viernes, 24 de febrero de 2012

OBJETIVO CUMPLIDO

Aquella noche Mikel regresó a su hogar más feliz que nunca. Por fin la plana mayor de la organización había depositado su total confianza en él y le había encargado su primera misión. Hacía poco más de dos años que se había metido de cabeza en esos asuntos. Empezó con las revueltas callejeras, quemando contenedores, cajeros....esas pequeñas historias, pero siempre tuvo claro que quería formar parte de manera plena de la organización, luchar por sus ideales, por su patria, por su raza. Ellos se fijaron en él porque casi siempre era el cabecilla de las revueltas. Rápido y organizado, escurridizo en extremo, tanto, que jamás la policía le había tocado un pelo, y eso que se enfrentaba valientemente con los maderos, les provocaba cuando se acercaban armados hasta los dientes, en parte para protegerse, en parte para detener a aquel que se les pusiera a tiro. Pero él era veloz, astuto y se escabullía por donde fuera antes que dejarse torturar, porque eso era lo que hacía la pasma, reprimirlos y torturarlos. Por eso cuando los jefes lo llamaron y le propusieron formar parte del clan no cupo en sí de orgullo. Por fin iba a participar en actos de verdad, en misiones que contribuyeran a conseguir la independencia ansiada, la liberación de su pueblo lejos del estado opresor.
El primer año se sintió un poco decepcionado. Quería acción, pero los jefes argumentaban que todavía era pronto, que primero había que prepararse a conciencia y eso llevaba su tiempo. Fueron días de agotamiento y en muchas ocasiones de profunda desilusión, acudiendo a los montes frondosos, lejos de los pueblos, en el medio de la nada, para practicar con las armas, para aprender técnicas y tácticas que le ayudaran a ser un buen guerrillero, el mejor. Ahora por fin había llegado el momento. La cúpula lo había convocado para una reunión al día siguiente, en la que le explicarían con detalle en qué iba a consistir su primer trabajo. Estaba tan nervioso que sabía que esa noche no iba a pegar ojo. Se desnudó delante del espejo y miró su imagen durante un rato, fijándose en su torso musculoso y de carnes firmes, en su espeso pelo negrísimo y en sus ojos duros y penetrantes. Sonrió mientras se decía a sí mismo con orgullo y sin modestia alguna que era el candidato perfecto para realizar aquel atentado, fuera el que fuera, consistiera en qué consistiera. No iba a defraudar a nadie, ni a ellos, ni mucho menos a si mismo.

Llegó temprano al piso donde le esperaba Gorka, su instructor, con aquellos otros a los que jamás había visto la cara. Lo saludaron con frialdad premeditada y sin muchos preámbulos le explicaron lo que él deseaba. Se trataba de matar a una guardia civil destinada en el cuartel de un pueblo vecino. Le mostraron la foto de una muchacha uniformada, cuyos ojos lánguidos e increíblemente azules le llamaron la atención.
-Es....es muy joven ¿no?
Su amigo Gorka sonrió.
-¡Venga Mikel! No me digas ahora que te entran los escrúpulos. Tiene veintidós años, nació en un pueblo de Barcelona y forma parte del aparato opresor del Estado. Es suficiente que sepas eso. Tienes que matarla y punto. Da igual si es joven o vieja, no debes pensar en ella como en una persona, sino como en un objetivo a derrocar.
-No tengo ningún escrúpulo – le contestó Mikel molesto – sabes perfectamente que estaba deseando que llegara este momento. Sólo hice un comentario.
-Pues comentarios como ese están de más – dijo fríamente Imanol, el que parecía llevar la voz cantante en todo aquel cotarro – tú no tienes que fijarte en su aspecto, ni en ningún detalle de su vida. Estás aquí para luchar, y la lucha armada requiere que la mates sin más. Sin compasión y sobre todo sin preguntas ¿entendido?
El muchacho asintió y no volvió a abrir la boca, temeroso de soltar alguna incongruencia que pudiera molestar a Imanol o a cualquiera de los demás. No quería correr el riesgo de que se echaran atrás y confiaran a otro aquella misión. Por el contrario, escuchó con atención las instrucciones que tendría que seguir para el buen fin de su primera actuación, reteniéndolo todo en su cabeza como si de guardarlo en un fichero se tratara.
-Recuerda que para ella tienes que ser un completo desconocido. Eso quiere decir que no te puedes dejar ver, que la tienes que vigilar con suma discreción, controlando todos sus pasos con firmeza pero con tiento, con muchísimo tiento.
-¿Cuándo será el momento?- preguntó Mikel.
-Aun no está decidido, dentro de un mes o de dos como mucho. Primero tienes que estar absolutamente preparado para el paso que vas a dar. Cuando lo estés, ese será el momento.


La rubia, como empezó a llamarla Mikel, se marchaba de su casa a las ocho de la mañana y regresaba sobre las tres. Nunca hacía el mismo itinerario, estaba bien enseñada. A veces salía del cuartelillo a patrullar por el pueblo, otras no se le veía el pelo en toda la mañana. En ocasiones regresaba a su casa al mediodia y luego volvía al cuartel por la tarde. A Mikel le gustaba apostarse cerca del edifico que habitaba la rubia y mirar hacia las ventanas, imaginando que allí dentro estaba la mujer cuya vida él tenía que segar sin contemplaciones. Un certero tiro en la frente, a quemarropa, y para ella todo abría acabado, mientras que para él la vida que hasta ahora había sido un sueño no haría más que empezar. No se percató de que la muchacha se estaba convirtiendo en una especie de obsesión para él, pensando en ella a todas horas, buscando un motivo cualquiera que le sirviera para traerla a su mente.
Cierto día, mientras apostado dentro del coche de turno esperaba a que ella abandonara su casa, pensó en los daños colaterales del asesinato que iba a cometer. Los padres de la chica, los hermanos, su novio si es que lo tenía, gente de cuyo sufrimiento él iba a ser el último responsable. Por un segundo su corazón de piedra se ablandó y se preguntó qué derecho tenía él a irrumpir en aquellas existencias marcándolas para siempre con el estigma del odio. Desgraciadamente fue sólo un segundo, un instante para arrepentirse; luego regresó su determinación sangrienta y suspiró aliviado.

Cuando días después, aquella noche de sábado, la vio en la discoteca, bailando con otras chicas en el medio de la pista, pensó que también era puta casualidad encontrarse con su objetivo. Pero él no sabía que inconscientemente la había buscado en cada noche de juerga, deseando estar a su lado, verla de cerca, saber de ella. Por un instante ideó marcharse, mas algo en su interior no le dejó mover los pies y le impulsó a quedarse, a contemplar sus movimientos sensuales apoyado en la barra, delante de un whisky, a acercarse a ella y susurrarle al oído lo guapa que era, lo bien que bailaba, a invitarla a una copa que ella aceptó sin reparos. Estaba haciendo todo lo que tenía prohibido, poniendo en peligro todo aquello por lo que tanto había luchado, y no sabía porqué no lo podía evitar, o lo que es peor, no lo quería evitar. Se disculpaba a si mismo con argumentos peregrinos, con la firme convicción de que hacía todo aquello por el buen fin de la misión, aunque los jefes se lo hubieran prohibido, ellos no eran perfectos, también podían equivocarse y en aquel caso lo hacían. El no opinaba que su proceder fuera malo por intentar conocer más a la muchacha que había de matar, al fin y al cabo, ella acabaría muerta, no podría perjudicarlo en nada.

Ruth era una chica encantadora, guapísima, con aquellos enormes ojos azules y su melena rubia acariciando sus hombros. La mujer de la que cualquier hombre se enamoraría sin remedio. Cualquiera menos él, por supuesto, lo suyo no era más que curiosidad. Negaba la evidencia, arriesgando la misión encomendada, pero no quiso dar marcha atrás.
A aquella noche de discoteca, siguieron otros encuentros, siempre lejos del pueblo, para que nadie pudiera verles juntos. Un día un café, otro día una cena, hasta que uno de esos días Ruth le abrió su corazón y su alma, haciéndole partícipe de sus miedos.
-No me gusta vivir aquí, sola. Echo de menos a mi familia y tengo miedo, ya sabes, hay tantos compañeros muertos....Nunca he hablado de esto con nadie. A mis padres no se lo puedo decir porque se preocuparían y aquí...no confío en casi nadie. En realidad tampoco sé si puedo confiar en ti, apenas hace unas semanas que te conozco.
Una oleada de adrenalina recorrió el cuerpo de Mikel de la cabeza a los pies, mientras continuaba escuchando a la chica, sentado frente a ella en una cafetería cualquiera.
-Gano bastante dinero aquí, pero todas las noches me acuesto pensando que el día siguiente puede ser el último de mi vida. Sé que el fondo es una tontería, que si me quieren matar en un atentado lo harán aquí o en cualquier parte. Entonces me consuelo pensando que soy un pobre objetivo y que hay compañeros mucho más importantes que yo para ser el punto de atracción de su ira.
Mikel, incapaz por un momento de mantener su mirada, desvió sus ojos hacia fuera. Lloviznaba.
-¿No me dices nada? - preguntó Ruth – lo siento, tal vez no debí hablarte de estas cosas.
-Si claro que si, y no te preocupes, no te va a pasar nada. Yo voy a estar siempre a tu lado – le contestó él, sintiéndose, por vez primera en su vida, el ser más mezquino de la tierra.


-Llevamos más de dos meses con el operativo montado, la tienes totalmente controlada, no entiendo por qué quieres retrasar el día de la acción – le recriminaba Gorka – te advierto que si no lo quieres hacer estás en tu derecho, buscaremos a alguien que si lo haga, pero vas a quedar muy desacreditado a los ojos de los jefes. Ellos confían en ti y se sentirán muy defraudados si te niegas a matar a la chica.
-No me estoy negando. Pero no consigo controlar sus horarios. Es.....es muy imprevisible, no quiero que nada salga mal.
-Mira Mikel, la cúpula de la organización ha señalado como fecha de la ejecución dentro de una semana. No te dan ni un minuto más. Tú verás lo que haces.
La quería, la quería como nunca había querido a nadie, y ese era su tormento. Había cometido el error más grande de su vida acercándose a ella, pero ya era tarde para dar marcha atrás. No deseaba separarse de su lado jamás, no lo iba a hacer, mas como se consideraba un hombre de palabra no le quedaba más remedio que cumplir con la organización.
La noche anterior al día señalado hicieron el amor por primera vez, recorrió con sus manos cada rincón de su cuerpo, aspiró su aroma, degustó el sabor de su saliva, prolongando aquellos momentos de sublime placer que no volverían a disfrutar jamás, o tal vez si, quién sabe.


Eran las tres en punto cuando Ruth aparco su coche frente al portal de su casa. Gorka y Mikel hacían guardia dentro de una pequeña furgoneta que el primero puso en marcha en cuanto tuvo a la chica al alcance de su vista.
-Ahora Mikel. Pégale tres tiros en la cabeza y vuelve al coche lo más rápido posible. Tenemos que huir antes de que nadie reaccione.
Mikel bajó del coche como un autómata, pistola en mano, dispuesto a levantarle la tapa de los sesos a la mujer a la que apenas unas horas antes había amado con desenfrenada pasión. Se acercó a ella mientras cerraba el coche. Ruth le vio y esbozó una sonrisa.
-¡Mikel! ¿qué haces aquí? No te esperaba.
No le dio tiempo a decir más. Vio como él apuntaba su cabeza con el arma y escuchó el sonido sordo del disparo. Después todo se volvió oscuridad.

Desde la furgoneta Gorka no podía dar crédito al espectáculo que se presentaba ante sus ojos.
-Pero ¿qué coño hace ese imbécil?
Mikel cayó de rodillas al lado del cuerpo inerte de Ruth. Por las ventanas de las casas la gente asomaba su cara con curiosidad y horror. Algunos empezaban a salir a los portales. El muchacho lloraba en silencio. Gorka se acercó con la furgoneta poniendo en riesgo el final de la operación: su huida.
-Sube al coche idiota, o acabarán pillándonos.
-Diles que se ha cumplido el objetivo, que pueden estar orgullosos de mí – dijo Mikel por toda respuesta
Luego apuntó a su cabeza y disparó. También él se hundió en la oscuridad. Al cabo de unos segundos se dio cuenta de que Ruth estaba a su lado, esperándolo.
-Te prometí que nos separaríamos nunca- le dijo él
-Claro, y qué más da que sea aquí o allí.
Al día siguiente los periódicos daban la noticia del atentado...y del extraño suicidio del terrorista.

jueves, 16 de febrero de 2012

UN PASEO POR LA VIDA



Caminaba despacio por el camino pedregoso, al ritmo de unos recuerdos que ni siquiera coherencia poseían y que ella interpretaba como su presente más cotidiano.
-Tengo que llegar a tiempo antes de que cierren el colmado de Agustín. Si mi Mariano llega del colegio y se encuentra que no hay chocolate para merendar se disgustará y yo no quiero que mi pequeño se disguste, él es bueno y le gusta estudiar, por eso yo le tengo en premio su chocolate para merendar todas las tardes, de ese negro, de taza, pero esta tarde cuando he querido echar mano de él he visto que sólo quedaba el envoltorio. Seguro que fue Mariano, le gusta tanto que me lo roba, porque el chocolate es mío, me lo compra mi madre en la tienda de la señora Emilia, y ese chiquillo malo y travieso me lo roba, que yo lo he visto más de una vez entrar a hurtadillas en la cocina y meter la mano en la fresquera.
Es tarde, tengo que darme prisa, de lo contrario mi madre se enfadará, siempre lo hace cuando soy impuntual, pero es que mi novio Elías ha venido a buscarme y hemos estado hablando sentados a la sombra del naranjo. Cuando estoy a su lado el tiempo se pasa muy rápido y nunca me percato de que llega la hora de regresar. Mamá estará esperándome preparada con la zapatilla para darme unos cachetes en el culo, y yo nunca escarmiento, o por lo menos eso es lo que ella dice.
Jacinta se paró en seco y a pesar del sol de justicia que calentaba las piedras y derretía el asfalto miró al cielo y abrió su paraguas azul.
-Vaya, seguro que no tardará mucho en ponerse a llover, menos mal que me he acordado de coger el paraguas.
Se sentó con gesto abatido sobre una piedra, a la vera del camino. Volvió a mirar el cielo y cerró el paraguas al comprobar que, a pesar de sus augurios, no caía ni una gota. Sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor de la frente. Luego se quedó allí durante unos minutos, muy quieta, con la vista fija en las piedras del camino. Y siguió paseando por su vida.
-Tengo miedo. Mi mamá me ha dejado sola y el sonido de las bombas se escucha demasiado cerca. Quiero que vuelva. No sé a dónde habrá ido. El taller de costura cerró y se trajo la máquina a casa, así que no debería marcharse, tiene mucho trabajo. Quiero que regrese pronto, tiene mucho trabajo y no me gusta que se pase la noche cosiendo a la luz de las velas, que después no para de quejarse de que se deja la vista en ello.
Jacinta se levantó de la piedra y vaciló un poco antes de decidir qué dirección tomar. Finalmente optó por desandar el camino andado, aunque no fue una determinación tomada con convencimiento. En realidad ninguno de sus pensamientos gozaban de convencimiento alguno, ni de lógica, ni de realidad, salvo para ella misma. Al cabo de un rato se sentó una vez más a la vera del camino, sobre las hierbas que ya comenzaban a impregnarse del rocío del atardecer volviéndose húmedas. Hizo caso omiso a la sensación de frialdad que penetró a través de sus ropas y se dejó estar allí, sentada en el campo, dejando descansar sus piernas doloridas.
Ignoraba el tiempo que pudo permanecer allí, tiritando de frío, en realidad Jacinta ignoraba casi todo de ella misma, así que cuando vio surgir de la oscuridad de la noche unas luces cegadoras que se detenían a su lado se limitó a mirarlas con los ojos entrecerrados sin hacer ademán alguno de levantarse.
Del coche se apearon dos hombres, policías locales, y una mujer que se dirigieron a Jacinta.
-¡Dios mío! Por fin te hemos encontrado. Venga mamá, vámonos a casa. Estás helada – dijo la mujer mientras intentaba levantar a la vieja, que hizo un gesto brusco intentando zafarse de sus brazos.
-¿Quién es usted? Déjeme en paz ¿no ve que estoy esperando por mi hijo? Saldrá de la escuela dentro de un rato y juntos iremos al colmado de Agustín a comprar chocolate.
-Mamá por favor, levántate y entra en el coche. Es muy tarde y te está cogiendo el frío.
Jacinta le miró y de nuevo regresó al pasado.
-Ha muerto ¿verdad? Mi pequeño está muerto. No pude hacer nada, todo ocurrió muy de prisa, se me escapó de las manos y el coche venía muy rápido…
Jacinta se desmoronó ante los recuerdos y comenzó a gimotear. Débil y carente de voluntad, permitió que los dos policías la ayudaran a introducirse en el vehículo. Su hija lo hizo a continuación y, abrazándola con ternura, le dio calor y la acurrucó contra su pecho.
“Dios mío, mamá, ¿en qué te has convertido? En un ser sin esencia, en una persona sin realidad, sin presente. Recuerdo como eras hace unos años y no te reconozco y me pregunto por qué te ha tenido que pasar a ti, una mujer tan vital, tan fuerte, tan cabal… supongo que es tontería intentar buscar una explicación a todo esto. Las enfermedades aparecen porque sí y a algunas no les podemos hacer frente, como a la tuya, con la que ambas libramos cada día una batalla perdida de antemano.
A veces rememoras episodios de tu vida escondidos que ahora regresan a tu destartalada memoria con una lucidez sorprendente. Sin embargo, hay momentos en que me miras con esa tu mirada perdida y no me reconoces, o no recuerdas la cena de ayer, o no sabes regresar a tu cuarto, o colocas tu ropa dentro del frigorífico… Es tan desalentador que a veces me pregunto si merece la pena vivir de esa manera, alejada del presente, ausente de la propia vida.
Duerme mamá, acurrucada en mi pecho, sacude esos recuerdos añejos que ya ni lo son y pasea por una vida que hace mucho dejó de existir.
Y Jacinta, como si hubiera podido escuchar los pensamientos de su hija, recostó su cabeza en su hombro y se durmió, ausentándose por unos instantes de una vida que ya nunca sería capaz de reconocer como propia

jueves, 9 de febrero de 2012

LAS PALABRAS

LAS PALABRAS

Se contemplaba el abultado vientre y dejaba reposar sus manos sobre él, sintiendo la vibración de vida que era el hijo que crecía allí dentro y que pronto podría tener en sus brazos. Un hijo es raíz que se oculta en la sangre, vértigo de memorias no vividas, renovada capacidad de asombro y de luz. Pero una sombra se cernía sobre aquella fulgurante alegría temerosa de la primera maternidad: ella no podría decir las palabras que todas las madre del mundo dicen a sus hijos, no podría enseñarle a decir palabras bellas, madre, amor, paz.... De nuevo su faz se veló en angustias al recordar aquel día en que ocurrió el fatal accidente y perdió el habla. Solo entonces se dio cuenta de lo importante que era poder decir, pan, madre, te quiero, cielo... Ahora, con su hijo creciendo dentro de ella, las palabras crecían oscuras y hacia dentro, como promesas nunca cumplidas, como deseos que jamás podrán realizarse.
En la antesala de la consulta del médico, otras mujeres comentaban en voz alta su estado y todas ellas se sabían unidas por aquellas pequeñas confidencias que soltaba al aire felices de que fueran escuchadas por quien no sentía sino lo mismo . Y ella seguía al vuelo aquellas palabras que deseaba fervientemente hacer suyas, que deseaba compartir.
No se encontraba bien. El hijo pesaba mucho y ella era más bien frágil. Tampoco, pues, se sorprendió, cuando el médico, confirmando lo que le había insinuado en la visita anterior, le dijo que sería mejor, llegado el momento del parto, practicar un operación de cesárea para facilitar el nacimiento de aquel hijo.
-Y no tienes usted porqué preocuparse en absoluto. Hoy en día una cesárea es poco más que una operación de apendicitis ¿comprende?
Ella afirmaba con la cabeza mientras su cuerpo se agitaba débilmente en un temblor ligero. No temía a la operación en sí misma, sino a la anestesia. Aquella pequeña muerte provocada, aquella ausencia de ser y no ser al mismo tiempo, aquella voluntad sin sueños, sin decisión, la asustaban mucho más que el bisturí.
Recordaba cuando se percató de que no podía hablar, de que sin tener ninguna herida en la garganta, las palabras se negaban a salir de su boca. Recordaba aquella angustia, llevándose la mano al cuello en un intento inútil, así como inútiles eran las palabras de consuelo que le prodigaban los suyos. Pero por ese hijo valían la pena todos los sacrificios, todas las sombras, todos los silencios involuntarios. Lo importante, se decía, no es resignarse sino saber aceptar lo que el destino tenía preparado para ti. Y fue entonces cuando el hijo se anunció, como una compensación a sus últimos sufrimientos.
¡Cuántos pensamientos! ¡Cuántos segundos! ¡Cuántos tiempos vividos desde la última visita al médico! Y allí estaba ella, por fin, esperando para entrar en el quirófano, mientras sentía como su hijo se proclamaba a si mismo en un batir de sus piernecitas en el interior de su vientre, en un maravillosos latido de su corazón que, se diría, latía al unísono con el suyo.”Con el mío de madre”, pensó y volvió a emocionarse. El médico se le acercó y la reconvino sonriente.
-Pero ¿qué es esto? ¿es que te vas a venir abajo ahora? ¿Cuántos años tienes?
Ella, un poco entrecortada, repuso con sus manos, diez, diez y dos. El médico le acarició la cabeza.
-Si eres casi una niña.
Sonrió de nuevo
-Pero una niña valiente ¿de acuerdo?
Ella afirmó con la cabeza y cuando se acercó el anestesista se dejó llevar dócilmente a la región de las sombras, sabiendo que cuando despertase tendría a su lado a ese hijo tan deseado, a ese pedacito de si misma convertido en personita independiente.
-No tengas miedo. Todo irá perfectamente y será rápido, ya lo verás.
La operación transcurrió con normalidad y la niña nació en perfectas condiciones.
Primero fue el sonido de las palabras. Reconoció la voz de él y la de su madre. Un rumor hondo llegaba a sus oídos y poco a poco las voces se hicieron más claras.
-Todo ha pasado ya – le dijo su marido – es una niña, una niña preciosa ¿no quieres verla?
Abrió los ojos y contempló aquel puñado de carne viva que le mostraba la enfermera. Las lágrimas de felicidad casi no la dejaban ver y fue entonces cuando sus labios se abrieron tímidamente y de su boca brotaron dos palabras : “Mi hija”

lunes, 23 de enero de 2012

LA CHICA DEL COCHE ROJO

Apenas eran las 7 de la mañana y ya casi había salido el sol. La ciudad empezaba a despertar y unos pocos madrugadores entraban ya en la cafetería donde trabajaba Miguel dispuestos a tomar el primer refrigerio del día. El muchacho los servía en silencio, medio dormido todavía, mientras a los pocos rellenaba el crucigrama del periódico apoyado en la barra. "Capital de Turquía", Miguel mordió distraídamente la tapa del bolígrafo mientras pensaba cual era la capital de Turquía. ¿Estambul? no Estambul no es, es.... Levantó la cabeza y miró a través de la cristalera. Entonces la vio. Bajaba de un pequeño coche rojo aparcado justo delante de la puerta del bar, el pelo rubio recogido en coleta, la piel morena, vestía un pantalón vaquero y una camiseta blanca sobre la que llevaba una chaqueta de punto azul. Cogió un bolso de la parte trasera del coche, se lo colgó al hombro y se fue calle abajo. ¡Vaya chica más guapa! pensó el muchacho.
El resto de la mañana lo pasó entre tazas, vasos, refrescos y los murmullos de la gente, sin olvidarse de mirar de vez en cuando a través del cristal, no fuera a ser que el coche rojo desapareciera sin que él se percatara y se llevara a la maravillosa muchacha rubia rumbo sabía Dios a dónde. Demoró a propósito la hora de la salida, limpiando vasos que ya estaban limpios o cambiando cajas de sitio que no necesitaban cambiarse, hasta que el señor Angel, su jefe, le recriminó su torpeza y lo mandó a su casa con cajas destempladas. Se fue de mala gana y triste y más triste se puso todavía cuando al regresar por la tarde el coche rojo ya no estaba. "Soy un imbécil", pensó, "esa chica no es para mi y además no la volveré a ver, así que mejor será que me centre en mi trabajo y me deje de tonterías".
Pero cual no sería su sorpresa cuando al día siguiente volvió a ver el coche rojo estacionado bien cerca del bar. "Pues hoy no me voy sin verla regresar" pensó. Cuando llegó la hora de salir, en lugar marcharse a su casa, quedó deambulando por los alrededores del vehículo, esperando que de un momento a otro apareciera su angelical dueña. Al cabo de una hora apareció la chica. Esta vez Miguel pudo apreciar sus rasgos más de cerca y le pareció todavía más guapa. Tenía los ojos más verdes que hubiera visto en su vida y los labios gruesos, y las pestañas largas y unas graciosas pecas alrededor de una nariz respingona y….. ¡Qué guapa era! Tan guapa que Miguel se enamoró perdidamente de ella sin cruzar una palabra, sin saber quién era, ni de dónde, ni por qué aparcaba su pequeño coche rojo todas las mañanas en la misma calle y después se perdía en la ciudad.

La veía llegar todas las mañanas y el resto del día se conformaba con soñar despierto. Soñaba que se atrevía a hablarle, que un día la saludaba y se hacían amigos. Le puso un nombre: Clara, porque le parecía así, clara como la mañana de verano en que la había visto por primera vez; le imaginó una voz suave, un alma dulce, soñó con una casa donde vivirían los dos y con una familia que ambos formarían.... Soñaba sin cesar, imaginaba constantemente, pero sólo eso, porque en el fondo Miguel pensaba que no podía aspirar a más, que aquella chica preciosa que seguramente tendría unos buenos estudios y todas las mañanas vendría a la ciudad a trabajar en un buen lugar, jamás se iba a fijar en él, un simple camarero que apenas sabía hacer la o con un canuto. Aunque le gustaba mucho hacer crucigramas y con ellos aprendía más de lo que muchos se podían imaginar. Aún así, a pesar de sus crucigramas, sabía perfectamente que en su cotidiana realidad sólo le quedaba eso: soñar.

Un día la muchacha entró en el bar. Cuando Miguel se dio cuenta no pudo evitar echarse a temblar; las piernas casi no le respondían y se acercó tambaleante a su mesa. No pudo preguntarle ni qué quería, pero ella, percatándose de su presencia, levantó la mirada y con una sonrisa le pidió una coca cola. Miguel regresó a su lugar detrás de la barra, cogió el botellín, el vaso, el abridor, los posó en la bandeja y se dirigió de nuevo a la mesa donde estaba su ángel. Temblaba tanto que los objetos tintineaban y sus rodillas le flaqueaban. Cuando quiso abrir la botella no atinaba con el abridor y cuando finalmente lo consiguió casi tira la coca cola por encima de la chica. Ella, en lugar de enfadarse, sonreía y ante las disculpas de Miguel murmuró un "no te preocupes" y se concentró de nuevo en la lectura de unos papeles que tenía entre manos. Al cabo de un rato se fue, no sin antes despedirse de Miguel con un simple hasta luego que hizo flotar al chico de tal manera que no dio pié con bola en todo el resto de la mañana, teniendo que aguantar las burlas del señor Angel y de unos cuantos viejos clientes más que se habían dado cuenta de su chifladura por la chica.

Aquella tarde Miguel estaba especialmente torpe, tanto que al intentar recoger unos cascos de refrescos, éstos se le cayeron al suelo y se rompieron en cientos de añicos y cuando quiso deshacer el desaguisado recogiendo los cristales, se cortó un dedo de tal manera que la sangre empezó a brotar de inmediato, roja y abundante, manchándole la ropa y el suelo y sumiendo a Miguel en una mareo tal que en cuestión de segundos notó que la cabeza se le iba, la vista se le nublaba y finalmente se hundía en la negrura más absoluta. Sin saber ni cómo ni cuándo lo habían trasladado allí, al despertarse se encontró en el centro de salud, con una cara que le era vagamente conocida dándole tenues bofetadas en la cara y hablándole para que se despertase. Al principio pensó que su imaginación le estaba jugando una mala pasada, pero cuando su mente pudo pensar con claridad se dio cuenta de que lo que pasaba a su alrededor era tan real como la vida misma y que aquella cara que le parecía conocida no era otra persona que la chica del coche rojo, su ángel, su Clara, como él la había bautizado. Era enfermera y le estaba curando su maltrecho dedo. Miguel pensó que, dadas las circunstancias, tal vez pudiera pedirle que curara también su maltrecho corazón.

Sábado noche y el pequeño disco-pub del barrio donde vivía Miguel estaba abarrotado de chicos y chicas con ganas de divertirse. Él, apoyado en una columna y con las manos en los bolsillos del pantalón, los observaba con desgana y tirria, sin saber muy bien qué demonios hacía allí, con lo cómodo que estaría sentado en el sofá de su salón viendo una película. Sí, definitivamente lo mejor sería marcharse y ya se disponía hacerlo cuando oyó una voz a sus espaldas. "Hola, eres el chico del bar de don Angel ¿verdad? menudo susto nos diste el otro día". Miguel se dio la vuelta y la vio, allí estaba su ángel, más guapa que nunca, hablándole. "Soy la enfermera del centro de salud ¿me recuerdas?" El asintió, las palabras no querían salir de su garganta. "Te invito a una copa ¿nos sentamos? por cierto me llamo Clara ¿y tú?". Pronunció su propio nombre con voz apenas audible y caminó detrás de ella como un autómata, pellizcándose de vez en cuando para comprobar que la escena que estaba viviendo no era producto de su imaginación. El dolor le hizo dar un respingo. Luego volvió la vista a las coloridas luces que iluminaban el techo del lugar y se le ocurrió que a pesar de lo que muchos piensen, los sueños, a veces, pueden convertirse en realidad. Y si no que le pregunten a él

lunes, 16 de enero de 2012

UN ARCO IRIS DE ESPERANZA




Me llamo Maisha, tengo doce años y nací en Niger, el país más pobre de África. Mi familia era nómada, lo cual quiere decir que no teníamos una residencia fija, sino que andábamos de aquí para allá, intentando encontrar el mejor sitio para poder habitar sin demasiados problemas. No era fácil. El agua escaseaba y la comida, la mayoría de las veces, también. Sin embargo no puedo decir que no fuera feliz, porque lo era. Me gustaba estar con mis padres y con mis seis hermanos, cuidarles y ayudar a mamá con las tareas diarias o a papá en la recolección de frutos salvajes y con el ganado.
No tendría yo más de cinco años cuando vi llover por primera vez. Al principio me asustó un poco. Jamás hubiera imaginado que del cielo pudiera caer agua con tanta fuerza. Hasta ese momento yo sólo había visto el agua en las charcas en las que bebía el ganado, o en los pozos que a veces estaban construidos en los parajes en los que nos asentábamos. Por eso siempre pensé que ese líquido ocre surgía de la tierra y que salía a la superficie de manera caprichosa. Sin embargo me equivoqué. El agua cae del cielo y no tiene color, es transparente.
Aquel día, superado el miedo inicial, me uní a la alegría de mis padres y de las demás gentes que se asentaban con nosotros y dejé que la lluvia me empapara. Sentir las gotas resbalar sobre mi piel me provocaba una sensación nueva y diferente, una sensación agradable.
Por la noche hubo una gran celebración. Todos nos reunimos alrededor de las hogueras y cantamos y bailamos para dar gracias a Alá. Le pregunté a papá el motivo del festejo y me explicó que el aguacero que había caído era muy importante, que los animales tendrían agua para beber y la cosecha crecería más y mejor. Por eso había que dar las gracias y rogar para que durante los días siguientes volviera a caer lluvia del cielo. Pero no ocurrió así.
Después de aquel día de lluvia vino una época de sequía larga y dura. Fue como si las nubes hubieran querido descargar aquel último chubasco a modo de despedida. Las cosechas de cereales se malograron y murieron muchas cabezas de ganado. Sólo podíamos alimentarnos de “hanza” un fruto que se come cuando no hay nada más. Pero a veces es tóxico y provoca diarreas. Mis dos hermanos pequeños se intoxicaron y murieron. Tenían la tripa muy abultada y estaban muy débiles; Papa, el más chiquitín, apenas podía caminar.
Con la falta de agua y de alimentación el futuro que nos esperaba a los demás no era demasiado prometedor. África es así, siempre bella, pero siempre cruel y poco a poco se fue llevando a todos mis hermanos.
También mi padre falleció en un enfrentamiento entre tribus. Peleaban por asentarse cerca de un pequeño lago, tan pequeño que me atrevería a decir que toda el agua que contenía no llenaría ni cinco botellas. El agua….. siempre el agua.
Un día apareció por el poblado un grupo de hombres y mujeres que decían venir a ayudarnos. Al principio la gente los miró con desconfianza, pero cuando vieron que traían comida y medicinas todos los recelos desaparecieron.
Allí conocí a Marina, una doctora española de la que me hice muy amiga a raíz de la enfermedad de mi madre. Porque mi madre cayó gravemente enferma a causa de la hambruna y de una infección estomacal consecuencia de las aguas contaminadas que bebíamos cuando dábamos con cualquier charca. Marina la cuidó con mucho cariño e hizo todo lo posible por salvarla, pero sus esfuerzos no sirvieron de nada y mi madre también murió. Así fue que me quedé sola, sin padres, sin hermanos….sin nadie.
Marina me acogió bajo su protección. Supongo que le di pena, una niña tan pequeña… sola en el mundo… Con frecuencia me contaba historias de su país que a mi me encantaba escuchar. Un país donde había agua y alimentos para todos y en el que los niños no tenían que trabajar. Van a un lugar en donde les enseñan a leer y a escribir, me decía.Yo no sabía qué era leer y escribir, pero no me atreví a preguntárselo, tal vez debiera saberlo. Marina decía que en España los niños eran felices. Yo también era feliz cuando tenía a mi familia conmigo, luego los momentos de tristeza se hicieron más frecuentes.
Un día Marina me dijo que debía regresar a España y me propuso marcharme con ella. Acepté sin dudarlo. Me apetecía conocer aquel lugar lejano en el que la vida era tan diferente a la que llevábamos en África.
Marina arregló un montón de papeles y me llevó con ella a su país, o tal vez debiera decir me trajo, porque aquí vivo desde entonces. Me encuentro a gusto, aunque también echo de menos todas las cosas que dejé allá.
Aquí descubrí un mundo que me fascinó. Jamás había visto un coche, ni una televisión, ni los preciosos vestidos que Marina me compró. Nunca había estado en una ciudad ni sabía lo que era una casa. Pero las cosas que más me gustaron fueron tres: el mar, el agua que sale de un grifo cuando se abre y el arco iris que se dibuja en el cielo cuando llueve y hace sol a la vez. Nunca imaginé que hubiera un lugar en el mundo en el que el agua fuera tan abundante que se dejara escapar por un agujero con rumbo incierto. Marina me dice que aunque a mi me parezca mentira, el agua es un bien escaso y que debemos cuidarla y ahorrarla, por eso me regaña cuando, mientras me lavo los dientes, dejo el grifo abierto, pero es que a mi me encanta ver correr el agua. ¡Ojalá cuando vivía en Níger pudiera haber tenido todo aquello! Seguramente de haber sido así, mis padres y mis hermanitos todavía estarían conmigo.
Cuando sea mayor volveré a mi país. Ahora quiero estudiar mucho para llegar a ser alguien importante que pueda solucionar los problemas que hay allá. Cuando vuelva haré casas, como aquí, casas con grifos por los que salga agua limpia y cristalina, y pintaré en el cielo un arco iris que lleve la lluvia hasta mi pueblo. Así el ganado podrá beber y las cosechas serán las mejores del mundo. Cuando sea mayor volveré y llevaré conmigo un arco iris de esperanza.

miércoles, 11 de enero de 2012

EL ÚLTIMO GOLPE



Acabo de despertarme con la extraña sensación de estar fuera de mi cuerpo, como si mi alma flotara en el aire, por encima del mundo.
Allá a los lejos, al lado del portal de mi casa, veo un grupo de gente arremolinada. Una ambulancia acaba de llegar haciendo sonar su sirena, una sirena que yo oigo como un eco lejano. Intuyo que algo ha ocurrido y quiero saber qué es. Intento avanzar hacía el lugar, pero siento que mis piernas no me responden. Dirijo mi vista a donde debieran estar mis extremidades y alarmada descubro que no existen. Sin embargo la primera impresión de desconcierto deja pronto paso a una inexplicable percepción de la nada que me rodea. Mirándome el resto del cuerpo me percato de que soy absolutamente incorpórea, soy aire, soy humo. Aún así, avanzo hacía el gentío. No me asusto por lo que me está pasando, y eso me inquieta un tanto. Pienso que debe ser un sueño del que pronto me despertaré. Más al llegar al portal de mi casa descubro la verdad. Hay una mujer tirada en el suelo. Un enorme charco de sangre rodea su cabeza y el resto de sus miembros aparecen colocados en una postura imposible. No puedo distinguir bien sus rasgos. Me acerco sin dificultad, pues, cual fantasma, atravieso con facilidad cualquier obstáculo que se ponga en mi camino. Cuando veo con nitidez el rostro de la mujer, me doy cuenta de todo. Soy yo. Ese ser que se encuentra tirado en el suelo aparentemente sin vida, soy yo misma, y ciertamente estoy muerta. Por fin lo ha conseguido. Jamás creí en sus amenazas de muerte, a pesar de los muchos golpes recibidos. ¡Qué ilusa fui!
Poco a poco van acudiendo a mi memoria los recuerdos recientes. Este mediodía, cuando llegó de trabajar y se sentó a la mesa, completamente ebrio, adujo que no le gustaba la comida. Lo mismo podría haber dicho que no le agradaba mi ropa, o mi peinado, o cualquier otro motivo absurdo. Siempre fue buena cualquier excusa para emprenderla a golpes conmigo. Me golpeó en la cara, en los brazos, en el estómago. Sus manos abiertas buscaban mi carne sin pararse a pensar donde iban a azotar. Lo importante era golpear, alcanzar mi cuerpo como si aquellos puños de hierro fueran atraídos por un potente imán. Intenté escaparme. En mi loca carrera me vi en la terraza, sin posibilidad de huir, sin salida, y al verlo acercarse a mí, con aquellos ojos vidriosos y el rostro desencajado supe que no me quedaban muchas posibilidades. Bastó un empujón para hacerme caer. En los escasos segundos que duró mi trayecto hasta el suelo me dio tiempo a pensar que por fin todo se había terminado, que ya nunca más volvería a sentir sus manos apaleándome. Después un golpe seco y todo terminó
Debe de hacer bastante tiempo que mi cuerpo está tirado en el asfalto, porque a lo lejos veo ya las cámaras de televisión. Me he convertido en su presa fácil. Hablarán de mí en las noticias como la víctima número equis de la violencia de género en lo que va de año. Y me convertiré en un simple número. Una mujer más a engrosar la tétrica estadística de mujeres muertas a manos de aquellos que un día dijeron amarlas.
En el vecindario seré, durante unos días, tema principal de sus conversaciones de patio. Algunos sentirán pena de mi, otros, como si los oyera, comentarán que todo tenía que terminar así. Que habían sido muchos años aguantando palizas y vejaciones. Que tenía que haberlo denunciado. Puede que tengan razón. Aquel primer día que me puso la mano encima, tenía que haber pedido ayuda. Pero nadie sabe lo difícil que es. Cuando se ama profundamente, cuando la dependencia emocional que se tiene del otro es tan grande que no se concibe la vida sin él, cuando con sólo imaginarte enfrentarte al mundo sola te produce un escalofrío de terror... Sé que muchos no lo entenderán, pero durante toda mi vida preferí aguantar los golpes antes que verme lejos de él. Le quería y me negaba a aceptar que sus sentimientos fueran diferentes a los míos. Ahora comprendo lo absurdo que fue mi existencia a su lado. El no me amaba. Yo a él lo adoraba.
Ojalá mi muerte sirva de algo. Ojalá despierte las conciencias de aquellas que, como yo, han sufrido y sufren, en el cuerpo y el alma, los cruentos golpes de aquéllos que un día les prometieron amor. Ojalá ellas sean capaces de comprender que cuando se quiere no se hace daño y, aunque siga siendo difícil, tengan el coraje suficiente de entregar a sus verdugos a quiénes puedan hacer justicia y hacerles pagar su pecado. A mi ya sólo me queda descansar, lejos de él, de lo que un día amé, de todo aquello de lo que él ha conseguido separarme para siempre, de toda la vida que me quedaba por delante y de la que ya jamás podré disfrutar.

lunes, 9 de enero de 2012

POR EL CAMINO DEL CEMENTERIO

Las campanas de la iglesia tañían con fuerza y lentitud, rompiendo con su sonido la quietud de aquel anochecer otoñal.
-Tocan a muerto - dijo la abuela que, ciega y con el cuerpo ajado y maltrecho de soportar tantos años encima, se pasaba la vida sentada en una banqueta de madera, al lado de la cocina de leña en el invierno, junto a la puerta que daba al patio en el verano, atenta a cualquier señal que, como aquella tarde, diera cuenta de los acontecimientos del pueblo.
-Tocan a muerto - repitió con su voz pastosa – y no tardarán en ponerse a aullar los perros.
Me levanté y sin hacerle caso deposité la taza en la que había degustado mi frugal cena en el fregadero. Me ponían nerviosa sus palabras que parecían contener negros augurios en los que yo intentaba no creer sin demasiado éxito. De pronto, como queriendo acompañar el repiqueteo continuo y monótono de las campanas, los aullidos del perro del vecino se dejaron oír altos y claros.
-¿Lo ves? - dijo la abuela, para preguntar a continuación - ¿Tú sabes quién se ha muerto?
-Nadie – le contesté de malos modos, irritada por su insistencia – No se ha muerto nadie, abuela. ¿Acaso no sabe usted que mañana es el día de difuntos y que el cura siempre da una misa por todos los muertos del pueblo? Por eso tocan así las campanas, no porque se haya muerto nadie.
-No hija, no, estás equivocaba. Lo perros no aúllan sólo porque haya un funeral. O alguien se ha muerto, o.... ¿saldrás esta noche? - preguntó de pronto.
-Tengo que ir al cementerio a alumbrar la tumba de padre y madre. Pero regresaré a casa en seguida, no se preocupe.
-No vayas hija, esta noche no es buena para salir. Tal vez sea mejor que lo dejes para mañana. No salgas esta noche.
-¿Y me puede decir usted por qué abuela? A ver ¿por qué no puedo salir esta noche?
-Esos perros....la noche de los difuntos.... creo que....
-¡Abuela, ya está bien! ¡Déjese de monsergas! Esta noche es una noche normal y corriente, como todas. Y yo voy a llevar la vela a la tumba de mis padres, como hago todos los años por estas fechas.
Desistió mi abuela en su empeño ante mi salida de tono y sin decir una palabra más enlazó sus manos en el regazo y se puso a murmurar letanías ininteligibles. Yo subí a mi cuarto y mientras me cambiaba de ropa miré a través de la ventana el camino hacia el cementerio. No se veía un alma, pero a lo lejos, en el camposanto, podía apreciarse el tintileante fulgor de las luces que alumbraban las tumbas y los nichos. Pensé en las palabras de mi abuela y un incomprensible escalofrío recorrió mi espalda. Intentando alejar aquel miedo absurdo tomé el velón rojo que guardaba en mi armario, bajé las escaleras con premura y, después de encenderle la radio a mi abuela para que quedara entretenida, salí de la casa.
-Ten cuidado – me dijo cuando salía – no es buena noche para andar por los caminos.
Suspiré y emprendí mi marcha. Mientras caminaba recordé a mis padres, muertos en un desgraciado accidente cuando yo era muy pequeña. Apenas guardaba en mi memoria su imagen, difuminada por el paso del tiempo y, a decir verdad, no eran demasiadas las ocasiones en que mi pensamiento se escapaba en pos de sus personas. Había crecido en su ausencia y no los había añorado jamás, lo cual no quiere decir que en algún momento puntual de mi vida no hubiera deseado su compañía. Sin embargo, a pesar de mi desapego a su recuerdo, sí sentía la necesidad, cuando llegaba el día de difuntos, de acercarme al cementerio y depositar en su tumba unas flores y el consabido velón rojo. Era como si aquel gesto en cierto modo trivial, me ayudara a disipar los remordimientos que a veces sentía por no echarlos de menos.
Miré al cielo. Estaba plomizo y amenazaba lluvia, así que apreté al paso para intentar llegar al cementerio antes de que cayera un aguacero. Hacia la mitad del trayecto me encontré con dos mujeres que caminaban en dirección contraria a la mía. Supuse que vendrían de hacer la obligada visita a sus difuntos.
-Adiós, Mara – me dijo una de ellas – ya no nos conoces ¿eh?
Las miré por un segundo e inmediatamente caí en la cuenta de su identidad. Eran la madre y la abuela de una antigua amiga a la que no veía hacía años, pues se habían trasladado a vivir a Madrid. Las saludé con verdadera alegría.
-No esperaba encontrarme con vosotras – les dije después de interesarme por mi amiga - hace muchísimo tiempo que no se os ve por el pueblo.
-Es cierto – respondió su madre – pero hemos tenido que venir a arreglar unos asuntos. Esta misma noche regresamos en el coche de línea. ¿Cómo está tu abuela?
-Tirando, ya sabéis, los años no perdonan, y como está ciega y no lo lleva demasiado bien.... Seguro que le encantaría que le hicierais una visita, pero claro, si os vais esta noche....
-La veremos, la veremos, descuida. Ahora tenemos que irnos. Todavía nos quedan cosas por hacer.
Me despedí de ellas y continué mi camino. Cuando llegué al cementerio no habría más de tres o cuatro personas. Fui directa a la tumba de mis padres, encendí la vela y la coloqué en el pequeño cubículo que impedía que el aire la apagara. Luego recé unas oraciones que apenas recordaba y me dispuse a regresar a mi casa. No sabía por qué, pero sentía una sensación extraña. De pronto el aire parecía haberse convertido en un gas denso que me oprimía el pecho y me impedía respirar por momentos.
Al pasar por delante de la tumba en la que yacían los familiares de mi amiga madrileña vi que estaba sucia y desarreglada. Me extrañó que además no la hubiesen alumbrado y que las flores que la adornaban estuvieran tan marchitas que casi eran flores secas. No tenía mucho sentido que si las mujeres de la familia habían estado allí hacía apenas unos minutos no hubieran adecentado un poco la sepultura. No obstante seguí mi camino, pues cada vez con más empecinamiento, algo dentro de mí me decía que tenía que salir de allí cuanto antes.
En cuando salí del camposanto un trueno se dejó escuchar a lo lejos y gruesas gotas de agua comenzaron a caer. Apuré el paso de nuevo. Al llegar a casa pude comprobar que mi abuela continuaba con su letanía. Hice caso omiso a su murmullo y le conté mi encuentro con las mujeres en el camino.
-¿Recuerda usted a Ana, abuela, aquella muchacha amiga mía que marchó a Madrid a vivir?
Asintió la vieja con la cabeza sin dejar de bisbisear.
-Pues por el camino del cementerio me he encontrado a su madre y a su abuela. Me han dado saludos para usted y me han dicho que les gustaría mucho verla. Tal vez vengan a visitarla esta noche
La abuela acalló sus susurros y me miró con una extraña expresión en sus ojos muertos.
-¿Lo ves? Te dije que no era buena noche para salir, no debiste haberlo hecho.
-Abuela, por favor, no empiece con sus tonterías.
-No son tonterías, hija, qué más quisiera yo que lo fueran. Pero esas mujeres que tú viste están muertas desde hace ya unos cuantos años y su presencia en este mundo un día como el de hoy no predice nada bueno. Asómate a la ventana y dime qué ves. Si las ves venir no las dejes entrar.
Así lo hice y no pude dejar de asombrarme cuando ante mis ojos se mostró una procesión de antorchas que recorría el camino del cementerio en dirección a nuestra casa. Me asusté.
-Es fuego, abuela, antorchas... una procesión...
-No temas, Mara, no vienen a por ti. Esta es su noche, la noche de los muertos, y salen en busca de aquellos a los que ha llegado la hora de hacerles compañía. Yo ya soy vieja, pero a pesar de ello me hubiera gustado seguir en este mundo un poco más. El tiempo vivido siempre parece poco. Las dos mujeres que tú viste no eran reales, eran dos ánimas que aparecieron para anunciarte mi muerte. Casi siempre ocurre así. La tarde en que tus padres murieron tuve una extraña visita. Un hombre vestido de negro se personó en casa preguntando por ellos. Se presentó como Don Argemiro Santana, un antiguo profesor de tu padre de paso por el pueblo. Cuando les dije que no estaban me contestó que daba lo mismo, que ya los vería aquella noche y se fue sin dejarme tiempo para explicarle que mi hijo y su esposa no llegarían hasta dentro de dos días, así que era imposible que los fuera a ver esa misma noche. Dos horas después, cuando ya la oscuridad había caído, recibí la llamada que me comunicaba su muerte y sólo entonces, guiada por un negro presentimiento, me puse a revolver en los papeles que tu padre guardaba en una carpeta azul y allí la encontré. La esquela que anunciaba la muerte de Argemiro Santana muchos años atrás. El hombre vino a anunciarme su muerte, pero yo no supe escucharle.
En ese instante los perros comenzaron a ulular desesperadamente y unos golpes secos y lentos resonaron en la puerta. Me acerqué a la ventana y vi a las dos mujeres que había encontrado en el camino vestidas con unas largas túnicas negras que cubrían sus cabezas con unas enormes capuchas. Como si supieran que yo las espiaba volvieron la cabeza hacia la ventana y entonces sus caras se transformaron en unas horribles calaveras, cuyas cuencas vacías parecían mirarme fijamente.
-Abre -me ordenó la abuela – ya no hay remedio. Abre.
-No abuela, no lo haré. Ahora mismo nos vamos de aquí. Saldremos por la puerta principal, no nos podrán ver.
-No entiendes nada, Mara, no se trata de que huyamos o no. No vienen a buscar mi cuerpo, vienen a buscar mi alma, y la encontrarán aunque me esconda debajo de las piedras. Abre, cuanto antes se terminé esto, mejor.
Abrí la puerta en contra de mi voluntad, acuciada por el terror, mas para mi sorpresa pude comprobar que allí no había nada ni nadie más que el aire helado de la noche que se coló en la casa como un látigo. Cuando me di la vuelta la abuela yacía tirada en el suelo. Me acerqué a ella y puse mi mano en su cuello intentando encontrarle el pulso, pero su corazón había dejado de latir. Estaba muerta.
A fuera, por el camino del cementerio, la lúgubre procesión de fuego y espectros regresaba a su hogar. Las dos mujeres que cerraban la tétrica comitiva se voltearon con lentitud y sonriéndome se despidieron de mí con un gesto. En el medio de ambas el alma de mi abuela caminaba hacia su última morada. Los perros hacia rato que habían dejado de aullar.