domingo, 17 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 11

 





Despertaron cuando ya el día había dejado muy atrás la noche, una noche en la que el amor y la pasión lo desbordaron todo. Se amaron una y otra vez, olvidando él su compromiso con otra mujer; ella, lo que dolía un abandono. Sin embargo la mañana trajo de la mano la realidad cruda a la que más temprano que tarde habían de hacer frente.

–¿Qué vamos a hacer ahora? – preguntó Lucía.

–Yo te quiero, Lucía. Me enamoré de ti casi desde que te conocí. Tú eres la mujer que he estado esperando toda mi vida. Hace tiempo que sé que Natalia no es para mí. Yo necesito a mi lado a alguien como tú. Y no quiero dejarte ir, no lo haré.

Lucía se arrebujó un poco más entre las sábanas y recordó su propio drama personal. Hacía poco más de un año que Lázaro se había marchado con otra mujer, con su mejor amiga, y había dolido, mucho. Se había sentido humillada, despreciada, burlada. Y ahora ella era la otra, la que le arrebataba el amor a una mujer que lo creía suyo, la que provocaría dolor aun sin querer. El amor es así de caprichoso, la vida es así de cruel y de imprevisible. Un día estás en el lado bueno y al día siguiente la rueda ha girado y te ha colocado en el malo, o al revés.

–¿En qué piensas? – le preguntó Pedro.

Ella convirtió sus pensamientos en palabras, con miedo. ¿Y si hacían reflexionar a Pedro y perdía otra vez al hombre que amaba?

–Soy consciente de que no me estoy comportando como debiera. Pero te quiero y no quiero perderte – dijo finalmente.

–Yo no sé si me estoy comportando bien o mal. Lo que sé es que si me quedo al lado de Natalia no seré feliz. Ni tú ni yo tenemos la culpa de habernos conocido ahora. La vida ha cruzado nuestros caminos y hemos descubierto que nos amamos. Y esto ya no tiene remedio, Lucía. Al menos para mí no lo tiene.

No, no lo tenía, para ninguno de ellos. No iba a ser fácil enfrentarse a una ruptura, ni tampoco ser la causa de la misma, pero tendrían que afrontar la situación de la manera que fuera.

El móvil de Pedro sonó disipando sus preocupaciones. En la pantalla se reflejó el nombre de Natalia, cosa extraña, pues la muchacha solía llamar al atardecer, como había hecho el día anterior. Pedro sospechó que algo había ocurrido y descolgó el teléfono preocupado.

–Natalia... ¿cómo estás?

–Buenos días, cariño. Yo estoy bien, pero si sospechas que ocurre algo estás en lo cierto. Verás, esta noche mi madre se ha caído y se ha roto la cadera, está hospitalizada y la van a operar esta mañana. Me temo que no podré ir a Oporto. Está visto que el viaje se me torció desde el principio.

–Oh vaya... ¿Me necesitas? ¿Quieres que marchemos para ahí?

–No, no, aquí no harías nada. Además, Jorge sí que irá. Tiene muchas ganas de hacer el viaje. Recuerda que mañana a las seis llega al aeropuerto. Te dejo, ya te llamo esta noche, mamá me necesita.

Pedro colgó y al mirar a Lucía no pudo evitar que a sus labios asomara una sonrisa, pese a lo dramático de la situación.

–Ayer te dije que no me apetecía que vinieran.... y mis deseos casi se cumplen. Natalia no puede venir. Operan a su madre.

Natalia no venía, pero Jorge sí, y quién era realmente amiga de Jorge era Natalia, Pedro lo había conocido por ella. Sabía que entre aquellos dos había una amistad especial, que se contaban todo y se adoraban, por lo que había que andar con pies de plomo, no fuera a ser que acabara sospechando algo. Si así fuera, Natalia se enteraría seguro.

–Tenemos que disimular. Así que aprovechemos hoy, que todavía estamos solos.

Se inclinó sobre Lucía y la besó en los labios. Le apartó el pelo de la cara y le acarició la mejilla. Le gustaba mirarla, acariciar su piel tan suave, depositar pequeños besos en su frente e ir bajando hasta su cuello, escuchar sus respiración entrecortada, señal de la excitación que estaba sintiendo. Le gustaba amarla, dibujar su cuerpo con sus dedos recorriendo el contorno de sus curvas, pararse en sus pechos redondos y entretenerse pellizcando suavemente sus sonrosados pezones hasta hacerla enloquecer, pidiéndole que por favor le hiciera el amor y la llevara hasta el cielo. Y le gustaba entrar en ella despacio mientras la miraba fijamente a los ojos y le decía sin necesidad de palabras lo mucho que la quería. Y de tanto que le gustaba perdió la cuenta de las veces que le regaló aquel amor nuevo y festivo.

*

El avión de Jorge llegaba con media hora de retraso. Mientras lo esperaban, tomaban un café en la cafetería del aeropuerto, café al que Lucía daba vueltas una y otra vez sin mucho sentido, perdiendo la mirada en los dibujos geométricos que se difuminaban en el suelo.

–¿Qué te pasa, preciosa? – le preguntó Pedro – Pareces.... ¿cansada? ¿aburrida?... No sé.

Lucía suspiró y se echó hacia atrás en su silla y poniendo una mueca infantil repuso.

–Es que yo no quiero que venga Jorge. Y no quiero no poder abrazarte. Y tampoco quiero volver al pueblo y tener que enfrentarnos a la que se va a armar. Esto es una mierda, Pedro.

Pedro se inclinó hacia ella y tomando su mano se la llevó la los labios y le besó los dedos.

–Yo tampoco quiero, pero las cosas a veces no son como queremos. He estado pensando que no le diremos nada a Natalia hasta que el curso termine. No creo que sea conveniente soltárselo ahora, así de sopetón. Así cuando se entere nosotros podremos marcharnos y todo será mucho menos doloroso, o eso espero.

–Doloroso va a ser lo mismo, pero tienes razón. Mejor cumplir con nuestras obligaciones escolares y luego... yo supongo que volveré a mi instituto de Madrid.

–Pues yo ya he estado consultando los concursos de traslado y creo que también puedo pedir plaza en Madrid. Así que anímate. Aunque no tengamos que enfrentarnos a nada especialmente agradable, al final podremos estar juntos.

Lucía sonrió y pensó que Pedro tenía razón. A pesar de todo no le gustaba nada tener que disimular y verse con él a escondidas. En cualquier momento podrían ser descubiertos y entonces la que se podía armar... bah, lo mismo que se iba a armar cuando contaran la verdad. Intentó apartar aquellos pensamientos de su cerebro y se centró en el panel luminoso que decía que por fin el vuelo procedente de La Coruña había tomado tierra. La fiesta había llegado a su fin.

Mientras regresaban a casa Jorge les iba contando cómo habían sido aquellos días en el centro de salud, lo que le había ocurrido a la madre de Natalia y lo apenada que quedaba ésta por no poder hacer aquel viaje.

–La verdad es que yo también estuve a punto de no venir. No me gustaba dejarla allí sola mientras nosotros disfrutábamos, pero insistió en que viniera y no me quedó más remedio. Ya sabéis lo convincente que puede ser Natalia cuando quiere.

Desde el asiento de atrás Lucía pensó que ojalá no fuera tan convincente y desde el asiento del conductor Pedro pensó exactamente lo mismo, pero ni uno ni otro, evidentemente, lo dijeron en voz alta. Por el contrario, Pedro comenzó a relatar los lugares que habían visitado, lo hermosa que era la ciudad y todo lo que tenían que ver durante aquellos días.

Al llegar a casa tuvieron que ubicar a Jorge. Decidieron que Lucía durmiera en la habitación que hasta entonces había ocupado Pedro y éste y Jorge lo hicieran en el sofá cama del salón.

–Vaya, la casa es más pequeña de lo que pensaba. Si hubiera venido Natalia no sé cómo nos íbamos a acomodar – dijo Jorge.

–Muy fácil – repuso Lucía – Pedro con su Natalia y tú conmigo. Al fin y al cabo somos sólo amigos y nunca vamos a ser otra cosa.

Mientras Jorge acomodaba sus cosas y Pedro y él hacían comentarios sobre la ciudad, Lucía se asomó al balcón y pensó en cómo hubieran sido aquellos últimos meses si Jorge hubiera correspondido a aquel supuesto amor que ella pensó sentir por él. Tal vez todavía estuvieran juntos o tal vez nada hubiera podido evitar que acabara enamorándose de Pedro. Entonces las cosas serían doblemente complicadas. En lugar de una ruptura serían dos.

Miró hacia la calle y se fijó en una pareja joven que caminaba lentamente. Iban muy abrazados y de vez en cuando se besaban. No tendrían más de diecisiete o dieciocho años. Se vio reflejada en aquella muchachita que, como había hecho ella muchos años antes, se dejaba mimar por el joven que llevaba a su lado. A ella y a Lázaro también les gustaba pasear por la ciudad cogidos de la mano, o sentarse en el Parque de El Retiro al borde de un estanque mientras hablaban y tocaban el agua con sus manos, o subir al Cerro de los Ángeles y desde allí mirar las estrellas en las noches de verano, lejos de la contaminación lumínica de Madrid. No consiguió recordar en qué momento preciso habían dejado de hacer esas cosas. Seguramente había sido poco a poco, mientras dejaban que sus vidas se fueran hundiendo en la miserable rutina, en una dejadez malsana de la que ninguno de los dos se había percatado y que había herido de muerte un amor que siempre creyeron incombustible. Y ahora había vuelto a encontrar el amor en un hombre sencillo, cariñoso, en un muchacho corriente sin grandes aspiraciones, al lado del cual estaba segura de poder volver a tocar el agua del estanque de El Retiro o ver las estrellas desde el Cerro de los Ángeles, aunque antes tuviera que bajar unos cuantos peldaños hacia el infierno.

*

Aprovecharon los pocos días que les quedaban para llevar a Jorge a los lugares en los que ellos ya habían estado y visitar otros sitios nuevos. Pedro y Lucía se mantenían lo suficientemente distanciados como para no levantar la más mínima sospecha, aunque a veces les costara, sobre todo por las noches, cuando Lucía se retiraba en soledad a su cuarto y los dos hombres se quedaban en el salón, charlando un rato antes de dormirse.

La última noche, ya de madrugada, unos pasos lentos y suaves despertaron a Lucía, unos pies que se acercaban sin apenas hacer crujir la madera del suelo. Lucía sonrió cuando sintió que alguien se colaba en su cama y se acostaba a su lado. Encendió la luz de la pequeña lámpara de la mesilla de noche y se dio la vuelta.

–¿Te das cuenta del peligro que estamos corriendo? – le susurró al oído a Pedro mientras lo abrazaba – Jorge está ahí, al otro lado de la puerta, y puede oírnos.

Pedro la besó con pasión contenida antes de contestarle.

–No vamos a tener tan mala suerte como para que se despierte. Estas noches he podido comprobar que duerme profundamente. Y es que no me he podido resistir. Son demasiados días sin poder besarte, sin poder acariciarte ni hacerte el amor.

Mientras le hablaba iba depositando pequeños y livianos besos en todos los rincones de su cuerpo. Bastaba un tímido contacto de su piel para que los sentidos de Lucía se pusieran alerta y despertaran el deseo de manera atroz. Les faltó tiempo para enredar sus cuerpos como si fueran madejas de hilos enmarañados imposibles de separar, e hicieron el amor sabiendo que a partir de aquella noche lo tendrían muy difícil.

*

Jorge despertó en medio de la noche con la sensación de haber escuchado algún ruido extraño. Se percató de que la parte del sofá cama donde dormía Pedro estaba vacía y pensó que tal vez estuviera en el baño o hubiera bajado a la cocina en busca de comida o algo de beber. Al pasar el tiempo y ver que no regresaba se extrañó. Se levantó despacio y en silencio y se asomó a la ventana. La noche era fría y las calles estaban desiertas. Al entrar de nuevo en el sala le pareció escuchar una risa. Un absurdo pensamiento se dibujó en su mente y sacudiendo la cabeza se dijo a sí mismo que no, que eso no podía ser. Aún así, acuciado por su propia curiosidad a pesar de lo desatinado de su idea, se acercó con cautela a la puerta de la habitación de Lucía y pegó la oreja. Unos gemidos ahogados y apagados le confirmaron sus no tan ridículas sospechas. Entre Pedro y Lucía había algo más que una simple e inocente amistad. Volvió a la cama presuroso, temiendo que la puerta se abriera de pronto y le pillaran allí, escuchando. Le costó coger de nuevo el sueño. El novio de su mejor amiga la estaba traicionando con la que también consideraba una buena amiga. Natalia tenía que enterarse de eso... ¿o no?



jueves, 14 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 10

 



El domingo amaneció nublado y lluvioso. Cuando se acercó a la ventana y vio el panorama climatológico Lucía hizo una mueca de disgusto. La niebla era tan espesa que no parecía que fuera a levantar y la lluvia caía con fuerza. El día no invitaba a salir de casa.

Bajó a la cocina y preparó una cafetera que puso al fuego. Mientras el café se hacía abrió la puerta de la calle y se asomó ligeramente. No se veía un alma. “Normal”, pensó, “con este maldito tiempo, quién coño va a querer salir de casa”. Con un suspiro de resignación cerró la puerta y volvió a la cocina. Abrió un paquete de magdalenas y las colocó en un plato. Cuando el café estuvo listo preparó dos tazas y colocó todo en una bandeja. Subió con todo ello al salón. Una vez allí se dijo que tal vez hubiera sido mejor no haberle preparado el desayuno a Pedro. Todavía no se había despertado y no sabía cuándo iba a hacerlo, así que si tardaba mucho, lo más probable era que el desayuno se enfriase y no se pudiera tomar. Posó la bandeja en la mesa de comedor y acercó la oreja a la puerta de la habitación en la que dormía el muchacho. Entonces, como si de un resorte se tratara, la puerta se abrió y apareció un Pedro soñoliento, vestido con una camiseta de algodón blanca y unos boxer azul marino, todavía con evidentes signos de haberse despertado recientemente. Lucía se retiró de la puerta asustada y él pareció no darse cuenta.

–Buenos días – saludó – me he quedado dormido. Pensé que era más temprano y ya son las diez.

–Es que el día está muy oscuro. Llueve y hay niebla. Así que no importa, no creo que tengas ninguna prisa por ir a ningún sitio... ¿o sí?

Pedro la miró y esbozó una ligera sonrisa.

–De pronto me ha entrado prisa por tomar ese café humeante que está sobre la mesa. ¿Lo has preparado tú?

–No – respondió Lucía devolviéndole la sonrisa – ha sido el vecino.

–Oh, vale. Has sido tú. Eso quiere decir que todavía te dura el buen humor de anoche.

Lucía sacudió la cabeza y le invitó a sentarse con un gesto. Degustaron el café y las magdalenas y cuando terminaron, mientras Pedro fregaba las tazas, Lucía tomó una ducha y se vistió. Cuando salió el baño había parado de llover y contrariamente a lo que en un principio parecía, la niebla comenzaba a levantar lentamente.

–A lo mejor tenemos suerte y queda un buen día – le dijo Pedro, que estaba asomado a la ventana – ¿Qué vamos a hacer hoy?

–Hoy podemos ir a las bodegas, podemos comer por ahí, montar en el teleférico, cenar en la Ribeira, que está ahí enfrente... hay muchas cosas que hacer. Después habrá que repetirlas cuando vengan los otros.

–Bueno, pues las repetiremos si es necesario. Pero porque ellos no estén, no vamos a dejar nosotros de hacer cosas ¿no?

–Desde luego. Y mañana iremos a la librería Lello. Tiene una escalera de caracol de madera y unas estanterías altísimas llenas de libros..... Es una maravilla.

Pedro se alegró de que Lucía lo incluyera en sus planes. Era la mejor forma de estar a su lado y quererla sin que ella se diera cuenta.

Aquel domingo no despejó hasta bien entrada la mañana. Cuando por fin salió el sol, Pedro y Lucía salieron también a hacerle compañía por la ciudad. Bebieron Oporto, comieron en una taberna típica, disfrutaron de las vistas de la ciudad desde el teleférico y desde el mirador de la Catedral de Sé y regresaron a casa cuando ya caía la noche.

Ha sido un día maravilloso – dijo él en un susurro, mientras descansaban tirados sobre el sofá y disfrutaban de unas copas del Oporto que habían comprado en las bodegas por la mañana.

   –Sí que lo ha sido – respondió Lucía.

    El corazón de la muchacha comenzó a latir con fuerza por sentirse tan cerca de él. De pronto ella sintió como la mano de Pedro comenzaba a juguetear con su pelo y se dejó hacer. Permanecieron así largo rato, sin hablar, tomando el vino en silencio. Parecía que ninguno quería moverse por temor a romper el hechizo. Finalmente Lucía, que estaba medio reclinada sobre el respaldo del sofá, se incorporó y miró a Pedro. Le gustaría decirle cosas, pero no sabía muy bien qué ni cómo. Achacó la confusión al vino que estaba tomando. Pedro también la miraba y ella creyó percibir que entre los dos flotaba el deseo de volver a besarse. Estaría bien volver a besarse. Sería hermoso sentir de nuevo los labios de él, tan suaves y tan tiernos, buscando los suyos, su lengua abriéndose paso para entrelazarse dentro de sus bocas.

–¿Por qué me miras así, Lucía? – le preguntó él acercándose a ella mucho más de lo que ya estaba.

Lucía salió de su ensoñación y la lucecita que se encendió en su cerebro la advirtió que no, que no era el momento de cometer ninguna locura. Estaba bien con Pedro, no debía estropearlo de nuevo.

–Porque..... eh.... no sé. ¿Te apetece cenar algo?

Él suspiró y levantándose dijo:

–Te invito a cenar en algún restaurante de la Ribera.

Fue el punto final a un día casi perfecto.

*

El lunes por la mañana visitaron la librería Lello y almorzaron en casa. El tiempo volvía a acompañar, pero se sentían un poco cansados, así que entrada la tarde Lucía decidió salir a hacer unas compras para su abuela y Pedro le prometió que cuando regresara tendría preparada la cena y sugirió quedarse después en casa viendo una película en la tele.

–Estará en portugués – dijo Lucía – no entenderemos mucho, pero bueno, no es un mal plan.

Las compras le ocuparon todo el resto de la tarde. Cuando regresó a la casa eran casi las ocho y media y ya había anochecido. Tan pronto abrió la puerta escuchó los sonidos típicos de quién está trajinando en la cocina. Miró por la rendija de la puerta entreabierta y vio a Pedro en plena tarea. No le dijo nada. Subió arriba despacio y vio la mesita baja de la sala puesta para la ocasión, dos copas, una botella de vino, algunos entremeses, patés y la tortilla rellena que el cocinero traía en una bandejita cuando en aquel preciso instante apareció en el salón.

–¡Lucía! ¡Qué susto me has dado! No te escuché llegar. No esperaba encontrarte aquí.

Ella sonrió y soltó las bolsas que todavía tenía entre las manos.

–Te vi tan enfrascado en tu tarea de cocinero que no quise molestar. Tengo un hambre canina y al ver todo esto... aun más. Pero si no te importa me gustaría darme una ducha antes.

–A mí también. Me da la impresión de que huelo a comida por todas las partes de mi cuerpo. Podemos hacerlo uno en cada baño y después cenamos.

Así lo hicieron. Después de la ducha Lucía se puso una ligera camiseta que le llegaba a la mitad del muslo y que utilizaba para dormir. Era como más cómoda se sentía. Cuando salió del baño ya Pedro la esperaba, vestido también con una simple camiseta azul marino y un pantalón corto del mismo color.

Se sentaron sobre la alfombra blanca del salón y en plan informal degustaron la apetitosa cena. Mientras lo hacían y charlaban, ambos sentían que la complicidad y la confianza iban creciendo a pasos agigantados. Se sentían tan bien cuando estaban juntos... Soñaban tanto el uno con el otro... Imaginaban tantos momentos compartidos.... Y recordaban tantas veces aquel beso... Mas desde entonces, desde aquel beso en el banco del paseo, ambos guardaban sus sentimientos para sí de manera absurda y aquella noche Lucía, empujada por la ligera embriaguez que le producía el vino, se decidió a dar un paso adelante. Amaba a Pedro, aquella noche lo amaba más que nunca, y no iba a dejarlo escapar, aunque estuviera con otra mujer. Puede que mañana, cuando su mente estuviera despejada y libre de los efluvios del alcohol, pensara otra cosa y se arrepintiera del paso dado, pero no le importaba. En aquellos precisos instantes no importaba nada salvo el hombre que estaba a su lado.

–Realmente lo estamos pasando muy bien ¿no crees? – dijo en un intento no sabía bien de qué – Cuando veníamos hacia aquí no pensé que resultaría así.

–Así ¿cómo? – preguntó Pedro con un toque de picardía en la voz que a Lucía no le pasó desapercibido.

– Pues.... así.... bien. Yo creo que... que estamos disfrutando del tiempo que pasamos juntos ¿no?

–Claro que sí, Lucía – repuso él con su voz más envolvente – yo me siento tan a gusto que... que no quiero que venga nadie más a molestarnos.

Una extraña excitación recorrió el cuerpo de Lucía al escuchar aquellas palabras. Miró fijamente a los ojos a Pedro y vio en ellos deseo, tal vez amor... sí, quizá también amor. A lo mejor el mismo que ella sentía.

–¿Qué quieres decir? ¿Que no quieres que vengan Jorge y Natalia? – preguntó a pesar de intuir claramente la respuesta.

–Eso quiero decir. No quiero que vengan, quiero estar contigo, sólo contigo.

–¿Por qué? – preguntó ella mientras de manera casi inconsciente los cuerpos de ambos se iban acercando, buscándose.

–Porque si ellos vienen no podré quererte. Y yo quiero quererte, quererte de verdad, no en silencio, como te estoy queriendo hasta ahora.

Seguían sentados en el suelo, así que apoyaron sus espaldas en el sofá y Pedro pasó su brazo por los hombros de Lucía. Luego la besó despacio, lento, suave, húmedo, como aquel primer beso en el banco del paseo, como todos los besos que ambos habían soñado sin atreverse a decirlo. Lucía se perdió en aquellos labios que la bebían con ansia y Pedro deslizó su mano por debajo de su camiseta acariciando su piel. La muchacha se estremeció al contacto de aquellos dedos que levantaban con solo unas ligeras caricias un torrente de pasión encendida.

–Te quiero, Lucía – le dijo él al oído – Te quiero. Eres la mujer que he estado esperando toda mi vida.

Lucía gimió ligeramente. La excitaban tanto las palabras como las caricias. Escuchar la voz cálida y sensual de Pedro era como escuchar una melodía de amor. En medio de los besos y las caricias se fueron despojando de la escasa ropa que cubría sus cuerpos, y acabaron haciendo el amor de manera casi salvaje sobre la alfombra blanca del salón, mientras la luna llena de Oporto los espiaba curiosa tras los cristales en aquella noche de primavera.



martes, 12 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 9

 



A Lucía, por momentos, se le hacía difícil disimular que entre ella y Pedro había surgido cierta tirantez en una relación que antes era fluida y tranquila. Apenas se dirigía a él y cuando lo hacía, en multitud de ocasiones contestaba con evasivas o incluso con algún comentario despreciativo. Ni a Jorge ni a Natalia se les había pasado el detalle por alto y ambos lo comentaron durante una jornada de trabajo.

–Algo les ha pasado – dijo Natalia después de sacar ella misma el tema – y ella está enfadada.

–Sí – contestó Jorge – yo también lo he notado, y también me he dado cuenta de que es ella la que muestra resentimiento. ¿Le has preguntado a Pedro?

–Sí, lo he hecho, pero me ha dicho que no, que no ha pasado nada. No obstante, está extraño desde hace tiempo.

–¿Qué quieres decir? ¿Por culpa de Lucía? – preguntó Jorge asombrado, pues no imaginaba ni por asomo que entre Lucía y Pedro pudiera haber algo más que una simple amistad.

–No, no. Está extraño desde mucho antes de que ella viniera. En realidad su cambio fue paulatino desde su regreso de Pontevedra. A veces me da la impresión de que anda un poco a rastras de mí. Como si hiciera algunas cosas porque yo quiero y no por voluntad propia.

–Bueno... ya sabes cómo es tu novio. Totalmente distinto a ti, pero yo creo que el fondo eso es bueno, tú eres el complemento perfecto para su carácter tranquilo.

–No sé, yo últimamente no lo veo tan claro. Y no me gustaría perderle.

La llegada de los primeros pacientes acabó con la charla, pero Jorge se propuso observar de cerca a Lucía y tratar de indagar qué era aquello que la mantenía molesta con su amigo.

*

Se acercaban las vacaciones de Semana Santa y con ellas unos días de merecido descanso. Hacía semanas que estaban pensando en la posibilidad de hacer un viaje los cuatro juntos y decidieron que aquella era la ocasión perfecta para materializar sus planes. Después de mucho pensar y darle vueltas al asunto alquilaron una casita en Oporto, al pie del Duero. Los cuatro contaban las horas que faltaban para tomarse las merecidas vacaciones, olvidarse por unos días de pacientes y alumnos y conocer una nueva ciudad. Pero las cosas se torcieron y la semana anterior al proyectado viaje en el centro de salud empezó a faltar el personal. El que no estaba de baja, estaba de curso, y los más antiguos hicieron valer su privilegio para tomarse días de vacaciones, así que a Jorge y Natalia se les comunicó que por necesidades del servicio no podrían disfrutar de más días de asueto que los propiamente festivos de la Semana Santa. Todos pensaron que era muy mala suerte que después de organizar el viaje con tanta antelación se hubieran truncado sus planes, pero Natalia, que siempre fue una chica de las de “a mal tiempo buena cara” dijo que ni hablar, que el alquiler de la casa estaba pagado y que no era cuestión de perder el dinero. Había que disfrutar de aquel viaje  y si no podían hacerlo los cuatro a la vez, lo harían de manera escalonada.

    –Pedro y tú podéis marcharos como habíamos planeado. El miércoles, al salir de trabajar, Jorge y yo tomaremos un avión y nos uniremos a vosotros – propuso Natalia a Lucía cuando esta mostró su contrariedad ante sus planes frustrados.

       La perspectiva de pasar unos cuantos días sola con Pedro no le gustaba en absoluto  y por eso intentó poner  todas las excusas que se le ocurrieron para evitar el viaje, cada cual más tonta, tanto que al final tuvo que desistir de su empeño y aceptar, pues Jorge y Natalia ya empezaban a preguntarle qué demonios le pasaba para mostrar tantas trabas ante una perspectiva que siempre le había ilusionado tanto.

Así pues el día señalado, por la mañana bien temprano, Pedro y Lucía se despidieron de los otros dos y emprendieron viaje. Por delante les esperaban unas tres o cuatro horas metidos en el coche que ella conducía. Iban casi en silencio, soltando apenas una frase de vez en cuando. "Si seguimos así", pensó ella "menudos días me esperan". Lucía había tenido la idea de aprovechar el viaje para hacer algo así como borrón y cuenta nueva. Puesto que iban a pasar unos días solos no eran cuestión de vivir en medio de la tensión que se adivinaba entre ambos con sólo estar en su presencia unos minutos. Pero lo cierto era que no era capaz de actuar como si no hubiera pasado nada. El recuerdo de aquel beso le martilleaba en el cerebro y no le dejaba actuar con naturalidad.

Llegaron a Oporto a media mañana y no les fue difícil dar con la pequeña casita que les habían alquilado en la agencia. Estaba a la orilla del rio, en pleno centro de la ciudad. Era un inmueble extraño. En la planta baja había una cocina alargada, un amplio baño y lo que parecía un cuarto para guardar trastos. Arriba había un salón comedor con dos ventanas que daban a sendos balcones sobre el río. En la parte trasera de la casa una habitación con una cama matrimonial y en medio de ambas estancias otro baño.

–Está bien la casa ¿no te parece? – preguntó Pedro mientras acomodaban el equipaje.

–Sí – contestó Lucía de forma escueta y cortante.

–Supongo que el sofá del salón se convierte en cama, al menos eso me dijeron en la agencia. Si quieres....

–Puedes quedarte con la habitación, a mí no me importa quedarme con el sofá. Además, cuando vengan Natalia y Jorge.... bueno, que es lo normal que os quedéis vosotros con el dormitorio así tendréis más intimidad. Jorge y yo dormiremos en el sofá.

Pedro suspiró con impotencia. Había querido ser sincero con Lucía sobre sus sentimientos pero por lo visto sólo había servido para estropear las cosas entre ellos.

    –Lucía, ¿qué ocurre? Desde que te besé aquella noche no eres la misma conmigo y ellos también lo notan. De hecho Natalia me ha preguntado en más de una ocasión si me había ocurrido algo contigo. No quiero que sospeche que entre tú y yo hay algo.

–Es que no hay nada – contestó Lucía airada – así que puede pensar lo que le dé la gana. Y mira sí, tienes razón que no soy la misma desde aquella noche. Lo que ocurre es que cuando alguien toca la fibra sensible de mi corazón algo se remueve dentro de mí, algo que me impide comportarme como si no hubiera pasado nada, y créeme que lo intento, pero no me sale. De todas maneras no te preocupes, cuando ellos lleguen haré un esfuerzo sobrehumano e intentaré disimular todo lo que pueda para hacerles ver que tú y yo somos los buenos amigos de siempre.

–¿Es que no lo somos?

–No, Pedro, no lo somos.

–Pues yo sí te considero mi amiga. No me gustaría perderte.    

Lucía miró a Pedro durante unos instantes pensando en lo que en aquellos momentos le hubiera gustado hacer. Por un lado besarle apasionadamente provocando una situación íntima a la que probablemente él no se podría resistir; por otro, asesinarle. Pero no hizo ni una cosa ni la otra. Se limitó a colocar su maleta abierta en una esquina en la que no molestara y murmurar por lo bajo que todos los hombres eran iguales, que no sabía por qué se hacía mala sangre por un beso de mierda que no iba a llevarla a ningún lado. Pedro la escuchó hablar entre dientes sin entender lo que había dicho.

–Entonces ¿qué? – le dijo – ¿Vamos a estar estos cinco días en incomunicación total?

–Por mi parte haré lo que me de la gana. No necesito contar contigo para nada. Tú verás lo que haces con tu vida. Y ahora bajo a comer algo, que tengo hambre.

–¿Puedo ir contigo? – preguntó el muchacho con resignación, tomando el enfado de Lucía como una pataleta de niña pequeña.

–Tú mismo.  

  Lucía salió de la casa con Pedro pisándole los talones. Le habían hablado de las bifanas, montaditos de carne de cerdo con salsa muy picante, y le habían recomendado tomarlas en el Conga, que resultó estar muy cerca de la casita en la que paraban. Allí, como le habían contado, las estaban preparando a pie de calle. Se sentó en una de las mesas de la terraza y Pedro hizo lo propio. Pidió las bifanas y una cerveza muy fría para ambos.

–Ya que me has seguido supongo que querrás comer lo mismo que yo. Pican, pero si no te gustan... ajo y agua.

Pedro esbozó una ligera sonrisa de la que Lucía no se percató. En el fondo el cabreo de la muchacha le hacía gracia, porque sabía que tenía un corazón noble y que jamás haría nada que pudiera perjudicarle. Además se había tomado aquellos días que tenían por delante como una prueba de fuego. Necesitaba saber lo que era convivir con ella, tenerla a su lado constantemente, para así comprobar que efectivamente era, como él pensaba, la mujer que había estado esperando desde siempre. No podían salir juntos como una pareja normal y corriente, así que tendrían que aprovechar esa oportunidad que la vida les ponían en bandeja. Sería como comenzar a andar de la mano la senda que le gustaría recorrer junto a ella. Pero no le diría nada. Tal vez al final, después de aquellos días, cuando el amor que sentía le desbordara de tal manera que ya no pudiera más. De momento tendría que conformarse con estar a su lado y quererla en silencio.

Comieron igualmente en silencio y regresaron a casa igualmente sin cruzar palabra. Hacía una temperatura agradable así que Lucía demoró sus pasos a propósito, no tenía prisa por llegar a la casa. La Ribera del río estaba atestada de gente que disfrutaba del encantador ambiente que reinaba en los pequeños restaurantes que ofrecían al visitante un marco incomparable. Lucía se dijo que uno de esos días bajaría a cenar allí, con Pedro o sin él.

Pasaron parte de la tarde descansando, Pedro en el dormitorio, Lucía en el sofá del salón. Alrededor de las seis, ella salió en busca de un supermercado en el que comprar algunas provisiones para el fin de semana con la idea de no tener que hacer absolutamente todas las comidas fuera de casa. Callejeó durante un rato, dejándose hechizar por el encanto de la ciudad, por el idioma que hablaban aquellas gentes que le sonaba como a canción celestial. Encontró lo que buscaba y de vuelta a casa hizo lo mismo, callejear y disfrutar de la ciudad. Escuchó sonar su móvil en el interior de su bolso pero ni siquiera se molestó en mirar quién la llamaba, quién fuera podía esperar, no deseaba que nadie interrumpiera aquellos instantes sublimes que estaban teniendo el poder de cambiar su humor y su forma de ver las cosas. Comenzó a sentirse tan feliz que decidió no mostrarse más enfadada con Pedro. ¿Para qué? Ni que fuera el único hombre en el mundo. Además, como si lo fuera, ¿acaso necesitaba a alguien a su lado? Al principio pensó que sí, por eso echaba tanto de menos a Lorenzo, pero según iban pasando los meses se estaba dando cuenta de que estar sola también tenía su encanto. Por otra parte, tenía que confiar un poco más en sí misma y en sus cualidades. Él no la había rechazado, bien al contrario, en realidad le había dicho que la quería, pero que estaba Natalia y bla, bla, bla. ¿Por qué tenía que ganar la batalla Natalia? De acuerdo que era muchísimo más guapa, pero ella siempre había tenido mucho éxito con los chicos. Todos le decían que tenía algo especial, un no sé qué que los acababa encandilando en cuanto la descubrían.

Era sábado. Quedaban por delante cuatro días con la exclusiva compañía de Pedro. A lo mejor eran suficientes para que él la descubriera también. Lucía sonrió levemente ante la ingenuidad de sus pensamientos. Un muchacho que se cruzó con ella en ese instante le dijo algo que no entendió sonriendo y ella le guiñó un ojo. Estaba contenta.

Casi sin darse cuenta llegó a la casa. Iba cargada con tres bolsas que dejó en la cocina y después subió al salón. Allí la esperaba Pedro con cara de pocos amigos.

–¿Se puede saber dónde has estado? Te he estado llamando y no me cogías el móvil – le regañó.

–¿Te has preocupado? – le preguntó ella sonriendo.

–A ti qué te parece. Estás en una ciudad extraña, no me dices a dónde vas... ¿y si te pasara algo?

– Confío en la eficacia de la policía portuguesa, seguramente te encontrarían enseguida para darte la mala noticia. Pero bueno, supongo que tienes razón, lo siento. La verdad es que escuché el móvil pero no me dio la gana de cogerlo. Estaba disfrutando tanto del paseo... Fui a comprar algo de comida a un super. ¿Qué te parece si hacemos unas pizzas? También me compré una botella de vino, de ese que llaman verde, aunque yo veo que es blanco. ¿Te apetece?

A Pedro le parecía que la habían cambiado, que estaba hablando con una persona diferente a la de aquella mañana, pero no puso objeción, al contrario, le gustó el cambio.

–Sí, me apetece. Pero la próxima vez que salgas, si no quieres que vaya contigo, por favor, avísame.

–Descuida. Lo haré.



sábado, 9 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 8

 



     Una noche de sábado, como muchas otras, Jorge y Natalia tenían guardia en el Centro de Salud. Puesto que no podría tener lugar la consabida cena por cuestiones obvias, quedaron en salir a dar una vuelta y tomarse algo antes de que ellos dos entraran a trabajar. La primavera acababa de estrenarse y después de unos días muy lluviosos, el sábado había amanecido soleado y con buena temperatura. A las ocho de la tarde, Lucía y Pedro acompañaron a Jorge y Natalia hasta su puesto de trabajo y allí se despidieron de ellos. Lucía se disponía a regresar a casa, donde tenía pensado aprovechar el tiempo corrigiendo unos exámenes y después se iría a la cama pronto y leería algún libro. Pero el plan que le propuso Pedro era mucho más atractivo y no dudo un segundo en cambiar sus intenciones.

     –Ellos tienen que trabajar pero nosotros no – le dijo el muchacho –. Hace una noche estupenda y no sé tú, pero yo me aburriré soberanamente solo en casa. ¿Te apetece que vayamos a cenar?

–Bueno, yo tendría que corregir unos exámenes, pero reconozco que tampoco tengo ganas de marchar a casa. Acepto el ir a cenar. ¿Te apetece ir a la cantina nueva que han abierto? Está al final del paseo y me han dicho que se come muy bien.

Pedro accedió y fueron paseando hasta allí. El restaurante estaba a la orilla del río y tenía algunas mesas fuera, en el jardín. Puesto que la noche era cálida decidieron ocupar una de ellas. Durante aquella cena hablaron más que nunca de sus vidas. Apenas habían tenido ocasión para ello, así que según fue surgiendo en la conversación, se fueron contando casi todo de ellos mismos.

–Mi padre murió cuando yo era muy pequeño – le contó Pedro – tenía sólo tres años y apenas le recuerdo. Mi madre luchó mucho por sacarnos adelante a mis hermanos y a mí. Cuando echo la mirada atrás la veo siempre trabajando, llegando a casa muy tarde mientras nosotros esperábamos en casa de la vecina. Fueron tiempos duros, pero afortunadamente todo pasó y ahora tanto mis hermanos como yo le estamos devolviendo todo lo que hizo por nosotros. Un día que vayamos por Madrid la conocerás. Seguro que te caerá muy bien.

–¿Ella no viene nunca a visitarte?

–Casi nunca. Natalia y ella.... bueno, no es que no se lleven bien, pero a mi madre no le gusta Natalia y a Natalia no le gusta mi madre, y ninguna de ellas me ha dicho jamás el porqué. Así que casi prefiero no saberlo. Intento ir yo a Madrid por lo menos cuatro o cinco veces al año.

–Ya. Supongo que la situación no es muy.... cómoda.

–No, no lo es. Pero Natalia es mi pareja, es con quién he elegido convivir y mi madre... pues es mi madre, no quiero renunciar a ninguna por culpa de la otra.

Lucia se mantuvo en silencio durante un rato pensando en aquella afirmación. En eso de que Natalia era la mujer que había elegido para vivir y a la que no deseaba renunciar. Estaba enamorado de ella. No cabía duda. Además, durante aquella cena, siempre que Natalia había salido a colación en la conversación, él hablaba de ella con infinito cariño, dejando vagar sus ojos verdes sin posarse más que en su propio interior, mientras una tenue sonrisa iluminaba su rostro cegado por la ilusión. O al menos eso le parecía a Lucía.

–¿Y qué tal con Jorge? – preguntó Pedro de pronto, cambiando el tema de la conversación

–Bien. Decidimos borrar aquel momento de nuestras vidas y lo hemos hecho. Jorge fue un amor de adolescente. Un amor que pensé que no muriera del todo. – Lucía tomó un sorbo de vino de su copa antes de continuar hablando – ¿Sabes lo que ocurre? Que echo muchísimo de menos tener a alguien a mi lado. He estado todo mi vida con Lázaro y ahora no me acostumbro a la soledad. Lo intento, intento seguir los consejos de los que dicen que después de romper con la pareja hay que saber aprovechar el tiempo para uno solo. Y sí, yo aprovecho mi tiempo, pero era mejor antes, cuando podía compartirlo con la persona que amaba. A veces me dais tanta envidia Natalia y tú.... tan juntos, tan felices...

Pedro se revolvió en el asiento. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo interior de su chaqueta y ofreció uno a Lucía. Era un vicio secreto que no conocían ni Natalia ni Jorge. Fumaban cuando estaban juntos y sin la presencia de los otros dos. O sea, muy pocas veces. Y aquella era una de ellas.

–No te creas, Lucía. No somos la pareja perfecta que parecemos. De un tiempo a esta parte pienso que Natalia no es la mujer de mi vida. Durante mucho tiempo pensé que sí lo era, pero ahora...

Aquella respuesta inesperada agitó un poco el corazón de Lucía y no pudo evitar sentirse sorprendida. Jamás se hubiera imaginado semejante respuesta.

–¿Y eso por qué? – preguntó – No habrá otra mujer ¿verdad?

      Pedro cogió su copa de vino y bebió un sorbo. Estaba serio y se tomó unos segundos antes de responder.

    –Digamos que he conocido a alguien que.... me atrae. A veces veo en ella cosas que me enamoran. Es como si....como si fuera lo que yo estaba esperando sin saberlo. Es muy difícil de explicar, tal vez porque ni yo mismo lo entiendo. Ella no sabe nada y tal vez sea mejor que no lo sepa porque quiero pensar que esto sólo es un deslumbramiento momentáneo que se me pasará. Lo que menos deseo en el mundo es hacer daño a Natalia. Aunque por otro lado pienso que si me enamoro de otra persona y esa persona me corresponde, no tengo por qué sacrificar mi felicidad ¿no crees? Yo lo único que tendría que hacer sería ser sincero y honesto con ella.

Sí, o al menos eso era lo que decía la abuela Soledad. Sin embargo aquella confesión hizo que Lucía se sintiera un poco incómoda y sin responderle miró a su alrededor y se dio cuenta de que los camareros empezaban a recoger. Eran más de las doce de la noche, se le había pasado el tiempo muy rápido.

   –Tal vez será mejor que nos vayamos – dijo – me da la impresión de que cerrarán el local de un momento a otro.

      Caminaron de vuelta al pueblo por el paseo que discurría a la vera del río. La noche había enfriado un poco el ambiente, pero aún era agradable. Avanzaban despacio y  en silencio, absortos en sus propios pensamientos. Lucía no podía dejar de pensar en lo que Pedro le había dicho sobre su novia, Pedro  rompía la quietud de vez en cuando con algún comentario sin importancia, sin volver a tocar el tema que a la muchacha tanto le había impactado. A veces  se cruzaban con algún grupo de gente que, como ellos, salía a disfrutar de la tibieza de la noche.

Cuando casi llegaban la pueblo Lucía la vio. La mujer se acercaba a ellos en medio de un grupo de gente. La madre de uno de sus mejores alumnos, una mujer que cada vez que la veía iniciaba una pesada y repetitiva charla sobre su retoño que parecía no tener fin. No le apetecía lo más mínimo tropezarse con ella en aquellos momentos.

     –Pedro ¿conoces a la madre de Santiago Contreras? Es también alumno tuyo.

–Sí, la conozco, es un pesada. Y si no me equivoco está en aquel grupo de gente que viene hacia nosotros.

–Exacto. Y no nos apetece nada encontrarnos con ella ¿verdad? Claro que si nos damos la vuelta así de pronto, se va a notar algo extraño. ¿Nos arriesgamos a pasar a su lado haciéndonos los locos?

Pedro sonrió divertido.

    –Se notaría demasiado – repuso – es mejor sentarse en este banco, verás.

    Se sentaron en el banco indicado. Pedro rodeó los hombros de Lucía con su brazo y se colocó frente a ella, dando la espalda al grupo de gente que pasaba por su lado en aquellos instantes.

     –No repararán en nosotros – dijo – creerán que somos una pareja de novios, que nos estamos besando. ¿Tú los ves?

     –Sí – respondió Lucía – pero tápame bien porque se han parado justo en frente de nosotros a hablar y no parecen tener prisa por irse.

      Pedro se acercó más a ella. Sus caras estaban muy juntas, tanto, que un ligero movimiento de Lucía hizo que los labios de ambos se rozaran de manera casual.

–Perdona – dijo él.

–No importa – dijo ella.

Se miraban el uno al otro de una manera extraña, como sabiendo que entre ambos flotaba un deseo escondido. Pedro, esta vez intencionadamente, rozó de nuevo sus labios con los de Lucía en un leve beso que hizo latir con fuerza el corazón de la muchacha. No decían nada, no hacía falta. Lucía, despacio, casi con timidez, acarició el rostro de él y cerró los ojos esperando un nuevo beso que no se hizo esperar. Esta vez fue un beso pasional, tierno, un beso en que se unieron sus salivas consiguiendo despertar sensaciones. Lucía no pudo evitar que el delirio se apoderase de su obnubilada mente. Abrazó a Pedro por el cuello y lo apretó más contra sí, sin pensar demasiado en lo que estaban haciendo, en la traición que estaban fraguando. Ahora sí estaba claro que la mujer a la que se había referido en la cena era ella, y que a pesar de todas las dudas y las incertidumbres finalmente la realidad era que se estaba enamorando de él. Las mariposas habían vuelto a revolotear por su estómago, esas que creía que sólo se sentían con los amores adolescentes, estaban volviendo a revivir, y agitando sus livianas alas la hacían revivir a ella también. Cuando por fin sus bocas se separaron ya el grupo de gente en el que estaba la madre de su alumno andaba muy lejos. Se levantaron del banco sin decir nada. Pedro la tomó de la mano y se la apretó entre la suya. Lucía no sabía qué decir y a él le pasaba lo mismo. El coche de Lucía estaba muy cerca y enseguida llegaron hasta él. Allí de despidieron mirándose fijamente a los ojos. Pedro le acarició la mejilla y la besó de nuevo muy levemente en los labios.

–Hasta mañana – le dijo con una sonrisa.

–Hasta mañana – respondió ella metiéndose en el coche.

*

        Aquella noche la cabeza de Lucía se transformó en una madeja cuyos hilos finos y rebeldes se liaban entre sí convirtiéndose en una maraña imposible de deshacer. Durante toda la noche no se pudo quitar de la mente aquel beso que había revolucionado no sólo sus sentidos, sino incluso su vida entera. Pero ¿qué iba a pasar a partir de ahora? La respuesta era difícil de encontrar. No sabía si Pedro iba a dejar a Natalia por ella, o si le iba a proponer ser su amante, o si el beso no había tenido para él mayor significado que el haberse dejado llevar por la pasión del momento.

Las horas fueron pasando dando vueltas en la cama, con el corazón en un puño, imaginando las más diversas situaciones y ninguna era agradable. Finalmente se durmió poco antes de que Jorge llegara a casa de la guardia, pasadas las ocho de la mañana.

La noche de Pedro había sido parecida a la de Lucía. La había besado porque se había dejado llevar por un impulso, por el impulso de confirmar que sentía algo por ella, que el desencanto que Natalia estaba sembrando en su corazón desde hacía tiempo estaba dando paso a una nueva ilusión. Le gustaba Lucía, le había gustado desde siempre. No era espectacular como Natalia, no la miraban los hombres al pasar, pero eso no era lo importante, lo importante era que en su compañía se sentía bien como hacía tiempo no se sentía con nadie. Además ella había correspondido a su beso, había posado su mano en su nuca para apretar más sus labios, su respiración se había agitado... le había gustado. Pedro creía que el sentimiento de ambos era mutuo, que se estaban enamorando y si efectivamente era así, tenían que tener en cuenta que nada iba a ser fácil. Nada.

*

El lunes Lucía acudió al instituto entre nerviosa y desconcertada. El domingo creyó que iba a tener noticias de Pedro pero no fue así. Tal vez tuviera sus planes con Natalia. Así que se suponía que durante esa mañana tendrían que hablar y aclarar las cosas. Normalmente Pedro era de los profesores que llegaban temprano, como ella, y antes de comenzar las clases solían verse en la sala común. Pero aquella mañana no apareció. Lucía dio su primera clase medio distraída, sin acabar de centrar su cabeza en lo que la tenía que centrar. Cuando terminó volvió a la sala común y Pedro seguía sin estar, tal pareciera que la estaba esquivando. Cuando llegó la hora del recreo, ya totalmente cabreada, sacó un café de la máquina del vestíbulo y salió del instituto en dirección al banco donde el sábado por la noche había ocurrido todo (el instituto estaba ubicado en las inmediaciones del paseo marítimo, muy cerca del banco en cuestión). Se sentó y mientras tomaba el café y miraba la desembocadura del río pensaba en lo cobardes que pueden llegar a ser los tíos cuando tienen que enfrentarse a una situación incómoda.

–Hola Lucía – escuchó, a la vez que alguien se sentaba a su lado.

–Vaya – dijo – por fin apareces. Pensé que no habías venido.

–Tenía examen las dos primeras horas – se disculpó Pedro – ¿Por qué me buscabas?

–¿Que por qué te buscaba? Llevo dos días con la cabeza hecha un lío. A lo mejor tenemos que aclarar algo ¿no te parece?

Miró al chico por primera vez aquel día. Sus ojos estaban surcados por unas ligeras ojeras, señal de que el asunto también le preocupaba. Por lo demás, vestido con una casual camiseta gris y un foulard al cuello, Lucía pensó que aparte de ser un tipo encantador, en ocasiones como aquella no dejaba de tener su atractivo.

–Yo llevo con la cabeza hecha un lío desde que te conocí, Lucía. Lo que ocurrió el sábado no fue más que la gota que colmó el vaso. Creo... creo que me estoy enamorando de ti y no sé qué hacer. Ayer por la tarde Natalia se fue a ver a sus padres y pensé en llamarte, pero finalmente no lo hice porque no quiero que Jorge se entere de nada y además preferí pensar e intentar aclararme. Pero no he conseguido nada. No quiero hacerle daño, pero creo que tampoco quiero renunciar a ti.

Pedro cogió la mano de Lucía, que reposaba sobre su regazo, y la besó con ternura.

–Te quiero, Lucía, pero a ella también la quiero. Puede que de otra manera, pero.... también le tengo cariño.

–Yo... yo también he estado pensando mucho durante todo el día de ayer. He imaginado esta situación cientos de veces – comenzó a hablar Lucía – pero confieso que en ninguna de las situaciones que imaginé las cosas sucedían así. Seguramente es que soy una ingenua, o una estúpida. Yo también siento algo por ti, Pedro, pero no te voy a compartir con nadie, ni siquiera temporalmente. Así que creo que lo mejor es que te tomes tu tiempo y te aclares. Tendrás que elegir entre una u otra. Claro que a lo mejor cuando te decidas, alguna puede que no esté disponible.

Lucía se levantó dispuesta a marcharse.

–Yo nunca pensé en estar con las dos a la vez, Lucía. Pero sí, tienes razón, necesito tiempo para saber qué hacer con mi vida.

–Pues tómate el que quieras. Y por favor, olvida lo que ocurrió el sábado, yo también lo haré. Soy experta en olvidar. Si te lo propones no es nada difícil.



jueves, 7 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 7

 




Tenía pensado viajar a Madrid en avión, por eso de la rapidez y comodidad, pero Pedro, que iba en su propio coche, le propuso llevarla y no se lo pensó. El viaje sería más largo y más incómodo, pero iría acompañada y no tendría que pasar por los nervios que le provocaba volar. Así fue que el día anterior a la Nochebuena partieron bien temprano, por la mañana, y a las doce del mediodía ya estaban en la capital. Pedro la acercó amablemente a casa de su abuela y quedaron en que el día veintisiete de diciembre después del almuerzo, regresarían de nuevo al pueblo de Galicia en el que vivían.

La abuela Soledad la esperaba impaciente. Lucía entró en la casa por la puerta de la cocina, la trasera, que daba al jardín y a la fabulosa piscina que a aquellas alturas del año estaba vacía y se encontró a la abuela preparando la comida. Olía a pollo guisado. A Lucía le encantaba aquel plato que hacía siglos que no lo comía.

–Hola abuela – saludó al entrar.

La abuela no dijo nada. Se limitó a acercarse a darle el abrazo más tierno y cálido que hubiera recibido jamás, como si su nieta fuera el hijo pródigo que de nuevo regresa a los brazos maternos.

–¿Cómo estás cariño? – preguntó – Por lo que veo un poco más flaca. La culpa la tiene ese...

–Abuelaaaa, no empecemos, eh.

–No, no, tranquila, lo siento. No lo nombraré más en mi vida, no se lo merece. Anda, pasa y siéntate, vendrás cansada. Tienes preparada la habitación de siempre. Si quiere echarte un rato....

Lucía agradeció la sugerencia y sí, se fue a acostar un momento, pues había madrugado más de lo normal y se sentía con un poco de sueño. Se echó en la vieja cama de madera de nogal, que había pertenecido ya a los padres de su abuelo, fallecido muchos años atrás, y cerró los ojos. Sin embargo, aunque se sentía cansada, no era capaz de dormir. Y sin pretenderlo la imagen de Pedro y el recuerdo del viaje ocuparon su mente. No era el muchacho demasiado hablador en general, sin embargo cuando estaban juntos y solos parecía que se comportaba con más soltura, como si al lado de ella abandonara la timidez y tuviera más arrojo. La verdad era que no sabía qué le ocurría con él. De lo único que estaba segura era de que aquello jamás lo había sentido con ningún chico. Dándole vueltas al asunto se quedó dormida y sólo se despertó cuando escuchó la voz de su abuela llamándola desde el piso de abajo para comer.

*

La abuela Soledad era una mujer dinámica y moderna. A sus setenta y seis años era consciente de que todavía le quedaba mucho por hacer y no le gustaba nada desperdiciar su tiempo. Por eso siempre estaba haciendo cosas, o costura, o lectura, o actividades con sus amigas, lo que fuera con tal de no estar inactiva. Había quedado viuda algunos años atrás y su marido, un médico de renombre, le había dejado en una posición económica holgada, con sus dos hijas ya criadas y aquella casa de la que la mujer no quiso desprenderse, aunque reconocía que le daba unos cuantos quebraderos de cabeza y muchos gastos, los cuales, hasta el momento, se podía permitir. Si algún día no pudiera la pondría en venta y santas pascuas, o al menos eso era lo que ella decía, aunque todos sabían que en el fondo, si tuviera que hacerlo, no sería una decisión muy agradable de tomar, más bien al contrario.

A Lucía le encantaba aquella casa. En realidad era la única persona que había animado a su abuela a conservarla, por eso Soledad, en secreto, tenía la esperanza de que algún día fuera parar a las manos de aquella nieta con la que no se entendía demasiado bien, pero a la que quería con locura.

Aquellos días transcurrieron en calma. Ambas mujeres pusieron todo de su parte para que así fuera. Lucía por partida doble, pues la tía Lidia, hermana de su madre, y su encantadora familia, le caían fatal, pero para dos días que tenía que aguantarlas se propuso hacerlo con estoicismo y diplomacia, y lo consiguió.

Aunque al principio le había dicho a su abuela que sólo se quedaría en Madrid los días de Nochebuena y Navidad, el hecho de que Pedro se quedara dos días más hizo que ella decidiera también hacer lo mismo para así poder regresar juntos.

Al día siguiente a Navidad, su abuela le propuso acudir a un centro comercial en el que tenía que realizar unas compras y así aprovechar para pasar el día juntas y solas, cosa que a Lucía le pareció bien. Se fueron ya por la mañana, comieron en un restaurante del propio centro y continuaron su jornada de compras. A media tarde, cuando se encontraba en una conocida tienda de libros y música curioseando, escuchó a alguien a su lado que decía:

–Decididamente el mundo es un pañuelo. Cómo no iba a serlo Madrid también.

No le hizo falta a Lucía mirar a la persona para saber quién era el propietario de aquella voz. Con sólo escucharla un escalofrío había recorrido su espina dorsal.

–Hola Pedro – dijo con toda la calma de que fue capaz, sin saber por qué aquel encuentro la ponía tan nerviosa – Tienes razón. No esperaba encontrarte aquí. ¿Qué tal estos días?

–Bien, ya sabes, con la familia.

En ese momento se acercó a ellos un chico rubio, de ojos azules y nariz ligeramente aguileña.

–Te presento a mi hermano – dijo Pedro – Francisco, Fran para los amigos. Ella es Lucía, una buena amiga y compañera de instituto que me ha acompañado en el viaje.

Se dieron el beso de rigor y Pedro le propuso tomar un café juntos.

–Lo siento, es que estoy con mi abuela, que por cierto no sé dónde coño se ha metido.

–No me pongas como excusa para negarte a tomar un café con estos muchachos – escuchó a sus espaldas.

–¡Abuela! Mira, este es Pedro, el chico con el que he venido en coche a Madrid, es mi compañero en el instituto y un buen amigo. Y ese otro chico es su hermano Fran.

Soledad los saludó con la efusividad de la que siempre hacía gala y que hacía que con gran frecuencia cayera bien a la gente. Luego quedó a una hora con su nieta y marchó a su aire. Lucía se fue con Pedro y su hermano a tomar el café. Charlaron un rato y ella pudo comprobar que el hermano de Pedro, a pesar de ser físicamente su antagónico, parecía tener el mismo carácter suave y tranquilo. La acompañaron al lugar en el que habían quedado con la abuela, que ya la estaba esperando y se despidieron hasta el día siguiente, en que Pedro pasaría a recogerla a las tres de la tarde para iniciar el viaje de regreso al pueblo.

*

–¿Y qué tal con Pedro, Lucía? Parece un buen chico.

Lucía y su abuela estaban sentadas en el porche trasero de la casa, frente a la piscina vacía, tomando café después de haber cenado frugalmente y descansando del agotador día en el centro comercial. La temperatura era inusualmente cálida para la época del año en la que estaban.

La muchacha dio un sorbo a su café antes de contestar a su abuela.

–Es amigo de Jorge, de Jorgito ¿recuerdas? –la abuela asintió con la cabeza – Y su novia trabaja con él de enfermera, por eso lo conocí. Pedro da clases de historia. Sí, es un buen muchacho, un poco tímido, pero muy majo.

–¿Y su novia?

–Muy guapa, guapísima es. Maja, también, un poco torbellino para mi gusto, demasiado inquieta, no sé cómo él la aguanta. La verdad es que no pegan ni con cola. Pero bueno, parecen felices, que supongo que es lo importante.

La abuela Soledad dio un sorbo a su café y miró a si nieta, cuyos ojos oscuros vagaban por el jardín sin flores a aquellas alturas. La conocía demasiado. Y sabía que sentía algo por aquel chico.

–¿Te gusta? – se atrevió a preguntar a pesar de que sabía que tenía que andar con pies de plomo si no quería que Lucía la mandara a tomar viento de nuevo.

–¿Pedro? Abuela, pero ¿tú le has visto? No es mi tipo – contestó Lucía haciéndose la ofendida.

–Bueno.... no es guapísimo, tienes razón. Para guapo Lázaro.... y ya ves.

Lucía dirigió a su abuela una mirada asesina, ante lo que a la mujer no le quedó más remedio que pedir disculpas por sus palabras.

–Lo siento, lo siento cariño. No he dicho nada.

Lucía admitió sus disculpas y se quedó pensativa. Su abuela debería haber estudiado psicología, porque era un as descubriendo sentimientos escondidos de los que a veces ni uno mismo se percataba.

–Tienes razón, abuela. Tienes toda la razón. Lázaro era el más guapo y me hirió en lo más profundo del corazón. Pedro es un chico normal y corriente y sin embargo cuando estoy a su lado siento algo aquí – se tocó el pecho – algo que me hace pensar, darle vueltas a la cabeza. No puedo enamorarme de él, abuela. Él ya es de otra.

–Lo malo es que en los sentimientos no se puede mandar y el amor, no lo olvides, no conoce de propiedades. ¿Lázaro era tuyo? ¿Te lo robó esa chica con la que se fue? No, Lázaro era una persona libre que decidió volar y voló, sin contar contigo. Con eso lo que te quiero decir es que da igual que puedas enamorarte o no, si el sentimiento está ahí, dentro de ti, te vas a enamorar de todas maneras. Y él no es de otra. Él es una persona que también puede volar, como hizo Lázaro.

–Ya, pero yo no quiero ser la causa de su vuelo. Sé lo mal que se pasa y no se lo deseo a nadie. Natalia es buena chica.

La abuela Soledad asintió con la cabeza.

–Depende de cómo se hagan las cosas, Lucía. No podemos obligar a los demás a que nos amen, y si no lo hacen, lo importante es ser honesto con la otra persona. Yo creo que el problema no fue que Lázaro hubiera dejado de quererte, lo realmente reprochable de su comportamiento fue que andaba con otras mujeres, sí, Lucía, con otras, en plural, y lo sé de buena tinta, mientras a ti te tenía engañada. Las cosas hay que hacerlas bien, con la verdad por delante. Recuérdalo. Y sé feliz. Haz todo lo posible por ser feliz. Y ahora, me voy a la cama, cariño. El día ha sido demasiado largo y estoy cansada.

Dio un beso en la frente a su nieta y entró en la casa. Lucía se quedó un rato más, mirando a las estrellas mientras sujetaba entre sus manos la taza vacía de café, que se iba enfriando poco a poco. Ser feliz. Como si fuera tan fácil. Por unos minutos se imaginó la vida al lado de Pedro. Ella no podría darle lo que Natalia le daba. Ella se tomaba la vida con más calma y a lo mejor no era lo que él necesitaba. Cerró los ojos y se imaginó un beso de él. Se sorprendió cuando un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo con sólo imaginar. Tenía razón su abuela. Era posible que se estuviera enamorando de él. Y si era así, nada iba a ser fácil.

domingo, 3 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 6

 



Jorge entró en la casa y al verla en el sofá la saludó como todos los días. Se acercó, le dio un beso en la mejilla y le preguntó qué tal el día. Ella le contestó con un escueto “como siempre”, obviando el detalle de su almuerzo con Pedro.

Jorge dejó unas bolsas en la cocina, se quitó el impermeable que colocó en el perchero y se sentó a tu lado. Posó su mano en el muslo de Lucía y le dijo:

–¿Cómo estás? ¿Te apetece hablar?

Lucía tomó aire y bajó la vista antes de responder. No sabía si le apetecía hablar o no, pero de lo que estaba segura era de que quería terminar con aquel equívoco de una vez por todas.

–No hay mucho que hablar, Jorge. Sólo quiero pedirte disculpas. Lo que pasó ayer fue provocado por mí... por mi miedo a la soledad supongo, o por los recuerdos que desde que estoy contigo me golpean la mente sin ningún sentido. Creo que pensé que tenerte como pareja no era mala idea y sí, sí lo era. Creo que no estoy enamorada de ti.

Jorge se acercó más ella y rodeó sus hombros.

–Yo también quiero pedirte perdón por no haberte dicho antes cómo soy. Seguramente si lo hubiera hecho no hubiera pasado nada de esto.

–Bueno, al final no tiene tanta importancia. Yo creo que lo mejor es que lo olvidemos y ya está. El día de ayer no existió ¿vale?

–Vale

–De todos modos me gustaría decirte algo que creo que es importante. Me voy a buscar una casa para vivir yo sola.

–Pero... ¿por qué? ¿No estás a gusto aquí? La casa es muy grande, más que suficiente para los dos. Y yo ya me he acostumbrado a tenerte aquí. No quiero que te vayas.

–¿Y si en algún momento quieres traer a alguien?.... No sé.

Jorge se echó a reír sonoramente.

–Lucía, soy gay, no soy promiscuo.

–Lo siento, no quería decir nada de eso – respondió la muchacha toda azorada.

–Lo sé, tranquila, era un broma. No te preocupes por eso. Hace dos años que dejé una relación y de momento no pienso liarme con nadie, ni para un rollo de una noche, no me van esas historias. Así que puedes quedarte aquí el tiempo que quieras.

Lucía sonrió y respiró aliviada. Ya todo estaba aclarado.

*

Se acercaban las Navidades y todos hacían planes. Todos menos Lucía, a la que desde que faltaban sus padres aquellas fechas no le gustaban lo más mínimo y en realidad le daba lo mismo cómo pasarlas, sola o acompañada, no tenía la más mínima importancia. En realidad lo que le hubiera gustado sería dormirse la noche del veintitrés de diciembre y despertarse la mañana del siete de enero, pero como no era posible, se armaba de paciencia y capeaba aquellos días como podía. Durante una de las consabidas cenas de los sábados escuchaba como los demás deshojaban sus proyectos navideños sin abrir la boca. Jorge se iba a casa de sus padres, a Santiago; Natalia a casa de los suyos a La Coruña, aunque el día de Navidad tenía guardia y debía trabajar. Por su parte Pedro se marchaba a Madrid a pasar Nochebuena y Navidad con su madre y sus hermanos. A Lucía le sorprendió que Pedro y Natalia no pasaran las fiestas juntos, pero no dijo nada, al fin y al cabo no era asunto de su incumbencia y Natalia, que era muy suya, a veces contestaba de manera un poco brusca si se le hacía alguna observación que ella consideraba no debía interesar, como era el caso.

–¿Y tú Lucía? ¿Qué vas a hacer? – preguntó precisamente Natalia.

–Pues no tengo pensado hacer nada – dijo –, si a Jorge no le importa me quedaré aquí, en su casa.

–¿Sola? – preguntó Pedro sorprendido.

–Sí, sola. Tengo una hermana que vive en Alemania con su marido y sus hijos. Me llama todos los años para que vaya a pasar unos días con ellos, y todos los años voy a pasar unos días con ellos, pero no precisamente por Navidad. Y en Madrid tengo una abuela con la que no me llevo demasiado bien, así que me quedaré aquí, sola. No me importa, estaré bien.

La conversación tomó otros derroteros y el tema de las navidades quedó relegado al olvido. En el fondo a Lucía no le gustaba especialmente quedarse sola. Aquellos últimos años las había pasado con la familia de Lázaro, pero Lázaro y su familia habían pasado a formar parte de su historia, así que no tenía otra opción. Al fin y al cabo qué más daba. Era un día como otro cualquiera. Se compraría algo de marisco para darse un capricho y ya. Seguramente lloraría un poquito antes de irse a la cama, o en la cama mismo, y al día siguiente vería las cosas de otro modo.

Sin embargo hubo alguien que no olvidó el tema de la Navidad en soledad de Lucía. El lunes, a la hora del recreo, mientras tomaba un café en el bar frente al instituto y echaba un vistazo a los últimos exámenes que tenía que corregir, alguien se sentó a su lado y le preguntó.

–¿Cómo es eso de que te vas a quedar sola en Navidad? ¿Me lo puedes explicar?

Levantó la vista asustada y frente a ella vio a Pedro, mirándola con sus ojos tristes y una media sonrisa que Lucía no supo interpretar.

–Hola, Pedro. No tiene nada que explicar, no tengo con quien ir, bueno sí, podría irme con mi abuela pero no me apetece, así que me quedaré yo sola. No pasa nada.

–Yo me quedaré contigo.

En ese instante sonó el móvil de la muchacha y en la pantalla vio reflejado el nombre de su hermana. Contestó de inmediato y la conversación que mantuvo con Cristina fue la habitual por esas fechas, aunque esa vez su hermana fue particularmente insistente, dado que eran las primeras Navidades sin Lázaro. Pese a ello, Lucía se mantuvo en sus trece: no iba a ir a Alemania. Después del consabido tira y afloja finalmente Cristina le hizo prometer que por lo menos tendría en cuenta la posibilidad de marchar a Madrid, a casa de la abuela Soledad. Lucía hizo la promesa aún a sabiendas de que no la iba a cumplir y colgó.

–Era mi hermana – le dijo a Pedro, que había permanecido allí, sentado frente a ella, a la espera de que terminara la conversación – que como todas la navidades pretendía que me marchara con ella a Alemania. Pero no iré, tampoco me apetece.

–Yo me quedaré contigo, de verdad. Mi madre no estará sola, mis dos hermanos están allí y le harán compañía.

Lucía se quedó mirando a Pedro fijamente, aun sin pretenderlo. Su mente intentaba comprender la actitud de aquel chico. No se iba con Natalia a casa de sus padres, sin embargo estaba dispuesto a renunciar a pasar las fiestas con su propia madre para hacerle compañía a ella.

–¿Y tú crees que a Natalia no le importaría? – preguntó de pronto – Lo digo porque... no sé, se me hace raro que ella se quede en La Coruña y tú te vayas a Madrid. Si le dices que te quedas conmigo...

–Siempre lo hemos hecho así. Desde que vivimos juntos. Lo decidimos entre los dos y a los dos nos pareció bien. No sé cómo le parecerá que me quede contigo, pero será cuestión de hablarlo. Es posible incluso que ella misma plantee la posibilidad de cenar todos con sus padres en La Coruña ¿Qué te parece?

Lucía recogió los papeles que estaban medio desparramados sobre la mesa, los metió en su carpeta y se levantó dispuesta a marcharse, mientras pensaba en la forma de decirle a Pedro que no se preocupara tanto por ella, que estaría bien sola y que por nada del mundo iría a pasar las fiestas con unos desconocidos, aunque fueran sus suegros.

–No me parece, Pedro. No creo que sea de recibo que me presente en casa de unos señores que no conozco de nada, ni tampoco me parece bien la posibilidad, aunque sea remota, de que Natalia y tú tengáis problemas por mi culpa. Además, en último término si me veo muy agobiada llamo a mi abuela y me voy a Madrid con ella. No te preocupes, de verdad. Tengo que irme, debo dar clase. Hasta luego.

Pedro se quedó sentado ante su café y mirando a la muchacha alejarse a través del cristal. En el fondo ni siquiera él comprendía su insistencia. En realidad nada debería importarle de qué manera pasara las Navidades Lucía. Y desde luego estaba seguro de que ni a su madre ni a Natalia, les hubiera parecido bien la posibilidad de que se quedara en el pueblo para acompañar a Lucía, a una chica que, al fin y al cabo, acababa de conocer y con la que no le unían otras cosas que un amigo común y el mismo lugar de trabajo. Eso era lo que pasaba por la mente de Pedro. Pero su corazón le decía otras cosas. Su corazón le decía que se encontraba bien al lado de Lucía y que sentía la necesidad ilícita de conocerla mejor y descubrir el mundo que guardaba en su interior.

Tomó un sorbo de su café y cerró los ojos por unos instantes. Aquello no era bueno. No era nada bueno.

*

A Lucía no le hizo falta ni siquiera acariciar la posibilidad de cumplir lo prometido a su hermana, porque dos o tres días después de hablar con ella la pantalla del teléfono se iluminó con el nombre de la abuela Soledad. En el fondo Cristina la conocía bien y sabía que no iba a ponerse en contacto con la abuela, así que le había faltado tiempo para hacerlo ella.

Lucía y su abuela no se llevaban demasiado bien desde hacía unos cuantos años, concretamente desde que la buena mujer había conocido la otra cara de Lázaro. No le gustaba, nunca le había gustado y en más de una ocasión había metido las narices dónde no la llamaban provocando pequeñas trifulcas entre la pareja. Hasta que un día Lucía decidió cortar por lo sano y le dijo que o aceptaba a Lázaro tal y como era o perdería una nieta de manera definitiva. La abuela Soledad prometió mantenerse al margen de todo lo que tuviera que ver con Lázaro, pero no fue capaz de cumplir su promesa y después de una tremenda discusión provocada por contarle a Lucía que había visto a su novio de la mano con una mujer por el centro de Madrid, la chica decidió apartarla de su vida terminantemente. No le volvió a dirigir la palabra más que lo indispensable y así seguían después de casi seis años. Aunque en aquellos momentos, con la perspectiva que le daban el tiempo y los acontecimientos, Lucía comprendía que lo que su abuela le había contado sobre Lázaro no era descabellado en absoluto. Antes de descolgar el teléfono pensó que las mujeres enamoradas pueden llegar a ser muy estúpidas. Incluida ella, incluso ella más que ninguna otra.

–Hola abuela – saludó con un claro deje de desinterés en su voz.

–Hola Lucía. No hace falta que muestres tu fastidio por mi llamada, ya sé que molesto, pero tu hermana me ha llamado y ha insistido tanto que no pude dejar de comprometerme a ponerme en contacto contigo. Al parecer no tienes dónde pasar las fiestas.

–Dónde sí tengo, no tengo con quién. Pero no estés intranquila por mí. Sé cuidarme sola. Cristina es un poco histérica.

–Por supuesto que no lo es. Tu hermana es la persona más juiciosa que conozco y por eso le dije que no sólo te iba a llamar, sino que iba a conseguir que te vinieras a Madrid a pasar conmigo al menos la Nochebuena y la Navidad.

Lucía soltó una risa burlona antes de contestar.

–¿Pero tú qué quieres? ¿Que la cena sea un desastre? De todos es sabido que tú y yo no podemos estar juntas.

–Lucía, deja de decir tonterías. ¿No te parece que es hora de olvidar lo ocurrido y pasar página? Puede que no debiera haberte dicho nada, pero ya ves, a lo mejor el tiempo ha terminado dándome la razón y de verdad vi a Lázaro, no a un espejismo como tú pretendías hacerme creer.

–Si me vas a restregar por las narices mi fracaso, mal empezamos.

–No te voy a restregar nada. Lo que he dicho es simplemente la verdad. Y te conozco lo suficiente como para saber que tú también lo has pensado alguna vez.

Lucía suspiró para coger fuerzas, como siempre. Sí, lo había pensado y sí, su abuela tenía razón. A lo mejor había llegado el momento de la reconciliación, aunque no pensaba darle demasiadas confianzas, no fuera a ser que volviera a estropear las cosas.

–Tienes razón – respondió sumisa – Iré a pasar nochebuena y Navidad contigo, pero sólo esos dos días, después me regreso al pueblo.

–Eso está mejor. Te estaré esperando con ansia.

Lucía colgó el teléfono y sintió que había hecho lo correcto. Es cierto que a casa de la abuela siempre acudía a cenar su tía Lidia con sus dos hijas, Marta y Megan, que era un poco tontas, como su madre, pero sería soportable. Sólo tendría que aguantarlas unas horas.



viernes, 1 de enero de 2021

Te esperaba desde siempre - Capítulo 5

 



El piso de Natalia y Pedro era pequeño y acogedor. Desde el ventanal del salón también se veía el mar y a Lucía le gustaba sentarse siempre en la misma esquina, cerca de la ventana. Allí estaba, tomando un café con Pedro, charlando como nunca lo habían hecho y contándole cosas como si se conocieran de siempre. Lucía estaba descubriendo en él a un hombre encantador, cariñoso y galante. Un poco tímido, quizá ese fuera el motivo por el que nunca hasta entonces había mostrado interés en entablar una amistad más profunda.

La había ido a buscar a la salida de su última clase y de camino a la casa habían comprado un pollo asado. Habían hecho el recorrido andando y charlando sobre trivialidades, capeando a veces como podían incómodos silencios fruto de la falta de confianza. Luego, ya en la casa, Pedro había preparado unas patatas y una ensalada y se las habían comido con el pollo. Durante el almuerzo, poco a poco fueron ganando algo de confianza y soltándose a charlar, fundamentalmente sobre temas de trabajo y algún cotilleo del instituto. Fue a la hora del café cuando Pedro insistió en saber el motivo de su tristeza y Lucía pensó que no era mala idea poder desahogarse con él. Suspiró profundamente, como hacía siempre que quería tomar fuerzas para algo.

– Metí la pata con Jorge – dijo – ,ayer de noche le besé en los labios y él me dijo que era gay. Me llevé el chasco más grande de mi vida. Jamás pensé que... lo fuera.

Pedro la miraba serio, con aquellos ojos claros un poco tristes que emanaban serenidad y confianza. Y luego le habló bajito, suave, con su voz delicada y envolvente.

– ¿Te has enamorado de él?

– No sé... supongo que no. Cuando éramos niños yo pasaba aquí los veranos y nos hicimos muy amigos. De adolescentes, el último verano que pasamos juntos, me besó en la playa y yo creí derretirme, pero de vuelta a Madrid conocí al que se convertiría en mi novio de toda la vida, hasta hace un año atrás que me dio la gran patada. La convivencia con Jorge hizo que los recuerdos regresaran a mi mente. No, no creo que esté enamorada, solo que vi en él una posibilidad de volver a tener pareja. La soledad es algo que me aterra. Nunca pensé que fuera gay, jamás.

– Cuando supo que venías él nos contó a Natalia y a mí lo mismo que me acabas de decir tú. Nosotros le aconsejamos que te pusiera las cosas claras desde el principio. No porque fuera a ocurrir nada, sino porque pensamos que tenías derecho a saberlo. Él dijo que no se atrevía a hacerlo así de pronto, que prefería esperar un poco de tiempo. Y al final.... ha tenido que pasar esto. Lo siento de verdad.

Lucía percibió que las palabras de Pedro eran sinceras, que de verdad lo sentía y una vez más la emocionó su empatía.

– No importa. Saldré adelante. Y él...¿nunca ha tenido pareja?

– Claro. Gonzalo se llamaba. Estuvieron juntos dos años. Luego el chico se fue a Alemania a trabajar y un buen día le escribió una carta en la que rompía su relación, sin ningún motivo. Poco más tarde nos enteramos de que se había casado, con otro muchacho claro. Jorge lo pasó muy mal al principio y se prometió a sí mismo no volver a caer en las garras de ningún desaprensivo, palabras literales. De hecho hace casi dos años de esto y no ha tenido más relaciones.

– Vaya. No sé por qué no me ha contado él todo esto.

– Supongo que no es fácil – Pedro miró su reloj y añadió – Se está haciendo tarde y tengo que salir a hacer unos recados. ¿Quieres que te acerque a casa? Está lloviendo a cántaros.

Lucía miró por la ventana y vio que efectivamente llovía a raudales. Se había encontrado tan a gusto charlando con Pedro que ni siquiera se había percatado del sonido de las gotas golpeando el cristal.

– Te lo agradecería – le dijo al chico –, de lo contrario me pondré pingando.

La casa de Jorge distaba apenas unos diez minutos en coche de la de Pedro y Natalia, sin embargo cuando llegaron el día ya se había convertido en noche. Había parado de llover y la casa estaba a oscuras, señal de que Jorge todavía no había llegado.

–Bueno, pues muchas gracias, Pedro – dijo Lucía antes de bajar del coche –. Te agradezco mucho tu atención. Me has hecho sentir muy bien esta tarde.

–Ha sido un placer, de verdad – contestó él. Y acercándose a ella le dio un cálido beso en la mejilla –Hasta mañana.

Lucía bajó del coche y no entró en la casa hasta que lo vio dar la curva donde lo perdía de vista. Después sí, después entró en la casa pensando que Pedro, aunque no fuera el hombre más guapo del mundo, era realmente un tipo fascinante y que Natalia tenía mucha suerte de tenerlo a su lado.

*

Hacía un tiempo que no se encontraba bien consigo mismo. Sentía un desasosiego que no era común en él, sobre todo cuando estaba con Natalia. Era como si la vitalidad excesiva, la energía extrema de la muchacha, le molestara, y últimamente valoraba con inmenso placer los momentos de soledad. Aquella tarde de charla con Lucía le había relajado enormemente. Lucía era parecida a él, reposada y sosegada, y estar a su lado le había recordado que, como él, hay personas a las que le gusta tomarse la vida con tranquilidad. A veces seguir el ritmo de Natalia era una carga difícil de sobrellevar. No tenía ni un segundo de serenidad. Ella lo arrastraba todo como un huracán.

Después de dejar a Lucía, Pedro hizo unos cuantos recados y regresó a casa. Se sirvió una copa de vino blanco, puso música suave en el equipo del salón y se sentó plácidamente en el sofá. Cerró los ojos y pensó en Natalia. Se habían conocido en Madrid, durante su tercer año en la Universidad, en una fiesta de estudiantes organizada por unos amigos de ella. Le había parecido la chica más guapa del mundo y aquella sonrisa de dientes perfectos y labios gruesos quedó grabada en su memoria durante los tres meses que tardó en verla de nuevo, ya en verano, cuando él hizo el Camino de Santiago con unos amigos comunes y al llegar a la ciudad se encontró con que ella y otros amigos los esperaban en la plaza del Obradoiro. Casi tanto como llegar a la ciudad del apóstol lo emocionó el hecho de encontrarla allí sin contar con ello. Y ahí comenzó todo.

Al principio el noviazgo tuvo que ser a distancia. Natalia vivía en La Coruña y él en Madrid, por lo que aprovechaban vacaciones y algún fin de semana para verse. Más tarde, cuando él terminó la carrera, se vino al pueblo y comenzaron a vivir juntos. Por aquel entonces ella acababa de comenzar a trabajar en el centro de salud y él se puso a preparar unas oposiciones que aprobó sólo dos años después. Al principio estuvo impartiendo clases en un instituto de Pontevedra, por lo que tenía que pasar la semana fuera de casa, a la que regresaba los fines de semana. Hacía ya unos cuantos años había conseguido el traslado al instituto de pueblo y había sido entonces, a partir de la convivencia continua, cuando se había dado cuenta de que Natalia era demasiado torbellino para su carácter tranquilo. Pero aguantaba, aguantaba porque estaba enamorado y la amaba. También aguantaba que no se quisiera casar con él y que no deseara tener hijos, decía que por el momento, aunque el momento se estaba alargando demasiado. Lo de la boda le daba un poco lo mismo, pero los hijos.... acababa de cumplir treinta y ocho años y si esperaba mucho más estaría ya en edad de ser abuelo. Pero no importaba, Natalia le daba sus razones y él siempre cedía, porque la amaba, sólo por eso. Sin embargo de un tiempo a esta parte había ocasiones en que las imposiciones solapadas de Natalia (siempre hacían lo que ella quería) conseguían irritarlo un poco. Eso y su ritmo frenético de vida, siempre saliendo, siempre de un lado para otro, de compras, al cine, a la fiesta de su amiga fulanita o al encuentro de su otra amiga menganita. La única tregua que se daba eran las cenas tranquilas y relajadas con Jorge y Lucía.

Lucía.... parecía tan frágil, tan vulnerable... aquella mañana cuando la había visto llorar se le había partido el corazón, pues contrariamente a lo que ahora pensaba, al principio le había parecido una mujer de carácter fuerte, un poco al estilo de su Natalia. Tal vez por eso no se había atrevido a profundizar más en el amago de amistad que habían hecho con motivo de las cenas de sábado. Sin embargo la conversación de aquella tarde le había mostrado una Lucía distinta, una mujer llena de sentimientos, de miedos, de sueños.

Pedro sonrió levemente y cogió su guitarra de la esquina dónde reposaba siempre. Comenzó a rasgarla tenuemente y cantó: “Estaré siempre a tu lado, para quererte en silencio” Y su mente por primera vez no voló hacia Natalia.

*

Lucía entró en la casa y encendió la luz del recibidor y del salón. Subió a su cuarto a posar sus cosas del trabajo, se puso el pijama, bajó de nuevo al salón, se sentó en el sofá y encendió la tele. Revolvió entre los canales y como no encontraba nada que le llamara la atención la dejó en cualquiera. Se encontraba un poco nerviosa y sabía que no le iba a prestar ninguna atención, no tenía la cabeza para zarandajas. La inquietaba el momento de encontrarse con Jorge después de lo ocurrido anoche. Aquella mañana no le había visto (casi siempre salían de casa a distintas horas), así que no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar. Puede incluso que no tuviera ningún tipo de reacción, que su comportamiento fuera el de siempre, como si nada hubiese ocurrido, pero aún así no podía dejar de sentir cierta excitación ante la perspectiva de verse cara a cara con él dentro de nada.

Para alejar un poco su desasosiego pensó en Pedro y en la tarde que había pasado a su lado. Contrariamente a lo que intentaba su intranquilidad no desapareció, aunque el motivo de la misma fuera diferente. A través de las horas que habían estado juntos había descubierto que Pedro la atraía enormemente. Le parecía un tipo muy interesante. Le gustaba su forma de hablar, le chiflaba su voz, la encandilaba su mirada un poco afligida, su sensibilidad, su empatía. Y no, Pedro físicamente no era nada del otro mundo, era un muchacho normalito, del montón. A ella siempre le habían atraído chicos guapos. Evidentemente la belleza es una apreciación sustancialmente subjetiva, pero en ciertos especímenes no había discusión y aunque parezca una superficialidad, esos eran los que a ella le gustaban. Y sin embargo ahora.... con Pedro sentía tanta afinidad...

–Lucía no seas estúpida – se dijo a sí misma en voz alta para intentar disipar sus demonios – Pedro está ocupado, tiene una chica a su lado de esas que quitan el hipo, ¿a qué coño viene pensar en él?

No hizo falta que pensara más en él. La llave en la cerradura de la puerta principal le anunció la llegada de Jorge y con él, el momento de verse cara a cara.