lunes, 1 de mayo de 2017

LA APUESTA - CAPITULO I


 


ALFREDO.

La noche iba extendiendo su suave manto tras el atardecer dorado de Manhattan. Las luces comenzaban a encenderse y a llenar con su suave fulgor las calles atestadas de gente y de coches. Hacía más de diez años que vivía en aquel rincón del mundo y siempre había sido así. Las calles de Nueva York eran un continuo y eterno bullicio sin descanso.

Me levanté y me acerqué al amplio ventanal desde donde gozaba de una vista privilegiada. La bahía y el puente se mostraban ante mí en toda su plenitud, como si de una postal se tratara. El mar en calma y las edificaciones majestuosas que se levantaban hacia el cielo casi desafiantes. Una vez más mi mente se revolucionó con los recuerdos de mi tierra natal, aquella Galicia que había dejado atrás no precisamente por voluntad propia y a la que jamás había regresado. Allí también había un mar, un mar que lamía la tierra y se colaba en su interior formando extraños recovecos, un capricho de la naturaleza que regalaba al mundo paisajes incomparables. La bahía que se extendía ante mis ojos era muy hermosa, pero nada tenía que ver con las rías gallegas.

Volví sobre mis pasos y me senté de nuevo detrás de la mesa de mi despacho. En un gesto mecánico me quité la corbata y me desabroché el botón superior de la camisa. Hacía calor y no tenía ganas de regresar a casa. Aquel había sido uno de esos días en los que la melancolía se adueñaba de mí sin lógica alguna. La morriña, ese sentimiento típico e inexplicable de los gallegos que estamos lejos de la tierra, que de pronto aparece sin avisar, avivando la tristeza.

La puerta de mi despacho se abrió y el rostro de Ruby, mi secretaria, se asomó regalándome la mejor de sus sonrisas.

-Si no mandas nada más me marcho a casa – dijo con su dulce acento mejicano –. Y tú deberías de hacer lo mismo, son casi las nueve Alfredo, y hoy ha sido un día muy intenso.

Sí, había sido un día especialmente intenso, incluso agotador. Reuniones y reuniones con empresarios para abrir nuevas líneas de distribución del mejor Albariño de mundo. Al final habíamos conseguido cerrar el negocio, pero mi mente estaba agotada, y encima preñada de una nostalgia inexplicable.

-Puede que tengas razón – respondí a mi secretaria – pero no tengo ganas de irme a casa. ¿Te apetece cenar conmigo? Algo sencillo, no hace falta ir a un restaurante de lujo.

Ruby suspiró e hizo un elocuente gesto con los ojos. Yo sabía que aunque no tuviera demasiadas ganas, no iba a rechazar mi invitación, desde hacía tiempo se había convertido en mi paño de lágrimas.

-Esta bien – me dijo – pero el sitio lo elijo yo ¿vale?

-Faltaría más. Dame diez minutos para enviar unos correos urgentes y nos vamos.

Mi secretaria se retiró y yo me dispuse a liquidar las últimas tareas de la jornada. Mientras tecleaba en mi portátil, pensaba en Ruby y en lo mucho que la necesitaba en mi vida, a pesar de que nuestra historia jamás llegaría más lejos de lo que ya había llegado.

La había conocido nada más llegar a Nueva York, recién abierta la delegación de la empresa. Me impresionó su desparpajo y su buen hacer y desde el principio la quise a mi lado. La nombré mi secretaria personal a pesar de las envidias de muchas que se creían con más derecho a ocupar el puesto, y el tiempo me había dado la razón.

Poco a poco la relación laboral fue dando paso a algo más personal que ambos intentábamos solapar de las más diversas y absurdas maneras. Era como si los dos supiéramos que había algo más pero ninguno se atreviera a destapar unos sentimientos que en realidad no eran tales. Ni ella estaba enamorada de mí, ni yo de ella. Tenía, todavía tengo, demasiado lastimado el corazón y el alma como para buscar compromisos. Era algo diferente al amor, me atrevería a decir incluso que era algo que iba más allá del amor. Una complicidad suprema, una perfecta comunión de almas que me hacía sentir que aquella mujer era el complemento perfecto de mi persona.

No recuerdo cuando nos acostamos juntos por primera vez. Sólo sé que tras aquella vez hubo otras muchas, que ninguno jamás pidió algo más que aquellos escarceos pasionales y que, pasados los años, aunque nuestros encuentros amorosos se hicieron cada vez menos frecuentes por decisión personal de ella, todavía sentíamos la necesidad de estar juntos, de hablarnos, de hacernos partícipes de nuestras vidas. Como aquella noche.

Cerré el portátil, tomé mi chaqueta de encima del respaldo de la silla y fui al encuentro con Ruby, que me esperaba en su propia oficina poniendo en orden una mesa que no necesitaba ponerse en orden. Juntos salimos a la calidez de la noche neoyorkina.

-Han abierto un italiano nuevo aquí cerca ¿No te apetecen unos espaguetti a la boloñesa?

Me apetecían, así que fuimos al italiano, regentado por una auténtica mamma que parecía salida de la genuina ciudad de Nápoles.

Una vez sentados a la mesa y con nuestros humeantes spaguetti esperando para hincarles el diente, conversamos sobre el éxito de la operación llevada a cabo, hasta que Ruby, luego de tomar un sorbo de vino, quiso llevar la conversación por otros derroteros.

-Y bueno, después de celebrar el magnífico negocio que hemos conseguido.... ¿me vas a contar qué te pasa? Sé perfectamente que no me has invitado a cenar sólo para comentar tu triunfo.

Sonreí ante la perspicacia de mi amiga, pero no dije nada, simplemente envolví unos cuantos espeguetti en el tenedor y me los llevé a la boca. La conexión entre Ruby y yo era tal que tampoco fue necesario que contestara a su pregunta. Ella conocía perfectamente la respuesta.

-A lo mejor es hora de que regreses ¿no crees? Diez años es... mucho tiempo, demasiado tiempo sin saber cosas, sin encontrar respuestas.

-Es que.... no sé si quiero encontrar esas respuestas de las que hablas. Si quisiera siempre podría haberle preguntado a mi padre y no lo hice. Simplemente le dije que había sido un enfado muy gordo entre los dos y que no quería ver más a Manuel ni saber más de él. Mi padre respetó mi decisión y jamás me habló de él. Curiosamente nadie lo hizo. Mejor así.

-Lo sé, me lo has contado un montón de veces. Pero el tiempo lo cura todo, Alfredo, y lo que antes te parecía una tragedia un día te das cuenta de que... no lo es tanto.

-Oh, venga, Ruby, sabes perfectamente que lo ocurrido fue terible. Éramos amigos y yo le traicioné...

-Tú solo hiciste lo que él te ordenó. Además, no creo que sea momento para seguir dando vueltas a lo que debiste o no debiste hacer. Eso ya no tiene remedio. Sólo hablo de recuperar... la amistad... lo que había entre vosotros. A lo mejor aún se puede.

Ruby apretó entre sus manos la mía, que reposaba lánguida sobre el mantel. Aquel gesto simple y espontáneo me hizo sentir bien. No, no era necesario regresar. Lo único que ocurría es que me estaba dando un ataque de melancolía, nada más, pero ello no quería decir que tuviera ninguna necesidad de volver a mi tierra. Regresar a Galicia, aunque fuera solo por unos días, significaría reencontrarme con un pasado contra el que llevaba mucho tiempo luchando, sería echar por la borda todos aquellos años, todo aquel empeño en borrar mi vida anterior, aunque solo fuera un poco, aunque solo fuera lo suficiente para que dejara de causar dolor.

-Mi sitio está aquí, Ruby. Desde que mis padres fallecieron no tiene sentido mi presencia en Galicia. Mi hermano se ocupa de la empresa allí y lo hace bien. Yo soy necesario aquí.

Mi secretaria suspiró sin sacar sus ojos de mí. Se echó hacia atrás apoyándose en el respaldo de la silla y comenzó a juguetear con las migas de pan que había sobre la mesa.

-No he hablado de que te fueras definitivamente. Me refería a que les hicieras una visita y lo sabes.

Hice un gesto con la mano mientras que con la otra llevaba mi copa a la boca. No quería seguir hablando más del tema. Puede que fuera el vino pero de pronto sentí que se había disipado mi morriña.

-Ni hablar – repuse convencido – reencontrarme con Manuel no serviría de nada. Jamás sería posible recuperar la complicidad de antaño, ni siquiera sé si lo deseo. Aquí también tengo mis amigos...

-¿De veras? – preguntó Ruby con un deje de ironía en su voz – Qué raro. Yo no te conozco ninguno. Al menos amigos en el sentido profundo de la amistad, esa de la que disfrutabas con Manuel. Si acaso.... lo más parecido soy yo, aunque tú bien sabes que nuestra amistad no es nada convencional. Pero bueno.... no voy a insistir más. Estoy segura de que algún día harás las maletas y viajarás a tu tierra.

Puede que Ruby tuviera razón. Puede que algún día me diera la ventolera y me montara en un avión rumbo a España, pero no creo que intentara encontrar respuestas. Seguramente no serían de mi agrado y no me aportarían más que mayor amargura de la que ya sentía por momentos cuando pensaba en lo ocurrido.

-¿En qué piensas? – preguntó Ruby de pronto, rescatándome del fondo de mis pensamientos.

-En eso, en volver...

-Olvídalo. No es mi intención presionarte ni decirte lo que debes hacer. ¿Te apetece dar un paseo antes de regresar a casa?

-No. Me apetece que vengas conmigo a casa y que me acompañes esta noche. Por favor...

Ruby me miró de reojo y sonrió. A veces me daba la impresión de que últimamente ella esperaba mucho más de mí que un revolcón de vez en cuando, aunque nunca me lo había confesado abiertamente. A mí me hubiera gustado darle todo, pero algo en mi interior me lo impedía. El recuerdo de una mujer inalcanzable que ni siquiera con el paso de los años se había borrado un poco de mi mente.

-Esta bien – dijo por fin – A lo mejor algún día me pides que me quede para siempre.

-A lo mejor – le mentí.

Nos dirigimos a mi apartamento caminando despacio y charlando de cosas intrascendentes. Luego, cuando llegamos, nos fuimos directos al dormitorio e hicimos el amor de manera casi salvaje, como si se nos fuera la vida en ello. Después Ruby fumó un cigarrillo (no había conseguido que dejara de fumar en todos aquellos años de amistad) y se quedó dormida pronto. Yo intenté hace los mismo pero comencé a dar vueltas en la cama sin conseguir conciliar el sueño. Abrí los ojos y le débil luz de la ciudad que se filtraba a través de la ventana me dejó ver la habitación. Un armario empotrado que ocupaba toda la pared derecha y que guardaba dentro de si mis costosos trajes de ejecutivo, una cómoda de cajones al fondo, una televisión de plasma adosada a la pared, la ventana de aquel piso dieciséis.... De nuevo Manuel volvió a mi mente. Aquel piso lujoso e impersonal no tenía nada que ver con mi antiguo amigo. Mi vida de hombre de negocios sin tiempo para otra cosa más que para el trabajo, seguramente tampoco tendría nada que ver con él. O tal vez sí. ¿Y con ella? Con Gala. ¿Dónde estaría? ¿Qué habría sido de ella? Por fin me dormí arrastrando en mi sueño el sabor amargo de los recuerdos.

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