viernes, 5 de mayo de 2017

LA APUESTA - CAPÍTULO II


 

GALA

Aquel día no fue diferente a cualquier día de semana, salvo por aquella sensación extraña que me acompañó durante toda la jornada y que finalmente acabó confirmando que algo inesperado estaba a punto de ocurrir. Me levanté temprano y desperté a mi hija. Julia era muy dormilona y todas las mañanas se le pegaban las sábanas, así que debía llamarla media hora antes de lo que sería normal si se levantara enseguida. A veces incluso tenía que acabar por sacarle de encima la ropa de cama. Sobre todo los lunes. Y era lunes, así que la obligación de madrugar se convirtió en algo más tedioso de lo que normalmente era. Protestó mucho más de la cuenta. Además, y para colmo de males, los lunes yo entraba más tarde y no podía llevarla al instituto, así que tenía que ir en el bus, con lo cual había que levantarse un poquito antes de lo habitual. Pero finalmente, después de una ardua lucha, Julia salió por la puerta de casa rumbo a sus quehaceres escolares. Mi hija y yo íbamos al mismo instituto, ella como alumna, yo como profesora de lengua y literatura.

Me quedaban por delante dos horas antes de entrar a trabajar, así que cuando Julia se fue me puse a recoger el altillo de mi armario, tarea que iba retrasando sin más justificación que la desgana que me provocaba hacerlo. Saqué todo lo que había dentro y lo tiré encima de la cama. Luego me puse a clasificar lo que iba a seguir guardado y lo que iría a parar al cubo de la basura. Entonces apareció aquella foto. Yo con veinticinco años menos, en medio de los dos, sonrientes y felices, sin que nada presagiara la negrura en la que se convertiría nuestra vida. Pasé la yema de mis dedos por la superficie amarilleada y agrietada del papel. Recordaba perfectamente el momento que se reflejaba en él. Acabábamos de conocernos en una fiesta de aquellas que la gente organizaba cuando comenzaba el curso, para celebrar algo tan absurdo como el inicio del año escolar o el estreno de un nuevo piso. Alguien me los acababa de presentar y alguien plasmó el momento con su cámara. Nadie, ni ellos ni yo, sabía ni lo importante que llegaríamos a ser los unos para los otros, ni el daño que llegaríamos a hacernos.

Guardé la foto en la caja de la que la había sacado mientras me secaba una lágrima traicionera que se empeñaba en resbalar por mi mejilla a pesar de mis intentos por retenerla en mis ojos. A lo largo de todos aquellos años me había preguntado una y otra vez por qué nuestros destinos se habían cruzado para conseguir hacernos tan desgraciados. Qué fuerza desconocida e indestructible me había empujado a su lado, al de los dos. Nunca encontré respuesta. Había ido a estudiar a aquella Universidad como podía haber ido a cualquier otra, pero allí estaban Manuel y Alfredo, Alfredo y Manuel y allí, de la mano de los tres, comenzó a fraguarse la tragedia.

Sin embargo, transcurridos los primeros años, cuando todo fue cayendo en el olvido, mi vida se asentó en la agradable rutina en la que afortunadamente todavía continuaba. Salir de la ciudad y asentarme en un pueblo pequeño y tranquilo me había hecho bien y había conseguido que olvidara lo ocurrido, puede que no del todo, pero sí lo suficiente como para resignarme ante lo inevitable, ante lo que no tenía ya remedio hiciéramos lo que hiciéramos.

Mientras continuaba con mi labor de limpieza y clasificación de objetos mayormente inservibles, me pregunté si él se habría enterado alguna vez de lo que realmente ocurrió, al menos de la muerte de Manuel. No recuerdo quién me dijo, meses después de su marcha, que había pedido a su padre que no le contara nada, que no le diera ninguna información sobre cómo seguía la vida que había dejado a este lado del mundo. Bonita forma de zafarse de los problemas que había sembrado con su actitud. Al principio me dolió, después supe que era lo mejor, que él se olvidara de nosotros y nosotros de él, pero aún así me parecía poco menos que imposible que no llegara a sus oídos ni un ápice de información sobre las vidas que él había colaborado a casi tirar por la borda. Para ser justos debo decir que los tres tuvimos nuestra parte de culpa.

Cuando terminé de hacer limpieza ya casi era hora de marchar a trabajar. Me di una ducha rápida y salí para el instituto. El curso había entrado en su recta final y era tiempo de exámenes y de evaluaciones. Precisamente aquel día tenía examen con los de segundo de bachiller, antesala del examen de acceso a la Universidad.

En la sala de profesores solamente estaba Ricardo. Ricardo era profesor de matemáticas y jefe de estudios. Ambos habíamos llegado al Instituto a la vez y allí nos habíamos quedado. Habíamos congeniado desde el principio y con los años la amistad y complicidad fue creciendo y dando paso a algo más fuerte que no era amor, pero casi, al menos por mi parte, por la de él, sobraba el casi. Si por él fuera nos habríamos casado hacía años, aunque ni siquiera éramos novios, por mi santa y exclusiva voluntad. Tenía miedo, no sé si al compromiso, si a no poder confiar plenamente no solo en mi pareja, sino también en mí misma. Ricardo era un bendito y soportaba estoicamente mis manías, mis excusas, mis solapados desplantes. Cuando se me declaraba, le daba largas. Él callaba y bajaba la mirada. Andaba triste y cabizbajo hasta el día siguiente, en el que ya parecía haber olvidado lo ocurrido. Y así un año tras otro y ya iban unos cuantos. En el fondo yo creía que aquellas alturas, a pesar de insistir de vez en cuando en que casarse o por lo menos irnos a vivir juntos, no estaría nada mal, ya tenía asumidas mis negativas y, en el improbable caso de que yo un día me decidiera a darle el sí, significaría toda una sorpresa.

La mañana en cuestión se dirigió a mí nada más verme y depositó un ligero beso en mi mejilla. Normalmente los fines de semana nos divertíamos juntos, pero aquél, él había ido a visitar a su familia a Madrid.

-¿Cómo estás? – me preguntó regalándome su mejor sonrisa – ¿Me has echado mucho de menos?

-Terriblemente – le respondí, mintiendo solo a medias.

Ricardo era un hombre que, sin ser excesivamente guapo, poseía un enorme atractivo concentrado en la mirada y la sonrisa más seductoras que yo había visto en mi vida. Era alto, de tez morena y ojos oscuros, la nariz ligeramente aguileña... tenía éxito entre las mujeres. Lástima que él se sintiera atraído por la mujer equivocada, por alguien como yo que no era capaz de corresponderle como se merecía no sabía muy bien por qué. Mi amiga Cristina me decía que Alfredo había dejado demasiada huella en mí y que por eso no era capaz de sentir nada por ningún otro hombre. Yo pensaba que en parte tenía razón, pero solo en parte. Alfredo había dejado huella en mí, sí, pero no una marca de buenos recuerdos, sino una señal de desconfianza que me acompañaba y que hacía que viera parte de él en cada hombre que se acercaba a mí.

-¿Qué has hecho estos días sin mí? – preguntó de nuevo.

-El sábado me fui al cine con Julia y ayer me pasé la tarde leyendo y escuchando música – le respondí mientras me sentaba a su lado.

-¿Y por las noches?

-Eso ha sido lo peor – bromeé – no sé cómo fui capaz de soportar tu ausencia.

-Para compensarte esta noche te invito a cenar ¿qué te parece?

-Te lo agradezco mucho, pero te recuerdo que mañana es día lectivo y además a mí me empiezan las evaluaciones de los de segundo, que tienen el acceso a la Universidad a la vuelta de la esquina.

-Oh, venga. Haré la cena en mi casa y no será necesario que trasnochemos. Al fin y al cabo en tu casa también cenas ¿no? Puedes traer a Julia, seguro que le gustará.

Le miré durante unos segundos y leí la súplica en sus ojos. Sonreí. Parecía un niño pequeño rogando por cualquier capricho.

-Está bien, iré, pero solo si me preparas esa lasaña de atún que te sale tan buena. Y no me quedaré hasta tarde ¿de acuerdo?

-De acuerdo.

-Ah, y Julia no irá. Tiene exámenes. Además... no me apetece que vaya.

Le dije aquella última frase al oído, con el tono más sugestivo que pude, para que comprendiera que aunque no fuéramos a trasnochar, tendríamos que dedicar un ratito, por pequeño que fuera, a aquellos divertidos e interesantes juegos que ambos sabíamos. Me miró sonriendo divertido y me guiñó un ojo. En ese preciso instante pensé que yo era muy estúpida, que muchas mujeres darían lo que fuera por estar en mi lugar y poder gozar de las atenciones de aquel hombre. Tal pensamiento me duró dos segundos, el tiempo que tardó mi subconsciente más sesudo y cuerdo en actuar para neutralizar mis locuras.

El resto del día transcurrió sin novedades. Por la tarde, mientras Julia se quedaba en casa estudiando para el examen de historia del arte que tenía al día siguiente, yo acudí a un centro comercial a hacer la compra semanal. Al salir me encontré a unas compañeras de la clase de pilates a la que había acudido el año pasado y me entretuve con ellas tomando un café. Cuando llegué a casa eran más de las siete y había quedado con Ricardo a las nueve. Guardé la compra y cuando me disponía a arreglarme, se me dio por echarle una ojeada al móvil y vi que tenía cinco llamadas perdidas de mi amiga Cristina. Me alarmé un poco. Primero, porque casi siempre nos comunicábamos por mensajería instantánea, y lo segundo porque había insistido demasiado. Además me di cuenta de que tenía un mensaje que me apremiaba a que la llamara en cuanto pudiera. No perdí un segundo y así hice.

-¿Qué ocurre? – le pregunté en cuando descolgó, sin ni siquiera saludar.

-Tranquila – dijo – no te preocupes no es nada grave.

-Vaya, cualquiera lo diría – repuse.

-Lo siento, a lo mejor me pasé un poco, pero quería que lo supieses lo más pronto posible.

-¿Lo qué?

Se produjo un silencio al otro lado de la línea, como si Cristina estuviera buscando las palabras adecuadas para darme la noticia.

-Hay... creo que en la ciudad hay alguien que quiere verte – dijo por fin.

-¿A mí? ¿Quién? – pregunté con curiosidad, mientras mi cerebro trabajaba a mil por hora intentando averiguar.

-Alguien que se fue de aquí hace muchos años.

La misma extraña sensación que había sentido aquella mañana al levantarme y que ya casi se me había olvidado, volvió a sacudirme las entrañas. Inmediatamente pensé en Alfredo, en quién si no, pero con la misma rapidez me negué a mí misma esa posibilidad.

-No sé, Cris – le dije – ya sabes lo poco que me gustan los acertijos. ¿Quién es?

-Él... Alfredo.

A pesar de mi primera sospecha, escuchar el nombre de boca de Cristina me aceleró el corazón y me puso nerviosa.

-Y... ¿por qué sabes que quiere verme? ¿Has hablado con él? – pregunté estúpidamente.

-Sí. Él recordaba dónde trabajo y... vino por aquí.

De pronto pensé en lo absurdo que era todo aquello, la situación, la conversación. Habían pasado más de quince años y ahora se presentaba queriendo verme. ¿Para qué? ¿Para recordar tiempos pasados? ¿Para pedirme perdón por haberme jodido la vida? ¿O para pedirme unas cuentas que yo no tenía por qué darle?

-Pues no me importa nada que esté aquí. Y si te va a ver de nuevo dile que no quiero saber nada de él. Y no me vuelvas a llamar por tonterías como esta.

Colgué el teléfono sin despedirme, como si mi amiga tuviera culpa de las estupideces de un hombre que se empeñaba en regresar del pasado sin ningún sentido. Si se pensaba que me iba a joder la vida de nuevo, que se fuera olvidando. Esta vez no me iba a dejar. Ya no era la estúpida inocente de años atrás.

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