miércoles, 31 de mayo de 2017

LA APUESTA - CAPÍTULO VII


 

ALFREDO

Una mañana de agosto fui testigo directo de cómo la mujer de mis sueños se unía a mi mejor amigo. No fue fácil, y como ya he comentado me pasé la mayor parte del día borracho, solo así conseguía aliviar un poco mi congoja. Pero era una situación para la que no había remedio y a pesar de todo yo ya lo había asumido, pues era plenamente consciente de que cuanto antes lo hiciera mejor para todos.

Al día siguiente de la boda la feliz pareja se marchó de luna de miel a Italia y yo regresé a La Coruña dispuesto a retomar mis obligaciones laborales. Durante el mes que ellos estuvieron a lo suyo me centré en eso, en mi trabajo y en olvidarme de Gala, y casi lo conseguí, y digo casi porque su presencia me golpeó con fuerza cuando por fin ellos también regresaron a la ciudad y se asentaron en su nueva residencia. Gala estaba más guapa que nunca. Todavía recuerdo con sorprendente nitidez el día en que los fui a recoger al aeropuerto y la vi entrar en la terminal, con aquel vestido blanco de tirantes que resaltaba su piel morena, con aquel pelo negro que le cubría la espalda en graciosas ondas, con aquellos ojos que me miraban y me decían algo que yo no sabía o no quería captar. Fue en aquel preciso instante cuando me dije a mí mismo que lo mejor era tener la menor relación posible con aquellos dos, si no quería que nuestra amistad acabara mal. No estaba yo muy seguro de poder resistirme a los encantos de aquella muchacha. Así que me adjudiqué directamente una parte del trabajo que me permitía viajar y estar el menor tiempo posible en la ciudad.

Durante casi dos años estuve moviéndome de un lado para otro, fundamentalmente contactando con proveedores o con posibles clientes. El tiempo que pasaba en la ciudad intentaba estar lo menos posible con Manuel y Gala, al menos durante los momentos de ocio, puesto que con él trabajaba mano a mano y no quería ni podía evitarlo. De lo único que me escabullía era de sus invitaciones a disfrutar con ellos del tiempo libre, salvo alguna que otra cena de compromiso ante la que no pude poner ninguna excusa. Creo que durante aquellos dos años apenas sí estuve con Gala en tres o cuatro ocasiones, en las cuales intenté ignorarla en la medida de lo posible, aunque siempre respetando las normas de educación y cortesía.

          Fue por aquel entonces cuando descubrí una nueva diversión: el juego. No es que  me convirtiera en ludópata, pero le tomé gusto a jugar al póker. Un conocido organizaba timbas a las que una noche me invitó. Aquella primera noche me limité a mirar, pero a la segunda ya participé. Apostaba pequeñas cantidades y cuando perdía sabía parar, más debo de reconocer que eso ocurría pocas veces, la mayoría de las ocasiones salía de la casa con considerables cantidades en el bolsillo.  Solía jugar una vez al mes, normalmente el último sábado y con el tiempo esa cita llegó a convertirse en ineludible. Era una manera más de matar el aburrimiento y de paliar un poco mi soledad.

Una de aquellas noches de timba recibí el aviso de que Manuel había tenido un accidente de coche. Al parecer regresaba de casa de sus padres y a la entrada de la ciudad un conductor borracho perdió el control de su vehículo. Inmediatamente salí para el hospital. Cuando llegué me encontré a Gala en una sala de espera aguardando a que su marido saliera del quirófano.

-Una pierna – me dijo – tiene fractura múltiple, pero no es nada vital. Lo están operando. Gracias por venir.

Me pareció tan pequeña, tan indefensa y vulnerable, que no pude evitar rodearla con mis brazos para darle un consuelo que seguramente no necesitaba, y que ni siquiera tenía mucho sentido. Manuel no se iba a morir y todo había quedado en un susto gordo. Mientras a su marido lo operaban la llevé a la cafetería y allí, frente a unos cafés humeantes, hablamos por primera vez en mucho tiempo.

-Y a ti... ¿cómo te va con tus viajes? Hace mucho tiempo que no vienes por casa – dijo mientras daba vueltas al café de manera automática, pues ni siquiera le había echado azúcar.

-Bueno, la verdad es que no tengo mucho tiempo – mentí – entre los viajes y luego el papeleo con proveedores y clientes...

-Ya, claro. Entiendo.

-Además tampoco quiero entrometerme entre vosotros.

Levantó la vista hacia mí y me miró interrogante.

-Quiero decir que apenas hace un año que os habéis casado y querréis disfrutar de vuestra intimidad... supongo.

Gala soltó una risilla nerviosa antes de hablar.

-Vamos, Alfredo, a ver si te piensas que nos pasamos el día en la cama. En fin, da igual, tus motivos tendrás, supongo, espero que haya ningún problema entre Manuel y tú. Él te aprecia mucho y se llevaría un gran disgusto.

Quise decirle que no, que no había ningún problema con Manuel, que lo único que ocurría era que estaba enamorado de ella como un colegial, que en aquel momento me estaba perdiendo en sus ojos, que estaba imaginando el tacto de su piel... y que en más de una ocasión había deseado que Manuel no existiera, o que al menos nunca se hubiera colado en mi vida.

-Claro que no, mujer – le respondí finalmente –. Además, te prometo que ahora le prestaré más atención, aprovecharemos el accidente para ello.

Volvimos a la sala de espera y al poco tiempo la vino a buscar el médico. La operación había salido bien.

*

El accidente de Manuel sirvió para retomar con fuerza una amistad que en realidad nunca había estado perdida. Él tuvo que estar un tiempo con la pierna enyesada e inmovilizada, con lo cual, los fines de semana comencé a frecuentar su casa. Me pasaba la tarde de los sábados haciéndole compañía, a veces estábamos los dos solos, otras veces nos acompañaba Gala, y cuando eso ocurría un júbilo extraño, nuevo, casi infantil, me agitaba el alma. Era como el adolescente enamorado para el que estar cerca de su amada es a lo máximo que aspira y con ello se siente desaforadamente feliz. Así estaba yo, feliz. Aún así intenté evitar en todo momento quedarme a solas con ella, no porque fuera a ocurrir nada, que seguramente no ocurriría, sino para no tener que ejercer tanto autocontrol sobre mí mismo, cosa que me agotaba.

Manuel estuvo completamente recuperado a finales de aquel año, momento en que reanudó su trabajo. Por aquel entonces Gala se apuntó a una academia para preparar oposiciones para profesora de instituto. Y la vida de todos nosotros se asentó de nuevo en la necesaria rutina. Incluso yo, que había dejado de jugar durante el tiempo que Manuel había estado convaleciente, retomé mi apacible costumbre de participar en la correspondiente timba de los últimos sábados de mes por la noche.

Un día Gala recibió la noticia de que su abuela estaba enferma y sin pensárselo ni un segundo tomó un avión rumbo a Ibiza. A la señora le había dado un ictus que, aunque al parecer no había sido demasiado fuerte, requería un tiempo de recuperación y aunque la madre de la propia Gala estaba allí, en la isla, la chica no se fiaba de ella y prefirió ocuparse personalmente de la anciana. Con la marcha de Gala, Manuel y yo recuperamos nuestra antigua y abandonada costumbre de salir por las noches a tomar unas cañas. Y uno de aquellas noches en que había timba lo invité a acompañarme más que nada por distraerlo un poco y pasar unas horas juntos

Ahora, transcurrido el tiempo, cuando echo la vista atrás y recuerdo aquella noche, me remuerde la conciencia y pienso que nunca debí pedirle que me acompañara, aunque, por otra parte, yo no podía saber de ninguna manera lo que estaba a punto de ocurrir. Manuel jugó una partida y ganó algo de dinero. A mí me ocurrió lo mismo, por lo que salimos de la timba entusiasmados y con ganas de pillar una borrachera como las de antaño. Cuando ya teníamos una buena cantidad de alcohol encima, comenzó a desbarrar. Decía que él era el mejor jugador de póker de la historia, como había demostrado aquella noche, y me pedía que no me olvidase de llevarlo a la próxima. Por supuesto le dije que sí y cumplí mi palabra, no sólo la siguiente vez, sino todas las veces. Manuel se convirtió en mi acompañante habitual. Al principio me gustaba llevarle conmigo, sentía que con ello recuperábamos parte de la intimidad perdida, hasta que me di cuenta de que no se tomaba el juego como yo. Manuel no sabía parar, y comenzó a perder ciertas cantidades de dinero. Cuando ocurría yo intentaba alejarlo de la mesa de juego, pero no había manera. Parecía, además, que los hados se confabulaban contra él y cuanto más jugaba, más perdía.

Dejé de pedirle que me acompañara, pero pronto aprendió a ir solo y no sólo un sábado al mes, sino todos los sábados que se organizaba timba. Quise convencerlo de que no debía introducirse tanto en el mundo del juego, que era muy peligroso, puesto que estaba empezando a perder dinero sin control, le di una y otra vez consejos para que supiese retirarse a tiempo, pero de nada sirvió. Cuando me quise dar cuenta el vicio se había instalado en su cerebro. Comenzó a pedirme dinero y no supe negarme, aún sabiendo que si accedía a sus deseos terminaríamos ambos en la ruina más absoluta, pero si no se lo daba yo, podría intentar conseguirlo por otros medios más peligrosos. Llegó un momento en que temí que su mujer se diera cuenta, pues su nivel de vida a la fuerza se tenía que estar resintiendo, mas, la verdad, no sé cómo se las arreglaba, pero Gala jamás dio muestras de saber nada del vicio enfermizo de su marido. Hasta que ocurrió el desastre.






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