martes, 13 de junio de 2017

LA APUESTA - CAPÍTULO IX



ALFREDO

Aquella conversación con Gala sobre su dinero me dejó sumamente trastocado. Sabía que Manuel se estaba pasando con su afición al juego pero no creía que la cosa fuera tan grave como para que estuviera acabando, o hubiera acabado ya, con sus ahorros. Me sentí un poco culpable, puesto que había sido yo el que lo había introducido en el sórdido mundo del juego, y comencé a pensar de qué manera podía contribuir a arreglar la situación. Desde luego lo primero que iba a hacer sería hablar seriamente con él, para lo cual no esperé demasiado. Aquella misma tarde lo pillé a solas en la oficina y le conté la conversación que había mantenido con su mujer hacía apenas unas horas.

-Dime que no has acabado con tu dinero. Le he contado una monserga, me he inventado unas acciones en la empresa que no existen, pero la mentira no va a colar durante mucho tiempo.

-No entiendo por qué ha tenido que contarte nada a ti – me dijo de malas maneras en cuanto le planteé el problema.

-Este no es el problema ¿no lo entiendes? El problema es que está desesperada. Ha acudido a mí simplemente porque no tiene a quién acudir que esté más cerca de ti y que pueda saber lo que ha ocurrido. Responde ¿has gastado todos tus ahorros?

-Este mismo sábado los recuperaré. Tuve una mala racha y... este sábado los recuperaré, te lo juro. Gala no se enterará de nada.

Pude percibir la desesperación en sus palabras. Supongo que por eso tomé de decisión equivocada. Debía haber encontrado otro modo de solucionar el problema, sin ir más lejos, poner de mi bolsillo directamente el dinero que aquel insensato había despilfarrado, pero no sé por qué confié en sus palabras y accedí a su absurda propuesta.

-Este sábado será el último. Y después te pondrás en manos de un terapeuta – accedí.

-No es necesario....

-Claro que lo es. Y la decisión está tomada. De lo contrario descubriré el pastel ante tu mujer ¿Está claro?

No esperé sus respuesta. Salí del oficina dando un portazo. Me sentía decepcionado con su comportamiento y enfadado conmigo mismo con el mío. No me había dado cuenta de que Manuel no era como yo y se había dejado llevar por lo que en principio fue una diversión y ahora se había convertido en un problema realmente gordo.

Por fin llegó el sábado. Nos presentamos a la hora convenida en el lugar de siempre. Manuel y yo comenzamos la partida con otros dos jugadores y él empezó a perder al mismo tiempo que yo me daba cuenta de que aquello no había sido una buena idea ni mucho menos. Encima bebía más de la cuenta y cada vez estaba más ebrio. El alcohol nublaba su mente y cuando ya no le quedaba más dinero que apostar puso su casa en juego. Le recriminé su actitud y quise impedir que cometiera semejante locura más no me hacía absolutamente ningún caso, al contrario, parecía como si mis palabras le provocaran más y le animaran a seguir introduciéndose en aquella espiral absurda de la que cada vez le resultaría más difícil salir. No pude evitar que apostara su casa, pero por fortuna pude arreglar la situación. Un golpe de suerte en una de las partidas hizo que yo ganara todo lo que él había apostado, todo lo que estaba sobre la mesa, su casa y mucho dinero. Mi intención naturalmente era devolvérselo todo sin que los demás jugadores se enteraran, pues en esos ambientes bien se sabe que las deudas de juego son sagradas y no se deben perdonar jamás. Cuando por fin nos quedamos los dos solos se lo dije, le dije que le devolvía cada céntimo de su dinero y por supuesto la casa. Estaba tan sumamente borracho que se negaba en rotundo una y otra vez.

    -Piensa en Gala – le dije – ella no debe saber lo que ha ocurrido y por supuesto no se merece pasar una vida de privaciones. Si sigues así es lo único que podrás ofrecerle.

     Me miró con ojos vidriosos y sonrió amargamente.

    -Gala – dijo con voz pastosa, mirando al infinito –. Siempre te ha gustado ¿verdad?

    No sé si me sorprendió escuchar salir de su boca aquellas palabras. Manuel era muy intuitivo, muy observador, no se le escapaba una, así que es posible que hubiera captado algún gesto, alguna mirada, incluso alguna palabra que delatara la atracción que su mujer ejercía sobre mi.

    -No digas tonterías – le dije – Gala es tu mujer y yo...

    -Tú ¿qué? A ti te gusta, siempre te gustó, Alfredo, no lo  niegues. Pero eres un buen amigo, un amigo leal y por eso nunca te atreviste a hacer nada para quitármela. De todas maneras, no tuviste y no tendrás ninguna posibilidad. Ella me quiere a mí.

    Me sentía realmente incómodo manteniendo con él semejante conversación que no llevaba a ninguna parte.

      -No digas bobadas, Manuel. Anda, vámonos. Y deja que te ayude, realmente lo necesitas.

     Lo tomé suavemente por el brazo y lo dirigí hacia la puerta de salida del bar en el que habíamos estado tomando la última copa, pero él se soltó bruscamente.

     -No necesito que me ayudes y no son bobadas lo que estoy diciendo. A ti siempre te gustó mi mujer. Estoy seguro de que más de una vez te imaginaste en la cama con ella.

     -¡Ya está bien! – grité enfadado – Si no quieres escuchar mis consejos no lo hagas, pero deja ya de ofenderme.

      -¿Ofenderte? Nada más lejos de mi intención, de veras. Pero fíjate que se me está ocurriendo una idea. ¿Quieres devolverme todo lo que he perdido?  Bueno, tú mejor que nadie sabe que las deudas de juego son sagradas, yo perdí, tú ganaste. Así que vamos a jugarnos todo a una última  apuesta.

      -No pienso volver a jugar a las cartas contigo.

      -No será necesario. Vamos a jugarnos a mi mujer, mi mujer contra todo lo que me has ganado esta noche.

      -Estás completamente loco – le solté mirándolo asombrado, sin poder asimilar la chifladura que me estaba proponiendo.

       -Estoy borracho, pero no loco y sé perfectamente lo que digo. Te estoy dando la oportunidad de conseguir a la mujer que siempre quisiste. O ella, o mis bienes. Es lo justo, así quedará la deuda saldada. Tienes tres meses a partir de hoy, si en ese tiempo la consigues, te quedas con ella, y yo me quedaré con el alma partida y con mis propiedades intactas. Si por el contrario no eres capaz de conquistarla, ella se quedará conmigo compartiendo mi ruina y para ti serán mis propiedades y mi dinero. Evidentemente si Gala llega a serme infiel contigo, quiero pruebas.

     Tardé unos días en volver a hablar con él, durante los cuales no aparecí por el trabajo precisamente porque no quería encararlo. Finalmente no me quedó otro remedio que coger el toro por los cuernos. Cuando volví a tenerlo delante, quise convencerlo de nuevo de lo absurdo de su propuesta. No hubo manera. Mantenía su argumento de que las deudas de juego no se perdonaban. Le sugerí que buscara otra alternativa, otra manera de arreglar aquello que no incluyera a Gala.

      -Contéstame sinceramente – me dijo – ¿Es cierto o no lo es que sientes algo por mi mujer?

      Ahora no estaba borracho. Estaba completamente sereno y me miraba directamente a los ojos, disipando mi tranquilidad

-Y eso qué importa – le respondí en un intento inútil de evadir una confesión que ya parecía inevitable.

      -Contéstame, por favor.

      -Confieso que cuando éramos muchachos me atraía mucho pero ahora....

      -No me digas ya nada más, no necesito saber más. Ya han pasado seis días de los tres meses que tienes de plazo.

       Aquello me parecía una locura, en realidad lo era, sin embargo en un arranque de mi propia estupidez, accedí a sus deseos. No sé lo que prefería, si dejar a mi amigo sin esposa, si dejar ha ambos en la más absoluta miseria. Por otro lado, tenía muy claro que aunque consiguiera que ella se fijara en mí y llegara a haber algo entre nosotros, jamás podría quedarme a su lado. Y desde luego sabía que lo más probable era que toda aquella estupidez significara el fin de mi amistad con Manuel.

Durante un mes no hice absolutamente nada, no era capaz y la situación en el trabajo no podía ser más tensa. Manuel apenas me hablaba y a veces me echaba unas miradas cargadas de un no sé qué extraño que me inquietaba. No era rencor, no era reproche, era como si en su mirada se reflejara ya la derrota que él mismo había dado por imposible.

A final de mes surgió un viaje a Marsella para tratar con unos posibles compradores. Como era habitual me dispuse ir yo mismo, sin embargo, unos días antes de marchar, mi amigo me propuso de forma bastante tajante, ir él en mi lugar.

-Alfredo, sé que no estás haciendo nada de lo que te dije –me planteó una tarde.

-Si te refieres a tu estúpida apuesta, tienes razón, ni he hecho nada ni lo pienso hacer. Ya te puedes quitar esa idea de la cabeza – le respondí airado.

-Me voy a ir yo de viaje en tu lugar – manifestó obviando mi comentario – Te quedan dos meses para conquistarla.

Salió de la oficina sin más. Estaba loco, completamente loco. Me senté detrás de la mesa y me pasé las manos por el pelo en un gesto desesperado. Nadie le iba a quitar aquella idea estúpida de la cabeza. Y encima ya no era el de antes conmigo. A lo mejor el que estaba haciendo un poco el imbécil era yo. Él tenía razón. Yo estaba enamorado de su mujer desde hacía tiempo, y me estaba poniendo en bandeja la posibilidad de conquistarla. Lo más seguro era que no pasara nada, puesto que Gala jamás había mostrado el menor interés por mí, es más, creo que incluso en algún momento de nuestra juventud intuí cierto rechazo, pero por qué no probar.

Manuel se marchó a Marsella dos días después, sin despedirse. Y el sábado por la mañana, levanté el teléfono y llamé a Gala.

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