Érase una vez un mundo, a veces bello y maravilloso, a veces hostil y despiadado, donde siempre ocurrían cosas, cosas que quiero contarte...
domingo, 18 de marzo de 2012
EL CHICO DE LOS OJOS TRISTES
-Venga tía, no seas aguafiestas. Vente a la excursión, que más te da. Si lo pasaremos en grande, eso seguro.
-En grande lo vas a pasar tú, con Carlos al lado, y me vais a tener a mí de cuidadora de un montón de jovencitos con las hormonas revolucionadas. No.
Mi amiga y compañera de trabajo Silvia Borrel, insistía una vez más para que me uniera al paso de ecuador de los de tercero de Hispánicas, mientras recorríamos los pasillos de la facultad cada una hacia su aula.
-Pues te voy a convencer, ya lo verás- me dijo desafiante.
Me paré en la puerta de clase mientras mis alumnos entraban y me volví hacia ella.
-Como no te calles de una vez, yo misma me encargaré de graparte la boca, te lo juro. Búscate a otra o a otro. Porque yo NO VOY.
Cerré la puerta y me subí a la tarima desde donde podía distinguir a todos y cada uno de mis pupilos. En general, eran todos buenos chicos y los resultados en mi asignatura, literatura española, iban por muy buen camino.
- Buenos días, hoy traigo los resultados de la monografía sobre "El Libro de Buen Amor". Son magníficos, salvo los dos o tres de siempre.
Murmullos de satisfacción se dejaron escuchar por el aula. Por encima de ellos la voz grave y engorrosa de Ignacio, que repetía la asignatura por tercera o cuarta vez, ya había perdido la cuenta.
-Carmen ¿vas a venir a la excursión de paso de ecuador? Este año va a ser memorable.
En general solía ser bastante tolerante y "enrollada" con los muchachos, pero los estúpidos comentarios, normalmente fuera de lugar de Ignacio Rodríguez, me molestaban sobremanera.
-Eso es lo único que te preocupa ¿verdad Ignacio? la excursión. Pues te advierto que eres unos de esos tres cuyo trabajo es un verdadero desastre. En realidad mientras lo leía me daba la impresión de estar perdiendo tontamente mi precioso tiempo. Casi hubiera sido mejor que no lo hubieras presentado.
Cogí el montón de trabajos y comencé a devolverlos, haciendo a los alumnos, pequeños comentarios sobre los mismos. Luego volví a mi mesa y continué con la clase.
-A ver chicos, callaos un momento y vamos a continuar. Como sabéis, estamos en la recta final del curso. Estoy bastante contenta con los resultados de la asignatura. No obstante os voy a proponer algo diferente. Quiero que escribáis algo de vuestra propia cosecha - murmullos de nuevo - Silencio, por favor, dejadme terminar.
-¿Va a contar para la evaluación final?- preguntó alguien.
-Eso era lo que os quería comentar. La única influencia que va a tener en la evaluación final es que si está bien, subirá la nota, si está mal, la nota quedará como estaba. Simplemente quiero que hagáis algo diferente y practiquéis redacción, que algunos estáis un poco flojos y en tercero de carrera es algo que no podéis permitiros.
-¿Y podemos escribir lo que queramos?
-Podéis escribir lo que os dé la gana, el tema es libre y la forma también, es decir me vale un relato, poesía, ensayo....me da igual. Lo único que me gustaría es que escaparais un poco de los estereotipos. Por ejemplo, las chicas, que sois, o somos, tan dadas a las novelas de amor, intentad evitar escribir un culebrón venezolano, por favor.
-Pues algunas novelas de amor están muy bien.
-Por supuesto. A ver un ejemplo,¿alguien se ha leído "El amor en los tiempos de cólera" de García Márquez, o "De amor y se sombra" de Isabel Allende?.
Algunas manos se alzaron tímidamente.
-A mi modo de ver esas novelas son dos ejemplos de cómo se pueden escribir historias de amor sin caer en lo empalagoso, evitando la sensiblería que durante mucho tiempo caracterizó a este género literario.
En ese momento el timbre anunciando el final de la hora sonó y todos se apresuraron a recoger sus bártulos.
-¡Un momento, por favor! - grité a través de sus voces- Tenéis un mes de plazo para presentarlo ¿Vale? Y tú, Rubén Pazos, quédate un momento, tengo que hablar contigo.
La marabunta salió en estampida y quedó el tal Rubén sentado al final de la clase. Me acerqué a él.
-Vamos a ver Rubén, ¿se puede saber qué es lo que te está pasando? No me has entregado el trabajo que devolví hoy y tus notas han bajado considerablemente. Y no sólo en mi asignatura, precisamente. Tienes en primero y en segundo una media de sobresaliente, y este curso o te pones las pilas, o acabarás suspendiendo más de una. ¿Me vas a contar qué te pasa, o voy a tener que acabar averiguándolo yo?
Me había escuchado con la cabeza gacha. Luego la levantó y me miró. Siempre me habían llamado la atención los ojos increíblemente verdes de aquel muchacho, y también la expresión terriblemente triste que arrastraba dentro de ellos. Era alumno mío desde principio de curso, nunca le había dado clase antes, pero yo siempre procuraba interesarme por el historial académico de mis chicos y sabía que Rubén no estaba dando todo lo que podía. Eso, junto con la infinita tristeza que me empeñaba en ver en sus ojos, me hacía sospechar que algún problema rondaba su cabecita.
-No me pasa nada-me contestó con desgana.
-Eso no es cierto, y tú lo sabes.
-Bueno y si me pasa ¿a ti qué te importa? No me conoces de nada, no sabes nada de mí.
-A lo mejor eso es lo que pretendo ahora ¿no crees? Saber algo de ti, a lo mejor puedo ayudarte.
-No creo, además yo no necesito tu ayuda. Ya te he dicho que no me pasa nada.
-Bueno, lo creeré cuando me entregues la obra que os pedí. Es la última posibilidad que tienes de salvar mi asignatura, y te advierto que tiene que ser muy, pero que muy buena.
-¿Puedo irme ya?
-Vete.
Lo vi marcharse con la impresión de que lo que le había dicho no le había servido de nada. Di un suspiro, estos alumnos míos me traían de cabeza. Recogí mis cosas y yo también me fui a casa.
Escuché el sonido del teléfono según salí del ascensor. Abrí apresuradamente la puerta y conseguí contestar casi sin recuperar el aliento. Vivía en un quinto, y me gustaba subir las escaleras andando.
-¿Diga?
-Hola, ¡qué pronto has llegado a casa!
-Y tú que pronto has llamado. Nos acabamos de ver en la facultad. Pero no me digas más, ya se el motivo de tu llamada. La maldita excursión.
-Carmen te hablo totalmente en serio. O vienes, o no podremos marchar. El decano no permite que acompañen a los alumnos menos de tres profesores. Este año, Celia, que venía siempre, está de baja. Y nadie quiere venir. Eres nuestra tabla de salvación.
-Pues yo tampoco quiero ir. Vamos a ver, Silvia, imagina la escena. Camping de la Costa Brava, bungalows, o como coño se diga, llenos de jovencitos descerebrados, dispuestos a vivir diez días de desmadre, una pareja de novios, o sea tú y Carlos, en plena luna de miel, son los profesores que van a echarles un ojo, junto a una tipa, ya casi cuarentona, separada y medio amargada, que no hará otra cosa que aguarles la fiesta. A todos.
-Pues ahora imagina tú. La cuarentona tiene todavía treinta y ocho años, hace dos que su marido, un cabrón de mierda, al que había dedicado toda su vida, la dejó por otra y desde entonces para ella la diversión no existe, aunque sus amigos no entienden muy bien por qué. De repente, se le presenta la posibilidad de un viajecito por España que la sacará, por unos días, del estúpido mundo tedioso en el que se ha empeñado en vivir. ¿Qué te parece? Debe aceptar ese viaje ¿verdad?
-Mira Silvia, estoy muy cansada y no tengo ganas de pensar ni de discutir. No voy a cambiar de opinión. Discúlpame. Mañana hablamos ¿vale?
-Está bien. Tendré buscarme a otra persona entonces.
Colgué el teléfono y me tiré literalmente en el sofá. Cerré los ojos y pensé en las palabras de mi amiga. A decir verdad Silvia tenía razón. Desde que Rafa me había dejado me había convertido en una amargada que no pensaba más que en su trabajo. Claro que, después de haberle dedicado más de veinte años de mi vida, tener que afrontar su abandono no fue plato de buen gusto. Le había conocido con quince años cuando él tenía diecisiete, y ya no nos habíamos vuelto a separar, salvo los años en la Universidad. Yo estudié en Santiago, en la misma facultad donde en aquel momento daba clase, y el marchó a Madrid, pues por aquel entonces no se podía estudiar periodismo en Santiago. Durante los años que él pasó en Madrid yo le guardé ausencia como una estúpida. Ni una salida, ni siquiera con mis padres, si él no estaba. Y al final, me mandó a tomar viento por otra. Yo no la conocía, ni tampoco tenía el menor interés. Pero fue duro, muy duro, mirar atrás y ver como había tirado por la borda los mejores años de mi vida al lado de un imbécil que no se lo merecía en absoluto. Lo único que saqué en limpio de toda aquella historia fue la firme convicción de que no debería confiar en la gente ciegamente, como había hecho con él. Y me volví más maliciosa.....y también mucho menos agradable. No me interesaba estar con nadie. No había tenido ni siquiera un rollo de una noche desde mi separación. No había salido con mis amigas (creo que ni las tenía), ni había hecho un viajecito de placer. Nada. De ahí el empeño de Silvia en sacarme de casa al precio que fuese, aunque tuviera que hacer de "cuidadora" de jovencitos.
Fue un instante, una ráfaga de inspiración que me pasó por el cerebro. El caso es que me levanté del sofá, llamé a Silvia y le di el sí a su propuesta, a pesar de que me seguía pareciendo descabellada. Se puso muy contenta. Durante el resto de la tarde, a punto estuve de llamarla cada diez minutos para volverme atrás, pero conseguí aguantarme. Tal vez, aquel viaje, no me viniera del todo mal.
*
Mis nóveles autores escribieron unas obras normalitas, salvo una, la de Rubén Pazos. Me presentó un relato corto titulado "La madre", una exaltación pura y dura de la maternidad. Parecía más bien salido de una mente femenina, por lo que a temática y forma de narrar se refiere. Realizado con una prosa sencilla y directa que no necesitaba segundas lecturas y con un estilo elegante e impecable, Rubén consiguió llevar su nota hasta el aprobado.
-Tu examen fue un autentico fiasco. Te ha salvado este magnífico relato - le dije cuando se lo devolví- , pero me temo que en alguna otra asignatura no tendrás tanta suerte.
Por toda respuesta me miró con cara de poco amigos y de nuevo volvió a su ensimismamiento. Me intrigaba su actitud, pero tampoco era mi intención atosigarle. Si no quería contarme nada, yo debía de respetar su decisión.
-Ignacio, tu relato es tan bueno, que me ha sorprendido. ¿Puedo leerlo ahora mismo? Estoy segura de que todos tus compañeros estarán deseando disfrutar de tus dotes narrativas.
-Si léelo. Se van a divertir mucho.
-Pues atención todos. El relato se titula "No me gusta escribir" y el contenido es el siguiente: "No me gusta escribir, porque se me cansa mucho el brazo" - toda la clase estalló en risas- Prosigo: "Además tengo cosas más importantes que hacer que escribir historias tontas que no me van a servir para nada. Lo malo es que mi profesora doña Carmen, me ha obligado a escribir y yo no quiero". Punto y final.
Los chicos seguían riendo. Cuando se calmaron hablé yo.
-Ignacio, me gustaría saber que coño haces en la universidad estudiando literatura, o mejor dicho, paseando los libros y los apuntes, porque lo que es estudiar está claro que no es lo tuyo.
-Mis padres me obligan a venir. Y tú me obligas a escribir - soltó una estúpida carcajada.
-Te advierto que te queda la convocatoria de gracia única y exclusivamente. Pero bueno, como seguro que no te importa, no voy a perder más el tiempo contigo, haz lo que quieras. Cambiando totalmente de tema, supongo que sabréis que os acompañaré a la excursión de paso de ecuador - una algarabía se formó, a pesar de que casi todos lo sabían- vale chicos, calma por favor. Salimos pasado mañana a las 6 de la mañana de la Plaza de Galicia. Os pido una cosa, ya sois mayorcitos, no me deis mucho la lata ¿vale?
-Venga Carmen, genial que vengas, ya verás que bien lo pasamos.
-Eso espero - dije para mí, mientras los veía marcharse felices- mañana nos vemos.
*
Debo reconocer que la primera jornada de excursión, a pesar de ser únicamente de autobús, se me antojó divertida. Seguramente debido al tiempo que llevaba sin salir de casa. Mis alumnos consiguieron contagiarme la alegría casi exagerada que les salía por los poros de la piel. Cuando llegamos a nuestro destino ya casi era de noche. Se repartieron las estancias, cenamos y todos se retiraron a descansar. Mi amiga Silvia y yo compartíamos bungalow, a pesar de tener al novio allí tuvo el bonito gesto de no dejarme con alguna de mis alumnas, que , por otra parte, no querrían compartir estancia con una profesora por muy "guay" que ésta fuera. Después de acomodar nuestras cosas, mi amiga se acostó. Yo, a pesar del cansancio del viaje, estaba desvelada, así que salí fuera a tomar un poco el aire antes de irme a la cama.
Las pequeñas cabañas, todas iguales y colocadas en tres filas simétricas, estaban rodeadas de un bello pinar. A la izquierda un pequeño sendero que llevaba a la playa y un poco más allá se levantaba la edificación que albergaba baños, bar-restaurante, un pequeño supermercado y hasta una pista de baile al aire libre. Me senté junto a un pino. Al poco rato me pareció que una sombra cruzaba a mi espalda. Volví la cabeza y ví a Rubén que llegaba a su cabaña y se sentaba en el pequeño banco de la entrada. Tenía la misma cara de póker de todos los días. Dudé si acercarme a él o no. Finalmente lo hice, aunque sospechaba que no sería muy bien recibida.
-Hola Rubén, ¿no puedes dormir? yo tampoco, los viajes me excitan demasiado. ¿Puedo sentarme?
Lo hice sin esperar a que me diera permiso. En realidad no me lo dio, ni me dijo nada. Se limitó a mirar el suelo pensativo.
-Hace una noche preciosa ¿verdad? Parece mentira que esta mañana hayamos dejado Galicia lloviendo y con frío y al llegar aquí nos hayamos encontrado este calor tan agradable.
De nuevo no obtuve respuesta. Comencé a arrepentirme de haber ido a molestar al muchacho, y en vista del éxito obtenido, decidí batirme en retirada.
-Bueno, parece que no tienes muchas ganas de hablar. Será mejor que me vaya.
Me retiré a mi cabaña sin haberle conseguido arrancar una palabra. Definitivamente no volvería a insistirle. Ya era mayorcito, y si algo le pasaba y no quería aceptar la ayuda que yo le brindaba, pues que se apañara él solito.
El día siguiente los chicos quisieron pasarlo en el camping. Marcharon a la playa de mañana, volvieron para comer y descansaron. A alguien se le ocurrió hacer una barbacoa por la noche, también en la playa, por supuesto. Compramos todo lo necesario y marchamos de nuevo. La noche era perfecta. Hicimos una hoguera y la cena a base de costillas, chorizos, hambuguesas....Alguien llevó una guitarra y a su compás rompimos el silencio de la noche con nuestras canciones y nuestras palmas. Empecé a darle las gracias mentalmente a mi amiga Silvia por insistir tanto para que hiciera aquel viaje. A pesar de llevar sólo dos días me lo estaba pasando realmente bien y aquello prometía. En un momento dado miré hacia el mar. La marea estaba baja y no se veían romper las olas, únicamente se escuchaba su suave y relajante murmullo. La playa era muy larga, parecía extenderse varios kilómetros tal vez. Me levanté del suelo sin que los demás se dieran cuenta y me eché a andar. Me apetecía pasear. Llevaba un rato caminando cuando oí que alguien me llamaba. Volví la cabeza y pude ver a Rubén corriendo por la arena a mi encuentro. Bueno, parecía que por fin había salido de su coraza protectora.
-Carmen, ¿puedo pasear contigo?
-Tú mismo - le contesté aparentando estar un poco molesta por su actitud del día anterior.
-¿Estás enfadada? - preguntaba las cosas como un niño y no pude menos que sonreír.
-Un poco- le dije - pero se me pasará enseguida.
-Siento haberme comportado como un perfecto maleducado contigo.
-Disculpas aceptadas.
Le miré. Sonreía, pero sus ojos continuaban tristes.
-¿Y tal vez ahora quieras contarme lo que te pasa?
-Bah, es una tontería.
-Tanta tontería no será cuando está afectando tanto a tus estudios. Anda, cuenta si quieres.
-Es mi madre.
-¿Qué le pasa a tu madre? ¿está enferma?
-No, que va, es que se ha liado con un tío.....que es un gilipollas.
-No entiendo nada Rubén, ¿y tu padre?
-Mi padre murió.
-Pues entonces tu madre tiene derecho a rehacer su vida con quien le de la gana ¿no crees?
-¿Nos sentamos y te lo explico mejor?
Nos sentamos en la arena. A lo lejos se veía el grupo alrededor de la fogata.
-Mi padre murió hace seis meses en un accidente de coche - me contó -y para mi fue un palo muy fuerte porque estábamos muy unidos. Aunque nunca me dijeron nada creo que las cosas entre mi madre y él no andaban muy bien. El hecho está en que a los dos meses de la muerte de mi padre ella metió en casa al imbécil ese con el que está. Yo creo que estaban liados desde hacia tiempo.
-Tal vez. De todas maneras, ¿qué es lo que te molesta y te afecta tanto de toda esta historia?
-Por un lado no estoy de acuerdo en que mi madre se haya echado novio tan pronto, y por otro el tipo ese es insoportable y me hace la vida imposible. Pretende ponerse en el lugar de mi padre y me controla todo, incluso el dinero que me da mi madre. Me echa broncas continuamente sin motivo y yo estoy convencido de que le molesto en casa y quiere que me vaya.
-Y tú no estás dispuesto a hacerlo, claro.
-No me da la gana. Esa también es mi casa y si alguien tiene que marcharse es él. Joder Carmen, no sabes cuánto echo de menos a mi pobre padre.
En ese momento se puso a llorar desconsolado y por un momento no supe qué hacer. Me había hablado y había estallado en llanto como un niño, pero era un hombre. Nunca había tenido que consolar a un hombre. Finalmente rodeé sus hombros con mi brazo y le atraje hacia mí. El se dejó hacer y apoyó su cabecita rubia contra mi pecho.
-Venga Rubén, tienes que ser fuerte, ¿cuántos años tienes? ¿veinte?- asintió sin hablar - pues ya eres un jovencito que tiene que aprender a afrontar sus problemas.
-Eso es muy fácil de decir cuando no los estás viviendo desde dentro.
Volvió a sus posición normal y poco a poco fue remitiendo su llanto
-Todos tenemos problemas, y está claro que esta vida no es un camino de rosas, Rubén. Mira sin ir más lejos, a mí hace dos años me dejó mi marido después de diez años de novios y otros tantos de casados. ¿Cómo te crees que me quedé?
-Hecha una mierda, supongo.
-Exacto. Pero no me quedó más remedio que tirar para delante. Y eso es lo que tienes que hacer tú. Pasa del tipo ese e independízate en cuanto puedas.
-Ya me gustaría, pero ¿de qué vivo? Tengo que terminar mi carrera y no tengo dinero para pagármela.
-Hay mucha gente que estudia y trabaja.
-Pero yo no sé hacer nada.
-Pues entonces no te queda otra que aguantar. Mira, yo te prometo ayudarte en todo lo que pueda. Y sobre todo, nos quedan por delante ocho maravillosos días de diversión, prométeme que los vas a disfrutar y olvidarte de lo que has dejado en casa.
Me miró sonriendo.
-Para eso vine, para olvidarme de la mierda que tengo en casa - dijo.
-Pues venga, a disfrutar y a ver si se te quita esa mirada tan triste que tienes, hombre.
*
Por lo menos mientras duró el viaje la tristeza de sus ojos desapareció y a Rubén se le vio feliz. Tuve oportunidad de conocerle bastante bien, pues a partir de aquella conversación en la playa, apenas se separó de mi lado. No me importaba, era un chico cuya compañía resultaba muy agradable y ambos necesitábamos aquellos días de asueto para salir un poco de la rutina que nos acechaba en nuestra vida cotidiana. Recorrimos pueblos de la costa, visitamos Barcelona, descansamos en nuestro confortable camping y en general nos lo pasamos en grande juntos, solos o con el resto del grupo.
Unos días después de regresar a casa, un empleado de una floristería llamó a mi puerta. Traía para mí, de parte de alguien, un enorme ramo de rosas amarillas, mis preferidas. ¿Quién podía haber adivinado mis gustos? no recordaba habérselo dicho a nadie y mi ex marido, desde luego, no se perdería en semejante detalle, pues no lo había hecho nunca ni aún durante los años que había durado nuestro matrimonio. La incógnita se resolvió cuando leí la tarjeta: "Gracias por los maravillosos diez días que me has regalado", firmado Rubén. Apreté aquella tarjetita contra mi pecho y sonreí. Fue en ese preciso instante cuando se me ocurrió que el muchacho podía estar sintiendo por mí algo más una simple amistad. Es cierto que jamás se me había insinuado, ni mucho menos, simplemente habíamos mantenido una relación de camaradería que tal vez fuera un poco más allá de una amistad entre un chico de veinte años y una mujer de casi cuarenta. Y ello simplemente en cuanto a habitualidad se refiere. Es evidente que lo más.....digamos normal, aunque no me gusta demasiado la palabra, sea que un chico de veinte tenga amigas de veinte. Pero a pesar de ello y hasta el momento, no se me ocurrió jamás pensar que Rubén pudiera sentir por mí otra cosa que no fuera una buena amistad. Es más, en ocasiones se me llegó a ocurrir que lo que veía en mí era a esa madre hecha a su imagen y semejanza que tanto añoraba. Si sentía algo más profundo, era necesario sacárselo cuanto antes de la cabeza. Y era yo quien tenía que hacerlo, actuando con suma cautela.
Unos días más tarde, mientras me preparaba para disfrutar de una tarde en la piscina, el timbre de mi puerta volvió a sonar. Esta vez era él. No le había vuelto a ver desde nuestro regreso.
-Hola Carmen - me dijo muy sonriente, mientras me daba una par de besos.
-Hola Rubén, ¡qué sorpresa! Pasa si quieres, aunque estaba a punto de irme a la piscina, hace muy buen tiempo y quiero aprovecharlo.
-¡Estupendo! ¿puedo acompañarte?
Mi cabeza se puso a trabajar a mil por hora. No quería ser descortés y decirle que no, pero tampoco me parecía muy lógico que se viniera a la piscina conmigo en lugar de irse con sus amigos por ahí. Así de lo dije.
-¿Y tus amigos?
-Bah, yo qué se. Prefiero irme contigo, me lo paso mejor que con ellos. Son unos plastas.
-Bueno, pues ven si quieres.
-Paso por casa a ponerme el bañador ¿me esperas?
-Te espero.
Apenas tardó media hora, durante la cual me pregunté una y otra vez por qué no le había dicho que no quería que me acompañara y así le cortaba el rollo antes de darle oportunidad de empezar. Pero en realidad tampoco quería precipitarme, no quería meter la pata. Para pararle los pies debía de tener muy claro que estaba conmigo porque le gustaba. Además había una parte de mí que no paraba de intentar ponerme los pies en la tierra, una vocecita resbalosa que resonaba en mi mente haciéndome ver la realidad de manera objetiva. ¿Cómo se me podía ocurrir que un muchacho joven, guapísimo, con un cuerpo de fábula, sintiera algo por mí, una mujer de casi cuarenta años, con una cara y un cuerpo de lo más normales? Supuse que esa parte de mi conciencia, era la que tenía razón.
La tarde en la piscina fue muy entretenida, y la tarde en el cine, y el día en el centro comercial, y la mañana en el acuario y......muchas otras veces. Fueron momentos divertidos, estupendos, inolvidables, maravillosos, que me hacían volver de nuevo a mis veinte años. También tenían su parte negativa: yo no sabía si le gustaba a él, nunca me había ni siquiera insinuado nada, pero él sí estaba empezando a gustarme a mí. Y eso no podía ser. Intenté sacármelo de la cabeza, juro que lo intenté, pero cuanto más mi mente me decía que no, más mi corazón decía que sí. Para colmo de males mi amiga Silvia descubrió el pastel.
-¿Se puede saber qué rollo te traes con Rubén Pazos? - me preguntó un día entre intrigada y divertida.
-Ninguno, y no entiendo por qué me preguntas semejante cosa.
Silvia soltó una carcajada, no era para menos. Ni yo misma me creía las palabras que había pronunciado.
-Vamos Carmen, que somos amigas. A mí no tienes que ocultarme nada.
-No te estoy ocultando nada, somos amigos, ya está.
-Eso no te lo crees ni tú. Pero si vais juntos a todos lados. El otro día os vi en el cine. Y el otro día más en el centro comercial.
-Sería el mismo día. Te recuerdo que el cine está en el centro comercial.
-Carmen, por favor. Deja de decir tonterías, ¿te gusta?
No tuve más remedio que admitir la verdad.
-Sí, me gusta, pero no quiero que me guste.
-¿Pero por qué? todavía eres joven, tienes derecho a disfrutar de la vida.
-Silvia, no seas patética. Si puedo ser su madre.
-¿Y qué? Si una chica de veinte años sale con un hombre de cuarenta no pasa nada, pero si es al revés todo el mundo pone el grito en el cielo. Eso no es justo. Tienes derecho a ser feliz. Ya bastante mal lo has pasado por culpa de ese cabrón que te tocó por marido. Disfruta de la vida. Hazme caso.
-No es tan fácil, además, ni siquiera sé lo que él siente por mí.
-¿El? venga chica, pero si te mira con unos ojitos de corderito degollado que da pena verle. Está totalmente colgado de ti, si hasta Carlos se ha fijado. Tienes que dar un paso más Carmen.
-¿De qué estás hablando? ¿de llevármelo a la cama? ni lo sueñes. Me haría sentir como....como...como uno de esos que abusan de los niños.
Las dos rompimos a reír mi ocurrencia y la conversación tomó otros derroteros. Unos días más tarde, mi niño me invitó a cenar con el pretexto de ser su cumpleaños. Veintiuno nada menos. No me apetecía salir y así se lo dije.
-Pero si quieres organizamos la cena en mi casa - le dije - tú pones la bebida y el postre y yo te preparo un menú sorpresa.
Accedió de buen gusto. Cociné unas cocochas de merluza con almejas en salsa verde y una ensalada, algo ligero para la noche. Él se presentó con una botella de Albariño y una tarta de trufa. Adivinaba mis gustos a pasos agigantados, tanto el vino como el chocolate eran mi debilidad.
La cena transcurrió sin sobresaltos, entre conversaciones y la diversión que siempre surgía cuando estábamos juntos. Durante la sobremesa descorchamos una botella de champán. Y entre risa y risa, entre copa y copa, con la cabeza flotando por el alcohol y el corazón rebosando de sentimiento, nos besamos. Fue un beso no por esperado, menos sorprendente, pero en todo caso casi necesario para mí, que llevaba mucho tiempo sin saborear una boca. Aquello despertó de nuevo mi pasión dormida y al principio entré en el juego. Sólo cuando sentí su mano acariciar mis pechos, algo convulsionó mi cerebro, supongo que mi estúpida conciencia, y me dije que hasta ahí habíamos llegado, pero más allá no era correcto. Le separé de mí con un gesto casi brusco.
-No Rubén, no sigas. Es......creo que es mejor que te vayas.
El me miró como si tuviera delante a un ser extraño. No se equivocaba mucho, ninguna mujer en su sano juicio hubiera dejado escapar una noche de pasión con aquel bombón, ninguna, salvo yo y mis estúpidos remordimientos.
-Carmen, esto no es sólo un rollo de una coche. Tú me gustas, y creo que.....que te quiero.
-No, no digas tonterías, de verdad es mejor que te marches.
El pobre muchacho no salía de su asombro.
-Pero ¿de verdad después de todo este tiempo juntos me vas a decir que no sientes nada por mí?
-Ya hablaremos de eso en otro momento. Ahora, por favor, vete.
Se levantó del sofá y muy enfadado fue hacia la puerta. Con la mano en el pomo se volvió y me dijo:
-Jamás me imaginé que me harías algo así.
Se fue dando un portazo. Y yo propiné una buena patada al sofá cuando, a los dos segundos de haberlo echado, me dí cuenta de lo estúpida que había sido.
Durante unos días no supe nada de él. Cuando el teléfono volvió a sonar de nuevo contesté feliz, pensando que era él y que por fin se me presentaba la oportunidad para arreglar el desaguisado. Pero no era él, para mi sorpresa era mi ex marido, del que afortunadamente no había vuelto a saber desde que se había marchado de casa.
-¿Carmen?
-¿Rafa? ¿qué quieres?
Soltó una risa estúpida, su risa de siempre.
-Cualquiera diría que no esperabas mi llamada.
-Por supuesto que no la esperaba ¿o debería ser lo contrario? Comprenderás que después de dos años sin saber nada de ti lo que menos me imaginaba es que volvieras a aparecer.
-Sigues siendo la misma de siempre, solo era una broma.
Me irritaba profundamente su forma condescendiente de hablar, como si se estuviera dirigiendo a una perfecta imbécil.
-¿Me vas a decir para qué me llamas?
-Claro, mujer, pero no tengas tanta prisa, hace mucho que no hablamos y pensé que… podíamos recuperar el tiempo perdido.
No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Quién le había dicho a aquel subnormal que yo quería recuperar nada con él?
-Rafa, voy a ir al grano, o soy muy corta de entendederas o me estás pidiendo volver. ¿Es así?
-Bueno, me fui muy precipitadamente y tal vez, pudiéramos....
-Mi respuesta es no, además no sé si sabes que yo tengo novio.
-¿Tienes novio? ¿tú?
Su actitud me estaba haciendo hervir la sangre. Pero ¿qué se había creído aquel tío? ¿que sólo él tenía derecho a rehacer su vida?
-Si, tengo novio, no sé por qué te sorprende tanto.
-Mujer, es que....bueno nada, es igual. Pero mira si tienes novio se me ocurre que podemos salir los cuatro juntos, así podemos conocer a nuestras respectivas parejas.
No tenía el menor interés en conocer a la tipa que estaba con él. Además sabía que esa invitación era sólo una trampa. Si le decía que no, pensaría que lo del novio era un farol (lo era). Por eso no me lo pensé mucho.
-Claro por supuesto, cuando quieras.
-¡Qué bien! Pues voy a reservar mesa en un buen restaurante y ya te llamo.
-Vale, vale, llama cuando quieras.
En valiente fregado me había metido.
*
Mi amiga Silvia reía sin cesar. Acababa de contarle mi conversación con Rafa y la invitación que había aceptado.
-No te rías. A ver dónde encuentro yo ahora un novio para dentro de unos días.
-Ya lo tienes. Llévate a Rubén ¿no? te imaginas la cara de imbécil que se le va a quedar a Rafa cuando te vea llegar del brazo de semejante muñequito.
-No puedo. No sé nada de él desde hace cinco días.
La puse al corriente de la estupenda cena y desastrosa sobremesa que habíamos disfrutado.
-Estás como una cabra. ¿Pero cómo se te ocurre echarlo en el momento álgido de la noche?
-Al minuto me arrepentí. Y no me digas que lo llame, porque si le cuento lo que me pasa, va a pensar precisamente que lo llamo para pasearlo delante de Rafa. Joder, ¿quién me mandará a mí meterme en estos berenjenales?
En ese momento sonó el timbre. No me lo podía creer. Era mi muchachito, que de nuevo con ojos más tristes que alegres, venía a mí suplicando compañía. Lo hice pasar. Se cortó un poco al ver que estaba Silvia.
-Bueno Silvia, ¿ya te ibas, verdad?
-Si claro, se me está haciendo tarde.
Se fue sonriendo y con un pícaro guiño me dijo por lo bajo.
-No la vuelvas a joder.
Nos quedamos solos, uno frente al otro sin saber muy bien qué decirnos.
-Lo siento - le dije - me porté como una estúpida. Yo creo que también te quiero, sólo que me parece que no estoy preparada para una relación así y me cuesta un poco aceptarla.
-¿Así? ¿qué tiene nuestra relación de especial?
-Tienes veintiun años y yo treinta y ocho. Si fuera al revés no pasaría nada, pero siendo como es, nos vamos a tener que enfrentar a mucha gente.
-A mí no me importa la gente. A mí sólo me importas tú.
En ese momento, el timbre del teléfono rompió la magia. Era mi ex, que ya tenía restaurante. Al día siguiente a las nueve, tendría lugar la inolvidable velada.
-¿Quién era? -me preguntó Rubén cuando colgué - No me digas que tienes una cita con otro.
Sonreí. Lo tomé de la mano y me lo llevé al sofá, nos sentamos cómodamente y le comenté de qué iba la "cita".
-Cuenta conmigo -me dijo - mañana a las ocho te recojo.
-Nos lo vamos a pasar "genial".
Poco nos imaginábamos en ese momento lo verdaderamente genial que nos lo íbamos a pasar.
Cuando me vino a recoger y antes de salir de casa nos miramos en el espejo del ascensor, me di cuenta de que la diferencia de edad que había entre los dos apenas se notaba tanto. Y menos tan arregladitos y guapísimos como nos habíamos puesto para la ocasión. En realidad, en aquellos escasos dos meses que llevábamos juntos de aquí para allá, jamás noté en nadie la más mínima expresión ni de desprecio, ni de incomprensión, ni de nada. Sonreí para mis adentros. Eso quería decir que parecía más joven.
Cuando llegamos a La Coruña, lugar de la cita, Rubén me dejó a la entrada del restaurante mientras él iba a aparcar el coche. Entré y vi a mi exmarido sentado en una mesa del fondo. Se levantó galantemente en cuanto me vio. Nos saludamos formalmente con dos besos en la mejilla (más bien en el aire).
-Estás guapísima -me dijo por cumplido - ¿y tú chico?
-Fue a aparcar, viene ahora, ¿y la tuya?
-Fue al baño, también viene ahora.
Sonreí sólo con la boca y entonces la vi. Era igual que la muñeca Barbie. Rubia, de labios carnosos y un cuerpo de muerte, vamos, nada qué ver conmigo. El caso es que su cara se me hacía vagamente conocida.
-Carmen, esta es Loretta, Loretta mi ex mujer Carmen.
Me miró con cierto aire de superioridad, yo diría que casi con desprecio. Seguramente preguntándose como un hombre tan maravilloso como Rafa podría haber compartido su vida con algo tan insignificante como yo. Bah, me importaba un bledo, seguramente su materia gris estaba escasa de neuronas. Nos dimos otros dos besos al aire y nos sentamos. Entonces comenzó la diversión. De pronto escuché la voz de Rubén a mi lado.
-¿Qué coño hacéis vosotros aquí?
Le miré y vi que tenía sus ojos fijos en la glamurosa pareja que nos había invitado.
-¿Os conocéis? - pregunté sorprendida.
-¿Qué si nos conocemos? Es mi madre y su novio.
Me quedé tan perpleja que no sabía si echarme a llorar o a reír. Finalmente opté por lo segundo.
-¿Quieres decir que mi ex es el novio de tu madre?
-¿Ese es tu ex marido?
Ellos dos no acertaban a pronunciar palabra. A mí me había dado tal ataque de risa que no podía parar. Finalmente Rafa pronunció palabra
-Carmen ¿sales con este chico? si solo tiene veinte años.
-Menuda guarra- comenzó Barbie - Rubén te prohibo....
-¿Pero quién eres tú para prohibirme nada?
La gente que estaba a nuestro alrededor comenzó a mirarnos, dándose cuenta de que algo pasaba. Era hora de poner tierra por medio.
-Rubén, vámonos. Creo que esta cena no es una buena idea.
Le cogí del brazo y le hice salir del restaurante. Estaba serio y parecía enfadado.
-¿Qué pasa cariño?
-Jamás podría pensar que...... mi madre y tu marido.
-Ni yo tampoco, y no es mi marido, estamos divorciados. Pero bueno, alguna vez tendríamos que enterarnos y no me niegues que ha sido muy divertido.- yo no podía parar de reír. Él me miró y al instante su semblante cambió.
-Tienes razón, ha sido muy gracioso.
Nos cogimos de la mano y juntos nos adentramos en la noche coruñesa.
*
Se vino a vivir a mi casa después de la magnífica cena. No lo tuvimos fácil. Soportamos críticas, principalmente de su madre y mi ex, pero lo hicimos con humor y dignidad. Yo no volví a darle clase (no estaría bien) y él terminó su carrera brillantemente. Se dedicó a la difícil labor de la escritura profesional, hasta que un golpe de suerte hizo que ganara un importante premio nacional y las cosas cambiaron mucho. Debía de irse a vivir a Madrid, por consejo de su editor y quiso llevarme con él, pero yo tenía mi vida muy estabilizada y no me apetecían cambios a aquellas alturas. Él era el que tenía que labrarse un futuro, tenía que volar y yo sabía que tenía que dejarle ir. Así él se fue y yo me quedé. Nuestro amor fue bonito mientras duró. Y sigue siendo hermoso que cada vez que él viene a Santiago su llave abre la puerta de mi casa, y la pasión renace, aunque sólo sea por unas horas.
martes, 13 de marzo de 2012
LA FIESTA DEL TIRO
Hablaban de aquello con un entusiasmo fuera de lo corriente, como si se les fuera la vida en ello, entre sonrisas de júbilo y apuestas sobre quién sería el que más trofeos conseguiría ese año, mientras yo les escuchaba atónito, sin saber muy bien de qué iba todo aquel revuelo.
Apenas unos meses antes, Ana y yo habíamos aterrizado en aquel pueblo buscando la tranquilidad que no encontrábamos en la ciudad. A decir verdad, nos sentíamos un tanto desubicados desde que, por cuestiones de mi trabajo en una multinacional de alimentación, habíamos tenido que trasladarnos a un país extraño cuya forma de vida nada tenía que ver con la nuestra. Pero el sueldo que me pagaban era más que sustancioso y puesto que la permanencia en el extranjero no se prolongaría más de dos o tres años, intentamos compensar las incomodidades que nos provocaba la situación con la estancia lo más confortable posible en un pueblo pequeño, lejos de la gran ciudad que tanto nos agobiaba.
Aquel verano, el primero que pasábamos allí, no pudimos hacer menos que contagiarnos de la alegría que mostraban todos por las fiestas que se avecinaban y sobre todo no dejamos de asombrarnos por el entusiasmo desmesurado que provocaba en la mayoría de los vecinos la competición de tiro con pistola que, al parecer, era la atracción principal de aquellos días de jolgorio.
Christian Burt, un joven compañero de trabajo con el que había trabado cierta amistad, parecía llevar el peso de la organización del evento o al menos eso era lo que me parecía a mí al escuchar sus conversaciones con los demás jóvenes del pueblo, mientras tomábamos unas cañas de cerveza aquella calurosa tarde de domingo.
-Este año será especial – decía- me ocuparé personalmente de que estén presentes Jhony el tuerto, Mathew el chotacabras y Mikel el escarabajo, por supuesto.
-Si, si Mikel el escarabajo dará mucho juego – decía uno de los muchachos mientras los demás se mostraban de acuerdo riendo a carcajada limpia.
-Rodrigo tú serás este año nuestro invitado de honor – me dijo Christian.
-Muchas gracias pero jamás he tirado. No voy a estar a la altura de ese Mikel, por muy escarabajo que sea.
Las risas volvieron a resonar en el pequeño bar.
-No te preocupes aunque no hayas tirado nunca, no importa, alguna vez tiene que ser la primera, así que no puedes negarte a ser nuestro invitado de honor.
No les quise hacer el feo y acepté a regañadientes, a pesar de que no sentía ni el más mínimo interés por ese tipo de actividades, pero ellos eran amables y hospitalarios y en ese momento pensé que no tenía mejor manera de agradecérselo que aceptando participar con ellos en el campeonato. Además Christian se ofreció gentilmente para entrenarme en nuestros ratos libres durante la semana que faltaba para la competición. Era evidente que no podía negarme de ninguna manera.
De vuelta a casa me encontré con Serena, una mujer mayor que se dedicaba a deambular por el pueblo sin más ocupación que ver la vida pasar. Su presencia no me pasó desapercibida en el bar, observando muestra charla con sumo interés, ni tampoco dejé de darme cuenta que se levantó de su mesa tan pronto como el grupo de jóvenes nos disolvimos para regresar a nuestras casas. Al toparme de narices con ella me dio la impresión de que me estaba siguiendo, y no lo dudé cuando la escuché hablarme con expresión entre aterrorizada y preocupada, mientras su menuda mano sujetaba mi brazo con fuerza
-¡No vaya a la competición! -me dijo - ¡Ni se le ocurra! Créame, si lo hace se arrepentirá toda su vida, o tal vez toda su muerte.
Me zafé de ella como pude y continué mi camino, sin dar más importancia a sus palabras que la que podría darle a las salidas de la boca de cualquier loco.
Aquella semana, al salir del trabajo, acudía con Christian al campo de tiro, donde practicaba un poco, intentando acertar en unas siluetas humanas situadas a cierta distancia. No daba ni una, aquello no estaba hecho para mi, estaba claro. Con absoluta seguridad yo sería el perdedor de su estimada competición , cosa que, desde luego, no me importaba lo más mínimo.
El día del evento, un domingo soleado y caluroso, nos presentamos los diez concursantes en el campo a la hora convenida. Poco a poco se fue llenando de gente, de público que acudía contento a disfrutar del evento deportivo que tanto entusiasmo les provocaba.
Media hora antes de la señalada para el comienzo, el furgón de la cárcel apareció por el campo, provocando el fervor del público, que se levantó de sus asientos y comenzó a aplaudir y a jalear. Yo no entendía nada, pero no me hizo falta esperar mucho para comprender. Del furgón se fueron bajando unos cuantos presos, algunos de los cuales se colocaban en el punto de tiro. La gente señalaba a Mikel el escarabajo, un hombre menudo y enclenque que temblaba de miedo y se revolvía intentando desprenderse de las manos firmes de los agentes carcelarios que lo sujetaban con firmeza. Una oleada de adrenalina recorrió mi cuerpo, no podía ser, no podía ocurrir lo que yo estaba pensando. Pero por desgracia no me equivocaba.
Los presos eran los flancos a los que debíamos dirigir nuestras balas y el ganador sería el que reventara más cabezas. Los muchachos comenzaron a disparar. El jolgorio del público era total cuando los sesos y la sangre salían volando por los aires. Cuando me tocó el turno me negué a disparar.
-Te recomiendo que lo hagas – me dijo Christian con la mayor sangre fría – Mikel el escarabajo fue el perdedor del año pasado, la misma suerte correrás tú si quedas de último.
No merece la pena contar la escabechina que se formó, es demasiado macabro, ni la manera de aplaudir de aquellos tarados. Cuanto más horrenda era la muerte, más contentos se ponían. Jamás he visto cosa igual. Por supuesto quedé de último, pues me negué a apretar el gatillo ni una sola vez. Me trajeron para la prisión provincial, dónde llevo meses rumiando mi maldita suerte, esperando el trágico momento en que, como un monigote, me pongan delante de la pandilla de degenerados que luchen por volarme la tapa de los sesos.
No sé que ha sido de Ana, seguramente nada bueno, no he vuelto a saber de ella y estoy seguro de que si hubiera podido me hubiera sacado de aquí. Sólo Serena, la vieja loca, me visita todos los días para recordarme, con voz severa, que ya me lo había advertido.
jueves, 8 de marzo de 2012
EL CAMINO EQUIVOCADO
EL CAMINO EQUIVOCADO
Otra vez aquí. El regreso me hace sentir bien. Ya todo me resulta familiar y no puedo evitar la sensación de que vuelvo a mi hogar. Silvia, la profesora, ha torcido el gesto al verme y ha querido hablar conmigo al final de la clase. Sé que le fastidia mi presencia porque yo no soy como las demás, yo protesto más de la cuenta y no me conformo ni obedezco cuando las cosas no me parecen justas. Ella me dice que tengo muchas posibilidades y que debo cambiar de actitud, pero yo me río de sus afirmaciones. Posibilidades dice, ¿qué sabrá ella? Tuve oportunidades, es cierto, antes de venir a parar aquí, cuando mi vida era normal, como la de cualquier persona, antes de que me robaran la inocencia, antes de que me destrozaran por dentro y me redujeran a cenizas, porque ahora soy sólo eso, las cenizas, las sombras, el recuerdo de la mujer que una vez quise ser y que ahora ya queda muy lejos de mi alcance.
Me llamo Isabel y una vez, hace ya tanto tiempo que ni me acuerdo ni lo pretendo, viví de cara al mundo en lugar de hacerlo a sus espaldas.
No tuve una niñez especialmente feliz. Mi padre era un borracho y mi madre, mis hermanos y yo el blanco fácil de su ira. El alcohol era la gasolina que necesitaba para descargar sobre nosotros los golpes con los que intentaba aliviar sus frustraciones.
Un día, cansada ya mi pobre madre de aguantar tanto castigo sin sentido, se tomó un frasco de aquellas pastillas que la ayudaban a dormir y no volvió a despertar. Confieso que en aquel momento la odié, la odié por no haber tenido el valor de continuar, la odié por habernos olvidado antes de tiempo, por no haber pensado en unos niños que dejaba a merced de un monstruo y cuyo futuro era un lienzo pintado en blanco y negro en lugar de la acuarela de colores que hubiera debido ser.
Acababa yo de cumplir los dieciocho y no me lo pensé demasiado. Una tarde me marché de casa sin decírselo a nadie. No tenía dinero ni sabía hacer otra cosa que las tareas de la casa, así que busqué un trabajo de asistenta que no tardé en encontrar, de interna en una casa de ricos. Aquello era más de lo que podía desear. Me pagaban bien y se ocupaban de mi manutención, lo cual me permitía ahorrar lo suficiente para afrontar los proyectos que me había propuesto realizar.
Los señores tenían un hijo, Armando, un muchacho guapo, correcto y educado que me trataba con deferencia y respeto, cosa que yo agradecía, ayudaba lo que podía y nunca daba trabajo de más, aunque se hubiera pasado la tarde encerrado en su cuarto a sus cosas o montara una fiesta con sus amigos en el caso de que sus padres se ausentaran del hogar.
Ignoro en qué momento comencé a verle con ojos de mujer y no de sirvienta. No sé si mi interés por él fue provocado por él mismo, o por mi empeño, o si tal vez fue el azar en una caprichosa pirueta del destino, lo cierto es que un día me di cuenta de que pensaba en él más de lo que debiera. Tal vez aquello fuera un indicio de que un amor incipiente estaba brotando en mi corazón, un amor a todas luces imposible y que de seguir adelante no traería más que sufrimiento a mi vida y me propuse a mí misma no alimentar aquel sentimiento que, en otras circunstancias, me hubiera regalado ilusiones renovadas. Mas con lo que no contaba era con que aquella adoración resultara ser correspondida, o más bien pareciera serlo. Armando me cameló, me embaucó a su lado en un cariño que yo sentía y el fingía. Me envolvió con sus palabras, con sus gestos, con sus promesas y sin darme cuenta me dejé robar la inocencia. Y cuando nuestros encuentros ocultos dieron su fruto se olvidó de mí con la misma rapidez con la que dijo haberse enamorado.
No esperé a que me echaran, con el corazón encogido y la bandera de la esperanza en alto, enarbolada por aquel ser que se gestaba en mi vientre, me retiré de su vida y empecé de nuevo. Otro trabajo, una nueva existencia que se oteaba en el horizonte.
Pero el destino me tenía preparada una jugarreta inesperada. El día en que la policía se presentó en mi casa no me imaginé que sería el principio de mi declive como ser humano. Armando había aparecido muerto en su casa, asesinado, vilmente degollado y al parecer yo era la principal sospechosa, la única que tenía un motivo para acabar con su vida: el abandono, el despecho. De nada sirvieron mis negativas y a pesar de que no se encontraron pruebas concluyentes me condenaron por un asesinato que no había cometido y fui a dar con mis huesos en la cárcel.
Y lo que son las cosas, en aquel lugar impersonal y triste, descubrí la razón que me había conducido a él. Alguien que conocía bien a Armando lo destapó ante mí y me confirmó lo vil que puede llegar a ser el ser humano. El muchacho andaba metido en líos de drogas y de juego y tuvo mala suerte, tan mala que uno de sus “amigos” al que comenzó a molestar su presencia en las timbas de póker y al que debía mucho dinero no vio mejor solución que terminar con él cargándome a mi el muerto. Sabía de mi relación con él, de mi embarazo y de su desinterés, y preparó todo concienzudamente para que todos los indicios llevaran hasta mí y me señalaran como la culpable de un crimen del que únicamente era víctima inocente.
Quince años pasé en prisión, quince años en los que mi vida fue girando poco a poco hasta hacerme caer en una espiral que me absorbió por completo. Cuando nació mi pequeño lo di en adopción, a sabiendas de que se merecía una existencia mejor que la que presumiblemente tendría a mi lado y mi corazón se volvió duro como las piedras. Me convencí de que el mundo es de los malos, pues a la vista estaba que de nada me había servido la ilusión y el empeño que había puesto en cada paso, en cada gesto, en cada momento de mi infancia y juventud y yo también me volví mala y me coroné a mi misma como la reina del trullo.
Silvia, la profesora que daba clase a las que querían aprender, me decía que tenía que tener paciencia, que algún día mi verdad saldría a la luz y que, entretanto, debía intentar seguir la senda correcta. Palabras nada más. Ella no sabía que yo ya había elegido mi camino y que nadie me podría hacer cambiar de opinión jamás, por mucho que me intentaran convencer de que ese camino era el equivocado.
Aquellos quince años los pasé planeando mi venganza, soñando con el momento en que se me permitiera salir de allí. Entonces habría llegado la hora de darle su merecido al verdadero culpable de la muerte de Armando y de la mía propia. Y cuando por fin me vi en la calle, sin casa, sin familia, rodeada de la nada más absoluta, acudí a su encuentro y le maté. Le maté por venganza y por convicción y sobre todo, le maté para poder volver aquí con motivo, ahora si, ahora vuelvo a mi hogar por haber elegido el camino equivocado.
Otra vez aquí. El regreso me hace sentir bien. Ya todo me resulta familiar y no puedo evitar la sensación de que vuelvo a mi hogar. Silvia, la profesora, ha torcido el gesto al verme y ha querido hablar conmigo al final de la clase. Sé que le fastidia mi presencia porque yo no soy como las demás, yo protesto más de la cuenta y no me conformo ni obedezco cuando las cosas no me parecen justas. Ella me dice que tengo muchas posibilidades y que debo cambiar de actitud, pero yo me río de sus afirmaciones. Posibilidades dice, ¿qué sabrá ella? Tuve oportunidades, es cierto, antes de venir a parar aquí, cuando mi vida era normal, como la de cualquier persona, antes de que me robaran la inocencia, antes de que me destrozaran por dentro y me redujeran a cenizas, porque ahora soy sólo eso, las cenizas, las sombras, el recuerdo de la mujer que una vez quise ser y que ahora ya queda muy lejos de mi alcance.
Me llamo Isabel y una vez, hace ya tanto tiempo que ni me acuerdo ni lo pretendo, viví de cara al mundo en lugar de hacerlo a sus espaldas.
No tuve una niñez especialmente feliz. Mi padre era un borracho y mi madre, mis hermanos y yo el blanco fácil de su ira. El alcohol era la gasolina que necesitaba para descargar sobre nosotros los golpes con los que intentaba aliviar sus frustraciones.
Un día, cansada ya mi pobre madre de aguantar tanto castigo sin sentido, se tomó un frasco de aquellas pastillas que la ayudaban a dormir y no volvió a despertar. Confieso que en aquel momento la odié, la odié por no haber tenido el valor de continuar, la odié por habernos olvidado antes de tiempo, por no haber pensado en unos niños que dejaba a merced de un monstruo y cuyo futuro era un lienzo pintado en blanco y negro en lugar de la acuarela de colores que hubiera debido ser.
Acababa yo de cumplir los dieciocho y no me lo pensé demasiado. Una tarde me marché de casa sin decírselo a nadie. No tenía dinero ni sabía hacer otra cosa que las tareas de la casa, así que busqué un trabajo de asistenta que no tardé en encontrar, de interna en una casa de ricos. Aquello era más de lo que podía desear. Me pagaban bien y se ocupaban de mi manutención, lo cual me permitía ahorrar lo suficiente para afrontar los proyectos que me había propuesto realizar.
Los señores tenían un hijo, Armando, un muchacho guapo, correcto y educado que me trataba con deferencia y respeto, cosa que yo agradecía, ayudaba lo que podía y nunca daba trabajo de más, aunque se hubiera pasado la tarde encerrado en su cuarto a sus cosas o montara una fiesta con sus amigos en el caso de que sus padres se ausentaran del hogar.
Ignoro en qué momento comencé a verle con ojos de mujer y no de sirvienta. No sé si mi interés por él fue provocado por él mismo, o por mi empeño, o si tal vez fue el azar en una caprichosa pirueta del destino, lo cierto es que un día me di cuenta de que pensaba en él más de lo que debiera. Tal vez aquello fuera un indicio de que un amor incipiente estaba brotando en mi corazón, un amor a todas luces imposible y que de seguir adelante no traería más que sufrimiento a mi vida y me propuse a mí misma no alimentar aquel sentimiento que, en otras circunstancias, me hubiera regalado ilusiones renovadas. Mas con lo que no contaba era con que aquella adoración resultara ser correspondida, o más bien pareciera serlo. Armando me cameló, me embaucó a su lado en un cariño que yo sentía y el fingía. Me envolvió con sus palabras, con sus gestos, con sus promesas y sin darme cuenta me dejé robar la inocencia. Y cuando nuestros encuentros ocultos dieron su fruto se olvidó de mí con la misma rapidez con la que dijo haberse enamorado.
No esperé a que me echaran, con el corazón encogido y la bandera de la esperanza en alto, enarbolada por aquel ser que se gestaba en mi vientre, me retiré de su vida y empecé de nuevo. Otro trabajo, una nueva existencia que se oteaba en el horizonte.
Pero el destino me tenía preparada una jugarreta inesperada. El día en que la policía se presentó en mi casa no me imaginé que sería el principio de mi declive como ser humano. Armando había aparecido muerto en su casa, asesinado, vilmente degollado y al parecer yo era la principal sospechosa, la única que tenía un motivo para acabar con su vida: el abandono, el despecho. De nada sirvieron mis negativas y a pesar de que no se encontraron pruebas concluyentes me condenaron por un asesinato que no había cometido y fui a dar con mis huesos en la cárcel.
Y lo que son las cosas, en aquel lugar impersonal y triste, descubrí la razón que me había conducido a él. Alguien que conocía bien a Armando lo destapó ante mí y me confirmó lo vil que puede llegar a ser el ser humano. El muchacho andaba metido en líos de drogas y de juego y tuvo mala suerte, tan mala que uno de sus “amigos” al que comenzó a molestar su presencia en las timbas de póker y al que debía mucho dinero no vio mejor solución que terminar con él cargándome a mi el muerto. Sabía de mi relación con él, de mi embarazo y de su desinterés, y preparó todo concienzudamente para que todos los indicios llevaran hasta mí y me señalaran como la culpable de un crimen del que únicamente era víctima inocente.
Quince años pasé en prisión, quince años en los que mi vida fue girando poco a poco hasta hacerme caer en una espiral que me absorbió por completo. Cuando nació mi pequeño lo di en adopción, a sabiendas de que se merecía una existencia mejor que la que presumiblemente tendría a mi lado y mi corazón se volvió duro como las piedras. Me convencí de que el mundo es de los malos, pues a la vista estaba que de nada me había servido la ilusión y el empeño que había puesto en cada paso, en cada gesto, en cada momento de mi infancia y juventud y yo también me volví mala y me coroné a mi misma como la reina del trullo.
Silvia, la profesora que daba clase a las que querían aprender, me decía que tenía que tener paciencia, que algún día mi verdad saldría a la luz y que, entretanto, debía intentar seguir la senda correcta. Palabras nada más. Ella no sabía que yo ya había elegido mi camino y que nadie me podría hacer cambiar de opinión jamás, por mucho que me intentaran convencer de que ese camino era el equivocado.
Aquellos quince años los pasé planeando mi venganza, soñando con el momento en que se me permitiera salir de allí. Entonces habría llegado la hora de darle su merecido al verdadero culpable de la muerte de Armando y de la mía propia. Y cuando por fin me vi en la calle, sin casa, sin familia, rodeada de la nada más absoluta, acudí a su encuentro y le maté. Le maté por venganza y por convicción y sobre todo, le maté para poder volver aquí con motivo, ahora si, ahora vuelvo a mi hogar por haber elegido el camino equivocado.
jueves, 1 de marzo de 2012
UNA CARTA REVELADORA
Soy decoradora de interiores y una de las facetas que más me gusta de mi profesión es la de revolver en los desvanes de las casas antiguas. Allí se puede encontrar de todo, desde libros antiquísimos, hasta máquinas igualmente antiguas de las que no se sabe siquiera cuál podría ser su utilidad.
Hace no demasiado tiempo me encargaron la remodelación de un edificio de la zona antigua de La Coruña, hermosa ciudad donde las haya, lo mismo que aquel inmueble que desde el primer momento se me antojó misterioso, aunque no sabría explicar el motivo. Como es habitual en mí cuando descubro que la finca en la que he de trabajar tiene un desván susceptible de guardar dentro de sí algo interesante, pedí permiso a los dueños para poder revolver a mi antojo por si encontrara algo que pudiera cautivarme y que estuviera dispuesta a comprar. En aquel caso concreto el dueño, un hombre joven que había heredado el edificio de sus abuelos, me dio el solicitado permiso, incluso me dijo que no haría falta que abonara nada por lo que me llevara, con una única condición: que si deseaba quedarme con algo se lo comunicara previamente a sacarlo de allí. Accedí sin problema, faltaría más, aunque confieso que me llevé cierta desilusión cuando el diminuto recinto, que en nada merecía coronar aquel grandioso edificio, no guardaba en su interior más que trastos viejos absolutamente inservibles que fueron a dar a la basura uno detrás de otro.
Sólo al terminar de hacer la limpieza descubrí en una esquina, medio escondido entre polvo y las últimas telas de araña, un viejo cofre de madera que me apresuré a abrir, descubriendo en su interior unos papeles manuscritos amarilleados por el paso del tiempo y con las letras casi desvaídas que , no obstante, permitían leer una fecha: 7 de junio de 1590.
Evidentemente aquello me interesó y después de comunicárselo al dueño y decirle, obviamente, que parecía algo importante, aquél me dio permiso para hacer con ellos lo que me viniera en gana. Así pues lo primero que hice fue mostrárselos a un amigo mío anticuario, que a su vez se los enseñó a un cliente suyo que se dedicaba a catalogar libros y documentos antiguos. El resultado no pudo ser más sorprendente.
El papel en cuestión era una carta dirigida al Rey Felipe II por María Pita, heroína coruñesa que libró a la ciudad de los ataques del pirata Francis Drake en la primavera del año 1589 y en la que relataba los verdaderos motivos por los cuales el pirata se había retirado de la ciudad y cesado en su ofensiva. Su contenido íntegro es el siguiente:
“ En la Honorable y Leal ciudad de La Coruña, a siete de junio del año de Nuestro Señor de 1590.
Ante los acontecimiento ocurridos en la ciudad en los pasados meses, cuya aventurada resolución se me atribuye, y en virtud de la cual Su Majestad ha tenido el honor de otorgarme el grado y sueldo de Alférez de los Tercios por el resto de mi vida, considero que es mi deber vaciar mi alma de los remordimientos que me atenazan, al no considerarme merecedora de tal distinción, pues, si bien es justo reconocer que con mi intervención contribuí a liberar a nuestros ciudadanos de los ataques del más sanguinario de los piratas, justo también lo es reconocer que dichos acontecimientos no se desarrollaron, en modo alguno, como la creencia popular ha hecho correr. Tengo a bien, pues, escribiros esta carta, con el único motivo de confesaros una verdad que nadie conoce y que su majestad debe valorar, y en el caso de que considere que mi labor ha sido tan baja y mezquina como yo misma tengo a bien creer, a vuestra disposición me pongo para recibir el castigo que mi comportamiento, a vuestro juicio, pudiera merecer.
No creo necesario relataros las vicisitudes y sufrimientos que perturbaron a nuestras gentes durante el largo tiempo que duró el asedió. Dadas las escasas fuerzas de las que disponía nuestro gobernador, el Marqués de Ceralvo, para repeler los sangrientos ataques de los doce mil hombres que traía Francis Drake consigo, no fue sino el pueblo llano el que tuvo que echarse a la calle para repeler la invasión, dejándose la piel y la vida en el intento, no en vano mi propio esposo, Gregorio Rocamonde, como bien sabéis, falleció en el encarnizado combate que tuvo lugar el día 14 de mayo, cuando los ingleses, finalmente, consiguieron traspasar las murallas que protegían la ciudad.
Es a partir de ese preciso instante cuando comienza una historia que tiene mucho de leyenda y sólo algo de realidad. Se dice, como ha llegado a vuestros oídos, que enarbolé la definitiva revuelta que derrotó a los ingleses, que animé a aquellas pobre gentes a introducirse sin miedo en el fragor de la batalla y sí, lo hice, pero a sabiendas de que todo estaba a nuestro favor. Permítame su majestad que le explique los verdaderos motivos que llevaron al sanguinario pirata a abandonar su ataque, y ruego a Dios, y a vos mismo, que sea indulgente con mi persona, pues no hice otra cosa que lo que consideré más oportuno para liberar a mi pueblo del yugo inglés.
Resultó que una noche, desesperada por la pérdida de mi esposo y sabiendo que la mayoría de los que luchábamos no habíamos de correr mejor suerte que él, no se me ocurrió mejor idea que presentarme ante el corsario y acabar con él con mis propias manos. La decisión era drástica pero no me quedaba alternativa y armándome de un valor que estaba muy lejos de sentir, empujada por la rabia, tomé una daga que había pertenecido a mi amado esposo y me dirigí al puerto, donde el galeón de Francis Drake, el Golden Hind, y los demás navíos, descansaban en medio de una tensa calma que hacía presagiar negros augurios. Pedí hablar con él al hombre que hacía guardia, el cual me miró de arriba abajo y soltando una risotada impertinente, me condujo a la presencia de su amo. Éste yacía tirado en un viejo catre completamente borracho, en una estancia sucia y desordenada que olía a ron y a tabaco. Me preguntó quién era y durante unos segundos no pude contestarle, pensando únicamente en sacar la daga que se escondía entre mis ropas y clavársela en el corazón, pero las piernas comenzaron a temblarme y de repente supe que no podría hacerlo. Mi conciencia, al igual que en estos momentos no me permite callarme la verdad, en aquellos instantes no me permitía acabar con la vida de un hombre completamente ebrio si no era en el fragor de una batalla, de igual a igual, aunque por mi condición femenina nunca pueda estar a la altura de un contrincante varón. Entonces me acordé del tesoro y no dudé en ofrecérselo a cambio de que abandonara nuestra ciudad para siempre. Os preguntaréis de qué tesoro estoy hablando, pues ni más ni menos de uno que os pertenecía por derecho y que, en mi osadía, entregué al más sanguinario de los piratas procedente de un país enemigo.
Permítame Su Majestad explicarme con claridad en torno a este punto. Una mañana , paseando mi esposo y yo por los alrededores de la Torre de Hércules después de una noche de furibunda tormenta, de esas en la que el mar rabioso golpea con fuerza las rocas destrozando todo lo que encuentra a su paso, avistamos en el fondo del acantilado un pequeño navío encallado y, temerosos de que alguien pudiese necesitar ayuda, no dudamos en poner en peligro nuestra propia vida bajando hasta la playa, pues si bien la tempestad ya había dejado paso a la calma y el mar no podría hacernos daño, el camino para llegar al navío no podía ser más escarpado. Conseguimos finalmente alcanzar nuestro objetivo y una vez allí pudimos comprobar con cierto alivio que no había persona alguna, si bien era probable que quien hubiera estado enrolado en la embarcación no hubiera podido sobrevivir al naufragio. Lo único que encontramos fueron dos cofres de tamaño considerable en la cubierta, señal inequívoca de que alguien intentó sacarlos del barco y no pudo, pues lo normal, en caso contrario, es que hubieran permanecido en las bodegas, las cuales, como pudo comprobar mi esposo, estaban absolutamente vacías a no ser por unos barriles de licor. No nos quedaba pues más por hacer que comprobar el contenido de aquellos cofres, los cuales resultaron estar repletos de joyas y monedas de oro, un tesoro de valor incalculable. Puesto que el navío no poseía bandera y que había sido encontrado en costas españolas, todo su contenido, incluido por supuesto el magnífico tesoro, os pertenecía por derecho propio. Así me lo hizo saber mi leal marido, el cual tenía pensado en los días venideros, viajar a la Corte para ocuparse personalmente de entregaros semejante reliquia. Escondimos los cofres en una cueva natural entre las rocas, de tan difícil acceso que sería lo más extraño del mundo que alguien pudiera dar con ellos y marchamos de allí. Sólo unos días después se produjo el ataque de Francis Drake, frustrando los planes de viaje de mi esposo para entregaros el tesoro. Debo deciros, sin embargo, que en el preciso instante de su muerte, cuando ya la vida se le escapaba en cada aliento, me hizo prometer que me postraría yo misma ante vuestra presencia y os haría entrega de los cofres encontrados.
Fue ése el tesoro que yo le ofrecí a Drake a cambio de que abandonara el asedio para siempre y él, que no sólo ambicionaba gloria y poder, sino también y sobre todo, riquezas, no dudó un sólo instante en aceptar mi propuesta, con la única condición de que le condujese hasta el tesoro en aquel mismo instante, pues quería comprobar con sus propios ojos que lo que le ofrecía era real y no fruto de una treta por mi parte, no sin antes advertirme, fijando en mí aquella mirada de ojos vidriosos, que si el tesoro no existía podía darme por muerta. Conseguí convencerle de dejar para la mañana siguiente nuestra expedición a los acantilados, dado lo arriesgado que sería a aquellas horas de la noche, en medio de la oscuridad, a lo que accedió a regañadientes.
Al amanecer nos dirigimos al lugar del escondite, se hizo con el tesoro y, aquella misma tarde, desapareció de la ciudad para siempre
Es, pues, doble la aflicción que encoje mi corazón y llena mi alma de tribulaciones pues, por un lado, no he cumplido la promesa que le hice a mi amado esposo en su lecho de muerte y, por otro, le he entregado oro y joyas valiosísimas a un corsario desalmado que no duda en utilizar sus más sucias tretas en las misiones que, como todo el mundo sabe, le encarga la Reina Isabel I de Inglaterra en un acuerdo fuera de ley que beneficia a la Corona Inglesa, a cuyas arcas ha ido a parar, sin duda alguna, parte del tesoro que a vos pertenecía.
No me queda más que deciros. Esta es la verdad de lo ocurrido, verdad que he querido destaparos para lavar mi conciencia, pues no gozaba de la tranquilidad necesaria para continuar en esta vida sin remordimientos. Espero, repito una vez más, que seáis comedido con el castigo que decidáis imponerme pues al fin y al cabo, tened por seguro que lo que hice lo hice con la sana intención de liberar a mi pueblo del terrible asedio de unos malvados piratas.
Esperado vuestra respuesta y siempre a vuestro servicio
Firma: María Mayor Fernandez de la Cámara y Pita”
Hasta aquí la carta de la heroína coruñesa, una carta escrita por un alma acongojada, aunque a mi modo de ver, en modo alguno se le puede considerar una traidora. Con toda seguridad el Rey Felipe II, a quien iba dirigida la misiva, jamás la llegó a recibir, pues en caso contrario no estaría en el lugar en que yo la encontré. Quién sabe los motivos por los cuales María Pita no llegó a remitirla nunca, en todo caso estoy segura que la ciudad de La Coruña, de haber conocido su contenido, no dejaría de adorar a esa mujer, mitad realidad, mitad leyenda, que se ha convertido en parte de la idiosincrasia de un pueblo encantador.
viernes, 24 de febrero de 2012
OBJETIVO CUMPLIDO
Aquella noche Mikel regresó a su hogar más feliz que nunca. Por fin la plana mayor de la organización había depositado su total confianza en él y le había encargado su primera misión. Hacía poco más de dos años que se había metido de cabeza en esos asuntos. Empezó con las revueltas callejeras, quemando contenedores, cajeros....esas pequeñas historias, pero siempre tuvo claro que quería formar parte de manera plena de la organización, luchar por sus ideales, por su patria, por su raza. Ellos se fijaron en él porque casi siempre era el cabecilla de las revueltas. Rápido y organizado, escurridizo en extremo, tanto, que jamás la policía le había tocado un pelo, y eso que se enfrentaba valientemente con los maderos, les provocaba cuando se acercaban armados hasta los dientes, en parte para protegerse, en parte para detener a aquel que se les pusiera a tiro. Pero él era veloz, astuto y se escabullía por donde fuera antes que dejarse torturar, porque eso era lo que hacía la pasma, reprimirlos y torturarlos. Por eso cuando los jefes lo llamaron y le propusieron formar parte del clan no cupo en sí de orgullo. Por fin iba a participar en actos de verdad, en misiones que contribuyeran a conseguir la independencia ansiada, la liberación de su pueblo lejos del estado opresor.
El primer año se sintió un poco decepcionado. Quería acción, pero los jefes argumentaban que todavía era pronto, que primero había que prepararse a conciencia y eso llevaba su tiempo. Fueron días de agotamiento y en muchas ocasiones de profunda desilusión, acudiendo a los montes frondosos, lejos de los pueblos, en el medio de la nada, para practicar con las armas, para aprender técnicas y tácticas que le ayudaran a ser un buen guerrillero, el mejor. Ahora por fin había llegado el momento. La cúpula lo había convocado para una reunión al día siguiente, en la que le explicarían con detalle en qué iba a consistir su primer trabajo. Estaba tan nervioso que sabía que esa noche no iba a pegar ojo. Se desnudó delante del espejo y miró su imagen durante un rato, fijándose en su torso musculoso y de carnes firmes, en su espeso pelo negrísimo y en sus ojos duros y penetrantes. Sonrió mientras se decía a sí mismo con orgullo y sin modestia alguna que era el candidato perfecto para realizar aquel atentado, fuera el que fuera, consistiera en qué consistiera. No iba a defraudar a nadie, ni a ellos, ni mucho menos a si mismo.
Llegó temprano al piso donde le esperaba Gorka, su instructor, con aquellos otros a los que jamás había visto la cara. Lo saludaron con frialdad premeditada y sin muchos preámbulos le explicaron lo que él deseaba. Se trataba de matar a una guardia civil destinada en el cuartel de un pueblo vecino. Le mostraron la foto de una muchacha uniformada, cuyos ojos lánguidos e increíblemente azules le llamaron la atención.
-Es....es muy joven ¿no?
Su amigo Gorka sonrió.
-¡Venga Mikel! No me digas ahora que te entran los escrúpulos. Tiene veintidós años, nació en un pueblo de Barcelona y forma parte del aparato opresor del Estado. Es suficiente que sepas eso. Tienes que matarla y punto. Da igual si es joven o vieja, no debes pensar en ella como en una persona, sino como en un objetivo a derrocar.
-No tengo ningún escrúpulo – le contestó Mikel molesto – sabes perfectamente que estaba deseando que llegara este momento. Sólo hice un comentario.
-Pues comentarios como ese están de más – dijo fríamente Imanol, el que parecía llevar la voz cantante en todo aquel cotarro – tú no tienes que fijarte en su aspecto, ni en ningún detalle de su vida. Estás aquí para luchar, y la lucha armada requiere que la mates sin más. Sin compasión y sobre todo sin preguntas ¿entendido?
El muchacho asintió y no volvió a abrir la boca, temeroso de soltar alguna incongruencia que pudiera molestar a Imanol o a cualquiera de los demás. No quería correr el riesgo de que se echaran atrás y confiaran a otro aquella misión. Por el contrario, escuchó con atención las instrucciones que tendría que seguir para el buen fin de su primera actuación, reteniéndolo todo en su cabeza como si de guardarlo en un fichero se tratara.
-Recuerda que para ella tienes que ser un completo desconocido. Eso quiere decir que no te puedes dejar ver, que la tienes que vigilar con suma discreción, controlando todos sus pasos con firmeza pero con tiento, con muchísimo tiento.
-¿Cuándo será el momento?- preguntó Mikel.
-Aun no está decidido, dentro de un mes o de dos como mucho. Primero tienes que estar absolutamente preparado para el paso que vas a dar. Cuando lo estés, ese será el momento.
La rubia, como empezó a llamarla Mikel, se marchaba de su casa a las ocho de la mañana y regresaba sobre las tres. Nunca hacía el mismo itinerario, estaba bien enseñada. A veces salía del cuartelillo a patrullar por el pueblo, otras no se le veía el pelo en toda la mañana. En ocasiones regresaba a su casa al mediodia y luego volvía al cuartel por la tarde. A Mikel le gustaba apostarse cerca del edifico que habitaba la rubia y mirar hacia las ventanas, imaginando que allí dentro estaba la mujer cuya vida él tenía que segar sin contemplaciones. Un certero tiro en la frente, a quemarropa, y para ella todo abría acabado, mientras que para él la vida que hasta ahora había sido un sueño no haría más que empezar. No se percató de que la muchacha se estaba convirtiendo en una especie de obsesión para él, pensando en ella a todas horas, buscando un motivo cualquiera que le sirviera para traerla a su mente.
Cierto día, mientras apostado dentro del coche de turno esperaba a que ella abandonara su casa, pensó en los daños colaterales del asesinato que iba a cometer. Los padres de la chica, los hermanos, su novio si es que lo tenía, gente de cuyo sufrimiento él iba a ser el último responsable. Por un segundo su corazón de piedra se ablandó y se preguntó qué derecho tenía él a irrumpir en aquellas existencias marcándolas para siempre con el estigma del odio. Desgraciadamente fue sólo un segundo, un instante para arrepentirse; luego regresó su determinación sangrienta y suspiró aliviado.
Cuando días después, aquella noche de sábado, la vio en la discoteca, bailando con otras chicas en el medio de la pista, pensó que también era puta casualidad encontrarse con su objetivo. Pero él no sabía que inconscientemente la había buscado en cada noche de juerga, deseando estar a su lado, verla de cerca, saber de ella. Por un instante ideó marcharse, mas algo en su interior no le dejó mover los pies y le impulsó a quedarse, a contemplar sus movimientos sensuales apoyado en la barra, delante de un whisky, a acercarse a ella y susurrarle al oído lo guapa que era, lo bien que bailaba, a invitarla a una copa que ella aceptó sin reparos. Estaba haciendo todo lo que tenía prohibido, poniendo en peligro todo aquello por lo que tanto había luchado, y no sabía porqué no lo podía evitar, o lo que es peor, no lo quería evitar. Se disculpaba a si mismo con argumentos peregrinos, con la firme convicción de que hacía todo aquello por el buen fin de la misión, aunque los jefes se lo hubieran prohibido, ellos no eran perfectos, también podían equivocarse y en aquel caso lo hacían. El no opinaba que su proceder fuera malo por intentar conocer más a la muchacha que había de matar, al fin y al cabo, ella acabaría muerta, no podría perjudicarlo en nada.
Ruth era una chica encantadora, guapísima, con aquellos enormes ojos azules y su melena rubia acariciando sus hombros. La mujer de la que cualquier hombre se enamoraría sin remedio. Cualquiera menos él, por supuesto, lo suyo no era más que curiosidad. Negaba la evidencia, arriesgando la misión encomendada, pero no quiso dar marcha atrás.
A aquella noche de discoteca, siguieron otros encuentros, siempre lejos del pueblo, para que nadie pudiera verles juntos. Un día un café, otro día una cena, hasta que uno de esos días Ruth le abrió su corazón y su alma, haciéndole partícipe de sus miedos.
-No me gusta vivir aquí, sola. Echo de menos a mi familia y tengo miedo, ya sabes, hay tantos compañeros muertos....Nunca he hablado de esto con nadie. A mis padres no se lo puedo decir porque se preocuparían y aquí...no confío en casi nadie. En realidad tampoco sé si puedo confiar en ti, apenas hace unas semanas que te conozco.
Una oleada de adrenalina recorrió el cuerpo de Mikel de la cabeza a los pies, mientras continuaba escuchando a la chica, sentado frente a ella en una cafetería cualquiera.
-Gano bastante dinero aquí, pero todas las noches me acuesto pensando que el día siguiente puede ser el último de mi vida. Sé que el fondo es una tontería, que si me quieren matar en un atentado lo harán aquí o en cualquier parte. Entonces me consuelo pensando que soy un pobre objetivo y que hay compañeros mucho más importantes que yo para ser el punto de atracción de su ira.
Mikel, incapaz por un momento de mantener su mirada, desvió sus ojos hacia fuera. Lloviznaba.
-¿No me dices nada? - preguntó Ruth – lo siento, tal vez no debí hablarte de estas cosas.
-Si claro que si, y no te preocupes, no te va a pasar nada. Yo voy a estar siempre a tu lado – le contestó él, sintiéndose, por vez primera en su vida, el ser más mezquino de la tierra.
-Llevamos más de dos meses con el operativo montado, la tienes totalmente controlada, no entiendo por qué quieres retrasar el día de la acción – le recriminaba Gorka – te advierto que si no lo quieres hacer estás en tu derecho, buscaremos a alguien que si lo haga, pero vas a quedar muy desacreditado a los ojos de los jefes. Ellos confían en ti y se sentirán muy defraudados si te niegas a matar a la chica.
-No me estoy negando. Pero no consigo controlar sus horarios. Es.....es muy imprevisible, no quiero que nada salga mal.
-Mira Mikel, la cúpula de la organización ha señalado como fecha de la ejecución dentro de una semana. No te dan ni un minuto más. Tú verás lo que haces.
La quería, la quería como nunca había querido a nadie, y ese era su tormento. Había cometido el error más grande de su vida acercándose a ella, pero ya era tarde para dar marcha atrás. No deseaba separarse de su lado jamás, no lo iba a hacer, mas como se consideraba un hombre de palabra no le quedaba más remedio que cumplir con la organización.
La noche anterior al día señalado hicieron el amor por primera vez, recorrió con sus manos cada rincón de su cuerpo, aspiró su aroma, degustó el sabor de su saliva, prolongando aquellos momentos de sublime placer que no volverían a disfrutar jamás, o tal vez si, quién sabe.
Eran las tres en punto cuando Ruth aparco su coche frente al portal de su casa. Gorka y Mikel hacían guardia dentro de una pequeña furgoneta que el primero puso en marcha en cuanto tuvo a la chica al alcance de su vista.
-Ahora Mikel. Pégale tres tiros en la cabeza y vuelve al coche lo más rápido posible. Tenemos que huir antes de que nadie reaccione.
Mikel bajó del coche como un autómata, pistola en mano, dispuesto a levantarle la tapa de los sesos a la mujer a la que apenas unas horas antes había amado con desenfrenada pasión. Se acercó a ella mientras cerraba el coche. Ruth le vio y esbozó una sonrisa.
-¡Mikel! ¿qué haces aquí? No te esperaba.
No le dio tiempo a decir más. Vio como él apuntaba su cabeza con el arma y escuchó el sonido sordo del disparo. Después todo se volvió oscuridad.
Desde la furgoneta Gorka no podía dar crédito al espectáculo que se presentaba ante sus ojos.
-Pero ¿qué coño hace ese imbécil?
Mikel cayó de rodillas al lado del cuerpo inerte de Ruth. Por las ventanas de las casas la gente asomaba su cara con curiosidad y horror. Algunos empezaban a salir a los portales. El muchacho lloraba en silencio. Gorka se acercó con la furgoneta poniendo en riesgo el final de la operación: su huida.
-Sube al coche idiota, o acabarán pillándonos.
-Diles que se ha cumplido el objetivo, que pueden estar orgullosos de mí – dijo Mikel por toda respuesta
Luego apuntó a su cabeza y disparó. También él se hundió en la oscuridad. Al cabo de unos segundos se dio cuenta de que Ruth estaba a su lado, esperándolo.
-Te prometí que nos separaríamos nunca- le dijo él
-Claro, y qué más da que sea aquí o allí.
Al día siguiente los periódicos daban la noticia del atentado...y del extraño suicidio del terrorista.
El primer año se sintió un poco decepcionado. Quería acción, pero los jefes argumentaban que todavía era pronto, que primero había que prepararse a conciencia y eso llevaba su tiempo. Fueron días de agotamiento y en muchas ocasiones de profunda desilusión, acudiendo a los montes frondosos, lejos de los pueblos, en el medio de la nada, para practicar con las armas, para aprender técnicas y tácticas que le ayudaran a ser un buen guerrillero, el mejor. Ahora por fin había llegado el momento. La cúpula lo había convocado para una reunión al día siguiente, en la que le explicarían con detalle en qué iba a consistir su primer trabajo. Estaba tan nervioso que sabía que esa noche no iba a pegar ojo. Se desnudó delante del espejo y miró su imagen durante un rato, fijándose en su torso musculoso y de carnes firmes, en su espeso pelo negrísimo y en sus ojos duros y penetrantes. Sonrió mientras se decía a sí mismo con orgullo y sin modestia alguna que era el candidato perfecto para realizar aquel atentado, fuera el que fuera, consistiera en qué consistiera. No iba a defraudar a nadie, ni a ellos, ni mucho menos a si mismo.
Llegó temprano al piso donde le esperaba Gorka, su instructor, con aquellos otros a los que jamás había visto la cara. Lo saludaron con frialdad premeditada y sin muchos preámbulos le explicaron lo que él deseaba. Se trataba de matar a una guardia civil destinada en el cuartel de un pueblo vecino. Le mostraron la foto de una muchacha uniformada, cuyos ojos lánguidos e increíblemente azules le llamaron la atención.
-Es....es muy joven ¿no?
Su amigo Gorka sonrió.
-¡Venga Mikel! No me digas ahora que te entran los escrúpulos. Tiene veintidós años, nació en un pueblo de Barcelona y forma parte del aparato opresor del Estado. Es suficiente que sepas eso. Tienes que matarla y punto. Da igual si es joven o vieja, no debes pensar en ella como en una persona, sino como en un objetivo a derrocar.
-No tengo ningún escrúpulo – le contestó Mikel molesto – sabes perfectamente que estaba deseando que llegara este momento. Sólo hice un comentario.
-Pues comentarios como ese están de más – dijo fríamente Imanol, el que parecía llevar la voz cantante en todo aquel cotarro – tú no tienes que fijarte en su aspecto, ni en ningún detalle de su vida. Estás aquí para luchar, y la lucha armada requiere que la mates sin más. Sin compasión y sobre todo sin preguntas ¿entendido?
El muchacho asintió y no volvió a abrir la boca, temeroso de soltar alguna incongruencia que pudiera molestar a Imanol o a cualquiera de los demás. No quería correr el riesgo de que se echaran atrás y confiaran a otro aquella misión. Por el contrario, escuchó con atención las instrucciones que tendría que seguir para el buen fin de su primera actuación, reteniéndolo todo en su cabeza como si de guardarlo en un fichero se tratara.
-Recuerda que para ella tienes que ser un completo desconocido. Eso quiere decir que no te puedes dejar ver, que la tienes que vigilar con suma discreción, controlando todos sus pasos con firmeza pero con tiento, con muchísimo tiento.
-¿Cuándo será el momento?- preguntó Mikel.
-Aun no está decidido, dentro de un mes o de dos como mucho. Primero tienes que estar absolutamente preparado para el paso que vas a dar. Cuando lo estés, ese será el momento.
La rubia, como empezó a llamarla Mikel, se marchaba de su casa a las ocho de la mañana y regresaba sobre las tres. Nunca hacía el mismo itinerario, estaba bien enseñada. A veces salía del cuartelillo a patrullar por el pueblo, otras no se le veía el pelo en toda la mañana. En ocasiones regresaba a su casa al mediodia y luego volvía al cuartel por la tarde. A Mikel le gustaba apostarse cerca del edifico que habitaba la rubia y mirar hacia las ventanas, imaginando que allí dentro estaba la mujer cuya vida él tenía que segar sin contemplaciones. Un certero tiro en la frente, a quemarropa, y para ella todo abría acabado, mientras que para él la vida que hasta ahora había sido un sueño no haría más que empezar. No se percató de que la muchacha se estaba convirtiendo en una especie de obsesión para él, pensando en ella a todas horas, buscando un motivo cualquiera que le sirviera para traerla a su mente.
Cierto día, mientras apostado dentro del coche de turno esperaba a que ella abandonara su casa, pensó en los daños colaterales del asesinato que iba a cometer. Los padres de la chica, los hermanos, su novio si es que lo tenía, gente de cuyo sufrimiento él iba a ser el último responsable. Por un segundo su corazón de piedra se ablandó y se preguntó qué derecho tenía él a irrumpir en aquellas existencias marcándolas para siempre con el estigma del odio. Desgraciadamente fue sólo un segundo, un instante para arrepentirse; luego regresó su determinación sangrienta y suspiró aliviado.
Cuando días después, aquella noche de sábado, la vio en la discoteca, bailando con otras chicas en el medio de la pista, pensó que también era puta casualidad encontrarse con su objetivo. Pero él no sabía que inconscientemente la había buscado en cada noche de juerga, deseando estar a su lado, verla de cerca, saber de ella. Por un instante ideó marcharse, mas algo en su interior no le dejó mover los pies y le impulsó a quedarse, a contemplar sus movimientos sensuales apoyado en la barra, delante de un whisky, a acercarse a ella y susurrarle al oído lo guapa que era, lo bien que bailaba, a invitarla a una copa que ella aceptó sin reparos. Estaba haciendo todo lo que tenía prohibido, poniendo en peligro todo aquello por lo que tanto había luchado, y no sabía porqué no lo podía evitar, o lo que es peor, no lo quería evitar. Se disculpaba a si mismo con argumentos peregrinos, con la firme convicción de que hacía todo aquello por el buen fin de la misión, aunque los jefes se lo hubieran prohibido, ellos no eran perfectos, también podían equivocarse y en aquel caso lo hacían. El no opinaba que su proceder fuera malo por intentar conocer más a la muchacha que había de matar, al fin y al cabo, ella acabaría muerta, no podría perjudicarlo en nada.
Ruth era una chica encantadora, guapísima, con aquellos enormes ojos azules y su melena rubia acariciando sus hombros. La mujer de la que cualquier hombre se enamoraría sin remedio. Cualquiera menos él, por supuesto, lo suyo no era más que curiosidad. Negaba la evidencia, arriesgando la misión encomendada, pero no quiso dar marcha atrás.
A aquella noche de discoteca, siguieron otros encuentros, siempre lejos del pueblo, para que nadie pudiera verles juntos. Un día un café, otro día una cena, hasta que uno de esos días Ruth le abrió su corazón y su alma, haciéndole partícipe de sus miedos.
-No me gusta vivir aquí, sola. Echo de menos a mi familia y tengo miedo, ya sabes, hay tantos compañeros muertos....Nunca he hablado de esto con nadie. A mis padres no se lo puedo decir porque se preocuparían y aquí...no confío en casi nadie. En realidad tampoco sé si puedo confiar en ti, apenas hace unas semanas que te conozco.
Una oleada de adrenalina recorrió el cuerpo de Mikel de la cabeza a los pies, mientras continuaba escuchando a la chica, sentado frente a ella en una cafetería cualquiera.
-Gano bastante dinero aquí, pero todas las noches me acuesto pensando que el día siguiente puede ser el último de mi vida. Sé que el fondo es una tontería, que si me quieren matar en un atentado lo harán aquí o en cualquier parte. Entonces me consuelo pensando que soy un pobre objetivo y que hay compañeros mucho más importantes que yo para ser el punto de atracción de su ira.
Mikel, incapaz por un momento de mantener su mirada, desvió sus ojos hacia fuera. Lloviznaba.
-¿No me dices nada? - preguntó Ruth – lo siento, tal vez no debí hablarte de estas cosas.
-Si claro que si, y no te preocupes, no te va a pasar nada. Yo voy a estar siempre a tu lado – le contestó él, sintiéndose, por vez primera en su vida, el ser más mezquino de la tierra.
-Llevamos más de dos meses con el operativo montado, la tienes totalmente controlada, no entiendo por qué quieres retrasar el día de la acción – le recriminaba Gorka – te advierto que si no lo quieres hacer estás en tu derecho, buscaremos a alguien que si lo haga, pero vas a quedar muy desacreditado a los ojos de los jefes. Ellos confían en ti y se sentirán muy defraudados si te niegas a matar a la chica.
-No me estoy negando. Pero no consigo controlar sus horarios. Es.....es muy imprevisible, no quiero que nada salga mal.
-Mira Mikel, la cúpula de la organización ha señalado como fecha de la ejecución dentro de una semana. No te dan ni un minuto más. Tú verás lo que haces.
La quería, la quería como nunca había querido a nadie, y ese era su tormento. Había cometido el error más grande de su vida acercándose a ella, pero ya era tarde para dar marcha atrás. No deseaba separarse de su lado jamás, no lo iba a hacer, mas como se consideraba un hombre de palabra no le quedaba más remedio que cumplir con la organización.
La noche anterior al día señalado hicieron el amor por primera vez, recorrió con sus manos cada rincón de su cuerpo, aspiró su aroma, degustó el sabor de su saliva, prolongando aquellos momentos de sublime placer que no volverían a disfrutar jamás, o tal vez si, quién sabe.
Eran las tres en punto cuando Ruth aparco su coche frente al portal de su casa. Gorka y Mikel hacían guardia dentro de una pequeña furgoneta que el primero puso en marcha en cuanto tuvo a la chica al alcance de su vista.
-Ahora Mikel. Pégale tres tiros en la cabeza y vuelve al coche lo más rápido posible. Tenemos que huir antes de que nadie reaccione.
Mikel bajó del coche como un autómata, pistola en mano, dispuesto a levantarle la tapa de los sesos a la mujer a la que apenas unas horas antes había amado con desenfrenada pasión. Se acercó a ella mientras cerraba el coche. Ruth le vio y esbozó una sonrisa.
-¡Mikel! ¿qué haces aquí? No te esperaba.
No le dio tiempo a decir más. Vio como él apuntaba su cabeza con el arma y escuchó el sonido sordo del disparo. Después todo se volvió oscuridad.
Desde la furgoneta Gorka no podía dar crédito al espectáculo que se presentaba ante sus ojos.
-Pero ¿qué coño hace ese imbécil?
Mikel cayó de rodillas al lado del cuerpo inerte de Ruth. Por las ventanas de las casas la gente asomaba su cara con curiosidad y horror. Algunos empezaban a salir a los portales. El muchacho lloraba en silencio. Gorka se acercó con la furgoneta poniendo en riesgo el final de la operación: su huida.
-Sube al coche idiota, o acabarán pillándonos.
-Diles que se ha cumplido el objetivo, que pueden estar orgullosos de mí – dijo Mikel por toda respuesta
Luego apuntó a su cabeza y disparó. También él se hundió en la oscuridad. Al cabo de unos segundos se dio cuenta de que Ruth estaba a su lado, esperándolo.
-Te prometí que nos separaríamos nunca- le dijo él
-Claro, y qué más da que sea aquí o allí.
Al día siguiente los periódicos daban la noticia del atentado...y del extraño suicidio del terrorista.
jueves, 16 de febrero de 2012
UN PASEO POR LA VIDA
Caminaba despacio por el camino pedregoso, al ritmo de unos recuerdos que ni siquiera coherencia poseían y que ella interpretaba como su presente más cotidiano.
-Tengo que llegar a tiempo antes de que cierren el colmado de Agustín. Si mi Mariano llega del colegio y se encuentra que no hay chocolate para merendar se disgustará y yo no quiero que mi pequeño se disguste, él es bueno y le gusta estudiar, por eso yo le tengo en premio su chocolate para merendar todas las tardes, de ese negro, de taza, pero esta tarde cuando he querido echar mano de él he visto que sólo quedaba el envoltorio. Seguro que fue Mariano, le gusta tanto que me lo roba, porque el chocolate es mío, me lo compra mi madre en la tienda de la señora Emilia, y ese chiquillo malo y travieso me lo roba, que yo lo he visto más de una vez entrar a hurtadillas en la cocina y meter la mano en la fresquera.
Es tarde, tengo que darme prisa, de lo contrario mi madre se enfadará, siempre lo hace cuando soy impuntual, pero es que mi novio Elías ha venido a buscarme y hemos estado hablando sentados a la sombra del naranjo. Cuando estoy a su lado el tiempo se pasa muy rápido y nunca me percato de que llega la hora de regresar. Mamá estará esperándome preparada con la zapatilla para darme unos cachetes en el culo, y yo nunca escarmiento, o por lo menos eso es lo que ella dice.
Jacinta se paró en seco y a pesar del sol de justicia que calentaba las piedras y derretía el asfalto miró al cielo y abrió su paraguas azul.
-Vaya, seguro que no tardará mucho en ponerse a llover, menos mal que me he acordado de coger el paraguas.
Se sentó con gesto abatido sobre una piedra, a la vera del camino. Volvió a mirar el cielo y cerró el paraguas al comprobar que, a pesar de sus augurios, no caía ni una gota. Sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor de la frente. Luego se quedó allí durante unos minutos, muy quieta, con la vista fija en las piedras del camino. Y siguió paseando por su vida.
-Tengo miedo. Mi mamá me ha dejado sola y el sonido de las bombas se escucha demasiado cerca. Quiero que vuelva. No sé a dónde habrá ido. El taller de costura cerró y se trajo la máquina a casa, así que no debería marcharse, tiene mucho trabajo. Quiero que regrese pronto, tiene mucho trabajo y no me gusta que se pase la noche cosiendo a la luz de las velas, que después no para de quejarse de que se deja la vista en ello.
Jacinta se levantó de la piedra y vaciló un poco antes de decidir qué dirección tomar. Finalmente optó por desandar el camino andado, aunque no fue una determinación tomada con convencimiento. En realidad ninguno de sus pensamientos gozaban de convencimiento alguno, ni de lógica, ni de realidad, salvo para ella misma. Al cabo de un rato se sentó una vez más a la vera del camino, sobre las hierbas que ya comenzaban a impregnarse del rocío del atardecer volviéndose húmedas. Hizo caso omiso a la sensación de frialdad que penetró a través de sus ropas y se dejó estar allí, sentada en el campo, dejando descansar sus piernas doloridas.
Ignoraba el tiempo que pudo permanecer allí, tiritando de frío, en realidad Jacinta ignoraba casi todo de ella misma, así que cuando vio surgir de la oscuridad de la noche unas luces cegadoras que se detenían a su lado se limitó a mirarlas con los ojos entrecerrados sin hacer ademán alguno de levantarse.
Del coche se apearon dos hombres, policías locales, y una mujer que se dirigieron a Jacinta.
-¡Dios mío! Por fin te hemos encontrado. Venga mamá, vámonos a casa. Estás helada – dijo la mujer mientras intentaba levantar a la vieja, que hizo un gesto brusco intentando zafarse de sus brazos.
-¿Quién es usted? Déjeme en paz ¿no ve que estoy esperando por mi hijo? Saldrá de la escuela dentro de un rato y juntos iremos al colmado de Agustín a comprar chocolate.
-Mamá por favor, levántate y entra en el coche. Es muy tarde y te está cogiendo el frío.
Jacinta le miró y de nuevo regresó al pasado.
-Ha muerto ¿verdad? Mi pequeño está muerto. No pude hacer nada, todo ocurrió muy de prisa, se me escapó de las manos y el coche venía muy rápido…
Jacinta se desmoronó ante los recuerdos y comenzó a gimotear. Débil y carente de voluntad, permitió que los dos policías la ayudaran a introducirse en el vehículo. Su hija lo hizo a continuación y, abrazándola con ternura, le dio calor y la acurrucó contra su pecho.
“Dios mío, mamá, ¿en qué te has convertido? En un ser sin esencia, en una persona sin realidad, sin presente. Recuerdo como eras hace unos años y no te reconozco y me pregunto por qué te ha tenido que pasar a ti, una mujer tan vital, tan fuerte, tan cabal… supongo que es tontería intentar buscar una explicación a todo esto. Las enfermedades aparecen porque sí y a algunas no les podemos hacer frente, como a la tuya, con la que ambas libramos cada día una batalla perdida de antemano.
A veces rememoras episodios de tu vida escondidos que ahora regresan a tu destartalada memoria con una lucidez sorprendente. Sin embargo, hay momentos en que me miras con esa tu mirada perdida y no me reconoces, o no recuerdas la cena de ayer, o no sabes regresar a tu cuarto, o colocas tu ropa dentro del frigorífico… Es tan desalentador que a veces me pregunto si merece la pena vivir de esa manera, alejada del presente, ausente de la propia vida.
Duerme mamá, acurrucada en mi pecho, sacude esos recuerdos añejos que ya ni lo son y pasea por una vida que hace mucho dejó de existir.
Y Jacinta, como si hubiera podido escuchar los pensamientos de su hija, recostó su cabeza en su hombro y se durmió, ausentándose por unos instantes de una vida que ya nunca sería capaz de reconocer como propia
jueves, 9 de febrero de 2012
LAS PALABRAS
LAS PALABRAS
Se contemplaba el abultado vientre y dejaba reposar sus manos sobre él, sintiendo la vibración de vida que era el hijo que crecía allí dentro y que pronto podría tener en sus brazos. Un hijo es raíz que se oculta en la sangre, vértigo de memorias no vividas, renovada capacidad de asombro y de luz. Pero una sombra se cernía sobre aquella fulgurante alegría temerosa de la primera maternidad: ella no podría decir las palabras que todas las madre del mundo dicen a sus hijos, no podría enseñarle a decir palabras bellas, madre, amor, paz.... De nuevo su faz se veló en angustias al recordar aquel día en que ocurrió el fatal accidente y perdió el habla. Solo entonces se dio cuenta de lo importante que era poder decir, pan, madre, te quiero, cielo... Ahora, con su hijo creciendo dentro de ella, las palabras crecían oscuras y hacia dentro, como promesas nunca cumplidas, como deseos que jamás podrán realizarse.
En la antesala de la consulta del médico, otras mujeres comentaban en voz alta su estado y todas ellas se sabían unidas por aquellas pequeñas confidencias que soltaba al aire felices de que fueran escuchadas por quien no sentía sino lo mismo . Y ella seguía al vuelo aquellas palabras que deseaba fervientemente hacer suyas, que deseaba compartir.
No se encontraba bien. El hijo pesaba mucho y ella era más bien frágil. Tampoco, pues, se sorprendió, cuando el médico, confirmando lo que le había insinuado en la visita anterior, le dijo que sería mejor, llegado el momento del parto, practicar un operación de cesárea para facilitar el nacimiento de aquel hijo.
-Y no tienes usted porqué preocuparse en absoluto. Hoy en día una cesárea es poco más que una operación de apendicitis ¿comprende?
Ella afirmaba con la cabeza mientras su cuerpo se agitaba débilmente en un temblor ligero. No temía a la operación en sí misma, sino a la anestesia. Aquella pequeña muerte provocada, aquella ausencia de ser y no ser al mismo tiempo, aquella voluntad sin sueños, sin decisión, la asustaban mucho más que el bisturí.
Recordaba cuando se percató de que no podía hablar, de que sin tener ninguna herida en la garganta, las palabras se negaban a salir de su boca. Recordaba aquella angustia, llevándose la mano al cuello en un intento inútil, así como inútiles eran las palabras de consuelo que le prodigaban los suyos. Pero por ese hijo valían la pena todos los sacrificios, todas las sombras, todos los silencios involuntarios. Lo importante, se decía, no es resignarse sino saber aceptar lo que el destino tenía preparado para ti. Y fue entonces cuando el hijo se anunció, como una compensación a sus últimos sufrimientos.
¡Cuántos pensamientos! ¡Cuántos segundos! ¡Cuántos tiempos vividos desde la última visita al médico! Y allí estaba ella, por fin, esperando para entrar en el quirófano, mientras sentía como su hijo se proclamaba a si mismo en un batir de sus piernecitas en el interior de su vientre, en un maravillosos latido de su corazón que, se diría, latía al unísono con el suyo.”Con el mío de madre”, pensó y volvió a emocionarse. El médico se le acercó y la reconvino sonriente.
-Pero ¿qué es esto? ¿es que te vas a venir abajo ahora? ¿Cuántos años tienes?
Ella, un poco entrecortada, repuso con sus manos, diez, diez y dos. El médico le acarició la cabeza.
-Si eres casi una niña.
Sonrió de nuevo
-Pero una niña valiente ¿de acuerdo?
Ella afirmó con la cabeza y cuando se acercó el anestesista se dejó llevar dócilmente a la región de las sombras, sabiendo que cuando despertase tendría a su lado a ese hijo tan deseado, a ese pedacito de si misma convertido en personita independiente.
-No tengas miedo. Todo irá perfectamente y será rápido, ya lo verás.
La operación transcurrió con normalidad y la niña nació en perfectas condiciones.
Primero fue el sonido de las palabras. Reconoció la voz de él y la de su madre. Un rumor hondo llegaba a sus oídos y poco a poco las voces se hicieron más claras.
-Todo ha pasado ya – le dijo su marido – es una niña, una niña preciosa ¿no quieres verla?
Abrió los ojos y contempló aquel puñado de carne viva que le mostraba la enfermera. Las lágrimas de felicidad casi no la dejaban ver y fue entonces cuando sus labios se abrieron tímidamente y de su boca brotaron dos palabras : “Mi hija”
Se contemplaba el abultado vientre y dejaba reposar sus manos sobre él, sintiendo la vibración de vida que era el hijo que crecía allí dentro y que pronto podría tener en sus brazos. Un hijo es raíz que se oculta en la sangre, vértigo de memorias no vividas, renovada capacidad de asombro y de luz. Pero una sombra se cernía sobre aquella fulgurante alegría temerosa de la primera maternidad: ella no podría decir las palabras que todas las madre del mundo dicen a sus hijos, no podría enseñarle a decir palabras bellas, madre, amor, paz.... De nuevo su faz se veló en angustias al recordar aquel día en que ocurrió el fatal accidente y perdió el habla. Solo entonces se dio cuenta de lo importante que era poder decir, pan, madre, te quiero, cielo... Ahora, con su hijo creciendo dentro de ella, las palabras crecían oscuras y hacia dentro, como promesas nunca cumplidas, como deseos que jamás podrán realizarse.
En la antesala de la consulta del médico, otras mujeres comentaban en voz alta su estado y todas ellas se sabían unidas por aquellas pequeñas confidencias que soltaba al aire felices de que fueran escuchadas por quien no sentía sino lo mismo . Y ella seguía al vuelo aquellas palabras que deseaba fervientemente hacer suyas, que deseaba compartir.
No se encontraba bien. El hijo pesaba mucho y ella era más bien frágil. Tampoco, pues, se sorprendió, cuando el médico, confirmando lo que le había insinuado en la visita anterior, le dijo que sería mejor, llegado el momento del parto, practicar un operación de cesárea para facilitar el nacimiento de aquel hijo.
-Y no tienes usted porqué preocuparse en absoluto. Hoy en día una cesárea es poco más que una operación de apendicitis ¿comprende?
Ella afirmaba con la cabeza mientras su cuerpo se agitaba débilmente en un temblor ligero. No temía a la operación en sí misma, sino a la anestesia. Aquella pequeña muerte provocada, aquella ausencia de ser y no ser al mismo tiempo, aquella voluntad sin sueños, sin decisión, la asustaban mucho más que el bisturí.
Recordaba cuando se percató de que no podía hablar, de que sin tener ninguna herida en la garganta, las palabras se negaban a salir de su boca. Recordaba aquella angustia, llevándose la mano al cuello en un intento inútil, así como inútiles eran las palabras de consuelo que le prodigaban los suyos. Pero por ese hijo valían la pena todos los sacrificios, todas las sombras, todos los silencios involuntarios. Lo importante, se decía, no es resignarse sino saber aceptar lo que el destino tenía preparado para ti. Y fue entonces cuando el hijo se anunció, como una compensación a sus últimos sufrimientos.
¡Cuántos pensamientos! ¡Cuántos segundos! ¡Cuántos tiempos vividos desde la última visita al médico! Y allí estaba ella, por fin, esperando para entrar en el quirófano, mientras sentía como su hijo se proclamaba a si mismo en un batir de sus piernecitas en el interior de su vientre, en un maravillosos latido de su corazón que, se diría, latía al unísono con el suyo.”Con el mío de madre”, pensó y volvió a emocionarse. El médico se le acercó y la reconvino sonriente.
-Pero ¿qué es esto? ¿es que te vas a venir abajo ahora? ¿Cuántos años tienes?
Ella, un poco entrecortada, repuso con sus manos, diez, diez y dos. El médico le acarició la cabeza.
-Si eres casi una niña.
Sonrió de nuevo
-Pero una niña valiente ¿de acuerdo?
Ella afirmó con la cabeza y cuando se acercó el anestesista se dejó llevar dócilmente a la región de las sombras, sabiendo que cuando despertase tendría a su lado a ese hijo tan deseado, a ese pedacito de si misma convertido en personita independiente.
-No tengas miedo. Todo irá perfectamente y será rápido, ya lo verás.
La operación transcurrió con normalidad y la niña nació en perfectas condiciones.
Primero fue el sonido de las palabras. Reconoció la voz de él y la de su madre. Un rumor hondo llegaba a sus oídos y poco a poco las voces se hicieron más claras.
-Todo ha pasado ya – le dijo su marido – es una niña, una niña preciosa ¿no quieres verla?
Abrió los ojos y contempló aquel puñado de carne viva que le mostraba la enfermera. Las lágrimas de felicidad casi no la dejaban ver y fue entonces cuando sus labios se abrieron tímidamente y de su boca brotaron dos palabras : “Mi hija”
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