miércoles, 3 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 18

 


Cuando le comentó a su abuela su proyecto de hacer un pequeño viaje sola la mujer se mostró un poco reticente. A pesar de que Lucía tenía ya treinta y cinco años ella la veía todavía como una niña. Le parecía mucho más vulnerable de lo que en realidad era y siempre había desarrollado un enorme instinto de protección hacia la muchacha, sobre todo desde la muerte de sus padres, aunque cuando había ocurrido la desgracia ya era mayor. Era consciente, sin embargo, de que ese mismo instinto de protección le había llevado en su día a enemistarse con su nieta, pues Lucía, independiente como era, lo había confundido con un afán desmesurado por meterse en su vida. No la culpaba, al fin y al cabo los jóvenes a veces no entendían ciertas actitudes de sus mayores hasta que ellos mismo lo eran, pero había llevado ciertamente mal aquellos años de hostilidad y ahora que la había recuperado no deseaba perderla de nuevo. Por eso fue muy prudente a la hora de mostrarle su recelo a ese proyectado viaje que deseaba hacer sin más compañía que ella misma. A la abuela Soledad no le parecía que ese deseo fuera real. La verdad era que Lucía estaba sola, pues sus amigas de antaño tenían sus vidas, unas vidas en las que su nieta ya no encajaba porque las circunstancias de unas y de otras eran bien distintas. Las amigas de Lucía estaba casadas o vivían en pareja, algunas de ellas tenían hijos, y todo eso a ella se le había quedado por el camino, pegado a la piel de un hombre que la había abandonado.

Por todo ello, unos días después de que le comunicara sus descabelladas intenciones, se le ocurrió una idea que, seguramente, la haría desistir de las mismas. Tenían unos parientes en San Francisco, unos primos lejanos a los que no veía desde hacía muchos años, aunque mantenían contacto frecuente por diversos medios. Desde hacía tiempo insistían en que tenía que ir a hacerles una visita y a ella no le parecía mal del todo, simplemente le echaba para atrás le idea, precisamente, de viajar sola y tener que hacer transbordo de aviones en enormes aeropuertos desconocidos. Si le proponía a Lucía que la acompañara y ella aceptaba habría matado dos pájaros de un tiro, por un lado evitaría su viaje solitario y por otro habría encontrado la ocasión ideal para hacer aquella visita tantas veces pospuesta.

Así pues una noche de aquellas en las que tomaban el fresco sentadas en el porche trasero de la casa, le propuso la idea de manera sutil, para no despertar reticencias.

–Lucía, hija ¿sigues con la idea de tu viaje? – le preguntó.

–Supongo que sí, abuela. El verano pasado me agobió quedarme todo el tiempo aquí, en Madrid, así que este verano me gustaría ir a algún lado.

–Y.... ¿a dónde irás? Supongo que deberías ir preparando, mirando destinos.... ¿no?

–Es que no sé todavía a dónde quiero ir, tal vez a Atenas... o a Londres.... no sé.

Aquellas dudas eran perfectas. Estaba segura de que Lucía no vacilaría un instante en acompañarla a su aventura californiana.

–Lucía ¿recuerdas a Francisca y a Mateo?

–¿Tus primos de San Francisco? Claro que los recuerdo. Hace tiempo que no vienen por España. Tienen una nieta que debe ser de mi edad ¿verdad abuela?

–Exactamente. Marion se llama. Oye, Lucía, estoy pensando en ir a visitarlos. Me han invitado muchas veces y aunque nunca les he dicho que no, la verdad es que no me decido a hacer el viaje yo sola. No quiero estropear tus planes ni forzarte pero ¿te gustaría acompañarme este verano?

Lucía abrió los ojos como platos y miró a su abuela atónita. Nunca hubiera esperado semejante proposición, no tenía ni idea de que su moderna abuela pensara hacer un viaje a los Estados Unidos, pero desde luego estaba encantada de acompañarla.

–¿De verdad crees que necesitas preguntármelo? A la mierda mi viaje sola. ¿Cuándo nos vamos?

*

El tres de agosto Lucía y su abuela tomaban el avión rumbo a San Francisco con escala en Londres. Eran catorce horas de vuelo que a la chica no le hacían ninguna gracia. La abuela, sin embargo, se sentía entusiasmada ante aquel viaje tantas veces proyectado y soñado que nunca se había materializado hasta entonces, y era tal la emoción que la embargaba, que no pensaba ni le importaba lo más mínimo el hecho de tener que pasarse un montón de horas encerradas en aquel pájaro de hierro.

Llegaron al aeropuerto a las doce de la mañana y facturaron el equipaje. El vuelo salía a la una y media de la tarde. Mientras esperaban dieron una vuelta por el aeropuerto, tomaron un café y compraron unas revistas para entretenerse un poco durante el vuelo. Finalmente se subieron al aparato y pusieron rumbo a Londres y después a San Francisco.

Cuando ya estaban cruzando el Atlántico la abuela se quedó dormida. Lucía cerró los ojos e intentó hacer lo mismo, pero no lo conseguía. Entonces se puso a pensar en Pedro. No lo había olvidado, pensaba en él de manera puntual durante el día y casi todas las noches cuando se acostaba. A pesar de la decisión que él había tomado, no le guardaba rencor y nada le gustaría más que un día apareciese por sorpresa y le dijera que se había equivocado, que había comprendido que un hijo no es motivo suficiente para mantener unida a una pareja que ya no se ama, que no había podido olvidarla y que le perdonase. Sería hermoso que sus sueños se convirtiera en realidad y que pudieran emprender una vida juntos, esa vida tranquila y sencilla que ella había imaginado tantas veces. Una casa, unos hijos, un perro tal vez, algún viaje de vez en cuando, cenas y reuniones con los amigos, sus trabajos... no pedía más... ni menos. Con Lázaro le había faltado poco para conseguirlo, pero ese poco indefinido se había convertido en un escollo insalvable. Y luego todo se fue al garete. Con Pedro había pensado conseguirlo. Había tenido la sensación de que él era el hombre que esperaba desde siempre, ese ser a medida, esa otra mitad que existe en algún lugar del mundo y que a veces es imposible de encontrar. Ella había tenido la inmensa suerte de encontrarle, pero se le había escurrido entre las manos, como cuando de pequeña iba a pescar con su padre y los peces le resbalaban entre los dedos al intentar quitarlos del anzuelo.

A aquellas alturas ya tenía que haber sido padre y estaría inmensamente feliz con su hijo, tanto, que aquella felicidad ciega y rebosante le haría olvidar que Natalia no era la mujer de su vida y que ella, la mujer de su vida, había volado lejos de su lado y lo añoraba con insistencia

Miró por la ventanilla y vio el mar azul e inmenso allí abajo y sin saber muy bien por qué la invadió una incomprensible melancolía que hizo brotar de sus ojos una lágrima traicionera. Pedro... cómo lo echaba de menos, cuánto había llegado a amarlo pese al poco tiempo que pudieron disfrutar de su amor prohibido.

Cuando volvió la cabeza hacia su abuela, ésta había despertado y la miraba. Lucía se limpió apresuradamente las lágrimas con el dorso de su mano y le sonrió intentando disimular su congoja.

–¿Qué tal abuela? ¿Cómo te ha sentado esa cabezadita?

La abuela, en lugar de responderle, la siguió mirando con aquellos ojos grises normalmente tan vitales y que en aquellos momentos destilaban preocupación, inquietud.

–¿Qué ocurre, Lucía? ¿Por qué lloras? Pensé que estarías feliz de hacer este viaje conmigo y que se te olvidarían las preocupaciones.

Lucía tomó la mano de su abuela y la apretó entre las suyas. Le dedicó una sonrisa con la que intento borrar su pesadumbre y le dijo:

–Y estoy feliz, muy feliz de viajar contigo, abuela. Pero a veces, aunque no quiera, los recuerdos me abruman. Echo mucho de menos a Pedro. A lo mejor es una tontería lo que voy a decir, pero añoro la vida que nunca tuve junto a él, la vida que yo me imaginaba junto a él. Y... bueno, miraba el mar y me entró un poco la nostalgia. Pero estoy bien, de verdad.

Soledad se sintió aliviada y también sonrió levemente. Luego pensó en el número de teléfono de Pedro que guardaba en su propio teléfono. Tal vez algún día fuera necesario utilizarlo.

lunes, 1 de febrero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 17

 


María estuvo algunas semanas más en el hospital. Durante aquel tiempo Lucía acudía muchas tardes a visitarla. Casi siempre coincidía con la madre de María o alguna hermana. Todo el mundo parecía alegrarse del acercamiento que se había producido entre ambas y nadie, ni siquiera la propia María, nombraron en ningún momento a Lázaro ni a aquel bebé que había nacido pocos meses antes. Lucía sabía que cuando su amiga se repusiera del todo y saliera del hospital, en algún momento en que estuvieran solas hablarían de lo ocurrido. En el fondo era necesario para entender razones, para comprender actitudes, para perdonar y liberar el corazón de aquel resquicio de malestar que todavía lo agitaba cuando la mente volaba al pasado.

Ocurrió una tarde de principios de verano, ya terminado el curso, cuando se encontraron de casualidad paseando por las calles de una ciudad cuyo asfalto comenzaba ya a hervir con el sol de junio. María empujaba una sillita en la que iba sentado un bebé de unos meses que Lucía no dudo en identificar como el hijo de Lázaro, dado lo mucho que se parecía a él. Era la primera vez que veía al niño y la primera vez que se encontraba con su amiga fuera del hospital y del instituto, pues si bien es cierto que se habían acercado, todavía faltaba mucho para recuperar la complicidad de antaño, si es que fuera posible, y desde que María había salido del hospital apenas sí se habían vuelto a ver más que algún día en el instituto. Sin embargo aquella bochornosa tarde el destino se empeñó en que pasaran por el mismo lugar a la misma hora, parecía como si quisiera forzar un encuentro que aunque ambas sabían necesario, ni la una ni la otra se habían atrevido a plantear en su momento.

Después de saludarse con afecto, María le propuso tomar un refresco juntas en alguna terraza a la sombra, a lo que Lucía accedió a pesar de que estaba deseando llegar a casa, cansada como se sentía después de unas horas de compras.

No bien se hubieron sentado el niño se durmió y ante unas cañas bien frías mantuvieron una conversación no por necesaria menos temida. Comenzó de casualidad, al comentar Lucía lo pronto que se había dormido el niño y preguntar a su madre si era tan bueno como parecía, pues durante el tiempo que habían estado juntas no se había quejado para nada.

–Es bueno – respondió la madre – de bebé lloraba bastante debido a los gases, pero ahora es bueno, claro que antes su padre lo cuidaba mucho, ahora se lo lleva los fines de semana que le toca y ya está.

Lucía se revolvió incómoda en el asiento sin saber qué decir, o qué no decir. Finalmente optó por mantenerse callada esperando que María se lanzara a hablar.

–Nos hemos separado – dijo – las cosas no resultaron entre los dos. Lucía.... no sé cómo comenzar a decirte.... quiero pedirte perdón por lo que te hice, por haberte quitado a Lázaro... me.... me enamoré y no vi más allá.

Lucía suspiró, como siempre que se enfrentaba con una situación desagradable. Miró a su amiga de frente y le dijo:

–Me hiciste daño, ciertamente. Aunque con el tiempo me di cuenta de que separarme de Lázaro no fue tan malo. Conocí al amor de mi vida, María. Aunque ya no estoy con él, duró poco por circunstancias que no vienen al caso. Pero fui tan feliz a su lado... Me hizo olvidar a Lázaro.

María la miró interrogante, pues apenas entendía las palabras de su amiga. ¿Cómo era posible que después de permanecer tantos años al lado de un hombre, amando a un hombre, lo hubiera olvidado tan pronto?

–Lázaro no era la persona que yo pensaba – prosiguió Lucía – o mejor dicho, la persona que yo me empeñaba en dibujar para mí. Mi abuela, ya hace unos años, me dijo que lo había visto por la calle en actitud comprometida con otra mujer y yo no quise creerla. El amor hace que a veces vivamos ciegos ante lo que no queremos ver.

–Tienes razón. Yo fui una ilusa. No sé por qué creí que yo era especial y que podía hacerle cambiar.

Lucía miró asombrada a su amiga. Sus palabras cargadas de amargura le hacían suponer que María sabía cómo era Lázaro y aún así se había rendido ante sus pies. No dijo nada, la dejó continuar hablando y escuchó con atención.

–Estaba enamorada de él desde que éramos niñas, cuando apareció en el instituto y arrasó todo con su encanto. Pero él te prefirió a ti y yo supe que no podía hacer nada. Eras mi amiga y tenía que resignarme. Ya sabes lo que fue mi vida amorosa. Hoy uno, mañana otro... tuve oportunidades de una relación estable, pero fíjate tú qué tontería, a todos comparaba con Lázaro, con un amor adolescente que ni siquiera había llegado a probar. El tiempo borró la inocencia, mi inocencia, y cuando me di cuenta de que despertaba cierta atracción en él me lancé de cabeza sin importarme el daño que pudiera hacerte. Fui su amante durante unos años, aunque sabía que no era la única. Él me contaba que te quería, pero que la vida se había hecho algo aburrida a tu lado, que la rutina había ido ganando terreno y que sentía que necesitaba vivir nuevas experiencias. Nuevas experiencias.... ja, como si no las estuviera viviendo ya desde siempre. Un día me dijo que ya no aguantaba más y que quería probar a vivir a mi lado. El resto ya lo sabes. Luego me quedé embarazada.... pero Lázaro no está hecho para tener hijos. El niño fue el detonante de nuestra separación. Era buen padre, creo que lo sigue siendo, pero tenía que hacer grandes esfuerzos para soportar el llanto de Cristian cuando le daban los ataques de gases, incluso para cambiarle los pañales, y no fue capaz. Se fue de casa poco antes de mi accidente y ¿sabes qué excusa me puso?

Lucía negó con la cabeza mirando a aquella mujer que le hablaba con la misma amargura que había sentido ella dentro de sí tiempo atrás.

–Que se había dado cuenta de que todavía te quería y que estaba pensando en reconquistarte.

Lucía no pudo evitar echar su cabeza hacia atrás y estallar en una sonora carcajada. No entraba en sus planes volver con Lázaro ni por asomo, no volvería a tropezar en la misma piedra. Había conocido lo que era el amor de verdad, ese sentimiento puro, profundo, que hace que veas a la persona amada no solo como amante sino también como amigo y confidente. No, con Lázaro jamás había sentido eso a pesar de haber pasado tantos años a su lado. Eso sólo lo había sentido con Pedro. Era probable que no pudiera recuperarlo jamás. Era posible que a lo largo de su vida fuera encontrando otros amores, y aunque en aquellos precisos momentos no le apetecía iniciar una nueva relación, sí deseaba en un futuro volver a encontrar el amor, disfrutar de las caricias y los besos de alguien que la amara, perderse en una noche de fiesta o pasar una tarde de domingo en casa viendo alguna película mientras fuera la lluvia golpeaba con fuerza los cristales. Pero nada de eso iba a suceder con Lázaro, eso lo tenía más que claro.

–¡Valiente tontería! – dijo cuando por fin paró de reír – Pero ¿qué se cree ese tío? ¿Que yo estoy tan desesperada como para volver a su lado después de mentirme y engañarme como lo hizo? Por mí puede esperar sentado.

–¿No se ha puesto en contacto contigo? – preguntó María.

–Por supuesto que no, y espero que no lo haga. Lo que menos deseo es tener que enfrentarme a él.

El pequeño Cristian despertó y su madre lo tomó en brazos.

–No sé, Lucía. Ya sabes que Lazaro es muy convincente, muy insistente. Y yo siempre os vi como la pareja ideal. Bueno, siempre no, hasta que me enteré de sus correrías.

A Lucía le estaba molestando un poco aquella conversación. Tal parecía que María estuviera empeñada en volver a emparejarla con su antiguo novio. Admitía su perdón y a pesar de lo ocurrido deseaba volver a recuperar la profunda amistad que había existido entre ambas, pero le gustaría también relegar a Lázaro a un rincón de sus recuerdos.

–No lo éramos ni lo vamos a volver a ser – dijo dando por zanjada la conversación.

Miró el reloj y se dio cuenta de que habían estado allí sentadas más de una hora. Tenía que volver a casa o de lo contrario su abuela comenzaría a preocuparse.

–Tengo que marchar María, se me está haciendo muy tarde. ¿Te quedarás todo el verano en Madrid? – preguntó levantándose de la silla y recogiendo las bolsas que había posado en el suelo.

–Supongo que iré unas semanas al pueblo, a ver a mis abuelos ¿Y tú?

–No lo sé. Igual me hago algún viaje sola, me apetece probar eso de viajar en soledad. A ver cómo se me da.

Se despidieron con el propósito de verse pronto y cada una siguió su camino.



miércoles, 27 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 16

 


Volver a madrugar, a recorrer Madrid en metro mientras escuchaba música o leía un libro, volver a tratar con los chicos... todas esas cosas que daban sentido a su vida volvieron a estar presentes en septiembre, cuando el curso comenzó. La verdad era que ya estaba un poco harta de aquel verano ocioso que parecía no tener final. Necesitaba volver al trabajo para tener otra vez ocupada la cabeza.

El nuevo instituto estaba a dos paradas de metro, situado en un buen barrio, con modernas y amplias instalaciones. Pintaba bien. Si el alumnado era estudioso, con interés y tranquilo, ya sería el colmo de la felicidad. Y puede que lo fuera si no la estuviera esperando una desagradable sorpresa: la otra profesora de literatura era su ex amiga María. Cuando la directora las presentó apenas podía creer que el momento fuera real. Le parecía estar viviendo dentro de una pesadilla. Con lo grande que era Madrid que se la fuera a encontrar en el mismo centro de trabajo era una posibilidad que jamás se le había pasado por la mente. Pero allí estaba, delante de sus narices, con la misma cara de asombro que seguramente tendría ella misma, manteniendo el tipo como podía y saludándola con unas palabras ininteligibles antes de dar media vuelta y desaparecer de forma artificialmente apresurada. Marta, la directora, una mujer entrada en años, a punto de jubilarse, que había visto de todo entre los elencos de profesores con los que había tenido que bregar, se la quedó mirando con gesto de asombro y le preguntó si la conocía. Lucía asintió lentamente.

–Y me da la impresión de que no es precisamente amistad lo que hay entre vosotros – afirmó más que preguntó Marta.

–No precisamente – respondió Lucía.

–Pues siento decirte que compartís curso. Tendréis que poneros de acuerdo de vez en cuando para algún tema que os incumba. Es mi último año, te ruego que no me pongáis las cosas muy difíciles.

Lucía no pudo menos que sonreír ante el tono de súplica de la pobre mujer.

–No te preocupes – le contestó – Sé separar mi vida personal de la profesional. No será plato de buen gusto, pero me llevaré bien con ella. En aras a los viejos tiempos.

No estaba, sin embargo, muy segura de poder cumplir aquella promesa. Tener a María cerca significaba regresar a un pasado que necesitaba olvidar. No deseaba saber nada de su vida y mucho menos de la de Lázaro. Así se lo contaba a su abuela de regreso de su primera jornada de trabajo, mientras la mujer la escuchaba totalmente asombrada ante la absurda coincidencia que traería de nuevo infelicidad a su nieta.

–¿Y no se puede hacer algo? No sé... a lo mejor puedes pedir el traslado a otro instituto – propuso.

–Que va, lo único que puedo hacer es pillar una baja si veo que no puedo con la situación. Pero intentaré no hacerlo. No te preocupes abuela – dijo Lucía posando su mano sobre el hombro de la mujer – al parecer mi signo es luchar contra el pasado, pero ya sabes cómo soy. Tendré paciencia.

Así pues comenzó su andadura en el nuevo instituto. Le asignaron dos grupos de primero de bachiller y uno de segundo. Los otros dos grupos de primero eran para María. Afortunadamente el itinerario de las clases estaba señalado, tanto el temario como los libros que los chicos habían de leer, así que las cosas sobre las que, como había dicho la directora, debían de ponerse de acuerdo, eran mínimas. Se veían todos los días en la sala común de profesores. Allí era el lugar en el que Lucía se enteraba de detalles de la vida de su ex amiga y su ex novio que no le importaban en absoluto, pero es que María no había cambiado y siempre había sido de las que aireaba detalles de su vida sin importarle lo más mínimo que se convirtieran en temas de dominio público. Contaba a grito pelado la mala noche que les había dado el niño porque le estaban saliendo los dientes, o el maravilloso viaje que había hecho aquel verano con Lázaro a Isla Mauricio. Así Lucía supo que todo les iba muy bien y que eran muy felices. No paraban de hacer cosas, de salir los fines de semana aquí y allá, de viajar, aunque fuera al pueblo de al lado, en resumen, de disfrutar de una existencia de la que ella y Lázaro no habían disfrutado jamás porque al señorito no le apetecía. Aquello no era otra cosa que una muestra más de que su cariño llevaba tiempo fuera de combate. María había sido la guinda del postre, el empujón que necesitaba para abandonarla, nada más. Asumirlo no era plato de buen gusto, aunque en el fondo sentía que debía darle igual. Después de conocer a Pedro ¿qué coño le importaba Lázaro? Por ella podían irse de viaje al infierno. A veces pensaba que incluso estaría bien intentar un acercamiento a María y proponerle retomar la amistad perdida, a lo mejor así ella se daba cuenta de que la ruptura con Lázaro estaba más que superada y que le importaba un pimiento que fueran tan felices, es más, les deseaba que fueran mucho más felices todavía. Lo malo es que no le salía. Para que pudiera acercarse a María le faltaba un puntito de hipocresía y le sobraba demasiada sinceridad. Lucía no era buena actriz, nunca lo había sido sobre el escenario y mucho menos en la vida diaria.

Durante aquel tiempo se dirigieron la palabra en tres o cuatro ocasiones y de manera escueta, para comentar la lectura de algún libro o sincronizar el contenido de sus clases, y fuera de las historias que María contaba en la sala de profesores Lucía no sabía más sobre ella ni necesitaba saberlo.

A mediados de curso, pasadas las Navidades, Lucía se dio cuenta de que María no era la misma. Estaba pálida y ojerosa y ya no era la alegría de la sala común. Caminaba con paso cansado y en alguna ocasión Lucía creyó ver en su cara señales de haber estado llorando. Otros profesores también se dieron cuenta de aquel extraño y repentino cambio. Un día alguien le preguntó si estaba enferma y respondió que no, que tenía algunos problemas personales pero que estaba perfectamente sana. La directora le dijo que si lo consideraba necesario se podía coger una baja o al menos unos días de descanso, pero ella respondió que no, que necesitaba acudir al trabajo porque estar entretenida era la mejor forma de no pensar. Lucía intuyó que su ex amiga había descubierto la cara real de Lázaro. Pronto lo había hecho, no como ella que había perdido veinte años de su vida al lado de aquel impresentable.

Un poco antes de las vacaciones de Semana Santa el departamento de Lengua y Literatura organizó una salida al teatro con los chicos. María, la otra profesora de literatura y Lucía eran las encargadas de los alumnos, que se mostraron entusiasmados ante aquella pequeña fiesta que venía a poner un poco de luz en la rutina de las clases.

La función resultó interesante y entretenida. Nadie imaginaba lo que iba a ocurrir a la salida. María parecía más animada que de costumbre, tal vez un poco nerviosa y distraída, quizá fuera esa distracción lo que no le permitió ver el coche que venía a demasiada velocidad y que se la llevó por delante mientras los chicos estaban subiéndose al bus que los llevaría de vuelta a casa. El cuerpo de la mujer dio una voltereta en el aire y quedó tendido en el suelo en una postura imposible.

Lucía sintió una sensación extraña al ver a su antigua amiga en el suelo. De pronto desfilaron por su mente imágenes como fotogramas de los momentos felices que habían pasado juntas, y con un grito desgarrador corrió hacia ella olvidando todos los rencores que en aquellos momentos no tenían cabida en su corazón ablandado por la tragedia. Lucía se arrodilló al lado del cuerpo de María y posó su cabeza en el pecho de ella en un intento desesperado por escuchar los latidos de su corazón. Latía, sí, latía con fuerza, lo que quería decir que estaba viva. La gente comenzó a arremolinarse en torno a la accidentada, algunos de los alumnos gritaban y otros lloraban. Ruth, la otra profesora, intentaba calmarlos inútilmente. Lucía tomó las riendas de la situación. Llamó una ambulancia y le aconsejó a su compañera que llevara a los alumnos hasta el instituto y que allí diera la noticia del accidente.

–Yo iré con ella al hospital y os llamaré en cuanto sepa algo de su estado.

Así lo hizo. La ambulancia llegó pronto y se llevaron a María al hospital, donde tras un detallado examen, quedó ingresada con un par de costillas y un brazo rotos y un traumatismo craneoencefálico leve. Según los médicos había tenido mucha suerte, el golpe en la cabeza había sido amortiguado por su propio brazo.

Eran más de las doce de la noche cuando Lucía salió del hospital y dejó atrás a María. No sabía si habían avisado a sus familiares, suponía que sí, ella había llamado al instituto y la directora se había presentado poco después. Afortunadamente todo había quedado en un buen susto.

Los días siguientes fueron extraños. Lucía no sabía qué hacer. Tenía noticias de María por boca de los demás profesores, pero dudaba si debía ir a visitarla o no. Se acordaba de aquella sensación que la había envuelto cuando vio su cuerpo tirado sobre el asfalto, sin saber si estaba viva o muerta. En aquellos momentos poco había importado el enfado por el agravio cometido. En aquellos momentos María había vuelto a ser su amiga, la amiga de siempre con la que había compartido lo que jamás volvería a compartir con nadie. A lo mejor había llegado el momento de olvidar y comenzar de nuevo. Tal vez el accidente hubiera sido una señal para indicar que ya estaba bien de perder el tiempo en disgustos antiguos.

Así pues, una tarde Lucía se dirigió al hospital. Sólo esperaba no tener que encontrarse con Lázaro, en realidad no deseaba encontrarse con nadie. Quería que el momento del reencuentro fuera únicamente para ellas dos.

Cuando llegó, la puerta de la habitación estaba entornada. Los nervios hacían que su corazón latiera con fuerza. Dio unos golpes suaves y escuchó la voz de María que le indicaba que podía entrar. Lo hizo y la vio allí, frente a ella, postrada en la cama, llena de vendajes por todas partes. Se acercó lentamente sintiendo sobre sí la mirada escrutadora y asombrada de su amiga, viendo como sus ojos se volvían acuosos y una lágrima revoltosa e inquieta surcaba su mejilla erosionada por las heridas.

–Lucía – dijo con labios temblorosos.

Lucía se sentó en la cama, a su lado, y se fundieron en un abrazo que terminó con aquellos años de enojo.

lunes, 25 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 15

 



–Fue todo tan corto y la despedida tan dolorosa....Creo que lo que más me ha dolido es que con él sentía que por fin había encontrado al amor de mi vida y sin embargo...se me escapó.

Hacía dos días que Lucía había regresado a Madrid. Vivía en casa de su abuela y no sabía si se buscaría algo para ella o si se quedaría allí definitivamente. Ahora se daba cuenta de que se había precipitado un poco vendiendo su piso. A veces las cosas no salen como uno piensa y se tiene que regresar al punto de partida.

Aquella noche se encontraban ambas sentadas en el porche trasero de la casa, frente a la piscina, hablando de Pedro, de su próxima paternidad falsa y de su amor fallido.

–Te acuerdas abuela? Hace unos meses, por Navidad, una noche en la que también estábamos aquí sentadas y tú me animabas a luchar por el amor de Pedro. Luché...y perdí.

La abuela Soledad miró a su nieta con lástima. Realmente era una buena chica que no se merecía lo que le estaba ocurriendo. Pero a veces la vida es así de injusta y te da una de cal y otra de arena. Y parecía que en el terreno afectivo a Lucía le daba cal, mucha cal. Primero el impresentable de Lázaro y ahora este muchacho. Pero la abuela Soledad presentía que la historia que acababa de contar su nieta acabaría bien, que Pedro volvería a su lado cuando supiera que Natalia no estaba esperando un hijo, pues el egoísmo de esa chica no permitiría que se embarazara de verdad. No le dijo nada a Lucía para no darle falsas esperanzas. Tampoco le dijo que hacía apenas dos semanas que había visto a su antiguo novio por la calle, paseando feliz al lado de la que había sido su mejor amiga y con un bebé en un cochecito. En lugar de eso decidió contarle su propia historia, algo que jamás había confesado a nadie.

–Conocí a tu abuelo cuando yo apenas tenía diecisiete años. Había llegado al pueblo con sus padres, que regresaban de Cuba. Venían con dinero y aunque el muchacho no era muy guapo, sí era simpático, resultón y todas las mozas se lo rifaban. No sé lo que vería en mí, pero enseguida comenzamos a salir juntos, bueno salir.... hablar de vez en cuando a la salida de misa y dar un paseo los domingos. Unos meses después él conoció a otra chica y me dejó. Ella era muy diferente a mí, al menos físicamente y supongo que en su comportamiento también, yo era una chica acomodada, tranquila... y ella era mucho más extrovertida que yo. El caso es que al cabo de un año se dejaron y tu abuelo regresó a mí. Nunca quise saber por qué habían roto y durante un tiempo salí con él con ánimos de tomarme la revancha, aunque finalmente pudo más el amor que le tenía. Lo que quiero decirte con esto es que si el amor es de verdad siempre triunfa, Lucía, y Pedro seguro que regresará a tu lado.

–Pero en tu caso no había un hijo por el medio abuela – respondió Lucía con tristeza.

–En el tuyo tampoco.

Lucía suspiró y miró el reflejo de la luna en la piscina. Recordó aquella vez en Oporto, meses atrás, cuando una noche de luna llena, como aquella, Pedro le había hecho el amor sobre la alfombra blanca y mullida de aquel salón impersonal, comenzando un torbellino de sentimientos que había durado más bien poco.

–No sé por qué le quiero tanto – dijo – pero le quiero. Y me hubiera gustado estar a su lado el resto de mi vida. En fin, no voy a vivir de recuerdos, toca olvidar de nuevo. Me voy a la cama, estoy cansada.

La abuela Soledad se quedó un rato más. A ella también le gustaba mirar la luna reflejada en el agua de la piscina mientras pensaba. Se dio cuenta de que a su nieta le había quedado el móvil encima de la mesa y al cabo de un rato lo cogió. Sabía que no debía hacerlo y que si Lucía se enteraba volverían a estar a la greña, pero rebuscó entre sus contactos hasta dar con Pedro. Durante unos segundos no apartó la vista del número. La tentación de llamarlo estaba allí presente y la empujaba con insistencia. Miró el reloj. Era demasiado tarde. Anotó el número en su propio móvil y después ella también se fue a la cama.

*

Aquel fue un verano inusual para Lucía, marcado por su regreso, por la melancolía, por el recuerdo del amor fallido de Pedro y de la ingratitud de Jorge, por los calores extremos que inundaron Madrid durante aquellas semanas. Su abuela le decía que contactara con sus antiguas amigas y que se apuntara con ellas a algún viaje, aunque fuera corto, al menos le serviría para alejarse de una ciudad desierta y distraerse de sus nostálgicos pensamientos. Pero las amigas que Lucía había tenido en el pasado se encontraban desperdigadas por el mundo. Casi ninguna vivía en Madrid, salvo María, a la que desde luego no pensaba acudir.

Un atardecer de agosto, sentada en una terraza de la Gran Vía, la vio de lejos. Iba empujando el cochecito de un bebé. Lucía supuso que sería hijo suyo y de Lázaro. Seguramente formaban una familia feliz, igual a la que en un futuro próximo formarían Pedro y Natalia con su retoño. Recordó sus años de adolescencia y juventud al lado de María y sintió una punzada de añoranza. Se habían conocido en el colegio, cuando los padres de su amiga habían llegado a Madrid para trabajar, procedentes de un pueblo de Andalucía. Ella era una chica simpática y y habladora, con un carácter extrovertido pero a la vez tranquilo, muy parecido al de Lucía. Tal vez por eso se hicieron amigas tan pronto, por eso y porque descubrieron que tenían muchas cosas en común. Se podían pasar horas hablando de libros, de música, de cine o de chicos sin que se cansaran de estar juntas. El segundo verano María la invitó a conocer su pueblo andaluz y allí pasó Lucía unos días de vacaciones junto a la familia de su amiga, que casi se convirtió en su propia familia, antes de marchar con la propia al pueblo de Galicia. Luego, cuando Lucía se hizo novia de Lázaro, María comenzó a salir con un chico llamado Ernesto con el que llegó a estar casi dos años. Pero era demasiado inquieta como para aguantar mucho al lado de un hombre. Decía que le asustaban los compromisos y que con el tiempo los hombres acababan convirtiéndose en unos personajes aburridos que sólo se interesaban por el sexo, por beber cerveza y por ver fútbol en la tele. Lucía pensaba que lo único que le ocurría era que no había encontrado el hombre adecuado. Y mientras que no lo encontró fueron felices con esa amistad tan plena y cómplice que mantenían. Hasta que ocurrió lo que ocurrió. Jamás pensó que entre su novio y su mejor amiga pudiera haber algo más que una simple amistad. Es más, siempre había pensado que a Lázaro no le caía demasiado bien María. Al principio se quejaba de que siempre iba con ellos a todos lados y no les dejaba momentos de intimidad. Con el tiempo llegó a tratarla con una casual indiferencia que al parecer no era tal. Tal vez fuese una pose estudiada para esconder la verdadera relación que mantenían.

Lucía tomó un sorbo de su cerveza y pensó que poco tiempo después ella había pasado a ocupar con respecto a Natalia el mismo lugar que María había ocupado con respecto a ella y se sintió mal. Siempre se sentía mal cuando aquellas reflexiones le venían a la mente, porque llegaba a la conclusión de que ella no era mejor que su antigua amiga. Claro que en su caso había llevado las de perder. Apartó de su cerebro aquellas cavilaciones que, afortunadamente, ocupaban cada vez menos su cabeza, y pensó que dentro de apenas un mes, cuando el curso comenzara, la vida le daría la oportunidad de conocer a gente nueva que le ayudaría a pasar página y comenzar de cero de verdad y de una vez. No sabía que una sorpresa especial le esperaba en aquel instituto de barrio.

*

Una semana antes de comenzar el curso recibió una inesperada llamada. Cuando el móvil sonó y vio el nombre de Jorge reflejado en la pantalla dudó si contestar. Finalmente lo hizo cuando la comunicación estaba a punto de cortarse.

–Hola Jorge – dijo sin atisbo alguno de entusiasmo.

–Hola Lucía.... ¿Qué tal? ¿Cómo estás? Hace tiempo que no sé de ti y me dije.... voy a llamarla.

No sabía a qué le sonaban aquellas palabras, tal vez a arrepentimiento. Lucía nunca había sido especialmente rencorosa y estaba dispuesta a perdonar la afrenta de Jorge, aunque estaba segura de que le costaría retomar la complicidad de antaño. El el fondo daba un poco igual. Ahora él estaba a muchos kilómetros y seguramente el tiempo y la distancia acabarían haciendo que su amistad quedara de nuevo latente, como había permanecido todos aquellos años.

–Bueno, estoy todo lo bien que se puede estar dadas las circunstancias. Dos fracasos sentimentales en tan poco tiempo no son plato de buen gusto. Pero resistiré, para seguir viviendo, como dice la canción.

Se escuchó una leve risa al otro lado.

–Y tú por Bolonia ¿Qué tal?

Jorge le contó su nueva vida en Italia, lo feliz que se sentía con su nueva ocupación, lo maravillosa que era la ciudad y la gente nueva que había conocido. Al despedirse le habló de la pareja que ambos habían dejado atrás.

–Pedro no sabe que Natalia no está embarazada. Bueno al menos no lo sabía. Aunque al parecer ella está empeñada en quedarse...

–Jorge, déjalo. Ya me sé la historia, no hace falta que me cuentes más ni quiero saber nada de la vida de esos dos. Pedro ya hizo su elección y de nada me vale pensar en él ni saber de su vida.

–Es que me siento un poco culpable de todo lo que está ocurriendo.

–Pues no te sientas. Olvida todo y tan amigos Jorge. De verdad que no merece la pena.

Se despidieron con mucho más afecto del que sintieron cuando comenzaron aquella corta conversación. Lucía se sintió un tanto aliviada. No sabía que aquella mejoría en su ánimo sería sólo momentánea.



sábado, 23 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 14

 


El lunes Lucía acudió al instituto arrastrando la tristeza de todo el fin de semana, sabedora de que se iba a encontrar con Pedro y temerosa de lo que él pudiera decirle. Esta vez fue ella la que intentó esquivarlo durante la mañana, y a la hora del recreo sacó un café de la máquina y se fue al banco del paseo. Hacía una preciosa mañana de primavera. Faltaban solo dos semanas para terminar el curso y tenía que reconocer que le daba pena dejar aquello y regresar de nuevo a Madrid. Había llegado con tantas ilusiones, con tantas esperanzas... pero nada había salido como había pensado. En realidad no había pensado nada, no tenía ningún proyecto salvo dar clase y olvidar su anterior vida con Lázaro. En sus planes no entraba la posibilidad de encontrar el amor de nuevo y sin embargo.... lo había encontrado y ahora amenazaba con írsele de las manos y dejarla sumida en el desencanto.

Escuchó unos pasos que se acercaban a su espalda y supo que era él. Su corazón comenzó a latir de manera acelerada y sintió que no podía respirar. Cerró los ojos y con esfuerzo llenó de aire sus pulmones. Pedro se sentó a su lado y ella abrió los ojos y le miró con infinita tristeza.

–Lo siento – dijo él – Lo siento Lucía, te juro que yo no sabía nada.

No, claro que no lo sabía, de eso estaba ella absolutamente segura.

–Me... me hace sentir mal pensar que.... que a ella también te la follabas – dijo con rabia.

–Por favor, no seas soez, no es tu estilo.

–Vaya, ahora resulta que soy soez porque le llamo a las cosas por su nombre. Pues lo siento Pedro, pero me fastidia enormemente pensar que la has dejado preñada mientras te acostabas conmigo, a pesar de que no tengo derecho, el derecho lo tenía y lo tiene ella. Pero bueno, supongo que la situación es... inevitable.

Quedaron en silencio durante unos segundos. Lucía miraba el mar como queriendo despedirse de él y Pedro miraba la hierba y jugueteaba con la punta del zapato en la tierra.

–¿Qué va a pasar con nosotros, Pedro? – se atrevió a preguntar Lucía.

–No lo sé – contestó él al cabo de unos segundos – Yo te quiero, mi amor por ti no ha cambiado nada pero.... ese niño...

Lucía se levantó del banco con pena, con la misma pena que la había llevado hasta allí. Decidió que hablaría con la dirección del Instituto para poder adelantar su regreso a Madrid, estaba claro que allí no pintaba nada.

–No me hace falta más respuesta – dijo – en el amor no puede haber ningún “pero”. Quédate con Natalia y con tu niño y sé muy feliz.

*

Tres días después Lucía hacía las maletas para regresar a Madrid. Había pedido permiso en el instituto y el director no le había puesto problema siempre que dejara la evaluación final lista. Había dedicado aquellas tres jornadas a ultimar los detalles de su trabajo y ahora sólo le quedaba recoger sus cosas y regresar al lugar del que no debió haber salido nunca.... o sí. Se sentó en la cama con una sensación de derrota que se difuminó casi al instante al pensar en Pedro. Y es que contrariamente a lo que le había ocurrido con Lázaro, la ruptura con Pedro no le provocaba odio, sí dolor, pero no odio, más bien al contrario. Se marchaba a Madrid con el corazón lleno de amor, de ese amor con el que siempre había soñado y que había encontrado en aquel muchacho tierno, tímido, cariñoso. A pesar de los años transcurridos al lado de Lázaro, Pedro era el amor que había estado esperando desde siempre, pero apenas le había dado tiempo a disfrutarlo. Se le escurría de las manos por una causa mayor y ella debía de retirarse en silencio, sin escándalos.

A pesar de la calma que sentía no pudo evitar que las lágrimas llamaran a la puerta de sus ojos y pasaran sin llamar. Para distraerse un poco decidió salir a dar un paseo. Se puso su chandal rosa y bajó las escaleras despacio. Escuchó voces en el garaje. Era Jorge, que acababa de llegar de trabajar. Hablaba demasiado alto y a Lucía le dio la impresión de que regañaba con alguien. Se acercó a la puerta que daba a las escaleras del garaje y escuchó.

–No voy a ser tu cómplice, Natalia, no lo voy a hacer. Tu plan me parece una locura.

Al oír nombrar a Natalia, Lucía escuchó con más atención. Cómplice de una plan, decía Jorge, ¿de qué plan?

–Que no, Natalia, que no, que esas no son maneras. Si no estás embarazada tarde o temprano se va a descubrir y después será mucho peor. ¿Acaso te crees que Pedro se va a quedar a tu lado cuando descubra tu mentira? No se puede obligar a nadie a amar y lo único que conseguirás es hacerle infeliz, a él y a unas cuantas personas más.

Lucía no quiso seguir escuchando. Se alejó de la puerta y se apoyó en la pared. Un ligero mareo nublo su mente y tuvo que reprimir un vómito. Natalia estaba fingiendo su embarazo y Jorge lo sabía. Pero ¿con qué clase de gente estaba? Ni siquiera Jorge era un hombre cabal, era un miserable que se prestaba a un juego atroz.

La puerta se abrió de repente y apareció Jorge. Al ver a Lucía allí, frente a él, apoyada en la pared, se paró en seco y se la quedó mirando. Enseguida supo que lo había oído y no se le ocurrió nada que decir.

–Eres un miserable – le dijo ella – ¿Cómo has podido?

–No es lo que parece. Yo no quería... tú me has escuchado hablar con ella.

Ella no le respondió. Salió de la casa y enfiló camino abajo. Caminó con prisa y con ansia, hasta que llegó a la playa y se sentó en la arena. Su corazón latía con fuerza y se tomó un tiempo para calmarse. Estaba sola y oscurecía. Cuando se sintió más tranquila sacó su móvil del bolsillo y marcó el teléfono de Pedro. No había vuelto a hablar con él desde su “despedida” en el banco del paseo, a pesar de que se habían visto alguna vez más en el instituto. Puesto que él había tomado la decisión de permanecer el lado de Natalia, y ella la de regresar a Madrid, Lucía creyó que tener el mínimo contacto sería lo mejor. Por eso no lo había llamado ni se había acercado a él. Él tampoco lo había hecho. Sin embargo ahora tenía que contarle la conversación que había escuchado, aunque tal vez no sirviera para nada.

El teléfono sonó cinco veces antes de escuchar la voz de Pedro al otro lado de la linea.

–Hola, Lucía, ¿cómo estás?

–Ha tenido tiempos mejores – respondió ella, sintiendo un escalofrío al volver a oír aquella voz que tanto la seducía – Pedro, tengo algo que decirte.

–Lucía... es mejor no dar más vueltas al asunto, de veras. Ya no hay remedio.

–Es que me he enterado de algo que tienes que saber....

–Por favor, Lucía. No lo hagas más difícil. Te quiero, no te puedes imaginar cuánto. Jamás serás capaz de comprender todo el amor que guardo para ti en mi corazón, pero no puedo dejarla ahora. Ese niño necesita un padre y yo también lo necesito a él.

–Pero...

–Adiós Lucía. Sé feliz. Ojalá algún día volvamos a vernos y puedas perdonarme todo el daño que te estoy haciendo. Te juro que yo no quería.

La línea se cortó sin más y Lucía comprendió que todo estaba perdido. Él no deseaba escucharla y era probable que si se decidiera a hacerlo no la creyera. Se levantó de la arena y se sacudió la ropa. Había perdido la guerra y no le quedaba más opción que la retirada.

Regreso a la casa arrastrando su fracaso, ya sin fuerzas para llorar. Allí la esperaba Jorge que, suplicante, le pidió perdón nada más verla entrar, como si la estuviera esperando exclusivamente para ello.

–Por favor, Lucía, tienes que creerme. Cuando Natalia me contó su plan no pensé que lo fuera a poner en práctica. A mí tampoco me gusta lo que está haciendo.

–Déjalo, Jorge, no te esfuerces. No me interesa nada de lo que puedas decirme. Está claro que entre su amistad y la mía prefieras la de ella, y no te lo reprocho. Al fin y al cabo yo regresé de la infancia y tal vez forcé una complicidad que había dejado de existir. Espero que te vaya muy bien en Italia. Yo mañana me regreso a Madrid, de donde nunca debí haber salido.



jueves, 21 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 13

 


La vida de cada ser humano es impulsada por los acontecimientos que se van sucediendo. A veces esos hechos  permiten elegir, otras veces le imponen a uno un camino sin que se tenga la más mínima posibilidad de cambiarlo. Lo que ocurrió en la cena de aquel sábado torció al vida de todos, salvo la de Jorge, que se iba a ir a Bolonia y a Bolonia se fue dos semanas más tarde. Pedro había decidido que aquel domingo rompería con Natalia, pero ella le tomó la delantera y en la cena con los amigos se decidió a soltar una maravillosa noticia que iba a tener el poder, seguramente, de retener a Pedro a su lado para los restos. No había podido comprobar que Jorge estuviera en lo cierto. Pedro y Lucía seguían como siempre, comportándose como los amigos un poco distantes que eran, pero daba lo mismo, por si acaso, ella dio su noticia.

La cena de aquel sábado era en cierto modo una celebración por la despedida de Jorge. Lucía y Pedro sabían en su fuero interno que también era su despedida de los demás. En quince días terminaba el curso y marcharían a Madrid. Ambos eran conscientes de que las dos semanas que tenían por delante iban a ser muy duras y tormentosas, pero después conseguirían lo que deseaban, estar juntos sin necesidad de esconderse ni de engañar a nadie.

Lucía había preparado un postre especial. Una tarta de hojaldre y crema de limón receta de su abuela que la había mantenido ocupada toda la tarde en la cocina. Sacó la tarta y se abrió una botella de champán para brindar por Jorge y desearle suerte en su nueva aventura italiana. Cuando tenían las copas en alto Natalia se hizo a sí misma la protagonista de la fiesta:

–Bueno, yo no pretendo quitar protagonismo al homenajeado, pero también tengo una noticia que daros.

Los demás la miraron interrogante y ella no se hizo de rogar para anunciar su maravillosa nueva.

–Estoy embarazada – dijo con una sonrisa – ¿No es maravilloso cariño?

Abrazó a Pedro y le beso en los labios. Él se había puesto pálido y no emitió palabra alguna. Jorge la felicitó efusivamente y Lucía se limitó a pronunciar un enhorabuena murmurado entre dientes, mientras veía como su vida al lado de Pedro se desmoronaba igual que un castillo de arena después de propinarle una patada. Se miraron de forma elocuente. No hacían falta las palabras para decir que las cosas se habían complicado, y mucho.

Natalia comenzó su parloteo incesante, contando cómo se había enterado de su embarazo y un montón de detalles más que sólo parecían interesar a Jorge. Mientras la escuchaba hablar, Pedro pensaba en cómo había podido llegar a esa situación. Natalia y él apenas hacían el amor. Desde que estaba con Lucía no recordaba haberlo hecho con Natalia más que en tres o cuatro ocasiones en las que ella se había puesto cariñosa y porque rechazarla significaría ponerse en riesgo de levantar sospechas. Pedro deseaba tener hijos desde hacía tiempo, pero ella siempre había ido posponiendo el momento por un motivo o por otro. Últimamente ya había desistido en el intento. Y ahora, en el instante menos propicio, un embarazo se cruzaba en un camino que ya no era el suyo. Entretanto Lucía no pensaba nada, se entretenía aguantando sus ganas de llorar, de gritar, de romper cosas, deseando poder largarse a su cuarto y dar rienda suelta a las lágrimas, a ver si así se le deshacía el nudo que tenía en el pecho y que por momentos le impedía respirar.

Por fin Natalia y Pedro se fueron. Ella les acompañó hasta la puerta. Al despedirse, Pedro la miró como pidiéndole perdón con sus ojos tristes. Ella suspiró y cuando cerró la puerta no pudo evitar echarse a llorar, despacio y en silencio. Entró en la sala y se dejó caer en el sofá, mientras Jorge recogía la mesa comentando la felicidad que sentía porque su pareja de amigos fueran a ser papás. Al rato se dio cuenta de que Lucía no sólo no le escuchaba, sino que unos gruesos lagrimones resbalaban por sus mejillas y caían en su regazo. Enseguida supo lo que le ocurría, pero como se suponía que no tenía que tener conocimiento de nada, se sentó a su lado, la abrazó y le preguntó.

–¿Que te pasa, Lucía? ¿Por qué lloras?

Ella se deshizo de su abrazo con suavidad y se limpió las lágrimas con el dorso de su mano.

–Sabes perfectamente por qué lloro. Sé que lo sabes desde hace tiempo. No sé cómo lo averiguaste, pero lo sabes. Yo le quiero.

–Natalia es mi amiga – fue lo único que se le ocurrió decir, como si tuviera que justificar su actitud, aunque Lucía ignoraba que él tuviera nada que ver en todo aquello.

–Y yo también ¿o no?

–Por supuesto que también lo eres. Pero no puedo aprobar que le robes el novio.

–Es que tú no tienes que aprobar nada. Es amor, Jorge, amor lo que siento dentro de mi pecho por Pedro, un amor que no sentí nunca. Es la sensación de que por fin encontré lo que llevaba esperando toda mi vida. Yo no le robo el novio a nadie. Él me quiere y yo le quiero. Estas pasadas navidades, cuando estuve con mi abuela, me dijo muchas cosas, como que contra los sentimientos no se pude ir. Me hizo ver que lo que Lázaro me había hecho al irse con mi amiga, no había estado mal por el hecho en sí, sino por haberse pasado aquellos últimos años engañándome con unas y con otras.

–Pues eso es lo que ha estado haciendo Pedro con Natalia, engañándola, y tú has sido cómplice – le respondió, aunque en sus palabras no había reproche alguno.

–Pedro sólo estaba preparando el terreno para terminar con todo. Mañana le iba a decir que la dejaba. Pero ahora..... ahora me parece que todo va a ser mucho más complicado de lo que pensábamos.

Jorge se sintió mal. Natalia era su amiga, pero Lucía también lo era y verla sufrir le partía el corazón. A Natalia no la había visto sufrir. Natalia, desde el día en que le comentó sus sospechas sobre Pedro y Lucía, sólo pensó en encontrar la manera de retener a Pedro a su lado.

Lucía se levantó y con un buenas noches triste y quejumbroso, se marchó a su cuarto. Jorge fue a la cocina y mientras metía los cacharros de la cena en el lavavajillas recordaba la conversación que había tenido con Natalia dos días atrás, cuando le había puesto al corriente de sus planes para retener a Pedro a su lado: decirle que estaba embarazada. Sabía que su novio estaba loco por ser padre, a pesar de que hacía tiempo que no hablaban del tema. El tener hijos jamás había entrado en los planes de Natalia. Los niños, aparte de ser una responsabilidad para la que no se sentía preparada, eran un verdadero incordio; si tenía un hijo se le acabaría la libertad para hacer lo que le viniera en gana, y ella no estaba dispuesta a renunciar a esa libertad. Nunca se lo había dicho directamente a Pedro. Cuando él sacaba el tema a relucir siempre se le ocurría algún pretexto para retrasar el momento. Y así continuaría haciendo, ir aplazando el embarazo hasta llegar a la excusa total y absoluta, la edad; llegaría un momento en que se le habría pasado el arroz y Pedro no iba a insistir más, estaba segura. Sin embargo ahora se trataba de conservar su amor, y ella sabía que nada podría hacerle más ilusión ni tendría más poder para hacer que se quedara con ella que inventarse un embarazo inexistente. A Jorge todo aquello le pareció una locura y así se lo dijo, y a pesar de que ella insistió en que llevaría a cabo sus planes, él no le dio demasiada importancia. Conocía muy bien a Natalia y sabía que era una mujer impulsiva, pero el tiempo la hacía recapacitar y muchas veces desistir de sus descabelladas ocurrencias. Jorge creyó que aquella vez ocurriría algo parecido, por eso le sorprendió y a la vez le preocupó la salida de tono de su amiga durante el brindis, el anuncio de un embarazo que él sabía inexistente. Y ahora, después de escuchar a Lucía, supo que tenía que hacer todo lo posible por acabar con aquel sinsentido. Si los planes de Natalia seguían adelante todo aquello podía acabar muy mal. Así que cuando terminó de recoger los restos del festín cogió su móvil y llamó a Natalia.

–¿Puedes hablar? – le preguntó cuando ella descolgó el teléfono.

–Sí, Pedro está en el baño. ¿Qué te ha parecido mi teatro?

–Tienes que pararlo Natalia. Vas a caer en tu propia mentira. Si no estás embarazada ni piensas estarlo no te va a servir de nada.

–Claro que me va a servir. Por lo menos para que esa zorra sufra un poco y se largue de aquí. Después ya veré lo que hago. A lo mejor incluso me embarazo. Al fin y al cabo él sí quiere el niño y estoy segura de que lo cuidaría muy bien.

–No seas loca, Natalia. La verdad es que me estoy arrepintiendo de haberte dicho nada.

–¿Por qué, si está más que claro que están juntos? ¿Te fijaste en la cara que pusieron tanto uno como otro cuando di la maravillosa noticia? Y este no ha abierto la boca en todo el trayecto hasta casa. Claro que están liados, pero se les va a terminar la fiesta. Pedro no se podrá resistir a la idea de ser padre.

–¿Y qué te crees que hará cuando se dé cuenta de que todo es mentira?

–Ya te dije que a lo mejor no va a ser mentira. Estoy pensando en quedarme embarazada de verdad.

Jorge suspiró derrotado. Tal vez fuera un poco pronto para que su amiga recapacitara, quizá necesitara un poco más de tiempo. Mentir era una chifladura, pero más chifladura sería que se quedara embarazada solo por intentar retener a Pedro a su lado. Se despidió apresuradamente, no sin antes aconsejarle que pensara un poco en las consecuencias de aquella locura, y se retiró a su cuarto. Subió las escaleras despacio y antes de entrar en su dormitorio se acercó a la puerta de la habitación de Lucía. Escuchó durante un rato y como no pudo oír nada se metió en su alcoba.

*

Pedro estaba conmocionado. La noticia lo había pillado tan desprevenido que no sabía bien cómo reaccionar. Era un total contrasentido que su deseo de ser padre fuera a cumplirse ahora, cuando tenía pensado emprender una nueva vida al lado de otra mujer. ¡Cuánto le había rogado a Natalia! ¡Cuántas charlas para intentar convencerla de tener un hijo juntos! Y siempre encontraba alguna excusa, siempre... y ahora, cuando ya todo había terminado, aparecía ese hijo, como si se empeñara en unirlos a pesar de las circunstancias.

Salió del baño y se metió en la cama, donde ya Natalia lo esperaba sonriendo con una cara de felicidad que lo exasperaba un poco. Se acostó, se tapó bien y le dio la espalda dispuesto a intentar coger el sueño. No estaba de humor para hablar, aunque sabía que tarde a temprano tendría que hacerlo. Pero ella le abrazó y le susurró al oído:

–¿No estás contento? Al fin se va a cumplir tu sueño.

Se dio la vuelta y se sentó en la cama impulsado por la rabia.

–Esto deberíamos haberlo hablado ¿no te parece? – preguntó malhumorado.

–Ya lo hablamos muchas veces – repuso ella con una sonrisa inocente – además, ha ocurrido por casualidad, pero ya que está aquí...

–Ya que está aquí no es una razón. Yo no sé si quiero tener un hijo en estos momentos, Natalia, y puesto que tú nunca lo has querido a lo mejor deberías pensar en la posibilidad de abortar ¿No crees?

Ella no se esperaba aquella respuesta. Ahora tenía absolutamente claro que Pedro ocultaba algo, y ese algo era su relación con Lucía. Pues si se pensaba que ella se lo iba a poner fácil, lo tenían claro.



martes, 19 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 12

 



Las semanas que siguieron al regreso del viaje a Portugal fueron extrañas para todos, porque todos, menos Natalia, guardaban dentro de sí un secreto que no podían o no querían compartir con los demás.

Pedro y Lucía retomaron su trabajo en el Instituto. No era fácil verse todos los días y no poder tocarse, ni darse una caricia o un beso, aunque fuera inocente. En su afán por disimular su relación se ignoraban tal vez demasiado, provocando que sus compañeros, en alguna ocasión, pensaran que estaban enojados. Pero mejor era eso que lo contrario. Su amor no podía salir a la luz hasta que el curso hubiera terminado y estuvieran en disposición de poder marchar de allí.

Jorge, por su parte, dudaba si contarle a Natalia lo que sabía sobre Pedro y Lucía. Pensaba a todas horas en el tema y su cabeza era un torbellino de ideas deshilachadas. Por momentos decidía una cosa y por momentos la contraria. Si no se atrevía a dar el paso era porque en realidad no estaba seguro de nada. Nada había visto con sus propios ojos, únicamente había escuchado sonidos en una habitación. Era posible que no fuera lo que él se pensaba y en ese caso provocaría un escándalo sin necesidad ninguna. Además, tampoco había visto salir a Pedro de aquel dormitorio y cuando por la mañana se había despertado, su amigo estaba allí, durmiendo plácidamente al otro lado del sofá cama. Necesitaba poner algo de claridad en todo aquel lío, para lo que tomó la determinación de investigar sutilmente por su cuenta. Si llegaba a la conclusión de que entre Lucía y Pedro había algo, entonces se lo contaría a Natalia.

Unos días más tarde recibió una carta cuyo remitente era la Universidad de Bolonia. Ya casi se le había olvidado que meses atrás había solicitado una beca de investigación sobre las enfermedades relacionadas con la vejez, así que abrió la carta con manos temblorosas, sabiendo que dentro de aquel sobre estaban marcados en gran medida los próximos años de su vida. En previsión de lo que pudiera pasar, había hecho un curso de italiano, por lo que fue capaz de leer y entender perfectamente lo que en la misiva se le comunicaba: que se le concedía la beca y que en el mes de julio debía comenzar sus trabajos en la Facultad de Medicina. Por un momento se le olvidó todo, incluso la traición que se estaba fraguando contra Natalia, mas al escuchar el sonido de la llave en la puerta, señal de que Lucía llegaba a casa, sus intenciones tomaron renovadas fuerzas y se dijo que tenía que pasar a la acción de una vez por todas.

Lucía entró en la cocina y le vio con la carta en la mano, visiblemente nervioso.

–¿Qué ocurre, Jorge? ¿Te comunican algo grave en esa carta? – le preguntó.

–¿Grave? No, que va. Es una excelente noticia. ¿Recuerdas que te comenté que había solicitado una beca de investigación en la Universidad de Bolonia? Pues me la han concedido. En Julio tengo que estar allí para comenzar mi nuevo trabajo.

–¡Vaya, eso es estupendo! – contestó la muchacha, a la vez que le abrazaba y le daba un beso de felicitación – Me alegro mucho por ti, de verdad. Es una gran oportunidad para crecer en tu profesión.

–Sí, claro que lo es. Pero bueno... aunque yo me marche tú puedes quedarte aquí, en la casa. Así me la cuidarás y no estará cerrada.

–No creo que lo haga. Si no estás tú es probable que regrese a Madrid. No quiero estar sola. Y allí todavía me queda algún amigo. Y ahora me he reconciliado con mi abuela.

No dejó de extrañarle a Jorge la naturalidad con la que Lucía hablaba de la posibilidad de regresar a Madrid. Había venido al pueblo huyendo de la capital, dejando atrás una vida marcada por la desventura de un amor fracasado y ahora, cuando todavía no había transcurrido un año, parecía no importarle demasiado volver a encontrarse con una pasado cuyo simple recuerdo siempre había evitado.

–Aquí también tienes amigos, sobre todo Natalia y Pedro. Ya sabes que nosotros cuatro somos familia.

–Sí, pero....

Lucía no sabía qué decir. La conversación la había tomado de improviso y además no le gustaba hablar de Pedro, le daba la impresión de que con sólo pronunciar su nombre el interlocutor que tenía delante iba a descubrir que le amaba, como si llevara escrita en la frente la palabra amor y ésta se accionara al nombrar a Pedro.

–¿Qué ocurre? – insistió Jorge – ¿Te ha pasado algo con ellos?

–Pues.... no, ¿qué habría de pasarme? – preguntó a su vez Lucía, que estaba comenzando a ponerse nerviosa y deseaba terminar con aquella conversación cuanto antes.

–No lo sé. A veces tengo la impresión de que estás molesta con Pedro. En nuestras cenas semanales pareces esquiva con él, apenas le diriges la palabra. ¿Sucedió algo cuando estuvisteis solos en Oporto?

Lucía comenzó a sospechar que Jorge quería sonsacarle algo. Le parecía que no era posible, pero le daba la impresión de que su amigo sabía cosas que ella ignoraba. Tal vez hubiera descubierto lo que existía entre Pedro y ella cuando estaban en Oporto. Tal vez una mirada, una sonrisa, alguna palabra, un roce involuntario... Habían intentado ser muy prudentes, pero puede que no lo consiguieran del todo y se les hubiera escapado alguna demostración de afecto inadecuada. Aún así, fueran lo que fueran las extrañas intenciones que Jorge parecía tener, no se iba a dejar amilanar por él.

–No sé a qué te refieres – contestó muy seria y con cierto malhumor – pero me gustaría que te dieras cuenta de que semejante pregunta puede resultar hasta ofensiva. ¿Insinúas que entre Pedro y yo hay algo más que una amistad?

–Lo siento, no era mi intención ofenderte, además mi pregunta no iba por ahí. Lo que quise decir es si os habíais enfadado por algo.

–No somos unos niños Jorge. No hay ningún enfado. No te montes películas, anda. Y ahora ¿qué te parece si preparamos la cena y abrimos una botellita de vino para celebrar la buena noticia?

Jorge asintió y se pusieron a ello. No sabía por qué pero la actitud de Lucía lo mosqueaba. La poca importancia que le dio a la posibilidad de su regreso a Madrid, el hacerse la ofendida ante la probabilidad de su relación con Pedro, aquel dar por zanjada la conversación con un drástico cambio de tema.... Jorge no sabía esclarecer bien el porqué, pero le daba la impresión de que la pose de Lucía era sólo eso, una pose, y que algo escondía detrás de su fingida inocencia.

*

–¿Qué te hace sospechar que sabe algo? – preguntó Pedro.

Pedro y Lucía descansaban metidos en la cama del pequeño hotel en el que habían pasado las últimas horas de la tarde. Así lo hacían siempre que Jorge y Natalia estaban de guardia. Después de hacer el amor Lucía le había comentado a Pedro su conversación con Jorge y le había hecho partícipe de sus sospechas. No sabía decir el motivo, pero tenía la impresión de que Jorge había intentado sonsacarla porque sabía algo sobre su relación.

–No sé decirte con exactitud. Pero lo cierto es que mientras hablábamos yo sentía una sensación extraña, como si me estuviera sometiendo a un interrogatorio. No sé, Pedro... pero a veces tengo miedo. Miedo a que esto nos estalle en la cara.

Pedro la abrazó más contra sí y la besó en la frente.

–No temas, Lucía. Ya falta poco para que todo esto termine. Cuando el curso toque a su fin marcharemos a Madrid, nos olvidaremos de todo y allí iniciaremos una nueva vida.

–Ya, todo eso suena muy bien, pero no dejo de pensar que nos estamos portando como unos hijos de.... con Natalia. Yo pasé por lo mismo, estuve en su lugar. Y créeme, no es agradable.

Pedro no dijo nada. Se limitó a acariciarle el pelo y mirar al techo pensativo. Puede que Lucía tuviera razón. Tal vez fuera mejor afrontar la situación y acabar con aquello cuanto antes.

*

Aquella misma noche el centro de salud estaba desierto, como casi todos los fines de semana, así que Natalia y Jorge charlaban tranquilamente en la consulta de él, tomando unos cafés recién sacados de la máquina que había en el vestíbulo. Natalia comentaba que desde hacía una temporada nada le salía bien, la operación de su madre, las vacaciones de semana santa frustradas y para colmo de males Pedro, al que algo ocurría pero no conseguía dilucidar el qué. Cuando Jorge escuchó a su amiga quejarse de su novio se puso alerta y quiso averiguar más.

–Dices que le ocurre algo pero.... ¿en qué sentido? ¿Qué cosas hace o no hace para que saques semejante conclusión?

–Más bien que no hace. Nada, no hace nada conmigo. Antes venía a mi rabo a todas partes, ahora no le apetece hacer nada, no quiere acompañarme ni al gimnasio, ni a tomar algo los fines de semana.... sólo acepta sin rechistar la cena de los sábados. Por no hacer ni siquiera hacemos el amor con la frecuencia de antes. Está raro. Tanto que a veces creo que esto se acaba, que lo pierdo.

–Y.... ¿desde cuándo lo notas así?

–Desde hace bastante tiempo. Quizá su desidia se acentuó desde las vacaciones en Oporto. Fue como si llegara de la ciudad desinflado.

Jorge supo entonces que sus sospechas eran ciertas. Y de nuevo le surgió la duda de si debía poner al corriente a Natalia de las mismas o dejarlo pasar.

–Lleváis muchos años juntos y yo siempre vi en vosotros la pareja perfecta. A lo mejor sólo es una crisis pasajera – dijo.

–No sé – repuso Natalia después de dar el último sorbo a su café, mientras tiraba el vaso plástico a la papelera – si no fuera él como es, incluso llegaría a pensar que tiene a otra.

–A lo mejor no es una idea tan descabellada – dijo Jorge sin pensarlo demasiado.

Natalia le miró con expresión interrogante en sus ojos y durante unos segundos intento leer el rostro de Jorge en busca de alguna respuesta, pero no la halló.

–¿Por qué dices eso? – le preguntó finalmente – ¿Sabes algo que yo ignoro?

Él se revolvió inquieto en su asiento. Todavía no tenía muy claro no estar metiendo la pata, pero se iba a arriesgar.

–Lo que te voy a decir no lo puedo asegurar cien por cien. Yo nunca les he visto en actitud amorosa, pero tengo la sospecha de que Pedro y Lucía se traen algo entre manos.

–¿Qué quieres decir?

–Que tienen un lío, Natalia.

La muchacha comenzó a repasar momentos guardados en su cerebro pero en ninguno pudo ver algo especial entre su novio y Lucía. Sin embargo conocía bien a Jorge y sabía que no lanzaría un bulo sin tener un motivo real para ello.

–Pero.... no puede ser. ¿Qué te lleva a pensar eso?

Jorge le contó el episodio vivido en Oporto, cuando se había despertado en medio de la noche y Pedro no estaba en la cama y al acercarse a la puerta de la habitación de Lucía creyó escuchar elocuentes sonidos en su interior.

–Es cierto que aquí jamás los he visto en actitud amorosa. En realidad allí tampoco, salvo lo que te acabo de contar.

Natalia se quedó pensativa mirando al frente. Ninguna mosquita muerta le iba a quitar al hombre que amaba.

–Pues habrá que tomar cartas en el asunto. A lo mejor ha llegado el momento de actuar.