico que contenía. Mientras lo hacía su tez se volvió pálida y de pronto pareció envejecer unos cuantos años. Se dejó caer en una silla, totalmente derrotada.

–Te lo puedo explicar – dijo con un hilo de voz.

–Me encantaría que lo hicieras. Porque no entiendo nada. No estás embarazada ni vas a estarlo nunca, por lo menos de mí.

–Era la única forma de retenerte conmigo.

–No sé a qué te refieres.

–Claro que lo sabes – repuso Natalia en tono airado – Ibas a dejarme para irte con ella. Jorge lo descubrió, descubrió que había algo entre vosotros y me lo dijo. Ibas a dejarme, Pedro, y no vi otra manera de retenerte a mi lado.

Pedro se mantuvo pensativo durante unos instantes. No le gustaban las escenitas de celos. Además creía que había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa y desvelar sus sentimientos, algo que seguramente debería haber hecho hacía tiempo.

–La quería, Natalia. La quiero. Me enamoré de ella... no sé... creo que casi sin darme cuenta. Poco a poco, un día me vi echándola de menos, deseando estar a su lado. Y en Oporto sucedió todo. Sí, debí decírtelo entonces, pero... tenía miedo a hacerte daño. Luego me di cuenta de que el daño te lo iba a hacer de todas maneras. Pero eso no justifica este engaño. Cuando el amor se va, un hijo no es la solución para que regrese.

–Puede que no, pero tú estabas dispuesto a quedarte conmigo.

–Sí, lo estaba, equivocadamente, pero lo estaba. Pero ahora me voy, Natalia. Esto ya no tiene ningún sentido.



sábado, 6 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 19

 



El taxi se detuvo frente a la puerta de la terminal cuatro del aeropuerto de Madrid-Barajas. El taxista se bajó, abrió el maletero y sacó del mismo una maleta de tamaño mediano que entregó al viajero. Éste, después de pagar la carrera, entró en el edificio y se dirigió al mostrador de facturación. Mientras esto ocurría, Lucía y su abuela tomaban café antes de tomar el avión hacia San Francisco. Poco después, cuando las dos mujeres entraban en la sala de embarque, el hombre se dirigió a la cafetería para tomar un refrigerio mientras esperaba su vuelo y fue a ocupar la misma mesa que Lucía y Soledad habían ocupado un rato antes cuando el camarero todavía la estaba limpiando. Pidió un zumo de naranja y mientras esperaba que se lo sirvieran echó una ojeada al periódico que estaba sobre la mesa, el mismo que Lucía había estado leyendo hacía apenas unos minutos. Permaneció en aquel lugar frío e impersonal hasta que por megafonía reclamaron la presencia de los pasajeros del vuelo a Londres en la sala de embarque. Entonces se levantó y se dirigió a tomar su vuelo. Pedro sentía una ligera turbación cuyo origen ignoraba. De repente Lucía llenaba toda su mente. Era como si la presencia de la muchacha flotara en el aeropuerto. Sabía que era una estupidez, pero las sensaciones, irracionales o no, no se pueden evitar. Le hubiera gustado volver a encontrarla, en cualquier lugar, aunque fuera en aquel aeropuerto, aunque quizá después de todo lo ocurrido necesitara una tiempo de descanso, de reposo, de silencio. Por eso se marchaba a Londres a visitar a un amigo, a disfrutar de unas semanas de vacaciones y así pensar qué iba a hacer con su vida ahora que no tenía hijo, que había roto con Natalia y que echaba terriblemente de menos a Lucía.

*

Lucía lo llamó y él y no la dejó hablar. No estaba seguro de lo que hacía, pero lo hizo, en aras a ese hijo que Natalia llevaba en su vientre. Después de colgar el teléfono sintió una desazón que le reconcomía las entrañas. Tal vez no la volvería a ver más, ni escucharía su voz de terciopelo, ni disfrutaría de sus caricias, ni de su sonrisa un poco infantil, ni de la suavidad de aquellos besos que amorosamente depositaba en su cuello después de disfrutar de un momento de intimidad. Pedro vio como sus sueños de una vida diferente se desplomaban como un edificio en ruinas. La única esperanza de disfrutar de un trozo de felicidad era ese hijo que venía en camino. Por él había renunciado a todo lo demás.

Jorge se fue a Bolonia una semana más tarde de que Lucía regresara a Madrid. Despedirse de él fue como dejar atrás de manera definitiva una etapa de su vida. Ya no habría más cenas de fin de semana, ni mas cañas tomadas a la calidez de un bar cualquiera. Además significaba quedarse solo con Natalia y dadas las circunstancias no le agradaba demasiado. No podía evitar pensar que Natalia era la persona que había desbaratado sus planes de futuro, pero también era cierto que era la madre del niño que estaba en camino, y que él había decidido quedarse a su lado de manera voluntaria. Por eso quería que las cosas fueran bien, que la relación, a pesar de lo ocurrido, siguiera fluyendo como siempre. En ningún momento se planteó que Natalia pudiese saber algo de su relación con Lucía, ni por supuesto que su embarazo fuese ficticio.

Ella se mostraba feliz, como si su preñez fuera buscada y deseada, y además parecía que se habían despertado sus apetitos sexuales, pues casi todas las noches le buscaba y él cumplía, a veces a regañadientes, pero lo hacía, pensando casi siempre en la chica inalcanzable que había dejado escapar como el globo que sube hacia el cielo y que jamás va a volver.

Fue al final del verano cuando estalló la tormenta. Natalia no se daba quedado en estado y por ende su vientre no crecía. Por suerte, cuando fingía ir al médico, Pedro nunca insistía en acompañarla, pero no podía permanecer así eternamente. A finales de agosto él viajó a Madrid para pasar unos días con su familia, momento que aprovechó Natalia para plantear al doctor su problema. Le dijo que hacía más de dos años que intentaba quedarse embarazada, pues sabía que si le contaba la verdad y le decía que apenas hacía tres meses que buscaba un embarazo, no le harían las pruebas necesarias para detectar cualquier posible problema. El médico, después de hacerle unas cuantas preguntas, la citó dos días más tarde para comenzar con el estudio que permitiría averiguar si existía algún problema.

Natalia pasó aquellos dos días muy intranquila. Le daba vueltas a la cabeza pensando en cómo salir de semejante atolladero. Si no se daba quedado embarazada sus planes se complicarían en extremo. Pensó que siempre podría fingir un aborto, pero lo más seguro era que en ese caso Pedro acabara marchándose de su lado. También existía la posibilidad de intentarlo por otro lado, siempre habría algún tipo medio salido dispuesto a calentar su cama.

Por fin llegó el momento de las pruebas médicas. Le efectuaron todo tipo de análisis y le revolvieron las entrañas una y otra vez. Cuando por fin terminaron le dijeron que en unas dos semanas la llamarían para comunicarle los resultados. Se marchó de la clínica rogando a los hados para que todo saliera correctamente y su cuerpo estuviera en perfectas condiciones para engendrar ese hijo que le permitiría conservar el amor de Pedro. Claro que.... siempre podía ser él quien tuviera dificultades para ser padre. Prefirió no darle demasiadas vueltas a la cabeza. Tres días después su novio llegaba de Madrid y deseaba disfrutar a tope lo que quedaba de vacaciones antes de comenzar el curso de nuevo.

Durante su estancia en la capital Pedro no cesó de pensar en Lucía. Sabía que estaba muy cerca de ella físicamente, que entre tantas miles de almas que se movían por la ciudad un día y otro día, una era la de ella. Y sin embargo estaban tan lejos...

Una tarde se atrevió a acercarse a la casa de la abuela, aquélla en la que un día la había recogido para regresar al pueblo. Aparcó el coche en un lado de la calle, medio escondido entre los contenedores de la basura y se dispuso a esperar no sabían muy bien qué. La vivienda presentaba evidentes signos de estar habitada. Las persianas estaban subidas y el césped que la rodeaba cuidadosamente cortado, así que en cualquier momento se podría ver a cualquier persona merodeando por allí. Y sí, al cabo de un rato, de la casa salió una mujer que Pedro reconoció como la abuela de Lucía y detrás de ella... allí estaba, evidentemente no había cambiado nada, pues hacía apenas dos meses que se había vuelto a Madrid. Tenía la misma melena recogida en un moño revuelto y descuidado, como hacía casi siempre, el mismo cuerpo ancho y generoso, y desde lejos se adivinaba la misma sonrisa. Hablaba animadamente con la abuela. Parecía que se estaban despidiendo. Lucía besó a su abuela en la mejilla y la mujer le correspondió con una cariñosa caricia en el rostro. Después se fue caminando calle abajo y la chica entró de nuevo en la casa. Pedro la vio cerrar la verja y luego la puerta de entrada a la casa y le dio la impresión de que allí, en aquella vivienda, quedaba encerrado un futuro de felicidad que había dejado escapar.

*

Notó a Natalia un poco extraña, un poco nerviosa, tal vez preocupada, pero no le dio demasiada importancia y lo achacó a su embarazo. Le preguntó si había ido al médico y ella le contestó escuetamente que sí y que todo parecía ir bien, que le habían hecho unas pruebas y le darían los resultados en unos días. Pero lo cierto es que una mañana, cuando se levantaron, Pedro se dio cuenta de que la sábana estaba ligeramente manchada de sangre. Al principio no pensó que tuviera nada que ver con el embarazo de Natalia, pero después de revisarse todo el cuerpo y comprobar que no tenía ninguna lesión visible, se alarmó ante la posibilidad de que su novia estuviera sufriendo un amago de aborto. Natalia dormía de frente a él. Él rodeó la cama y suavemente apartó las sábanas. El pijama de su novia estaba también manchado de sangre. Su primera reacción fue despertarla y avisarla de que algo no marchaba bien, pero de pronto una luz iluminó su cerebro. ¿Y si aquello fuera una señal de que no existía tal embarazo? Volvió a tapar su novia y se dirigió a la cocina a preparar el café.

Era lunes, el último lunes antes de que comenzara el curso de nuevo y hacía un sol resplandeciente. Tal vez aprovechara para pasar una tarde de tranquilidad y relax en la playa... o tal vez tuviera que pasar el día en urgencias del hospital. Cuando la cafetera terminaba su cometido Natalia apareció en la cocina con las sábanas enrolladas entre sus manos.

–Buenos días, cariño – dijo besándolo ligeramente en los labios.

Luego metió las sábanas apresuradamente dentro de la lavadora.

–¿Por qué lavas las sábanas hoy? – preguntó Pedro – Normalmente las cambiamos los sábados.

–Cierto. Pero este sábado se me ha olvidado. Oye ¿tienes algún plan para esta tarde? Yo había quedado con mi amiga Pilar para ir hasta La Coruña y mirar las últimas rebajas ¿Te importa?

Pedro negó con la cabeza. Las incipientes sospechas que habían sacudido su cerebro apenas unos minutos antes cobraban visos de convertirse en realidad. Natalia había descubierto las sábanas manchadas y no le había dado importancia alguna. Aquello no era una amenaza de aborto, aquello era una menstruación en toda regla, nunca mejor dicho. Y esa misma tarde iba a averiguarlo.



miércoles, 3 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 18

 


Cuando le comentó a su abuela su proyecto de hacer un pequeño viaje sola la mujer se mostró un poco reticente. A pesar de que Lucía tenía ya treinta y cinco años ella la veía todavía como una niña. Le parecía mucho más vulnerable de lo que en realidad era y siempre había desarrollado un enorme instinto de protección hacia la muchacha, sobre todo desde la muerte de sus padres, aunque cuando había ocurrido la desgracia ya era mayor. Era consciente, sin embargo, de que ese mismo instinto de protección le había llevado en su día a enemistarse con su nieta, pues Lucía, independiente como era, lo había confundido con un afán desmesurado por meterse en su vida. No la culpaba, al fin y al cabo los jóvenes a veces no entendían ciertas actitudes de sus mayores hasta que ellos mismo lo eran, pero había llevado ciertamente mal aquellos años de hostilidad y ahora que la había recuperado no deseaba perderla de nuevo. Por eso fue muy prudente a la hora de mostrarle su recelo a ese proyectado viaje que deseaba hacer sin más compañía que ella misma. A la abuela Soledad no le parecía que ese deseo fuera real. La verdad era que Lucía estaba sola, pues sus amigas de antaño tenían sus vidas, unas vidas en las que su nieta ya no encajaba porque las circunstancias de unas y de otras eran bien distintas. Las amigas de Lucía estaba casadas o vivían en pareja, algunas de ellas tenían hijos, y todo eso a ella se le había quedado por el camino, pegado a la piel de un hombre que la había abandonado.

Por todo ello, unos días después de que le comunicara sus descabelladas intenciones, se le ocurrió una idea que, seguramente, la haría desistir de las mismas. Tenían unos parientes en San Francisco, unos primos lejanos a los que no veía desde hacía muchos años, aunque mantenían contacto frecuente por diversos medios. Desde hacía tiempo insistían en que tenía que ir a hacerles una visita y a ella no le parecía mal del todo, simplemente le echaba para atrás le idea, precisamente, de viajar sola y tener que hacer transbordo de aviones en enormes aeropuertos desconocidos. Si le proponía a Lucía que la acompañara y ella aceptaba habría matado dos pájaros de un tiro, por un lado evitaría su viaje solitario y por otro habría encontrado la ocasión ideal para hacer aquella visita tantas veces pospuesta.

Así pues una noche de aquellas en las que tomaban el fresco sentadas en el porche trasero de la casa, le propuso la idea de manera sutil, para no despertar reticencias.

–Lucía, hija ¿sigues con la idea de tu viaje? – le preguntó.

–Supongo que sí, abuela. El verano pasado me agobió quedarme todo el tiempo aquí, en Madrid, así que este verano me gustaría ir a algún lado.

–Y.... ¿a dónde irás? Supongo que deberías ir preparando, mirando destinos.... ¿no?

–Es que no sé todavía a dónde quiero ir, tal vez a Atenas... o a Londres.... no sé.

Aquellas dudas eran perfectas. Estaba segura de que Lucía no vacilaría un instante en acompañarla a su aventura californiana.

–Lucía ¿recuerdas a Francisca y a Mateo?

–¿Tus primos de San Francisco? Claro que los recuerdo. Hace tiempo que no vienen por España. Tienen una nieta que debe ser de mi edad ¿verdad abuela?

–Exactamente. Marion se llama. Oye, Lucía, estoy pensando en ir a visitarlos. Me han invitado muchas veces y aunque nunca les he dicho que no, la verdad es que no me decido a hacer el viaje yo sola. No quiero estropear tus planes ni forzarte pero ¿te gustaría acompañarme este verano?

Lucía abrió los ojos como platos y miró a su abuela atónita. Nunca hubiera esperado semejante proposición, no tenía ni idea de que su moderna abuela pensara hacer un viaje a los Estados Unidos, pero desde luego estaba encantada de acompañarla.

–¿De verdad crees que necesitas preguntármelo? A la mierda mi viaje sola. ¿Cuándo nos vamos?

*

El tres de agosto Lucía y su abuela tomaban el avión rumbo a San Francisco con escala en Londres. Eran catorce horas de vuelo que a la chica no le hacían ninguna gracia. La abuela, sin embargo, se sentía entusiasmada ante aquel viaje tantas veces proyectado y soñado que nunca se había materializado hasta entonces, y era tal la emoción que la embargaba, que no pensaba ni le importaba lo más mínimo el hecho de tener que pasarse un montón de horas encerradas en aquel pájaro de hierro.

Llegaron al aeropuerto a las doce de la mañana y facturaron el equipaje. El vuelo salía a la una y media de la tarde. Mientras esperaban dieron una vuelta por el aeropuerto, tomaron un café y compraron unas revistas para entretenerse un poco durante el vuelo. Finalmente se subieron al aparato y pusieron rumbo a Londres y después a San Francisco.

Cuando ya estaban cruzando el Atlántico la abuela se quedó dormida. Lucía cerró los ojos e intentó hacer lo mismo, pero no lo conseguía. Entonces se puso a pensar en Pedro. No lo había olvidado, pensaba en él de manera puntual durante el día y casi todas las noches cuando se acostaba. A pesar de la decisión que él había tomado, no le guardaba rencor y nada le gustaría más que un día apareciese por sorpresa y le dijera que se había equivocado, que había comprendido que un hijo no es motivo suficiente para mantener unida a una pareja que ya no se ama, que no había podido olvidarla y que le perdonase. Sería hermoso que sus sueños se convirtiera en realidad y que pudieran emprender una vida juntos, esa vida tranquila y sencilla que ella había imaginado tantas veces. Una casa, unos hijos, un perro tal vez, algún viaje de vez en cuando, cenas y reuniones con los amigos, sus trabajos... no pedía más... ni menos. Con Lázaro le había faltado poco para conseguirlo, pero ese poco indefinido se había convertido en un escollo insalvable. Y luego todo se fue al garete. Con Pedro había pensado conseguirlo. Había tenido la sensación de que él era el hombre que esperaba desde siempre, ese ser a medida, esa otra mitad que existe en algún lugar del mundo y que a veces es imposible de encontrar. Ella había tenido la inmensa suerte de encontrarle, pero se le había escurrido entre las manos, como cuando de pequeña iba a pescar con su padre y los peces le resbalaban entre los dedos al intentar quitarlos del anzuelo.

A aquellas alturas ya tenía que haber sido padre y estaría inmensamente feliz con su hijo, tanto, que aquella felicidad ciega y rebosante le haría olvidar que Natalia no era la mujer de su vida y que ella, la mujer de su vida, había volado lejos de su lado y lo añoraba con insistencia

Miró por la ventanilla y vio el mar azul e inmenso allí abajo y sin saber muy bien por qué la invadió una incomprensible melancolía que hizo brotar de sus ojos una lágrima traicionera. Pedro... cómo lo echaba de menos, cuánto había llegado a amarlo pese al poco tiempo que pudieron disfrutar de su amor prohibido.

Cuando volvió la cabeza hacia su abuela, ésta había despertado y la miraba. Lucía se limpió apresuradamente las lágrimas con el dorso de su mano y le sonrió intentando disimular su congoja.

–¿Qué tal abuela? ¿Cómo te ha sentado esa cabezadita?

La abuela, en lugar de responderle, la siguió mirando con aquellos ojos grises normalmente tan vitales y que en aquellos momentos destilaban preocupación, inquietud.

–¿Qué ocurre, Lucía? ¿Por qué lloras? Pensé que estarías feliz de hacer este viaje conmigo y que se te olvidarían las preocupaciones.

Lucía tomó la mano de su abuela y la apretó entre las suyas. Le dedicó una sonrisa con la que intento borrar su pesadumbre y le dijo:

–Y estoy feliz, muy feliz de viajar contigo, abuela. Pero a veces, aunque no quiera, los recuerdos me abruman. Echo mucho de menos a Pedro. A lo mejor es una tontería lo que voy a decir, pero añoro la vida que nunca tuve junto a él, la vida que yo me imaginaba junto a él. Y... bueno, miraba el mar y me entró un poco la nostalgia. Pero estoy bien, de verdad.

Soledad se sintió aliviada y también sonrió levemente. Luego pensó en el número de teléfono de Pedro que guardaba en su propio teléfono. Tal vez algún día fuera necesario utilizarlo.

lunes, 1 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 17

 


María estuvo algunas semanas más en el hospital. Durante aquel tiempo Lucía acudía muchas tardes a visitarla. Casi siempre coincidía con la madre de María o alguna hermana. Todo el mundo parecía alegrarse del acercamiento que se había producido entre ambas y nadie, ni siquiera la propia María, nombraron en ningún momento a Lázaro ni a aquel bebé que había nacido pocos meses antes. Lucía sabía que cuando su amiga se repusiera del todo y saliera del hospital, en algún momento en que estuvieran solas hablarían de lo ocurrido. En el fondo era necesario para entender razones, para comprender actitudes, para perdonar y liberar el corazón de aquel resquicio de malestar que todavía lo agitaba cuando la mente volaba al pasado.

Ocurrió una tarde de principios de verano, ya terminado el curso, cuando se encontraron de casualidad paseando por las calles de una ciudad cuyo asfalto comenzaba ya a hervir con el sol de junio. María empujaba una sillita en la que iba sentado un bebé de unos meses que Lucía no dudo en identificar como el hijo de Lázaro, dado lo mucho que se parecía a él. Era la primera vez que veía al niño y la primera vez que se encontraba con su amiga fuera del hospital y del instituto, pues si bien es cierto que se habían acercado, todavía faltaba mucho para recuperar la complicidad de antaño, si es que fuera posible, y desde que María había salido del hospital apenas sí se habían vuelto a ver más que algún día en el instituto. Sin embargo aquella bochornosa tarde el destino se empeñó en que pasaran por el mismo lugar a la misma hora, parecía como si quisiera forzar un encuentro que aunque ambas sabían necesario, ni la una ni la otra se habían atrevido a plantear en su momento.

Después de saludarse con afecto, María le propuso tomar un refresco juntas en alguna terraza a la sombra, a lo que Lucía accedió a pesar de que estaba deseando llegar a casa, cansada como se sentía después de unas horas de compras.

No bien se hubieron sentado el niño se durmió y ante unas cañas bien frías mantuvieron una conversación no por necesaria menos temida. Comenzó de casualidad, al comentar Lucía lo pronto que se había dormido el niño y preguntar a su madre si era tan bueno como parecía, pues durante el tiempo que habían estado juntas no se había quejado para nada.

–Es bueno – respondió la madre – de bebé lloraba bastante debido a los gases, pero ahora es bueno, claro que antes su padre lo cuidaba mucho, ahora se lo lleva los fines de semana que le toca y ya está.

Lucía se revolvió incómoda en el asiento sin saber qué decir, o qué no decir. Finalmente optó por mantenerse callada esperando que María se lanzara a hablar.

–Nos hemos separado – dijo – las cosas no resultaron entre los dos. Lucía.... no sé cómo comenzar a decirte.... quiero pedirte perdón por lo que te hice, por haberte quitado a Lázaro... me.... me enamoré y no vi más allá.

Lucía suspiró, como siempre que se enfrentaba con una situación desagradable. Miró a su amiga de frente y le dijo:

–Me hiciste daño, ciertamente. Aunque con el tiempo me di cuenta de que separarme de Lázaro no fue tan malo. Conocí al amor de mi vida, María. Aunque ya no estoy con él, duró poco por circunstancias que no vienen al caso. Pero fui tan feliz a su lado... Me hizo olvidar a Lázaro.

María la miró interrogante, pues apenas entendía las palabras de su amiga. ¿Cómo era posible que después de permanecer tantos años al lado de un hombre, amando a un hombre, lo hubiera olvidado tan pronto?

–Lázaro no era la persona que yo pensaba – prosiguió Lucía – o mejor dicho, la persona que yo me empeñaba en dibujar para mí. Mi abuela, ya hace unos años, me dijo que lo había visto por la calle en actitud comprometida con otra mujer y yo no quise creerla. El amor hace que a veces vivamos ciegos ante lo que no queremos ver.

–Tienes razón. Yo fui una ilusa. No sé por qué creí que yo era especial y que podía hacerle cambiar.

Lucía miró asombrada a su amiga. Sus palabras cargadas de amargura le hacían suponer que María sabía cómo era Lázaro y aún así se había rendido ante sus pies. No dijo nada, la dejó continuar hablando y escuchó con atención.

–Estaba enamorada de él desde que éramos niñas, cuando apareció en el instituto y arrasó todo con su encanto. Pero él te prefirió a ti y yo supe que no podía hacer nada. Eras mi amiga y tenía que resignarme. Ya sabes lo que fue mi vida amorosa. Hoy uno, mañana otro... tuve oportunidades de una relación estable, pero fíjate tú qué tontería, a todos comparaba con Lázaro, con un amor adolescente que ni siquiera había llegado a probar. El tiempo borró la inocencia, mi inocencia, y cuando me di cuenta de que despertaba cierta atracción en él me lancé de cabeza sin importarme el daño que pudiera hacerte. Fui su amante durante unos años, aunque sabía que no era la única. Él me contaba que te quería, pero que la vida se había hecho algo aburrida a tu lado, que la rutina había ido ganando terreno y que sentía que necesitaba vivir nuevas experiencias. Nuevas experiencias.... ja, como si no las estuviera viviendo ya desde siempre. Un día me dijo que ya no aguantaba más y que quería probar a vivir a mi lado. El resto ya lo sabes. Luego me quedé embarazada.... pero Lázaro no está hecho para tener hijos. El niño fue el detonante de nuestra separación. Era buen padre, creo que lo sigue siendo, pero tenía que hacer grandes esfuerzos para soportar el llanto de Cristian cuando le daban los ataques de gases, incluso para cambiarle los pañales, y no fue capaz. Se fue de casa poco antes de mi accidente y ¿sabes qué excusa me puso?

Lucía negó con la cabeza mirando a aquella mujer que le hablaba con la misma amargura que había sentido ella dentro de sí tiempo atrás.

–Que se había dado cuenta de que todavía te quería y que estaba pensando en reconquistarte.

Lucía no pudo evitar echar su cabeza hacia atrás y estallar en una sonora carcajada. No entraba en sus planes volver con Lázaro ni por asomo, no volvería a tropezar en la misma piedra. Había conocido lo que era el amor de verdad, ese sentimiento puro, profundo, que hace que veas a la persona amada no solo como amante sino también como amigo y confidente. No, con Lázaro jamás había sentido eso a pesar de haber pasado tantos años a su lado. Eso sólo lo había sentido con Pedro. Era probable que no pudiera recuperarlo jamás. Era posible que a lo largo de su vida fuera encontrando otros amores, y aunque en aquellos precisos momentos no le apetecía iniciar una nueva relación, sí deseaba en un futuro volver a encontrar el amor, disfrutar de las caricias y los besos de alguien que la amara, perderse en una noche de fiesta o pasar una tarde de domingo en casa viendo alguna película mientras fuera la lluvia golpeaba con fuerza los cristales. Pero nada de eso iba a suceder con Lázaro, eso lo tenía más que claro.

–¡Valiente tontería! – dijo cuando por fin paró de reír – Pero ¿qué se cree ese tío? ¿Que yo estoy tan desesperada como para volver a su lado después de mentirme y engañarme como lo hizo? Por mí puede esperar sentado.

–¿No se ha puesto en contacto contigo? – preguntó María.

–Por supuesto que no, y espero que no lo haga. Lo que menos deseo es tener que enfrentarme a él.

El pequeño Cristian despertó y su madre lo tomó en brazos.

–No sé, Lucía. Ya sabes que Lazaro es muy convincente, muy insistente. Y yo siempre os vi como la pareja ideal. Bueno, siempre no, hasta que me enteré de sus correrías.

A Lucía le estaba molestando un poco aquella conversación. Tal parecía que María estuviera empeñada en volver a emparejarla con su antiguo novio. Admitía su perdón y a pesar de lo ocurrido deseaba volver a recuperar la profunda amistad que había existido entre ambas, pero le gustaría también relegar a Lázaro a un rincón de sus recuerdos.

–No lo éramos ni lo vamos a volver a ser – dijo dando por zanjada la conversación.

Miró el reloj y se dio cuenta de que habían estado allí sentadas más de una hora. Tenía que volver a casa o de lo contrario su abuela comenzaría a preocuparse.

–Tengo que marchar María, se me está haciendo muy tarde. ¿Te quedarás todo el verano en Madrid? – preguntó levantándose de la silla y recogiendo las bolsas que había posado en el suelo.

–Supongo que iré unas semanas al pueblo, a ver a mis abuelos ¿Y tú?

–No lo sé. Igual me hago algún viaje sola, me apetece probar eso de viajar en soledad. A ver cómo se me da.

Se despidieron con el propósito de verse pronto y cada una siguió su camino.