jueves, 29 de junio de 2017

LA APUESTA - CAPÍTULO XI


 

ALFREDO

Regresé a casa con su sabor en mi boca y con la conciencia intranquila. Mi cabeza era un nudo de hilos enmarañados que se liaban un poco más a cada paso que daba. No entendía por qué debía acabar todo así, como previsiblemente iba a acabar. Mi amistad con Manuel echada por la borda por una maldita apuesta sin sentido, y lo que es peor, mi amor platónico por Gala, que llevaba todos los visos de convertirse en amor físico, también debería llegar a su fin. Si conseguía acostarme con ella ya nada iba a ser igual y lo más probable es que me decidiera a desaparecer del mapa, al menos por un tiempo.

Aquel domingo me levanté temprano y salí a caminar sin rumbo por la ciudad. Mis pasos me guiaron hasta la playa, desierta a aquellas horas de la mañana, y me senté en la arena, escuchando el sonido relajante de las olas al romper en la orilla y mirando a la lejanía. Pensé que la mejor manera de huir sería cruzando aquel mar y perdiéndome en el continente que estaba a otro lado, desconocido, pero seguro como escondite para una vida echada a perder.

No sé el tiempo que permanecí allí, sumido en mis cavilaciones, en unos pensamientos que no llevaban a ningún lado. Cuando fui consciente de mi propia existencia ya el tibio sol de primavera calentaba mi cuerpo, así que me incorporé y eché a andar de nuevo, esta vez en dirección a mi casa.

Al llegar, subí al trastero y rescaté una cámara de vídeo que apenas utilizaba. La limpié un poco, comprobé que funcionaba y la bajé a casa. Decidí colocarla en el salón. Si finalmente Gala se rendía a mis encantos, haríamos el amor, allí, tirados en el sofá o sobre la alfombra. La oculté entre unos libros, bien enfocada al punto justo. La grabación sería la prueba que Manuel necesitaba para comprobar que su mujer había caído en mis brazos y así recuperar todo su capital perdido... y perder muchas cosas más....

A media tarde la llamé, pero no me cogió el teléfono. Pensé que tal vez hubiera salido a dar un paseo, pues la tarde estaba increíblemente agradable, así que no me alarmé. Una hora después volvía a llamarla y tampoco me contestó, por lo que me decidí a ir a su casa. Tenía claro que no podía desaprovechar aquella oportunidad. Su marido regresaba al día siguiente y si por fin yo conseguía seducirla, toda aquella situación se terminaría de una vez.

Llamé al timbre del portal y al rato escuché su voz.

-¿Sí?

-Gala, soy Alfredo ¿Puedes abrirme, por favor?

Abrió sin responder. Tomé el ascensor hasta el cuarto piso y cuando salí ella estaba esperando con la puerta entreabierta. No parecía tener intención de dejarme entrar.

-Habíamos quedado para cenar ¿recuerdas? Vengo a buscarte.

-Alfredo... no creo que sea buena idea. Lo de ayer...

-¿No me vas a dejar entrar? Hablemos un rato, por favor.

Dudó unos segundos, pero finalmente abrió la puerta y entré. Nos quedamos en la entrada. Estaba claro que no iba hacerme pasar más allá.

-Sé que lo de ayer de noche fue un error... y te pido que me perdones. Estaba un poco cargado de vino y... no sé qué pasó – le dije sin sentir un ápice aquellas palabras – pero ya tengo preparada la cena, no la voy a tirar.

Me miraba con aquellos ojos negros, enormes y expresivos, en los que creí ver asomar un atisbo de desilusión por mis palabras.

-Alfredo, Manuel es mi marido y es tu amigo. No podemos hacerle esto – repuso al cabo de un rato – He estado todo el día pensando en el beso de ayer. No puede volver a ocurrir, no debe volver a ocurrir – dijo con débil insistencia.

-Te prometo que será así. Olvidémoslo ¿vale? Y ahora... vente conmigo a cenar. Hace una temperatura estupenda, he preparado una lasaña de verduras riquísima, y después podemos salir a tomar una copa. ¿Hace?

Pareció dudar unos instantes, pero finalmente en su rostro infantil se dibujó una sonrisa y asintió.

-Está bien, voy a ponerme algo decente.

Mientras la esperaba, mi mente confundida y enmarañada pensaba que ya tenía medio terreno ganado.

*

Gala estaba ligeramente tensa, quizá un poco a la defensiva. Sin embargo a lo largo de la cena, la conversación empezó a fluir con naturalidad, regada, como no, con una buena dosis de vino, Albariño, el que le gustaba a ella. Yo me ocupaba de rellenarle la copa con generosidad y ella bebía. Con una copa de más sería mucho más fácil seducirla.

Cuando recogimos la cena le propuse bajar a la calle y tomar algo en una terraza, cerca de la casa. Aceptó. Tomamos unas copas y seguimos con las charlas, recordando, hablando sobre nuevos proyectos, sobre las oposiciones que estaba preparando, sobre los hijos que deseaba tener pero no llegaban... El fino hilo de complicidad que había existido intermitentemente entre los dos se fue haciendo más grueso y cuando nos dispusimos a marcharnos, le propuse subir de nuevo a mi casa a tomar la última copa. Me miró fijamente durante unos segundos. Luego sonrió y se encogió de hombros.

-Pues sí, mira, ¡qué carajo! Mañana no me tengo que levantar temprano.

Algo en su tono de voz me dijo que estaba dispuesta a todo, así que no me anduve con rodeos. La besé mientras subíamos en el ascensor, y el beso no fue como el del día anterior, suave, ligero, liviano. Fue un beso profundo, en el que se mezclaron nuestras salivas y que hizo brotar un deseo que había estado reprimido demasiado tiempo. Yo la atraje hacia mí abrazándola por la cintura y ella echó sus brazos a mi cuello.

No dijimos nada, no hacía falta. Trastabillando, sin dejar de besarnos, despojándonos con prisa de las ropas que molestaban, la conduje hasta el salón. Tenía que encender la cámara para que comenzara a grabar. Por unos segundos pensé no hacerlo, pero había que acabar de una vez con aquella situación absurda. Así que lo hice con un movimiento certero de mi brazo del que Gala no se dio cuenta. Luego nos tiramos sobre la alfombra y allí dimos rienda suelta al frenesí que nos quemaba. La desnudé del todo, la acaricié, la besé una y otra vez como nunca había besado a una mujer, recorriendo cada centímetro de su piel con mis labios, enterrando mi cabeza entre sus piernas hasta hacerla gozar entre gemidos que rompían la quietud de la noche y me recordaban la estupidez que estaba cometiendo. Cuando me metí dentro de ella la miré a los ojos. Pude ver en ellos tanto amor que me sentí el hombre más miserable del mundo. Después la llevé a mi cama y allí hicimos el amor otra vez más antes de que quedara dormida entre mis brazos.

Yo apenas pude dormir en toda la noche. Me levanté temprano y lo primero que hice fue comprobar si la grabación había salido bien. Perfecta. La prueba del delito estaba lista para cumplir su cometido. La metí un sobre y escribí en la parte de fuera el nombre de Manuel. Antes de salir hacia la oficina me paré un momento en el quicio de la puerta de mi dormitorio. Gala seguía durmiendo plácidamente. Se adueño de mí una infinita ternura, mezclada con el profundo amor que sentía hacia ella. Ni yo mismo comprendía por qué estaba siendo tan miserable con ella. Para intentar calmar mi conciencia me respondía que todo lo hacía para ayudar a mi amigo. Estupideces nada más. Lo que debiera de haber hecho desde el principio era negarme a entrar en aquel juego estúpido. Pero no tenía sentido lamentarse ni arrepentirse. Ya era tarde para una cosa y para la otra. Me despedí de ella sin que ella se diera cuenta. Con un beso tirado al aire en el que pretendía trasmitirle todo pero no le trasmitía nada. Era consciente de que, seguramente, no la volvería a ver más.

Salí de mi casa cargado de amargura y de tristeza. Caminé por las calles de una ciudad que comenzaba a despertar y que estaba siendo testigo directo de mi despedida. Llevaba en mis manos el sobre con la cinta de vídeo. Cuando por fin la soltara yo desaparecería.

La oficina estaba desierta. Todavía era temprano para que la gente hubiera llegado. Me dirigí al despacho de Manuel y dejé el sobre con la cinta de vídeo encima de su mesa. Me senté en su silla y la giré para quedarme frente a la ventana. El cielo comenzaba a clarear por el horizonte. No sé cuánto tiempo me quedé así mirando hacia fuera como un idiota. Finalmente levanté el teléfono y llamé a al aeropuerto. Reservé un pasaje a Nueva York para esa misma mañana y con las mismas desaparecí del mapa.

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