sábado, 20 de mayo de 2017

LA APUESTA - CAPÍTULO V


 

ALFREDO

Aquel verano, después de haber pasado un curso en el que había retomado con fuerza, determinación y seriedad mi estudios, le propuse a Manuel hacernos un viaje juntos, solos, para dedicarnos unos días a descansar y divertirnos. Le pareció buena idea, tanto más cuando él jamás había salido de su pueblo más que para viajar a Orense y, desde que estudiaba la carrera, a Santiago. Planeamos irnos a algún lugar de Canarias, un buen hotel, piscina, playa, calor, sol y juergas nocturnas. Mi amigo parecía entusiasmado con la idea, aunque pronto pude comprobar que tal entusiasmo era solo el reflejo de una ilusión. Comenzó a pensar demasiado en Gala, a echarla de menos, a desear estar a su lado y en el último momento decidió dejarme colgado y marcharse a Ibiza.

-En realidad pudimos haber planeado el viaje allí – dijo cuando me comunicó su decisión de no acompañarme –. Todavía estamos a tiempo. Cancelamos el viaje a Tenerife y nos vamos a Ibiza.

Evidentemente rechacé su ofrecimiento y a pesar de que no me pareció bien su plantón, no fui capaz de enfadarme con él. Manuel estaba enamorado, y aunque yo jamás había experimentado las mieles del amor, era capaz de comprender la sublime estupidez que se apodera de uno cuando encuentra a su media naranja. Así que lo liberé del compromiso y me marché yo solo a Canarias. Puede que el viaje no comenzara con buenas perspectivas. Después de haber planeado juntos nuestras correrías ahora me veía que no tenía compañero de juergas. Pero dio lo mismo. El aburrimiento me duró dos días, hasta que conocí a Katia, una alemana rubia y de ojos más verdes que las praderas gallegas, que buscaba lo mismo que yo: compañía y diversión. Nos conocimos en la discoteca del hotel. Ella también estaba sola, pero por voluntad propia, detalle que en realidad daba lo mismo, nos encontramos y nos gustamos y aquella primera noche compartimos, charla, copas y cama. Durante los siguientes diez días fue así y cuando por fin llegó la hora de regresar lo hicimos felices y contentos de haber disfrutado a tope las vacaciones. Prometimos escribirnos, pero lo cierto es que ni uno ni otro lo hizo. En el fondo ninguno deseaba que aquel amor de verano, si es que puede llamarse así, llegará a mucho más de lo que ya había llegado.

Por su parte Manuel se pasó el resto del verano en Ibiza, al lado de su flamante novia, y regresó apenas una semana antes de comenzar el curso. Necesitábamos aclarar si íbamos a continuar compartiendo piso, pues yo imaginé que tal vez quisiera trasladarse a vivir con Gala. Sin embargo no fue así. Manuel continuó conmigo y Gala con sus amigas, aunque es evidente que aquel curso se pasó mucho tiempo en nuestra casa, sobre todo los fines de semana, en los que yo procuré ausentarme para dejarles disfrutar solos de sus ratos de intimidad.

Sin embargo era inevitable que algunos fines de semana tuviera que quedarme, puesto que en la facultad solían poner en sábado los exámenes importantes para no perder horas de clase. Normalmente, cuando eso ocurría, Manuel solía marchar al piso de Gala, sin embargo, en una de aquellas ocasiones, fue ella la que se vino a nuestro piso, puesto que, al parecer, sus compañeras de piso tenían visita. El sábado por la mañana tanto Manuel como yo acudimos a la facultad. Al regresar a casa, Gala nos había preparado la comida y almorzamos los tres. El examen nos había salido muy bien a ambos y estábamos contentos. Charlamos y reímos como nunca habíamos hecho. Por primera vez me sentí bien con aquellos dos, integrado, sentí que no estaba de más, que no molestaba, aunque en realidad supongo que aquella falta de compenetración eran solo imaginaciones mías, pues en realidad había sido yo, siempre, el que había tratado de alejarse de ellos para que no se sintieran cohibidos en mi presencia. Aquel sábado me di cuenta de que mis pensamientos y suposiciones habían sido una solemne tontería, tal y como me había dicho mi amigo en muchas ocasiones y que yo no había querido escuchar. Definitivamente nos lo pasábamos bien los tres. Me propusieron ir al cine y acepté. Después, al salir, nos quedamos en el centro de la ciudad a tapear algo y tomar unas copas. Entre charlas y risas ya era tarde cuando por fin regresamos a casa y, cansados, nos retiramos a nuestros dormitorios. Pero yo no era capaz de dormirme. Aquella fue la primera noche, el primer momento, la primera vez que fui consciente de las sensaciones que provocaba en mí la novia de mi amigo, y, para mi desgracia, Gala pasó a ocupar parte de mis pensamientos. Aquel día me había dado cuenta de su atractivo No era la típica mujer rompedora, ni mucho menos, todo lo contrario y precisamente debió de ser ese antagonismo que representaba frente a todas las mujeres con las que yo había tenido alguna relación esporádica, lo que me llamó la atención de ella. Su timidez casi infantil, su forma de hablar pausada , su voz suave, su risa, su manera de moverse, como si estuviera flotando por el aire. Esa noche, tendido en mi cama, mientras a través del tabique que separaba mi habitación de la de Manuel, me llegaban apenas los ecos del amor que estallaba entre sus paredes, fui consciente por primera vez de que me estaba enamorando de la mujer más prohibida del mundo.

A la mañana siguiente desperté tarde, puesto que apenas había podido dormir unas horas, y el olor del café recién hecho hizo que mis pasos se dirigieran a la cocina. Me detuve en el umbral de la puerta. Gala estaba allí, de espaldas a mí, preparando el desayuno. Vestía una camiseta de algodón blanca que apenas le cubría la mitad del muslo, dejando al descubierto sus piernas firmes y no demasiado delgadas. La fina tela de la camiseta dejaba transparentar sus braguitas blancas y su espalda dorada. No llevaba sujetador y por un instante imaginé que se daba la vuelta y que sus pechos pequeños se me mostraban a través de la liviandad de la tela. Una erección involuntaria amenazaba con alterar la tranquilidad de mi posición de observador. Gala canturreaba una canción mientra preparaba unas tostadas. Me hubiera gustado acercarme a ella y abrazarla, separarle el pelo negro y ondulado y pasear mis labios por su nuca, mientras mis manos surcaban con suavidad la suave curvatura de sus pechos. Intenté apartar de mí aquellos pensamientos y me dirigí al baño a darme una ducha en intentar aplacar un poco la calentura que sentía. Mientras me enjabonaba rogaba a Dios, o a quién fuera, que aquello que estaba sintiendo fuera algo momentáneo, pasajero, una ofuscación de mis sentidos provocada por el trato repentino, por el conocimiento inesperado de la otra persona. Gala era la novia de mi mejor amigo y cuanto antes mi cabeza y mi corazón comprendieran semejante concepto mucho mejor. Entre ella y yo no podía haber nada, absolutamente nada.

Cuando salí del baño volví a la cocina, donde Gala ya había servido el café y había hecho las tostadas. No se había molestado en vestirse con otra prenda de ropa y tal y como yo había imaginado las fina tela de la camiseta trasparentaba sus pecho. Parecía no importarle. Le di los buenos días aparentando una indiferencia que estaba muy lejos de sentir y di las gracias al cielo de que en ese momento Manuel hiciera acto de presencia y con su conversación insustancial consiguiera ahuyentar mis demonios.

Pero, contrariamente a mis deseos y a lo que en el fondo pensaba que iba a ocurrir, mis admiración por Gala no menguó, más bien al revés. La inocencia que irradiaba, esa ignorancia del deseo que despertaba en mí, hicieron que poco a poco la novia de mi amigo se convirtiera en la mujer que me hubiera gustado tener al lado. Por supuesto sabía que era imposible, ni ella sentía nada por mí, ni yo jamás traicionaría a mi amigo, así que no me quedó más remedio que conformarme con verla cada día y hacerla musa de un sueño que nunca llegaría a cumplirse. Era un tormento, lo confieso, no solo por ser consciente de que nunca llegaría a tenerla, sino por el esfuerzo que tenía que hacer por disimular mis sentimientos. A veces creía que por mucho empeño que pusiera en ello, no podía evitar que los que estaban a mi alrededor se dieran cuenta de que la amaba. Tal vez una palabra, un gesto, una mirada que no debiera ser y fue, qué sé yo, cualquier detalle absurdo e insignificante podía delatarme ante el mundo y mostrarles la aberración de mis sentimientos.

Decidí que lo mejor que podía hacer sería escapar de su compañía, pero fue muy difícil. Aquel sábado en el que descubrimos que nos lo pasábamos bien juntos, en el que ellos dos descubrieron que en ocasiones, y solo en ocasiones, tres no son multitud, marcó el inicio de mi amistad con Gala. Si hasta aquel día ella y yo apenas cruzábamos unas simples palabras de cortesía, desde entonces la confianza fue haciéndose cada vez más grande y fuerte, cosa que sería estupenda y maravillosa si yo no sintiera lo que sentía.

Recuerdo una tarde de finales de primavera en la que ella y yo salimos solos a dar una vuelta por la ciudad. Estaba en fiestas y las calles eran un hervidero de gente. Comenzaba la última semana de exámenes y mi cabeza iba a estallar de un momento a otro. Decidí que tenía que salir a dar una vuelta si no quería volverme loco y Gala quiso acompañarme, mientras que Manuel, muchos mas responsable, dijo que no, que él no necesitaba explayarse y que prefería quedarse estudiando. Así fue como su novia y yo pasamos por primera vez unas horas juntos y solos. Tomamos unas cervezas sentados en una terraza y después fuimos al recinto de la feria. Montamos en los coches de choque y en la noria, divirtiéndonos como si fuéramos dos chiquillos. Ya era noche cuando regresamos a casa, caminando entre el bullicio, despacio, sin prisa, ella hablando sin parar, contándome sus planes de futuro con Miguel; yo escuchando aquellas palabras que me rompían el corazón sin que ella lo supiera. En algún momento quise callar aquella boca con un beso, pero no me atreví. Significaría el fin de una amistad que valía mucho más que un beso, aunque estuviera cargado de todo el amor del mundo.

Pronto llego de nuevo el verano y con él, perdí de vista a la feliz pareja, lo cual me entristeció y alegró al cincuenta por ciento por evidentes razones. Sin embargo, si pensé que aquellos meses me iban a servir para apartar a Gala de mis pensamientos, no fue exactamente así. Ciertamente durante el verano no me acordé demasiado de ella, puesto que estaba entretenido con mis juergas y demás diversiones, más cuando el curso comenzó de nuevo, el último ya para Manuel y para mí, de nuevo aquella muchachita de apariencia frágil y tímida volvió a ocupar buena parte de mis pensamientos. No me quedó más remedio que mentalizarme de que, al menos de momento, tenía que aprender a convivir con ellos

       El curso pasó rápido y cuando nos dimos cuenta habíamos terminado los estudios y nos tocaba enfrentarnos al mundo laboral, un mundo que, afortunadamente no se nos presentaba hostil, puesto que ya mi padre nos tenía preparado un puesto para cada uno en la empresa. Una delegación de la empresa en La Coruña nos estaba esperando y para allá fuimos y allí nos asentamos.

      Al año siguiente, cuando Gala terminó su carrera, ella y Manuel se casaron. Todavía recuerdo perfectamente la borrachera que agarré aquel día, viendo como la mujer de mis sueños se casaba con mi mejor amigo y se evaporaban mis esperanzas de conseguirla, esperanzas que, por otra parte, siempre habían sido escasas. Porque durante aquellos últimos años, no sólo no había conseguido sacármela de la cabeza, sino que cada vez se había ido fijando con más fuerza en mi mente y en mi corazón, hasta el punto de empezar a comparar con ella a mis ligues ocasionales.  Sin embargo, y según pude comprobar más tarde, aquella boda me hizo más bien que mal. Comencé a verla menos que antes, puesto que aunque Manuel y yo seguíamos manteniendo nuestra amistad y trabajábamos codo con codo, los tres nos reuníamos con mucha menos frecuencia. Ellos tenían su vida y yo la mía, que volvió de nuevo a ser ligeramente desordenada. Ganaba dinero y no tenía obligaciones familiares, así me dedicaba a divertirme siempre que podía, aunque con más moderación que en mis años de estudiante.

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