A
la mañana siguiente, tal y como habíamos acordado, me acerqué al
pueblo. Al llegar a la plaza en la que se ubicaban los puestos del
mercado pude verla al frente del suyo, moviéndose entre cuadros y
otros objetos. Permanecí un rato medio escondido entre las pequeñas
casitas, observando sus movimientos, las sonrisas que les prodigaba a
aquellos que se acercaban a su puesto y le compraban cualquier cosa o
simplemente preguntaban. De vez en cuando echaba alguna mirada hacia
la calle por donde yo tenía que aparecer. Tal vez no fuera así,
pero me alegraba pensar que estaba pendiente de mí, que esperaba el
momento de verme como yo había estado deseando toda la mañana que
llegara el instante de verla a ella. Finalmente me acerqué cuando
estaba de espaldas y no podía verme llegar.
-¿Cuánto cuesta este cinturón,
señorita? - le pregunté.
-Para usted no más de diez euros
-me dijo volviéndose y sonriendo -¿Qué tal Mateo? Me alegra volver
a verte.
-A
mí también. ¿Cómo va la venta?
-Hoy no ha estado del todo mal.
Dentro de un momento recojo. ¿Quieres el cinturón o era una broma?
-De broma nada, claro que quiero
ese cinturón.
Ella lo tomó y me lo tendió a
la vez que yo le daba los diez euros del precio.
-Para ti el cinturón es gratis.
Regalo de la casa.
-De eso nada – protesté – es
tu trabajo.
-Quiero regalártelo, me apetece.
No te preocupes, que si quieres comprar cualquiera otra cosa te la
cobraré.
-Pues muchas gracias, pero
entonces, déjame invitarte a comer ¿Hay por aquí algún lugar apto
para ello?
-Claro, la tasca de René, en el
puerto. Recojo y nos vamos.
El
bar de René era el único que había en el pueblo. La ayudé a
recoger sus cosas y nos dirigimos al consabido bar, que se encontraba
a escasos metros de la plaza.
-René – llamó cuando entramos
El
hombre que estaba detrás de la barra se acercó a ella con una gran
sonrisa. Sus cabellos blancos y su espesa barba le daban el aspecto
de un auténtico lobo de mar.
-Hola, Ángela. Buena mañana
¿verdad?
-Realmente buena. El tiempo es
magnífico y el barco ha traído un buen grupo de turistas. He
conseguido vender tres cuadros.
-Eso es realmente fantástico. –
dijo el hombre.
-Sí que lo es. Escucha René,
¿podrías guárdame estos trastos y prepararnos la mesa del fondo,
esa que está medio escondida? Vengo con mi amigo y queremos un poco
de tranquilidad. Ya sabes.
-Eso está hecho - dijo el
tabernero con un guiño.
Al
poco rato estábamos sentados a la mesa dando cuenta de un suculento
pescado fresco.
-René es un encanto – me contó
Ángela - él y su mujer me ayudaron mucho cuando llegué al pueblo.
Los quiero como si fueran mis padres.
-¿No tienes padres?
-Si, pero...bueno, es una
historia muy larga de contar y además no creo que te interese
escucharla.
Se
equivocaba, cada minuto que pasaba a su lado era un acicate más para
saber de su vida, de su pasado y de su presente. Me di cuenta de que
en mí estaba naciendo un sentimiento nuevo y desconocido hasta el
momento, acaso sería amor. Hasta entonces mis historias no habían
pasado de unas cuantas noches de pasión, pero lo que imaginaba a su
lado era diferente, mágico.
Cuando hubimos terminado de
comer, Ángela se levantó para ir a saludar a la esposa del
mesonero. Éste, amable y cordial, se acercó hasta la mesa.
-¿Le ha gustado la comida? –
preguntó.
-Realmente buena, hacía tiempo
que no comía un pescado tan fresco.
-Seguro que no. Me lo traen
recién pescado- me miró un rato y luego siguió hablando- Tengo un
amigo pescador que todas las mañanas se pasa por aquí de regreso de
la faena y me deja lo que traiga.
-Pues se nota, porque estaba
delicioso.
-Ya lo creo.
El hombre, cuyo acento al hablar
denotaba su procedencia extranjera, me observó durante unos
segundos, tras los cuales continuó su conversación.
- Muchacho tú, ¿eres un
conocido cantante? – se atrevió a preguntarme finalmente.
-Sí, lo soy, y he venido aquí
buscando un poco de tranquilidad así que le ruego por favor...
-No no, tranquilo. Yo no voy a
decir nada. Sólo que me extraña que Ángela y tú... ¿os conocíais
de antes?
-No, la conocí hace unos días,
en la playa.
El
viejo bajó la cabeza y durante unos minutos se quedó así, mirando
al suelo. Yo me sentí incómodo por su actitud y su silencio, mas
finalmente me volvió a hablar.
-Mira hijo, no quiero que pienses
que me meto dónde no me llaman. Pero la vida de los artistas
es...bueno, como es. No diría licenciosa, pero sí un poco
desordenada quizá. Lo que te quiero decir es que tú estás aquí de
vacaciones y querrás divertirte. No la utilices a ella, no se lo
merece. Ángela es un ser especial que no ha tenido una vida fácil.
No le hagas daño, por favor.
No
supe qué contestarle, tanto me sorprendió su advertencia, si es que
pudieran llamarse así sus palabras, cargadas de cierto reproche.
Simplemente asentí con la cabeza mientras lo veía alejarse hacia su
lugar, detrás de la barra. Más su consejo no hizo otra cosa que
acrecentar mi curiosidad sobre aquella preciosa mujer y su, al
parecer, agitada vida.
Ángela y yo comenzamos a vernos
todos los días. Pasábamos las tardes en la playa y por las noches
cenábamos en el bar de René. Las sobremesas solían prolongarse
charlando con el tabernero y su mujer hasta bien entrada la noche.
Cada día que pasaba comprendía
más a Ángela y su satisfacción por vivir en aquel lugar. Confieso
que en muchas ocasiones, en la soledad de mis noches, me replanteaba
mi supervivencia y me preguntaba si merecía la pena perderse aquella
manera de existir, de disfrutar de las cosas pequeñas de cada día
que tan feliz me estaban haciendo durante aquel verano inesperado.
Una
noche de aquellas en las que las conversaciones se prolongaban
después de la cenan comenzamos a hablar de nuestros respectivos
periplos personales. René y su mujer Claire, habían llegado a la
isla hacía ya muchos años procedentes de su París natal. Antes de
asentarse definitivamente en el pueblo solían pasar en él sus
vacaciones estivales, pues eran unos enamorados del paisaje y de la
tranquilidad que se respiraba. René y Claire tenían una hija,
Odile, que había fallecido en un desgraciado accidente de coche
recién cumplidos los doce años. El golpe fue tan fuerte y los
recuerdos dolían tanto que un día quisieron romper con todo y
comenzar una nueva vida en aquel apacible pueblo que los acogía
todos los estíos. Habían pasado muchos años desde su tragedia y el
tiempo fue mitigando el dolor por la muerte de su pequeña.
-No
del todo - decía Claire con un leve acento francés - nunca olvidas
de todo, pero hemos conseguido sobrevivir. Este pequeño pueblo y sus
gentes nos han salvado. Y desde que llegó Ángela es como si nuestra
hija hubiera vuelto con nosotros.
El
hombre asentía a lo que decía su mujer sonriendo, mirando a Ángela
con una expresión de cariño paternal en su rostro.
-Claro que sí, mi viejito -le
dijo ella - ya sabes que el cariño es mutuo.
-¿Y
tú Mateo? Llegar a la cima del éxito no debe ser nada fácil –
repuso Claire.
-En
realidad lo mío fue fundamentalmente cuestión de suerte. Siempre me
gustó la canción y en el Instituto formé un grupo con unos
compañeros. Pronto comenzamos a tocar en pubs y en alguna sala de
fiestas. Un día un empresario discográfico se fijó en nosotros y
quiso lanzarnos a la fama. Grabamos un disco, que no tuvo demasiado
éxito y finalmente mis compañeros tomaron otros caminos. Yo
continué…. Y aquí estoy. Trabajé duramente y al final di con una
casa discográfica que me respaldó y me ayudó a estar dónde estoy.
-¿Y
no te cansas de esa vida? Estar siempre de aquí para allá, entre
concierto y concierto... sin tener casi ni una casa fija. Tiene que
ser bastante duro ¿no es así?- dijo Ángela.
-Lo
es, pero si queréis que os diga la verdad siempre llevé un ritmo
tan frenético de trabajo que es ahora cuando me doy cuenta de ello.
Hacía tiempo que no disfrutaba de tanto sosiego
El
viejo René soltó una risa ahogada.
-¿Lo ves Ángela? Este pueblo
tiene magia. Todo el que lo conoce se quiere quedar.
-De
verdad que sí. ¿Os acordáis la primera vez que entré en la
taberna, medio asustada, con aquella enorme maleta y sin saber a
dónde dirigirme?
-Claro que sí, pequeña, cómo
no hemos de acordarnos.
Me
arrellané en mi asiento dispuesto a escuchar. Parecía que por fin
conseguiría enterarme de los motivos que habían empujado a Ángela
a abandonarlo todo y refugiarse en aquel rincón del mundo. Pero no
tuve suerte, pues la climatología se alió en mi contra y en ese
preciso instante se dejó escuchar a lo lejos el inquietante sonido
de un trueno
-Viene la tormenta -comentó René
– era lo esperado después del sofocante calor de esta tarde.
Pronto comenzará a llover.
Ángela se levantó de repente de
su silla y quiso marcharse con premura.
-Me
voy. Los truenos y los relámpagos me aterrorizan, así que quiero
llegar a mi casa antes de que la tempestad caiga sobre nosotros.
¿Vienes Mateo?
Me
despedí del agradable matrimonio y salí del bar junto a ella. Fuera
se había levantado un viento desagradable y el cielo plomizo
amenazaba tremendo aguacero. Ángela caminaba deprisa y en silencio.
El miedo le brotaba por los poros de la piel. No pude evitar reírme.
-¿Por qué vas tan rápido?
Pareciera que te persigue el mismo demonio -le dije.
-No
te rías y apura, que va a llover y relampaguea en el horizonte.
Las primeras gotas comenzaron a
caer cuando faltaban unos metros para llegar a su casa. Sin embargo,
y a pesar de la escasa distancia, cuando alcanzamos la puerta ya caía
un fuerte aguacero.
-Entra por favor – me dijo –
no te puedes ir a tu casa ahora, te pondrías pingando
Me introduje en la casa detrás
de ella. Encendió las luces y me vi en el interior de un amplio
salón decorado de manera sobria y sencilla.
-No creo que pare de llover y es
muy tarde, si quieres puedes quedarte aquí esta noche.
Sin darme tiempo a contestarle un
trueno resonó en la estancia y nos quedamos a oscuras
-Por favor, quédate – casi
imploró con voz llorosa.
Fue
a la cocina y regresó al salón con unas velas.
-Qué, ¿te quedas o no?
-¿Me estás haciendo una
proposición indecente? -le pregunté medio en serio, medio en broma.
-Tómatelo como quieras, pero
quédate, por favor. Me muero de miedo y no soportaría pasar la
noche sola con la tormenta encima
-Me
quedaré con una condición
-¿Cuál?
-Desde que te conocí me muero de
la curiosidad por conocer las razones que te han empujado a venir
aquí. Todos hablan de ello pero yo no sé la historia. Me gustaría
conocerla
Sonrió y se acercó a mí.
-La
gente exagera. Pero si tú quieres yo te lo cuento todo de mí.
Acomódate en el sofá ¿Quieres tomarte algo? ¿Un cacao tal vez?
-Un cacao es perfecto.
Se
dirigió de nuevo a la cocina y al cabo de un rato volvió con las
dos tazas humeantes. Me tendió una y se sentó a mi lado
-La
verdad es que no sé por dónde empezar.
-Por el principio estará bien.
-Sí, estaría bien si supiera
cuál es el principio. Quizá mis orígenes sean el principio. Mis
propios padres, que se separaron al poco tiempo de nacer yo. Mis
padres eran, son, dos seres absolutamente antagónicos y el vivir
entre el mundo de uno y el de otro me marcó profundamente. Ellos
pertenecían a dos realidades completamente diferentes. Mi padre
provenía de una familia humilde que con mucho esfuerzo consiguió
enviarlo a la Universidad. Eran los últimos años del franquismo.
En el ambiente flotaban aires de cambio y mi padre, que era un
bohemio y un idealista, estaba metido en cuanto lío de formaba. Mi
madre, sin embargo, era una niña rica, hija de un conocido
empresario de entonces. La educaron como a una señorita que no debía
esperar más de la vida que casarse con un buen partido, aprender a
bordar, criar los hijos, cuidar de la casa…. Ya sabes. Pero conoció
a mi padre y se encaprichó de él. Mis abuelos pusieron el grito en
el cielo cuando supieron que su única hija salía con un estudiante
de filosofía, medio rojo, revolucionario y además, lo más grave,
un muerto de hambre. Pero mi madre, que siempre fue muy cabezota,
soportó todos los castigos que le echaron encima y sus propios
padres acabaron cediendo y permitiendo esa boda, un matrimonio que
desde el principio estaba abocado al fracaso. Aquello, evidentemente,
duró un suspiro. Mi padre no podía darle todo lo que ella anhelaba.
No podía darle ni estabilidad, ni tampoco dinero. Cuando terminó la
carrera no se preocupó de buscar trabajo. Sus ocupaciones eran
esporádicas, mal pagadas y a veces rozaban la ilegalidad. Para él
eran más importantes sus reuniones de partido, su lucha por llevar
el país a la democracia y sus idealismos. Quería a mi madre, estoy
segura de ello, de hecho, aún hoy en día, habla de ella como el
gran amor de su vida, mientras que mamá, sin embargo, habla de él
como su gran error.
No
los recuerdo jamás juntos, pues se separaron apenas unos meses
después de nacer yo. Naturalmente, me quedé con mi madre, lo cual,
por aquel entonces, era inevitable siendo sólo un bebé. Supongo que
ahí comenzó mi odisea personal, casi desde la cuna.
Ella era, y sigue siendo, una
persona autoritaria en extremo, acostumbrada a imponer siempre su
criterio, de la misma forma que la educaron. Y así me crió. Con una
disciplina férrea, casi militar. Pero fui creciendo y me di cuenta
de que la vida al lado de mi padre era muy distinta. El no me imponía
nada, él me explicaba las cosas cuando no las entendía y me dejaba
elegir cuando consideraba que debía ser así. Por otro lado, y lo
que es más importante, mi padre me daba un montón de cariño, y con
ello no quiero decir que mi madre no me quisiera, pero su carácter
frío le impedía demostrarlo. Sin embargo papá me regalaba todas
las caricias y todos los besos que ella no sabía darme.
Cuando llegué a la adolescencia
la convivencia con ella se hizo insoportable y quise irme a vivir con
mi padre, pero por supuesto me lo prohibió. Aducía que no estaría
bien atendida, que mi padre apenas tenía recursos para mantenerse a
sí mismo y que no podía permitir que yo viviera en medio de la
miseria. Puede que tuviera algo de razón, pero yo hacía tiempo que
me había dado cuenta de que prefería no tener tantas cosas
materiales y más calor humano.
Al no conseguir mi propósito me
rebelé y me volví cada día un poco más díscola, aunque para lo
único que me servía aquel carácter que me iba forjando a golpe de
desencantos era para pillar rabietas y soportar castigos cada dos
por tres.
Cuando llegó el momento de
iniciar mis estudios universitarios la cuerda que nos agobiaba se
tensó un poco más. Yo quería estudiar Bellas Artes, pero ella
tenía programada mi vida laboral, así que debería estudiar
Económicas para después pasar a ocupar en la empresa de su marido
(pues se había casado de nuevo, esta vez con su media naranja) un
cargo importantísimo. Discutíamos sin cesar sobre el tema, hasta
que me amenazó con no pagarme carrera alguna si no estudiaba lo que
ella quería. No me quedó más remedio que transigir, aunque si todo
hubiera ocurrido hoy, no lo hubiera hecho. Por aquel entonces era
todavía una niña que no tenía fuerzas ni medios para enfrentarme a
ella de verdad. No obstante la convencí para que me permitiera ir a
clases de pintura. Accedió de mala gana, no sin antes advertirme que
no sabía por qué me empeñaba en hacer semejantes tonterías que no
valían para nada.... ¿Te aburro?
-Por supuesto que no, todo lo que
cuentas me interesa mucho. No has sido feliz ¿verdad?
-Ahora lo soy. Aunque siempre hay
cosas que enturbian esa felicidad de la que creemos disfrutar.
-Pero sigue contándome.
-Estudié Económicas, como ella
quiso. Me costó un poco, porque me parecía una carrera horrible,
pero conseguí terminarla. Inmediatamente me pusieron a trabajar en
la empresa de mi padrastro. Y como, aunque no esté bien decirlo,
era buena, y además, era de la familia, fui ascendiendo puestos de
manera vertiginosa, hasta que me vi como jefa del departamento de
finanzas. Entonces empezó mi infierno. Yo solo tenía veinticuatro
años. Estuve cinco trabajando como una loca, sin tener tiempo para
mí, metiéndome cada vez más en una espiral que parecía no tener
salida. Me levantaba a las 6 de la mañana y regresaba a casa a las
diez de la noche. Mi vida eran reuniones, viajes, estar pendiente
del móvil, con el portátil a cuestas....Me convertí en una máquina
de hacer dinero. Algunos meses ganaba más de seis mil euros. Pero no
tenía tiempo para disfrutarlos, ni amigos con quien hacerlo.
Una noche, en una de aquellas
estúpidas fiestas de empresa, alguien me ofreció una raya de coca.
"Aguantarás toda la noche sin cansarte". Y la esnifé. Y
después de aquella hubo alguna más. Iba cuesta abajo y sin freno.
En una de mis visitas a mi padre, él se dio cuenta de que algo no
marchaba bien. Comenzó a hacerme preguntas y yo acabé confesándole
todo lo que me ocurría. Se asustó cuando le dije que esnifaba
cocaína de vez en cuando para mantenerme despierta y con energía.
Pero por suerte lo tenía a él para salvarme. Recuerdo perfectamente
sus palabras. "Ángela, cariño, en esta vida hay cosas mucho
más importantes que el dinero y el trabajo. A veces es mejor vivir
con lo justo y disfrutarlo, que tener muchos millones y ser un
desgraciado. Apártate de todo eso. Vive". Me habló de este
lugar y me lo recomendó para pasar unas semanas de descanso. Me vine
sola, con el móvil apagado y sin contacto con nadie. Me hospedé en
el hostal del pueblo. Conocí Rene y a Claire, pues comía y cenaba
con ellos todos los días. Y sobre todo, tuve mucho tiempo para
pensar. Analicé en lo que me estaba convirtiendo y en lo que en
realidad quería ser. Y la conclusión es que quería ser feliz
haciendo lo que realmente me gustaba y no lo que me impusieran los
demás. Ya era mayorcita para enfrentarme a mi madre. Puede que mi
decisión no le gustara, pero tendría que aguantarse. Evidentemente
no le gustó. Cuando le dije que me despedía de la empresa y que me
venía a vivir a este rincón del mundo, me espetó que estaba
completamente loca "¿De qué esperas vivir? ¿De tus estúpidas
pinturas?" Aún me parece estar oyéndola. Me dijo que si me iba
y dejaba el trabajo me desheredaría y, por supuesto, y esto lo
recalcó muy bien, consideraría que no tenía ninguna hija. Esa vez
su intento de chantaje no le valió de nada. Hice las maletas y para
aquí me vine. Hace ya tres años que vivo aquí y no te puedes
imaginar lo que me ha cambiado la vida. Ahora valoro mucho más todo
lo que hago y sobre todo, adoro la sensación de libertad que tengo,
porque nadie decide por mí. Por fin soy yo la que dirige su propia
vida.
-¿Y
tu madre? ¿No la has vuelto a ver?
-Cumplió su amenaza y me ignora
totalmente. Alguna vez la llamé por teléfono para intentar hablar
con ella, pero no se pone. Esa es la única espinita que tengo en el
corazón. Porque, sea como sea, tenga el carácter que tenga, es mi
madre y yo la quiero. Y me gustaría que algún día comprendiera lo
que hice y por qué lo hice, pero no sé si será posible.
-En
todo caso, has sido muy valiente – le dije, admirándola
sinceramente.
-Sólo he buscado ser feliz.
Bueno - dijo con una enorme sonrisa - ya sabes mi pequeña historia,
¿estás contento?
-Se
puede decir que has satisfecho totalmente mi curiosidad. ¿Sabes? Me
encanta tu compañía.
Se
ruborizó y bajó la cabeza. Sus rizos castaños cubrieron su cara.
La tomé por la barbilla e hice que me mirara. La besé en los labios
y ella me correspondió.
-¿Nos vamos a la cama? -
preguntó.
-¿Juntos?
-Claro. No entraba en mis planes
enamorarme pero.... creo que no puedo ponerle remedio.
Aquella noche recuperé la
ilusión perdida. Volví a sentir el calor de un cuerpo de mujer,
volví a vivir. Después de hacer el amor nos dormimos. A la mañana
siguiente la tormenta ya había pasado.